Día de muertos

Los sonidos metálicos corrían por la calle, la banda se esforzaba con las canciones de cada año en una estridencia feliz que se contagiaba con rapidez. Unos niños le golpearon al pasar, vestidos con capa y máscaras de hueso, se disculparon entre risas y salieron corriendo hacia la música. Él siguió en dirección contraria. Abrió la puerta de su casa y la cerró echando los pestillos. Observó el pasillo, largo, fresco y oscuro. Respiró hondo un par de veces, cansado, le dolían las rodillas. Dejó el abrigo, se quitó las botas y pasó al salón, donde se sentó en el sillón con un quejido idéntico al aprendido de su padre.

La pantalla de la televisión estaba apagada y podía ver el reflejo sombrío de la habitación, de sí mismo, un viejito minúsculo con el pelo de plata. El tiempo se lo había llevado todo, a todos. ¿Quién se ocuparía de las tumbas cuando él muriera? Sus hijos no, ninguno de ellos, había perdido la cuenta de las excusas que ponían cada año: el trabajo, los niños, la distancia, el dinero. Él no se quejaba, pero eran demasiadas tumbas para un viejo.

Había pasado todo el día limpiando lápidas, quitando malas hierbas, y deshojando flores de cempasúchil, cuyos pétalos caían como gotas de oro entre sus dedos. Hizo una cruz sobre la tumba que compartían su padre y su madre; otra en la de su hermano, muerto cuando era un niño y de quien no le quedaba ningún recuerdo; se acordó de sus abuelos, a quienes les dejó unas cuantas flores como muestra de cariño; también ayudó a los sobrinos con la de su hermana; por último, visitó a María, cubrió aquel discreto montículo de tierra con tantas flores que el manto resultante se desbordaban por los lados. Encendió velas en todas las tumbas y rezó. Rezó sentado en el trocito despejado donde un día le enterrarían a él. ¿Quién haría ese trabajo a su muerte? ¿Quién cubriría la tumba de María, o la suya propia, de flores? Quizá sus hijos lo hicieran el primer año, quizá incluso se acordasen de sus abuelos como él lo había hecho, pero el resto tendría sus tumbas vacías, uno o dos años después abandonarían incluso el recuerdo de sus padres.

Se levantó y se acercó a la ventana, el muro era grueso y en el hueco abierto había espacio para colocar plantas, pero ahora lo ocupaban los retratos de los muertos, el más antiguo, casi borrado, era de sus abuelos maternos, españoles emigrados a México al inicio de la dictadura de Primo de Rivera, fotografiados con las ropas de domingo frente al muro blanco de su casa; de los paternos no había conservado ninguna imagen; sus padres lucían serios en su retrato de boda; en otra imagen él y sus hermanos posaban muy niños, abrazándose los unos a los otros; por último, María, con sesenta años y el pelo recogido, sentada en un banco el día del bautizo de su primer nieto.

Había dejado un puñadito de pétalos amarillos alrededor de los portarretratos, también pan de muerto, y calaveritas de azúcar con los ojos pintados de rosa y azul celeste. Le dedicó un pensamiento a cada una de aquellas personas, un recuerdo, un recuerdo de un recuerdo, o historias que le habían contado otros y que ya no sabía si las había vivido o imaginado.

Abrió una botella de mezcal y sirvió dos vasos pequeños. Dejó uno frente al retrato de María y se llevó el otro al sillón, se sentó y lo bebió de un trago. El líquido pasó quemándole agradablemente la garganta, pero le supo a cempasúchil y eso le confundió un instante. Se cubrió con ambas manos la boca y la nariz, aspiro, y quedó inundado por aquel olor inconfundible.

En la calle, frente a su ventana, cruzaron a la carrera unos niños gritando y riendo, quizá los mismos con quienes se había encontrado antes. El anciano se quedó mirando en aquella dirección, las llamas de las velas bailaban frente al cristal de los retratos.

Debió quedarse adormecido, porque al mirar la imagen de la tele vio una Catrina a su espalda, un bello esqueleto con los huesos pintados formando una maraña de rosas, vestía ropas de fiesta y lucía esa sonrisa eterna de todas las calaveras. Al mirar con más atención la pantalla le devolvió el mismo reflejo imperfecto de antes, sin añadidos, sin fantasía. El viejo se sirvió otro mezcal, bebió el contenido, y suspiró con una mezcla de melancolía suave y felicidad por los recuerdos atesorados.

Se reclinó en el sillón y cerró los ojos dispuesto a dejarse llevar a las agradables orillas de su memoria. Suspiró otra vez, relajado, exhalando todo el aire de sus pulmones, y al respirar de nuevo le llegó un olor penetrante de cempasúchil, como si de repente hubiera caído en un campo de flores, o alguien hubiese cubierto de pétalos frescos su tumba.

