El ciervo blanco

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Agosto de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Uno de sus primeros recuerdos era de una mañana durante el solsticio de verano: su madre le despertó apresuradamente y le negó el cuenco de leche recién ordeñada, las cerezas negras y dulcísimas y el pan amarillento untado con manteca. Empezó a llorar cuando ella lo llevaba por los pasillos a escondidas, pero la mujer no hizo nada, ni siquiera le regañó, siguió arrastrándole hasta una salida discreta, donde pagó una moneda al soldado que ya estaba advertido. Para entonces el secretismo había calmado los sollozos del pequeño y la curiosidad silenció su hambre infantil. Salieron a la villa, apenas había nadie en las calles, quienes debían madrugar lo habían hecho un rato antes, el resto preparaba los mendrugos de pan en sus casas o estaban a punto de salir para buscar leche o agua fresca. Llegaron a las cuadras reales, allí su madre le colocó sobre una yegua imponente y ella misma subió tras él, montando como un hombre.

Tomaron el camino principal y luego se desviaron hacia el norte, pronto dejaron atrás las sendas y se internaron en el campo abierto, cruzando al trote un par de millas. Ella acalló las preguntas del niño con frases fáciles y él pronto comprendió, o al menos percibió, la resolución en la cara tensa de la mujer. El resto del viaje transcurrió en silencio.

Se detuvieron a los pies de una colina cerca de las montañas, no había nada allí, la zona estaba despejada y los árboles no se adentraban en el montículo. Su madre le ayudó a bajar de la yegua y le llevó de la mano hacia la parte más alta, allí descubrieron una pequeña construcción de piedra gris, más vertical que ancha, de muros gruesos y vanos pequeños, sin cristales ni contraventanas. Era un edificio austero, sólido, bien cimentado. Años más tarde el niño adivinaría (su madre nunca se lo dijo) la edad de su construcción, una época no demasiado distante, gobernada por otras gentes con una historia y una fe distintas. Posiblemente entonces ya tendría doscientos años y era muy probable que siguiera en el mismo lugar mucho después de su muerte.

Aquella primera vez su madre le conminó a no tener miedo, sin necesidad, pues el niño no estaba asustado, al contrario, deseaba entrar en el extraño lugar y descubrir por qué su madre le había llevado allí. No llamaron ni anunciaron su llegada, tampoco existía una puerta, se limitaron a cruzar el umbral subiendo un escalón, luego cruzaron en tres pasos una mínima antesala hasta la nave principal, larga y estrecha, donde las altas ventanas dejaban entrar la luz de la mañana y el canto de los pájaros. El niño observó con la boca abierta el techo abovedado, una estructura difícil de conseguir, su padre siempre le señalaba la bóveda de la capilla familiar, al parecer una obra maestra construida justo antes de su nacimiento. Si bien la del castillo era mayor y más espectacular, aquel niño quedó impresionado por la sencillez del lugar donde se encontraba y su absurda ubicación. Le divertía estar dentro de un edificio abovedado rodeado de campo bajo el cielo abierto. La sala guardaba todavía el fresco de la noche y la madre le colocó sobre los hombros su propio manto, una prenda blanca de textura dulcísima, la más querida de su ajuar y sin embargo afeada años atrás por una brasa caprichosa. Tras unos instantes se acercaron a la parte más alejada de la puerta, allí les esperaba un altar sencillo, sin símbolos. Sobre él había un cuenco de madera y un cuchillo largo de siega con empuñadura de plata.

La mujer se arrodilló, bajando la cabeza y apoyando las palmas en el suelo. Musitó unas palabras, unos nombres desconocidos para su hijo, exóticos; él quiso preguntar pero la atmósfera inspiraba silencio, tranquilidad. Su madre no tardó en terminar las oraciones, luego miró al pequeño, le besó las mejillas llamándole “tesoro” y “regalo”. Le preguntó si la quería, el niño empezaba a estar nervioso por la situación, pero respondió lo obvio, ella sonrió, le agarró con fuerza del antebrazo y cogió el cuchillo sin dudarlo. El niño vio con horror cómo su madre acercaba el utensilio a su pequeña mano, le pinchó la yema del dedo corazón y una solitaria perla de sangre brotó al instante. El niño lloraba e intentaba liberarse, pero ella estuvo concentrada en la gota escarlata hasta que cayó sobre el cuenco, lleno ya a la mitad de leche. Entonces la madre soltó a su hijo, tomó el recipiente, lo elevó hacia las dos ventanas abiertas al frente y murmuró un brindis extraño. Bebió el contenido de una sola vez y luego dejó sobre el altar la escudilla vacía. El pequeño chupaba con fruición el dedo herido, pero no se había movido de su sitio. Ella volvió a coger el cuchillo y le pidió al niño un mechón de su cabello. Tardó un poco en ceder, pero al final inclinó la cabeza hacia su madre y ella le cortó dos de sus rizos, los dejó sobre el cuenco y luego, sin más ceremonias, ambos salieron del edificio.

A su regreso el rey se encontraba al borde del pánico. De la rabia acumulada durante todo el día cruzó la cara de su mujer con un sonoro golpe. Ella cayó al suelo sin hacer ningún sonido, pero el niño empezó a llorar y el monarca hizo llevar a su familia hasta las alcobas; allí, a gritos él y ella en susurros, se increparon lo ocurrido. Por primera vez en su vida el príncipe entendió el origen de su madre, porque su padre hablaba de secuestro y ella le reprochó la tradición del reino, pues había sido raptada con dieciséis años sin preguntas ni permisos, el rey tomó lo deseado y la familia de la mujer nada pudo decir. El hombre volvió a golpearla cuando sus explicaciones no le satisficieron. Ya había cumplido su deber al darle un heredero, dijo ella, y mucho más. La frase dio por finalizada la discusión.

Al año siguiente todo se repitió: la reina despertó al niño en el solsticio, le llevó a la misma capilla en lo alto de la colina y realizaron el ritual. A la vuelta el padre volvió a golpear a la mujer. En la quinta ocasión, cuando el niño debía cumplir diez, el rey encerró a su mujer en la alcoba y allí pasó el día, llorando y aporreando la puerta, implorando por su libertad. A medianoche finalizó el castigo preventivo, pero ella ya no lloraba, no suplicaba, tenía los ojos rojos de tristeza y resignación; madre e hijo durmieron juntos, acurrucados en la cama hasta el amanecer, cuando el niño despertó para descubrir que ella había desaparecido.

La desesperación del rey en su búsqueda, pues realmente amaba a su mujer, le llevó a descuidar el gobierno, durante años hubo jinetes recorriendo los distintos territorios, pero no hallaron rastro alguno ni persona que la hubiera visto. Se creó una pequeña leyenda acerca de la reina desaparecida, de su espíritu melancólico en torno al ala oeste de la fortaleza. Lo intentó muchas veces, pero el niño nunca pudo ver aquel supuesto fantasma.

Cuando tuvo la edad de montar el príncipe escapó para visitar el viejo templo, se perdió en el camino en varias ocasiones, pero al final su caballo fue más intuitivo y lo llevó hasta la colina. Entró en el edificio con cierta reverencia, casi esperaba encontrar a su madre arrodillada junto al altar, no fue así. Permaneció dentro unas horas, inspeccionando el lugar. Descubrió una talla al otro lado del altar, estaba muy desgastada, pero podían distinguirse varios leones, ciervos y aves, todos juntos, tranquilos, en torno a una mujer desnuda con el vientre abultado y actitud pacífica.

El chico volvió en el solsticio de aquel año, sobre el altar descubrió el mismo cuenco, esta vez vacío, y el mismo cuchillo. Asombrado (en su otra visita los objetos habían desaparecido) se cortó varios rizos de su cabeza y los dejó dentro del cuenco. Al salir del templo pudo ver a lo lejos un enorme león de montaña, echado al sol. Lo observó durante cierto tiempo y la bestia también permaneció vigilante mientras el príncipe toqueteaba su arco, no llegó a disparar.

Transcurrió una década tras aquel solsticio, cada año el príncipe acudía al templo y realizaba el ritual, al salir invariablemente se encontraba o bien un ciervo o bien un león o un ave rapaz, vigilándole desde la distancia.

En una primavera especialmente lluviosa su padre murió en el bosque, envenenado por una serpiente mientras aliviaba sus necesidades. El príncipe se convirtió así en rey. Durante muchos solsticios olvidó el viejo templo y los animales, se hizo cargo del reino y tomó una joven esposa, saltándose la tradición del secuestro. Aquello le valió una revuelta y padeció la miseria de una guerra intestina durante muchos años, al final logró la paz con un tratado frágil, temporal.

