El ciervo blanco

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Agosto de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Uno de sus primeros recuerdos era de una mañana durante el solsticio de verano: su madre le despertó apresuradamente y le negó el cuenco de leche recién ordeñada, las cerezas negras y dulcísimas y el pan amarillento untado con manteca. Empezó a llorar cuando ella lo llevaba por los pasillos a escondidas, pero la mujer no hizo nada, ni siquiera le regañó, siguió arrastrándole hasta una salida discreta, donde pagó una moneda al soldado que ya estaba advertido. Para entonces el secretismo había calmado los sollozos del pequeño y la curiosidad silenció su hambre infantil. Salieron a la villa, apenas había nadie en las calles, quienes debían madrugar lo habían hecho un rato antes, el resto preparaba los mendrugos de pan en sus casas o estaban a punto de salir para buscar leche o agua fresca. Llegaron a las cuadras reales, allí su madre le colocó sobre una yegua imponente y ella misma subió tras él, montando como un hombre.

Tomaron el camino principal y luego se desviaron hacia el norte, pronto dejaron atrás las sendas y se internaron en el campo abierto, cruzando al trote un par de millas. Ella acalló las preguntas del niño con frases fáciles y él pronto comprendió, o al menos percibió, la resolución en la cara tensa de la mujer. El resto del viaje transcurrió en silencio.

Se detuvieron a los pies de una colina cerca de las montañas, no había nada allí, la zona estaba despejada y los árboles no se adentraban en el montículo. Su madre le ayudó a bajar de la yegua y le llevó de la mano hacia la parte más alta, allí descubrieron una pequeña construcción de piedra gris, más vertical que ancha, de muros gruesos y vanos pequeños, sin cristales ni contraventanas. Era un edificio austero, sólido, bien cimentado. Años más tarde el niño adivinaría (su madre nunca se lo dijo) la edad de su construcción, una época no demasiado distante, gobernada por otras gentes con una historia y una fe distintas. Posiblemente entonces ya tendría doscientos años y era muy probable que siguiera en el mismo lugar mucho después de su muerte.

Aquella primera vez su madre le conminó a no tener miedo, sin necesidad, pues el niño no estaba asustado, al contrario, deseaba entrar en el extraño lugar y descubrir por qué su madre le había llevado allí. No llamaron ni anunciaron su llegada, tampoco existía una puerta, se limitaron a cruzar el umbral subiendo un escalón, luego cruzaron en tres pasos una mínima antesala hasta la nave principal, larga y estrecha, donde las altas ventanas dejaban entrar la luz de la mañana y el canto de los pájaros. El niño observó con la boca abierta el techo abovedado, una estructura difícil de conseguir, su padre siempre le señalaba la bóveda de la capilla familiar, al parecer una obra maestra construida justo antes de su nacimiento. Si bien la del castillo era mayor y más espectacular, aquel niño quedó impresionado por la sencillez del lugar donde se encontraba y su absurda ubicación. Le divertía estar dentro de un edificio abovedado rodeado de campo bajo el cielo abierto. La sala guardaba todavía el fresco de la noche y la madre le colocó sobre los hombros su propio manto, una prenda blanca de textura dulcísima, la más querida de su ajuar y sin embargo afeada años atrás por una brasa caprichosa. Tras unos instantes se acercaron a la parte más alejada de la puerta, allí les esperaba un altar sencillo, sin símbolos. Sobre él había un cuenco de madera y un cuchillo largo de siega con empuñadura de plata.

La mujer se arrodilló, bajando la cabeza y apoyando las palmas en el suelo. Musitó unas palabras, unos nombres desconocidos para su hijo, exóticos; él quiso preguntar pero la atmósfera inspiraba silencio, tranquilidad. Su madre no tardó en terminar las oraciones, luego miró al pequeño, le besó las mejillas llamándole “tesoro” y “regalo”. Le preguntó si la quería, el niño empezaba a estar nervioso por la situación, pero respondió lo obvio, ella sonrió, le agarró con fuerza del antebrazo y cogió el cuchillo sin dudarlo. El niño vio con horror cómo su madre acercaba el utensilio a su pequeña mano, le pinchó la yema del dedo corazón y una solitaria perla de sangre brotó al instante. El niño lloraba e intentaba liberarse, pero ella estuvo concentrada en la gota escarlata hasta que cayó sobre el cuenco, lleno ya a la mitad de leche. Entonces la madre soltó a su hijo, tomó el recipiente, lo elevó hacia las dos ventanas abiertas al frente y murmuró un brindis extraño. Bebió el contenido de una sola vez y luego dejó sobre el altar la escudilla vacía. El pequeño chupaba con fruición el dedo herido, pero no se había movido de su sitio. Ella volvió a coger el cuchillo y le pidió al niño un mechón de su cabello. Tardó un poco en ceder, pero al final inclinó la cabeza hacia su madre y ella le cortó dos de sus rizos, los dejó sobre el cuenco y luego, sin más ceremonias, ambos salieron del edificio.

A su regreso el rey se encontraba al borde del pánico. De la rabia acumulada durante todo el día cruzó la cara de su mujer con un sonoro golpe. Ella cayó al suelo sin hacer ningún sonido, pero el niño empezó a llorar y el monarca hizo llevar a su familia hasta las alcobas; allí, a gritos él y ella en susurros, se increparon lo ocurrido. Por primera vez en su vida el príncipe entendió el origen de su madre, porque su padre hablaba de secuestro y ella le reprochó la tradición del reino, pues había sido raptada con dieciséis años sin preguntas ni permisos, el rey tomó lo deseado y la familia de la mujer nada pudo decir. El hombre volvió a golpearla cuando sus explicaciones no le satisficieron. Ya había cumplido su deber al darle un heredero, dijo ella, y mucho más. La frase dio por finalizada la discusión.

Al año siguiente todo se repitió: la reina despertó al niño en el solsticio, le llevó a la misma capilla en lo alto de la colina y realizaron el ritual. A la vuelta el padre volvió a golpear a la mujer. En la quinta ocasión, cuando el niño debía cumplir diez, el rey encerró a su mujer en la alcoba y allí pasó el día, llorando y aporreando la puerta, implorando por su libertad. A medianoche finalizó el castigo preventivo, pero ella ya no lloraba, no suplicaba, tenía los ojos rojos de tristeza y resignación; madre e hijo durmieron juntos, acurrucados en la cama hasta el amanecer, cuando el niño despertó para descubrir que ella había desaparecido.

