Muere Tomaz Pandur, rey oscuro de la escena

«Moriré valerosamente como recién casado en su boda. ¡Vaya! quiero ser jovial ¡venid ¡soy rey! ¿no lo sabíais, señores míos?» – El rey Lear, William Shakespeare

Tomaz Pandur murió el doce de abril a los 53 años de un paro cardiaco en Macedonia, donde realizaba los ensayos de su última obra, el ‘Rey Lear’. Desaparece con él una manera única de hacer teatro, siempre mirando a través de la sonrisa sardónica de quien conoce un oscuro secreto.

Su carrera estuvo llena de éxitos, desarrollándose de manera internacional desde Eslovenia y pasando por, entre otros, Grecia, Croacia, Macedonia, Italia, Alemania, o recientemente Colombia. Residía en España desde hace pocos años, dónde pudo disfrutar de un gran reconocimiento tanto por parte de la crítica como del público. Aquí el director de escena estrenó ‘Sherezade’, ‘Infierno’, ‘Alas’, ‘100 minutos’, ‘Barroco’, ‘Hamlet’, ‘Medea’, ‘La caída de los dioses’, y por último ‘Fausto’ a finales de 2014. Sin duda a Pandur le atraían los condenados, los oscuros descubrimientos, los descensos al abismo.

La iconografía del director, así como la elección de libretos, respondían a un pronunciado interés por las grandes obras del pasado, sin las cuales no sería comprensible su particular universo. Pandur volvía a los clásicos, pero lo hacía transformándolos en otra cosa, revelando su contemporaneidad al mismo tiempo que dejaba en ellos su particular marca. Sus puestas en escena querían revelar un paisaje íntimo y oscuro, ayudado inteligentemente por soluciones técnicas que sobrepasaban el simple atrezo para convertirse en elementos dialogantes.

La exigencia de Pandur a sus actores no estuvo exenta de crítica, o incluso cierta controversia debida a un punto de vista tan cercano y personal. Sabía, no obstante, convocar lo más visceral en ellos, logrando unas actuaciones íntimas y desesperadas, capaces de atraer el espectador a su universo. Destacan de entre sus trabajos el ‘Hamlet’ más oscuro y visceral jamás representado en España; una ‘Medea’ coronada de espanto (ambos con Blanca Portillo como gran dama); su homenaje a Visconti, esa resurrección de ‘La caída de los dioses’ en las salas del Matadero; y un magnífico ‘Fausto’ con Roberto Enriquez en el papel protagonista.

El universo del esloveno ha sido y seguirá siendo único. Fácilmente reconocible gracias a un marcado estilo noir, Tomaz Pandur ha llevado sus producciones a las profundidades más tenebrosas del hombre, exaltando los instintos ocultos. Pandur insertaba los personajes en una atmósfera oscura y hacía partícipe al público de ese viaje en busca de lo perdido. Su marca personal ha sido una mezcla de inquietud metafísica y atmósfera lúbrica y violenta, que acercaba los libretos a la belleza de lo terrible. Hay algo antiguo, perverso y seductor en todo lo que hizo. Le debemos, no sólo la inquietud, los escalofríos en nuestra espalda o la falta de aliento, sino también la excitación por esos cuerpos entregados al dolor. Pandur jugó siempre a provocarnos con la perversión deseada, haciendo surgir la verdad instintiva y primigenia del hombre en un clima melancólico, donde no llegaba la luz y por tanto todo era permitido. Su particular cosmos estaba al otro lado del espejo, (elemento habitualmente presente en sus producciones) donde el pudor no tenía validez y podíamos intuir la verdadera cara del hombre.

Tomaz Pandur no volverá para tentarnos con lo que no nos atrevemos a desear, ni para mostrarnos el reflejo más oscuro de nosotros mismos o hacernos anhelar la caída sin redención, la sumisión total, y al mismo tiempo esa gloria imposible, esa victoria que nunca llegará. El rey ha muerto y la pregunta se impone: ¿Hay alguien capaz de reclamar la corona negra?

