Entrada Nº14: Un periplo rumano-búlgaro

Hacia tiempo que no emprendía un viaje importante, con ese adjetivo me refiero a grande, a lejos. Y ahora, de pronto, durante once días he cruzado los Balcanes y las llanuras que dejan a sus pies.

Casa del barrio francés, Bucarest. Fotografía de Borja Rivero

Casa del barrio francés, Bucarest. Fotografía de Borja Rivero

Confieso que esperaba una Rumanía distinta, más oriental y aislada; sin embargo, me he encontrado un Bucarest que bajo la lluvia rezuma melancolía por lo que fue y ya no es. En todas las calles se yerguen orgullosos edificios y palacios, uno comprende rápidamente la manida comparación con París, sus edificios tienen una personalidad única y cada uno juega un rol singular, enmarcados dentro de pilas de bloques horrorosos o con su influencia dividida entre la unión soviética y la “apertura” posterior al oeste. Bucarest se derrumba. Los edificios en peligro están marcados con un gran punto rojo en su fachada, si hay un terremoto es posible que se desmoronen como un terrón de azúcar en la lluvia, arrastrando consigo a sus habitantes. Pocos son rehabilitados y en los apartamentos ocurre una paradoja maravillosa, pues si el exterior es gris y desconchado, dentro sus habitantes o los propietarios de los establecimientos se han volcado en hacer de ese espacio algo confortable, en Bucarest las apariencias engañan.

Estación de tren en Sighisoara. Fotografía de Borja Rivero

Estación de tren en Sighisoara. Fotografía de Borja Rivero

Transilvania debería ser gris, oscura, plagada de castillos amenazantes, pero allí donde tocó el imperio Austro-húngaro han florecido pequeñas ciudades con gran encanto germano en su arquitectura y mucho color en sus paisajes. Los trenes aquí viajan a la velocidad de un chico en bicicleta, dando grandes rodeos por vías demasiado viejas, no existe la velocidad, no puede, al menos no en los trayectos por tren. Sinaia debería estar en suiza, una ciudad donde los bosques la rodean desde las montañas y guarda un palacio intacto que recuerda el esplendor de las viejas monarquías. Brasov es tranquila, burguesa, alemana, medieval, no cuesta imaginarse su forma siglos atrás, su gran importancia como cruce de caminos. Para llegar a Sighisoara, más al norte, hay que atravesar kilómetros de campos, salpicados aquí y allá por algunos pueblos donde parece no existir el mundo occidental: casas de madera y chapa que deben enfrentarse en invierno a un mundo blanco y frío, lucían de amarillo otoñal a mi paso por ellas, no había rastro e coches o la miríada de cables que cruzan las ciudades, sino gente sobre carretas tiradas por caballos. Las gitanas brillan con sus miles de colores, sin importarles demasiado el paso del tren. Y al fin Sighisoara, donde nació Vlad Tepes, el origen de la leyenda, y sin embargo aquí defensor y libertario. Luego Sibiu, con su plaza austríaca y sus calles y callejones descendiendo y perdiéndose hasta las murallas y más allá.

Y tras Rumanía, Bulgaria. Tren Bucarest-Sofía, once horas en un vagón con viejas reminiscencias de aquellos antiguos compartimentos de madera. Y el Danubio, grande como un lago, espeso incluso desde la altura del puente.

Bulgaria, tierra de rosas, está orgullosa de su pasado soviético y en parte aún lo anhela, desde su arquitectura hasta su gente parecen más eslavas que los rumanos, la diferencia con mi mundo conocido es algo mayor, pero tampoco demasiado.

