El principio de Hanlon

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

«Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez» La sentencia es muy conocida y casi ha pasado a ser un dicho más en nuestra larga lista de frases comunes. El principio de Hanlon es el mismo que nos invita a pensar que nuestros políticos (piense el lector en su favorito) no son malvados, o que las teorías de la conspiración no tienen grado alguno de verdad (o al menos es un grado ínfimo), sencillamente son estúpidos o productos de la estupidez. Por alguna razón esto nos ayuda a sobrellevar las “torpezas” de quienes nos gobiernan, e incluso se juzgaría como imprudente, alarmista o paranoico a quien se le pasara por la cabeza que, por ejemplo, el actual gobierno además de inútil fuera un bastión del mal con un plan oculto tras todas esas leyes de apariencia torpe. En España los últimos tres años han dado para teorizar largamente sobre la inteligencia y la moral de nuestros gobernantes, y un nuevo caso digno de reflexión es la nueva Ley de Propiedad Intelectual.

Tras la lectura de la nueva ley el impulso es obvio. ¿Cómo no pensar que, como mínimo, los redactores son estúpidos? No ya por ignorar el funcionamiento del complejo entramado de Internet, tampoco por parchear el problema sin aportar soluciones, no, sencillamente por lo absurdo de enfrentarse a quien tiene más poder que el estado español y además con objetivos más bien turbios. Sí, la mayoría ya se habrá enterado, gracias a la ley creada ex professo para proteger los periódicos españoles, Google news ya ha dejado de indexar los contenidos de todo el país, evitando así pagar una tasa hecha a medida de este buscador. El affaire fue como sigue: el gobierno creó una ley aceptando la “histórica” reclamación de AEDE (Asociación de Editores de Diarios Españoles) por una compensación ante el daño sufrido a causa de la implantación de Internet y su descenso de ventas. La ley produjo la ya mencionada respuesta del buscador, (que era lo esperable) pero esto significa que la corriente de visitas hacia estas publicaciones pierde su principal manantial. Es decir, la ley se ha vuelto contra quienes debía proteger. Ahora AEDE demanda al gobierno más protección, pero viendo el resultado de sus medidas, casi sería mejor guardarse de su ayuda. De este modo, uno sólo podría calificar a todos los implicados como estúpidos, cumpliendo así el principio de Hanlon; pero si se quiere existe otra versión, una en que el gobierno acepta la petición de AEDE para tener a los medios bien controlados fracasase o no la ley (eso sería lo de menos) En este planteamiento los estúpidos fueron los de AEDE, mientras que en el gobierno están los villanos (o al menos los taimados)

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Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Pero además de esta polémica, la nueva ley propone sanciones de hasta 600.000 euros para páginas web con contenido “pirata”, es decir, que no cumplan los derechos de propiedad intelectual. No será este servidor quien anuncie que la cultura no merece pago alguno, al contrario, existen creadores que se esfuerzan en fabricar dicha cultura lo mismo que cualquier otro trabajador realiza con su empleo, y merecen ser compensados por ello. Sin embargo, lo sangrante es la respuesta gubernamental, que sigue rechazando el buscar soluciones e implantar nuevos modelos, centrándose en la persecución y el castigo. Por supuesto entre los sancionados estarán los buscadores, y la ley empieza a oler demasiado a fines recaudatorios.

Como broche final, los campus virtuales de las universidades deberán pagar por disponer de sus propios materiales online, ha de ser así incluso si el autor hubiera cedido gratuitamente sus derechos, le pese a quien le pese.

En definitiva, la Ley de Propiedad Intelectual en su conjunto pone a prueba el principio de Hanlon, porque si bien no queremos creer en la villanía de nuestros gobernantes, tanta estupidez empieza a ser sospechosa.

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Entrada Nº12: Autorretrato

                                                                                                       “Que la vida iba en serio                                                                               uno lo empieza a comprender más tarde”

– J. Gil de Biedma

Por algún tipo de razón que no me atrevo a adivinar, desde niño percibo el año como si fuera una montaña. De enero a junio es el ascenso, costoso, las semanas no pasan, se conquistan; julio y agosto son la cima, apacibles, tranquilos; a partir de septiembre todo cae cuesta abajo y uno va perdiendo los días sin saber qué ha sido de ellos. Supongo que las estaciones y la cantidad de horas solares tienen algo que ver en esta percepción infantil que arrastro hasta hoy. Me pasa algo similar con otras cosas, y entre ellas me he descubierto pensando así sobre la edad. Hoy cumplo veinticinco años, y por alguna razón eso me asusta, porque si este último lustro ha sido lento y costoso, me obsesiona la idea de precipitarme contra los treinta si no cuido en dónde pongo los pies. Rarezas que tiene uno, oigan.

