La soledad de las estatuas

El taller está vacío. Sobre el suelo hay lascas de piedra, la piel muerta de las estatuas. Si alguien deambulase por aquella estancia tendría que apartar con sus pies los restos desmenuzados o pisarlos y sufrir el crujido bajo los zapatos. Quizá el sonido recordase a un merodeador sus propias ilusiones, pisoteadas, rotas, abandonadas en algún lugar que ya ha dejado atrás. El escultor también abandonó esa estancia mucho tiempo atrás, la dejó vacía de sí mismo, pero permaneció todo lo demás a la espera del retorno de la fuerza humana.

Los cinceles descansan aún en sus lugares, primorosamente colocados, gastados, rallados; algunas herramientas presentan el óxido del abandono, pero la mayoría permanecen fieles a la mano que algún día volverá a utilizarlas. ¿Volverá? El taller quizá espera, quizá no lo hace. La quietud de los años bien podría mostrar otra cosa, un silencio prolongado de cementerio que no va a ser roto, que sólo se interrumpirá cuando un heredero decida vender esas propiedades y aparezca por la puerta sin pretender mancharse los zapatos. Una mirada bastará entonces para juzgar insignificante el valor que sacaría por vender alguno de estos objetos. El dinero de la venta del lugar posiblemente le baste. Quizá el mismo día la puerta se vuelva a abrir y aparezcan otros hombres con las mazas para trabajar, para echar abajo las paredes, para reducir a escombros el pequeño taller. Pero todo eso aún no ha pasado. El tiempo sigue suspendido, el polvo se acumula entre las piedras, sobre las mesas de madera.

Sin embargo no está desprovista de formas humanas la sala, un bloque de mármol permanece en un rincón, lleno de lápiz, es un esbozo de formas que surgen tímidamente, fantasmales. Una rodilla está ya completamente libre, la pierna se ha trazado y ya estaría fuera de no ser por el pie hundido en la piedra tosca, así la extremidad termina en la espinilla de forma tan gradual que no parece raro, que al ojo del espectador no le extrañaría que cobrase movimiento y sacase el pie como si fuera de entre la arena. El cuerpo se anuncia, hay un vientre, un cuerpo pequeño de mujer con los pechos acorralados por la roca bruta, un brazo no existe, el otro alarga la delicada mano invitando a tomarla, a colaborar en la creación. Una simple ayuda y la mujer saldrá liberada; lo sabemos, pero no podemos hacer nada. La cabeza apenas es una forma abocetada, un cuello ligero, una barbilla dulce y unos labios de Venus enamorada.

Sobre una mesa hay otro hombre, otro recuerdo de hombre, este cuenta con una gran brecha en la cabeza. El busto tiene la cara retorcida por la edad, la mirada grave bajo el ceño fruncido y sobre la boca crispada. Parece una expresión demoníaca con la calva abierta por una grieta en el mármol. La figura ha caído de lado y así, en su posición patética, pierde el poder de su mirada.

En medio de la estancia queda una estatua decapitada y ya verdecida, cuya cabeza espera con sus ojos huecos. Espera unas manos que la eleven, la imposición, la coronación, el fin de la obra, el gesto que habrá de darse para que lo incompleto sea completo, para que haya coherencia, un final, un objetivo, un pensamiento. El cuerpo permanece en su andar petrificado, muerto sin cabeza, desnudo en su verde azulado, moteado por desconchones dorados. Sus labios todavía conservan el color originario del bronce bajo una gran nariz, entre dos pómulos corroídos por el tiempo y la lluvia que cae por el techo abandonado. Quizá esta fue la última obra. Está orientada hacia la puerta, como si pretendiese andar hacia ella y salir por fin como ya lo hizo antes Galatea. Su cabeza, no obstante, permanece echada de perfil sobre la mesa y parece tan triste como meditabundo sería su gesto de completar ese cuerpo lejano.

No hay más figuras. Queda algún pequeño muñeco de yeso, trozos de piedra virgen que parecen contenedores de lo posible y ante los que uno quisiera poder descorrer ese velo primero y sacar de él la figura de su interior. Cerca de la puerta se esconde un gran escritorio con bocetos, papeles y cartas amarillentas roídas por las ratas. Una calavera humana hace de pisapapeles sobre un libro cuarteado, en cuya portada se lee Alighieri. También un rosario deja ver su cruz y sus cuentas emergiendo de la capa de polvo. En el centro, frente a la silla, permanece un abrecartas antiguo que bien pudo ser el puñal de Bruto o Casio. Quizá al asirlo el escultor se inspirara en la sangre y el cuerpo del cadáver. Quizá así fuera mejor en su labor.