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Madrid, la milla del arte y la monarquía

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

En enero hablamos de Barcelona y su reciente designación cono ciudad literaria, hoy nos fijamos en Madrid por aquello de las dualidades. Si la ciudad condal ha recibido tan prestigiosa denominación, Madrid, por comparar, podríamos considerarla como ciudad museística.

Uno de los grandes problemas de la capital española siempre ha sido la ausencia de un icono que la represente y atraiga interés turístico. No existe un monumento o edificio “incontournable” (imprescindible) capaz de atraer como lo hace Gaudí y la sagrada familia en Barcelona o el museo Guggenheim en Bilbao o incluso la ciudad de las artes y las ciencias en Valencia (no entremos en lo idóneo del proyecto o de la arquitectura) Madrid no cuenta con algo así, pero dispone de un atractivo que ha sabido implementar en las últimas décadas: su potencial museístico.

La pretensión de la ‘milla del arte’ de la capital es similar a la de Berlín, con su isla de los museos y pretende aglutinar en un mismo espacio urbano varios equipamientos dedicados, sobre todo, al arte plástico y visual. De esta milla destacan el museo del Prado, el museo Thyssen-Bornemisza, el museo Reina Sofía y el recientemente renovado museo Arqueológico Nacional. Junto a estos, otros muchos equipamientos públicos y privados, tanto expositivos como galerías de arte, han ido creciendo con ese fin difuso de ofrecer un recorrido cultural de amplio interés.

Durante los últimos años han existido varios proyectos polémicos, como la fundación que Norman Foster nunca se decidió por establecer o el extraño caso del museo de las Artes de la Arquitectura, Diseño y Urbanismo, empeño personal del arquitecto Emilio Ambasz, cuyo estado actual ignoramos.

Sin embargo, existen dos proyectos de gran importancia que sí han madurado, el primero es la ampliación del museo del Prado al Salón de los Reinos (antiguo museo del Ejército y resto del palacio del Buen Retiro) cuya fecha de inauguración se estima para 2019, si bien todavía se encuentra en fase de concurso para elegir el proyecto de rehabilitación más adecuado; eso sí, dentro de unos márgenes presupuestarios bastante reducidos (menos de 90 millones de euros, según las últimas estimaciones) El Salón de los Reinos completaría de este modo el ‘campus’ del museo del Prado, algo que no puede sino revertir en mayor interés para la gran pinacoteca española.

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Pero el gran proyecto (por faraónico), que se inaugurará este mismo año, es el museo de la Monarquía, un espacio de 40.000 metros cuadrados que pretende acoger las colecciones reales. El proyecto ha resultado muy polémico debido al coste desorbitado (160 millones de euros) que ha consumido en un contexto de fuerte crisis económica. Para mayor escándalo, dentro de las colecciones reales se encuentran cuadros tan extraordinarios como ‘El jardín de las delicias’, del Bosco, o ‘El descendimiento de la cruz’ de Van der Weyden, que el nuevo museo reclamó al Prado. El grado de absurdo es enorme, pues la fuerza museística de Madrid tiene su clave en el mismo museo del Prado, arrebatarle alguna de sus obras maestras es una locura absoluta, a nadie se le ocurriría pedir al museo del Louvre que enviase ‘La Gioconda’ a otro lugar. Afortunadamente las negociaciones entre ambos equipamientos llegaron a una solución lógica y las obras citadas, junto a otras de enorme valor, seguirán donde deben estar, en los salones del museo del Prado. En contrapartida, el museo de la Monarquía recibirá otras, que podrá exponer en calidad de préstamo. Todavía cabe cuestionarse sobre la idoneidad de este museo, más allá de su carácter publicitario de cara a la institución, pues como equipamiento cultural no parece a priori muy lógico. Habrá que ver si el tiempo le dota de coherencia.

