Por el bien del reino

Valden echó una ojeada a la sala. Fernio y Hérzogar le miraban con curiosidad, pero les despachó con un gesto, concentrándose por mantener su expresión de piedra. Luego ordenó a los guardias que cerraran las puertas con voz autoritaria. Una vez a solas se sentó en los escalones del trono con cierta incredulidad, perdiendo su temple. Observó la carta, escrita por el puño y letra del rey. ¿Cuántas habría escrito él mismo? ¿Cuatro? ¿Quizá cinco? Recompuso la misiva observando el sello de la corona, ahora roto.

La reina había muerto. Pero estaba enferma, todos lo sabían, había luchado contra los dioses durante años demostrando el mismo coraje de sus décadas de gobierno, pero a la muerte nadie ha podido vencer. No, no era la noticia en sí lo que le quitaba el aliento, sino las posibilidades. Sin ella el rey perdía su corona, el gobierno y el poder pasaban al único hijo varón de ambos, Tristán. Sin embargo, la coronación de era peor que gobernase un perro. Valden se tironeó de las barbas canosas. Los nobles se pondrían de parte del hijo esperando favores o poder manipularle, la corte y el ducado de Barnia de parte del todavía rey, la infanta Larisia tendría sus apoyos en el reino de su marido, incluso el bastardo de la reina tampoco se quedaría callado. Valden miró la puerta. Debía contárselo a su familia y a sus consejeros, pero éstos también le pedirían que luchase por la corona. Al fin y al cabo era el hermano pequeño de la reina, el noble con mayor poder dentro del territorio. ¿Qué hacer? Valden no quería la corona, nunca la quiso, denunció religiosamente a todos los poderosos que se le acercaban para confabular contra su hermana, jamás se vio tentado, por eso ahora era archiduque, su hermana fue una dura gobernante, pero también generosa con sus fieles vasallos. Valden releyó la carta del rey: le pedía consejo, premura en su visita. Si se diese prisa incluso podría llegar al entierro. Lo meditó un momento, su decisión sería vinculante al destino del reino: si el rey conservase el trono la continuidad sería perfecta, era un buen estratega, buen guerrero y de seso ágil. Su hermana eligió buen marido, quizá algo impulsivo y demasiado dispuesto a coger la espada, pero siempre tiene que haber quien así lo haga. No obstante, las leyes del reino le obligaban a abandonar su cargo.

–Tristán, rey… –dijo en voz alta, apenas fue un susurro, pero la frase le llenó de disgusto.

No, Tristán nunca, él tampoco, ni sus hijos, quedaba Larisia o Argulio, el bastardo. Meditó las posibilidades, de niño había sido un buen estudiante, siempre escuchó a los sabios pues pensaban que él sería rey. Conocía las leyes tan bien como cualquiera de los juristas del reino. Repasó mentalmente el derecho sucesorio hasta que no le quedó ninguna duda. Valden lanzó la carta al fuego de la chimenea para destruir cualquier prueba. Lanzó un grito para hacerse oír fuera de la sala y un soldado se asomó, solícito.

–Llamad a Fernio –ordenó. Él era el más cabal de sus consejeros, un hombre con el deseo de hacer las cosas bien y poco interesado en el poder personal, o al menos así lo juzgaba él.

–¿Me llamabais, excelencia?

Valden asintió, le hizo un gesto al soldado para que cerrara y acompañó a su consejero hasta una de las escribanías donde había pergamino, plumas y tinta fresca:

–La reina ha muerto –dijo secamente– Lo he meditado y Tristán no puede gobernar, desharía todo lo que su madre consiguió. Lo he pensado, Larisia es la mejor opción después de su padre, pero al Rey no podemos mantenerle en el trono sin provocar una guerra civil.

–¿Qué sugerís?

–Atajar los daños –respondió rápidamente con cierto brillo en los ojos– Casaremos a mi hija Vera con Argulio, así el bastardo quedará contento; no es mal hombre, se conformará. Larisia será reina, pero cuando todo esté atado su marido debe desaparecer. Le gusta navegar, hundiremos un barco con él a bordo la víspera de la coronación… Sé que Larisia le ama, pero es un bruto y un prepotente. Contentaremos a su padre prometiendo a otra de mis hijas con su segundo hijo… Quizá a Isobel le guste la idea.

–¿Y Tristán, excelencia?

Valden fijó su mirada en las llamas donde ya no quedaba rastro de la carta del rey. Además de ser su sobrino, él había elegido el nombre del niño y lo había mecido muchas noches en su cuna cuando sus padres estaban en guerra:

–Tiene que morir de la forma adecuada. Y lo único que el pueblo no pude perdonar a un príncipe es ser el asesino de un querido rey. –hizo una pausa– Los físicos nunca descubrieron la causa del mal de mi hermana, de algo servirá su ignorancia ahora. Encontraremos quien declare que fue envenenada durante años hasta que la pobre sucumbió a la ponzoña… Encontrarán frascos de veneno en la alcoba de Tristán y sobornaremos algún criado para que sea testigo… Quiero carretas de comediantes por todo el reino, que ignoren el luto y hagan comedias caricaturizando a Tristán como lo que es, hombre de pocas luces y demasiado ambicioso para su bien, eso no será difícil.

Fernio estaba casi sin aliento, aquel torrente de noticias le había desbocado el corazón.

–Luego habrá que buscar un buen hombre para Larisia –continuó Valden– hablaremos con ella cuando llegue el momento, pero tengo un par de nombres en la cabeza. Lo pospondremos un tiempo, para demostrar el poder de la corona sin necesidad de otros.

–Perdonadme la pregunta, excelencia, pero… ¿Cree que el rey lo permitirá?

El archiduque sonrió con cierta seguridad en la cara, también cierta tristeza:

–Me debe un gran favor. Yo le conseguí lo mejor de su vida, a mi hermana y con ella la corona. ¿No lo sabíais? Sí, yo le aconsejé a mi hermana que se casara con él. Sí, aceptará…

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