Sobre el dintel de la puerta, como broma u homenaje, han colocado un pequeño busto de Palas, tras la que se ha creado inquietantemente una gran sombra negra, humedad del tiempo que parece abrir grandes alas.

La ausencia del hombre, del artífice, del amo de todas aquellas cosas que podrían convertirse en imágenes de seres, sólo puede explicarse ya por la muerte. Sí, murió un día mucho tiempo atrás. Antes de que le llegase el dolor insufrible, en el instante que tuvo conciencia de su fin, pensó en su taller, en sus trabajos, en qué dirían de él los libros a partir de su muerte, en si alguien le recordará o será sólo un hombre más que lo intentó. Ahora los restos de su cuerpo, sobre los que nadie posa las manos, duermen bajo una lápida simple, sin esculturas, sin figuras. Un cincel ha grabado los datos a los que nos reduciremos todos: un nombre y dos fechas, un paréntesis. Si tuvo descendencia quizá alguien se apiade de él en sus pensamientos y le recuerde y se atreva a pensar que merece una escultura como homenaje, simplemente porque a él le hubiera gustado.

Por ese pequeño milagro la puerta ahora condenada podría forzarse y abrirse, dejar paso a alguien más amable que escuchase crujir la piedra bajos los zapatos, que se dejase envolver por ese lugar encantado lleno de polvo. Quizá, sólo quizá, esa persona se atreviese a levantar la cabeza de la figura paciente, a encajarla en el cuello ansioso e imponer así la razón como quien origina al fin un nombre o coloca una corona. Se apartará el hombre y la última obra quedará completa.

La invención de la soledad

  • Maquetaci—n 1Autor: Paul Auster
  • Traducción: Mª Eugenia Ciocchini
  • Editorial: Anagrama

 La invención de la soledad habla de la relación entre padres e hijos, de la escritura, de la memoria, y de la soledad, claro. Auster divide el libro en dos partes, Retrato de un hombre invisible y El libro de la memoria.

La primera parte comienza con lo que origina la escritura del libro: la muerte del padre del autor. Es una reflexión novelada sobre cómo comprendió y sintió la muerte de su padre. Es una especie de biografía, o mejor dicho, un compendio de todo lo que sabía de él, un ejercicio que muchos escritores realizan tras la muerte de algún ser querido. ¿Por qué? Porque es la forma de explicarse a sí mismos la desaparición de alguien. Cada quien se refugia en lo que sabe.

La segunda parte habla de su propia soledad, el estilo cambia, se pasa a una falsa tercera persona, el protagonista queda bajo la óptica de la ficción y parece que no es Auster, pero es él más que antes. Quizá, es sólo una hipótesis, la muerte del padre, la soledad congénita que este padecía con alegría y por propia elección, el aislamiento en el que se introdujo siendo niño, hicieron pensar al escritor sobre sí mismo. Al fin y al cabo la paternidad multiplica a los hombres y arrastra sus defectos, sus miedos. Así que Auster se encuentra observando a su hijo y pensando en su vida.

Una y otra parte hacen reflexionar al autor sobre la escritura y la memoria, pues al fin y al cabo está desgranando distintos momentos de la vida de su padre y de la suya propia. Recuerda y escribe y entre ambas acciones parece establecerse una relación que no termina de comprender. Ahonda en ella para ahondar en sí mismo.

No es el mejor libro del norteamericano, pero es uno muy sincero. Para quienes han leído otras de sus novelas puede ser especialmente interesante, pues se revela aquí el origen de algunas de sus obsesiones y vivencias personales, esas que se encuentran en todas sus novelas. París, por ejemplo. El estilo es el que nos tiene acostumbrado, sencillo, aunque quizá algo ceniciento aunque tratando el tema que trata puede se inevitable. Está bien escrito, pero hay que encuadrarlo en el género difuso al que pertenece para así poder disfrutarlo. La invención de la soledad está publicada en la colección Otra vuelta de tuerca, y parece muy pertinente indicarlo, ya que se trata exactamente de eso, una vuelta más en la obra de uno de los autores más leídos de la novela norteamericana de hoy en día.

“Una palabra se convierte en otra, una cosa se transforma en otra distinta. De esta forma, se dice, funciona del mismo modo que la memoria. Imagina una inmensa torre de Babel en su interior y un texto que se traduce a sí mismo en una infinidad de lenguas distintas. Las frases surgen de él a la velocidad del pensamiento, y cada palabra proviene de una lengua distinta; mil idiomas que gritan a la vez en su interior, con un clamor que resuena en un laberinto de habitaciones, pasillos y escaleras, cientos de pisos más arriba. Repite. En el ámbito de la memoria, todo es lo que es y al mismo tiempo algo más. Y entonces descubre que lo que intenta registrar en su Libro de la memoria, todo lo que ha escrito hasta entonces, no es más que la traducción de uno o dos momentos de su vida, aquellos momentos que vivió en la Nochebuena de 1979, en su habitación del número 6 de la Valle Varick.”