Temeroso de su posición debilitada y de la posibilidad de otra revuelta, el rey envió emisarios en las cuatro direcciones del mundo para atraer a curanderos y magos, pues su reina no podía tener hijos. Ninguno satisfizo sus demandas, algunos proponían tratos nigrománticos y rituales extraños, imposibles de aceptar. Entonces las viejas matronas llegaron al castillo y le contaron el viejo cuento del bosque sagrado, de un rey obtuso que lo taló y construyó allí su castillo y su capital, de la maldición de la diosa Madre sobre quien gobernara el lugar. El rey entendió. Las matronas también le relataron la historia de su madre, quien únicamente había dado a luz pequeños cadáveres. Desapareció un día al amanecer y volvió con las manos manchadas de sangre. No reveló nada de lo ocurrido, pero esa misma noche quedó preñada y nueve meses después nació un niño fuerte y sano.

Al día siguiente el rey volvió al templo sobre la colina. No fue en solsticio, pero allí estaban el cuenco y el puñal esperándole. No supo qué hacer, observó con cuidado la talla del altar durante mucho rato y finalmente salió fuera en busca de alguna pista. Un pequeño ciervo blanco le esperaba a la entrada. Su cercanía asustó al rey, quien armó su arco con un acto reflejo. En lugar de correr espantado, el venado le miraba con tranquilidad, sin inmutarse. El hombre no tardó en sentirse seguro, se acercó y acarició su suave pelaje con una ternura redescubierta ahora tras años de guerra. El ciervo descendió la colina y se dirigió hacia el bosquecillo, volviéndose hacia el hombre cada vez que éste se detenía. Llegaron junto a distintos zarzales y de entre todas las frutillas el animal eligió las bayas venenosas. El rey quiso detenerle, espantar al venado, pero se mantuvo firme, rumiando los frutos sin prisa. La luz declinaba sobre el tejado del edificio, ahora el hombre sabía qué debía hacer. Volvió allí, recogió el cuenco y el puñal echando un último vistazo al relieve. Fuera el ciervo le esperaba acostado sobre la hierba, pero el hombre no quiso terminar lo necesario. Se sentó junto a la criatura y le acarició durante mucho tiempo, hasta que el veneno empezó a ponerle nervioso y provocarle movimientos involuntarios y violentos. Lo hizo rápido. Abrazó el ciervo, tan manso como un corderito, y cercenó su cuello de un tajo. La sangre caliente no tardó en llenar el cuenco y derramarse por todas partes. Poco después el cuerpo del animal dejó de temblar, se quedó muy quieto, con la mirada vacía.

El rey cargó el animal hasta el templo y lo dejó frente al altar. Luego tomó el recipiente e hizo el mismo brindis que viera hacer a su madre años atrás. Bebió el espeso líquido de un trago, sin respirar, y cuando terminó, ya manchado de sangre hasta el alma, descubrió en el lomo del ciervo una mancha negra, como si una brasa caprichosa hubiera caído sobre su piel.

Cérvido fin

Ilustración de Adrián A. Astorgano

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Jorge y el dragón

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Julio de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Se colocó el yelmo para proteger su cabeza y avanzó con los chirridos propios de los caballeros armados. Cruzó el pueblo de manera solemne, con el viento agitando su capa, nadie salió a despedirle con fiestas o vítores porque no era el primero ni sería el último; pasó por las plazas y las calles observado por los aldeanos con el suficiente respeto para dejar la burla en la comisura de sus labios.

También el conde y su chambelán espiaron el recorrido del caballero. Ni siquiera sabían su nombre, lo había proclamado al llegar pero ninguno de ellos podía recordarlo. Tampoco parecía grave, el conde juzgaba absurdo ese pequeño detalle, nadie vendría a visitar su tumba, el nombre cincelado era lo de menos. Fue el tercer guerrero del año, el decimoctavo desde que el conde tenía memoria.

Aquel soldado se subió a su caballo y dejó pronto el pueblo muy atrás. Conocía los pensamientos del noble y su sirviente, sabía cómo pensaban los aldeanos; le producía cierto regusto amargo en el paladar saberse solo cuando luchaba por ellos. Quizá alguna vieja rezaría por él en la iglesia, pero no podía esperar mucho más. No importaba, sus actos le llevarían a la gloria. Luchaba por la gloria, no por ellos.

Cruzó la vaguada, salvó el río y dejó a un lado el camino internándose en los pastos que cruzaban el monte y se dirigían a la montaña. Avanzada la tarde divisó las ruinas del antiguo castillo condal, ruinoso recuerdo del encanto pasado. El musgo había invadido las piedras, desmoronadas creando fantásticas arquitecturas mordidas por el tiempo.

El caballo se puso nervioso al divisar aquel esqueleto de piedra, el guerrero palmeó su cuello para infundir ánimo en el animal, luego observó en derredor, sin encontrar rastro del dragón. Avanzó hacia el castillo, algunos en el pueblo decían que se guarecía allí, pero el caballero no lo creía; al fin y al cabo, los dragones solían atacar a cielo abierto, donde maniobraban con mayor facilidad.

Pasó muy cerca de la puerta del castillo, cuyo rastrillo destrozado parecía la boca abierta y desdentada de un pobre moribundo. Incluso el hedor que surgía del interior se asemejaba al de los cadáveres descomponiéndose. Dejó el castillo y avanzó al trote por los montes bajos, donde los arbustos eran mucho más numerosos y apenas sí nacían árboles.

Escuchó un siseo de advertencia. El caballero, preparado, colocó la lanza en ristre e hizo que su montura corriera en derredor. Estaba cerca, le estaba observando, agazapado para atacar, lo sabía pero podía verle.

El golpe vino de improviso, algo le sacó con violencia de la montura, arrojándole contra las rocas aparatosamente. La lanza salió disparada, el caballo relinchó fuera de sí mismo y corrió al galope unos metros, pero una forma enorme apareció frente al animal de la nada. El hombre vio por primera vez en su vida un dragón, medía más de veinte pies de la cabeza a la cola y sus alas tenían una envergadura sin igual, su cuerpo, recubierto de escamas esmeralda, refulgía con la luz del atardecer. La criatura lanzó varias dentelladas al aire y el caballo se encabritó antes de ser aplastado fácilmente bajo la enorme zarpa del reptil. El espectáculo de vísceras y sangre a punto estuvo de hacer vomitar al caballero.

El dragón levantó la pata y buscó con sus ojos rojos al hombre, cada vez más aterrado. La idea de aquella boca repleta de dientes sonriendo le pareció espantosa, pero era sí, el dragón sonreía: abrió la boca, chascó otra vez los dientes, se irguió para demostrar toda su estatura y por último, para aún mayor asombro del guerrero, habló.

–¿No sois capaces de aceptar la derrota?

El hombre parpadeó asombrado, había escuchado historias acerca de los prodigios de aquellos seres, además se había enfrentado a dos pequeñas sierpes, unos enemigos feroces que se defendieron bien y le dejaron cicatrices considerables, pero nunca habían articulado nada más coherente que un silbido o rugido.

–Vaya, un caballero lento –añadió la bestia, que parecía divertirse– En vez de tanta espada y violencia deberían poneros algo de inteligencia ¿No?

El hombre no tuvo ya ninguna duda, el dragón hablaba.

–¡Por la sangre de Cristo! –juró, levantándose y sacando el enorme mandoble con empuñadura en forma de cruz– ¡Ríndete, monstruo! ¡Abandona estas tierras!

Un sonido gutural surgió de la garganta del dragón, eran carcajadas:

–Pequeño humano… Decidme ¿Qué mal hago con mi modo de vida? Devoro alguna oveja o vaca cuando aprieta el hambre, pero poco más…

–¡Aterras a los honorables ciudadanos!

–He de reconocer que eso me divierte, sí –dijo recogiendo sus alas sobre el cuerpo, no parecía dispuesto a atacar.

–¡Abandona estas tierras! –repitió algo confuso el hombre.

–Sois plomizo, verdaderamente. Iros u os mataré como a vuestro caballo.

–¡Me acompaña la gracia de Dios! No os temo, bestia.

En ese momento la zarpa del dragón señaló pesadamente una pila de yelmos abollados con costras de sangre seca.

–A ellos también les acompañaba.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral del soldado. Se planteó huir por un momento, pero su honor se lo impedía, sus principios, su juramento, la esperanza de encontrar la gloria obrando un imposible. Aferró la empuñadura del arma con fuerza, calibrando su peso, y dispuso los pies para el ataque. Nada de eso pasó desapercibido para los ojos del dragón, que enseñó los dientes, grandes como puñales y chascó la lengua con desprecio.