Madrid sigue promoviendo el desarrollo de su sector museístico y la estrategia es sin duda acertada, pero sigue enfrentándose a un problema bastante grave de valoración con el público patrio. Además de la inversión en nuevos espacios, Madrid necesita establecer un plan de educación y fomento de su riqueza artística, pues de otro modo los madrileños no dejarán de mirar esos suntuosos edificios con desconfianza. Como suele ser habitual, este ejemplo concreto de la capital española es fácilmente extrapolable a todo el país.

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

La Barcelona literaria, Vila-Matas mexicano y Juego de Tronos

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

El pasado diciembre la UNESCO nombro Barcelona ciudad literaria, uniéndose así al selecto grupo que forman otras grandes urbes, como Praga, Dublín o Granada. Sin duda no faltan argumentos, Cataluña es la región donde se aglutina el grueso de la producción editorial del país, el 48.3%. De forma tradicional Barcelona acoge las sedes de las grandes casas de edición, fomentando con el paso de las décadas un vivero de escritores y fundaciones o asociaciones en torno al mundo del libro. El nombramiento, muy buscado por distintas instituciones de la capital catalana, ha sido celebrado con una declaración de intenciones de cara al próximo tiempo, entre otras cosas se pretende fomentar la lectura infantil, obtener fondos para actualizar bibliotecas y crear un congreso internacional de editores. Es una distinción importante para la ciudad, pero sobre todo para los ciudadanos y el conjunto de españoles.

Decir que la realidad editorial de España es compleja seria quedarse muy corto: en los últimos años dos grandes grupos, Penguin Random House y Planeta, han fagotizado la mayor parte de las editoriales españolas, pero con todo sigue existiendo un gran número de pequeñas empresas independientes que procuran un trabajo muy cuidado, ganándose así un espacio en el mercado. El modelo de negocio de las librerías también ha cambiado a consecuencia de las crisis (la económica y la propia del sector), las cadenas imitan ahora el trato personalizado del cliente de la librería de barrio, formando profesionales especializados. Pero la riqueza editorial de España contrasta con cierto desdén institucional hacia creadores y publico. Un sector tan importante y desarrollado no es lo suficientemente aprovechado por la población, cuya relación con los libros sigue siendo distante. Esto se refleja en múltiples aspectos, desde los resultados de distintos barómetros del CIS, los estudios del Observatorio de la lectura y el Libro y sus conclusiones demasiado autocomplacientes, hasta las políticas inexistentes de fomento de la lectura de la última legislatura. Tanto las evaluaciones como las aplicaciones son insuficientes. Por otro lado, las medidas que acaparan la atención de empresas e instituciones públicas son la piratería y el libro digital, dos aspectos a tener muy en cuenta en el futuro del sector, pero cuya importancia dentro del conjunto es mucho menor de la que se le da. Si se continua con esta tendencia, atendiendo a la estructura del sector y olvidándose de creadores y publico, el mundo del libro en España continuara su declive hasta que todo sean lamentaciones.

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Ilustración de Gonzo Brain a.k.a. Jorge Fernandez Ruiz

Curiosamente el nombramiento por parte de la UNESCO pilló a uno de sus escritores mas célebres en México, donde a Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) se le ha concedido el premio Feria del Libro de Guadalajara, uno de los mayores de las letras hispánicas, o directamente el mayor, como él mismo afirmaba al compararlo con el Cervantes y encontrar este ultimo “anquilosado”. A Vila-Matas no le falta razón ni tampoco es el primero en hacer una declaración parecida, los premios literarios españoles (con honrosas excepciones) tienden a premiar más la celebridad de los nombres, las canas del escritor o la estimación de ventas antes que la calidad literaria. Mientras, el futuro de las letras hispánicas sigue engordando con su importancia en el continente americano, los próximos años España se juega el papel que tendrá en ese futuro, esperemos que desde las instituciones tomen las medidas correctas, porque el honroso nombramiento de la UNESCO no será suficiente para garantizar nada.