La desesperación del rey en su búsqueda, pues realmente amaba a su mujer, le llevó a descuidar el gobierno, durante años hubo jinetes recorriendo los distintos territorios, pero no hallaron rastro alguno ni persona que la hubiera visto. Se creó una pequeña leyenda acerca de la reina desaparecida, de su espíritu melancólico en torno al ala oeste de la fortaleza. Lo intentó muchas veces, pero el niño nunca pudo ver aquel supuesto fantasma.

Cuando tuvo la edad de montar el príncipe escapó para visitar el viejo templo, se perdió en el camino en varias ocasiones, pero al final su caballo fue más intuitivo y lo llevó hasta la colina. Entró en el edificio con cierta reverencia, casi esperaba encontrar a su madre arrodillada junto al altar, no fue así. Permaneció dentro unas horas, inspeccionando el lugar. Descubrió una talla al otro lado del altar, estaba muy desgastada, pero podían distinguirse varios leones, ciervos y aves, todos juntos, tranquilos, en torno a una mujer desnuda con el vientre abultado y actitud pacífica.

El chico volvió en el solsticio de aquel año, sobre el altar descubrió el mismo cuenco, esta vez vacío, y el mismo cuchillo. Asombrado (en su otra visita los objetos habían desaparecido) se cortó varios rizos de su cabeza y los dejó dentro del cuenco. Al salir del templo pudo ver a lo lejos un enorme león de montaña, echado al sol. Lo observó durante cierto tiempo y la bestia también permaneció vigilante mientras el príncipe toqueteaba su arco, no llegó a disparar.

Transcurrió una década tras aquel solsticio, cada año el príncipe acudía al templo y realizaba el ritual, al salir invariablemente se encontraba o bien un ciervo o bien un león o un ave rapaz, vigilándole desde la distancia.

En una primavera especialmente lluviosa su padre murió en el bosque, envenenado por una serpiente mientras aliviaba sus necesidades. El príncipe se convirtió así en rey. Durante muchos solsticios olvidó el viejo templo y los animales, se hizo cargo del reino y tomó una joven esposa, saltándose la tradición del secuestro. Aquello le valió una revuelta y padeció la miseria de una guerra intestina durante muchos años, al final logró la paz con un tratado frágil, temporal.

Temeroso de su posición debilitada y de la posibilidad de otra revuelta, el rey envió emisarios en las cuatro direcciones del mundo para atraer a curanderos y magos, pues su reina no podía tener hijos. Ninguno satisfizo sus demandas, algunos proponían tratos nigrománticos y rituales extraños, imposibles de aceptar. Entonces las viejas matronas llegaron al castillo y le contaron el viejo cuento del bosque sagrado, de un rey obtuso que lo taló y construyó allí su castillo y su capital, de la maldición de la diosa Madre sobre quien gobernara el lugar. El rey entendió. Las matronas también le relataron la historia de su madre, quien únicamente había dado a luz pequeños cadáveres. Desapareció un día al amanecer y volvió con las manos manchadas de sangre. No reveló nada de lo ocurrido, pero esa misma noche quedó preñada y nueve meses después nació un niño fuerte y sano.

Al día siguiente el rey volvió al templo sobre la colina. No fue en solsticio, pero allí estaban el cuenco y el puñal esperándole. No supo qué hacer, observó con cuidado la talla del altar durante mucho rato y finalmente salió fuera en busca de alguna pista. Un pequeño ciervo blanco le esperaba a la entrada. Su cercanía asustó al rey, quien armó su arco con un acto reflejo. En lugar de correr espantado, el venado le miraba con tranquilidad, sin inmutarse. El hombre no tardó en sentirse seguro, se acercó y acarició su suave pelaje con una ternura redescubierta ahora tras años de guerra. El ciervo descendió la colina y se dirigió hacia el bosquecillo, volviéndose hacia el hombre cada vez que éste se detenía. Llegaron junto a distintos zarzales y de entre todas las frutillas el animal eligió las bayas venenosas. El rey quiso detenerle, espantar al venado, pero se mantuvo firme, rumiando los frutos sin prisa. La luz declinaba sobre el tejado del edificio, ahora el hombre sabía qué debía hacer. Volvió allí, recogió el cuenco y el puñal echando un último vistazo al relieve. Fuera el ciervo le esperaba acostado sobre la hierba, pero el hombre no quiso terminar lo necesario. Se sentó junto a la criatura y le acarició durante mucho tiempo, hasta que el veneno empezó a ponerle nervioso y provocarle movimientos involuntarios y violentos. Lo hizo rápido. Abrazó el ciervo, tan manso como un corderito, y cercenó su cuello de un tajo. La sangre caliente no tardó en llenar el cuenco y derramarse por todas partes. Poco después el cuerpo del animal dejó de temblar, se quedó muy quieto, con la mirada vacía.

El rey cargó el animal hasta el templo y lo dejó frente al altar. Luego tomó el recipiente e hizo el mismo brindis que viera hacer a su madre años atrás. Bebió el espeso líquido de un trago, sin respirar, y cuando terminó, ya manchado de sangre hasta el alma, descubrió en el lomo del ciervo una mancha negra, como si una brasa caprichosa hubiera caído sobre su piel.

Cérvido fin

Ilustración de Adrián A. Astorgano

Jorge y el dragón

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Julio de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Se colocó el yelmo para proteger su cabeza y avanzó con los chirridos propios de los caballeros armados. Cruzó el pueblo de manera solemne, con el viento agitando su capa, nadie salió a despedirle con fiestas o vítores porque no era el primero ni sería el último; pasó por las plazas y las calles observado por los aldeanos con el suficiente respeto para dejar la burla en la comisura de sus labios.

También el conde y su chambelán espiaron el recorrido del caballero. Ni siquiera sabían su nombre, lo había proclamado al llegar pero ninguno de ellos podía recordarlo. Tampoco parecía grave, el conde juzgaba absurdo ese pequeño detalle, nadie vendría a visitar su tumba, el nombre cincelado era lo de menos. Fue el tercer guerrero del año, el decimoctavo desde que el conde tenía memoria.

