Op. 288, Icaro, Lento ma non troppo

Lento. Abres los ojos y eres consciente de tus alas, estiras esos nuevos miembros nacidos como ramas de un árbol dormido. Extiendes las plumas perezosas, unos dedos nuevos, torpes aún. Preparas la musculatura y realizas el movimiento más evidente, el más instintivo. Ganas en agilidad, sientes esa nueva fuerza transformarte en algo más. Tu pecho se enciende con una rabia y un ansia incomprensibles minutos antes, entonces tus pies se despegan del suelo, la sensación te encoge el estómago, pero sonríes con tus dientes de fiera. Un poco más, dejas atrás las miradas embobadas de quienes te odian, temen o envidian. Los cuervos graznan su bienvenida en los tejados, pero también les abandonas, continúas tu ascenso y ya no buscas la tierra, sino las estrellas.

¡Ah! ¡La asfixia del cielo! El delicioso dolor en el ascenso excita tus lacrimales, las gotas calientes cruzan tu cara y se escurren por tu cuerpo, arrastrando tu sabor y dejándolo caer hacia la tierra que has abandonado, desde donde te observan con su boca abierta cientos de niños sedientos. Te impulsas más arriba, más arriba.

Tu cabeza empieza a llenarse de sonidos, de voces que te alertan del peligro, de demonios que se ríen por tu osadía, de arcángeles que te insultan bajo la aterrada mirada de algún dios impotente. El ruido se hace ensordecedor, gritas, gritas con alegría y desesperación, pero no puedes escucharte, tu cabeza está poblada por toda la genealogía de mitos y tu voz es una más en el coro, no es posible distinguirla.

Llega el momento decisivo: ya no puedes más, el crescendo ha alcanzado su fin y tus pulmones llevan ya varios minutos estrujados en un intento por aprovechar unas migajas de oxígeno, entonces se hace el silencio.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

El último suspiro sale de tu garganta, una exhalación prolongada donde se escapa el quejido apaciguado de tus demonios, el gemido que anuncia la eyaculación de los arcángeles, el descanso de los mitos, la muerte de dios. Tu cuerpo cae con la velocidad de la carne y sientes al viento abrazarte y jugar contigo, animarte a recuperar el sentido, a luchar, a batir las alas que ya se deshojan por la violencia de tu caída.

Lento. El golpe detiene el mundo, te quiebra con la precisión de la cerámica, tu carne se separa en diez mil direcciones, ya con intención de ser vestigio, pero cuando el efecto de velocidad aún no ha desaparecido de tu materia, antes de dejar de parecer algo casi humano, estallas en infinitas motas de éter, preñando a los hombres con la obsesión por alcanzar las estrellas.

Da capo.

Lamento-por-la-muerte-de-Ícaro-de-Herbert-James-Draper

Lamento por la muerte de Ícaro – Herbert James Draper

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