Vista las tendencias de lectura y visualización actual, en esta ocasión parece oportuno finalizar con una doble cita: en su periplo por México Vila-Matas ha sido invitado a multitud de conferencias y encuentros a raíz del premio, en uno de estos eventos el escritor afirmó que “la inteligencia sirve para escapar de todo aquello nos tiene atrapados. Para crearse una vida propia, personal y atractiva” Cualquiera podría desear ese tipo de vida, pero la inteligencia es una capacidad que debe trabajarse. A este respecto todos deberíamos tener presente la frase de Tyrion Lannister, personaje de la serie Juego de Tronos y de los libros en que se basan: “mi hermano tiene su espada, el rey Robert tiene su maza, y yo tengo mi mente. Pero una mente  necesita de los libros igual que una espada de una piedra de amolar, para conservar el filo”

¡Arte! ¿Arte? Arte… “Arte”

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Noviembre de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

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Ilustración de GonzoBrain a.k.a. Jorge Fernández Ruiz

Todos los años artreview, una de las revistas de arte contemporáneo más importantes, publica la lista de las 100 personalidades con mayor poder dentro del mundo del arte. Como toda lista, siempre encuentra polémica, y el microcosmos del sector devora con avidez los nombres, y produce todo tipo de respuestas en forma de artículos para diversas publicaciones (extranjeras). Galeristas, directores de museo, artistas, curadores y coleccionistas se mezclan en los distintos escaños hacia la gloria. ¿El ganador este año? Iwan y Manuela Wirth, la pareja de galeristas cuya empresa tiene sedes en Zurich, London, New York, Somerset, y pronto Los Ángeles.

Al mismo tiempo, Fleur Pellerin, ministra francesa de Cultura y Comunicación, firmó un decreto cuyo objetivo es limitar la duración de los mandatos de dirección para los principales equipamientos culturales nacionales (museos, teatros etc) algo hasta ahora no regulado.

En Bolzano (Italia) una limpiadora barrió literalmente la obra de las artistas Sara Goldschmied y Eleonora Chiari, expuesta en una de sus salas, incluso tuvo el buen atino de reciclarla. Gracias a su conciencia medioambiental, Dónde podríamos ir a bailar esta noche, que así se titula la obra, pudo ser recuperada.

La casa de subastas Christie’s vendió a principios de mes ‘Nu couché’, del pintor italiano Amedeo Modigliani, por 170 millones de dólares, convirtiéndose en la segunda pintura más cara de la historia, por debajo de un Gauguin adquirido por 300 millones en febrero de este mismo año.

Supongo que el lector se preguntará dónde quiero ir a parar con esta enumeración de noticias, que individualmente merecerían por sí solas un largo comentario. El arte es la expresión de la naturaleza humana, de sus inquietudes, ideas, sentimientos, de la belleza y la fealdad, de lo terrible, el horror, el éxtasis, lo divino… El acento de la prensa generalista, y el ojo del público (reconvertido en crítico gracias a las redes sociales) ignora qué es el arte.

Los artículos dedicados a la pintura de Modigliani no comentan la exquisita sensualidad del retrato, no se molestan en el porqué de ese cuello o de esos ojos huecos, en la deliciosa disposición de la anatomía y toda la historia del arte tras ella. Cada comentario sobre el asunto de Bolzano enuncia los disparates del arte contemporáneo, se ríe a carcajadas de algo que, en realidad, invita a un debate concienzudo sobre la materia de la obra de arte, y que debería mostrar los porqués a los que responde: materiales, situación, imaginario. Los reportajes (pocos) sobre la decisión francesa parecen estar más interesados en los privilegios de estos dirigentes que en la guía de buenas prácticas, donde la medida se instala pretendiendo evitar abusos, dando carpetazo a una tendencia que no sólo ha concebido errores, sino también interesantes aciertos. El público general no conoce Artreview y ni se preocupa de las razones que lleva a esos nombres extranjeros a copar el top100. Todo ello demuestra una triste verdad: la esfera del arte es incapaz de llegar al público mayoritario, que se desentiende no sólo de sus movimientos internos o de su administración, sino también de su esencia. El público no es capaz de identificar la obra de arte y mucho menos de reflexionar sobre ella, es incapaz incluso de sentir. Esto supone un rotundo fracaso educativo y social, revela un desinterés profundo del Estado por educar el gusto, por enseñar a mirar a unos ciudadanos cada vez más ansiosos por la información inmediata o el titular morboso.

