Entrada Nº 16: la tiranía de lo inmediato

En junio de 2016 publiqué la Entrada Nº15 del cuaderno del autor, ‘Los Idus de Luz de Mercurio’, donde me planteaba unos seis meses de trabajo para reflotar este blog, por entonces algo abandonado debido a los estudios de máster. Ha pasado un año y no he alcanzado los objetivos que me planteé. Desde entonces sólo he publicado en seis ocasiones. Así son las cosas, no hay excusas ni es algo grave, sencillamente a veces resulta difícil. No se puede combatir lo necesario o lo obligatorio si uno desea vivir en sociedad, se debe cumplir para poder disfrutar del tiempo libre. ¿Pero es libre?

Estamos siempre conectados, siempre retransmitiendo nuestra realidad personal vía redes sociales y mensajería hasta olvidar qué es la soledad, mejor dicho, quiénes somos en soledad. El bombardeo de información, el consumo insustancial de dicha información, y la constante compañía superficial otorgan una placidez engañosa, un narcótico. El entretenimiento y el acceso constante a “todo” han tiranizado nuestras dinámicas, la exposición eterna ha elevado las imposturas al grado de guía y regla por el que se mide nuestra vida.

¿Cómo no perderse?

El camino correcto lo encontramos cada vez de manera más habitual en el silencio de apagar el ordenador y respirar tranquilamente, en no hacer nada. Pero la desazón que provoca esta desconexión es tal que no tardamos demasiado en volver a encender el aparato de turno.

Yo, como todos, soy hijo de mi época y padezco este sometimiento (in)voluntario. Pero como artista necesito huir, retomar la soledad y el silencio, sacrificar ese tiempo libre para crear. No es fácil, tampoco antes lo fue, y para los otros cuantificar ese sacrificio es algo incomprensible en su mayor parte; sin embargo, ahora, hoy, el artista debe enfrentarse además a la desconexión, no sólo renuncia a una tarde entre amigos, a ver una película, acostarse con un nuevo amante o pasar tiempo con su pareja. El artista ya no sacrifica lo externo a sí mismo, también debe alejar las dinámicas que conforman su día a día, es decir, debe renunciar a una parte que le conforma y que ya le hace ser como es.

Con esta larga disertación, quizá algo oscura, he intentado explicar el pequeño fracaso de reflotar esta bitácora en seis meses. Pero no abandono, aún sigo aquí y espero continuar publicando poco a poco hasta tomar un buen ritmo, quizá en algunos meses. Quizá.

No se vayan, aún no hemos terminado.

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Tuman Capote, por Steve Schapiro

Entrada Nº15: Los Idus de Luz de Mercurio

Lo sé. No estoy.

Lo siento.

Mi cabeza se la lleva el día a día, el torrente cotidiano, se la lleva la necesidad, se inunda con las obligaciones y se obsesiona con la tinta y los monstruos de siempre, mis oráculos. Aspiro a los espejismos sobre la arena… buscando el dolor. No. El eco de un sentimiento áspero, incómodo. Eso sí. De la sangre también brotan flores, estoy abrevando mis plantas para aromar los pies de esta tumba.

Colaboro en tres proyectos literarios. Escribo la novela. Estudio un master. Trabajo. Hago malabarismos con mi vida social. Leo. Cumplo los deberes que me asignan los monstruos para apaciguarlos, para que bajen el volumen con el Numen. Intento hacer algo con las redes sociales y el blog… sin éxito. Todos tenemos un límite, hasta los caminantes en el desierto.

Estoy satisfecho. No, no lo estoy, quisiera llegar a más pero no soy dueño del tiempo. Es suficiente y me conformo con esa sensación de hacer lo posible. No, no me conformo, me hiede la boca por no gritar las palabras y mis demonios se revuelven inquietos. Pero uno debe aceptar cuánto puede sobrepasar sus limitaciones, hasta dónde tensar el hilo brillante de lo posible. Un poco más y se rompe.

