Colchones vacíos

 «¿Cuántas veces puede uno tropezar en la misma piedra?» –se lo preguntaba mientras salía del número 73 de la calle Alborada. Era un portal conocido para él, demasiado conocido, cada vez que lo cruzaba se hacía la misma pregunta. Su “piedra” todavía estaba en la cama, arriba, tras la puerta del tercero izquierda. Posiblemente volvería a dormirse en unos minutos.

La calle se le antojó viva, excesivamente viva un domingo a esas horas. Había demasiado sol, demasiada gente, demasiado tráfico. Recibió el frío de enero como si fuera un beso, gracias a él despejó su cara abotargada por el sueño, el sexo y el alcohol, o hablando con exactitud, por el efecto que estos habían dejado en él. Ni siquiera había tomado una ducha, sintió la urgencia de salir corriendo. A quien abandonaba tampoco le importaba, posiblemente sintiera lo mismo, en esos momentos estaría mirando el techo con pereza, preguntándose, como él, por qué se sentían atraídos el uno por el otro cuando coincidían tras unas cuantas copas. «Colchones vacíos, todo se resume en colchones vacíos» –dijo uno de ellos, no importa quién. A veces se resistían a ceder y lo consiguieron en muchas ocasiones, por pudor, por la duda de si el otro realmente correspondía sus deseos. Intercambiaban esa ansia al lanzarse miradas inocuas, crípticas por su falsa ignorancia, y únicamente con el alcohol encontraban la excusa para repetir. ¿Colchones vacíos? Quizá era más que eso: casa vacías, cuerpos con el calor arrebatado por demasiadas ausencias, cabezas y corazones huecos, deseosos de conseguir un remedio inmediato, pero siempre insuficiente.

Él, lejos ya del número 73, se pidió un café tras llegar a la zona del puerto. Lo tomó con la mirada perdida en el mar. Incluso dentro del bar hacía frío, la calefacción aún no había tenido tiempo para caldear el ambiente y él juntaba las manos en torno al vaso, el líquido no estaba caliente, sino ardiendo, y lo sorbía poco a poco, irritándose la lengua. En la televisión debatían sobre las corrupciones de turno en un programa sin duda repetido, pues ni el presentador más entregado tendría energía para hablar de lo mundano un domingo por la mañana. Tampoco los espectadores del bar parecían muy emocionados o indignados con las noticias. Ellos conversaban sobre el frío, alguno adivinó que nevaría más tarde: «se huele en el aire» –dijo. Pero él no podía olerlo. Al salir del local hinchó sus pulmones sin sentir nada especial. Aquel cielo amenazaba con su color blanco neutro, pero aún así prefirió caminar hacia casa. Se entretenía observando a la gente, sus idas y venidas apresuradas. Nadie parecía disfrutar del frío. Tampoco él a estas alturas, siendo sinceros, hubiera preferido no marcharse de la cama, quedarse un rato más, pero no habría tenido sentido, o peor, hubiera sido un engaño. ¿Por qué era tan difícil lo que debiera ser sencillo? Ninguno de los dos amantes se paró a pensar que el problema no estaba en la respuesta sino en la pregunta.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s