Entrada Nº12: Autorretrato

                                                                                                       “Que la vida iba en serio                                                                               uno lo empieza a comprender más tarde”

– J. Gil de Biedma

Por algún tipo de razón que no me atrevo a adivinar, desde niño percibo el año como si fuera una montaña. De enero a junio es el ascenso, costoso, las semanas no pasan, se conquistan; julio y agosto son la cima, apacibles, tranquilos; a partir de septiembre todo cae cuesta abajo y uno va perdiendo los días sin saber qué ha sido de ellos. Supongo que las estaciones y la cantidad de horas solares tienen algo que ver en esta percepción infantil que arrastro hasta hoy. Me pasa algo similar con otras cosas, y entre ellas me he descubierto pensando así sobre la edad. Hoy cumplo veinticinco años, y por alguna razón eso me asusta, porque si este último lustro ha sido lento y costoso, me obsesiona la idea de precipitarme contra los treinta si no cuido en dónde pongo los pies. Rarezas que tiene uno, oigan.

Dice Rafael Argullol en su libro Maldita perfección (Acantilado, 2013) que en los autorretratos el ejecutante termina por desdoblarse entre eso que se es verdaderamente y lo que finalmente uno termina por mostrar, una mezcla de verdad, autoengaño e imposturas. La dichosa pregunta sobre quienes somos ha quebrado muchos muros a cabezazos sin hallar casi nunca una respuesta convincente, (añado el adverbio porque conformistas hay en todas partes) Yo tampoco la encontraré, ni siquiera lo pretendo, y sin embargo aquí estoy escribiendo sobre esta circunstancia. Vivimos de paradojas, supongo.

Borja Rivero 25

Veinticinco años no son nada, el despunte de la vida, dirán muchos. Pero ahí está la muerte, respondo yo, y la duda, ese cuervo que picotea constantemente en nuestras cabezas, nada da por supuesto, nos recuerda lo ilógico del final, que puede llegar en cualquier momento pues, además, el tiempo pasa y no vuelve. Para mí y para muchos la incertidumbre resulta incluso dolorosa. ¿Cómo no angustiarse cuando existe la posibilidad de que pese a tu esfuerzo termines en el equívoco? El fracaso y la victoria son hermanos caprichosos que dependen de un millón de enlaces difíciles o imposibles de gestionar uno mismo. Además el tiempo no es infinito, (eso también era una de mis percepciones infantiles, aunque ésta sí la he superado) y las decisiones que tomamos van conformando quienes somos, haciendo imposible esa expresión popular “borrón y cuenta nueva”. Según las escrituras, Dios hizo al hombre del barro, y parece muy pertinente esa sustancia, pues vamos transformándonos por la presión del mundo, adquiriendo formas de lo más diversas. Al final, tras la muerte, seremos por fin la imagen exacta de nosotros mismos, y esa figura resultante sólo resistirá tanto como lo hagan las personas que nos conocieron. Imágenes imperfectas, pero al menos ya difícilmente moldeables. Argullol termina el capítulo dedicado a los autorretratos con la siguiente reflexión «Conocerse y reflejarse son dos caras de la misma aventura. O, al menos, de la misma ilusión.» No, no podemos conocernos, y quizá sea mejor así, porque en realidad nadie quiere mirar una fotografía y reconocerse del todo, tendría algo de monstruoso hacerlo, significaría que somos fantasmas detenidos, estatuas de nosotros mismos. Y sobre el reflejo… bueno, si nos pintamos o nos escribimos, es para comprendernos un poco mejor nosotros mismos más que para abrirnos a los demás, quiero decir, que resulta un ejercicio privado. A veces, y eso es lo magnífico del arte, uno descubre algo sobre su interior que desconocía antes de verlo ahí reflejado.

Veinticinco años, y a no ser que la angustia o una circunstancia me cojan por sorpresa esto es el inicio, pero como en toda novela, posiblemente ya estén aquí los indicadores del resto de la trama, pero habrá tragedias y cambios argumentales, personajes que desaparezcan y otros que lleguen aportando la curiosidad de lo nuevo. No pretendo vivir una ficción ni autoerigirme héroe, villano o victima, pero ya decía Carlos Barral que entre la vida y la literatura, lo segundo es mucho más interesante.

Como en el poema de Gil de Biedma, cuyos primeros versos encabezan este texto, uno está lleno de ambición porque todavía es joven, y de miedo hacia la segunda parte, cuando vaya pasando el tiempo. Y como «envejecer, morir, es el único argumento de la obra», únicamente nos queda seguir adelante, hacia el umbral imposible que todos vamos buscando, o si en realidad pertenecemos a esa enorme caterva de hombres perdidos, absurdos o condenados, al menos deberíamos aprender a salir huyendo con cierta elegancia. Quién sabe, puede que sin rumbo fijo también se llegue a algún lugar.

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