Nausea

-Me duele la cabeza- dijo mientras se recostaba en el respaldo de cuero sintético.

Sobre él un techo de yeso con desconchones reflejaba haces de distintos colores. Sintió una nausea escurrirse por su faringe hacia la boca, pero la superó y miró a sus acompañantes. Uno bebía Whisky embobado con la minifalda de las chicas, y Otro se había adormecido a su lado. No le escuchaban. Entonces él comprendió, lo comprendió todo. Se levantó, agarró su chaqueta, apartó a Uno y a Otro sin que hicieran nada por retenerle, luego salió sin más explicaciones.

La luz le desorientó. Amanecía en un bostezo amarillo, habían pasado en el garito toda la noche y no se explicaba cómo.

-Me duele la cabeza -repitió en voz baja.

Metió las manos en los bolsillos y empezó a caminar. Nada cambiaba. Si él siguiera el ritual de todos los días llegaría a casa en pocos minutos, se tumbaría en las sábanas sudadas y por la tarde despertaría con la boca pastosa y algunas llamadas perdidas de Uno y Otro. Quedarían unas horas después y se irían directos al garito.

Tomó otra dirección, cruzó las calles desiertas hasta la plaza mayor, donde algunos padres legañosos hacían cola en la churrería. El hedor aceitoso le devolvió la náusea, pero la superó otra vez y siguió su camino hacia el fin de la ciudad, hacia donde las bombillas revientan con el calor del verano.

Febrero2018

Ilustración de Victor Hugo Ramirez García

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Manzanilla

Hoy he soñado con el sabor de la manzanilla. No de cualquier infusión, no del aroma general, sino de una taza concreta que tomé hace muchos años en un lugar que no ha resistido al olvido. No tengo detalles sobre la cafetería o si la tomé en casa, si quizá me la sirvió mi padre después de comer. Sé que llovía abundantemente, casi de manera tropical. Hacía calor, aún era verano. Yo observaba el agua caer por una ventana o en una terraza. Tampoco recuerdo la taza, pero sí la tetera en que me la sirvieron, de cafetería, metálica, capaz de darle un tinte único al sabor. Todavía me acompaña esa sensación: la tranquilidad de un mundo bajo la lluvia, y el contraste del líquido muy caliente bajando a través de mi garganta. Entonces sentí una de esas brisas rápidas, capaces de cortar el bochorno, casi frías. Entre mis manos había un libro, nada más. Después, la tarde continuó sin dejar más huella en mi memoria.

Enero2018

Ilustración de Victor Hugo Ramirez García