–Has elegido la muerte –gruñó el reptil, abriendo las alas de tal manera que levantó una ráfaga de viento e hizo trastabillar a su enemigo. El monstruo se lanzó sobre él y, sorprendido por su velocidad, el caballero apenas tuvo tiempo de echarse a tierra y rodar. Lanzó un corte a ciegas segando el aire, pero no acertó. Una pata del dragón le arrancó el yelmo y lo lanzó contra las rocas, donde quedó incrustado. La bestia trotó, se alejó en la campiña y el guerrero, ya recuperado, le siguió con la espada preparada; entonces el dragón se volvió y deshizo el camino andado con las garras por delante. El hombre adelantó el arma y en el último momento fintó y cortó al dragón en un muslo, superando la protección de escamas. El reptil aulló y lanzó la enorme boca hacia quien le había herido, el golpe empujó al humano entre las rocas y aquella caída le salvó de ser partido en dos por la poderosa mandíbula. El dragón corrió de nuevo, se alejó, se alzó en el aire y aulló hacia el sol del ocaso. Luego, con toda su furia se precipitó contra el enemigo, sus zarpas fueron rechazadas por el mandoble, y el caballero pudo responder con sorprendente habilidad, pero la fuerza del dragón le agotaba rápidamente. El guerrero sabía aprovechar su velocidad y aprovechó un descuido para colarse hasta quedar bajo la bestia. Quiso clavar el arma en el abdomen, pero falló. De pronto perdió el equilibrio, la cola del dragón le tiró al suelo y no pudo sujetar su espada. Una pata enorme le aprisionó contra el suelo con fuerza y esta vez tuvo la enorme cabeza de la bestia a un par de palmos de la suya, los rasgos del reptil estaban fruncidos en una expresión de asco.

–Sois una raza presuntuosa y débil –dijo con su voz abismal. Entonces agarró al caballero y le alzó hacia el cielo como un juguete. El hombre sintió su estómago encogerse, alcanzó la altura de una torre de homenaje y cayó por efecto de la gravedad, estrellándose contra los pastos, rodó y quedó boca arriba consciente, vivo, pero dolorido. Se mantuvo un momento así y al erguirse pudo notar un dolor agudo y penetrante en el torso, tenía al menos un par de costillas rotas. La armadura se había aboyado en el abdomen y le impedía respirar. Se la quitó sin otro remedio posible, deshaciendo las cintas de cuero con torpes gestos. También había perdido las protecciones de las piernas y tan solo le quedaba metal en el brazo del arma y en el hombro izquierdo. Sangraba por una pequeña herida en la cabeza.

El dragón se elevó como un ave inmensa y majestuosa. El caballero sabía que aquellos eran sus últimos momentos con vida, corrió al ver el brillo rojizo del sol sobre el arma cercana mientras el dragón le perseguía desde el aire, lanzándose como un cometa sobre él, un halcón cazando una liebre. Abrió las fauces, dispuso las garras, ya tenía al caballero a punto, pero este se echó al suelo sin protegerse de la caída, recogió aparatosamente su arma en el último momento y se deslizó de nuevo bajo el dragón, cortándole en el pecho. El reptil se revolvió, golpeó al hombre con las alas, le desgarró la pierna de un zarpazo y le lanzó hacia arriba con otro golpe. Esta vez el soldado cayó sobre el lomo del dragón. Había sujetado el arma por una casualidad del destino y se mantuvo como pudo sobre la bestia mientras ésta se movía nerviosa para quitarse aquella molestia. Inspirado por el afán de supervivencia el caballero se aferró al nacimiento del ala, intentó incorporarse lo justo y falló varias veces. Cuando vio la oportunidad agarró el arma con ambas manos en un último gesto posible, y en la ondulante superficie del dragón clavó con todas sus fuerzas la espada hasta la cruz.

El alarido del monstruo fue brutal y reverberó en la montaña, quebrando la superficie del lago, llegando incluso a los oídos del conde, del chambelán y de todos los aldeanos, erizando el vello de sus nucas, despertando el llanto de los niños.

La bestia rodó, herida de muerte, se arrastró por el campo intentando escapar, pero las fuerzas le abandonaban con prisa mientras la sangre brotaba de la espada como si fuese una fuente. Su asesino había caído junto a él, exhausto, destrozado por la batalla, sin conocimiento. El dragón le miró con tristeza, con debilidad, finalmente se tumbó, mareado, y observó el cielo azul oscuro.

–Seremos olvidados –musitó jadeando, abriendo y cerrando los ojos una y otra vez– todos nos olvidarán, todo se perderá… como si las estrellas se apagaran una a una hasta dejar el cielo vacío y negro…

Chascó los dientes, tragó saliva y exhaló todo el aire de sus pulmones. No volvió a respirar.

Al día siguiente las gentes del pueblo, dirigidas por el conde, encontraron al dragón muerto junto al cadáver del caballero. En su último intento por encontrar un apoyo para levantarse, la mano del hombre había quedado atrapada entre las espinas de un rosal, cuajado de flores tan rojas como la sangre de los dos combatientes, derramada en gran cantidad, mezclada en la tierra en una sola sustancia rubí.

sanjorgefin

Ilustración de Adrián A. Astorgano

Anamorfosis

Los sagrados objetos volvieron sus ojos, y coronada de torres la Madre en la estigia onda a los pecadores duda si sumergir.[…] Ira su rostro tiene, en vez de palabras murmullos hacen.” – Ovidio, Las Metamorfosis

De la materia que forma la cosa habrá alguna ensoñación en el hombre que la admira: el tacto de los pechos de una mujer, del sexo del hombre, del músculo tornado del joven, de las carnes débiles de la anciana. ¿Cruzará el umbral de la decisión? Si la cifra que forma su nombre aún no ha sido pronunciada, si aún no se han encontrado las metafísicas que creen el esbozo de la sombra, si la teología no se ha contemplado aún, lo que es cosa no pasará la frontera de la materia bruta. Para lo contrario está él, ese hombre que observa el mármol, el cadáver tendido, la arcilla deshecha. Él, sin saber nada, ya piensa en un cuerpo que sólo es idea.

¿Quién es ese hombre de mirada perdida? Uno y múltiple a un tiempo. La soledad le rodea, los arcanos volúmenes llenan las paredes de su cuarto. Medita, le vemos especular, le sentimos pensar en el Cratilo, en los poemas modernos, en la moral de los medios… Quizá esté sentado en una silla sin hacer nada, o puede que camine por las calles mojadas, entre la peste arremolinada en las esquinas; también cabría la posibilidad de encontrarle sumido en el rezo, con El Nombre apuntándose en sus labios, sin pronunciarlo por miedo a la blasfemia; no, no lo pronuncia pero su boca lo dibuja sin sonido. Quizá es ese el empujón necesario, el último impulso hacia la condena. Está perdido, su propio nombre no aparece porque no tiene significado, se siente indefinido y busca lo más físico que pueda existir, busca un cuerpo que él no posee, un sustituto de sí mismo.

¿Qué canto triste inspiró a ese hombre taciturno a ocuparse de la tarea? Si la inacción fuese, en verdad, la forma de la razón, si la prudencia hubiera inspirado sus pasos, no habría puesto la mente en el cuerpo y el nombre en los labios. Nunca se sabrá cuál fue la idea que le llevó a dibujar al hombre, la que le hizo pensar en la anatomía del ser-hombre. Quizá haya sido el temor a los propios cuidados, el temor a la intimidad absoluta que devuelven los espejos. El cuerpo propio ya no es cuerpo sino una cosa distinta d incomprensible.

Todo comienza. Sus largos dedos moldean la forma sin presionar con las yemas, como si temiesen dejar demasiado de sí mismos en el rastro de la materia. El creador no toca, acaricia la obra. Poco a poco surge un cuerpo, se anuncia una forma que es posible diferenciar, se cose el tendón al tendón, se une hueso al hueso, se resquebraja lo sobrante y cae junto a la escoria. ¿Qué suerte ha tenido ese despojo para no ser parte de la cosa? No hay respuesta. Si alguien mirase por una ventana vería al doctor, al forjador de hombres y le pensaría como un Prometeo nuevo, como un genio soberbio que no aprendió de la historia.