Aquel soldado se subió a su caballo y dejó pronto el pueblo muy atrás. Conocía los pensamientos del noble y su sirviente, sabía cómo pensaban los aldeanos; le producía cierto regusto amargo en el paladar saberse solo cuando luchaba por ellos. Quizá alguna vieja rezaría por él en la iglesia, pero no podía esperar mucho más. No importaba, sus actos le llevarían a la gloria. Luchaba por la gloria, no por ellos.

Cruzó la vaguada, salvó el río y dejó a un lado el camino internándose en los pastos que cruzaban el monte y se dirigían a la montaña. Avanzada la tarde divisó las ruinas del antiguo castillo condal, ruinoso recuerdo del encanto pasado. El musgo había invadido las piedras, desmoronadas creando fantásticas arquitecturas mordidas por el tiempo.

El caballo se puso nervioso al divisar aquel esqueleto de piedra, el guerrero palmeó su cuello para infundir ánimo en el animal, luego observó en derredor, sin encontrar rastro del dragón. Avanzó hacia el castillo, algunos en el pueblo decían que se guarecía allí, pero el caballero no lo creía; al fin y al cabo, los dragones solían atacar a cielo abierto, donde maniobraban con mayor facilidad.

Pasó muy cerca de la puerta del castillo, cuyo rastrillo destrozado parecía la boca abierta y desdentada de un pobre moribundo. Incluso el hedor que surgía del interior se asemejaba al de los cadáveres descomponiéndose. Dejó el castillo y avanzó al trote por los montes bajos, donde los arbustos eran mucho más numerosos y apenas sí nacían árboles.

Escuchó un siseo de advertencia. El caballero, preparado, colocó la lanza en ristre e hizo que su montura corriera en derredor. Estaba cerca, le estaba observando, agazapado para atacar, lo sabía pero podía verle.

El golpe vino de improviso, algo le sacó con violencia de la montura, arrojándole contra las rocas aparatosamente. La lanza salió disparada, el caballo relinchó fuera de sí mismo y corrió al galope unos metros, pero una forma enorme apareció frente al animal de la nada. El hombre vio por primera vez en su vida un dragón, medía más de veinte pies de la cabeza a la cola y sus alas tenían una envergadura sin igual, su cuerpo, recubierto de escamas esmeralda, refulgía con la luz del atardecer. La criatura lanzó varias dentelladas al aire y el caballo se encabritó antes de ser aplastado fácilmente bajo la enorme zarpa del reptil. El espectáculo de vísceras y sangre a punto estuvo de hacer vomitar al caballero.

El dragón levantó la pata y buscó con sus ojos rojos al hombre, cada vez más aterrado. La idea de aquella boca repleta de dientes sonriendo le pareció espantosa, pero era sí, el dragón sonreía: abrió la boca, chascó otra vez los dientes, se irguió para demostrar toda su estatura y por último, para aún mayor asombro del guerrero, habló.

–¿No sois capaces de aceptar la derrota?

El hombre parpadeó asombrado, había escuchado historias acerca de los prodigios de aquellos seres, además se había enfrentado a dos pequeñas sierpes, unos enemigos feroces que se defendieron bien y le dejaron cicatrices considerables, pero nunca habían articulado nada más coherente que un silbido o rugido.

–Vaya, un caballero lento –añadió la bestia, que parecía divertirse– En vez de tanta espada y violencia deberían poneros algo de inteligencia ¿No?

El hombre no tuvo ya ninguna duda, el dragón hablaba.

–¡Por la sangre de Cristo! –juró, levantándose y sacando el enorme mandoble con empuñadura en forma de cruz– ¡Ríndete, monstruo! ¡Abandona estas tierras!

Un sonido gutural surgió de la garganta del dragón, eran carcajadas:

–Pequeño humano… Decidme ¿Qué mal hago con mi modo de vida? Devoro alguna oveja o vaca cuando aprieta el hambre, pero poco más…

–¡Aterras a los honorables ciudadanos!

–He de reconocer que eso me divierte, sí –dijo recogiendo sus alas sobre el cuerpo, no parecía dispuesto a atacar.

–¡Abandona estas tierras! –repitió algo confuso el hombre.

–Sois plomizo, verdaderamente. Iros u os mataré como a vuestro caballo.

–¡Me acompaña la gracia de Dios! No os temo, bestia.

En ese momento la zarpa del dragón señaló pesadamente una pila de yelmos abollados con costras de sangre seca.

–A ellos también les acompañaba.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral del soldado. Se planteó huir por un momento, pero su honor se lo impedía, sus principios, su juramento, la esperanza de encontrar la gloria obrando un imposible. Aferró la empuñadura del arma con fuerza, calibrando su peso, y dispuso los pies para el ataque. Nada de eso pasó desapercibido para los ojos del dragón, que enseñó los dientes, grandes como puñales y chascó la lengua con desprecio.

–Has elegido la muerte –gruñó el reptil, abriendo las alas de tal manera que levantó una ráfaga de viento e hizo trastabillar a su enemigo. El monstruo se lanzó sobre él y, sorprendido por su velocidad, el caballero apenas tuvo tiempo de echarse a tierra y rodar. Lanzó un corte a ciegas segando el aire, pero no acertó. Una pata del dragón le arrancó el yelmo y lo lanzó contra las rocas, donde quedó incrustado. La bestia trotó, se alejó en la campiña y el guerrero, ya recuperado, le siguió con la espada preparada; entonces el dragón se volvió y deshizo el camino andado con las garras por delante. El hombre adelantó el arma y en el último momento fintó y cortó al dragón en un muslo, superando la protección de escamas. El reptil aulló y lanzó la enorme boca hacia quien le había herido, el golpe empujó al humano entre las rocas y aquella caída le salvó de ser partido en dos por la poderosa mandíbula. El dragón corrió de nuevo, se alejó, se alzó en el aire y aulló hacia el sol del ocaso. Luego, con toda su furia se precipitó contra el enemigo, sus zarpas fueron rechazadas por el mandoble, y el caballero pudo responder con sorprendente habilidad, pero la fuerza del dragón le agotaba rápidamente. El guerrero sabía aprovechar su velocidad y aprovechó un descuido para colarse hasta quedar bajo la bestia. Quiso clavar el arma en el abdomen, pero falló. De pronto perdió el equilibrio, la cola del dragón le tiró al suelo y no pudo sujetar su espada. Una pata enorme le aprisionó contra el suelo con fuerza y esta vez tuvo la enorme cabeza de la bestia a un par de palmos de la suya, los rasgos del reptil estaban fruncidos en una expresión de asco.

