Contrarreloj

Necesito coger ese tren. Si conservo el aliento y no bajo el ritmo todavía puedo llegar, estoy a sólo unas calles de la estación, pero debo medir bien mis fuerzas, si me detengo no lo lograré. En la vida todo es cuestión de tiempo, esa idea martillea mi cerebro con cada zancada.

«La vida es una contrarreloj, y tú ahí perdiendo el tiempo», decía mi padre cuando me encontraba en el sofá mirando la tele. ¿Cuántos años tendría yo? ¿Trece? ¿Catorce? Uno no puede saber qué frases serán importantes o se convertirán en obsesiones a lo largo de su vida, pero para mí esa ha sido una de ellas. Cada tarde, después de comer, mi padre se levantaba, se ponía la corbata, la chaqueta, cogía el maletín y salía de casa. Yo veía su espalda cuando desaparecía al otro lado de la puerta. Esa escena se repitió día tras día, año tras año, y siguió repitiéndose sin mí cuando me marché a la universidad. La contrarreloj de la vida de un corredor de seguros parece un chiste malo, una frase aprendida de sus folletos de venta, pero él siempre se mostró muy seguro de todo cuanto decía.

Veo la estación, pero no el coche negro que pasa rozando mi abrigo. Es un lento segundo de sorpresa, enredado horrorosamente en mi garganta por lo que podría haber ocurrido con un paso más.

En la acera, un Papá Noel me desea feliz navidad. No respondo.

Lo he tenido todo en contra, el atasco, la nieve, la hora punta. Compruebo el reloj, pero ante mí sólo hay una esfera rajada y dos manecillas detenidas. Siento una punzada de culpa, por haberlo olvidado, por no haberme dado cuenta.

Hace una semana cenamos los tres juntos, mi mujer, mi hija, y yo. Era mi última noche antes del viaje y estaba con la cabeza en los informes y la maleta. Me quité el reloj y me puse a fregar los platos. La encimera todavía es muy alta para ella y no calculó bien, el reloj cayó al suelo y el vidrio se partió. Un accidente sin mayor importancia, pensé, quizá podría arreglarlo durante el viaje. Le di un beso a la niña y fui a ultimar detalles.

Me equivoqué.

Según las pantallas de la estación llego tarde por un minuto. La decepción me patea el estómago, pero no quiero rendirme, todavía no. Corro, esta vez sin controlarme, en un sprint final hacia la línea de meta. Veo el andén y el tren todavía está allí. Creo que sonrío, por nerviosismo, por el esfuerzo, o al menos lo hago hasta que un hombre se pone en mi camino. Freno, furioso, con ganas de saltar por encima del desconocido.

«El tren se ha retrasado», dice, «saldrá en veinte minutos.»

Todo es cuestión de tiempo en la vida. Si me hubiera conformado con el acuerdo alcanzado durante la semana no habría alargado mi estancia, pero quería más. Hoy, 24 de diciembre, cuando me di cuenta de mi error, los aeropuertos ya estaban cerrados por la tormenta de nieve, y el único tren salía con tan poco margen de tiempo, que salí de la reunión prácticamente sin dar explicaciones. Si no hubieran retrasado el tren, no habría llegado, y si no hubiera llegado, no podría reparar mi error.

Hace unos meses acepté un nuevo proyecto, desde entonces he pasado fuera de casa la mitad del tiempo. Aquel día, durante la cena, yo dije una de esas frases tontas que si no tenemos cuidado pueden clavarse en las tripas de alguien querido. «Sin un reloj no se puede ir a ninguna parte, es como una brújula.»

A mi niña no se le cayó el reloj por accidente, lo tiró. No sé cuál fue su idea precisa, pero sé que lo hizo para atraerme. Ya ha cumplido ocho años, ocho años, ocho granos de arena colándose por el reloj sin que apenas me haya dado cuenta. Hace tan solo un parpadeo yo estaba cambiando sus pañales, sujetando sus manos cuando empezaba a caminar, esperando a la salida de la guardería. Ocho años han pasado en un chasquido de dedos.

Entrego mi billete y subo al tren.

La vida es una contrarreloj. Sería bonito pensar que esa frase de mi padre no fue un reproche, sino una advertencia, el consejo triste de quien no se atrevía a salir de su bucle. Yo no quiero eternizarme viendo cómo el tiempo se escurre entre mis dedos, no quiero que ella se acostumbre a mi espalda saliendo de casa, a mi cabeza distraída en otra parte; pero, sobre todo, no quiero olvidarme de lo importante.

El tren se mueve. Vuelvo con ella.

kieran-white-480956-unsplash
Fotografía de Kieran White en Unspash 

4 comentarios sobre “Contrarreloj

  1. Hermosa prosa la tuya…!
    Digna de un verdadero artista de la expresión escrita.
    Utilizas las palabras como un escultor su zincel para crear una hermosa escultura. Enhorabuena…!

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