House of Cards

  • houseportadaAutor: Michael Dobbs
  • Traducción: Patricia Antón
  • Editorial: Alba [Colección contemporánea]

Las reseñas suelen dejar para los últimos párrafos las consideraciones hacia adaptaciones televisivas o cinematográficas. Sin embargo, haremos una excepción, porque es probable que el título lleve a confusión. Si el lector ha llegado aquí en busca de las peripecias de Francis Underwood quizá se sienta un poco decepcionado. El libro escrito por Michael Dobbs tiene su origen en Inglaterra, la adaptación a los EEUU de Beau Willimon y protagonizada por Kevin Spacey es muy diferente por necesidad, pues ambas realidades políticas distan mucho entre sí.

Dicho lo anterior, House of Cards es un thriller político escrito a finales de los años ochenta por el que fuera jefe de gabinete de Margaret Thatcher, que muy contrariado por las actitudes de la dama de hierro, decidió escribir una novela sobre cómo destruir a un primer ministro. El éxito fue tal, que Dobbs abandonaría para siempre la política, centrándose en su carrera como escritor.

Dobbs nos muestra aquí los engranajes del poder, bien lubricados gracias a las ambiciones personales de los políticos y donde la prensa tiene un papel fundamental. Se trata de un juego en el que se utilizan distintas estrategias mostrando u ocultando varias cartas. En este castillo de naipes, Frank Urquhart, un político de bajo perfil se encuentra contrariado por la decisión del reelegido primer ministro, es entonces cuando decide hacer algo que nunca había pensado: vengarse. Comienza así una serie de acontecimientos y circunstancias, de piezas que van construyendo su venganza al mismo tiempo que le preparan para ocupar el lugar que se merece.

Es una novela fácil, muy bien traducida, que usa mucho el diálogo y añade pequeñas notas de un delicioso cinismo para hacer la lectura más rápida y amena. Se descuartiza así la política inglesa mostrándonos su realidad, tan cruda y visceral como es. Cuenta con personajes principales bien trabajados, entre quienes destaca por encima de todos el protagonista, pero también Mattie, una joven periodista de la que se vale Urquhart para comenzar sus planes. El ambiente conseguido por Dobbs es lo que ha atraído a la televisión y lo que explica su éxito, es oscuro y untuoso con todo el aroma del poder, muy atrayente. Dobbs le debe bastante a Shakespeare, pues el personaje de Urquhart tiene algo de Ricardo III y mucho de Macbeth. Pura raza inglesa.

Sin embargo, no estamos ante una joya de la literatura universal, House of Cards se deja leer muy agradablemente, es un best-seller muy bien confeccionado que nos muestra el grado más digno del género, una buena novela de entretenimiento, pero nada más. Quizá la edad también le ha afectado un poco, pues el enorme poder e influencia de la prensa es muy distinto hoy en día debido a los cambios producidos desde el nacimiento de internet y los nuevos medios de comunicación.

Aunque ya hemos hablado de la exitosa y muy interesante adaptación de la ‘HBO’, en 1990 ya se realizó una en la ‘BBC’ con el fantástico Sir Ian Richardson en el papel de Urquhart, el resultado tampoco desmerece la novela ni la ficción protagonizada por Kevin Spacey.

En definitiva, la novela de Dobbs es una buena opción para los amantes de la serie televisiva, pero también lo es para quienes gusten de los thrillers políticos o de un rato de buen entretenimiento; es más, House of Cards   puede hacer las veces de bicarbonato para digerir la ácida y cargante realidad política en la que estamos inmersos actualmente.

« Urquhart declaró su intención   de presentarse como candidato a líder del partido en una rueda de prensa celebrada en la Cámara de los Comunes, en el momento preciso para aparecer en las noticias de la noche y en las primeras ediciones de los periódicos del día siguiente. Aquello no fue ningún apaño en la acera sino un anuncio respaldado por la histórica atmósfera del palacio de Westminster con sus majestuosas chimeneas de piedra, sus paneles de roble oscuro y su ambiente de perdurable autoridad. Fue un acto digno, contenido, casi humilde. Nadie había acusado a Samuel, Woolton y los demás de esas cosas. Mortima estaba a su lado, y él hizo hincapié en que se trataba de una decisión familiar. Dio la impresión de ser un hombre a quien arrastraban a regañadientes hacia la sede del poder, que ponía su obligación hacia sus colegas y su país por encima de sus intereses personales. Era teatro político, por supuesto, a partir de un guión cuidadosamente ensayado, pero interpretó muy bien el papel. »

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