La anunciada retirada de la asignatura de filosofía de las aulas es una palada más sobre el futuro del país. El desprestigio de las humanidades y de la investigación científica (la ciencia también es cultura, no lo olvidemos), así como la hegemonía de las ciencias tecnológicas o prácticas está abocado a educar generaciones de individuos incapaces de crítica, reflexión, imaginación e incluso de ciertos sentimientos. La industrialización de la educación está convirtiendo España en un país ignorante de su cultura e incapaz de su disfrute. Además de ser una triste pérdida para el individuo, también es terrible socialmente. Sin la capacidad de detenerse a admirar algo, sin la curiosidad por saber y reflexionar, los individuos egoístas y ávidos de inmediatez, conformarán una sociedad inviable democráticamente. El arte no sólo enseña el disfrute estético, también otorga herramientas para la comprensión de la realidad.

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Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Septiembre de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

«Yo os hablo de un poeta al que no conocéis, de un hombre sin más suerte que la memoria y los libros, dócilmente entregado al arte de la muerte» El fragmento pertenece al poema El viejo poeta, de Juan Carlos Mestre

Tras el “descanso veraniego” (echen mano de hemeroteca para leer los cuentos estivales) volvemos al formato de no-ficción, a Cultura Crítica. Parece lo más lógico echar un ojo a lo ocurrido durante este periodo y es inevitable fijarse en los festivales culturales. El teatro y la música siguen siendo las artes más representadas. Festivales como el de Almagro, Olmedo o Mérida siguen zigzagueando entre lo clásico y lo contemporáneo para ir encandilando al público de cara a futuros proyectos. También en ellos se ponen a prueba obras que luego veremos en la cartelera de las grandes ciudades, o sirven como premio final para aquellas que ya hemos visto. A destacar, entre las muchas propuestas, La Tempestad, texto de Shakespeare y puesta en escena de la compañía gallega A voadora; El príncipe, obra basada en el texto homónimo de Maquiavelo y a quien da vida Fernando Cayo, producida por Talycual; un extraño Socrates de Mario Gas y Alberto Iglesias; y dos Medea, una tras la cual se encuentra Vicente Molina Foix y otra con Aitana Sánchez Gijón de protagonista y el teatro La Abadía produciendo. Esto en lo mejor o más interesante, de lo peor es preferible hablar, al fin al cabo ya pasó y de nada sirve meter el dedo en la llaga.

Donde sí conviene ser más creativamente intransigente es en el terruño. El festival Corteza de Encina al principio fue una iniciativa interesante que confería valor a unos espacios infrautilizados, y se descubría como un brote nuevo en medio del erial cultural del Bierzo veraniego. Sin embargo, edición tras edición el festival no consigue renovarse y sigue apostando por conjuntos musicales regionales, cuya experiencia en conciertos no siempre es profesional. Corteza de Encina carece completamente de una cabeza pensante en su dirección, la figura de un profesional a cargo brilla por su ausencia, tanto que semejante fulgor terminará por cegarnos a todos hasta que Corteza de Encina pase desapercibida. La fundación Pedro Álvarez de Osorio (Quien a la sazón firma los cheques) bien haría en formar un equipo que conciba una edición más interesante para el año que viene, pues si bien un festival provincial (o comarcal) no es malo por serlo, uno provinciano sí lo es, y además aburrido.

