Manzanilla

Hoy he soñado con el sabor de la manzanilla. No de cualquier infusión, no del aroma general, sino de una taza concreta que tomé hace muchos años en un lugar que no ha resistido al olvido. No tengo detalles sobre la cafetería o si la tomé en casa, si quizá me la sirvió mi padre después de comer. Sé que llovía abundantemente, casi de manera tropical. Hacía calor, aún era verano. Yo observaba el agua caer por una ventana o en una terraza. Tampoco recuerdo la taza, pero sí la tetera en que me la sirvieron, de cafetería, metálica, capaz de darle un tinte único al sabor. Todavía me acompaña esa sensación: la tranquilidad de un mundo bajo la lluvia, y el contraste del líquido muy caliente bajando a través de mi garganta. Entonces sentí una de esas brisas rápidas, capaces de cortar el bochorno, casi frías. Entre mis manos había un libro, nada más. Después, la tarde continuó sin dejar más huella en mi memoria.

Enero2018

Ilustración de Victor Hugo Ramirez García

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Entrada Nº 17: La brecha

«Once more unto the breach, dear friends, once more» – W. Shakespeare

Ha pasado otro ciclo y hemos sobrevivido. La batalla continúa. Miro por la ventana y un montón de cuadrados anaranjados revelan vidas en medio de la oscuridad. ¿Esperanza? Sí, pero creemos en conceptos puros cuando en realidad, en esa vana y mundana realidad, todo concepto está contagiado, mezclado, pervertido. Por las rendijas de aquella cajita infame se ha filtrado demasiado de lo humano. La esperanza anaranjada que yo espío es una mentira. No importa, necesitamos de la mentira, la mentira nos construye como sociedad, nos da un propósito, un sentido.

¡Una vez más en la brecha, amigos míos! Lean esta frase a voz en grito, hasta desgarrarse las cuerdas vocales. Lo merece, merece el esfuerzo, merece la sangre. Algunos libros necesitan leerse en voz alta, muy alta, hasta desquiciar a los vecinos.

La poesía debe ser leída en voz alta.

El teatro ha sido construido para dejarnos afónicos.

¡Una vez más en La Brecha! Un año más ha transcurrido, la batalla continúa, cada vez más cruenta. Todos lo percibimos, ese olor a pólvora y cobre en el aire, el mundo gira hacia el lugar equivocado, pero somos pequeñitos y sentimos vértigo ante la gravedad. Es más fácil ceder un poco más, un poco más, un poco más. No. Gritad. ¡¡Una vez más en La Brecha!!

La espada en la mano. Un minuto de silencio para recordar a Shakespeare, él tenía razón en todo, nos lo dijo en sus obras, una tras otra. Y aun así debemos resistir porque es lo correcto, porque lo más digno en nuestro predestinado fallo es fallar bien.

[Inserten ecos de Beckett aquí]

Parece mentira, este blog cumplirá nueve años en 2018. Llegará a los diez por la tozudez malsana de quien lo perpetra. La evolución existe y sin embargo… sin embargo… Todo tiene un principio y un final. Los puntos suspensivos anuncian cierta idea, cierta (de)cadencia.

Cuidaos de los textos demasiado conceptuales.

Feliz 2018. La batalla continúa, hemos vuelto a la brecha. Gritad.

 

brecha

 

Día de muertos

Los sonidos metálicos corrían por la calle, la banda se esforzaba con las canciones de cada año en una estridencia feliz que se contagiaba con rapidez. Unos niños le golpearon al pasar, vestidos con capa y máscaras de hueso, se disculparon entre risas y salieron corriendo hacia la música. Él siguió en dirección contraria. Abrió la puerta de su casa y la cerró echando los pestillos. Observó el pasillo, largo, fresco y oscuro. Respiró hondo un par de veces, cansado, le dolían las rodillas. Dejó el abrigo, se quitó las botas y pasó al salón, donde se sentó en el sillón con un quejido idéntico al aprendido de su padre.

