Cuento de navidad

Relato publicado originalmente en el suplemento navideño del semanario Bierzo 7. Diciembre de 2014. También publicado en su versión digital aquí.

A, y para Aquilina

Cuelga el teléfono y se queda mirando la puerta principal, el cerrojo. No espera a nadie, tampoco llaman, pero Leonora aún se mantiene allí un minuto. No se mueve debido al contraste entre los veinte minutos al teléfono y el silencio de la casa. Esa ausencia lo inunda todo. Vuelve a la cocina porque sus dedos entumecidos le recuerdan el frío, con las prisas no se había puesto las zapatillas.

Cierra la puerta y se sienta en el sofá con las piernas recogidas, la televisión está apagada. No piensa en encenderla, no tiene ganas del alboroto de voces, vuelve a sentir la tristeza de todos los días golpeando con más fuerza contra su pecho, su garganta y sus ojos. Desde allí mira el calendario de la pared. Tiene una semana para prepararlo todo. Después de un rato se levanta para buscar uno de esos cuadernos que esperan en los cajones durante años. Leonora se queda mirando la página cuadriculada con un bolígrafo en la mano, reflexiona un minuto y escribe “Belén”. El resto de la lista va saliendo poco a poco, añade “cordero” automáticamente, porque es lo típico en León, siempre ha sido así, al menos siempre que hubo dinero. Luego escribe los ingredientes necesarios para la sopa de marisco del día de Navidad… los dulces los traerán sus hijos. Termina la lista y se queda mirando las palabras con más pena aún que antes. Rescata un pañuelo de su manga y se seca los lacrimales antes de dejar caer una sola lágrima.

Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

Se repone al cabo de unos minutos, se limpia las manos en el mandil, echa un ojo a la cocina y sale al patio. Hace mucho frío y al parecer también ha llovido. Llena un cubo de carbón y vuelve a la cocina deprisa, tapándose la garganta con la mano libre. El año pasado enfermó precisamente en uno de esos viajes cortos. Entre la gripe y la tristeza creyó que no sobreviviría, pero pasó el invierno y salió de la cama casi a regañadientes.

Dentro deja el cubo en la encimera y abre la tapa con un atizador para no quemarse. Es una de esas antiguas cocinas de hierro fundido, grande como una cama, y que sirve de calefacción además de para cocinar. Leonora la llena con el carbón, agitando las brasas con cuidado de no ahogarlas. Calcula la cantidad suficiente para pasar la noche. Si tiene frío pondrá el radiador eléctrico de la habitación. Siempre se dice eso, pero nunca lo enciende. Lo compró Agustín hace dos inviernos, ella le dijo que no lo usarían, era una tontería, pero él insistió. De nuevo el recuerdo le angustia y no sabe qué hacer o cómo. Se pone a lavar el cazo, los cubiertos y lo demás, pero lo hace torpemente y al final un plato se le resbala entre los dedos y lo descascarilla justo en el borde. Por suerte tarda poco; después de secarse las manos se limpia el resto de las silenciosas lágrimas y mira la pantalla apagada preguntándose nuevamente si debería encenderla. No, no tiene cuerpo. Apaga las luces y cruza el pasillo otra vez.

Su cuarto es pequeño como un camarote, eso dice su nieto, pero a ella le gusta, se siente cómoda en él y nunca ha querido cambiar a otro. Ahora hay demasiados vacíos con olor a cerrado y su suelo de madera está levantándose por el abandono. El suyo todavía está ocupado y la casa respeta esa fidelidad protegiéndolo de los achaques que sufren las viejas casas de pueblo. No tarda en quedarse dormida.

El sueño le inquieta, al final se siente despertar en una cama que no es la suya, pero sí lo fue una vez, cuando era una niña y dormía con su hermana. En efecto, se encuentra a sí misma en el cuerpo de una niña de pelo ondulado y mirada seria, pero una niña al fin y al cabo. Se incorpora en la cama intentando no despertar a su hermanita. Padre murió ya hace unos años y ella se encarga de muchas cosas, la primera de despertar a madre y coger agua del pozo. No llega a levantarse porque ante ella hay un hombre, está de espaldas a la ventana y no puede distinguirle debido a la luz que entra por ella, cegándola.
-¿Quién eres? –pregunta la niña.

El hombre señala el exterior sin decir nada, luego, en un parpadeo, desaparece. Ella salta de la cama sin asombrarse por la huida instantánea del personaje, se asoma a la ventana. Nada interesante; lejos, por la calle de barro, pasa un chico cargando un saco grande con esfuerzo. Leonora está algo decepcionada. Luego, con la transición inexacta de los sueños, se encuentra saltando de felicidad con una fruta en las manos, con su brillante piel llena de olor, así de agradecida es la pobreza.