Luz de Mercurio no cierra ni se va, pero está en obras. La actividad seguirá siendo tan descuidada como en los últimos meses. Esta entrada es un anuncio de peligro: atentos a los agujeros en el suelo y la pintura fresca, no os vayáis a ensuciar la camisa; cuidado con las cajas, estamos ordenando, trayendo nuevos proyectos. Vendrán sorpresas. Quizá pronto. Pero quiero ser prudente para que el trabajo valga la pena. Seis meses, medio año, es un lapso digno. Mucho trabajo (que no podréis ver inmediatamente) para asegurar un futuro a este viejo blog que pronto cumplirá 7 años, un futuro corto, pero futuro. ¿Durará? Algunas cosas caen por su propio peso, otras se quedan enganchadas al árbol y en su rama maduran y en ella se pudren.

Es hora de sentarse a meditar, limpiar el polvo y cambiar los muebles. Podéis hurgar entre los trastos viejos del timeline para entreteneros. Siempre es bonito rescatar los juguetes de esa niñez azul.

Última confesión: me gusta mucho el número 15, me recuerda a los idus del pobre Cesar, la mitad de algo y a la vez cierto punto de no retorno, de decisión. Bien, ya hemos escuchado al oráculo y nos sabemos la lección. Mejor hagamos algo antes de enfrentar la siguiente escena del drama.

Damas, caballeros, estas aguas templadas que bañan nuestros muslos llevan el nombre de Rubicón. No se entretengan con su brillo mercuriano, es hora de cruzar. Si pasamos a la otra orilla con la espada en la mano será la guerra, yo lo acepto, empuño el alma de Coriolano. Quien quiera, que me siga.

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Portada de la película Coriolanus, dirigida por Ralph Fiennes (2012)

Entrada Nº14: Un periplo rumano-búlgaro

Hacia tiempo que no emprendía un viaje importante, con ese adjetivo me refiero a grande, a lejos. Y ahora, de pronto, durante once días he cruzado los Balcanes y las llanuras que dejan a sus pies.

Casa del barrio francés, Bucarest. Fotografía de Borja Rivero

Casa del barrio francés, Bucarest. Fotografía de Borja Rivero

Confieso que esperaba una Rumanía distinta, más oriental y aislada; sin embargo, me he encontrado un Bucarest que bajo la lluvia rezuma melancolía por lo que fue y ya no es. En todas las calles se yerguen orgullosos edificios y palacios, uno comprende rápidamente la manida comparación con París, sus edificios tienen una personalidad única y cada uno juega un rol singular, enmarcados dentro de pilas de bloques horrorosos o con su influencia dividida entre la unión soviética y la “apertura” posterior al oeste. Bucarest se derrumba. Los edificios en peligro están marcados con un gran punto rojo en su fachada, si hay un terremoto es posible que se desmoronen como un terrón de azúcar en la lluvia, arrastrando consigo a sus habitantes. Pocos son rehabilitados y en los apartamentos ocurre una paradoja maravillosa, pues si el exterior es gris y desconchado, dentro sus habitantes o los propietarios de los establecimientos se han volcado en hacer de ese espacio algo confortable, en Bucarest las apariencias engañan.

Estación de tren en Sighisoara. Fotografía de Borja Rivero

Estación de tren en Sighisoara. Fotografía de Borja Rivero

Transilvania debería ser gris, oscura, plagada de castillos amenazantes, pero allí donde tocó el imperio Austro-húngaro han florecido pequeñas ciudades con gran encanto germano en su arquitectura y mucho color en sus paisajes. Los trenes aquí viajan a la velocidad de un chico en bicicleta, dando grandes rodeos por vías demasiado viejas, no existe la velocidad, no puede, al menos no en los trayectos por tren. Sinaia debería estar en suiza, una ciudad donde los bosques la rodean desde las montañas y guarda un palacio intacto que recuerda el esplendor de las viejas monarquías. Brasov es tranquila, burguesa, alemana, medieval, no cuesta imaginarse su forma siglos atrás, su gran importancia como cruce de caminos. Para llegar a Sighisoara, más al norte, hay que atravesar kilómetros de campos, salpicados aquí y allá por algunos pueblos donde parece no existir el mundo occidental: casas de madera y chapa que deben enfrentarse en invierno a un mundo blanco y frío, lucían de amarillo otoñal a mi paso por ellas, no había rastro e coches o la miríada de cables que cruzan las ciudades, sino gente sobre carretas tiradas por caballos. Las gitanas brillan con sus miles de colores, sin importarles demasiado el paso del tren. Y al fin Sighisoara, donde nació Vlad Tepes, el origen de la leyenda, y sin embargo aquí defensor y libertario. Luego Sibiu, con su plaza austríaca y sus calles y callejones descendiendo y perdiéndose hasta las murallas y más allá.

