Miércoles fragmentado: Las ruinas circulares, Jorge Luis Borges

 “El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder.”

De repente, en un paraje inhóspito, vacío de creyentes y certidumbres, sucede la lucha. El que yerra, el errante, se encuentra consigo mismo en esa nada que es el mundo para él, para ellos ahora. Las ciudades, los árboles y los prados se difuminan y únicamente queda él, dividido, reflejado en el aire. Ambos se arrojan al suelo como entidades distintas, gimiendo por el viento que sopla fuerte, cargados de cadenas. Los dos pueden verse a sí mismos como una patética imitación de ese héroe vagabundo de ropas raídas, de mirada triste.

Ellos son un mismo caballero errante e ignoran dónde han de ir. Su destino terminó cuando la sangre caliente del dragón bañó sus manos, esa sustancia roja fue la causa de su perdición, la ruptura que ha terminado creando dos sujetos. Cumplido su objetivo, muerta la bestia, el pobre honor ganado a cambio no les ha valido para nada. Ya no saben quiénes son o quién es, se mantiene(n) siempre a la espera de ser rescatado(s), arrastrando el arma mellada y oxidada por el tiempo. Es o son un loco (o varios) con la barba blanca por las horas perdidas, aullando en la noche como un perro enfermo.

«Lo salvaje no tiene palabras»

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Abril de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

¿Qué es poesía? Quiero decir más allá de ese poema de Bécquer que muchos saben citar de memoria. ¿Qué es la poesía? ¿Para qué sirve la poesía? Esas preguntas utilistas, con las cuales comprendemos el mundo desde 1989, son necesarias, otros las hicieron necesarias y ahora nosotros nos valemos de ellas y hemos dejado que pesen demasiado. En su libro La utilidad de lo inútil (en España editado por Acantilado) Nuccio Ordine se hace eco de esta manera de pensar nuestra, tan inhumana e intenta dar alguna respuesta. Apoyándonos en él, podríamos decir simplemente que la poesía sirve para ser. El arte y la cultura sirven para ser uno mismo, para ser mejor, para construirse.

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Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

El 27 de Marzo murió Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931 – 2015) el poeta fue ganador del premio Nobel de literatura en 2011. Ese día, además de afrontar cierto sentimiento de pérdida, un servidor comenzó a reflexionar sobre diversos temas gracias a asociaciones con el poeta más o menos peregrinas. Así, tras ocuparme de la educación, la literatura o el periodismo, comprendí que el nexo de mis preocupaciones era el cambio tecnológico tan brutal que Tranströmer pudo experimentar a lo largo de su dilatada vida. Me entró la curiosidad: ¿cómo afrontaría el poeta este cambio tan sustancial? O mejor: ¿en qué modo la poesía toma parte?

En su Elegía primera, poema tristemente dedicado al asesinato de Federico García Lorca, Miguel Hernández escribió: «Muere un poeta y la creación se siente | herida y moribunda en las entrañas.» Sin embargo, la muerte de Tranströmer se olvidó pronto e importa poco que le dieran el Nobel. Pasará a la historia, sí, sus libros seguirán editándose por ese honor, los mecanismos del olvido y el recuerdo funcionan así, pero ese progreso descontrolado, amparado por todo el sistema occidental, hace que esta circunstancia apenas tenga un significado real. ¿Por qué? Pues porque en las escuelas se enseña cada vez menos a apreciar la belleza o simplemente a reflexionar, porque los periódicos y televisiones sólo saben hablar de datos sacados en ‘wikipedia’ y sacrifican su calidad informativa por la inmediatez y el morbo, porque internet es un totum revolum sin criterio. Quién sabe lo que siente la creación a estas alturas, pero por su parte la sociedad parece un tanto inconmovible.

Uno quisiera aventurar una respuesta a la primera pregunta de este artículo, perdónenme si les parece pueril: La poesía es un hechizo, las palabras no son sólo palabras, la manera en que se disponen los versos y se evocan imágenes sirve para despertar nuestra sensibilidad. La poesía convoca la imaginación y es capaz de crear toda una interpretación, compleja e íntima. Eso es magia, quizá ningún otro arte (con la posible excepción de la música) invite tanto a buscar dentro de uno el significado de lo comprendido. La poesía, finalmente, es una manera de reafirmación individual.

En el mundo de los mass media, la globalización, internet, las redes sociales y las modas cada vez más aglutinadoras, gobiernos y empresas nos reducen a números comprensibles para ellos, clasificándonos dentro de cientos de agrupaciones, a su vez compuestas por millones de personas. Ser uno mismo en la sociedad de la homogeneización, darse cuenta del poder de la diferencia, debería ser más importante que cualquier cosa. No lo es.

