El bastón de Indra

En 1850, pocos años antes del fin de la Compañía Británica de las Indias Orientales, un tal Mr. Redford, perteneciente a dicha organización, fletó un barco desde Bhavnagar, al oeste de la India, con dirección Londres. Según el documento portuario, en el cargamento se incluían cincuenta y siete troncos de cedro centenario, provenientes de la ladera del Himalaya. Sin embargo, a la capital del Imperio Británico sólo llegaron cincuenta y seis.

Mr. Nelson, la persona autorizada para recoger los troncos, fue quien inmediatamente notificó el error tras el recuento aduanero. Puesto que la madera había sido encargada por cierto Lord, el asunto tomó un cariz importante y la Compañía se puso en contacto con Mr. Redford para aclarar el asunto. Al parecer la misteriosa desaparición del árbol cincuenta y siete se debía a una confusión de última hora.

El lote fue la estimación de un ebanista para construir los muebles que vestirían la nueva vivienda del mencionado Lord. Por suerte para todos los implicados, el asunto se resolvió rápidamente cuando el hombre confesó haber sido precavido encargando dos más de los necesarios. La Compañía dio carpetazo al asunto y nunca más se volvió a pensar en aquel pequeño incidente.

Mr. Redford, en cambio, dejó bien anotado en su diario todo lo ocurrido en la India. Los árboles habían sido talados a pocas millas de Almora, al norte del país, bajo su propia supervisión. El ebanista había sido específico con la talla de los árboles y eso requería buscar cedros de al menos doscientos años. Para hallarlos, Mr. Redford contrató un guía de la región que les hizo el camino mucho más fácil, encontrando en cuestión de semanas los árboles necesarios. Sin embargo, ya en Bhavnagar, en el momento de cargar la mercancía en la goleta, el secretario personal de Mr. Redford se sorprendió «con gran pavor» según el diario, al comprobar que uno de los troncos estaba marcado por la inconfundible cicatriz de un rayo, que había abierto una brecha larga y rojiza en la corteza. Tanto insistió el hindú sobre el tronco, que su jefe terminó por dejarlo en tierra. El secretario le explicó que si un árbol recibía el impacto de un rayo (vashra) no debía tocarse, pues había sido reclamado por Indra, el dios supremo antes de ser superado por Brahmá, Vishnú y Shivá. El cuerpo de Indra estaba cubierto por cientos de ojos, permitiéndole verlo todo, seguía con especial perversión a quienes contrariaban su voluntad. Mr. Redford, tras dos décadas de viajes por la India, había aprendido a respetar la extraña mitología. La imagen del dios lleno de ojos consiguió inquietarle y encargó que se deshicieran del tronco.

El secretario mandó llevar la madera a su aldea natal, en algún punto del centro de la India. Allí el tronco sirvió para tallar diversos objetos de uso sagrado, adornos, cuencos y tallas de los dioses. Del centro del árbol también se sacó una pieza entera, usada en la confección del bastón.

Como ustedes mismos pueden observar, la empuñadura simple en forma redondeada destaca sobre el fuste, completamente grabado hasta su punta con los diez avatares de Vishnú. En la parte inferior podrán apreciar a Indra, representado sobre su elefante de tres cabezas; de este modo se quiso reflejar la evolución del poder celestial del hinduismo: comenzando con el dios de los mil ojos y continuando con Vishnu elevándose hasta su décima reencarnación, montado sobre el caballo y blandiendo una espada. La pieza resultante es una magnífica obra de arte, tratada posteriormente con cera de abeja.

El resto de la historia es más misterioso. La aldea lo regaló al secretario de Mr. Redford para agradecerle la donación. Finalmente fue el inglés quien se quedó con el cayado, lo llevaba el día en que un elefante le pasó por encima. Después el bastón se perdió y de algún modo llegó a Munich, donde se encontró en 1945 en casa de Heinrich Himmler. Cómo consiguió el comandante nazi el bastón aún es un misterio.

Debido a estas dos coincidencias se ha formado una pequeña leyenda alrededor de este objeto, según la cual todo el que lo empuñe perecerá de una manera horrible, pues se trata del castigo que Indra ha impuesto a la humanidad por haber talado su árbol. Es otra razón más para no tocar las piezas del museo, nunca se sabe cuales estarán encantadas. ¿Verdad? Si me acompañan ahora les mostraré otra pieza muy interesante.