Y tras Rumanía, Bulgaria. Tren Bucarest-Sofía, once horas en un vagón con viejas reminiscencias de aquellos antiguos compartimentos de madera. Y el Danubio, grande como un lago, espeso incluso desde la altura del puente.

Bulgaria, tierra de rosas, está orgullosa de su pasado soviético y en parte aún lo anhela, desde su arquitectura hasta su gente parecen más eslavas que los rumanos, la diferencia con mi mundo conocido es algo mayor, pero tampoco demasiado.

En la Catedral de Alejandro Nevski de Sofía incluso me asaltó un momento de estremecimiento, de algo más allá de uno. ¿Lo sagrado? No, lo profundo, porque apela a lo interior, y en esa transición exterior-interior el alma acaricia el mundo y es capaz de comprender los términos abstractos del hombre: gracia, gloria, eternidad… Un instante eterno, como un punto en un plano, y aquí estoy yo, pequeño dentro de una caja desmesurada cuyos muros y bóvedas y cúpulas representan fantasías mil veces narradas, la historia de una creencia, de un panteón asimilado a nuestra genética

occidental hasta lo más hondo; sin embargo, en ese momento parecía nuevo, recién inventado. La luz caía con otra delicadeza, estrellándose en ese templo sobrecargado de mármol, bronce, oro, esmaltes, mosaicos y pintura. Mis pasos me llevaban entre los gigantescos candelabros, donde ya no había espacio para más velas, todas llevaban el nombre de quien alguna vez vivió o más pronto que tarde estará muerto, son un recuerdo o una súplica y el calor de su llama no consume la cena sino la carne. Pero es en el centro de la nave donde me sobreviene el vértigo, no consigo contar los metros de altura de esta cúpula ni los de las cadenas. Cuelgan dos, tres, hasta cuatro series de círculos de hierro fundido como coronas votivas de otra época, donde ahora las bombillas han suplantado el lugar de los cirios. El coro de hombres entona su canto y entonces el templo se hace mundo y mausoleo, porque del Dios reclamado aquí ya sólo restan huesos, los mismos que sostienen la cúpula y están iluminados con los dedos del hombre. Fuera el aire frío de la mañana me devolvió a Sofía y respiré mientras se deshacían los jirones de éter adheridos a mi piel. Dentro de mi esqueleto todavía resuena el eco de algo antiguo, persistente y grave.

Bulevard Tsar Osvoboditel, Sofía. Fotografía de Borja Rivero

Bulevard Tsar Osvoboditel, Sofía. Fotografía de Borja Rivero

Una y otra vez piso la calle amarilla de la ciudad, pavimentada con ladrillos de color dorado, es imposible no pensar en Oz y en Dorothy y por eso mismo no deseo recorrerla de cabo a rabo, por miedo a no encontrar la ciudad esmeralda.

Quizá es un recorrido muy poético, es lo que resta del hilo de mis recuerdos, y estos los gobiernan el estado de ánimo, el corazón bombeando en una u otra dirección. Eso y Cartarescu, el escritor de los colores que pueden morderse y saborearse, el mago rumano capaz de emborracharnos con cualquier delirio.