La frase que da título a este artículo es un verso del propio Tranströmer. «Lo salvaje no tiene palabras» se refiere a la imposibilidad de limitar lo más puro, aquello que no puede ser domado o dominado, lo que hay de verdadero en el mundo. También quiere decir que toda explicación, sea en el modo en que sea, es insuficiente. Tranströmer está diciendo que para entender el mundo hay que sentirlo. Hoy, sin periódicos honestos ni una educación digna, bajo la autoridad de la tecnología y lo inmediato, la posibilidad de escapar de ese vórtice deshumanizador recae enteramente en nuestra percepción privada, en nuestra sensibilidad.

Miércoles fragmentado: Mrs Dalloway, Virginia Woolf

“In people’s eyes, in the swing, tramp and trudge; in the bellow and the uproar; the carriages, motor cars, omnibuses, vans, sandwich men shuffling and swinging; brass bands; barrel organs; in the triumph and the jingle and the strange high singing of some aeroplane overhead was what she loved; life; London; this moment of June.”

“En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio.”

Esta mañana condujo hasta Madrid. Hay allí una de esas cafeterías que le gusta frecuentar y donde llevaría a alguien querido de tenerlo. Siempre toma asiento frente al gran ventanal y allí observa a la gente, la lentitud de sus movimientos, como si fueran insectos bajo su microscopio, como retazos de película que se mantienen ahí mientras uno continúa mirando. Espera encontrar algo de paz durante esos momentos, también algo de verdad en esas cosas tan comunes que componen el lento discurrir de la vida. En ocasiones ha conseguido esa deseada tranquilidad, pero lo verdadero, si es que existe, aún se le escapa.

Ha vuelto hace unas horas, condujo los trescientos kilómetros hasta su casa del tirón. Al cerrar la puerta de esa jaula, en donde se siente a salvo, se queda mirando las llaves del coche. Nadie conoce su pequeña huida y se para a pensar en lo fácil que sería desaparecer para siempre. Deshecha pronto la idea, no hay nadie a quien decir adiós.

Por el bien del reino

Valden echó una ojeada a la sala. Fernio y Hérzogar le miraban con curiosidad, pero les despachó con un gesto, concentrándose por mantener su expresión de piedra. Luego ordenó a los guardias que cerraran las puertas con voz autoritaria. Una vez a solas se sentó en los escalones del trono con cierta incredulidad, perdiendo su temple. Observó la carta, escrita por el puño y letra del rey. ¿Cuántas habría escrito él mismo? ¿Cuatro? ¿Quizá cinco? Recompuso la misiva observando el sello de la corona, ahora roto.

La reina había muerto. Pero estaba enferma, todos lo sabían, había luchado contra los dioses durante años demostrando el mismo coraje de sus décadas de gobierno, pero a la muerte nadie ha podido vencer. No, no era la noticia en sí lo que le quitaba el aliento, sino las posibilidades. Sin ella el rey perdía su corona, el gobierno y el poder pasaban al único hijo varón de ambos, Tristán. Sin embargo, la coronación de era peor que gobernase un perro. Valden se tironeó de las barbas canosas. Los nobles se pondrían de parte del hijo esperando favores o poder manipularle, la corte y el ducado de Barnia de parte del todavía rey, la infanta Larisia tendría sus apoyos en el reino de su marido, incluso el bastardo de la reina tampoco se quedaría callado. Valden miró la puerta. Debía contárselo a su familia y a sus consejeros, pero éstos también le pedirían que luchase por la corona. Al fin y al cabo era el hermano pequeño de la reina, el noble con mayor poder dentro del territorio. ¿Qué hacer? Valden no quería la corona, nunca la quiso, denunció religiosamente a todos los poderosos que se le acercaban para confabular contra su hermana, jamás se vio tentado, por eso ahora era archiduque, su hermana fue una dura gobernante, pero también generosa con sus fieles vasallos. Valden releyó la carta del rey: le pedía consejo, premura en su visita. Si se diese prisa incluso podría llegar al entierro. Lo meditó un momento, su decisión sería vinculante al destino del reino: si el rey conservase el trono la continuidad sería perfecta, era un buen estratega, buen guerrero y de seso ágil. Su hermana eligió buen marido, quizá algo impulsivo y demasiado dispuesto a coger la espada, pero siempre tiene que haber quien así lo haga. No obstante, las leyes del reino le obligaban a abandonar su cargo.

