Jorge y el dragón

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Julio de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Se colocó el yelmo para proteger su cabeza y avanzó con los chirridos propios de los caballeros armados. Cruzó el pueblo de manera solemne, con el viento agitando su capa, nadie salió a despedirle con fiestas o vítores porque no era el primero ni sería el último; pasó por las plazas y las calles observado por los aldeanos con el suficiente respeto para dejar la burla en la comisura de sus labios.

También el conde y su chambelán espiaron el recorrido del caballero. Ni siquiera sabían su nombre, lo había proclamado al llegar pero ninguno de ellos podía recordarlo. Tampoco parecía grave, el conde juzgaba absurdo ese pequeño detalle, nadie vendría a visitar su tumba, el nombre cincelado era lo de menos. Fue el tercer guerrero del año, el decimoctavo desde que el conde tenía memoria.

Aquel soldado se subió a su caballo y dejó pronto el pueblo muy atrás. Conocía los pensamientos del noble y su sirviente, sabía cómo pensaban los aldeanos; le producía cierto regusto amargo en el paladar saberse solo cuando luchaba por ellos. Quizá alguna vieja rezaría por él en la iglesia, pero no podía esperar mucho más. No importaba, sus actos le llevarían a la gloria. Luchaba por la gloria, no por ellos.

Cruzó la vaguada, salvó el río y dejó a un lado el camino internándose en los pastos que cruzaban el monte y se dirigían a la montaña. Avanzada la tarde divisó las ruinas del antiguo castillo condal, ruinoso recuerdo del encanto pasado. El musgo había invadido las piedras, desmoronadas creando fantásticas arquitecturas mordidas por el tiempo.

El caballo se puso nervioso al divisar aquel esqueleto de piedra, el guerrero palmeó su cuello para infundir ánimo en el animal, luego observó en derredor, sin encontrar rastro del dragón. Avanzó hacia el castillo, algunos en el pueblo decían que se guarecía allí, pero el caballero no lo creía; al fin y al cabo, los dragones solían atacar a cielo abierto, donde maniobraban con mayor facilidad.

Pasó muy cerca de la puerta del castillo, cuyo rastrillo destrozado parecía la boca abierta y desdentada de un pobre moribundo. Incluso el hedor que surgía del interior se asemejaba al de los cadáveres descomponiéndose. Dejó el castillo y avanzó al trote por los montes bajos, donde los arbustos eran mucho más numerosos y apenas sí nacían árboles.

Escuchó un siseo de advertencia. El caballero, preparado, colocó la lanza en ristre e hizo que su montura corriera en derredor. Estaba cerca, le estaba observando, agazapado para atacar, lo sabía pero podía verle.

El golpe vino de improviso, algo le sacó con violencia de la montura, arrojándole contra las rocas aparatosamente. La lanza salió disparada, el caballo relinchó fuera de sí mismo y corrió al galope unos metros, pero una forma enorme apareció frente al animal de la nada. El hombre vio por primera vez en su vida un dragón, medía más de veinte pies de la cabeza a la cola y sus alas tenían una envergadura sin igual, su cuerpo, recubierto de escamas esmeralda, refulgía con la luz del atardecer. La criatura lanzó varias dentelladas al aire y el caballo se encabritó antes de ser aplastado fácilmente bajo la enorme zarpa del reptil. El espectáculo de vísceras y sangre a punto estuvo de hacer vomitar al caballero.

El dragón levantó la pata y buscó con sus ojos rojos al hombre, cada vez más aterrado. La idea de aquella boca repleta de dientes sonriendo le pareció espantosa, pero era sí, el dragón sonreía: abrió la boca, chascó otra vez los dientes, se irguió para demostrar toda su estatura y por último, para aún mayor asombro del guerrero, habló.

–¿No sois capaces de aceptar la derrota?

El hombre parpadeó asombrado, había escuchado historias acerca de los prodigios de aquellos seres, además se había enfrentado a dos pequeñas sierpes, unos enemigos feroces que se defendieron bien y le dejaron cicatrices considerables, pero nunca habían articulado nada más coherente que un silbido o rugido.

–Vaya, un caballero lento –añadió la bestia, que parecía divertirse– En vez de tanta espada y violencia deberían poneros algo de inteligencia ¿No?

El hombre no tuvo ya ninguna duda, el dragón hablaba.

–¡Por la sangre de Cristo! –juró, levantándose y sacando el enorme mandoble con empuñadura en forma de cruz– ¡Ríndete, monstruo! ¡Abandona estas tierras!

Un sonido gutural surgió de la garganta del dragón, eran carcajadas:

–Pequeño humano… Decidme ¿Qué mal hago con mi modo de vida? Devoro alguna oveja o vaca cuando aprieta el hambre, pero poco más…

–¡Aterras a los honorables ciudadanos!

–He de reconocer que eso me divierte, sí –dijo recogiendo sus alas sobre el cuerpo, no parecía dispuesto a atacar.

–¡Abandona estas tierras! –repitió algo confuso el hombre.

–Sois plomizo, verdaderamente. Iros u os mataré como a vuestro caballo.

–¡Me acompaña la gracia de Dios! No os temo, bestia.

En ese momento la zarpa del dragón señaló pesadamente una pila de yelmos abollados con costras de sangre seca.