Lo creado va tomando forma: primero no es nada, no tiene conciencia alguna, ni siquiera es una idea; únicamente se trata de un montón de material amorfo y sin sentido. Pero el cincel trabaja, la aguja cose, las manos moldean y poco a poco aquí nace un vientre, allí se dibuja un brazo, el pie se cose a un tobillo huérfano. El monstruo se va creando. Comienza a existir cierta coherencia, y algo cree ver ese loco que lo forma: un calor quizá, dentro del cuerpo frío. Cree en el latido imaginario y continúa trabajando como quien trabaja en sí mismo. La forma finalmente sale del molde imaginado. Exhausto, el creador lo observa con cierto temor, con un amor infinito y con la ignorancia de lo que ha de hacer después de aquello.

Se abandona el martillo, deja la aguja y también esa quintaesencia que no es más que barro mundano. Se aleja, duerme o reza, y en sus sueños le persigue eso que tiene ante él, lo que le espera observando desde un pedestal. La estatua vigila su sueño, el cadáver de cadáveres espera en la cama, sumido en una alucinación igual que él. Despierta el creador, eleva los ojos del libro donde busca la palabra de su dios. No ha encontrado descanso, pero sí resolución.

Recuerda el numen y no se lo explica. La forma le espera paciente en su incapacidad para ser otra cosa; de pronto, los objetos serán algo más que hermanos en esencia. El rabí escribe las letras, el doctor acciona las palancas, el rey reza entre lágrimas. El conjuro se cumple como si fuera un trámite necesario, si Dios está mirando ya ha firmado la sentencia. ¿Quién habrá que sepa si su aprobación se debe a la ira o a la curiosidad sobre lo monstruoso?

Un murmullo recorre la sala, se queja la piedra, la garganta seca. El gato del rabí huye de terror y los sirvientes del rey gritan asustados. El creador observa tan espantado como admirado. Lo inerte abre los ojos y el mundo se hace, toma forma: ¿cómo verá esa cosa artificial que murmura? Sus ojos tallados se mueven, los óculos vítreos giran espantados. ¿Será capaz de tener recuerdo ese cuerpo moldeado desde la nada? ¿Tendrá conciencia de las manos cálidas, del dolor de la aguja, de la agresividad del cincel?

El pálpito que el creador creyó encontrar en lo muerto ahora se hace evidente: el calor aparece, lo monstruoso se ha hecho, al fin, hombre. Un hombre corrupto, una parodia, un algo patético que llamaría a su creador padre si supiese asociar palabras en su cabeza, si supiese entender qué es lo que ha de hacer. Pero no puede.

El creador cae de rodillas, tiritando, se lamenta en alto, grita. ¿Qué ha hecho? ¿Qué aberración le ha llevado a semejante acto contra Dios? El rabí abre la boca, articula el nombre y su creación le mira, aludido, entendiendo lo único que puede entender: el arquetipo de sí mismo. El cuerpo se acerca, un ente con la suficiente conciencia para emitir un quejido constante, pero no es un hombre. Las manos del rey se alzan quizá pidiendo piedad, quizá con miedo, pero la verdad es que terminan sobre el mármol que ahora es caliente, que cede a su contacto. Sus dedos, si antes rechazaron la materia primitiva ahora sí adoran esa piel blanca. Lo creado le mira, ¿sentirá? Sí, se enternece con el contacto. La voz de su padre ensaya una pregunta que no entiende, pero cierra los ojos ante lo nuevo del sonido. Eso que es responde sólo con el sentimiento, el mundo es algo violento.

De repente se encuentra rodeado y siente confusión. La paz, que en un instante había hecho sentir la esperanza en el rabí, desaparece; el cadáver arrancado a Dios aparta al hombre y huye. Se interna en las nieves, escapa del mundo, camina sin descanso porque su forma se lo permite, porque no conoce el agotamiento ni los límites. Allí donde va se topa con todo a su alrededor y no lo entiende, incapaz de hablar, incapaz de la coherencia. Su boca nunca fue pensada para proferir sonidos, pero algo va formándose en su interior: un sentimiento de venganza, de violencia. Todo sobre él duele porque no ha habido alguien capaz de enseñar a una forma tan primaria.

¿Qué es lo creado? Una conciencia absurda, un intento de afirmación, la cosa misma, objeto incapaz de pensarse. Casi humano, casi realidad. Ese golem es solo piedra, esa carne es solo carne. Es una anatomía arrancada con violencia de la roca viva, cortada con saña entre despojos de cementerio, elevada con la arcilla ilusoria que la ha condenado. El ser ha sido traído a la vida en un terror distinto al del vientre de la madre, artificial, soberbio. Está condenado a una existencia parcial que no ha de comprender, a percibir todo sin saber el código capaz de descifrar la realidad, la violencia del mundo que ni entiende ni le puede entender.

¿Qué esperanza ha de encontrar en un mundo sin paz, sin caricias, avocado al grito eterno que hace encoger el estómago, que destroza con su poderosa violencia? La respuesta es la de siempre, pues son todas: siempre se encontrará en el hombre la mortalidad, la maldición, la caída hasta el ahorcamiento. La luz, la lluvia, la muerte más patética, la sangre derramada sobre el otro; cualquiera de entre esas cosas será la que firme su locura. La locura de un cuerpo que ve el mundo como un hombre no puede hacerlo, como el sacerdote ignora, igual que el doctor ignora, igual que el rey ignora. ¿Qué entiende? El cuchillo sobre el cuello, la virilidad sobre la feminidad, el sexo terrible de los ahogados, la restitución del acero ante la trémula carne dorada por el sol.

La humedad sustituirá la pétrea superficie de la cosa, el cuerpo parodia de lo humano terminará demostrando lo blando que puede ser, la pasión que puede ofrecer. El canto oscuro del príncipe vengador bendecirá la huida del cadáver que camina buscando un guía del alma humana; no sabe que carece de algo similar. La tormentosa figura paterna se revelará como la causa de todo mal, de la desesperanza última. Saltará al abismo, comenzará la caza de su cuna, de su nacimiento, sus ojos lastimeros encontrarán en la muerte del creador la venganza ante la violencia. El cuerpo se hará vencedor sobre las metafísicas, las poseerá y, una vez lo haga, una vez venza sobre todo, se consumirá en el temor y en la duda. Se hará humano, con rasgos marcados, con la sombra rodeando sus ojos azules. Carecerá de piedad pues eso no será capaz de aprenderlo. Llevará siempre un clavel rojo en la solapa como recuerdo por lo vertido, por su herencia última. Cargará con la columna del pasado y conocerá el mito del hombre hasta que comprenda que en su desnudez se encuentra realmente la violencia que le confiere humanidad.

Balada de un día de octubre

El caballo lleva una barda con tres abedules blancos. El jinete hace trotar a la montura sin forzarla en exceso. Está perdido en sus pensamientos, silba alguna tonadilla de cuando en cuando y se distrae girando la cabeza de un lado al otro. No conoce ese bosque, pero pretende dominarlo pronto. Por otra parte la luz le recuerda a su hogar, el bosque le recuerda a su infancia. Está relajado, no espera encontrar allí batalla, cuando reconozca el terreno se adentrará en la ciudad, buscará dónde hospedarse, encontrará aquellos con quienes tiene intención de entablar largas conversaciones y luchará sin saña cuando sea necesario.

Sin previo aviso el caballero enmudece y obliga al animal a detenerse. Un niño yace cerca de un estanque, no muy lejos de donde él se encuentra. Se fija bien en la pequeña figura: es una aparición. ¿Duerme? Tiene los cabellos dorados desparramados sobre el verde del campo. La camisa blanca está abierta y expone su pecho pálido. El rostro está limpio de toda maldad, de toda experiencia. No puede distinguir sus rasgos por la distancia pero le parece la encarnación de una flor, algo bello sobre el que hubieran exhalado una respiración fresca.

El caballero baja de su caballo. Deja a los pies la espada y el escudo, luego se quita el yelmo y los guanteletes de acero. Avanza. Sus pies aplastan las margaritas sin darse cuenta del hecho. El niño despierta con el chillido del metal y el crujido de las correas. El caballero tiene ya ensayada una sonrisa para apaciguarle, pero no hay miedo en quien le observa, no hay siquiera sorpresa. Eso le perturba, duda y termina por detenerse.
-¿Quién eres? –pregunta con curiosidad el niño.

El caballero parece maravillado, lleva las manos a su pecho, al peto con el emblema grabado y mellado, luego responde. El niño asiente muy serio:
-Aquí no crecen abedules blancos, caballero.
-¿Y tú quién eres, niño de nieve?
-Soy el príncipe de las espinas, hijo de un rey de mirada ausente. Vivo en la ciudad, sobre las arcadas y bajo las formas puras de la mañana.