Por poner un ejemplo de todo lo contrario (Si bien fue sólo un espectáculo y siempre es más fácil de gestionar) en julio Amancio Prada y Juan Carlos Mestre colaboraron nuevamente con un recital dentro del “Año romántico” de Enrique Gil y Carrasco, en el cual palabra y música se mezclaron junto a los versos del autor berciano, Gustavo Adolfo Becquer y Rosalía de Castro. Tanto Prada como Mestre tienen muchos años a las espaldas y saben cómo alcanzar una buena calidad en sus actuaciones.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Para finalizar me gustaría compartir una experiencia personal. Impulsado por ese espíritu romántico, que supuestamente ahora impregna la comarca, tuve la descabellada idea de adquirir un poemario precisamente de Juan Carlos Mestre. Pensé que sería un recado sencillo puesto que el autor nació en la región y en 2009 se le otorgó el Premio nacional de literatura, no es precisamente un jovencito en sus inicios. ¡Iluso de mí! Más de media docena de establecimientos recorrí (grandes y pequeños) para quedarme como estaba. Además de la decepción quedé algo sorprendido por la parte dedicada a merchandising, juguetes y papelería; prácticamente en todas las librerías las estanterías ocupadas por libros estaban en minoría respecto al resto. Esto no ilustra la tendencia general del sector (al fin y al cabo son negocios y tiene que adaptarse a la demanda), pero es muy significativo respecto al interés y nivel cultural del Bierzo.

Si en otras ciudades ya llevan casi una década en un nivel muy distinto (llamémoslo 2.0) e incluso en varias empiezan a ir hacia una nueva actualización de cara al cambiante mercado (llamémoslo 2.5) en Ponferrada y alrededores la cultura ha quedado estancada en el 1.0, una simple y desapasionada cultura provinciana, carente de curiosidad y con menor juicio. Este es el camino de la decadencia, que llega al colmo cuando ni siquiera se sabe valorar los autores vivos de la región y sólo se glorifica a ese escritor muerto con más nombre que obra.

¿La televisión es cultura? (Segunda parte)

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Junio de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

En el artículo de mayo hablamos sobre la decrepitud de los distintos sectores dentro de la televisión española, la decadencia tanto en la ficción como en la no-ficción patria. Hoy las dinámicas de la programación televisiva centran su atención en despertar el morbo del espectador, una circunstancia que se ha respondido tradicionalmente alegando la oferta como consecuencia de la demanda. Si bien es indudable la existencia de una audiencia respaldando dichos programas, el “amarillismo” se ha ido propagando hacia otros, el caso más flagrante es el de los informativos.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

En este 2015, sin embargo, hemos asistido a un ligero cambio en el panorama televisivo español. Si bien esa “señora de Cuenca” ha sido el tótem sobre el que ha girado la ficción de nuestro país durante casi veinte años, parece que ahora producciones más audaces como Vis a vis, (Globomedia, 2015) o El ministerio del tiempo (Onza Partners y Cliffhanger, 2015) trazan un camino para salir de la mediocridad. Esta nueva hornada de series de televisión se fija en ejemplos extranjeros para crear un producto diferente y comprensible dentro de nuestra sociedad. Si bien no son ejemplos perfectos sí dignifican algo la muy maltrecha ficción española.

No sólo las series son síntoma de esta mejoría, La 2 de TVE cuenta con varios programas de divulgación cultural (científica y humanística) En esta cadena El escarabajo verde lleva muchos años produciendo reportajes y documentales de gran calidad sobre medio ambiente; Pagina 2 es el único monográfico literario de la televisión y saben aprovechar excelentemente la media hora de que disponen; Órbita Laika se ha transformado en un magazín científico serio y entretenido; ¡Atención, obras! muestra el panorama de la actualidad de las distintas artes, tanto dentro de nuestras fronteras como fuera de ellas; para finalizar This is Opera ha cosechando un éxito imprevisto durante los últimos meses gracias a un programa muy dinámico sobre el gran espectáculo de la música. TVE junto con Radio 3 también ha demostrado saber cómo aprovechar su magnífico fondo audiovisual con Cachitos de hierro y cromo. Todas estas propuestas mantienen una calidad extraordinaria con un presupuesto ajustado, demostrando así que otra televisión es posible. Pese a ello, sorprende no sólo el poco interés del público hacia esta cadena, sino lo mal que la propia TVE (siempre zarandeada por los cambios políticos) gestiona los programas de La 1, su canal insignia y donde debería mostrar lo mejor de sí misma. El colmo se lo llevan series como Los misterios de Laura, que mientras es comprada y valorada en el extranjero, aquí tras un lago periplo parece que no volverá a emitirse. Si bien la comedia nunca fue perfecta, sí era una serie bien hecha y alejada de los tópicos imperantes en otras del mismo género. Otro ejemplo sobre este tipo de maltrato se lo ha llevado Alaska y Segura, este 2015, TVE se atrevió a pasar el Late-night cultural de La 2, donde llevaba dos temporadas cosechando mucho éxito, a La 1. La apuesta fue muy bien recibida, pero inexplicablemente la cadena comenzó a maltratar el programa con cambios de horario y cancelaciones absurdas de último minuto.