–A ellos también les acompañaba.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral del soldado. Se planteó huir por un momento, pero su honor se lo impedía, sus principios, su juramento, la esperanza de encontrar la gloria obrando un imposible. Aferró la empuñadura del arma con fuerza, calibrando su peso, y dispuso los pies para el ataque. Nada de eso pasó desapercibido para los ojos del dragón, que enseñó los dientes, grandes como puñales y chascó la lengua con desprecio.

–Has elegido la muerte –gruñó el reptil, abriendo las alas de tal manera que levantó una ráfaga de viento e hizo trastabillar a su enemigo. El monstruo se lanzó sobre él y, sorprendido por su velocidad, el caballero apenas tuvo tiempo de echarse a tierra y rodar. Lanzó un corte a ciegas segando el aire, pero no acertó. Una pata del dragón le arrancó el yelmo y lo lanzó contra las rocas, donde quedó incrustado. La bestia trotó, se alejó en la campiña y el guerrero, ya recuperado, le siguió con la espada preparada; entonces el dragón se volvió y deshizo el camino andado con las garras por delante. El hombre adelantó el arma y en el último momento fintó y cortó al dragón en un muslo, superando la protección de escamas. El reptil aulló y lanzó la enorme boca hacia quien le había herido, el golpe empujó al humano entre las rocas y aquella caída le salvó de ser partido en dos por la poderosa mandíbula. El dragón corrió de nuevo, se alejó, se alzó en el aire y aulló hacia el sol del ocaso. Luego, con toda su furia se precipitó contra el enemigo, sus zarpas fueron rechazadas por el mandoble, y el caballero pudo responder con sorprendente habilidad, pero la fuerza del dragón le agotaba rápidamente. El guerrero sabía aprovechar su velocidad y aprovechó un descuido para colarse hasta quedar bajo la bestia. Quiso clavar el arma en el abdomen, pero falló. De pronto perdió el equilibrio, la cola del dragón le tiró al suelo y no pudo sujetar su espada. Una pata enorme le aprisionó contra el suelo con fuerza y esta vez tuvo la enorme cabeza de la bestia a un par de palmos de la suya, los rasgos del reptil estaban fruncidos en una expresión de asco.

–Sois una raza presuntuosa y débil –dijo con su voz abismal. Entonces agarró al caballero y le alzó hacia el cielo como un juguete. El hombre sintió su estómago encogerse, alcanzó la altura de una torre de homenaje y cayó por efecto de la gravedad, estrellándose contra los pastos, rodó y quedó boca arriba consciente, vivo, pero dolorido. Se mantuvo un momento así y al erguirse pudo notar un dolor agudo y penetrante en el torso, tenía al menos un par de costillas rotas. La armadura se había aboyado en el abdomen y le impedía respirar. Se la quitó sin otro remedio posible, deshaciendo las cintas de cuero con torpes gestos. También había perdido las protecciones de las piernas y tan solo le quedaba metal en el brazo del arma y en el hombro izquierdo. Sangraba por una pequeña herida en la cabeza.

El dragón se elevó como un ave inmensa y majestuosa. El caballero sabía que aquellos eran sus últimos momentos con vida, corrió al ver el brillo rojizo del sol sobre el arma cercana mientras el dragón le perseguía desde el aire, lanzándose como un cometa sobre él, un halcón cazando una liebre. Abrió las fauces, dispuso las garras, ya tenía al caballero a punto, pero este se echó al suelo sin protegerse de la caída, recogió aparatosamente su arma en el último momento y se deslizó de nuevo bajo el dragón, cortándole en el pecho. El reptil se revolvió, golpeó al hombre con las alas, le desgarró la pierna de un zarpazo y le lanzó hacia arriba con otro golpe. Esta vez el soldado cayó sobre el lomo del dragón. Había sujetado el arma por una casualidad del destino y se mantuvo como pudo sobre la bestia mientras ésta se movía nerviosa para quitarse aquella molestia. Inspirado por el afán de supervivencia el caballero se aferró al nacimiento del ala, intentó incorporarse lo justo y falló varias veces. Cuando vio la oportunidad agarró el arma con ambas manos en un último gesto posible, y en la ondulante superficie del dragón clavó con todas sus fuerzas la espada hasta la cruz.

El alarido del monstruo fue brutal y reverberó en la montaña, quebrando la superficie del lago, llegando incluso a los oídos del conde, del chambelán y de todos los aldeanos, erizando el vello de sus nucas, despertando el llanto de los niños.

La bestia rodó, herida de muerte, se arrastró por el campo intentando escapar, pero las fuerzas le abandonaban con prisa mientras la sangre brotaba de la espada como si fuese una fuente. Su asesino había caído junto a él, exhausto, destrozado por la batalla, sin conocimiento. El dragón le miró con tristeza, con debilidad, finalmente se tumbó, mareado, y observó el cielo azul oscuro.

–Seremos olvidados –musitó jadeando, abriendo y cerrando los ojos una y otra vez– todos nos olvidarán, todo se perderá… como si las estrellas se apagaran una a una hasta dejar el cielo vacío y negro…

Chascó los dientes, tragó saliva y exhaló todo el aire de sus pulmones. No volvió a respirar.

Al día siguiente las gentes del pueblo, dirigidas por el conde, encontraron al dragón muerto junto al cadáver del caballero. En su último intento por encontrar un apoyo para levantarse, la mano del hombre había quedado atrapada entre las espinas de un rosal, cuajado de flores tan rojas como la sangre de los dos combatientes, derramada en gran cantidad, mezclada en la tierra en una sola sustancia rubí.

sanjorgefin

Ilustración de Adrián A. Astorgano