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Madrid, la milla del arte y la monarquía

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

En enero hablamos de Barcelona y su reciente designación cono ciudad literaria, hoy nos fijamos en Madrid por aquello de las dualidades. Si la ciudad condal ha recibido tan prestigiosa denominación, Madrid, por comparar, podríamos considerarla como ciudad museística.

Uno de los grandes problemas de la capital española siempre ha sido la ausencia de un icono que la represente y atraiga interés turístico. No existe un monumento o edificio “incontournable” (imprescindible) capaz de atraer como lo hace Gaudí y la sagrada familia en Barcelona o el museo Guggenheim en Bilbao o incluso la ciudad de las artes y las ciencias en Valencia (no entremos en lo idóneo del proyecto o de la arquitectura) Madrid no cuenta con algo así, pero dispone de un atractivo que ha sabido implementar en las últimas décadas: su potencial museístico.

La pretensión de la ‘milla del arte’ de la capital es similar a la de Berlín, con su isla de los museos y pretende aglutinar en un mismo espacio urbano varios equipamientos dedicados, sobre todo, al arte plástico y visual. De esta milla destacan el museo del Prado, el museo Thyssen-Bornemisza, el museo Reina Sofía y el recientemente renovado museo Arqueológico Nacional. Junto a estos, otros muchos equipamientos públicos y privados, tanto expositivos como galerías de arte, han ido creciendo con ese fin difuso de ofrecer un recorrido cultural de amplio interés.

Durante los últimos años han existido varios proyectos polémicos, como la fundación que Norman Foster nunca se decidió por establecer o el extraño caso del museo de las Artes de la Arquitectura, Diseño y Urbanismo, empeño personal del arquitecto Emilio Ambasz, cuyo estado actual ignoramos.

Sin embargo, existen dos proyectos de gran importancia que sí han madurado, el primero es la ampliación del museo del Prado al Salón de los Reinos (antiguo museo del Ejército y resto del palacio del Buen Retiro) cuya fecha de inauguración se estima para 2019, si bien todavía se encuentra en fase de concurso para elegir el proyecto de rehabilitación más adecuado; eso sí, dentro de unos márgenes presupuestarios bastante reducidos (menos de 90 millones de euros, según las últimas estimaciones) El Salón de los Reinos completaría de este modo el ‘campus’ del museo del Prado, algo que no puede sino revertir en mayor interés para la gran pinacoteca española.

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Pero el gran proyecto (por faraónico), que se inaugurará este mismo año, es el museo de la Monarquía, un espacio de 40.000 metros cuadrados que pretende acoger las colecciones reales. El proyecto ha resultado muy polémico debido al coste desorbitado (160 millones de euros) que ha consumido en un contexto de fuerte crisis económica. Para mayor escándalo, dentro de las colecciones reales se encuentran cuadros tan extraordinarios como ‘El jardín de las delicias’, del Bosco, o ‘El descendimiento de la cruz’ de Van der Weyden, que el nuevo museo reclamó al Prado. El grado de absurdo es enorme, pues la fuerza museística de Madrid tiene su clave en el mismo museo del Prado, arrebatarle alguna de sus obras maestras es una locura absoluta, a nadie se le ocurriría pedir al museo del Louvre que enviase ‘La Gioconda’ a otro lugar. Afortunadamente las negociaciones entre ambos equipamientos llegaron a una solución lógica y las obras citadas, junto a otras de enorme valor, seguirán donde deben estar, en los salones del museo del Prado. En contrapartida, el museo de la Monarquía recibirá otras, que podrá exponer en calidad de préstamo. Todavía cabe cuestionarse sobre la idoneidad de este museo, más allá de su carácter publicitario de cara a la institución, pues como equipamiento cultural no parece a priori muy lógico. Habrá que ver si el tiempo le dota de coherencia.

Madrid sigue promoviendo el desarrollo de su sector museístico y la estrategia es sin duda acertada, pero sigue enfrentándose a un problema bastante grave de valoración con el público patrio. Además de la inversión en nuevos espacios, Madrid necesita establecer un plan de educación y fomento de su riqueza artística, pues de otro modo los madrileños no dejarán de mirar esos suntuosos edificios con desconfianza. Como suele ser habitual, este ejemplo concreto de la capital española es fácilmente extrapolable a todo el país.

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

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