 

Festivales bajo el sol

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Agosto de 2014

Además de playa, sol, y la invasión teutona habitual, el verano trae consigo una lista cada vez mayor de festivales. Este año el buen tiempo parece resistirse y quizá eso beneficie a la cultura; aunque, en honor a la verdad, no lo necesita. Normalmente estos festivales consiguen colgar el cartel de todo vendido, y eso es lo curioso, la paradoja, porque si bien no queda una sola butaca o espacio libre, el ambiente es de lo más distendido y relajado, como si por una vez la cultura dejase de ser esa cosa pedante y no muy bien considerada por la mayoría, y pasase a estar casi a la misma altura que un evento deportivo; no obstante, ese “casi” es de lo más dramático.

Con la idea de escribir sobre los festivales, un servidor ha estado recopilando información, y sin quererlo se ha encontrado con más de cien páginas. Evidentemente su lectura ha sido transversal, pero me ha parecido interesante comentarlo aquí como muestra de esa profusión de festivales y del interés que suscitan. El FIB, el Fringe, la semana negra de Gijón, el festival de Mérida, Almagro, Olmedo o Sagunto son sólo algunos de estos festivales. Ganan, por supuesto, las apuestas escénicas, seguidas de muy cerca por las musicales. El resto de artes están muy lejos de equiparárselas.

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Ilustación de FRUIZ, aka Jorge Fernandez Ruiz

La literatura aparece casi de forma anecdótica, si bien hay varias actividades de lecturas dramatizadas (o no dramatizadas), por ejemplo el Festival de Narradores orales en la Casa Museo Antonio Machado (Segovia) o en el propio Festival de Almagro, que apadrina la mismísima RAE. Los museos también han sabido aprovechar el verano con exposiciones concebidas para esta época, si bien no existe ningún festival importante en nuestro país.

No puedo hablar tanto como me gustaría sobre la amplia oferta de espectáculos, pero sí quiero destacar los cuatro grandes festivales de teatro clásico, (Mérida, Almagro, Olmedo y Sagunto) que han conseguido convertirse en una referencia no únicamente estacional, sino durante todo el año. Muchos de los espectáculos estrenados bajo sus alas comienzas su gira poco después, ya dentro de las temporadas normales de los teatros. Pero además han tenido el valor de evolucionar, apostando por un maridaje con perspectivas, elementos e incluso obras enteras completamente contemporáneas, lo cual enriquece con mucho la experiencia del espectador, además de descubrir un tipo de evento distinto a ese público de intereses más conservadores.

En el Bierzo también tenemos nuestra dosis estival de cultura. Destaca el festival Corteza de Encina, un ejemplo curioso, pues tuvo buena acogida en sus primeros años y ha sabido continuar con un notable éxito en todas sus ediciones. Se le podría acusar de cierto amateurismo, pero me atrevería a decir que precisamente esa característica ha favorecido su aceptación por los ciudadanos.

Con este abanico cada quién podrá encontrar el festival más afín a sus gustos si se interesa por ello, o simplemente elegir los espectáculos organizados por su localidad, (Muchos pueblos pequeños también se han apuntado a la tendencia con actividades para el verano) Este turismo cultural es una alternativa al sol y playa tradicionalmente ofrecido por nuestro país, y aunque incipiente e intranacional, parece extenderse con rapidez. Podría estar aquí el germen de un futuro más esperanzador, al fin y al cabo, en la presentación del festival de Almagro, su directora, Natalia Menéndez, hablaba de la excelencia, y aunque es una palabra demasiado prostituida hoy en día, en su discurso quedaba bien, era comprensible. La excelencia como una meta a alcanzar, un ideal que se debería seguir, y que si continúa teniendo tanto público como hasta ahora, tanta aceptación, quizá consiga que no sólo en verano la cultura deje de ser esa cosa pedante poco valorada por una mayoría, y que algunos incluso desprecian. Quizá, por qué no, déjenme ser positivo por una vez, nuestra sociedad empiece a darse cuenta del valor de la cultura, de su utilidad, del futuro. Y todo ello sería gracias al verano, a esta época más cálida, menos agobiante, en la cual nos relajamos y somos capaces hasta de dar una oportunidad a cosas que generalmente no prestamos atención.