El testamento de Maria

  • 0505_el_testamento_de_maria_portada_medAutor: Colm Tóibín
  • Editorial: Lumen
  • Traducción: Enrique Juncoso

Hacer hablar a los muertos nunca es fácil y hacer hablar a los personajes históricos es incluso muy audaz, pero dotar de lengua y palabra a los personajes que componen los mitos aún imperantes en la sociedad y tiempo actual resulta una temeridad, algo casi impensable para muchos. Colm Tóibín (Enniscarthy, 1955) se ha atrevido a hacerlo con María, la madre de Jesús de Nazareth, personaje fundamental para la comprensión de nuestro pasado y nuestro presente.

El libro nos sitúa poco tiempo después de la muerte de Jesús, desarrollando un Stabat Mater de un colorido y profundidad sorprendentes. María narra sus últimos días alejada de todo, ya sumida en la fatiga de la vejez, en la soledad y el dolor. Su relato es el de una madre incapaz de comprender el destino de su hijo, escéptica sobre las historias que otros relatan sobre él. En estos últimos días de su vida sólo le quedan los recuerdos de lo acontecido, estos son los pensamientos de una madre y una mujer, no los de una santa.

La sensibilidad que el autor islandés demuestra es una constante durante todo el libro, traza así la historia sin dejarse llevar por misticismo ni tampoco por la posible crítica contra la religión fundada en torno a la figura de Jesús. El interés que el texto bíblico despierta contrasta con la que Tóibín escribe y María expresa, no por ser divergentes sino por el tono más simple y humano revelados aquí, lejos de perfiles morbosos más dignos de literatura tipo best-seller sobre antiguos secretos. Es seguro que un creyente y un no creyente puede disfrutar del testamento de María bajo ópticas distintas. La delicada operación ejercida por el escritor tiene éxito, y eso es algo nada evidente en una narración de este tipo.

La narración se construye con sinceridad, de manera abierta, haciendo que los acontecimientos relatados sean cercanos para el lector, fáciles de comprender. Tóibín huye de adornos lingüísticos exagerados, pero esto no impide que consiga imágenes poderosas, todo lo contrario, aprovechándose de esa sencillez y cercanía provocadas gracias a la intimidad de la confesión de María, logra fundar una poética sobre el sufrimiento.

El testamento de María es un libro delicado, corto y de fácil lectura, sin duda una joya capaz de atrapar al lector en la historia, pues si bien los hechos resultan conocidos, Tóibín consigue colocarlos en una perspectiva nueva y atrayente. No decepciona este testimonio contemporáneo, al contrario, cuenta con todos los elementos para sobrevivir al tiempo y convertirse en uno de esos libros que continuarán leyéndose por muchas décadas.

«Apenas salgo de casa. Me muestro alerta y cautelosa; ahora que los días son más cortos y las noches frías, cuando miro por las ventanas observo algo que me sorprende y me atrae. Hay una plenitud en la luz. Es como si, al volverse escasa, sabiendo que tiene menos tiempo para derramar su oro sobre donde estamos, desprendiera algo más intenso, algo repleto de una claridad trémula. Y cuando empieza a menguar parece dejar sombras rastrilladas por todas partes. Y durante esa hora, la hora de luz ambigua, me siento segura para salir y respirar el aire denso, en ese momento en que los colores se van desvaneciendo y el cielo parece absorberlos, llamarlos para vayan a casa, hasta que poco a poco nada destaca en el paisaje. Me gusta y me hace sentir casi invisible mientas camino hacia el Templo para pasar unos minutos de pie junto a una columna contemplando cómo las sombras se espesan y todas las cosas se preparan para la noche»

Cultura berciana 1.0

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Septiembre de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

«Yo os hablo de un poeta al que no conocéis, de un hombre sin más suerte que la memoria y los libros, dócilmente entregado al arte de la muerte» El fragmento pertenece al poema El viejo poeta, de Juan Carlos Mestre