El caballero está confundido. No entiende una respuesta tan críptica. Observa el bosque a su alrededor, se siente algo incómodo, pero la curiosidad le vence. El rostro iluminado del príncipe le atrae. Pregunta por el lugar, el niño no se mueve, se toma un instante antes de parpadear y responder:
-Este es reino de olivos y baladas amarillas. Al regresar del campo los bueyes hacen sonar sus esquilones de plata y las doncellitas los escuchan desde barandas de color verde esmeralda, ellas esperan a soldados que no regresarán nunca. Los gitanos, por la noche, destrozan esqueletos en busca de dientes de oro que llevarse a la boca. El rey ha abandonado toneles llenos de sal en las aceras más pobres y algunos hombres han probado el mineral quemándose para siempre sus lenguas. Aquí la gente celebra las bodas a la luz de la luna llena y los entierros son siempre anónimos. En este mismo bosque una viudita busca a su marido sin saber que está muerto cerca de las fuentes. Es reino de luna, de sombra y aire.

El jinete se ha ido acercando con el relato, pero la última frase le resulta extraña; más extraña aún que todo lo demás. Tiene el gesto fruncido, se pregunta si el príncipito no estará burlándose de él. Comprende, de pronto, que la cara que creyó ver infantil no lo es tanto, ahora puede vislumbrar el vello que aparece en el pecho descubierto. Sus labios también son demasiado serios. Le asusta algo en él que no es capaz de entender, pero la belleza es más fuerte y se acerca con otro paso y otro más.
-¿Qué haces aquí? –pregunta.
-Espero –responde al punto- ¿Y tú, caballero?
-Avanzo –explica en el que cree que es el mismo juego.

El niño asiente, por primera vez se mueve él, camina hacia el otro. Se aproxima cuidando cada pisada, sus pies están descalzos. Hace otra pregunta que no encuentra respuesta.

El hombre está a dos pasos del joven, ahora ve que es de su misma altura, sólo le gana por las grandes botas. Con la armadura también parece mucho mayor que el príncipe que creyó niño, pero hay algo de barba en su cara y unos ojos que le obligan a atragantarse con palabras que no dice. En un primer impulso acaricia sus hombros con torpeza.
-¿Qué ojos son esos, pequeño príncipe? Parecen de piedra…

El niño que no es tal baja los párpados para pensar, coge la mano del caballero y la lleva hasta su cara. El tacto del pelo no es sedoso y la piel es dura. Los labios están resecos. En un arrebato de ternura el jinete le abraza, por alguna razón le cree sufrir, lo sabe. El príncipe se deja y responde de la misma manera. Ambos se aprietan en un mutuo comprenderse, con necesidad, con hambre. Sin saber por qué se besan tiernamente durante un instante que trae el anochecer. Su sabor es de naranja amarga y huelen a rosas y azucenas.

Cuando el caballero separa su cara de él, los ojos extraños son más profundos y siente vértigo al mirarse en ellos, el rostro bello se le antoja ahora algo monstruoso. Siente una punzada de miedo, no comprende la transmutación. El príncipe tiene la frente manchada de sombra. Esta vez sonríe, y la sonrisa, aunque llena de dulzura, le espanta por hallarla antinatural. Se acongoja. Esta vez sí da un paso atrás, luego otro. El joven no dice nada, le tiende la mano en espera de que él la coja. El caballero contempla la pequeña mano desnuda, luego consulta aquellos ojos y duda dejando que el dudar tenga la máxima duración posible. No puede evitar ojear lo que ha dejado atrás: el caballo ajeno a toda la escena. No vuelve a mirar al príncipe, ordena a su cuerpo que se aleje. Paso a paso, con cierta prisa, se coloca los guanteletes y el casco, la espada y el escudo. Clava los talones en el caballo y la montura obedece, se aleja. Cuando se siente seguro el caballero mira atrás: el príncipe vuelve a parecer un niño, en ese momento lanza un clavel a los sapos del estanque y desaparece tras los árboles sin hacer ruido.

Histeria

El hombre de sonrisa enorme, de mil dientes que se aparecen cuando la boca habla, de camisa amplia, de botas inmensas, de pantalones negros y ceñidos; ese hombre aferra la pared de espaldas, la toca, la acaricia suavemente. Lleva unas flores en la otra mano, pero las ignora. Está quieto, muy quieto, con la mirada cerrada, con los ojos escondidos. A su espalda está ella: la muerte, la vida, la mujer; no habrá otra en su vida por mucho que todo cambie, no podrá haberla porque ella es todo, es la cánula que escribe sobre la hoja que es su espalda.

Ella goza de muchos años, de muchos trajes ajados por las sombras, por los sollozos que empujaron sus uñas contra la tela, que rasgaron la seda. Ahora no le mira porque está triste, porque no comprende sus palabras y aún espera que le entregue las rosas marchitas que sujeta.

Él no sabe qué hacer, sus movimientos son muy lentos, casi parece que se suceden en el espacio distante de muchas horas, su posición cambia radicalmente de un rato al siguiente y parece algo inexplicable. Ahora es sólo una sombra imprecisa que mira a un lado. De pronto deja caer las flores como si fuera la ofrenda a un dios, luego se mueve, adopta otra posición: esta vez está inclinado, sin separar todavía la mano del muro, observando el suelo que no dice nada.

Por fin el se da la vuelta y enciende un cigarrillo, recupera su humanidad. Dos hombres aparecen desde rincones obscenos y le desnudan, acarician sus músculos, le dan una copa para que beba y el se deja y bebe. Ella le mira aunque no le entiende, se levanta de su sitio y pasea un rato acariciando su vestido, tocándose los senos apretados debido al corsé que los ciñe. Le mira desde la distancia y no puede más, se vuelve contra él, corre desesperada y él la recibe en sus brazos dejando caer la copa de vino, que se estrella contra el suelo y pierde todo su líquido. El vestido de ella se mancha, pero aún no lo sabe, ahora sólo devora la boca de su amante como si pudiera surtirle de la sangre que alimenta su corazón.

¿De qué trata todo esto? Es sobre la religión de la pérdida, sobre la locura de la voracidad, sobre el maquillaje de los cuerpos perfectos y el vuelo de los vestidos de mujer. La mano sobre la pared de él es lo más real de toda la escena. Esa es su vida pero ninguno de los dos sabe qué significa: está codificada.

La mujer recuerda a su amante sobre sí misma, sudando, entrando en ella con fuerza. La fricción provoca gemidos que resuenan en las paredes mientras vecinos ignorantes callan y se miran de reojo. Hay violencia, ella se agarra al hombre con toda su fuerza y le araña la espalda mientras levanta los ojos y ve aquel cuadro que preside el salón. Es el lienzo de una mujer desnuda, con los pechos destacados y un puñal con su punta ya clavada en la piel. La sangre resbala por su carne en una sola gota larga y gruesa, rubí como el vino antiguo. Ella no puede soportarlo, se levanta sobre él, le gira en el suelo en el que están tendidos y ve su sonrisa blanca, sus ojos que la espían con picardía. Él lo ignora todo y ella no puede contenerse: le golpea, le abofetea sin cuidado y él, él se defiende, sale de ella y provoca que la mujer se sienta vacía de todo y se encoja aún desnuda, llorando como una niña.
-¡Ya basta! –suplica- ¡Basta!

Pero es sólo un recuerdo, ahora ella está vestida y él no, están besándose con lágrimas resbalando por sus mejillas. “Este es el perdón” –se dice la mujer y luego frota la espalda de él con delicadeza, ungiéndole con perfumes. Sus hombros anchos le cautivan y su vientre marcado le llena de deseo. No se detiene ahí, le acaricia todo el cuerpo hasta que se cumple la última hora y él se marcha quedándose ella sola en su casa.

Ninguno de los dos comprende la necesidad del otro porque no pueden, porque su individualidad les lleva a otro lugar y les señala como irremediablemente solitarios. Son lobos que no conocen su destino y que se buscan incansablemente por instinto social. ¿Qué van a hacer si no es luchar cada día como lo acaban de hacer?

Ella baila en su soledad, mueve la cola de su vestido contra las paredes, las golpea y arranca con aquellos gestos de vuelo los adornos que permanecían todavía en pie. Pero entonces aparece él otra vez, sin mediar palabra. Crea una sensación de hartazgo con su entrada y ella se siente morir, queda paralizada en un gesto violento y pierde la fuerza de sus músculos. Él extiende los brazos y le da un pañuelo negro que ella sujeta a un lado, con la mano laxa. Luego él la agarra con fuerza del cuello y gira su cara sin importarle el daño que puede causar. Ella se queja, pero él besa su rostro con delicadeza.
-Vete –dice la mujer.

El hombre abre mucho los ojos, sorprendido. Se aparta, vuelve a la pared donde todo había comenzado y se apoya esta vez con las dos manos extendidas, muy quieto, muy recto. Apenas hay luz que le ilumine y permanece en silencio. Ella no sabe qué hacer, pero al final se decide y cae en un rincón agarrándose de las rodillas, temblando hasta recobrar su valor. Por fin logra ahogar los gritos y coge la pluma de su escritorio, se arrodilla ante él con las manos manchadas de tinta y graba en su espalda una línea más que se une al resto que ya le recorre la piel. Lo hace con cautela, introduciendo la punta en la carne. Las gotas de sangre ella las limpia con un estallido de sus labios y él, que no se inmuta, espía el otro lado del muro, donde hay una historia distinta que no está viviendo.

Amanece otro día

N.d.A: “Amanece otro día” se publicó el día 16/08/2011 en Literatura Nova. Existe la posibilidad de descargar el archivo en formato pdf en dicha página.

Amanece otro día y se suma a la correlación que conforman mis semanas, meses, años y décadas. Hace tiempo que dejé de llevar la cuenta, cada vez me resulta más extraño quitarle hojas al calendario o suspirar sobre una fecha futura habiendo dejado tantas y tantas atrás.

Amanece, sí, pero es un hecho vulgar que ocurre sin ningún tipo de problema. El sol destierra lentamente esa oscuridad falseada de las ciudades, el azul pálido se anuncia pronto y apaga las farolas como un mandato. Es el mejor momento de la noche, su declive, cuando ya podríamos decir que no es tal sino que es de día. La diferencia se muestra sutil; el mundo negro se ha diluido pero todavía no estalla el astro sobre nuestras cabezas. Ahora, en la azulada atmósfera, fresca, recién nacida, nuestros músculos se relajan de los sudores de la cálida noche y podemos respirar. El verano, por un momento, nos deja soñar con un día apacible, pero ya sabemos que no será así.

¿Luego qué? Ha amanecido y estoy despierto, he sido consciente de mí mismo tras un tiempo, me he dado cuenta de que aguzaba mi oído como un acto reflejo, buscando esos sonidos de la monotonía que dan forma a la realidad y dan coherencia a un mundo que, quizá, podamos detestar.

Se me hace imposible levantarme, la sola idea me harta, me aplasta contra las sábanas y me siento pesado, denso. El sueño ha sido apacible pero acuoso, opresivo. El calor del verano me produce un embotamiento del que no soy capaz de salir, es una prisión donde los sueños no están permitidos, donde las pesadillas nadan como esos monstruosos peces abisales. No me han dañado las bestias pero estoy turbado, la imagen de ese pez ha aparecido en mi cabeza y me obliga a darme la vuelta, a retirar a patadas la sábana que me cubre, a encogerme como un niño que juega, pero yo no juego. Estoy agotado pese a que he dormido varias horas.

Me levanto finalmente cual mártir en su último día. Quizá este sea el mío después de todo; no me importaría mucho. ¿Cómo preocuparse por la muerte cuando no apreciamos la vida? Ese problema, esa crisis de nuestro ser, me parece la más importante en esta sociedad, algo de lo que no podemos escapar. Desde hace años me siento atado al mundo y me pesa, me pesa como el plomo líquido donde nadan los abisales.

El “baile” es el mismo de todas las mañanas, no le pongo ni un ápice de atención, arrastro los pies por el pasillo, me quito la ropa interior y alivio mi vejiga. Si me he levantado ha sido más que nada por esa imperante necesidad. El espejo me mira con poco agrado, mi reflejo se palpa la barba sin afeitar, pero con un ligero esfuerzo mental recuerdo que hoy es domingo y que no es necesaria la tortura de la cuchilla y la espuma. La ducha es fría. Me visto con pulcritud, herencia de los años de ejemplo que me mostró la estatua de mi padre. La imagen de esa artificialidad, de esa magnificencia impuesta, de la inalterabilidad de su rostro, me recuerda que él era la gran efigie, el indiscutible señor de nuestro pequeño mundo. Mi madre hacía las veces de sumiso pedestal donde él se elevaba; casi se puede hacer uno a la idea de ella agachada, con su pelo rubio y el traje ceñido que usaba una de cada dos veces en la ópera, con la espalda dispuesta y mi padre encima, pisándola con los brillantes zapatos, vestido con el traje tres piezas de rayas, el reloj en el bolsillo del chaleco, el blanco pelo corto culminando su rostro pálido con las gafas de pasta negra y el gesto serio. No recuerdo haber visto sonreír a mi padre, los días que lo traigo a mi memoria delante del espejo me asusto de mí mismo y de mi propia boca, inclinada en esa contra-sonrisa que la genética repitió en mi padre y en mí. Quizá él fue consciente de lo que yo soy ahora, es posible que él viese el mundo tal y como lo veo yo. Se me ocurre pensar que existe la posibilidad de que no fuéramos tan distintos en el interior, de que todas las discusiones con él se debieran a que nuestros puntos eran similares y no divergentes.

Cuando termino de abrochar la camisa me doy cuenta de que estoy equivocado, de que en nada me parezco a él. Detesto su tiranía, no comparto los ideales conservadores ni me creo un personaje con derecho a estar por encima de los demás. No tengo familia, pero si la tuviera sé que no sería el líder indiscutible, el dios a los que los otros tuvieran que adorar, jamás sería capaz de pisar a mi mujer considerándola menor a mí, asignándole un papel y un lugar que a mí siempre me repugnó.

Mi padre está muerto, al igual que mi madre. Fue hace pocos años, él cayó primero victima de un corazón que no quiso mantener vivo por más tiempo a alguien así. Ella se dejó caer desde entonces, perdida sin el peso a sus espaldas, libre de pronto tras treinta años de matrimonio. No pudo soportar ese nuevo estado y se consumió. A mis hermanas y a mí nos ha ido bien, su muerte no nos causó una gran impresión como cabría esperar. Llevo un año sin verlas y no me siento mal por ello, sé que ellas tampoco. Nunca estuvimos unidos entre nosotros, somos planetas con nuestras propias órbitas que por casualidad fueron engendrados en el mismo sistema solar.

El desayuno es rápido: café, tostadas y una manzana.

Soy hijo de mis padres, es algo obvio, todos somos hijos de nuestros padres; afirmarlo es hilar un poco más, es estar diciendo que ellos realmente calaron en mí, que su tutela produjo, en parte, mi carácter. Mis padres lo consiguieron. El beatísimo del que intento despegarme, las “virtudes” católicas que me pesan como cadenas, pues lo son, siempre han estado ahí, están y estarán. Si creyera en Dios sería el perfecto cristiano. No creo, pero soy un ateo poco convencido, que mira los crucifijo con desdén, casi con asco, pero que al entrar en una iglesia suele estar tentado de rezar aunque sólo sea por conveniencia. Es cierto, en nada me parezco a mi padre, pero sus cuidados me forjaron en parte como él quería, en otra parte como no.

Termino el desayuno, recojo, me levanto y bajo a la calle para dar un paseo, buscando ímpetu en un domingo que ahora que nace ya amenaza con ser estéril, con morir sin dejar rastro.

En la calle ya hay varias personas, el vecino del quinto me saluda con una mano entre los sudores de su carrera matutina. Abren la floristería, su fragancia me hace detenerme ante el escaparate y observar las plantas. La dueña me sonríe mientras coloca un ramo de violetas, le devuelvo el gesto y camino, lentamente, con las manos en los bolsillos. Huyo de mis pensamientos, me concentro en la contemplación de la gente.

La prensa casi choca conmigo en un punto, el quiosquero me saluda con un gruñido y observo la prensa generalista, que no me atrevo ni a tocar, luego me fijo en las revistas. Mi inglés es lo suficientemente bueno como para observar la internacional, pero no me convence; mis ojos vagan por publicaciones de política, economía, historia, arte y curiosidades varias. “Es todo lo mismo”-me digo. Finalmente sonrío y me despido sin comprar nada, azorado ligeramente por mi contemplación gratuita.

Llego ante la panadería, aprovecho para comprar el pan y doy la vuelta, regreso a casa con prisa, casi asustado del mundo. Nada hay fuera para mí.

El apartamento me recibe con su quietud conocida, dejo el pan y suspiro en el sillón, observando el silencio que envuelve la casa. No sé qué hacer. El espacio se me antoja grande porque yo, vida minúscula, apenas ocupo un trocito de mi piso. Sentado miro las estanterías con algún libro y adornos varios. La mini-cadena permanece muda, la televisión está muerta, negra. ¿Podría encender algo? ¿Y de qué serviría? Ese es el problema, esto es lo que me inquieta, me enerva, me ahoga y me hace escupir. No sé qué hacer con el tiempo que conforma mi vida, casi parece que lo agoto por cansancio, porque no puedo hacer otra cosa. ¿Morir?

Miro la tentadora ventana. ¿Morir? No. Quizá en la muerte encontrase el alivio que espero, que ansío, la paz de ese dormir eternamente. Quizá llegue con la muerte un sueño acogedor, pero me preocupan las pesadillas. No, yo no soy Hamlet, yo no miro los espejos con inquietud, buscando en mi reflejo la imperfección que revele mi alma. No, nunca me han gustado las tragedias sádicas con lo obsceno a plena luz, palpitante y evidente.

Y de pronto, con una extrañeza tremenda, igual que si una jirafa u otra suerte de animal exótico hubiese entrado en la habitación, el teléfono suena. Es una rara ave cantora que me confunde y lo observo como si no lo conociera antes de alargar el brazo, tomarlo con la mano, descolgar y preguntar lo inevitable, lo aprehendido:
-¿Sí?

Es Teresa, amiga de toda la vida, hermana de batallas, audaz confesor de todos los pecados de mi vida y compañera de más de uno que hemos cometido juntos. Pregunta qué tal y respondo sinceramente; no se hace el silencio esperado, simplemente me invita a comer, concretamos el lugar, la hora y cuelgo el teléfono con una sonrisa que antes no estaba en mi cara. Ella me alegra lo justo para seguir un poco más, para sentir el impulso necesario que evita mi hundimiento. Si Soy es gracias a ella.

Me fascina la perfección sencilla de esa llamada de teléfono que ha evitado lo que muchas mujeres, amantes más intimas de mi sudor, se afanaron por conseguir o, en su dejadez, aquello que me levantaron, como enfermedad o salpullido. Recuerdo en un instante la sensación de ansiedad que tantas de esas conversaciones me dejaron, el disgusto palpitante, el insulto al borde de los labios tras colgar el teléfono. ¿Cómo puede cualquiera amar y dejar esa sensación en la otra persona? Es obvio, no había amor.

Me levanto pensando en lo que no hay que pensar, pienso en mi destino, en el punto y seguido de la narración. Pienso en el trabajo que mañana me esperará, fiel guardián que no se cansa; luego recorro el intrincado valle de lágrimas (por ser dramático en tal tema) que ha sido para mí el mundo de las mujeres, del amor hacia ellas. Confieso que las adoro, que son para mí seres extraordinarios, entes inigualables que no soy capaz de comprender del todo con mi mala disposición de hombre que no sabe oír ni ver. Las amé con fuerza y también me amaron, aunque ninguna por mucho tiempo. La única mujer que se ha quedado en mi vida ha sido ella, Teresa, siempre Teresa. Curiosamente nunca hemos sido nada más que amigos muy íntimos, que hermanos por elección. Sé, y me agrada tener esa seguridad, que ella estará conmigo en cualquier momento, transcurriendo cualquier trance. Hoy en día sería la única persona que de verdad sentiría mi desaparición de la escena, mi huida de este mundo. Lo sé porque no quiero ni imaginarme el mundo sin ella.

Y así llega el mediodía, pensando en nada, en mi vida, haciendo lo que todos hacemos tantas veces. El espejo me recibe con consideración esta vez, amablemente, mostrándome a mí mismo o una parte que yo reconozco de mí. ¿A qué se debe este cambio? ¿A Teresa? Quizás, quizás ahí esté la clave, el fondo; puede que finalmente haya que vivir por otros, en realidad es lo que hacemos cada día: vivir por otros, porque otros nos dan sentido. Los demás, ese Otro gigantesco, nos dota de coherencia. Las personas que he ido dejando atrás, las que conforman mi presente cercano o mi presente lejano, todas ellas han dejado poso; también la muerte. Sí, la muerte también ha dejado su huella. Ha sido, junto con el resto de circunstancias, una tutora como lo fueron mis padres, exactamente en el mismo modo y sentido.

Me han forjado con golpes extraños; millares de martillos que han chocado contra mi materia y me han otorgado este yo que el espejo me devuelve. Soy obra de muchos igual que soy artífice de los demás: de Teresa, del diablo de mi padre, de mis hermanas sin hermano, de las mujeres que he amado y me amaron… Es un pensamiento alegre, es una gota del licor que da sentido a nuestra existencia. La soledad no es una opción alegre, la soledad es la que hace contar mis días como placas de plomo que he de descolgar del muro blanco de mi habitación, la que me aplasta con su calor contra las sábanas.

Sin saber por qué, recuerdo a María, nuevo nombre en esta mañana, viejo recuerdo de unas semanas. En un relámpago se me aparece la luz de su cara ante ese espejo borroso. Me rendí con ella por miedo a arriesgarme, a ser feliz, a repetir errores mil veces cometidos, Ella, entristecida pero comprensiva, aceptó, sonrió como pudo y me regaló un último beso en los labios. Quizá pueda volver a intentarlo, quizá me atreva, aunque sea tímidamente, a amarla y dejar que me ame.

No lo sé, ha sido un pensamiento fugaz que me ha animado sin quererlo. Ahora, sin embargo, salgo a la calle, cojo el metro, estoy cerca del lugar marcado y Teresa me saluda a varios metros con su gran sonrisa, con su amor gratuito. María saldrá en la conversación, estoy seguro, Teresa me animará a coger el teléfono y marcar su número. ¿Lo haré? Me tienta mucho, cada vez más. La mañana gris de pronto se diluye, los abisales desaparecen con terror por la luz de verano y no hay acuosidad en mi mente ahora. Faltan muchas horas pero ya empiezo a entender que la cama hoy me recibirá de forma muy distinta; quiero creer que el sueño será más amable y me permitirá enfrentarme al guardián de los lunes terribles, al espejo que, dormido y ajado por el abotargamiento, me muestre el examen fatal de mi fondo, la monstruosidad de mi herencia.

Deposito mi fe en que mañana todo mejorará porque hoy está comenzando a cambiar para bien. Es imposible saberlo pero confío en mañana, siempre en mañana…

El diablo

Huyo como huyen los niños ante el peligro y me avergüenzo por ello, no hay día que no recuerde a mi alma lo que este viaje la envilece, pero es necesario, era necesario… He perdido mi honor, he perdido mi honra, no quedan de mis bienes más que lo que he invertido en este velero y las provisiones acarreadas en él. Apenas puedo creer que esté escribiendo estas líneas, igual que no pude imaginar un año antes que me encontraría en esta terrible situación.

Fue aquel niño, un imberbe que no llevaba en la tierra más de dieciocho otoños… entró en el salón del club de caballeros una tarde de invierno, no recuerdo el día pero era la hora en que los miembros nos dedicábamos al deleite de fumar adormecidos en los sillones del salón. ¡Cómo añoro esos benditos sillones en la incomodidad de este barco!

Aquel día habíamos comido copiosamente varios miembros del club y, con la comida aún en el estomago, yacíamos débiles por ese extraño influjo propio de Baco. Aquel chiquillo entró con traje nuevo, gris, y zapatos caros. Lucía un bello broche en la corbata y se había quitado el sombrero de copa al entrar, realizando un ademán algo teatral. Sin embargo, lo que me llamó la atención de él no fue su inusitada hora de llegada ni tampoco su juventud, pues otros ricos herederos igual de imberbes habían pasado a engrosar la selecta lista de socios del club, sino su cara. Era un rostro lleno de luz, enmarcado por una cuidada mata de pelo ondulado cuyos suaves bucles mucho se me asemejaron a delicadas olas en la superficie marina. Aquella cara sin duda era singular. No había sombra alguna sobre ella, no había ojeras bajo sus ojos ni arruga ni síntoma de vejez o de dolores padecidos, tampoco había manchas comunes como todos tenemos; nada, la pureza de su tersa piel era increíble. Los labios eran otra maravilla: finos, rosados, jugosos como fruta, destilaban un aire virginal que sin duda era quimérico, pues ya sólo la media sonrisa que portaba le daba un aspecto de descaro que dejaba sin aire a quien posara sus ojos sobre aquel gesto divino. Las pupilas de aquel Dios hecho hombre eran verdes como los campos jóvenes de trigo y, de cerca, se podían advertir en ellos líneas azuladas y puntos dorados, minúsculos y brillantes como lagrimas de Eros.

