¿La televisión es cultura? (Primera parte)

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Mayo de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

El debate no es nuevo, pero siempre está de actualidad. Aunque ha dejado de ser la reina debido a internet, la televisión sigue siendo el medio de comunicación más presente en nuestra sociedad, todavía goza de un código comprendido por el mayor número de personas (la adaptación de la tercera edad a las nuevas tecnologías no va más de lo anecdótico) La respuesta a la pregunta debería ser un “Sí” rápido y seguro, pero la dificultad de responder afirmativamente se debe a la gran cantidad de programas de baja calidad o de naturaleza vergonzosa.

Si hoy dudamos o si directamente nos inclinamos hacia la respuesta negativa es por el hartazgo como espectadores ante una programación que no sólo infravalora nuestra capacidad, sino que ha ido homogeneizando los contenidos hasta dirigirse a un único tipo de espectador. Salvo contadas excepciones, en la última década la televisión de España apenas ha cambiado. Se ha “evolucionado” pasando de la señal analógica a la digital y ofreciendo una lista de canales más amplia, pero todo esto sólo se refiere al contexto de la televisión como plataforma cultural, no a la forma y mucho menos al fondo.

Sobre la ficción televisiva, el “gran mal” fue Médico de familia (Globomedia 1995 – 1999) no por la serie en sí misma, sino por la herencia que dejó. Su éxito como “serie familiar” se debió a presentar un plantel de actores representantes más o menos diversos de la sociedad junto a tramas cotidianas completamente blancas. La serie no podía ser criticada porque no molestaba a nadie y a partir de entonces las distintas productoras quisieron imitar esa receta magistral. Se pretendía tener contenta a la “señora de Cuenca” una expresión que se ha usado mucho para hablar de televisión en los últimos años y que ilustra el poco coraje de las empresas y los creadores del medio. A esta tendencia de tramas blancas se fue añadiendo en la última década el progresivo asentamiento de una nueva “raza” de actores de televisión, cuya capacidad interpretativa ha sido mucho menos importante que su atractivo físico. Como resultado, la lista de productos de ficción española durante veinte años no ha sido sorprendente ni innovadora, pero además ha ido deteriorándose progresivamente con guiones toscos y personajes tan masticados que al espectador le resultaría difícil distinguirlos entre una serie y otra.

Pero no sólo la ficción ha resultado decepcionante, en los distintos programas de actualidad (informativos o tertulias) se ha ido abandonando el interés por la veracidad o la crítica profunda, favoreciendo el comentario personal y seleccionando las distintas noticias por criterios casi en exclusiva morbosos. En consonancia con esta tendencia, los programas del corazón (periodismo rosa/amarillo) han ido creciendo en popularidad y traspasando distintas barreras de pertinencia y estilo, hasta presentarse como tertulias pseudo-improvisadas que han llevado el lenguaje y la temática de la televisión hasta unos niveles de zafiedad únicos. A todo ello se le suma la escasez de programas dedicados a la divulgación cultural y científica, atrincherados casi en su totalidad en La 2 de TVE, donde resisten con una calidad muchas veces sorprendente para el poco presupuesto disponible y la poca atención de los niveles de audiencia. Quizá la excepción que confirma la regla la encontremos en los concursos, shows y reality shows televisivos, donde se han ido probando tipos distintos (que funcionan por ciclos) Sin embargo, entre los reality shows se encuentran también los ejemplos más sonrojantes de programas televisivos, su decadencia hasta la decrepitud sobrepasa lo obsceno.

Todo este mal endémico se debe a la obsesión de las cadenas por la audiencia. Esto, si bien comprensible en una lógica mercantil, se conjuga con la conservadora gestión de las empresas, que apuestan poco por lo innovador. Pierre Bourdieu (Francia, 1930 – 2002) en Sur la télévision (Curso del Collège de France, 1996) ya apuntaba esto como causa de la tendencia homogeneizadora de la programación televisiva, que además puede tener consecuencias políticas. En España a la enfermedad de la televisión también ha contribuido el duopolio de Atresmedia y Mediaset, establecido sobre todo tras la adquisición de La Sexta y Cuatro respectivamente. Si bien existe la creencia establecida de que hay una rivalidad entre ambos grupos (y la hay, no nos engañemos) lo cierto es que sus ingresos provienen de la publicidad, la cual se gestiona con relación al horario y las audiencias; al final ambos grupos se reparten las ganancias con bastante ecuanimidad. Estas dos empresas se han colocado como antagonistas, ofreciendo una programación en distintas direcciones y quedándose cada cual con su parte de espectadores. Los bandazos políticos de TVE tampoco han ayudado para crear una televisión pública de calidad, convirtiéndose en una compañía completamente desorientada que apenas sabe hacia donde dirigirse.

