Nausea

-Me duele la cabeza- dijo mientras se recostaba en el respaldo de cuero sintético.

Sobre él un techo de yeso con desconchones reflejaba haces de distintos colores. Sintió una nausea escurrirse por su faringe hacia la boca, pero la superó y miró a sus acompañantes. Uno bebía Whisky embobado con la minifalda de las chicas, y Otro se había adormecido a su lado. No le escuchaban. Entonces él comprendió, lo comprendió todo. Se levantó, agarró su chaqueta, apartó a Uno y a Otro sin que hicieran nada por retenerle, luego salió sin más explicaciones.

La luz le desorientó. Amanecía en un bostezo amarillo, habían pasado en el garito toda la noche y no se explicaba cómo.

-Me duele la cabeza -repitió en voz baja.

Metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar. Nada cambiaba. Si él siguiera el ritual de todos los días llegaría a casa en pocos minutos, se tumbaría en las sábanas sudadas y por la tarde despertaría con la boca pastosa y algunas llamadas perdidas de Uno y Otro. Quedarían unas horas después y se irían directos al garito.

Tomó otra dirección, cruzó las calles desiertas hasta la plaza mayor, donde algunos padres legañosos hacían cola en la churrería. El hedor aceitoso le devolvió la náusea, pero la superó otra vez y siguió su camino hacia el fin de la ciudad, hacia donde las bombillas revientan con el calor del verano.

Febrero2018

Ilustración de Victor Hugo Ramirez García

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Verdad implementada

Nuevas leyes crean nuevos trabajos. El gobierno hizo de esa máxima su bandera para justificar los cambios en una sociedad al borde del colapso, apuntalada únicamente por eventos deportivos y distracciones políticas mal disimuladas. La tensión había aumentado en los últimos años por la escasez y los altos precios de algunos servicios básicos. La violencia juvenil empezaba a ser un problema grave y había quien temía que aquellos grupos de rebeldes sin causa se pusieran en contacto unos con otros gracias a las R.I.V. (Realidades Inmersivas Virtuales), temían precisamente que encontraran una causa.

Fue entonces cuando se creó el Sistema Nacional de Telecomunicaciones, o S.N.T. bajo la premisa de ofrecer una conexión segura a los usuarios de todo el país. La oposición del parlamento protestó y los medios denunciaron el peligro, nuestro presidente era como un mago provinciano entreteniendo a la audiencia con viejos juegos de cartas cuyo truco ponía en evidencia con su poca pericia. Nada de esto importó. Nos mantuvimos quietos, indolentes, levemente molestos pero dispuestos a tragar una vez más con lo que fuera.

El paquete de “leyes para la protección informativa” convocaba oposiciones inmediatamente para cubrir 3.640 plazas repartidas por todo el país. Nos presentamos más de 15.000 personas y yo fui uno de los afortunados, aprobé o me eligieron, ahora dudo si fueron los méritos de aquel día en aquella ficha digital o si había alguien verificando nuestros perfiles. Yo era joven, había terminado el ciclo educativo y esperaba uno de los sorteos de trabajo. No expresaba mis simpatías políticas porque no las tenía, vivía en la pasividad abotargada de las R.I.V. y los holojuegos. En otras palabras, era el candidato perfecto.

Nos instalaron en cubículos con ordenadores de sistema inmersivo, los más cómodos del mercado. Disponíamos de una clave única similar a los abonos de las compañías privadas. La interfaz también resultaba parecida y muy intuitiva. Nuestro trabajo era simple, disponíamos de todo tipo de contenido: libros, artículos de prensa, juegos, música, películas, páginas web, blogs y mensajes de redes sociales del viejo internet, documentos gubernamentales, empresariales, publicidad… Todo estaba ordenado en más de 2.000 categorías y nosotros teníamos acceso a ello con libertad total. Al principio no pude creer mi suerte, disfrutaba enormemente de aquel trabajo, pues consistía en recibir un sueldo por horas y horas de ocio. Una vez el contenido finalizaba aparecía un mensaje con tres opciones, debíamos seleccionar una de ellas y pasar al siguiente: verdad, falso, o peligroso.

Me ascendieron gracias a mi productividad y pasé a revisar las clasificaciones de mis compañeros, si estaba de acuerdo debía seleccionar la misma opción que ellos, sino el contenido volvía al banco de datos. Aquellos que seguían patrones en su deliberación eran avisados una primera vez y despedidos a la segunda. Estuve orgulloso de implementar un procedimiento para detectar esos patrones de manera más sencilla. Eso me valió otro ascenso, esta vez dos escalafones, hasta pasar a revisor del departamento de contemporáneo. El trabajo era el mismo, pero en aquella planta el contenido que clasificábamos era actual, aparecido en los últimos días en cualquier plataforma, room de las R.I.V. o rincón de internet.

Me sentí incómodo por primera vez el día en que los medios anunciaron el encarcelamiento de un conocido periodista por terrorismo informativo. Mi breve indignación hacia alguien que había cometido semejante delito desapareció cuando explicaron que las pruebas para su condena habían sido los reiterados avisos de contenido falso o peligroso en sus artículos. Hubo más detenciones, más juicios, más condenas. Periodistas, escritores, pintores, programadores, empresarios, todo aquel que acumulaba una cierta cantidad de avisos era considerado sospechoso.

Entretanto nuestro presidente fue reelegido, en su campaña se definió como el protector de la moral pública. Hubo reacciones internacionales negativas y la oposición parlamentaria condenó el trabajo del S.N.T., pero el gobierno se limitó a no responder. Toda la mercadotecnia del Estado mostraba que la sociedad estaba conforme con nuestro trabajo, se sentía más segura con alguien vigilando si el contenido disponible en el país era o no peligroso, era o no verdad.

Comencé a cuestionarme qué hacía, en cómo afectaba a personas concretas y en cómo el S.N.T. se construía con nuestras pequeñas decisiones. Me asustó nuestra eficiencia a la hora de borrar del sistema cualquier rastro considerado dañino para la sociedad, una eficiencia espantosa en manos de un personal sin apenas formación. Comprendí que la edición de las noticias se hacía pensando en nuestra lupa, en las consecuencias. Todo creador nacional, fuera del ámbito que fuera, pasó a proponer contenidos cada vez más blancos, si procuraba alguna crítica lo hacía camuflado bajo un lenguaje tan difícil que apenas llegaba a nadie. Me horroricé. El estrés que me provocaba acudir a mi despacho fue en aumento hasta hacerse insoportable. Mis superiores pensaron que se debía a los muchos años de un rendimiento tan sobresaliente, para ellos resultaba impensable que yo hubiera cambiado, era el agente perfecto, convencido de la poca utilidad de pensar dos veces.

He intentado vivir acorde a estas reglas, pero me corroe la culpabilidad de un expediente impecable. He decidido ponerle fin. Mis capacidades son limitadas, no dispongo de un virus definitivo o de la habilidad informática para hackear el sistema, pero sí de acceso, acceso a los sótanos del S.N.T. Central donde están los servidores. No es difícil conseguir explosivo líquido cuando encuentras cómo prepararlo, los controles de seguridad no han detectado ninguna anomalía en mi botella diaria de agua mineral.

Ignoro si mis acciones tendrán alguna repercusión en la sociedad, si alguien decidirá hacer algo tras despertar mañana con unos pocos días de libertad informativa. Sé que al menos ocho años de trabajo se perderán y el S.N.T. tendrá que empezar desde cero.

Este mensaje se reproducirá en todas las plataformas y R.I.V.s que conozco, si tú crees en lo que yo creo, si ves el peligro que yo veo, y si sientes la necesidad que yo siento, entonces comparte, difunde, y reúnete con quienes crean, vean y sientan como tú.

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Manzanilla

Hoy he soñado con el sabor de la manzanilla. No de cualquier infusión, no del aroma general, sino de una taza concreta que tomé hace muchos años en un lugar que no ha resistido al olvido. No tengo detalles sobre la cafetería o si la tomé en casa, si quizá me la sirvió mi padre después de comer. Sé que llovía abundantemente, casi de manera tropical. Hacía calor, aún era verano. Yo observaba el agua caer por una ventana o en una terraza. Tampoco recuerdo la taza, pero sí la tetera en que me la sirvieron, de cafetería, metálica, capaz de darle un tinte único al sabor. Todavía me acompaña esa sensación: la tranquilidad de un mundo bajo la lluvia, y el contraste del líquido muy caliente bajando a través de mi garganta. Entonces sentí una de esas brisas rápidas, capaces de cortar el bochorno, casi frías. Entre mis manos había un libro, nada más. Después, la tarde continuó sin dejar más huella en mi memoria.

Enero2018

Ilustración de Victor Hugo Ramirez García

Día de muertos

Los sonidos metálicos corrían por la calle, la banda se esforzaba con las canciones de cada año en una estridencia feliz que se contagiaba con rapidez. Unos niños le golpearon al pasar, vestidos con capa y máscaras de hueso, se disculparon entre risas y salieron corriendo hacia la música. Él siguió en dirección contraria. Abrió la puerta de su casa y la cerró echando los pestillos. Observó el pasillo, largo, fresco y oscuro. Respiró hondo un par de veces, cansado, le dolían las rodillas. Dejó el abrigo, se quitó las botas y pasó al salón, donde se sentó en el sillón con un quejido idéntico al aprendido de su padre.

La pantalla de la televisión estaba apagada y podía ver el reflejo sombrío de la habitación, de sí mismo, un viejito minúsculo con el pelo de plata. El tiempo se lo había llevado todo, a todos. ¿Quién se ocuparía de las tumbas cuando él muriera? Sus hijos no, ninguno de ellos, había perdido la cuenta de las excusas que ponían cada año: el trabajo, los niños, la distancia, el dinero. Él no se quejaba, pero eran demasiadas tumbas para un viejo.

Había pasado todo el día limpiando lápidas, quitando malas hierbas, y deshojando flores de cempasúchil, cuyos pétalos caían como gotas de oro entre sus dedos. Hizo una cruz sobre la tumba que compartían su padre y su madre; otra en la de su hermano, muerto cuando era un niño y de quien no le quedaba ningún recuerdo; se acordó de sus abuelos, a quienes les dejó unas cuantas flores como muestra de cariño; también ayudó a los sobrinos con la de su hermana; por último, visitó a María, cubrió aquel discreto montículo de tierra con tantas flores que el manto resultante se desbordaban por los lados. Encendió velas en todas las tumbas y rezó. Rezó sentado en el trocito despejado donde un día le enterrarían a él. ¿Quién haría ese trabajo a su muerte? ¿Quién cubriría la tumba de María, o la suya propia, de flores? Quizá sus hijos lo hicieran el primer año, quizá incluso se acordasen de sus abuelos como él lo había hecho, pero el resto tendría sus tumbas vacías, uno o dos años después abandonarían incluso el recuerdo de sus padres.

Se levantó y se acercó a la ventana, el muro era grueso y en el hueco abierto había espacio para colocar plantas, pero ahora lo ocupaban los retratos de los muertos, el más antiguo, casi borrado, era de sus abuelos maternos, españoles emigrados a México al inicio de la dictadura de Primo de Rivera, fotografiados con las ropas de domingo frente al muro blanco de su casa; de los paternos no había conservado ninguna imagen; sus padres lucían serios en su retrato de boda; en otra imagen él y sus hermanos posaban muy niños, abrazándose los unos a los otros; por último, María, con sesenta años y el pelo recogido, sentada en un banco el día del bautizo de su primer nieto.

Había dejado un puñadito de pétalos amarillos alrededor de los portarretratos, también pan de muerto, y calaveritas de azúcar con los ojos pintados de rosa y azul celeste. Le dedicó un pensamiento a cada una de aquellas personas, un recuerdo, un recuerdo de un recuerdo, o historias que le habían contado otros y que ya no sabía si las había vivido o imaginado.

Abrió una botella de mezcal y sirvió dos vasos pequeños. Dejó uno frente al retrato de María y se llevó el otro al sillón, se sentó y lo bebió de un trago. El líquido pasó quemándole agradablemente la garganta, pero le supo a cempasúchil y eso le confundió un instante. Se cubrió con ambas manos la boca y la nariz, aspiro, y quedó inundado por aquel olor inconfundible.

En la calle, frente a su ventana, cruzaron a la carrera unos niños gritando y riendo, quizá los mismos con quienes se había encontrado antes. El anciano se quedó mirando en aquella dirección, las llamas de las velas bailaban frente al cristal de los retratos.

Debió quedarse adormecido, porque al mirar la imagen de la tele vio una Catrina a su espalda, un bello esqueleto con los huesos pintados formando una maraña de rosas, vestía ropas de fiesta y lucía esa sonrisa eterna de todas las calaveras. Al mirar con más atención la pantalla le devolvió el mismo reflejo imperfecto de antes, sin añadidos, sin fantasía. El viejo se sirvió otro mezcal, bebió el contenido, y suspiró con una mezcla de melancolía suave y felicidad por los recuerdos atesorados.

Se reclinó en el sillón y cerró los ojos dispuesto a dejarse llevar a las agradables orillas de su memoria. Suspiró otra vez, relajado, exhalando todo el aire de sus pulmones, y al respirar de nuevo le llegó un olor penetrante de cempasúchil, como si de repente hubiera caído en un campo de flores, o alguien hubiese cubierto de pétalos frescos su tumba.

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El matasellos de esta postal es del 18 de octubre de 2017, me la envían desde México. Del texto escrito con bolígrafo rojo extraigo esta frase «En México la muerte se toma con humor, como si la existencia no valiera nada». Ahí encuentro yo la belleza, la importancia de la fiesta del Día de muertos, porque la existencia no vale nada, se acaba, se consume dejando un rastro de huesos, pero ahí encuentra su valor, un carpe diem gritado, saboreado, comprendido.

Insomnio

Cada noche, al reposar la cabeza sobre la almohada, llega la corte, en tropel, una verbena agitando sus blasones y banderolas de colores. Aparecen antes de darme una oportunidad para cerrar los párpados, arrasan con mi somnolencia y me dejan la fatiga, el dolor en el brazo izquierdo tras una jornada de hacer siempre los mismos movimientos, las piernas cansadas. No sé por qué me canso. Cada vez ando menos, corro menos, hago menos ejercicio. Me cristalizo.

Mañana el reloj no tendrá piedad, el espejo no tendrá piedad, yo no tendré piedad.

¿Quién me vendió este cuento? ¿Quién me hizo creer en “esto”? Tonterías, deseamos la mentira, deseo la mentira, la verdad es aburrida, insulsa, la verdad duele y es agria, difícil de tragar. Sacrificio, es necesario más sacrificio, un mayor sacrificio para conseguir aquello que se desea. ¡Más madera! Arden poco estas compuertas al infierno, la maquinaria apenas vibra todavía. ¡Más madera! ¡Más madera! Hasta que no quede nada, hasta que el armazón de esta casa y este cuerpo acaben limpios de cualquier adorno, de cualquier cosa que no sea esencial para el avance.

La pastilla para dormir me provoca una nausea y vuelve acuosos mis pensamientos, difíciles de transitar. Los sueños y pesadillas se han replegado, me esperan al otro lado. Respiro. Imito la respiración de alguien dormido y procuro no moverme, procuro mantener los ojos cerrados. Quiero dormir, quiero la falsa paz de unas horas de inconsciencia. ¿A quién quiero engañar? El espacio que ocupo en esta habitación es ridículo. Termino enredado en el sonido de las manecillas del reloj y me pierdo.

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Dreamers, Albert Moore

Hemos perdido el mar

Ahogados por la primera frase de una conversación cualquiera, con los ojos como alfileres, los tuyos clavados en los míos, los míos hundidos en los tuyos. El dolor de tentar la frontera de esa mirada y luego la necesidad del parpadeo, ese cuchillo que te deja en mí con estrellitas de sangre brillando en la oscuridad.

Esta ciudad supura calor para vengarse de nuestro veneno. Huyes y yo también busco una ruta de escape, una lengua agobiante para salir de estas calles, para ganar la costa, el infinito del mar con sus promesas. Los peces de metal se arrastran en un río de brea y humo. Alguien habla a mi lado, pero no eres tú.

Llegamos. Unos extraños suben nuestras maletas en el ascensor de un edificio desconocido a cambio de algunas monedas. Desparramamos el contenido sobre la cama y luego nos preparamos otra vez: toallas, sombrilla, revistas de verano, crema solar, refrescos y algo para picar, quizá también vienen los niños colgando de nuestras manos.

El aire arrastra una sal rancia, reconocible. La arena está caliente, nos abrasa los dedos de los pies, pero ya estamos aquí. Plantamos las toallas, clavamos la sombrilla, repartimos la crema, las revistas y los refrescos, luego callamos. No es una ley, pero todos guardan silencio en la playa.

Más allá está el mar, un mar ausente, de color fangoso, que desciende abruptamente hacia el abismo y nos regala el hedor de peces muertos, de algas en descomposición; un mar que es desierto, desaparecido, sumido por alguna alcantarilla que Poseidón abrió el día de su suicidio.

Hay niños jugando en el linde del abismo, junto a ellos se parapetan algunos hombres con catalejo y ambición de descubridores, excitados con cada esqueleto de barco antiguo o con las grandes naves modernas, varadas e intactas en el fondo.

Esperamos la noche. A nuestras espaldas se enciende la ciudad y el horizonte se vuelve más y más negro. En algún momento alguien lanza un grito anunciando lo extraño. Hay murmullos y otra voz desconocida ordena silencio. Y sí, sí.

Sí.

