La orquídea gris

Una floristería de barrio, normal, en un local grande con plantas y flores. El propietario era una persona tranquila, sonriente, algo amanerado… de ese tipo de personas que no harían daño a una mosca. Al menos no te los imaginas fácilmente siendo violentos, alguien que dice “buenos días” tantas veces durante su jornada laboral no puede ser mala persona. Un tipo tranquilo, vaya. Yo no me esperaba que hiciera algo así.

Nosotros somos clientes habituales. A mi mujer le encantan las rosas blancas y cuando tengo ocasión le compro un ramo pequeño, el tipo solía hacerme descuento. También le encargamos la corona para el funeral de mi tío Anastasio, y todos los años nos prepara la ofrenda floral a la Virgen… preparaba. Mi mujer es muy devota. Incluso hizo los centros de mesa para la comunión de mi niña pequeña, los llevó él mismo al restaurante sin cobrarnos el desplazamiento. Eso es todo, si no recuerdo mal.

¿Lo de su mujer? Sí, te pone los pelos de punta. Era encantadora, no muy bonita, pero tan amable como él. Normal, no sé… Es cierto que se escucharon rumores. El local de al lado está cerrado, pero hace un par de años había una peluquería, un francés muy pomposo. Ya me dirá usted qué pintaba un francés en este barrio. Total, que hubo rumores sobre el peluquero y la florista, ya sabe cómo les gusta chismorrear a las señoras por la tarde en los bancos del parque. Que si fulanita los vio juntos en un restaurante de la ciudad, que si en la pensión Santa Euralia pedían siempre la misma habitación… Total que ahora también buscan al francés, porque la peluquería cerró de pronto y sin explicaciones. A la vista de lo sucedido lo mismo acabó como la mujer… Pobrecilla, de verdad.

¿Sabe? Lo último que le compramos, cuando supuestamente su mujer ya “se había ido de viaje”, fue una orquídea gris. Aun la tenemos en el salón si quiere verla. Está fresca como el primer día, con un vigor y una belleza… ¡A mí, que se me mueren a los cinco días! ¿Lo que han dicho en las noticias del abono es cierto? Eso podría explicarlo. Terrible, sí, aún no me lo explico, siempre saludaba.

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¡Arte! ¿Arte? Arte… “Arte”

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Noviembre de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

noviembrebierzo7

Ilustración de GonzoBrain a.k.a. Jorge Fernández Ruiz

Todos los años artreview, una de las revistas de arte contemporáneo más importantes, publica la lista de las 100 personalidades con mayor poder dentro del mundo del arte. Como toda lista, siempre encuentra polémica, y el microcosmos del sector devora con avidez los nombres, y produce todo tipo de respuestas en forma de artículos para diversas publicaciones (extranjeras). Galeristas, directores de museo, artistas, curadores y coleccionistas se mezclan en los distintos escaños hacia la gloria. ¿El ganador este año? Iwan y Manuela Wirth, la pareja de galeristas cuya empresa tiene sedes en Zurich, London, New York, Somerset, y pronto Los Ángeles.

Al mismo tiempo, Fleur Pellerin, ministra francesa de Cultura y Comunicación, firmó un decreto cuyo objetivo es limitar la duración de los mandatos de dirección para los principales equipamientos culturales nacionales (museos, teatros etc) algo hasta ahora no regulado.

En Bolzano (Italia) una limpiadora barrió literalmente la obra de las artistas Sara Goldschmied y Eleonora Chiari, expuesta en una de sus salas, incluso tuvo el buen atino de reciclarla. Gracias a su conciencia medioambiental, Dónde podríamos ir a bailar esta noche, que así se titula la obra, pudo ser recuperada.

La casa de subastas Christie’s vendió a principios de mes ‘Nu couché’, del pintor italiano Amedeo Modigliani, por 170 millones de dólares, convirtiéndose en la segunda pintura más cara de la historia, por debajo de un Gauguin adquirido por 300 millones en febrero de este mismo año.

Supongo que el lector se preguntará dónde quiero ir a parar con esta enumeración de noticias, que individualmente merecerían por sí solas un largo comentario. El arte es la expresión de la naturaleza humana, de sus inquietudes, ideas, sentimientos, de la belleza y la fealdad, de lo terrible, el horror, el éxtasis, lo divino… El acento de la prensa generalista, y el ojo del público (reconvertido en crítico gracias a las redes sociales) ignora qué es el arte.

Los artículos dedicados a la pintura de Modigliani no comentan la exquisita sensualidad del retrato, no se molestan en el porqué de ese cuello o de esos ojos huecos, en la deliciosa disposición de la anatomía y toda la historia del arte tras ella. Cada comentario sobre el asunto de Bolzano enuncia los disparates del arte contemporáneo, se ríe a carcajadas de algo que, en realidad, invita a un debate concienzudo sobre la materia de la obra de arte, y que debería mostrar los porqués a los que responde: materiales, situación, imaginario. Los reportajes (pocos) sobre la decisión francesa parecen estar más interesados en los privilegios de estos dirigentes que en la guía de buenas prácticas, donde la medida se instala pretendiendo evitar abusos, dando carpetazo a una tendencia que no sólo ha concebido errores, sino también interesantes aciertos. El público general no conoce Artreview y ni se preocupa de las razones que lleva a esos nombres extranjeros a copar el top100. Todo ello demuestra una triste verdad: la esfera del arte es incapaz de llegar al público mayoritario, que se desentiende no sólo de sus movimientos internos o de su administración, sino también de su esencia. El público no es capaz de identificar la obra de arte y mucho menos de reflexionar sobre ella, es incapaz incluso de sentir. Esto supone un rotundo fracaso educativo y social, revela un desinterés profundo del Estado por educar el gusto, por enseñar a mirar a unos ciudadanos cada vez más ansiosos por la información inmediata o el titular morboso.

La anunciada retirada de la asignatura de filosofía de las aulas es una palada más sobre el futuro del país. El desprestigio de las humanidades y de la investigación científica (la ciencia también es cultura, no lo olvidemos), así como la hegemonía de las ciencias tecnológicas o prácticas está abocado a educar generaciones de individuos incapaces de crítica, reflexión, imaginación e incluso de ciertos sentimientos. La industrialización de la educación está convirtiendo España en un país ignorante de su cultura e incapaz de su disfrute. Además de ser una triste pérdida para el individuo, también es terrible socialmente. Sin la capacidad de detenerse a admirar algo, sin la curiosidad por saber y reflexionar, los individuos egoístas y ávidos de inmediatez, conformarán una sociedad inviable democráticamente. El arte no sólo enseña el disfrute estético, también otorga herramientas para la comprensión de la realidad.