–Tristán, rey… –dijo en voz alta, apenas fue un susurro, pero la frase le llenó de disgusto.

No, Tristán nunca, él tampoco, ni sus hijos, quedaba Larisia o Argulio, el bastardo. Meditó las posibilidades, de niño había sido un buen estudiante, siempre escuchó a los sabios pues pensaban que él sería rey. Conocía las leyes tan bien como cualquiera de los juristas del reino. Repasó mentalmente el derecho sucesorio hasta que no le quedó ninguna duda. Valden lanzó la carta al fuego de la chimenea para destruir cualquier prueba. Lanzó un grito para hacerse oír fuera de la sala y un soldado se asomó, solícito.

–Llamad a Fernio –ordenó. Él era el más cabal de sus consejeros, un hombre con el deseo de hacer las cosas bien y poco interesado en el poder personal, o al menos así lo juzgaba él.

–¿Me llamabais, excelencia?

Valden asintió, le hizo un gesto al soldado para que cerrara y acompañó a su consejero hasta una de las escribanías donde había pergamino, plumas y tinta fresca:

–La reina ha muerto –dijo secamente– Lo he meditado y Tristán no puede gobernar, desharía todo lo que su madre consiguió. Lo he pensado, Larisia es la mejor opción después de su padre, pero al Rey no podemos mantenerle en el trono sin provocar una guerra civil.

–¿Qué sugerís?

–Atajar los daños –respondió rápidamente con cierto brillo en los ojos– Casaremos a mi hija Vera con Argulio, así el bastardo quedará contento; no es mal hombre, se conformará. Larisia será reina, pero cuando todo esté atado su marido debe desaparecer. Le gusta navegar, hundiremos un barco con él a bordo la víspera de la coronación… Sé que Larisia le ama, pero es un bruto y un prepotente. Contentaremos a su padre prometiendo a otra de mis hijas con su segundo hijo… Quizá a Isobel le guste la idea.

–¿Y Tristán, excelencia?

Valden fijó su mirada en las llamas donde ya no quedaba rastro de la carta del rey. Además de ser su sobrino, él había elegido el nombre del niño y lo había mecido muchas noches en su cuna cuando sus padres estaban en guerra:

–Tiene que morir de la forma adecuada. Y lo único que el pueblo no pude perdonar a un príncipe es ser el asesino de un querido rey. –hizo una pausa– Los físicos nunca descubrieron la causa del mal de mi hermana, de algo servirá su ignorancia ahora. Encontraremos quien declare que fue envenenada durante años hasta que la pobre sucumbió a la ponzoña… Encontrarán frascos de veneno en la alcoba de Tristán y sobornaremos algún criado para que sea testigo… Quiero carretas de comediantes por todo el reino, que ignoren el luto y hagan comedias caricaturizando a Tristán como lo que es, hombre de pocas luces y demasiado ambicioso para su bien, eso no será difícil.

Fernio estaba casi sin aliento, aquel torrente de noticias le había desbocado el corazón.

–Luego habrá que buscar un buen hombre para Larisia –continuó Valden– hablaremos con ella cuando llegue el momento, pero tengo un par de nombres en la cabeza. Lo pospondremos un tiempo, para demostrar el poder de la corona sin necesidad de otros.

–Perdonadme la pregunta, excelencia, pero… ¿Cree que el rey lo permitirá?

El archiduque sonrió con cierta seguridad en la cara, también cierta tristeza:

–Me debe un gran favor. Yo le conseguí lo mejor de su vida, a mi hermana y con ella la corona. ¿No lo sabíais? Sí, yo le aconsejé a mi hermana que se casara con él. Sí, aceptará…

Miércoles fragmentado: Kyrie, Tomas Tranströmer

“A veces, mi vida abría los ojos en la oscuridad.
Una sensación como de multitudes ciegas e inquietas,
que pasan por las calles camino de un milagro,
mientras yo, invisible, permanecía inmóvil.”*

Estos son los días del cordero, los que bajo su mirada se desatan con las misas en nuestros oídos. ¡Oh, padre, perdóname! Que la desesperación no nos ahogue, que los espíritus tengan piedad de nosotros. ¡Oh, padre! ¡Cuanta sangre he limpiado de mis manos! Ahora sólo quedan dedos huesudos incapaces de sostener una espada o de entrelazarse para el rezo. No me queda ninguna exaltación, no convocaré hoy a la reina de todo o el nombre de nadie. ¡Oh, padre! Cuán altas suenan las campanas. ¡Ten piedad de mí! Ahora me reuniré contigo, intercede por quien tan bajo arrastró tu recuerdo. ¡Gloria! ¡Gloria a la oscuridad! ¡Soy herido! ¡Soy…! Sangre… Mía fue la última palabra… Ahora todo es sangre.