Escucho el rumor de las olas rompiendo cerca de mis pies, no me atrevo a comprobarlo, nadie se atreve a comprobarlo. La luna se ha escondido y no existen otras luces para irisar la cresta de olas fantasma. Levanto la cara. El cielo parece una enorme extensión de densa tela oscura, capaz de ahogar nuestras lágrimas, nuestros suspiros. Entre las pálidas constelaciones hay estrellitas de sangre dibujando tu nombre.

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Fotografía de Jorge Fernandez Ruiz a.k.a. GonzoBrain

El libro

«Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.»[1]

 

Ya han apagado las luces, y los perros están guardados con las herramientas de labrar. Cuando baja la luna salgo al balcón porque el calor se calma, porque en las calles corren ecos de risa y murmullos bajos de canción de cuna. Huele a jazmín y a hierba regada. Cuando baja la luna se perfila la tinta de estas páginas marcadas con un cordoncito rojo, y yo leo. Leo. Pronuncio el nombre de todos mis muertos, y la luna les trae conmigo uno a uno y les busca asiento a mi lado.

Escuchamos juntos el gemido lento de las ventanas abiertas, de donde se asoman las cortinas manchadas de intimidad. Si alguna brisa mueve las ramas nosotros cerramos los ojos, y soñamos con el rumor de un océano lejano de olas negras. Un barco blanco se pierde en los pliegues de seda, la mar lo envuelve sin despertar ningún grito.

Sigo leyendo. Leo. Leo sobre cúpulas rotas como una cáscara de huevo abandonada en la llanura, con sus ventanas sin cristales, con sus muros de barro bajo un sol ansioso por devorar el silencio. Las cigüeñas han huido. Los hombres tienen las cuencas vacías, donde una vez estuvieron los ojos hoy han hecho su nido el azor y las arañas. Aquí el corazón es un tambor resonando en el espacio vacío, y las venas llevan el rumor de un río oscuro.

La noche avanza. Los muertos ya han vuelto a sus camas, arropados bajo una sábana de polvo y barro. Las flores nacen de la herida de sus calaveras, y esparcen su perfume desde las cunetas. La luna cuelga en lo alto de la iglesia. No hay gemidos lentos ni risas ni rezos ni melodías de canción de cuna para mis muertos.

De abajo me llega la respiración de un millar de cuerpos cálidos, porque la plaza se ha llenado de caballos, con sus cascos les sacan brillo a las piedras y se sacuden el calor mansamente, sin apenas ruido. Huelen a camino y a hombre como el jinete huele a caballo y camino. Me esperan y yo voy con ellos. En la fuente me mojo el cuerpo y me inundo la cara, luego me dejo ir por las calles seguido del sonido quedo de las castañuelas. Se acaba el pueblo, salimos al campo, amarillo cuando hay un sol amarillo, ahora sin color como pelo de luna. Los caballos se asustan de sus pasos enmudecidos, corren, galopan y revuelven esta quietud estéril hasta desaparecer a la sombra de un árbol solitario, viejo olmo de todos mis sueños, inclinado en la orilla de una laguna llena de juncos, ese árbol tiene el nervio quemado por un rayo de plata que rasgó la noche cuando yo era un niño.

Tengo miedo. Tengo miedo porque la nariz se me llena de incienso y los oídos del murmullo de hojas muertas. Tengo miedo porque la espada brilla sobre mi cara y me marca las mejillas con arañazos de cristal. Tengo miedo del percutor y su trueno, de la pólvora que me llega con el incienso y de la bala que despierta una flor carmesí. Tengo miedo del aire que no me llega y del tiempo que ha de pasar, de las sabanas arrugadas y de los espejos. Pero el miedo sí me permite avanzar por el campo que la luna hechiza, reconozco en la hierba crines de caballo blanco, y los arbustos son huesos retorcidos llenos de botones dulces.

Camino y me pierdo. Me pierdo con todo mi cuerpo, con mis pies y mi cabeza, con mis pulmones y mi pelo, con mi lengua, con mis manos. De estas manos ha comido un príncipe de piel de trigo y perfume de tierra. Sus ojos eran dos alfileres de plata y hería mirarlos. Yo le esperé en mi casa, pero llegó turbio, comió, bebió un poco de agua, limpió sus labios en los míos, y se lo llevó la noche en su caballo. Después bajó la luna.

Sigo leyendo. Leo. No. Ya no leo. He cerrado el libro.

No.

No.

Despierto.


[1] Federico García Lorca, Gacela del amor imprevisto (fragmento)