Como consecuencia de todas las circunstancias relatadas, responder “Sí” a la pregunta situada en el título de este artículo nos ha causado vergüenza durante muchos años. Más que cultura, la televisión en España ha sido muestra de la parte más vulgar de nuestro país. Sin embargo, en los últimos meses hemos acudido a un leve cambio, un viento fresco que podría significar una transformación sustancial a la larga. Quizá este sea el germen para una televisión de calidad, sobre ello hablaremos más ampliamente en el artículo del próximo mes.

Jorge Fernandez Ruiz, mayo

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

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Entrada Nº13: Naufragios de papel

Mi vida está llena de papeles, no importa que quiera ser ordenado y disponga de al menos una docena de distintos cuadernos donde voy anotando varias cosas, siempre estoy rodeado de un caos blanco y negro. El problema quizá se deba a ese afán de ser ordenado, pues al tener un cuaderno para cada tarea, a veces me encuentro en quién sabe qué lugar sin precisamente aquel que necesito, entonces emborrono el primer papel a mi alcance prometiéndome pasarlo a limpio después. He llegado al punto de llevar siempre conmigo (además del par de cuadernos habitual) un bloc de cuartillas fáciles de arrancar, con la idea de utilizarlas en los momentos de necesidad. Así este intento de ordenación es el origen del caos de mi escritorio, de mi librería, de mi casa. Los papeles se cuelan por todas partes, en la mínima abertura que encuentran, también se mezclan con otros y juegan a volverme loco cuando intento buscar algún texto concreto.

Una o dos veces al año me veo sobrepasado por esta locura de papel y me entra la ansiedad del orden. Entonces clasifico los papeles: los importantes van grapados con notas explicativas dentro de carpetas debidamente etiquetadas, el resto se acumula en un montón para reutilizar o reciclar. Soy de los que aprovechan el dorso de las páginas usadas, y a veces me pregunto si tanta tinta (mi letra es pequeña y apretada) no echará a perder los procesos de reciclaje… por supuesto esto es una broma privada, me divierten las fantasías absurdas.

Hace un mes estuve de visita en casa de mis padres, me propuse ordenar el trastero, y por azares de los muebles unos dos metros cúbicos quedaban ocultos a la vista. Allí apilé con ímpetu de jugador de Tetris diecisiete años de papeles, manuales y libros infantiles. Entre seis y ocho cajas junto a tres o cuatro bolsas. Dejé todas aquellas palabras allí prácticamente emparedadas porque mi lógica me explicaba que nadie volverá a buscarlos hasta el día en que se venda la casa y me toque volver para trasladar esa infancia y adolescencia de celulosa, pero ni siquiera será a otro lugar, lo más probable es que todo vaya al contenedor azul, o al menos los cuadernos y manuales del colegio y el instituto, que ahora esperan allí por pena, por el temor a desaparece un día y no dejar un rastro que otros puedan llorar.

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Burst, por Andre Petterson

Cuando terminé en el trastero me quedé pensativo, de la misma manera en que me sucede los días de fanatismo ordenador en mi propia casa. Estaba sentado en silencio, imaginando que posiblemente mis padres olviden pronto lo que oculta ese mueble entre su lateral y la pared, y si muero antes que ellos no sabrán cómo encontrarlo. Si muero yo antes esta miríada de papeles en mi pequeño apartamento carecerá también de sentido, serán borrones desordenados difíciles de comprender para otros. ¿Qué harán con ellos? Y si mis padres mueren antes ¿Qué haré yo con las carpetas que ellos guardan en sus habitaciones, en el salón y en el estudio? Me parece imposible encontrar el tiempo necesario para enfrentar los documentos, para intentar comprender su lugar, como quien busca el sitio exacto donde encajan las piezas de un puzzle. La muerte desgarra toda coherencia de lo vivido y tras nosotros sólo dejamos un naufragio de papel y huesos.