La pantalla de la televisión estaba apagada y podía ver el reflejo sombrío de la habitación, de sí mismo, un viejito minúsculo con el pelo de plata. El tiempo se lo había llevado todo, a todos. ¿Quién se ocuparía de las tumbas cuando él muriera? Sus hijos no, ninguno de ellos, había perdido la cuenta de las excusas que ponían cada año: el trabajo, los niños, la distancia, el dinero. Él no se quejaba, pero eran demasiadas tumbas para un viejo.

Había pasado todo el día limpiando lápidas, quitando malas hierbas, y deshojando flores de cempasúchil, cuyos pétalos caían como gotas de oro entre sus dedos. Hizo una cruz sobre la tumba que compartían su padre y su madre; otra en la de su hermano, muerto cuando era un niño y de quien no le quedaba ningún recuerdo; se acordó de sus abuelos, a quienes les dejó unas cuantas flores como muestra de cariño; también ayudó a los sobrinos con la de su hermana; por último, visitó a María, cubrió aquel discreto montículo de tierra con tantas flores que el manto resultante se desbordaban por los lados. Encendió velas en todas las tumbas y rezó. Rezó sentado en el trocito despejado donde un día le enterrarían a él. ¿Quién haría ese trabajo a su muerte? ¿Quién cubriría la tumba de María, o la suya propia, de flores? Quizá sus hijos lo hicieran el primer año, quizá incluso se acordasen de sus abuelos como él lo había hecho, pero el resto tendría sus tumbas vacías, uno o dos años después abandonarían incluso el recuerdo de sus padres.

Se levantó y se acercó a la ventana, el muro era grueso y en el hueco abierto había espacio para colocar plantas, pero ahora lo ocupaban los retratos de los muertos, el más antiguo, casi borrado, era de sus abuelos maternos, españoles emigrados a México al inicio de la dictadura de Primo de Rivera, fotografiados con las ropas de domingo frente al muro blanco de su casa; de los paternos no había conservado ninguna imagen; sus padres lucían serios en su retrato de boda; en otra imagen él y sus hermanos posaban muy niños, abrazándose los unos a los otros; por último, María, con sesenta años y el pelo recogido, sentada en un banco el día del bautizo de su primer nieto.

Había dejado un puñadito de pétalos amarillos alrededor de los portarretratos, también pan de muerto, y calaveritas de azúcar con los ojos pintados de rosa y azul celeste. Le dedicó un pensamiento a cada una de aquellas personas, un recuerdo, un recuerdo de un recuerdo, o historias que le habían contado otros y que ya no sabía si las había vivido o imaginado.

Abrió una botella de mezcal y sirvió dos vasos pequeños. Dejó uno frente al retrato de María y se llevó el otro al sillón, se sentó y lo bebió de un trago. El líquido pasó quemándole agradablemente la garganta, pero le supo a cempasúchil y eso le confundió un instante. Se cubrió con ambas manos la boca y la nariz, aspiro, y quedó inundado por aquel olor inconfundible.

En la calle, frente a su ventana, cruzaron a la carrera unos niños gritando y riendo, quizá los mismos con quienes se había encontrado antes. El anciano se quedó mirando en aquella dirección, las llamas de las velas bailaban frente al cristal de los retratos.

Debió quedarse adormecido, porque al mirar la imagen de la tele vio una Catrina a su espalda, un bello esqueleto con los huesos pintados formando una maraña de rosas, vestía ropas de fiesta y lucía esa sonrisa eterna de todas las calaveras. Al mirar con más atención la pantalla le devolvió el mismo reflejo imperfecto de antes, sin añadidos, sin fantasía. El viejo se sirvió otro mezcal, bebió el contenido, y suspiró con una mezcla de melancolía suave y felicidad por los recuerdos atesorados.