Tras el “descanso veraniego” (echen mano de hemeroteca para leer los cuentos estivales) volvemos al formato de no-ficción, a Cultura Crítica. Parece lo más lógico echar un ojo a lo ocurrido durante este periodo y es inevitable fijarse en los festivales culturales. El teatro y la música siguen siendo las artes más representadas. Festivales como el de Almagro, Olmedo o Mérida siguen zigzagueando entre lo clásico y lo contemporáneo para ir encandilando al público de cara a futuros proyectos. También en ellos se ponen a prueba obras que luego veremos en la cartelera de las grandes ciudades, o sirven como premio final para aquellas que ya hemos visto. A destacar, entre las muchas propuestas, La Tempestad, texto de Shakespeare y puesta en escena de la compañía gallega A voadora; El príncipe, obra basada en el texto homónimo de Maquiavelo y a quien da vida Fernando Cayo, producida por Talycual; un extraño Socrates de Mario Gas y Alberto Iglesias; y dos Medea, una tras la cual se encuentra Vicente Molina Foix y otra con Aitana Sánchez Gijón de protagonista y el teatro La Abadía produciendo. Esto en lo mejor o más interesante, de lo peor es preferible hablar, al fin al cabo ya pasó y de nada sirve meter el dedo en la llaga.

Donde sí conviene ser más creativamente intransigente es en el terruño. El festival Corteza de Encina al principio fue una iniciativa interesante que confería valor a unos espacios infrautilizados, y se descubría como un brote nuevo en medio del erial cultural del Bierzo veraniego. Sin embargo, edición tras edición el festival no consigue renovarse y sigue apostando por conjuntos musicales regionales, cuya experiencia en conciertos no siempre es profesional. Corteza de Encina carece completamente de una cabeza pensante en su dirección, la figura de un profesional a cargo brilla por su ausencia, tanto que semejante fulgor terminará por cegarnos a todos hasta que Corteza de Encina pase desapercibida. La fundación Pedro Álvarez de Osorio (Quien a la sazón firma los cheques) bien haría en formar un equipo que conciba una edición más interesante para el año que viene, pues si bien un festival provincial (o comarcal) no es malo por serlo, uno provinciano sí lo es, y además aburrido.

Por poner un ejemplo de todo lo contrario (Si bien fue sólo un espectáculo y siempre es más fácil de gestionar) en julio Amancio Prada y Juan Carlos Mestre colaboraron nuevamente con un recital dentro del “Año romántico” de Enrique Gil y Carrasco, en el cual palabra y música se mezclaron junto a los versos del autor berciano, Gustavo Adolfo Becquer y Rosalía de Castro. Tanto Prada como Mestre tienen muchos años a las espaldas y saben cómo alcanzar una buena calidad en sus actuaciones.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Para finalizar me gustaría compartir una experiencia personal. Impulsado por ese espíritu romántico, que supuestamente ahora impregna la comarca, tuve la descabellada idea de adquirir un poemario precisamente de Juan Carlos Mestre. Pensé que sería un recado sencillo puesto que el autor nació en la región y en 2009 se le otorgó el Premio nacional de literatura, no es precisamente un jovencito en sus inicios. ¡Iluso de mí! Más de media docena de establecimientos recorrí (grandes y pequeños) para quedarme como estaba. Además de la decepción quedé algo sorprendido por la parte dedicada a merchandising, juguetes y papelería; prácticamente en todas las librerías las estanterías ocupadas por libros estaban en minoría respecto al resto. Esto no ilustra la tendencia general del sector (al fin y al cabo son negocios y tiene que adaptarse a la demanda), pero es muy significativo respecto al interés y nivel cultural del Bierzo.

Si en otras ciudades ya llevan casi una década en un nivel muy distinto (llamémoslo 2.0) e incluso en varias empiezan a ir hacia una nueva actualización de cara al cambiante mercado (llamémoslo 2.5) en Ponferrada y alrededores la cultura ha quedado estancada en el 1.0, una simple y desapasionada cultura provinciana, carente de curiosidad y con menor juicio. Este es el camino de la decadencia, que llega al colmo cuando ni siquiera se sabe valorar los autores vivos de la región y sólo se glorifica a ese escritor muerto con más nombre que obra.