Caminaba por Galati y Comnita Ruxandra, llegaba hasta la plaza Galati y me adentraba después por las callejuelas silenciosas y doradas de más allá de la calle Otoño, hasta Mosilor. Contemplaba las casas antiguas, con balcones en forma de alvéolo peligrosamente suspendidos sobre las calles, con estucos, acanaladuras y mascarones, con atlas de yeso podrido bajo los arcos. A medida que el sol descendía por el horizonte, el dorado de los muros viraba al ámbar y luego al púrpura, las mejillas y las narices de las gorgonas de los frontispicios lanzaban sombras afiladas sobre una pared entera, las ventanas se llenaban de sangre, y una niña con vestido azul, detenida en el umbral de la puerta de hierro forjado, con lanzas, en su casa, te removía viejos recuerdos, tan viejos que te parecían anteriores a tu llegada a este mundo. Llegué muchas veces, por aquel entonces, a la calle Venera, sin imaginar que allí, en una de aquellas casas grandes, vivía la chica llamada a ser la cosa más monstruosamente bella de mi existencia. Me fascinaba en esta calle el aspecto leproso de unos cuantos talleres y pequeñas fábricas alineados a lo largo de ella. Los habían pintado por fuera con pintura acrílica que en unos pocos años se habían descascarillado y dejaban ver por debajo, en grandes desconchones, el encalado amarillo de antaño. Largas tiras de pintura de un azul chillón colgaban aún como mondas. Más allá venían las cabañas de los caballos en el patio o las casitas de pueblo, coquetas, con emparrados de vid, en cuyo porche había jubilados que pintaban paisajes marinos o naturalezas muertas con lilas sobre un trozo de cartón. Cuando caía el ocaso sobre la calle Venera, las carcasas de los frigoríficos abandonados en el camino, junto a la escuela Silvestru, oxidadas por las lluvias y el rocío, se volvían de un rosa mate, inverosímil, y todo el paisaje parecía artificial. Regresaba a casa henchido de tristeza.” – Los gemelos, Mircea Cartarescu

Entrada Nº13: Naufragios de papel

Mi vida está llena de papeles, no importa que quiera ser ordenado y disponga de al menos una docena de distintos cuadernos donde voy anotando varias cosas, siempre estoy rodeado de un caos blanco y negro. El problema quizá se deba a ese afán de ser ordenado, pues al tener un cuaderno para cada tarea, a veces me encuentro en quién sabe qué lugar sin precisamente aquel que necesito, entonces emborrono el primer papel a mi alcance prometiéndome pasarlo a limpio después. He llegado al punto de llevar siempre conmigo (además del par de cuadernos habitual) un bloc de cuartillas fáciles de arrancar, con la idea de utilizarlas en los momentos de necesidad. Así este intento de ordenación es el origen del caos de mi escritorio, de mi librería, de mi casa. Los papeles se cuelan por todas partes, en la mínima abertura que encuentran, también se mezclan con otros y juegan a volverme loco cuando intento buscar algún texto concreto.

Una o dos veces al año me veo sobrepasado por esta locura de papel y me entra la ansiedad del orden. Entonces clasifico los papeles: los importantes van grapados con notas explicativas dentro de carpetas debidamente etiquetadas, el resto se acumula en un montón para reutilizar o reciclar. Soy de los que aprovechan el dorso de las páginas usadas, y a veces me pregunto si tanta tinta (mi letra es pequeña y apretada) no echará a perder los procesos de reciclaje… por supuesto esto es una broma privada, me divierten las fantasías absurdas.

Hace un mes estuve de visita en casa de mis padres, me propuse ordenar el trastero, y por azares de los muebles unos dos metros cúbicos quedaban ocultos a la vista. Allí apilé con ímpetu de jugador de Tetris diecisiete años de papeles, manuales y libros infantiles. Entre seis y ocho cajas junto a tres o cuatro bolsas. Dejé todas aquellas palabras allí prácticamente emparedadas porque mi lógica me explicaba que nadie volverá a buscarlos hasta el día en que se venda la casa y me toque volver para trasladar esa infancia y adolescencia de celulosa, pero ni siquiera será a otro lugar, lo más probable es que todo vaya al contenedor azul, o al menos los cuadernos y manuales del colegio y el instituto, que ahora esperan allí por pena, por el temor a desaparece un día y no dejar un rastro que otros puedan llorar.

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Burst, por Andre Petterson

Cuando terminé en el trastero me quedé pensativo, de la misma manera en que me sucede los días de fanatismo ordenador en mi propia casa. Estaba sentado en silencio, imaginando que posiblemente mis padres olviden pronto lo que oculta ese mueble entre su lateral y la pared, y si muero antes que ellos no sabrán cómo encontrarlo. Si muero yo antes esta miríada de papeles en mi pequeño apartamento carecerá también de sentido, serán borrones desordenados difíciles de comprender para otros. ¿Qué harán con ellos? Y si mis padres mueren antes ¿Qué haré yo con las carpetas que ellos guardan en sus habitaciones, en el salón y en el estudio? Me parece imposible encontrar el tiempo necesario para enfrentar los documentos, para intentar comprender su lugar, como quien busca el sitio exacto donde encajan las piezas de un puzzle. La muerte desgarra toda coherencia de lo vivido y tras nosotros sólo dejamos un naufragio de papel y huesos.

Entrada Nº12: Autorretrato

                                                                                                       “Que la vida iba en serio                                                                               uno lo empieza a comprender más tarde”

– J. Gil de Biedma

Por algún tipo de razón que no me atrevo a adivinar, desde niño percibo el año como si fuera una montaña. De enero a junio es el ascenso, costoso, las semanas no pasan, se conquistan; julio y agosto son la cima, apacibles, tranquilos; a partir de septiembre todo cae cuesta abajo y uno va perdiendo los días sin saber qué ha sido de ellos. Supongo que las estaciones y la cantidad de horas solares tienen algo que ver en esta percepción infantil que arrastro hasta hoy. Me pasa algo similar con otras cosas, y entre ellas me he descubierto pensando así sobre la edad. Hoy cumplo veinticinco años, y por alguna razón eso me asusta, porque si este último lustro ha sido lento y costoso, me obsesiona la idea de precipitarme contra los treinta si no cuido en dónde pongo los pies. Rarezas que tiene uno, oigan.

Dice Rafael Argullol en su libro Maldita perfección (Acantilado, 2013) que en los autorretratos el ejecutante termina por desdoblarse entre eso que se es verdaderamente y lo que finalmente uno termina por mostrar, una mezcla de verdad, autoengaño e imposturas. La dichosa pregunta sobre quienes somos ha quebrado muchos muros a cabezazos sin hallar casi nunca una respuesta convincente, (añado el adverbio porque conformistas hay en todas partes) Yo tampoco la encontraré, ni siquiera lo pretendo, y sin embargo aquí estoy escribiendo sobre esta circunstancia. Vivimos de paradojas, supongo.

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Veinticinco años no son nada, el despunte de la vida, dirán muchos. Pero ahí está la muerte, respondo yo, y la duda, ese cuervo que picotea constantemente en nuestras cabezas, nada da por supuesto, nos recuerda lo ilógico del final, que puede llegar en cualquier momento pues, además, el tiempo pasa y no vuelve. Para mí y para muchos la incertidumbre resulta incluso dolorosa. ¿Cómo no angustiarse cuando existe la posibilidad de que pese a tu esfuerzo termines en el equívoco? El fracaso y la victoria son hermanos caprichosos que dependen de un millón de enlaces difíciles o imposibles de gestionar uno mismo. Además el tiempo no es infinito, (eso también era una de mis percepciones infantiles, aunque ésta sí la he superado) y las decisiones que tomamos van conformando quienes somos, haciendo imposible esa expresión popular “borrón y cuenta nueva”. Según las escrituras, Dios hizo al hombre del barro, y parece muy pertinente esa sustancia, pues vamos transformándonos por la presión del mundo, adquiriendo formas de lo más diversas. Al final, tras la muerte, seremos por fin la imagen exacta de nosotros mismos, y esa figura resultante sólo resistirá tanto como lo hagan las personas que nos conocieron. Imágenes imperfectas, pero al menos ya difícilmente moldeables. Argullol termina el capítulo dedicado a los autorretratos con la siguiente reflexión «Conocerse y reflejarse son dos caras de la misma aventura. O, al menos, de la misma ilusión.» No, no podemos conocernos, y quizá sea mejor así, porque en realidad nadie quiere mirar una fotografía y reconocerse del todo, tendría algo de monstruoso hacerlo, significaría que somos fantasmas detenidos, estatuas de nosotros mismos. Y sobre el reflejo… bueno, si nos pintamos o nos escribimos, es para comprendernos un poco mejor nosotros mismos más que para abrirnos a los demás, quiero decir, que resulta un ejercicio privado. A veces, y eso es lo magnífico del arte, uno descubre algo sobre su interior que desconocía antes de verlo ahí reflejado.

Veinticinco años, y a no ser que la angustia o una circunstancia me cojan por sorpresa esto es el inicio, pero como en toda novela, posiblemente ya estén aquí los indicadores del resto de la trama, pero habrá tragedias y cambios argumentales, personajes que desaparezcan y otros que lleguen aportando la curiosidad de lo nuevo. No pretendo vivir una ficción ni autoerigirme héroe, villano o victima, pero ya decía Carlos Barral que entre la vida y la literatura, lo segundo es mucho más interesante.

Como en el poema de Gil de Biedma, cuyos primeros versos encabezan este texto, uno está lleno de ambición porque todavía es joven, y de miedo hacia la segunda parte, cuando vaya pasando el tiempo. Y como «envejecer, morir, es el único argumento de la obra», únicamente nos queda seguir adelante, hacia el umbral imposible que todos vamos buscando, o si en realidad pertenecemos a esa enorme caterva de hombres perdidos, absurdos o condenados, al menos deberíamos aprender a salir huyendo con cierta elegancia. Quién sabe, puede que sin rumbo fijo también se llegue a algún lugar.

Entrada Nº11: Silencio, Hopper y adiós

Hace poco me mudé, y entre todas las cosas que se vinieron conmigo, también lo hizo un calendario de Hopper. Lo coloqué donde mejor me pareció, sin mucho reflexionar, pero si en mi antiguo apartamento pasaba discretamente desapercibido, ahora está mucho más presente, de tal manera que desde mi cama lo veo frente a mí, igual que Felipe II tenía ante su regio catre El jardín de las delicias. Salvando las insalvables diferencias, el cuadro del Bosco habla de la carne, del pecado, de la trascendencia y la gloria. ¿Hopper? El americano pinta el silencio y la soledad. Sus obras son maquetas perfectas del mundo, y como tales muestran un instante detenido para siempre. No hay movimiento, apenas vida, es una metafísica plastificada.

Así que este que suscribe se acuesta y levanta cada día con un recuerdo de la soledad más trascendente, de lo imposible de escapar a ella. No me extrañaría descubrirme a mí mismo tomando la postura de los personajes del cuadro de turno, y perder la vista proyectando hacia el infinito un pensamiento blanco. Y de hecho es así.

Hay que admitirlo, la vida imita al arte. Mi nuevo estudio se encuentra en una de esos extraños remansos ocultos en medio de las ciudades. Es excepcionalmente silencioso, y hay luz, mucha luz. Así que me veo aquí sentado, en un sillón color mostaza, con el cuerpo relajado y la mirada oportuna girada hacia el calendario de Hopper. Solo y en silencio. Juego a imaginarme perteneciendo al calendario, quizá si pasase la página hallaría esta misma escena coronada por el título “septiembre”. Estaría yo mismo, absorto en el infinito, lleno de color gracias a la ventana abierta a mis espaldas. ¿Por qué no? Juegos literarios más raros se han visto.

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Y pienso en por qué tantos temen la soledad, en por qué otros la viven como un lujo, pienso en las ancianas (siempre son mujeres) que veo habitualmente comiendo a solas en los restaurantes baratos, algunas con un libro como única compañía. Pienso en mi soledad, claro. No esta de ahora, no la de vivir sin compañía o la de mirar los cuadros de Hopper. Sino esa otra que encharca los ojos de los personajes del pintor, la interior. Es ahí donde se sufren los desengaños, donde la realidad pone los huevos grises del espíritu práctico; de ellos nacerán el sentimiento de lo absurdo, el de lo patético, y el de lo inútil. Porque la soledad no es estar solo en una habitación, la soledad es tener la certeza de que la ayuda no está en camino, que no habrá apoyo necesario al dolor o las flaquezas, que no verás una sonrisa iluminándolo todo o respondiendo a las caricias o las puestas de sol. Es la certeza que revela imposible el amor.

Entrada Nº10: El lugar donde vivimos

Hace unos días vi una exposición del fotógrafo Robert Adams, este texto toma prestado el título de una parte de su obra expuesta. La serie de imágenes en blanco y negro retrataba un ejemplo del paisaje urbano que conforman el centro de los Estados Unidos. Nada de grandes arquitecturas, sino los barrios clónicos de césped a altura perfecta, y las casas de esa gran clase media americana. La vida estable que representa(ba) el gran sueño americano. Eran los años cincuenta, aún había esperanza.

mayoConcretamente despertó mi curiosidad la fotografía de una feria nocturna, con sus neones iluminados, fulgurantemente blancos entre el negro profundo de la tierra y la oscuridad del cielo. Era una de esas ferias ambulantes que se plantan algunas pocas semanas en cada lugar, el tiempo justo para despertar la curiosidad de los ciudadanos, pero dejándoles con ganas de un poco más. Es esta una muestra de cómo se maneja el tiempo y el espacio, en esta ocasión para crear el embrujo de permanente inestabilidad, porque en la excitación de lo inconstante es donde reside el encanto de la feria. Traen lo ajeno a nuestro mundo de todos los días, y lo hacen con la promesa de irse pronto, de no interferir más allá de un corto periodo. Sí, es una gran fotografía, ha perpetuado lo común y lo extraño, el movimiento y la quietud, lo natural y lo artificial. Refleja el cambio apacible y casi desapercibido de la vida cotidiana.

Algunas personas son como las ferias, prefieren el movimiento continuo, quizá porque les imprime energía, quizá por miedo a la quietud, a despertar sus monstruos si encuentran la tranquilidad de la introspección. Otros prefieren anclarse en el terruño, amantes de la estabilidad, comúnmente perezosos o intolerantes ante el cambio y lo ajeno, ellos temen descubrirse equivocados, encontrar algo mejor fuera de sí mismos. Un tercer grupo lo componen quienes entienden los cambios como un reto y la estabilidad como una oportunidad, aquellos capaces de comprender y moverse entre las fuerzas ejercidas por tiempo y espacio. Y por último, entre estos sectores de la población, hay algunos errabundos, despistados hombrecillos con dudas, incapaces de defender ninguna postura, o quizá valientes antisistema. Y todos ellos son/somos paridos por vientres semejantes, arrojados a un mundo parecido, que nos acogerá a cada uno de distinta manera.

Mis primeros dieciocho años fueron entre la meseta y la montaña, pasé tres años en Madrid, y pronto se cumplirán otros tres años desde que estoy en París. Antes de eso, cuando la primera mudanza ya estaba próxima, alguien me aconsejó evitar pasar simplemente por la ciudad, y dejar que Madrid pasase por mí. Sí, los lugares donde vivimos también nos conforman, de la misma manera que lo hacen las personas. Nos cambian. Pero quien me aconsejó olvidó una pista sobre el tiempo necesario. Si uno se abandona, si inhala el aire de la ciudad, si se abre a ella… ¿Cuánto ha de transcurrir hasta ser parte de ese nuevo espacio? ¿Cuándo el lugar donde vivimos se transforma en algo más que un lugar? No es fácil ese “dejar pasar a la ciudad por uno mismo”, significa empaparse realmente de ella, conocerla, sufrirla.

Mi respuesta personal: tres años. Ese es el periodo que yo necesito para “hacerme” a una ciudad, a su carácter, su urbanismo, sus gustos. Tres años para empezar a conocer sus virtudes y sus miserias. Sólo los meses antes de dejar Madrid me sentí allí como en casa, y sólo ahora París parece un lugar habitable, como si todo este tiempo hubiera tenido la impresión de ser un intruso. En parte lo era.

Ahora algo ha cambiado: las falsas promesas que toda ciudad dedica a sus nuevos huéspedes han perdido su encanto; el contraste gris y aburrido, retrato de una ciudad desapacible, también ha sido medido y asimilado; sus habitante ya me han decepcionado tanto como me han atraído. Todavía hay muchas cosas que ignoro o no comprendo, pero ya empiezo a hacerlo, a sentirme con el conocimiento suficiente para resistir, para aprovechar lo posible, para continuar. Quizá sea hora de otro cambio.