–Sois una raza presuntuosa y débil –dijo con su voz abismal. Entonces agarró al caballero y le alzó hacia el cielo como un juguete. El hombre sintió su estómago encogerse, alcanzó la altura de una torre de homenaje y cayó por efecto de la gravedad, estrellándose contra los pastos, rodó y quedó boca arriba consciente, vivo, pero dolorido. Se mantuvo un momento así y al erguirse pudo notar un dolor agudo y penetrante en el torso, tenía al menos un par de costillas rotas. La armadura se había aboyado en el abdomen y le impedía respirar. Se la quitó sin otro remedio posible, deshaciendo las cintas de cuero con torpes gestos. También había perdido las protecciones de las piernas y tan solo le quedaba metal en el brazo del arma y en el hombro izquierdo. Sangraba por una pequeña herida en la cabeza.

El dragón se elevó como un ave inmensa y majestuosa. El caballero sabía que aquellos eran sus últimos momentos con vida, corrió al ver el brillo rojizo del sol sobre el arma cercana mientras el dragón le perseguía desde el aire, lanzándose como un cometa sobre él, un halcón cazando una liebre. Abrió las fauces, dispuso las garras, ya tenía al caballero a punto, pero este se echó al suelo sin protegerse de la caída, recogió aparatosamente su arma en el último momento y se deslizó de nuevo bajo el dragón, cortándole en el pecho. El reptil se revolvió, golpeó al hombre con las alas, le desgarró la pierna de un zarpazo y le lanzó hacia arriba con otro golpe. Esta vez el soldado cayó sobre el lomo del dragón. Había sujetado el arma por una casualidad del destino y se mantuvo como pudo sobre la bestia mientras ésta se movía nerviosa para quitarse aquella molestia. Inspirado por el afán de supervivencia el caballero se aferró al nacimiento del ala, intentó incorporarse lo justo y falló varias veces. Cuando vio la oportunidad agarró el arma con ambas manos en un último gesto posible, y en la ondulante superficie del dragón clavó con todas sus fuerzas la espada hasta la cruz.

El alarido del monstruo fue brutal y reverberó en la montaña, quebrando la superficie del lago, llegando incluso a los oídos del conde, del chambelán y de todos los aldeanos, erizando el vello de sus nucas, despertando el llanto de los niños.

La bestia rodó, herida de muerte, se arrastró por el campo intentando escapar, pero las fuerzas le abandonaban con prisa mientras la sangre brotaba de la espada como si fuese una fuente. Su asesino había caído junto a él, exhausto, destrozado por la batalla, sin conocimiento. El dragón le miró con tristeza, con debilidad, finalmente se tumbó, mareado, y observó el cielo azul oscuro.

–Seremos olvidados –musitó jadeando, abriendo y cerrando los ojos una y otra vez– todos nos olvidarán, todo se perderá… como si las estrellas se apagaran una a una hasta dejar el cielo vacío y negro…

Chascó los dientes, tragó saliva y exhaló todo el aire de sus pulmones. No volvió a respirar.

Al día siguiente las gentes del pueblo, dirigidas por el conde, encontraron al dragón muerto junto al cadáver del caballero. En su último intento por encontrar un apoyo para levantarse, la mano del hombre había quedado atrapada entre las espinas de un rosal, cuajado de flores tan rojas como la sangre de los dos combatientes, derramada en gran cantidad, mezclada en la tierra en una sola sustancia rubí.

sanjorgefin

Ilustración de Adrián A. Astorgano

Cuento de navidad

Relato publicado originalmente en el suplemento navideño del semanario Bierzo 7. Diciembre de 2014. También publicado en su versión digital aquí.

A, y para Aquilina

Cuelga el teléfono y se queda mirando la puerta principal, el cerrojo. No espera a nadie, tampoco llaman, pero Leonora aún se mantiene allí un minuto. No se mueve debido al contraste entre los veinte minutos al teléfono y el silencio de la casa. Esa ausencia lo inunda todo. Vuelve a la cocina porque sus dedos entumecidos le recuerdan el frío, con las prisas no se había puesto las zapatillas.

Cierra la puerta y se sienta en el sofá con las piernas recogidas, la televisión está apagada. No piensa en encenderla, no tiene ganas del alboroto de voces, vuelve a sentir la tristeza de todos los días golpeando con más fuerza contra su pecho, su garganta y sus ojos. Desde allí mira el calendario de la pared. Tiene una semana para prepararlo todo. Después de un rato se levanta para buscar uno de esos cuadernos que esperan en los cajones durante años. Leonora se queda mirando la página cuadriculada con un bolígrafo en la mano, reflexiona un minuto y escribe “Belén”. El resto de la lista va saliendo poco a poco, añade “cordero” automáticamente, porque es lo típico en León, siempre ha sido así, al menos siempre que hubo dinero. Luego escribe los ingredientes necesarios para la sopa de marisco del día de Navidad… los dulces los traerán sus hijos. Termina la lista y se queda mirando las palabras con más pena aún que antes. Rescata un pañuelo de su manga y se seca los lacrimales antes de dejar caer una sola lágrima.

Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

Ilustración de Jorge Fernández Ruiz

Se repone al cabo de unos minutos, se limpia las manos en el mandil, echa un ojo a la cocina y sale al patio. Hace mucho frío y al parecer también ha llovido. Llena un cubo de carbón y vuelve a la cocina deprisa, tapándose la garganta con la mano libre. El año pasado enfermó precisamente en uno de esos viajes cortos. Entre la gripe y la tristeza creyó que no sobreviviría, pero pasó el invierno y salió de la cama casi a regañadientes.

Dentro deja el cubo en la encimera y abre la tapa con un atizador para no quemarse. Es una de esas antiguas cocinas de hierro fundido, grande como una cama, y que sirve de calefacción además de para cocinar. Leonora la llena con el carbón, agitando las brasas con cuidado de no ahogarlas. Calcula la cantidad suficiente para pasar la noche. Si tiene frío pondrá el radiador eléctrico de la habitación. Siempre se dice eso, pero nunca lo enciende. Lo compró Agustín hace dos inviernos, ella le dijo que no lo usarían, era una tontería, pero él insistió. De nuevo el recuerdo le angustia y no sabe qué hacer o cómo. Se pone a lavar el cazo, los cubiertos y lo demás, pero lo hace torpemente y al final un plato se le resbala entre los dedos y lo descascarilla justo en el borde. Por suerte tarda poco; después de secarse las manos se limpia el resto de las silenciosas lágrimas y mira la pantalla apagada preguntándose nuevamente si debería encenderla. No, no tiene cuerpo. Apaga las luces y cruza el pasillo otra vez.

Su cuarto es pequeño como un camarote, eso dice su nieto, pero a ella le gusta, se siente cómoda en él y nunca ha querido cambiar a otro. Ahora hay demasiados vacíos con olor a cerrado y su suelo de madera está levantándose por el abandono. El suyo todavía está ocupado y la casa respeta esa fidelidad protegiéndolo de los achaques que sufren las viejas casas de pueblo. No tarda en quedarse dormida.

El sueño le inquieta, al final se siente despertar en una cama que no es la suya, pero sí lo fue una vez, cuando era una niña y dormía con su hermana. En efecto, se encuentra a sí misma en el cuerpo de una niña de pelo ondulado y mirada seria, pero una niña al fin y al cabo. Se incorpora en la cama intentando no despertar a su hermanita. Padre murió ya hace unos años y ella se encarga de muchas cosas, la primera de despertar a madre y coger agua del pozo. No llega a levantarse porque ante ella hay un hombre, está de espaldas a la ventana y no puede distinguirle debido a la luz que entra por ella, cegándola.
-¿Quién eres? –pregunta la niña.

El hombre señala el exterior sin decir nada, luego, en un parpadeo, desaparece. Ella salta de la cama sin asombrarse por la huida instantánea del personaje, se asoma a la ventana. Nada interesante; lejos, por la calle de barro, pasa un chico cargando un saco grande con esfuerzo. Leonora está algo decepcionada. Luego, con la transición inexacta de los sueños, se encuentra saltando de felicidad con una fruta en las manos, con su brillante piel llena de olor, así de agradecida es la pobreza.

Años después le presentan a ese chico que una mañana de Navidad paso cerca de su casa con un saco. Ella se muestra recelosa, algo tímida, los recuerdos están mezclados con las expectativas, pero en el sueño también está con ellos la misma figura de su ventana, el hombre sin rostro seña al chico. Leonora no comprende, corre hacia él, pero cuando está a punto de ver su cara se vuelve irreal, una fantasía. En Navidad el chico le roba un primer beso torpe, casto, asustado; tras un brevísimo instante de unión se separa de ella con expectación, casi esperando un grito o una bofetada, pero Leonora sólo está sorprendida. Sonríe tímidamente, le acaricia la cara y se va al campo, lejos, a una colina imposible que jamás existió. En esa esfera onírica se sienta en medio de diciembre sobre la nieve sin pasar frío y piensa junto a la reaparecida figura del hombre sin identidad… ya le ha aceptado a su lado como el niño acepta su sombra. Leonora piensa con el corazón de mujer enternecido por primera vez en su vida, piensa en el chico, en su sonrisa, en su torpeza, en el beso minúsculo. Comprende que no besará a ningún otro hombre. Largo noviazgo, dejan pasar los años y se casan también en diciembre. Justo un año después nace su hija con las primeras nieves. El frío marca sus vidas, un frío acogedor en el sueño, aunque en el mundo real fueron muchas las penalidades. Su marido madura ante sus ojos, pierde la delgadez de la juventud, se vuelve un hombre corpulento, bien formado, fuerte, su pelo encanece y termina con un bigote bajo un par de gafas de nácar.

El mundo cambia a una velocidad de vértigo, todo se confunde para Leonora, sus hijos, los colores, el tiempo, las diferentes personas de su vida, algunas mueren, otras nacen, pero allí sigue Agustín, transformándose una y otra vez de joven a adulto, de adulto a anciano y vuelta a comenzar. Él es el eje de su vida, hasta que el remolino de color y sonido se rompe y vuelve a ser una mujer con el rostro serio frente a un ataúd cerrado, incapaz de creer en el contenido de la caja, con la mente blanca llena de ruido.

Cuando sus hijos se fueron días después del entierro, Leonora subió a la montaña con su aspecto resuelto de siempre. Se sentó en un claro, rodeada por silencio y allí lloró, se culpó, le maldijo a él, incluso insultó a Dios hasta perder los nervios agotando sus fuerzas. Echada sobre la hierba erizada de la montaña dormitó durante unos minutos para calmarse. Al abrir los ojos allí estaba la figura de su sueño, recordándole que sólo revivía aquel instante, que el tiempo había pasado y debía continuar. «¿Por qué?» Quería preguntar Leonora, «¿Por qué continuar cuando no quiero hacerlo?» Entonces la figura movió su brazo otra vez, trasladando el mundo con su gesto. Estaban en el cementerio y su dedo indicaba la tumba de su marido. No, señalaba el nicho vecino, entonces ella entendió.

Al día siguiente a Leonora le cuesta salir de la cama. El sueño le da miedo, pero lo peor es la perspectiva del día, los preparativos para Navidad. El año pasado no notó el shock, todavía tenía la muerte de Agustín demasiado reciente y pasó las fiestas dejándose llevar por sus hijos, algo anestesiada por el dolor. Pero ahora es distinto, el esfuerzo de hacerlo uno mismo, de preparar la fiesta como si nada hubiera cambiado pese a que todo lo ha hecho… es demasiado. Tras una hora consigue levantarse con los ojos hinchados. Encuentra la casa helada, los problemas de ese tipo de calefacción. Se pone la bata y coge el cubo de carbón dispuesta, como siempre, a seguir hasta el último día de su vida. ¿En realidad tiene otra opción?

Sus días son silenciosos, visita a sus hermanas de cuando en cuando y cada tarde va a la iglesia para rezar el rosario y tomar la comunión. Vida de pueblo, sin excentricidades, sin alegrías. Ahora se pregunta si era tan distinta su vida con Agustín, y comprende que su compañía, su mera existencia le daba sentido a todo. No era algo racional sino puro sentimiento. Podían discutir o no verse en todo el día, pero Leonora sabía que él estaría esperándola en cualquier momento, que respondería si le llamaba. Era una certeza, quizá la única que nunca se había parado a cuestionar. La muerte reveló el espacio que ocupaba Agustín en su vida al arrancarlo, y el hueco se le hacía insoportable. Todas las navidades él encabezaba la mesa familiar, la anterior sus hijos se preocuparon por trasladar el escenario, pero este año la mesa seguiría allí, las sillas y todos los miembros de la familia. ¿Quién se sentaría en su sitio? Algo tan normal, tan carente de importancia real tenía un peso casi bíblico para Leonora. Se imaginaba la silla desocupada y era peor, porque haría el vacío más evidente, estarían cenando con un fantasma. ¿Cómo ocupar un espacio imposible de olvidar?

Decide mantenerse empleada en varias tareas para no pensar. En uno de los armarios más altos está la caja con los adornos de Navidad, tiene que subirse a una silla para alcanzarla y luego tarda una hora en colocar los adornos, el pequeño árbol de Navidad, el Belén de figuras desiguales con decenas de años cada una… Cuando ha terminado se aparta y observa el resultado, la tristeza sigue empujando su corazón con cada latido, pero ni siquiera hay recuerdos asociados, forma parte del impulso de sí misma, es un sentimiento que lleva vivo cada mañana y duerme con ella, lo crea al respirar como si el propio fluir de la sangre lo produjese en una reacción química.

No le cuesta realizar todo lo esperable para esos preparativos, no tiene dificultad en realizar las compras, sabe dónde ir, lleva años siendo fiel a los mismos comerciantes; por otro lado, tampoco hay demasiado donde elegir, aunque el pueblo no es de los más pequeños precisamente. Al final va a la panadería, ahora la regenta el hijo del dueño original, un “chico” de treinta años con mucha energía y muy alegre. Al entrar le saluda por su nombre:
-Señora Leonora, -dice casi gritando.- ¡Ya la echaba de menos!

La mujer sonríe. El padre del panadero murió hace unos años y a ella cada día le sorprende más el parecido entre ambos, también aquel hombre destilaba esa misma alegría aparentemente inagotable, como si tuvieran un torrente manando del pecho, envidia esa capacidad para la sonrisa, ella nunca fue así.

No hay nadie más en el establecimiento, y lo cierto es que no invita a pasar tiempo allí: el suelo y las paredes hasta media altura están alicatadas con granito azul, barato y resistente; detrás de un mostrador de aluminio hay otro mueble con espacio para el pan, y una caja registradora amarillenta; la luz cae de un par de florescentes como leche cortada, y el único elemento nuevo es un calentador de aire eléctrico, enchufado junto a una de las paredes. Pero a Leonora le gusta ese sitio, la mayoría de sus vecinas compran el pan en otras panaderías más nuevas y acogedoras, o siguen siendo fieles a ésta, pero simplemente recogen el pan y salen corriendo. Ella no, Leonora se siente dentro de una de esas cajas antiguas cuyo interior estaba forrado por un papel que simulaba, precisamente, algún tipo de granito. Es casi una capilla, un lugar frío, vacío, casi ajeno al mundo, de no ser por las barras de pan.

Leonora sonríe al panadero y le hace el pedido para Navidad: hogazas y rosquillas para el desayuno, a los niños les encantan. Luego es él quien pregunta si necesita utilizar el horno para el cordero. Ella asiente, la cocina de carbón tiene uno demasiado pequeño para asar tanta carne. Concretan la hora y se despiden tras las preguntas de rigor sobre la familia.

De vuelta a casa, su cabeza sigue en la panadería, en ese local atemporal, casi eterno, Leonora recuerda el año en el cual abrieron la tienda, ella era una joven madre y el pueblo muy distinto, más alegre, pese a la vieja dictadura, también había más jóvenes, más luz. La escasez ya estaba más atenuada entonces y el miedo era menor. Franco moriría poco después, pero en esos últimos años el pueblo hervía en un ansia por vivir más, llegar más lejos, y ser mejor. Ahora todo le parece gris, todo decae. Quizá es por la crisis, los pueblos parecen moribundos abandonados a su suerte, nadie piensa en ellos. Leonora no comprende; sus hijos viven en ciudades, en León, en Ponferrada, pero tampoco ve allí un futuro prometedor, no encuentra ese color de las décadas pasadas. Quizás sea porque ya es demasiado vieja, porque su futuro es corto y Agustín no está.

El día veinticuatro se levanta más pronto de lo normal. Llena la caldera, limpia el polvo, pone sábanas limpias a todas las camas, friega los suelos, coloca la mesa y prepara la comida. Le lleva el cordero al panadero en dos grandes ollas de barro. A mediodía llega su hijo menor junto a su mujer, comen juntos y él mira a su madre con suspicacia, con miedo por saberla más triste de lo que se deja aparentar. A media tarde la mayor, junto a su familia llama a la puerta, las dos niñas corren a besarla y parlotean a su alrededor. Cuando oscurece aparece la hija mediana, su marido y su hijo, los tres más callados, como si la noche les hubiera apagado. Pero el niño rápidamente se divierte con sus primas y los padres con los adultos. El ambiente no tarda en ser el de una Navidad cualquiera: todos se muestran alegres, discutiendo entre sí por mil cosas, los niños chillando, el hijo de Leonora cortando jamón, su nuera preparando la cesta de turrón etcétera. La matriarca está muy ocupada dirigiendo todas las operaciones, atendiendo las ollas, y respondiendo las preguntas de sus hijos. Casi se olvida de su tristeza mientras gestiona el banquete, pero la hora se acerca, empiezan a terminar los preparativos y en algunos momentos, cuando está quieta, se encuentra a sí misma observando a esas personas tan queridas, y sin embargo insuficientes para calmar el dolor dentro de su corazón. Por supuesto no se deja vencer por la pena, envía a sus yernos a por el cordero y van sirviendo la mesa. Los niños están expectantes con los regalos. La muerte del abuelo arrastró la fantasía, pero aún así esperan tener lo que pidieron.