Si bien TVE poco a poco apuesta, pese a sí misma, (ha quedado claro que ella es su peor enemigo) por un camino diferente, Atresmedia (Antena 3 y La Sexta) procura hacer algo parecido. Quizá ha comprendido la importancia de cambiar para no hundirse, tiene la oportunidad de convertirse en la gran hacedora de series en nuestro país, pero está por ver si sus decisiones le llevan por el buen camino. El caso de Mediaset (Telecinco y Cuatro) es bien distinto. La cadena dirigida por Paolo Vasile ha rechazado presentarse a los Premios Iris otorgados por la Academia de la Televisión, dónde en entregas anteriores crearon nuevos galardones para que la empresa no se fuera de vacío, tampoco se presentaron el fesTVal de Vitoria. La premisa de Mediaset es basar toda su trayectoria en la audiencia. Pero es en esa tiranía del público donde nacen los problemas y germina la homogeneización de la programación televisiva. Pero no sólo Mediaset ha sido la abanderada de este sistema, también Atresmedia e incluso TVE (sin lógica ninguna pues no entra dentro de la competitividad económica por la publicidad) han caído en esa trampa, está por ver si alguna de ellas es capaz de salir de su obsesión, pero aunque hay tímidos pasos hacia otro modelo, el cambio no es fácil.

En últimas declaraciones, la CNMC (Comisión Nacional de Mercados y Competencia) afirmó su descontento con el duopolio Atresmedia / Mediaset. Su análisis se basaba en el reparto de ingresos gracias a la publicad (copan el 90% del total) La CNMC decía estar más cómoda con tres o cuatro jugadores compitiendo por los porcentajes y la audiencia pues dinamizaría el reparto de dinero. Esto, volviendo al tema que nos ocupa, también sería beneficioso para la diversidad y calidad de la parrilla, pues una mayor competitividad fomenta la creatividad, y esta es el factor más importante para construir un medio culturalmente digno.

¿La televisión es cultura? (Primera parte)

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Mayo de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

El debate no es nuevo, pero siempre está de actualidad. Aunque ha dejado de ser la reina debido a internet, la televisión sigue siendo el medio de comunicación más presente en nuestra sociedad, todavía goza de un código comprendido por el mayor número de personas (la adaptación de la tercera edad a las nuevas tecnologías no va más de lo anecdótico) La respuesta a la pregunta debería ser un “Sí” rápido y seguro, pero la dificultad de responder afirmativamente se debe a la gran cantidad de programas de baja calidad o de naturaleza vergonzosa.

Si hoy dudamos o si directamente nos inclinamos hacia la respuesta negativa es por el hartazgo como espectadores ante una programación que no sólo infravalora nuestra capacidad, sino que ha ido homogeneizando los contenidos hasta dirigirse a un único tipo de espectador. Salvo contadas excepciones, en la última década la televisión de España apenas ha cambiado. Se ha “evolucionado” pasando de la señal analógica a la digital y ofreciendo una lista de canales más amplia, pero todo esto sólo se refiere al contexto de la televisión como plataforma cultural, no a la forma y mucho menos al fondo.