-Buenas tardes- Dijo aquel joven. Recuerdo aquellas palabras exactas como si fueran lo más precioso que mortal o inmortal haya dicho, susurrado o gritado sobre la tierra y sus océanos. Seguido de aquel saludo se presentó más no escribiré aquí cuales eran sus nombres y apellidos pues como el sabio dijo “Verba volant, scripta manent”. No seré yo quien deje constancia en el mundo del nombre del diablo.

Sí, aquel Apolo con leve y agradable acento podría haber sido sin duda la deidad disfrazada, pues como se sabe la belleza del Dios efebo sólo era comparable a sus artimañas y crueldad. Me volví loco mientras mis amigos devolvieron sus corteses saludos y aquella tarde la pasamos entre presentaciones y relatos de muchos tipos. Todos le observaban con gran admiración. Provenía de una noble familia que había hecho fortuna con el negocio del acero tan pujante en aquella época. Al parecer su padre había muerto en la explosión de uno de los altos hornos junto con su hermano. Su madre vivía y estaba enferma de tisis. Él era el heredero universal y a su edad manejaba una cantidad inestimable de dinero, rico a más no poder, con títulos y sin mujer. Cuando le preguntaron sobre aquel aspecto su respuesta fue misteriosa: negó tener, dijo algo sobre el amor puro de los hombres y mientras lo decía me miró de tal manera que enrojecí, por suerte además de él nadie se dio cuenta.

Aquel día y en los sucesivos durante más de tres meses estuve inquieto, confuso. Iba de un lado a otro de mi casa rumiando como un animal encerrado, por las noches no dormía, mis comidas las hacía a desgana, había perdido todo apetito y mis modales se volvieron bruscos y desdeñosos. Sólo me preocupaba de salir temprano por la mañana, me pasaba horas eligiendo esmeradamente mis vestidos, cuidando mi piel con ungüentos que hacía traer para mí desde los lejanos lagos del este pues el miedo a la vejez me atenazaba, no a la muerte, a la vejez. El espejo se volvió mi compañero más fiel, en mi estudio había uno grande de marco dorado y en todo aquel periodo pasé más tiempo frente a su superficie pulida que en la cama. Gasté una cantidad exorbitante en trajes nuevos, últimas modas, en caros perfumes… Nada era suficiente y mi mujer lloraba, aquella bella criatura, mi mujer, a quien siempre había amado más que a mi vida no sabía qué me ocurría. Mi obsesión por la edad le confundía muchísimo, ya no compartíamos la cama y apenas sí la tocaba o la miraba. La pobrecita incluso llegó a padecer de histeria por lo que convinimos, junto con su doctor, que era necesario que tomase unas vacaciones en solitario en algún balneario de la costa, tomando las aguas. La despedí con un beso y la promesa de que a su regreso todo sería mejor, que expulsaría a los demonios de mi cabeza y la normalidad volvería a imponer su feliz día a día en nuestras vidas. Ella me creyó y yo pude mantener aquella mentira durante nueve días en los que no salí de casa, me impuse no pisar el barniz de los suelos del club. Aquellos días fueron un infierno pero el décimo llamaron a mi puerta con tres golpes, abrió mi mayordomo y le anuncio a él. El joven caballero entró en mi estudio encontrándose con mi cara de asombro y vergüenza por no haber pasado más tiempo arreglándome para aquel encuentro. Él sonrió exquisitamente y comentó que la naturaleza de su visita no era otra que saber si yo estaba enfermo pues hacía varios días que no me había visto y en el club no sabían nada, temió que me hubiera puesto enfermo y por ello estaba ahora ante mí. No supe qué decir, me pareció tan maravilloso que semejante criatura se preocupase por mi bienestar que me turbé, mareado necesité de apoyo, busqué el sillón cercano pero rápidamente mi amigo se acercó para sostenerme. Fue la primera vez que tuve un contacto tan directo con él, su perfume tenía un ligero toque a flor de almendro y lilas. Hubiera preferido azufre en su lugar pues me quedé ensimismado, observando sus ojos a una distancia tan corta que sentí su cálido aliento sobre mí. Susurré un gracias en cuanto me recompuse y le pedí que se fuera. Se negó al verme débil y me suplicó quedarse conmigo. Acepté, fui débil, Dios mío perdóname por ello, el diablo me tentó y yo caí sobre sus manos. Cristo era venturoso, Cristo era fuerte y portaba tu bendita fuerza, yo me torcí ante aquel joven…

Comimos copiosamente, mandé traer los mejores manjares de la ciudad para complacer a mi amigo, bebimos abundante vino, licores y cuando ya anochecía una botella de absenta, que no puedo recordar de donde surgió, culminó la embriaguez de la que los dos éramos partícipes. Quizá fuera casualidad que aquella tarde mis criados tuvieran libertad para dedicarse a sus quehaceres y hubieran decidido ir a visitar a un familiar enfermo, pues eran familia entre sí mis criadas y el mayordomo. Estábamos solos en la casa, borrachos, hacía mucho que las ropas más ornamentales habían desaparecido, reíamos y yo obsequié a mi espectador con una torpe imitación de “el endiablado” al violín. En un momento, más allá de medianoche, habíamos caído sobre la alfombra tras fumar dos pipas de opio. Reíamos tontamente por una ocurrencia de mi amigo pero algo ocurrió entonces… vi unos ojos clavados sobre mí, iracundos, ceñudos, terribles. Primero creí que eran los ojos de Dios, iracundo, tal fuerza tenía aquella mirada. Estaba equivocado, mi respiración se cortó pues el rostro de mi padre sobre la chimenea era el que me había escrutado de aquel modo. Ese gran retrato tenebrista me observó furioso por mi actitud, me levanté asustado como si aquel viejo, que ya desde hacía muchos años ocupaba su lugar en el mausoleo familiar, hubiera aparecido por la puerta. Aquella imagen me turbó, mi corazón estaba desbocado y mi joven amigo se asustó levantándose para asistirme, le aparté y huí del salón. Él me persiguió. Uno de los dos rozó el jarrón azul del recibidor y este cayó al suelo con estrépito. Subí las escaleras sin saber donde iba exactamente, sólo quería huir de aquel diablo que me seguía en su perfecta inocencia. Llegué a mi estudio y entonces grité, aquel maldito espejo mintió. ¡Mostró un hombre que yo no era! Un monstruo, poco menos que un cadáver o peor, alguien destrozado por la vida. Lancé el busto de Palas que reposaba sobre una mesita cercana y la superficie prevaricadora estalló en mil esquirlas.

Apareció el diablo por la puerta, grité de nuevo llorando y mi amigo me tomó entre sus manos.

-¿Qué ocurre? -Preguntó asustado- ¡habla!

Yo sollocé y me abandone a sus brazos como un niño, como una mujer o una chiquilla.

-Mentía, mentía… soy un monstruo.

Sentí su mano bajo mi rostro, me elevó la cabeza y sonrió, negó con una palabra corta y dulce. Dejé de llorar y él me besó.

Desperté por la mañana y no quise abrir los ojos, había dormido como hacía tiempo que no podía y no había soñado, pues no había hecho falta, cualquier deseo que hubiera podido saciar en los brazos de Morfeo lo había vivido horas antes. La cama olía a flores de almendro y lilas. Abrí los ojos, pero no había nadie en la cama. No tuve tiempo de sentir nada porque una voz detrás de mí hizo que mi estómago y mi corazón se encogieran.

-Ya se ha ido -Había susurrado la voz de mi mujer.

Me volví, allí estaba ella, observando mi cuerpo desnudo, rojo por el sexo apasionado de la noche. Tan bella, tan fría en aquel momento… era una autentica dama con el maquillaje de los ojos derretido. No dijo nada más. Jamás volvió a decir nada más. Me echó de casa aquel mismo día, el dinero pertenecía a su familia, la casa, casi todo… Mis rentas eran escasas, estaba desesperado y mi aspecto era deplorable. Acudí al club y a la casa de mi amigo y amante pero el diablo había volado, el diablo se había marchado aquella misma mañana no sabían a donde y dijeron que no volvería.

Tenía cincuenta años y si miraba hacia atrás sólo podía ver una vida perfecta, igual a como en un manual debería ser escrita, intachable, aburrida en fin. Cincuenta años que había pasado conformándome con todo, siendo feliz hasta el punto que me lo permitían otros… Hasta que llegó él y me enseñó una vida maravillosa, el diablo me mostró lo que podría haber sido pero me lo arrebató tan rápido como la abeja deja su dulce polen y vuela.

Me vi perdido. Estaba en el puerto, mi padre había sido armador y yo sabia navegar. Era lo más lógico. Compré un barco y me hice a la mar.