Todo marcha bien, nada ha cambiado en apariencia. Comen demasiado, disfrutan de los platos que Leonora finaliza en la cocina, levantándose de cuando en cuando junto a algún otro familiar. Finalmente es su hija mayor quien toma el asiento de Agustín, Leonora no dice nada, acepta el hecho como la mejor solución posible. Apenas tocan los postres y son sus hijos quienes insisten en fregar los platos, por lo que la abuela tiene un rato para descansar. Casi es peor, no sabe qué hacer sin algo entre las manos. Habla con sus nietos, más cariñosos esa noche que nunca, pero les mira con temor, les acaricia sin fuerza, cerca del temblor. ¿Existe la posibilidad de que ellos también desaparezcan? La idea le nubla el juicio y al final termina por fregar las tazas de café para olvidarse de todo.

Los regalos son la mejor parte, los niños se muestran encantadores, son felices, sencillamente felices, están entregados a la ilusión de lo nuevo y a Leonora le encanta ver sus expresiones. A ella le regalan unos pendientes de oro, los agradece de corazón y le gustan, pero prefiere ver a sus nietos jugar. De alguna manera ellos son el futuro de Agustín, lo que quedará de él cuando ella también muera y sus hijos sean viejos. Es una bonita idea, se los imagina mayores, recordando a sus abuelos, quizá reunidos para celebrar la Navidad en esa misma casa.

Tras una pequeña expectación, su nieta pequeña se acerca con expresión traviesa a la abuela. Le pone ante los ojos un dibujo sin ceremonia ninguna. Leonora lo mira, responde lo típico; sin embargo, la niña no se contenta con eso. Se pone a su lado y le va explicando la escena: ha dibujado a toda la familia «para que no estés triste, abuelita» y allí, junto a una señora con el pelo cano que la representa a ella, está el abuelo dándole la mano. El brazo libre lo tiene extendido hacia el cielo estrellado «por que está en el cielo», explica con sencillez la niña. Y Leonora, ahora sí temblando, abraza a la pequeña, le besa las mejillas calientes y le da las gracias. Luego esquiva a sus hijos y se encierra un momento en su cuarto para recuperar el aliento, para no llorar a lágrima viva delante de todos, pero esta vez no sabe si de pena o alegría, porque comprende el amor enorme que siente por sus nietos y se siente feliz por su existencia, simplemente por tenerlos allí, por poder hablar con ellos y saber que la recuerdan y la quieren. Agustín no volverá y Leonora seguirá recordándole y entristeciéndose por su ausencia, pero no olvida que también están ellos allí y da gracias por esas fiestas, por estar juntos aunque todo falle o haya tristeza o dolor.

En medio del frío y la oscuridad del invierno las familias se reúnen sean o no creyentes, igual que lo han hecho desde hace milenios; aunque no lo sepan todos celebran lo mismo, la superación de la parte más cruda de la estación, el tiempo nuevo, pues los días se hacen más largos poco a poco. Por eso están juntos, por eso Leonora se siente mejor, su nieta le ha recordado esa verdad. Todo cambia, es el gran drama de nuestras vidas; vivimos en lo incierto, y para soportarlo, para seguir adelante, lo mejor es tener a alguien al lado caminando con nosotros. Leonora sale del cuarto con la cara limpia y besa a sus tres nietos antes de servir el champaña, al fin y al cabo, hay que celebrar la Navidad…

Anamorfosis

Los sagrados objetos volvieron sus ojos, y coronada de torres la Madre en la estigia onda a los pecadores duda si sumergir.[…] Ira su rostro tiene, en vez de palabras murmullos hacen.” – Ovidio, Las Metamorfosis

De la materia que forma la cosa habrá alguna ensoñación en el hombre que la admira: el tacto de los pechos de una mujer, del sexo del hombre, del músculo tornado del joven, de las carnes débiles de la anciana. ¿Cruzará el umbral de la decisión? Si la cifra que forma su nombre aún no ha sido pronunciada, si aún no se han encontrado las metafísicas que creen el esbozo de la sombra, si la teología no se ha contemplado aún, lo que es cosa no pasará la frontera de la materia bruta. Para lo contrario está él, ese hombre que observa el mármol, el cadáver tendido, la arcilla deshecha. Él, sin saber nada, ya piensa en un cuerpo que sólo es idea.

¿Quién es ese hombre de mirada perdida? Uno y múltiple a un tiempo. La soledad le rodea, los arcanos volúmenes llenan las paredes de su cuarto. Medita, le vemos especular, le sentimos pensar en el Cratilo, en los poemas modernos, en la moral de los medios… Quizá esté sentado en una silla sin hacer nada, o puede que camine por las calles mojadas, entre la peste arremolinada en las esquinas; también cabría la posibilidad de encontrarle sumido en el rezo, con El Nombre apuntándose en sus labios, sin pronunciarlo por miedo a la blasfemia; no, no lo pronuncia pero su boca lo dibuja sin sonido. Quizá es ese el empujón necesario, el último impulso hacia la condena. Está perdido, su propio nombre no aparece porque no tiene significado, se siente indefinido y busca lo más físico que pueda existir, busca un cuerpo que él no posee, un sustituto de sí mismo.

¿Qué canto triste inspiró a ese hombre taciturno a ocuparse de la tarea? Si la inacción fuese, en verdad, la forma de la razón, si la prudencia hubiera inspirado sus pasos, no habría puesto la mente en el cuerpo y el nombre en los labios. Nunca se sabrá cuál fue la idea que le llevó a dibujar al hombre, la que le hizo pensar en la anatomía del ser-hombre. Quizá haya sido el temor a los propios cuidados, el temor a la intimidad absoluta que devuelven los espejos. El cuerpo propio ya no es cuerpo sino una cosa distinta d incomprensible.