Sobre la ficción televisiva, el “gran mal” fue Médico de familia (Globomedia 1995 – 1999) no por la serie en sí misma, sino por la herencia que dejó. Su éxito como “serie familiar” se debió a presentar un plantel de actores representantes más o menos diversos de la sociedad junto a tramas cotidianas completamente blancas. La serie no podía ser criticada porque no molestaba a nadie y a partir de entonces las distintas productoras quisieron imitar esa receta magistral. Se pretendía tener contenta a la “señora de Cuenca” una expresión que se ha usado mucho para hablar de televisión en los últimos años y que ilustra el poco coraje de las empresas y los creadores del medio. A esta tendencia de tramas blancas se fue añadiendo en la última década el progresivo asentamiento de una nueva “raza” de actores de televisión, cuya capacidad interpretativa ha sido mucho menos importante que su atractivo físico. Como resultado, la lista de productos de ficción española durante veinte años no ha sido sorprendente ni innovadora, pero además ha ido deteriorándose progresivamente con guiones toscos y personajes tan masticados que al espectador le resultaría difícil distinguirlos entre una serie y otra.

Pero no sólo la ficción ha resultado decepcionante, en los distintos programas de actualidad (informativos o tertulias) se ha ido abandonando el interés por la veracidad o la crítica profunda, favoreciendo el comentario personal y seleccionando las distintas noticias por criterios casi en exclusiva morbosos. En consonancia con esta tendencia, los programas del corazón (periodismo rosa/amarillo) han ido creciendo en popularidad y traspasando distintas barreras de pertinencia y estilo, hasta presentarse como tertulias pseudo-improvisadas que han llevado el lenguaje y la temática de la televisión hasta unos niveles de zafiedad únicos. A todo ello se le suma la escasez de programas dedicados a la divulgación cultural y científica, atrincherados casi en su totalidad en La 2 de TVE, donde resisten con una calidad muchas veces sorprendente para el poco presupuesto disponible y la poca atención de los niveles de audiencia. Quizá la excepción que confirma la regla la encontremos en los concursos, shows y reality shows televisivos, donde se han ido probando tipos distintos (que funcionan por ciclos) Sin embargo, entre los reality shows se encuentran también los ejemplos más sonrojantes de programas televisivos, su decadencia hasta la decrepitud sobrepasa lo obsceno.

Todo este mal endémico se debe a la obsesión de las cadenas por la audiencia. Esto, si bien comprensible en una lógica mercantil, se conjuga con la conservadora gestión de las empresas, que apuestan poco por lo innovador. Pierre Bourdieu (Francia, 1930 – 2002) en Sur la télévision (Curso del Collège de France, 1996) ya apuntaba esto como causa de la tendencia homogeneizadora de la programación televisiva, que además puede tener consecuencias políticas. En España a la enfermedad de la televisión también ha contribuido el duopolio de Atresmedia y Mediaset, establecido sobre todo tras la adquisición de La Sexta y Cuatro respectivamente. Si bien existe la creencia establecida de que hay una rivalidad entre ambos grupos (y la hay, no nos engañemos) lo cierto es que sus ingresos provienen de la publicidad, la cual se gestiona con relación al horario y las audiencias; al final ambos grupos se reparten las ganancias con bastante ecuanimidad. Estas dos empresas se han colocado como antagonistas, ofreciendo una programación en distintas direcciones y quedándose cada cual con su parte de espectadores. Los bandazos políticos de TVE tampoco han ayudado para crear una televisión pública de calidad, convirtiéndose en una compañía completamente desorientada que apenas sabe hacia donde dirigirse.

Como consecuencia de todas las circunstancias relatadas, responder “Sí” a la pregunta situada en el título de este artículo nos ha causado vergüenza durante muchos años. Más que cultura, la televisión en España ha sido muestra de la parte más vulgar de nuestro país. Sin embargo, en los últimos meses hemos acudido a un leve cambio, un viento fresco que podría significar una transformación sustancial a la larga. Quizá este sea el germen para una televisión de calidad, sobre ello hablaremos más ampliamente en el artículo del próximo mes.

Jorge Fernandez Ruiz, mayo

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz