Tren al interior

Lo había pospuesto desde hacía algún tiempo. Tenía sus excusas, claro: los exámenes, el curro de becaria, las clases de inglés, la visita de una amiga que conoció en el erasmus… El verano avanzaba y su abuelo seguía esperando, así que ese fin de semana se decidió tras mirar durante cinco minutos seguidos el teléfono, esperando una llamada.

De pronto el cuerpo de Clara habría cobrado una energía desconocida, se levantó presa de una urgencia inexplicable y comenzó a trastear en la cocina, lavando los platos y recogiendo el desastre de una semana descuidada. Luego volvió al cuarto, el teléfono seguía en su lugar, descaradamente mudo. Enfada abrió una maleta pequeña y metió algo de ropa, un par de libros y tantos botes como recogió de un rápido saqueo a su baño. Luego se fue a Sants, compró el billete y se tomó un café allí mismo esperando el tren, no sabía qué hacer con el tiempo sobrante. La bebida era horrible, así que mareaba el líquido con la cucharilla mientras se fijaba en los otros clientes, viajeros como ella casi todos, con prisas, mirando el reloj cada pocos segundos. Luego miró más allá del local, había un mendigo, siempre hay uno en las estaciones, éste deambulaba no muy lejos de sus pertenencias. A Clara le habría gustado invitarle a algo que le reconfortara. Desde luego no un café, pero cualquier cosa. Comprobó el mostrador del bar, no pudo evitar fijarse en la camisa de color desvaído del camarero y se preguntó por qué son tan malos y mugrientos ese tipo de bares.

La megafonía distorsionó el destino de su tren, pero Clara comprendió, se acabó el café con un desagradable trago y salió guardando la calderilla en su mano cerrada. Al llegar al mendigo éste no sonrió, ni expuso su palma hacia la limosna, simplemente se quedó mirándola con cierto disgusto. Así que ella se puso nerviosa, soltó un “buenos días” absurdo y salió escopetada hacia el anden, fingiendo que tenía más prisa de la real.

Tuvo las mejillas encendidas todavía un rato. Si Nicolás estuviera allí se habría reído de su torpeza, habría hecho algo para hacerla reír también a ella. Pero él no estaba. Buscó su asiento y esperó. Eran cuatro horas de viaje. Sólo había una pareja de ancianos con ella en al vagón, como si ir hacia el interior del país fuese hacerlo contrasentido.

Tras una hora perdida en sus pensamientos se encontró a sí misma observando el asiento contiguo y vacío, igual que en su casa había mirado el teléfono. Deseó que Nicolás estuviera allí, devolviéndole una sonrisa. No, ni siquiera eso sería necesario, bastaría con tenerle a su lado para poder notar su calor o verle bostezar tan ostentosamente como siempre. Clara volvió a sentir su garganta cerrada, su corazón indignado. Bajó la cabeza e intentó concentrarse en la revista. Dos páginas después no había entendido nada. Pensaba en él. ¿Dónde estaría? En la cama, aburrido, pasando el tiempo con el ordenador; con sus amigos en la playa, bebiendo algo y jugando a las cartas; en la cama, pero junto al cuerpo desnudo de otra… Eso explicaría su silencio: aburrimiento, sexo, quizá incluso amor, o al menos el inicio de algo. ¿Por qué no podía evitar pensar en todo eso?

En el amor hay cierto grado de obsesión, de deseo enfermo por disponer del tiempo del otro. Es la fascinación del descubrimiento, el temor de no ser correspondido o de serlo pero ir perdiendo poco a poco el interés de ese otro.

En realidad ni las clases de inglés ni el trabajo ni los exámenes finales eran la causa del aplazamiento de su viaje. La única razón era Nicolás, esperaba su llamada, su mensaje en facebook. Esperaba una explicación al silencio, unas palabras mágicas para entender por qué le había prometido todo cuando no pretendía darle nada. Así se habían pasado las semanas, finalmente aceptó la respuesta fácil que tanto se había esforzado por ignorar. Él había perdido el interés, ni más ni menos. Y si no dijo nada, si dejó morir el contacto fue, o bien porque no quería hacerle un daño inútil, o porque no le importaba lo más mínimo. Clara decidió finalmente hacer aquel viaje porque ya no tenía esperanza. Un amor de verano, nada más.

En Barcelona Nicolás investigaba con su lengua una boca ajena, sin ninguna preocupación más allá de quitarse pronto toda la ropa.

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La rentrée

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Septiembre de 2014. También publicado en su versión digital aquí.

