Entrada Nº11: Silencio, Hopper y adiós

Hace poco me mudé, y entre todas las cosas que se vinieron conmigo, también lo hizo un calendario de Hopper. Lo coloqué donde mejor me pareció, sin mucho reflexionar, pero si en mi antiguo apartamento pasaba discretamente desapercibido, ahora está mucho más presente, de tal manera que desde mi cama lo veo frente a mí, igual que Felipe II tenía ante su regio catre El jardín de las delicias. Salvando las insalvables diferencias, el cuadro del Bosco habla de la carne, del pecado, de la trascendencia y la gloria. ¿Hopper? El americano pinta el silencio y la soledad. Sus obras son maquetas perfectas del mundo, y como tales muestran un instante detenido para siempre. No hay movimiento, apenas vida, es una metafísica plastificada.

Así que este que suscribe se acuesta y levanta cada día con un recuerdo de la soledad más trascendente, de lo imposible de escapar a ella. No me extrañaría descubrirme a mí mismo tomando la postura de los personajes del cuadro de turno, y perder la vista proyectando hacia el infinito un pensamiento blanco. Y de hecho es así.

Hay que admitirlo, la vida imita al arte. Mi nuevo estudio se encuentra en una de esos extraños remansos ocultos en medio de las ciudades. Es excepcionalmente silencioso, y hay luz, mucha luz. Así que me veo aquí sentado, en un sillón color mostaza, con el cuerpo relajado y la mirada oportuna girada hacia el calendario de Hopper. Solo y en silencio. Juego a imaginarme perteneciendo al calendario, quizá si pasase la página hallaría esta misma escena coronada por el título “septiembre”. Estaría yo mismo, absorto en el infinito, lleno de color gracias a la ventana abierta a mis espaldas. ¿Por qué no? Juegos literarios más raros se han visto.

cinemahopper

Y pienso en por qué tantos temen la soledad, en por qué otros la viven como un lujo, pienso en las ancianas (siempre son mujeres) que veo habitualmente comiendo a solas en los restaurantes baratos, algunas con un libro como única compañía. Pienso en mi soledad, claro. No esta de ahora, no la de vivir sin compañía o la de mirar los cuadros de Hopper. Sino esa otra que encharca los ojos de los personajes del pintor, la interior. Es ahí donde se sufren los desengaños, donde la realidad pone los huevos grises del espíritu práctico; de ellos nacerán el sentimiento de lo absurdo, el de lo patético, y el de lo inútil. Porque la soledad no es estar solo en una habitación, la soledad es tener la certeza de que la ayuda no está en camino, que no habrá apoyo necesario al dolor o las flaquezas, que no verás una sonrisa iluminándolo todo o respondiendo a las caricias o las puestas de sol. Es la certeza que revela imposible el amor.

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