Años después le presentan a ese chico que una mañana de Navidad paso cerca de su casa con un saco. Ella se muestra recelosa, algo tímida, los recuerdos están mezclados con las expectativas, pero en el sueño también está con ellos la misma figura de su ventana, el hombre sin rostro seña al chico. Leonora no comprende, corre hacia él, pero cuando está a punto de ver su cara se vuelve irreal, una fantasía. En Navidad el chico le roba un primer beso torpe, casto, asustado; tras un brevísimo instante de unión se separa de ella con expectación, casi esperando un grito o una bofetada, pero Leonora sólo está sorprendida. Sonríe tímidamente, le acaricia la cara y se va al campo, lejos, a una colina imposible que jamás existió. En esa esfera onírica se sienta en medio de diciembre sobre la nieve sin pasar frío y piensa junto a la reaparecida figura del hombre sin identidad… ya le ha aceptado a su lado como el niño acepta su sombra. Leonora piensa con el corazón de mujer enternecido por primera vez en su vida, piensa en el chico, en su sonrisa, en su torpeza, en el beso minúsculo. Comprende que no besará a ningún otro hombre. Largo noviazgo, dejan pasar los años y se casan también en diciembre. Justo un año después nace su hija con las primeras nieves. El frío marca sus vidas, un frío acogedor en el sueño, aunque en el mundo real fueron muchas las penalidades. Su marido madura ante sus ojos, pierde la delgadez de la juventud, se vuelve un hombre corpulento, bien formado, fuerte, su pelo encanece y termina con un bigote bajo un par de gafas de nácar.

El mundo cambia a una velocidad de vértigo, todo se confunde para Leonora, sus hijos, los colores, el tiempo, las diferentes personas de su vida, algunas mueren, otras nacen, pero allí sigue Agustín, transformándose una y otra vez de joven a adulto, de adulto a anciano y vuelta a comenzar. Él es el eje de su vida, hasta que el remolino de color y sonido se rompe y vuelve a ser una mujer con el rostro serio frente a un ataúd cerrado, incapaz de creer en el contenido de la caja, con la mente blanca llena de ruido.

Cuando sus hijos se fueron días después del entierro, Leonora subió a la montaña con su aspecto resuelto de siempre. Se sentó en un claro, rodeada por silencio y allí lloró, se culpó, le maldijo a él, incluso insultó a Dios hasta perder los nervios agotando sus fuerzas. Echada sobre la hierba erizada de la montaña dormitó durante unos minutos para calmarse. Al abrir los ojos allí estaba la figura de su sueño, recordándole que sólo revivía aquel instante, que el tiempo había pasado y debía continuar. «¿Por qué?» Quería preguntar Leonora, «¿Por qué continuar cuando no quiero hacerlo?» Entonces la figura movió su brazo otra vez, trasladando el mundo con su gesto. Estaban en el cementerio y su dedo indicaba la tumba de su marido. No, señalaba el nicho vecino, entonces ella entendió.

Al día siguiente a Leonora le cuesta salir de la cama. El sueño le da miedo, pero lo peor es la perspectiva del día, los preparativos para Navidad. El año pasado no notó el shock, todavía tenía la muerte de Agustín demasiado reciente y pasó las fiestas dejándose llevar por sus hijos, algo anestesiada por el dolor. Pero ahora es distinto, el esfuerzo de hacerlo uno mismo, de preparar la fiesta como si nada hubiera cambiado pese a que todo lo ha hecho… es demasiado. Tras una hora consigue levantarse con los ojos hinchados. Encuentra la casa helada, los problemas de ese tipo de calefacción. Se pone la bata y coge el cubo de carbón dispuesta, como siempre, a seguir hasta el último día de su vida. ¿En realidad tiene otra opción?

Sus días son silenciosos, visita a sus hermanas de cuando en cuando y cada tarde va a la iglesia para rezar el rosario y tomar la comunión. Vida de pueblo, sin excentricidades, sin alegrías. Ahora se pregunta si era tan distinta su vida con Agustín, y comprende que su compañía, su mera existencia le daba sentido a todo. No era algo racional sino puro sentimiento. Podían discutir o no verse en todo el día, pero Leonora sabía que él estaría esperándola en cualquier momento, que respondería si le llamaba. Era una certeza, quizá la única que nunca se había parado a cuestionar. La muerte reveló el espacio que ocupaba Agustín en su vida al arrancarlo, y el hueco se le hacía insoportable. Todas las navidades él encabezaba la mesa familiar, la anterior sus hijos se preocuparon por trasladar el escenario, pero este año la mesa seguiría allí, las sillas y todos los miembros de la familia. ¿Quién se sentaría en su sitio? Algo tan normal, tan carente de importancia real tenía un peso casi bíblico para Leonora. Se imaginaba la silla desocupada y era peor, porque haría el vacío más evidente, estarían cenando con un fantasma. ¿Cómo ocupar un espacio imposible de olvidar?