Septiembre es el mes de los comienzos. Todo se pone a cero, el curso escolar da su pistoletazo de salida, el gobierno vuelve al 100% (es una expresión) y museos, teatros, editoriales y auditorios empiezan sus temporadas. Septiembre da por sí solo para un artículo, y es que es el mes de la rentrée, término francés literalmente traducido por “reentrada”. Y no, no se trata de una elección pedante de este que suscribe, es un extranjerismo más asimilado por nuestro país, y si no me creen echen un ojo a la prensa.

En Francia la rentrée se asocia con más sonoridad al año académico, así como a las novedades editoriales. En otros países como el Reino Unido o Alemania también ocurre este fenómeno, pero es en el país de la repostería fina donde la tradición hace que los periódicos se llenen de especialistas comentando las novedades. La rentrée literaria es un acontecimiento, la marejada de libros inunda las librerías con fajas de vivos colores para llamar la atención, utilizan todos los superlativos imaginables o aprovechan para poner una foto del escritor si es conocido. Al fin y al cabo el mercado es así, hay que llamar la atención.

Lo mismo ocurre habitualmente con teatros, museos etcétera, su programación, además de tener sentido, debe llamar al público; sin embargo, el dinero no acompaña, septiembre también es el mes de las cuentas, y los organismos no están ni mucho menos en su mejor momento. Analizaremos tres aspectos de esta rentrée, los tres que cuentan con más público, a saber arte, teatro y literatura.

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Ilustación de FRUIZ, aka Jorge Fernandez Ruiz

Comencemos por los museos: en El Prado al Greco le queda hasta Octubre, después tendremos a Murillo y Goya hasta febrero, también una exposición bastante interesante sobre esculturas de Bernini para la corte española de noviembre a febrero, y finalmente más Goya, en esa ocasión sus famosos cartones de tapices. En resumen, exposiciones que salen baratas, muy baratas, pero también muy vistas. Quizá Bernini merezca la pena, veremos.

Sobre el Reina Sofía parece que merecen la pena dos, la de Mathias Goeritz estará de noviembre a abril, la de Janet Cardiff y George Bures Miller de noviembre a marzo. En esta ocasión el reina Sofía no tira de fondo artístico como El Prado, pero tampoco ofrece ninguna maravilla.

Una deliciosa excepción la conforma el Thyssen, que empieza con Hubert de Givenchy (octubre – enero) impresionismo americano (noviembre – febrero) Raoul Dufy (febrero – mayo) Zurbarán (junio – septiembre) y ya anuncia la que será su gran éxito, una exposición sobre Edvard Munch (octubre 2015 – enero 2016)

La fundación Mapfre continúa ofreciendo calidad. De septiembre a enero tendremos a Sorolla y su relación con los EEUU. De septiembre a noviembre también estarán colgados en sus muros las fotografías de Stephen Shore, un autor muy interesante, con un ojo sensible para captar lo extraordinario en lo común.

A grandes rasgos eso es todo, ni Valencia ni Sevilla ni Barcelona (esto parece incomprensible, pero es así) ni siquiera Bilbao cuenta con exposiciones de interés elevado. Cada quién tiene sus gustos, por supuesto, pero en la programación de este 2014/2015 se nota el paso de la crisis de forma brutal. Todos los museos han cerrado el curso con pérdidas, y eso explica el poco riesgo y el poco dinero invertido en lo que ha de venir. Tampoco hagamos leña del árbol caído, quizá El Prado y el Reina Sofía puedan cuadrar cuentas si salen rentables sus exposiciones. Al Thyssen y a la fundación Mapfre se les ve mejor, pero no olvidemos que son entidades privadas. Fuera de Madrid, sin embargo, nada interesante, al final vamos a ser más centralistas de lo que pensábamos.

Por acabar con el repaso a los museos, el caso curioso de Málaga, que dentro de poco contará con la primera sede del centro Pompidou fuera de Francia. Se unirá así al museo Carmen Thyssen y al museo Picasso. Málaga quiere ser la segunda cabeza de España en cuanto a arte se refiere, y quizá lo consiga si se invierte lo suficiente y sus responsables son competentes.

El teatro y la ópera gozan de mejor salud que los museos, el Teatro Real tiene una programación correcta: un poco de contemporánea y muchos clásicos. Destaca «El público», de Mauricio Sotelo sobre la obra de F. García Lorca (febrero y marzo) y Fidelio, de Ludwig van Beethoven, que no se representa demasiado (de mayo a junio) En el Liceo de Barcelona parecen haberse recuperado bastante bien de sus problemas, mucho Wagner, y a destacar Norma, de Bellini, una interesante producción americana (febrero) El CDN (centro dramático nacional) bien, muy bien, notable, mucho autor contemporáneo, también clásicos y adaptaciones, nada que objetar. El teatro Español bien a secas. La compañía nacional de teatro clásico sin obras estrella este año, una lástima. Podríamos seguir un poco, pero se nos van las páginas. Resumiendo rápido, el teatro es lo que mejor marcha en nuestro país.