En la Catedral de Alejandro Nevski de Sofía incluso me asaltó un momento de estremecimiento, de algo más allá de uno. ¿Lo sagrado? No, lo profundo, porque apela a lo interior, y en esa transición exterior-interior el alma acaricia el mundo y es capaz de comprender los términos abstractos del hombre: gracia, gloria, eternidad… Un instante eterno, como un punto en un plano, y aquí estoy yo, pequeño dentro de una caja desmesurada cuyos muros y bóvedas y cúpulas representan fantasías mil veces narradas, la historia de una creencia, de un panteón asimilado a nuestra genética

occidental hasta lo más hondo; sin embargo, en ese momento parecía nuevo, recién inventado. La luz caía con otra delicadeza, estrellándose en ese templo sobrecargado de mármol, bronce, oro, esmaltes, mosaicos y pintura. Mis pasos me llevaban entre los gigantescos candelabros, donde ya no había espacio para más velas, todas llevaban el nombre de quien alguna vez vivió o más pronto que tarde estará muerto, son un recuerdo o una súplica y el calor de su llama no consume la cena sino la carne. Pero es en el centro de la nave donde me sobreviene el vértigo, no consigo contar los metros de altura de esta cúpula ni los de las cadenas. Cuelgan dos, tres, hasta cuatro series de círculos de hierro fundido como coronas votivas de otra época, donde ahora las bombillas han suplantado el lugar de los cirios. El coro de hombres entona su canto y entonces el templo se hace mundo y mausoleo, porque del Dios reclamado aquí ya sólo restan huesos, los mismos que sostienen la cúpula y están iluminados con los dedos del hombre. Fuera el aire frío de la mañana me devolvió a Sofía y respiré mientras se deshacían los jirones de éter adheridos a mi piel. Dentro de mi esqueleto todavía resuena el eco de algo antiguo, persistente y grave.

Bulevard Tsar Osvoboditel, Sofía. Fotografía de Borja Rivero

Bulevard Tsar Osvoboditel, Sofía. Fotografía de Borja Rivero

Una y otra vez piso la calle amarilla de la ciudad, pavimentada con ladrillos de color dorado, es imposible no pensar en Oz y en Dorothy y por eso mismo no deseo recorrerla de cabo a rabo, por miedo a no encontrar la ciudad esmeralda.

Quizá es un recorrido muy poético, es lo que resta del hilo de mis recuerdos, y estos los gobiernan el estado de ánimo, el corazón bombeando en una u otra dirección. Eso y Cartarescu, el escritor de los colores que pueden morderse y saborearse, el mago rumano capaz de emborracharnos con cualquier delirio.

Caminaba por Galati y Comnita Ruxandra, llegaba hasta la plaza Galati y me adentraba después por las callejuelas silenciosas y doradas de más allá de la calle Otoño, hasta Mosilor. Contemplaba las casas antiguas, con balcones en forma de alvéolo peligrosamente suspendidos sobre las calles, con estucos, acanaladuras y mascarones, con atlas de yeso podrido bajo los arcos. A medida que el sol descendía por el horizonte, el dorado de los muros viraba al ámbar y luego al púrpura, las mejillas y las narices de las gorgonas de los frontispicios lanzaban sombras afiladas sobre una pared entera, las ventanas se llenaban de sangre, y una niña con vestido azul, detenida en el umbral de la puerta de hierro forjado, con lanzas, en su casa, te removía viejos recuerdos, tan viejos que te parecían anteriores a tu llegada a este mundo. Llegué muchas veces, por aquel entonces, a la calle Venera, sin imaginar que allí, en una de aquellas casas grandes, vivía la chica llamada a ser la cosa más monstruosamente bella de mi existencia. Me fascinaba en esta calle el aspecto leproso de unos cuantos talleres y pequeñas fábricas alineados a lo largo de ella. Los habían pintado por fuera con pintura acrílica que en unos pocos años se habían descascarillado y dejaban ver por debajo, en grandes desconchones, el encalado amarillo de antaño. Largas tiras de pintura de un azul chillón colgaban aún como mondas. Más allá venían las cabañas de los caballos en el patio o las casitas de pueblo, coquetas, con emparrados de vid, en cuyo porche había jubilados que pintaban paisajes marinos o naturalezas muertas con lilas sobre un trozo de cartón. Cuando caía el ocaso sobre la calle Venera, las carcasas de los frigoríficos abandonados en el camino, junto a la escuela Silvestru, oxidadas por las lluvias y el rocío, se volvían de un rosa mate, inverosímil, y todo el paisaje parecía artificial. Regresaba a casa henchido de tristeza.” – Los gemelos, Mircea Cartarescu

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