Decide mantenerse empleada en varias tareas para no pensar. En uno de los armarios más altos está la caja con los adornos de Navidad, tiene que subirse a una silla para alcanzarla y luego tarda una hora en colocar los adornos, el pequeño árbol de Navidad, el Belén de figuras desiguales con decenas de años cada una… Cuando ha terminado se aparta y observa el resultado, la tristeza sigue empujando su corazón con cada latido, pero ni siquiera hay recuerdos asociados, forma parte del impulso de sí misma, es un sentimiento que lleva vivo cada mañana y duerme con ella, lo crea al respirar como si el propio fluir de la sangre lo produjese en una reacción química.

No le cuesta realizar todo lo esperable para esos preparativos, no tiene dificultad en realizar las compras, sabe dónde ir, lleva años siendo fiel a los mismos comerciantes; por otro lado, tampoco hay demasiado donde elegir, aunque el pueblo no es de los más pequeños precisamente. Al final va a la panadería, ahora la regenta el hijo del dueño original, un “chico” de treinta años con mucha energía y muy alegre. Al entrar le saluda por su nombre:
-Señora Leonora, -dice casi gritando.- ¡Ya la echaba de menos!

La mujer sonríe. El padre del panadero murió hace unos años y a ella cada día le sorprende más el parecido entre ambos, también aquel hombre destilaba esa misma alegría aparentemente inagotable, como si tuvieran un torrente manando del pecho, envidia esa capacidad para la sonrisa, ella nunca fue así.

No hay nadie más en el establecimiento, y lo cierto es que no invita a pasar tiempo allí: el suelo y las paredes hasta media altura están alicatadas con granito azul, barato y resistente; detrás de un mostrador de aluminio hay otro mueble con espacio para el pan, y una caja registradora amarillenta; la luz cae de un par de florescentes como leche cortada, y el único elemento nuevo es un calentador de aire eléctrico, enchufado junto a una de las paredes. Pero a Leonora le gusta ese sitio, la mayoría de sus vecinas compran el pan en otras panaderías más nuevas y acogedoras, o siguen siendo fieles a ésta, pero simplemente recogen el pan y salen corriendo. Ella no, Leonora se siente dentro de una de esas cajas antiguas cuyo interior estaba forrado por un papel que simulaba, precisamente, algún tipo de granito. Es casi una capilla, un lugar frío, vacío, casi ajeno al mundo, de no ser por las barras de pan.

Leonora sonríe al panadero y le hace el pedido para Navidad: hogazas y rosquillas para el desayuno, a los niños les encantan. Luego es él quien pregunta si necesita utilizar el horno para el cordero. Ella asiente, la cocina de carbón tiene uno demasiado pequeño para asar tanta carne. Concretan la hora y se despiden tras las preguntas de rigor sobre la familia.

De vuelta a casa, su cabeza sigue en la panadería, en ese local atemporal, casi eterno, Leonora recuerda el año en el cual abrieron la tienda, ella era una joven madre y el pueblo muy distinto, más alegre, pese a la vieja dictadura, también había más jóvenes, más luz. La escasez ya estaba más atenuada entonces y el miedo era menor. Franco moriría poco después, pero en esos últimos años el pueblo hervía en un ansia por vivir más, llegar más lejos, y ser mejor. Ahora todo le parece gris, todo decae. Quizá es por la crisis, los pueblos parecen moribundos abandonados a su suerte, nadie piensa en ellos. Leonora no comprende; sus hijos viven en ciudades, en León, en Ponferrada, pero tampoco ve allí un futuro prometedor, no encuentra ese color de las décadas pasadas. Quizás sea porque ya es demasiado vieja, porque su futuro es corto y Agustín no está.

El día veinticuatro se levanta más pronto de lo normal. Llena la caldera, limpia el polvo, pone sábanas limpias a todas las camas, friega los suelos, coloca la mesa y prepara la comida. Le lleva el cordero al panadero en dos grandes ollas de barro. A mediodía llega su hijo menor junto a su mujer, comen juntos y él mira a su madre con suspicacia, con miedo por saberla más triste de lo que se deja aparentar. A media tarde la mayor, junto a su familia llama a la puerta, las dos niñas corren a besarla y parlotean a su alrededor. Cuando oscurece aparece la hija mediana, su marido y su hijo, los tres más callados, como si la noche les hubiera apagado. Pero el niño rápidamente se divierte con sus primas y los padres con los adultos. El ambiente no tarda en ser el de una Navidad cualquiera: todos se muestran alegres, discutiendo entre sí por mil cosas, los niños chillando, el hijo de Leonora cortando jamón, su nuera preparando la cesta de turrón etcétera. La matriarca está muy ocupada dirigiendo todas las operaciones, atendiendo las ollas, y respondiendo las preguntas de sus hijos. Casi se olvida de su tristeza mientras gestiona el banquete, pero la hora se acerca, empiezan a terminar los preparativos y en algunos momentos, cuando está quieta, se encuentra a sí misma observando a esas personas tan queridas, y sin embargo insuficientes para calmar el dolor dentro de su corazón. Por supuesto no se deja vencer por la pena, envía a sus yernos a por el cordero y van sirviendo la mesa. Los niños están expectantes con los regalos. La muerte del abuelo arrastró la fantasía, pero aún así esperan tener lo que pidieron.

Todo marcha bien, nada ha cambiado en apariencia. Comen demasiado, disfrutan de los platos que Leonora finaliza en la cocina, levantándose de cuando en cuando junto a algún otro familiar. Finalmente es su hija mayor quien toma el asiento de Agustín, Leonora no dice nada, acepta el hecho como la mejor solución posible. Apenas tocan los postres y son sus hijos quienes insisten en fregar los platos, por lo que la abuela tiene un rato para descansar. Casi es peor, no sabe qué hacer sin algo entre las manos. Habla con sus nietos, más cariñosos esa noche que nunca, pero les mira con temor, les acaricia sin fuerza, cerca del temblor. ¿Existe la posibilidad de que ellos también desaparezcan? La idea le nubla el juicio y al final termina por fregar las tazas de café para olvidarse de todo.

Los regalos son la mejor parte, los niños se muestran encantadores, son felices, sencillamente felices, están entregados a la ilusión de lo nuevo y a Leonora le encanta ver sus expresiones. A ella le regalan unos pendientes de oro, los agradece de corazón y le gustan, pero prefiere ver a sus nietos jugar. De alguna manera ellos son el futuro de Agustín, lo que quedará de él cuando ella también muera y sus hijos sean viejos. Es una bonita idea, se los imagina mayores, recordando a sus abuelos, quizá reunidos para celebrar la Navidad en esa misma casa.

Tras una pequeña expectación, su nieta pequeña se acerca con expresión traviesa a la abuela. Le pone ante los ojos un dibujo sin ceremonia ninguna. Leonora lo mira, responde lo típico; sin embargo, la niña no se contenta con eso. Se pone a su lado y le va explicando la escena: ha dibujado a toda la familia «para que no estés triste, abuelita» y allí, junto a una señora con el pelo cano que la representa a ella, está el abuelo dándole la mano. El brazo libre lo tiene extendido hacia el cielo estrellado «por que está en el cielo», explica con sencillez la niña. Y Leonora, ahora sí temblando, abraza a la pequeña, le besa las mejillas calientes y le da las gracias. Luego esquiva a sus hijos y se encierra un momento en su cuarto para recuperar el aliento, para no llorar a lágrima viva delante de todos, pero esta vez no sabe si de pena o alegría, porque comprende el amor enorme que siente por sus nietos y se siente feliz por su existencia, simplemente por tenerlos allí, por poder hablar con ellos y saber que la recuerdan y la quieren. Agustín no volverá y Leonora seguirá recordándole y entristeciéndose por su ausencia, pero no olvida que también están ellos allí y da gracias por esas fiestas, por estar juntos aunque todo falle o haya tristeza o dolor.

En medio del frío y la oscuridad del invierno las familias se reúnen sean o no creyentes, igual que lo han hecho desde hace milenios; aunque no lo sepan todos celebran lo mismo, la superación de la parte más cruda de la estación, el tiempo nuevo, pues los días se hacen más largos poco a poco. Por eso están juntos, por eso Leonora se siente mejor, su nieta le ha recordado esa verdad. Todo cambia, es el gran drama de nuestras vidas; vivimos en lo incierto, y para soportarlo, para seguir adelante, lo mejor es tener a alguien al lado caminando con nosotros. Leonora sale del cuarto con la cara limpia y besa a sus tres nietos antes de servir el champaña, al fin y al cabo, hay que celebrar la Navidad…

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