Para terminar me centraré en la literatura, pues al fin y al cabo la rentrée sobre todo hace hincapié en eso. Comenzamos con el morbo: María Matute falleció a inicios de este verano y su editorial (Destino) ha sabido aprovechar el cuerpo aún templado de la premio Cervantes. Se publica «Demonios familiares», una novela ambientada en 1936 sobre una novicia que regresa a su hogar. Matute nos ofrece un último libro dentro de ese ambiente “real” en el que tan bien se sabía mover, esa España con la guerra siempre dentro del pecho. De seguro no decepcionará a sus fanáticos.

Seguimos con un grande, Milán Kundera, que publica «La fiesta de la insignificancia» (Tusquets). Previsible moderado éxito de ventas entre los seguidores del checo exiliado en Francia. No es su mejor libro y además sabe un poco a despedida. Aceptémoslo, está mayor y éste bien podría ser su testamento literario, de hecho al leerlo uno no puede evitar pensar que al lector le convendría conocer su obra anterior.

Mejores ventas tendrá sin duda el pseudo-historiador Ken Follet, que cierra su repaso al siglo XX con «El umbral de la eternidad» Stephen King saca otro libro más, no parece aportar nada nuevo, pero de seguro seguirá siendo entretenido. Yasmina Reza se une a la lista con «Felices los felices» (Anagrama), observando irónicamente las relaciones entre personajes, como viene siendo su tónica habitual. Una de las exquisitas damas de la literatura, Alice Munro, reciente premio Nóbel, vuelve de la mano de la editorial Lumen con «Todo queda en casa», otro libro de relatos. Así podríamos seguir un buen rato, pero lo más esperado de este septiembre es «Así empieza lo malo» (Alfaguara) de Javier Marías, su vuelta a la literatura tras la resaca de «Tu rostro mañana» Sí, es cierto, en medio queda «Los enamoramientos» (Alfaguara 2011), pero ni siquiera Marías estaba muy seguro de ese libro y fue un titubeo literario más que otra cosa. «Así empieza lo malo» promete más de la mirada clara, (quizá demasiado) del no-premio nacional.

Las comparaciones son odiosas, así que no echaremos un vistazo a Francia. Sería inútil fijarse en quién publica más, pero quizá en el país galo exageren un poco con la cantidad, todo hay que decirlo. Sí hablaré sobre los nombres de las portadas, pues si bien hay bastante español, son todos muy conocidos. Cierto, la crisis vuelve a las empresas prudentes, pero el problema de los platos conocidos es que si bien Matute, Reverte, Marías y demás están muy bien, no amplían en nada el paladar literario de los españoles, lo cual no sólo es triste sino peligroso para las casas editoriales; al fin y al cabo, de los tres autores que acabamos de citar, dos superan los sesenta y una ya descansa en paz. Lo mismo ocurre con los museos, la falta de dinero explica la prudencia de sus exposiciones, pero sigue siendo muy sorprendente que el museo del Prado, considerada una de las mejores pinacotecas del mundo, no haga un esfuerzo para traer al menos algo más espectacular. Lo hace mejor el Reina Sofía echándole imaginación con lo que tiene, habrá que agradecérselo a su director, Manuel Borja-Villel.

Las épocas de crisis desde luego son difíciles de gestionar, más para las empresas culturales, que si además son de carácter público suman una estricta vigilancia de sus presupuestos y están a merced de quienes no tienen porqué tener sensibilidad alguna. Es interesante que comience el curso académico junto con las temporadas artísticas y la salida de un buen número de libros, y digo interesante porque en el curso anterior España cerró con otro déficit, éste en sus estudios. Seguimos a la cola de Europa en casi todo, y quienes sobrepasan la mediocre media del país deben salir de él para ganarse la vida de forma digna. En este momento de comienzo del curso académico, con créditos cada vez más absurdamente caros en las universidades, y una permisión excesiva en los institutos para aligerar el sistema educativo, una oferta cultural actualizada a los nuevos tiempos en librerías y museos quizá fuese capaz de “salvar” parte de la generación que ahora se encuentra tras los distintos pupitres. Un servidor no es catastrofista, simplemente repite lo que algunos ya dicen, pues se habla ya no de una, sino de dos generaciones perdidas en España, y con semejante base el futuro no sólo es desesperanzador, sino que ralentizará el país durante todavía muchas décadas.