Dice Rafael Argullol en su libro Maldita perfección (Acantilado, 2013) que en los autorretratos el ejecutante termina por desdoblarse entre eso que se es verdaderamente y lo que finalmente uno termina por mostrar, una mezcla de verdad, autoengaño e imposturas. La dichosa pregunta sobre quienes somos ha quebrado muchos muros a cabezazos sin hallar casi nunca una respuesta convincente, (añado el adverbio porque conformistas hay en todas partes) Yo tampoco la encontraré, ni siquiera lo pretendo, y sin embargo aquí estoy escribiendo sobre esta circunstancia. Vivimos de paradojas, supongo.

Borja Rivero 25

Veinticinco años no son nada, el despunte de la vida, dirán muchos. Pero ahí está la muerte, respondo yo, y la duda, ese cuervo que picotea constantemente en nuestras cabezas, nada da por supuesto, nos recuerda lo ilógico del final, que puede llegar en cualquier momento pues, además, el tiempo pasa y no vuelve. Para mí y para muchos la incertidumbre resulta incluso dolorosa. ¿Cómo no angustiarse cuando existe la posibilidad de que pese a tu esfuerzo termines en el equívoco? El fracaso y la victoria son hermanos caprichosos que dependen de un millón de enlaces difíciles o imposibles de gestionar uno mismo. Además el tiempo no es infinito, (eso también era una de mis percepciones infantiles, aunque ésta sí la he superado) y las decisiones que tomamos van conformando quienes somos, haciendo imposible esa expresión popular “borrón y cuenta nueva”. Según las escrituras, Dios hizo al hombre del barro, y parece muy pertinente esa sustancia, pues vamos transformándonos por la presión del mundo, adquiriendo formas de lo más diversas. Al final, tras la muerte, seremos por fin la imagen exacta de nosotros mismos, y esa figura resultante sólo resistirá tanto como lo hagan las personas que nos conocieron. Imágenes imperfectas, pero al menos ya difícilmente moldeables. Argullol termina el capítulo dedicado a los autorretratos con la siguiente reflexión «Conocerse y reflejarse son dos caras de la misma aventura. O, al menos, de la misma ilusión.» No, no podemos conocernos, y quizá sea mejor así, porque en realidad nadie quiere mirar una fotografía y reconocerse del todo, tendría algo de monstruoso hacerlo, significaría que somos fantasmas detenidos, estatuas de nosotros mismos. Y sobre el reflejo… bueno, si nos pintamos o nos escribimos, es para comprendernos un poco mejor nosotros mismos más que para abrirnos a los demás, quiero decir, que resulta un ejercicio privado. A veces, y eso es lo magnífico del arte, uno descubre algo sobre su interior que desconocía antes de verlo ahí reflejado.

Veinticinco años, y a no ser que la angustia o una circunstancia me cojan por sorpresa esto es el inicio, pero como en toda novela, posiblemente ya estén aquí los indicadores del resto de la trama, pero habrá tragedias y cambios argumentales, personajes que desaparezcan y otros que lleguen aportando la curiosidad de lo nuevo. No pretendo vivir una ficción ni autoerigirme héroe, villano o victima, pero ya decía Carlos Barral que entre la vida y la literatura, lo segundo es mucho más interesante.

Como en el poema de Gil de Biedma, cuyos primeros versos encabezan este texto, uno está lleno de ambición porque todavía es joven, y de miedo hacia la segunda parte, cuando vaya pasando el tiempo. Y como «envejecer, morir, es el único argumento de la obra», únicamente nos queda seguir adelante, hacia el umbral imposible que todos vamos buscando, o si en realidad pertenecemos a esa enorme caterva de hombres perdidos, absurdos o condenados, al menos deberíamos aprender a salir huyendo con cierta elegancia. Quién sabe, puede que sin rumbo fijo también se llegue a algún lugar.