Se reclinó en el sillón y cerró los ojos dispuesto a dejarse llevar a las agradables orillas de su memoria. Suspiró otra vez, relajado, exhalando todo el aire de sus pulmones, y al respirar de nuevo le llegó un olor penetrante de cempasúchil, como si de repente hubiera caído en un campo de flores, o alguien hubiese cubierto de pétalos frescos su tumba.

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El matasellos de esta postal es del 18 de octubre de 2017, me la envían desde México. Del texto escrito con bolígrafo rojo extraigo esta frase «En México la muerte se toma con humor, como si la existencia no valiera nada». Ahí encuentro yo la belleza, la importancia de la fiesta del Día de muertos, porque la existencia no vale nada, se acaba, se consume dejando un rastro de huesos, pero ahí encuentra su valor, un carpe diem gritado, saboreado, comprendido.

Insomnio

Cada noche, al reposar la cabeza sobre la almohada, llega la corte, en tropel, una verbena agitando sus blasones y banderolas de colores. Aparecen antes de darme una oportunidad para cerrar los párpados, arrasan con mi somnolencia y me dejan la fatiga, el dolor en el brazo izquierdo tras una jornada de hacer siempre los mismos movimientos, las piernas cansadas. No sé por qué me canso. Cada vez ando menos, corro menos, hago menos ejercicio. Me cristalizo.

Mañana el reloj no tendrá piedad, el espejo no tendrá piedad, yo no tendré piedad.

¿Quién me vendió este cuento? ¿Quién me hizo creer en “esto”? Tonterías, deseamos la mentira, deseo la mentira, la verdad es aburrida, insulsa, la verdad duele y es agria, difícil de tragar. Sacrificio, es necesario más sacrificio, un mayor sacrificio para conseguir aquello que se desea. ¡Más madera! Arden poco estas compuertas al infierno, la maquinaria apenas vibra todavía. ¡Más madera! ¡Más madera! Hasta que no quede nada, hasta que el armazón de esta casa y este cuerpo acaben limpios de cualquier adorno, de cualquier cosa que no sea esencial para el avance.

La pastilla para dormir me provoca una nausea y vuelve acuosos mis pensamientos, difíciles de transitar. Los sueños y pesadillas se han replegado, me esperan al otro lado. Respiro. Imito la respiración de alguien dormido y procuro no moverme, procuro mantener los ojos cerrados. Quiero dormir, quiero la falsa paz de unas horas de inconsciencia. ¿A quién quiero engañar? El espacio que ocupo en esta habitación es ridículo. Termino enredado en el sonido de las manecillas del reloj y me pierdo.

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Dreamers, Albert Moore

El libro está terminado

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Parte del material utilizado, manuscrito(s), notas, y correcciones varias.

No tengo una fecha exacta, debí haberlo escrito en algún lugar, pero no lo hice. Empecé la novela a mediados de 2014 y hoy he terminado de escribir y corregir. En realidad, no es mi primera novela, pero sí la primera terminada, “terminada” con todas las letras y el significado de esa palabra, es la primera que supera ese qué-sé-yo que te dice cuando algo está bien. Desde que empecé a escribir “en serio” fui muy exigente con aquello que producía. No es lo mismo un texto a vuelapluma, escrito en un rato, que una novela. Tampoco es lo mismo el entretenimiento que el arte, y al arte, perdonen la inmodestia, aspiro. Pero todo se hace más complicado cuando ese arte debe ser fácilmente comprensible y también debe ser entretenido. Para ponerse intelectualmente intensos está la no-ficción.

El libro está terminado, el libro está suspendido. Sí, suspendido. Cito a Pierre Michon. Siento fascinación por su literatura, por su visión del mundo, en particular por su visión de la creación, humilde como ninguno y al mismo tiempo lanzándose hacia lo absoluto, hacia la Gracia. En ‘Cuerpos del rey’, Michon habla de Flaubert, de la delicadeza de ese sentimiento que lo embarga tras escribir ‘Madame Bobary’, pero al mundo no le importa porque su obra es pequeña, es una joya diminuta que no cambia nada. Pero sí lo cambia todo mientras Flaubert respira aire fresco en su jardín.

