«Lo salvaje no tiene palabras»

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Abril de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

¿Qué es poesía? Quiero decir más allá de ese poema de Bécquer que muchos saben citar de memoria. ¿Qué es la poesía? ¿Para qué sirve la poesía? Esas preguntas utilistas, con las cuales comprendemos el mundo desde 1989, son necesarias, otros las hicieron necesarias y ahora nosotros nos valemos de ellas y hemos dejado que pesen demasiado. En su libro La utilidad de lo inútil (en España editado por Acantilado) Nuccio Ordine se hace eco de esta manera de pensar nuestra, tan inhumana e intenta dar alguna respuesta. Apoyándonos en él, podríamos decir simplemente que la poesía sirve para ser. El arte y la cultura sirven para ser uno mismo, para ser mejor, para construirse.

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Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

El 27 de Marzo murió Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931 – 2015) el poeta fue ganador del premio Nobel de literatura en 2011. Ese día, además de afrontar cierto sentimiento de pérdida, un servidor comenzó a reflexionar sobre diversos temas gracias a asociaciones con el poeta más o menos peregrinas. Así, tras ocuparme de la educación, la literatura o el periodismo, comprendí que el nexo de mis preocupaciones era el cambio tecnológico tan brutal que Tranströmer pudo experimentar a lo largo de su dilatada vida. Me entró la curiosidad: ¿cómo afrontaría el poeta este cambio tan sustancial? O mejor: ¿en qué modo la poesía toma parte?

En su Elegía primera, poema tristemente dedicado al asesinato de Federico García Lorca, Miguel Hernández escribió: «Muere un poeta y la creación se siente | herida y moribunda en las entrañas.» Sin embargo, la muerte de Tranströmer se olvidó pronto e importa poco que le dieran el Nobel. Pasará a la historia, sí, sus libros seguirán editándose por ese honor, los mecanismos del olvido y el recuerdo funcionan así, pero ese progreso descontrolado, amparado por todo el sistema occidental, hace que esta circunstancia apenas tenga un significado real. ¿Por qué? Pues porque en las escuelas se enseña cada vez menos a apreciar la belleza o simplemente a reflexionar, porque los periódicos y televisiones sólo saben hablar de datos sacados en ‘wikipedia’ y sacrifican su calidad informativa por la inmediatez y el morbo, porque internet es un totum revolum sin criterio. Quién sabe lo que siente la creación a estas alturas, pero por su parte la sociedad parece un tanto inconmovible.

Uno quisiera aventurar una respuesta a la primera pregunta de este artículo, perdónenme si les parece pueril: La poesía es un hechizo, las palabras no son sólo palabras, la manera en que se disponen los versos y se evocan imágenes sirve para despertar nuestra sensibilidad. La poesía convoca la imaginación y es capaz de crear toda una interpretación, compleja e íntima. Eso es magia, quizá ningún otro arte (con la posible excepción de la música) invite tanto a buscar dentro de uno el significado de lo comprendido. La poesía, finalmente, es una manera de reafirmación individual.

En el mundo de los mass media, la globalización, internet, las redes sociales y las modas cada vez más aglutinadoras, gobiernos y empresas nos reducen a números comprensibles para ellos, clasificándonos dentro de cientos de agrupaciones, a su vez compuestas por millones de personas. Ser uno mismo en la sociedad de la homogeneización, darse cuenta del poder de la diferencia, debería ser más importante que cualquier cosa. No lo es.

La frase que da título a este artículo es un verso del propio Tranströmer. «Lo salvaje no tiene palabras» se refiere a la imposibilidad de limitar lo más puro, aquello que no puede ser domado o dominado, lo que hay de verdadero en el mundo. También quiere decir que toda explicación, sea en el modo en que sea, es insuficiente. Tranströmer está diciendo que para entender el mundo hay que sentirlo. Hoy, sin periódicos honestos ni una educación digna, bajo la autoridad de la tecnología y lo inmediato, la posibilidad de escapar de ese vórtice deshumanizador recae enteramente en nuestra percepción privada, en nuestra sensibilidad.

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