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El matasellos de esta postal es del 18 de octubre de 2017, me la envían desde México. Del texto escrito con bolígrafo rojo extraigo esta frase «En México la muerte se toma con humor, como si la existencia no valiera nada». Ahí encuentro yo la belleza, la importancia de la fiesta del Día de muertos, porque la existencia no vale nada, se acaba, se consume dejando un rastro de huesos, pero ahí encuentra su valor, un carpe diem gritado, saboreado, comprendido.

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Insomnio

Cada noche, al reposar la cabeza sobre la almohada, llega la corte, en tropel, una verbena agitando sus blasones y banderolas de colores. Aparecen antes de darme una oportunidad para cerrar los párpados, arrasan con mi somnolencia y me dejan la fatiga, el dolor en el brazo izquierdo tras una jornada de hacer siempre los mismos movimientos, las piernas cansadas. No sé por qué me canso. Cada vez ando menos, corro menos, hago menos ejercicio. Me cristalizo.

Mañana el reloj no tendrá piedad, el espejo no tendrá piedad, yo no tendré piedad.

¿Quién me vendió este cuento? ¿Quién me hizo creer en “esto”? Tonterías, deseamos la mentira, deseo la mentira, la verdad es aburrida, insulsa, la verdad duele y es agria, difícil de tragar. Sacrificio, es necesario más sacrificio, un mayor sacrificio para conseguir aquello que se desea. ¡Más madera! Arden poco estas compuertas al infierno, la maquinaria apenas vibra todavía. ¡Más madera! ¡Más madera! Hasta que no quede nada, hasta que el armazón de esta casa y este cuerpo acaben limpios de cualquier adorno, de cualquier cosa que no sea esencial para el avance.

La pastilla para dormir me provoca una nausea y vuelve acuosos mis pensamientos, difíciles de transitar. Los sueños y pesadillas se han replegado, me esperan al otro lado. Respiro. Imito la respiración de alguien dormido y procuro no moverme, procuro mantener los ojos cerrados. Quiero dormir, quiero la falsa paz de unas horas de inconsciencia. ¿A quién quiero engañar? El espacio que ocupo en esta habitación es ridículo. Termino enredado en el sonido de las manecillas del reloj y me pierdo.

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Dreamers, Albert Moore

Hemos perdido el mar

Ahogados por la primera frase de una conversación cualquiera, con los ojos como alfileres, los tuyos clavados en los míos, los míos hundidos en los tuyos. El dolor de tentar la frontera de esa mirada y luego la necesidad del parpadeo, ese cuchillo que te deja en mí con estrellitas de sangre brillando en la oscuridad.

Esta ciudad supura calor para vengarse de nuestro veneno. Huyes y yo también busco una ruta de escape, una lengua agobiante para salir de estas calles, para ganar la costa, el infinito del mar con sus promesas. Los peces de metal se arrastran en un río de brea y humo. Alguien habla a mi lado, pero no eres tú.

Llegamos. Unos extraños suben nuestras maletas en el ascensor de un edificio desconocido a cambio de algunas monedas. Desparramamos el contenido sobre la cama y luego nos preparamos otra vez: toallas, sombrilla, revistas de verano, crema solar, refrescos y algo para picar, quizá también vienen los niños colgando de nuestras manos.

El aire arrastra una sal rancia, reconocible. La arena está caliente, nos abrasa los dedos de los pies, pero ya estamos aquí. Plantamos las toallas, clavamos la sombrilla, repartimos la crema, las revistas y los refrescos, luego callamos. No es una ley, pero todos guardan silencio en la playa.

Más allá está el mar, un mar ausente, de color fangoso, que desciende abruptamente hacia el abismo y nos regala el hedor de peces muertos, de algas en descomposición; un mar que es desierto, desaparecido, sumido por alguna alcantarilla que Poseidón abrió el día de su suicidio.

Hay niños jugando en el linde del abismo, junto a ellos se parapetan algunos hombres con catalejo y ambición de descubridores, excitados con cada esqueleto de barco antiguo o con las grandes naves modernas, varadas e intactas en el fondo.

Esperamos la noche. A nuestras espaldas se enciende la ciudad y el horizonte se vuelve más y más negro. En algún momento alguien lanza un grito anunciando lo extraño. Hay murmullos y otra voz desconocida ordena silencio. Y sí, sí.

Sí.

Escucho el rumor de las olas rompiendo cerca de mis pies, no me atrevo a comprobarlo, nadie se atreve a comprobarlo. La luna se ha escondido y no existen otras luces para irisar la cresta de olas fantasma. Levanto la cara. El cielo parece una enorme extensión de densa tela oscura, capaz de ahogar nuestras lágrimas, nuestros suspiros. Entre las pálidas constelaciones hay estrellitas de sangre dibujando tu nombre.

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Fotografía de Jorge Fernandez Ruiz a.k.a. GonzoBrain

El libro

«Mil caballitos persas se dormían
en la plaza con luna de tu frente,
mientras que yo enlazaba cuatro noches
tu cintura, enemiga de la nieve.»[1]

 

Ya han apagado las luces, y los perros están guardados con las herramientas de labrar. Cuando baja la luna salgo al balcón porque el calor se calma, porque en las calles corren ecos de risa y murmullos bajos de canción de cuna. Huele a jazmín y a hierba regada. Cuando baja la luna se perfila la tinta de estas páginas marcadas con un cordoncito rojo, y yo leo. Leo. Pronuncio el nombre de todos mis muertos, y la luna les trae conmigo uno a uno y les busca asiento a mi lado.

Escuchamos juntos el gemido lento de las ventanas abiertas, de donde se asoman las cortinas manchadas de intimidad. Si alguna brisa mueve las ramas nosotros cerramos los ojos, y soñamos con el rumor de un océano lejano de olas negras. Un barco blanco se pierde en los pliegues de seda, la mar lo envuelve sin despertar ningún grito.

Sigo leyendo. Leo. Leo sobre cúpulas rotas como una cáscara de huevo abandonada en la llanura, con sus ventanas sin cristales, con sus muros de barro bajo un sol ansioso por devorar el silencio. Las cigüeñas han huido. Los hombres tienen las cuencas vacías, donde una vez estuvieron los ojos hoy han hecho su nido el azor y las arañas. Aquí el corazón es un tambor resonando en el espacio vacío, y las venas llevan el rumor de un río oscuro.

La noche avanza. Los muertos ya han vuelto a sus camas, arropados bajo una sábana de polvo y barro. Las flores nacen de la herida de sus calaveras, y esparcen su perfume desde las cunetas. La luna cuelga en lo alto de la iglesia. No hay gemidos lentos ni risas ni rezos ni melodías de canción de cuna para mis muertos.

De abajo me llega la respiración de un millar de cuerpos cálidos, porque la plaza se ha llenado de caballos, con sus cascos les sacan brillo a las piedras y se sacuden el calor mansamente, sin apenas ruido. Huelen a camino y a hombre como el jinete huele a caballo y camino. Me esperan y yo voy con ellos. En la fuente me mojo el cuerpo y me inundo la cara, luego me dejo ir por las calles seguido del sonido quedo de las castañuelas. Se acaba el pueblo, salimos al campo, amarillo cuando hay un sol amarillo, ahora sin color como pelo de luna. Los caballos se asustan de sus pasos enmudecidos, corren, galopan y revuelven esta quietud estéril hasta desaparecer a la sombra de un árbol solitario, viejo olmo de todos mis sueños, inclinado en la orilla de una laguna llena de juncos, ese árbol tiene el nervio quemado por un rayo de plata que rasgó la noche cuando yo era un niño.

Tengo miedo. Tengo miedo porque la nariz se me llena de incienso y los oídos del murmullo de hojas muertas. Tengo miedo porque la espada brilla sobre mi cara y me marca las mejillas con arañazos de cristal. Tengo miedo del percutor y su trueno, de la pólvora que me llega con el incienso y de la bala que despierta una flor carmesí. Tengo miedo del aire que no me llega y del tiempo que ha de pasar, de las sabanas arrugadas y de los espejos. Pero el miedo sí me permite avanzar por el campo que la luna hechiza, reconozco en la hierba crines de caballo blanco, y los arbustos son huesos retorcidos llenos de botones dulces.

Camino y me pierdo. Me pierdo con todo mi cuerpo, con mis pies y mi cabeza, con mis pulmones y mi pelo, con mi lengua, con mis manos. De estas manos ha comido un príncipe de piel de trigo y perfume de tierra. Sus ojos eran dos alfileres de plata y hería mirarlos. Yo le esperé en mi casa, pero llegó turbio, comió, bebió un poco de agua, limpió sus labios en los míos, y se lo llevó la noche en su caballo. Después bajó la luna.

Sigo leyendo. Leo. No. Ya no leo. He cerrado el libro.

No.

No.

Despierto.


[1] Federico García Lorca, Gacela del amor imprevisto (fragmento)

Los restos de Roma

Roma arde. Aún puedes percibir el perfumado aroma de sus cenizas en estos patios, las obras se reúnen en un jardín pavimentado y todo está ordenado como si Diana reinase. En la colección de estatuas Maratón está muriendo, su último gesto es de victoria, pero es un engaño. El resto callan, le dejarán morir en el absurdo. Prometeo grita, llora, no es nada nuevo, lleva haciéndolo muchos siglos. El murmullo de Catón se une al coro. Los demás observan, Aníbal vigila a Cesar, pero éste le ignora. Las alegorías y las ninfas no tienen voz, miran sin interés. Cuatro reos custodian un monumento inexistente, a su alrededor ejemplos y más ejemplos de personajes y mitos, ninguno esculpido en la época de la que son ecos. Roma arde.

Las arcadas permiten ver otras salas con obras góticas y fragmentos de estatuas. Una pareja de cuarentones se besa con el mapa entre las manos, más allá un chico joven lee, y a su lado un hombre teclea en el ordenador. Ellos son los últimos héroes, los descendientes de los vencidos, los únicos capaces de ver todavía.

Aquí eres el héroe, el hombre capaz de escapar a la denominación común. Sales de los patios sin mirar ya nunca los cuadros, atendiendo sólo a los espacios vacíos entre los visitantes, porque allí puedes inscribirte tú mismo, en esa nada ignorada, en el hueco del baile de otros, entre las risas y las palabras o cortando el margen de una fotografía descuidada. Un interespacio donde tú puedes resistir, quizá el único punto, el que nadie quiere ni jamás será ocupado. Estás huyendo porque empiezas a ser vulnerable, porque tus sentimientos te traicionan y ya sientes el peso de la ciudad. Sigues las cartas de navegación invisibles y trazas la ruta entre distintas gravedades, cada persona tiene la atracción de un planeta y la dificultad está en no dejarse vencer por ninguna, pues todas las presencias niegan tu protagonismo, como si ya el héroe no fuese nada, un fantasma solitario, el molde crujiente de un cuerpo abrasado durante el incendio. Te resistes y sales huyendo a la noche sin mirar atrás.

Que el espacio se ensanche, que ceda el tiempo su dominio, que bajen de sus pedestales las estatuas y anden.

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Fotografía de Borja Rivero

Hoy no llegará la nieve

Al despertar había un cuervo en mi ventana. No hay nada especial en un pájaro descansando las alas o protegiéndose del frío, pero éste miraba hacia el interior, me espiaba. Nos quedamos mirando el uno al otro apenas a un palmo de distancia, con el cristal entre ambos. Fue un largo minuto, luego graznó y salió volando.

Hace años, cuando paseabas por esta ciudad en diciembre, la nieve te congelaba los pies. No era una sustancia pura tipo cuento de Disney, pero sí abundaba. En ciertas horas del día las calles tenían un encanto especial, los niños chillaban jugando a la guerra y los conductores se lamentaban por los retrasos sin mucho alboroto, encendiendo la radio para entretenerse. Ahora no, ahora no hay nieve. El viento aún es glacial y te corta las mejillas, pero hemos olvidado el crujido blanco bajo las botas. La ciudad sigue sucia y vulgar, inalterable sea primavera, verano, otoño o invierno.

Las luces de navidad parpadean lánguidamente, no evocan ninguna felicidad, cuelgan de las farolas o entre edificios viejos para hacer aún más sórdido lo sórdido, atrayendo la atención sobre los desconchones, las grietas, los socavones, los carteles de ‘Se vende’, las meadas congeladas mágicamente por el hada del invierno, etcétera. Los niños ya no chillan, los conductores la pagan con el claxon.

Al volver a casa he dejado pan seco en el alfeizar de la ventana. Hace frío. No puedo distinguir ningún pájaro en el cielo, tampoco hay estrellas, sólo nubes impotentes, teñidas de amarillo aquí y allá con ese brillo enfermo de contaminación lumínica. Abajo, en la calle recorrida por luces de navidad las familias salen del supermercado, un viejo vomita en la esquina y un adolescente lo graba con el móvil; no muy lejos hay un papá Noel con traje dos tallas más grande, agita desesperadamente una hucha de lata ante los transeúntes y les grita «feliz navidad» al borde de las lágrimas.

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Fotografía de Elena Tejerina Ferreras

Acuerdo periférico

Este es el trato: aceptar el juego de sonrisas caducadas y las butacas de gallinero a cambio de un boleto para participar. La paradoja es conocida. ¿Qué es más “real”, la cara maquillada del actor en escena o tras la función, “libre” y en sociedad?

Tic tac. Tic tac. Tic tac. Error. Responda otra vez. No, conviene reformular la pregunta hasta despojarla de todos sus adornos, hasta revelar ese fondo limpito, huesudo y desagradable, ese “¿Por qué?” primero que subyace a toda cuestión.

¿Por qué?

Este es el trato: continuaremos la farsa un poco más, seguiremos de fiesta en la barriga del behemoth, entre farolillos de papel y copas de champagne, fingiendo ignorar la evidencia del olor y la carne podrida.

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Fotografía de Borja Rivero