Empecé a escribir esta novela con una idea, tras una iluminación lenta, una pequeña comprensión sobre el funcionamiento del mundo y sobre las relaciones entre las personas. Fue la sutil violencia que lo inunda todo como un perfume dulzón, la violencia que quise digerir para evitar su veneno. No, no es una novela autobiográfica, pero ya se sabe, todos escribimos de nosotros mismos porque es lo único de lo que podemos escribir.

Y ya está. Este momento es importante para mí, pero no hay más misterio, al mundo no le importa la prosa. Ahora toca llamar a las puertas cual vendedor ambulante, quizá haya quien quiera publicarla, quizá no. Por muchas historias que circulen, el mundo de la literatura, de los escritores noveles sin apellidos importantes ni contactos, no es glamuroso ni mucho menos rápido.

No importa. ¿Por qué habría de importar? La ambición más sustancial está cumplida. El resto es trabajo de cantera, quizá más cansado, pero también más liviano. Estoy satisfecho. El libro está terminado.

«Ce que chantent les oiseaux c’est que pour l’instant le livre est fini, le livre est suspendu. Le recours en grâce est accepté, non, on ne peut tout de même pas ôter le masque, il tient trop bien, mais on peut oublier qu’il existe et sentir le vent de l’aube entrer par les joints. On n’est pas de bois, on jouit des arbres. Le monde au-delà de la Seine est fait de chaumes d’or, de javelles éclatantes, de hêtraies lointaines où le cœur bat . Dans les laiteries des fermes des petites filles trempent leur doigt dans du lait, l’écrèment ; sous le regard d’un homme une fille rit d’être comblée tout à l’heure, des monstres humains oublient qu’ils sont des monstres. Le monde se passe de prose. » – Pierre Michon

«Lo que cantan los pájaros es que por ahora el libro está terminado, el libro está suspendido. El recurso de perdón es aceptado, no, no podemos quitarnos la máscara, nos queda demasiado bien, pero podemos olvidar que existe y sentir el viento del alba entrar por las juntas. No somos de madera, disfrutamos de los árboles. El mundo más allá del Sena está hecho de espigas de oro, de gavillas resplandecientes, de hayedos lejanos donde bate el corazón. En las lecherías de las granjas, las niñitas sumergen su dedo en la leche, la desnatan; bajo la mirada de un hombre una niña ríe por ser satisfecha dentro de un momento, los monstruos humanos olvidan que ellos son los monstruos. Al mundo no le importa la prosa.» – Pierre Michon. Trad. del autor (perdonen las eventuales imperfecciones)

Hemos perdido el mar

Ahogados por la primera frase de una conversación cualquiera, con los ojos como alfileres, los tuyos clavados en los míos, los míos hundidos en los tuyos. El dolor de tentar la frontera de esa mirada y luego la necesidad del parpadeo, ese cuchillo que te deja en mí con estrellitas de sangre brillando en la oscuridad.

Esta ciudad supura calor para vengarse de nuestro veneno. Huyes y yo también busco una ruta de escape, una lengua agobiante para salir de estas calles, para ganar la costa, el infinito del mar con sus promesas. Los peces de metal se arrastran en un río de brea y humo. Alguien habla a mi lado, pero no eres tú.

Llegamos. Unos extraños suben nuestras maletas en el ascensor de un edificio desconocido a cambio de algunas monedas. Desparramamos el contenido sobre la cama y luego nos preparamos otra vez: toallas, sombrilla, revistas de verano, crema solar, refrescos y algo para picar, quizá también vienen los niños colgando de nuestras manos.

El aire arrastra una sal rancia, reconocible. La arena está caliente, nos abrasa los dedos de los pies, pero ya estamos aquí. Plantamos las toallas, clavamos la sombrilla, repartimos la crema, las revistas y los refrescos, luego callamos. No es una ley, pero todos guardan silencio en la playa.

Más allá está el mar, un mar ausente, de color fangoso, que desciende abruptamente hacia el abismo y nos regala el hedor de peces muertos, de algas en descomposición; un mar que es desierto, desaparecido, sumido por alguna alcantarilla que Poseidón abrió el día de su suicidio.

Hay niños jugando en el linde del abismo, junto a ellos se parapetan algunos hombres con catalejo y ambición de descubridores, excitados con cada esqueleto de barco antiguo o con las grandes naves modernas, varadas e intactas en el fondo.

Esperamos la noche. A nuestras espaldas se enciende la ciudad y el horizonte se vuelve más y más negro. En algún momento alguien lanza un grito anunciando lo extraño. Hay murmullos y otra voz desconocida ordena silencio. Y sí, sí.

Sí.

Escucho el rumor de las olas rompiendo cerca de mis pies, no me atrevo a comprobarlo, nadie se atreve a comprobarlo. La luna se ha escondido y no existen otras luces para irisar la cresta de olas fantasma. Levanto la cara. El cielo parece una enorme extensión de densa tela oscura, capaz de ahogar nuestras lágrimas, nuestros suspiros. Entre las pálidas constelaciones hay estrellitas de sangre dibujando tu nombre.

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Fotografía de Jorge Fernandez Ruiz a.k.a. GonzoBrain

Entrada Nº 16: la tiranía de lo inmediato

En junio de 2016 publiqué la Entrada Nº15 del cuaderno del autor, ‘Los Idus de Luz de Mercurio’, donde me planteaba unos seis meses de trabajo para reflotar este blog, por entonces algo abandonado debido a los estudios de máster. Ha pasado un año y no he alcanzado los objetivos que me planteé. Desde entonces sólo he publicado en seis ocasiones. Así son las cosas, no hay excusas ni es algo grave, sencillamente a veces resulta difícil. No se puede combatir lo necesario o lo obligatorio si uno desea vivir en sociedad, se debe cumplir para poder disfrutar del tiempo libre. ¿Pero es libre?

Estamos siempre conectados, siempre retransmitiendo nuestra realidad personal vía redes sociales y mensajería hasta olvidar qué es la soledad, mejor dicho, quiénes somos en soledad. El bombardeo de información, el consumo insustancial de dicha información, y la constante compañía superficial otorgan una placidez engañosa, un narcótico. El entretenimiento y el acceso constante a “todo” han tiranizado nuestras dinámicas, la exposición eterna ha elevado las imposturas al grado de guía y regla por el que se mide nuestra vida.

¿Cómo no perderse?

El camino correcto lo encontramos cada vez de manera más habitual en el silencio de apagar el ordenador y respirar tranquilamente, en no hacer nada. Pero la desazón que provoca esta desconexión es tal que no tardamos demasiado en volver a encender el aparato de turno.

Yo, como todos, soy hijo de mi época y padezco este sometimiento (in)voluntario. Pero como artista necesito huir, retomar la soledad y el silencio, sacrificar ese tiempo libre para crear. No es fácil, tampoco antes lo fue, y para los otros cuantificar ese sacrificio es algo incomprensible en su mayor parte; sin embargo, ahora, hoy, el artista debe enfrentarse además a la desconexión, no sólo renuncia a una tarde entre amigos, a ver una película, acostarse con un nuevo amante o pasar tiempo con su pareja. El artista ya no sacrifica lo externo a sí mismo, también debe alejar las dinámicas que conforman su día a día, es decir, debe renunciar a una parte que le conforma y que ya le hace ser como es.

Con esta larga disertación, quizá algo oscura, he intentado explicar el pequeño fracaso de reflotar esta bitácora en seis meses. Pero no abandono, aún sigo aquí y espero continuar publicando poco a poco hasta tomar un buen ritmo, quizá en algunos meses. Quizá.

No se vayan, aún no hemos terminado.

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Tuman Capote, por Steve Schapiro