*Lamentablemente no hemos podido encontrar la versión del poema en su idioma original.

Dora Bruder

  • Maquetaci—n 1Autor: Patrick Modiano
  • Traductor: Maria Pino
  • Editorial: Seix Barral

En honor a la obtención del Nobel de literatura 2014 de Patrick Modiano, la ciudad de París nombrará una de sus calles como “Promenade Dora Bruder”, queriendo así rendir homenaje a uno de los libros más importantes del autor, y al mismo tiempo se recuerda las victimas de la ocupación nazi en Francia. Por todo eso, atacar un libro así produce cierto vértigo, pero también es el mejor momento para hacerlo.

El libro comienza enfrentando el narrador ante un periódico viejo donde descubre la desaparición de una niña conocida como Dora Bruder el 31 de Diciembre de 1941. A partir de ese momento y durante largo tiempo, se construye la narración de una búsqueda, donde la voz que nos narra los acontecimientos sigue los pasos de la historia, inmiscuyéndose hasta encontrar las pocas huellas que Dora Bruder fue dejando durante su vida. Es también un reflejo de la vida del París ocupado por los nazis, y de las condiciones de los judíos.

Sin duda el libro no defraudará a los admiradores de Modiano, tiene todos los elementos habituales en su obra, girando alrededor de su continuo descubrimiento de París ad infinitum. No se trata de una novela al uso, es un texto literario construido work in progress, cuyos personajes principales no tienen ningún poder ni acción, es más una investigación. Sin duda es un ejercicio magnífico sobre la memoria, Modiano se centra en describir esa búsqueda tan costosa para hacer relucir el vacío y la desazón que produce el paso del tiempo. ¿Hay una diferencia entre morir y desaparecer?

A pesar de que está bien escrito y tiene un estilo accesible y sencillo, no se trata de una obra de fácil lectura. El texto funciona con distintos impulsos, (la información encontrada en cada punto) pero la tensión dramática no existe, lo único que puede invitar al lector a continuar es el desarrollo mismo de esa búsqueda, el destino de Dora Bruder termina por ser secundario. Esto, pese a ser un interesante ejercicio literario, resulta muy arriesgado, pues termina pareciendo el relato de un periodista mientras busca los datos para su reportaje. Algo así como el making of de lo que viniese después. Dicho esto, no deja de ser interesante meterse en la piel del escritor, ver cómo realiza esa búsqueda, cómo los distintos acontecimientos van reflejándose en él mismo y haciéndole recordar datos de su propia vida para ponerlos en paralelo con la de Dora Bruder.

Dora Bruder es una gran obra, un ejercicio interesante donde la carga ficticia es muy pequeña. Sin duda este libro despliega una sensibilidad muy particular, quizá en mayor medida que otros de su firma, pues a Modiano nunca le ha gustado jugar con los sentimientos del lector, prefiere mostrar los acontecimientos, señalar con el índice y luego devolver una mirada significativa.

No obstante, un servidor no puede decir que lo dejará en la estantería de los imprescindibles. Pese a resultarme interesante el concepto de la búsqueda y la manera en que Modiano comunica los sentimientos provocados por la historia, no ha conseguido atraerme lo suficiente, quizá porque esperaba más y el resultado me resulta demasiado sintético. Se confirma con Dora Bruder una impresión que he tenido en otras de las obras del francés y que la opinión de algunos amigos me confirma: sus textos tienen mucho de obra testimonial, conectan bien con quienes vivieron su época o eran niños cuando todo acababa de pasar, pero para las generaciones más jóvenes su estilo carece de ese interés testimonial que lo hace único.

“Nunca sabré cómo pasó sus días, dónde se escondió, en compañía de quién se encontraba durante los meses de invierno de su primera fuga o en el curso de aquellas semanas de primavera en las que se escapó de nuevo. Ese es su secreto. Un secreto pobre y precioso que ni los verdugos, ni los decretos, ni las así llamadas autoridades de la Ocupación, ni el Dépôt, ni las barracas, ni los campos, ni la Historia, ni el tiempo – todo aquello que nos profana y nos destruye – fueron capaces de robarle.”

product_9782070408481_195x320Nota: Un servidor ha leído la versión francesa, publicado por la editorial Gallimard-Folio. Por tanto no es posible reflejar ningún comentario sobre calidad de la edición española.