La soledad de los vasos comunicantes

“Cómo poder dormir, mientras que tú tiritas
en el rincón más triste de mi cuarto?” 
J. Gil de Biedma

–Estamos solos, ya lo sabes –dijo ella
–Sí, pero la vida…
–¡No! –le interrumpió – No, por favor. No empieces a filosofar. Lo siento, me hiciste una pregunta y te respondo.

Entonces le dio el anillo. Él sintió la mano pesada, como si el milagro de los alquimistas se hubiera obrado a la inversa, y el oro fuese simple plomo. En realidad le pesaba la verdad, pero no la sencilla negativa de ella, sino otra más compleja. Porque él ya sabia la respuesta cuando vio su cara mientras se arrodillaba, la supo incluso antes, cuando compró la joya, cuando estaba eligiéndola, cuando pensaba en ir a la tienda, cuando tomó la decisión de pedirle matrimonio. Quizá por eso se molestó tanto en prepararlo todo, era el escenario para una buena despedida, una de guión dramático.

¿La excusa de su subconsciente-consciente? La soledad. Las personas son como vasos comunicantes, están unidos por un estrecho segmento y comparten muy poco a la vez, sencillamente no pueden hacerlo de otra manera. Ella pensaba lo mismo, y se enamoraron, por eso ahora debía terminarse, ambos necesitaban encontrar a otros que no estuvieran de acuerdo con su teoría, que les engañaran durante el máximo tiempo posible.

–La vida es absurda, –había dicho él – por eso debemos casarnos. Ella también pareció de acuerdo con aquello. Todos acumulamos remordimientos por alguna decisión de nuestra vida, nos llevara por el camino de cometerlo o por el de evitarlo. Habitualmente dejamos en último lugar a las personas, en la idea, nunca pronunciada, de que si una desaparece otra ocupará su lugar tarde o temprano, al fin y al cabo el mundo es muy grande y nuestro acceso a él cada vez mayor. El esfuerzo del amor, de cualquier amor, cuesta demasiado, e invertir en él casi siempre tendrá un resultado imperfecto. ¿Por qué conformarse entonces, si aspiramos a la perfección?

–Algunos lo hacen por miedo a la soledad, –añadió ella – pero da igual, nunca dejan de estar solos, igual que tú y yo.

No era cierto, no del todo, la teoría lo niega: a veces es suficiente lo compartido, pero hace falta entenderlo, y la comprensión en ambas direcciones se da en muy pocos casos. ¿Cómo encontrar esa perspicacia? Es imposible, el azar. A veces aparece como lo hacen las aves fénix en las chimeneas, pero no existe una brújula ni un buscador por Internet.

–Es curioso, –dijo él un día mirando la televisión – somos una sociedad de estadísticas, pero no existe una sobre qué porcentaje de la población encuentra alguien adecuado a su lado.
Ella torció el gesto:
–Sería imposible, muchos mentirían. Nadie quiere admitir que eligió al equivocado o dejó escapar al correcto.
–Porque estamos solos.
–Porque estamos solos –repitió ella.

Así que él renunció a teorizar sobre el amor cuando ella dijo no. Nunca habían estado juntos, no realmente, la mayoría se deja llevar por el impulso de la atracción primera, ellos también lo hicieron, y luego incluso hubo cierta comprensión racional, fría, y continuaron juntos un tiempo. Se querían, aunque querer es fácil, las semanas, los meses y años ayudan. Pero sentados en el sofá eran dos extraños abrazados por convención social, incapaces de sentir el deseo de prolongar para siempre ese momento, simplemente viviéndolo sin detenerse, por separado. Y es que el amor no es ciego ni estupido ni perfecto ni siempre placentero o doloroso. El amor es geográfico, porque cuando dos verdaderos amantes están juntos sólo existe un lugar, y no importa el tiempo o las obligaciones u otros deseos porque ese será el único espacio donde ellos deseen estar, donde estarían siempre si el mundo dejase de girar. Juntos, comunicándose gracias a esa constreñida unión, ese vínculo que pese a ser exiguo también es suficiente.

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