Festivales bajo el sol

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Agosto de 2014

Además de playa, sol, y la invasión teutona habitual, el verano trae consigo una lista cada vez mayor de festivales. Este año el buen tiempo parece resistirse y quizá eso beneficie a la cultura; aunque, en honor a la verdad, no lo necesita. Normalmente estos festivales consiguen colgar el cartel de todo vendido, y eso es lo curioso, la paradoja, porque si bien no queda una sola butaca o espacio libre, el ambiente es de lo más distendido y relajado, como si por una vez la cultura dejase de ser esa cosa pedante y no muy bien considerada por la mayoría, y pasase a estar casi a la misma altura que un evento deportivo; no obstante, ese “casi” es de lo más dramático.

Con la idea de escribir sobre los festivales, un servidor ha estado recopilando información, y sin quererlo se ha encontrado con más de cien páginas. Evidentemente su lectura ha sido transversal, pero me ha parecido interesante comentarlo aquí como muestra de esa profusión de festivales y del interés que suscitan. El FIB, el Fringe, la semana negra de Gijón, el festival de Mérida, Almagro, Olmedo o Sagunto son sólo algunos de estos festivales. Ganan, por supuesto, las apuestas escénicas, seguidas de muy cerca por las musicales. El resto de artes están muy lejos de equiparárselas.

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Ilustación de FRUIZ, aka Jorge Fernandez Ruiz

La literatura aparece casi de forma anecdótica, si bien hay varias actividades de lecturas dramatizadas (o no dramatizadas), por ejemplo el Festival de Narradores orales en la Casa Museo Antonio Machado (Segovia) o en el propio Festival de Almagro, que apadrina la mismísima RAE. Los museos también han sabido aprovechar el verano con exposiciones concebidas para esta época, si bien no existe ningún festival importante en nuestro país.

No puedo hablar tanto como me gustaría sobre la amplia oferta de espectáculos, pero sí quiero destacar los cuatro grandes festivales de teatro clásico, (Mérida, Almagro, Olmedo y Sagunto) que han conseguido convertirse en una referencia no únicamente estacional, sino durante todo el año. Muchos de los espectáculos estrenados bajo sus alas comienzas su gira poco después, ya dentro de las temporadas normales de los teatros. Pero además han tenido el valor de evolucionar, apostando por un maridaje con perspectivas, elementos e incluso obras enteras completamente contemporáneas, lo cual enriquece con mucho la experiencia del espectador, además de descubrir un tipo de evento distinto a ese público de intereses más conservadores.

En el Bierzo también tenemos nuestra dosis estival de cultura. Destaca el festival Corteza de Encina, un ejemplo curioso, pues tuvo buena acogida en sus primeros años y ha sabido continuar con un notable éxito en todas sus ediciones. Se le podría acusar de cierto amateurismo, pero me atrevería a decir que precisamente esa característica ha favorecido su aceptación por los ciudadanos.

Con este abanico cada quién podrá encontrar el festival más afín a sus gustos si se interesa por ello, o simplemente elegir los espectáculos organizados por su localidad, (Muchos pueblos pequeños también se han apuntado a la tendencia con actividades para el verano) Este turismo cultural es una alternativa al sol y playa tradicionalmente ofrecido por nuestro país, y aunque incipiente e intranacional, parece extenderse con rapidez. Podría estar aquí el germen de un futuro más esperanzador, al fin y al cabo, en la presentación del festival de Almagro, su directora, Natalia Menéndez, hablaba de la excelencia, y aunque es una palabra demasiado prostituida hoy en día, en su discurso quedaba bien, era comprensible. La excelencia como una meta a alcanzar, un ideal que se debería seguir, y que si continúa teniendo tanto público como hasta ahora, tanta aceptación, quizá consiga que no sólo en verano la cultura deje de ser esa cosa pedante poco valorada por una mayoría, y que algunos incluso desprecian. Quizá, por qué no, déjenme ser positivo por una vez, nuestra sociedad empiece a darse cuenta del valor de la cultura, de su utilidad, del futuro. Y todo ello sería gracias al verano, a esta época más cálida, menos agobiante, en la cual nos relajamos y somos capaces hasta de dar una oportunidad a cosas que generalmente no prestamos atención.

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