Todo comienza. Sus largos dedos moldean la forma sin presionar con las yemas, como si temiesen dejar demasiado de sí mismos en el rastro de la materia. El creador no toca, acaricia la obra. Poco a poco surge un cuerpo, se anuncia una forma que es posible diferenciar, se cose el tendón al tendón, se une hueso al hueso, se resquebraja lo sobrante y cae junto a la escoria. ¿Qué suerte ha tenido ese despojo para no ser parte de la cosa? No hay respuesta. Si alguien mirase por una ventana vería al doctor, al forjador de hombres y le pensaría como un Prometeo nuevo, como un genio soberbio que no aprendió de la historia.

Lo creado va tomando forma: primero no es nada, no tiene conciencia alguna, ni siquiera es una idea; únicamente se trata de un montón de material amorfo y sin sentido. Pero el cincel trabaja, la aguja cose, las manos moldean y poco a poco aquí nace un vientre, allí se dibuja un brazo, el pie se cose a un tobillo huérfano. El monstruo se va creando. Comienza a existir cierta coherencia, y algo cree ver ese loco que lo forma: un calor quizá, dentro del cuerpo frío. Cree en el latido imaginario y continúa trabajando como quien trabaja en sí mismo. La forma finalmente sale del molde imaginado. Exhausto, el creador lo observa con cierto temor, con un amor infinito y con la ignorancia de lo que ha de hacer después de aquello.

Se abandona el martillo, deja la aguja y también esa quintaesencia que no es más que barro mundano. Se aleja, duerme o reza, y en sus sueños le persigue eso que tiene ante él, lo que le espera observando desde un pedestal. La estatua vigila su sueño, el cadáver de cadáveres espera en la cama, sumido en una alucinación igual que él. Despierta el creador, eleva los ojos del libro donde busca la palabra de su dios. No ha encontrado descanso, pero sí resolución.

Recuerda el numen y no se lo explica. La forma le espera paciente en su incapacidad para ser otra cosa; de pronto, los objetos serán algo más que hermanos en esencia. El rabí escribe las letras, el doctor acciona las palancas, el rey reza entre lágrimas. El conjuro se cumple como si fuera un trámite necesario, si Dios está mirando ya ha firmado la sentencia. ¿Quién habrá que sepa si su aprobación se debe a la ira o a la curiosidad sobre lo monstruoso?

Un murmullo recorre la sala, se queja la piedra, la garganta seca. El gato del rabí huye de terror y los sirvientes del rey gritan asustados. El creador observa tan espantado como admirado. Lo inerte abre los ojos y el mundo se hace, toma forma: ¿cómo verá esa cosa artificial que murmura? Sus ojos tallados se mueven, los óculos vítreos giran espantados. ¿Será capaz de tener recuerdo ese cuerpo moldeado desde la nada? ¿Tendrá conciencia de las manos cálidas, del dolor de la aguja, de la agresividad del cincel?

El pálpito que el creador creyó encontrar en lo muerto ahora se hace evidente: el calor aparece, lo monstruoso se ha hecho, al fin, hombre. Un hombre corrupto, una parodia, un algo patético que llamaría a su creador padre si supiese asociar palabras en su cabeza, si supiese entender qué es lo que ha de hacer. Pero no puede.

El creador cae de rodillas, tiritando, se lamenta en alto, grita. ¿Qué ha hecho? ¿Qué aberración le ha llevado a semejante acto contra Dios? El rabí abre la boca, articula el nombre y su creación le mira, aludido, entendiendo lo único que puede entender: el arquetipo de sí mismo. El cuerpo se acerca, un ente con la suficiente conciencia para emitir un quejido constante, pero no es un hombre. Las manos del rey se alzan quizá pidiendo piedad, quizá con miedo, pero la verdad es que terminan sobre el mármol que ahora es caliente, que cede a su contacto. Sus dedos, si antes rechazaron la materia primitiva ahora sí adoran esa piel blanca. Lo creado le mira, ¿sentirá? Sí, se enternece con el contacto. La voz de su padre ensaya una pregunta que no entiende, pero cierra los ojos ante lo nuevo del sonido. Eso que es responde sólo con el sentimiento, el mundo es algo violento.

De repente se encuentra rodeado y siente confusión. La paz, que en un instante había hecho sentir la esperanza en el rabí, desaparece; el cadáver arrancado a Dios aparta al hombre y huye. Se interna en las nieves, escapa del mundo, camina sin descanso porque su forma se lo permite, porque no conoce el agotamiento ni los límites. Allí donde va se topa con todo a su alrededor y no lo entiende, incapaz de hablar, incapaz de la coherencia. Su boca nunca fue pensada para proferir sonidos, pero algo va formándose en su interior: un sentimiento de venganza, de violencia. Todo sobre él duele porque no ha habido alguien capaz de enseñar a una forma tan primaria.

¿Qué es lo creado? Una conciencia absurda, un intento de afirmación, la cosa misma, objeto incapaz de pensarse. Casi humano, casi realidad. Ese golem es solo piedra, esa carne es solo carne. Es una anatomía arrancada con violencia de la roca viva, cortada con saña entre despojos de cementerio, elevada con la arcilla ilusoria que la ha condenado. El ser ha sido traído a la vida en un terror distinto al del vientre de la madre, artificial, soberbio. Está condenado a una existencia parcial que no ha de comprender, a percibir todo sin saber el código capaz de descifrar la realidad, la violencia del mundo que ni entiende ni le puede entender.

¿Qué esperanza ha de encontrar en un mundo sin paz, sin caricias, avocado al grito eterno que hace encoger el estómago, que destroza con su poderosa violencia? La respuesta es la de siempre, pues son todas: siempre se encontrará en el hombre la mortalidad, la maldición, la caída hasta el ahorcamiento. La luz, la lluvia, la muerte más patética, la sangre derramada sobre el otro; cualquiera de entre esas cosas será la que firme su locura. La locura de un cuerpo que ve el mundo como un hombre no puede hacerlo, como el sacerdote ignora, igual que el doctor ignora, igual que el rey ignora. ¿Qué entiende? El cuchillo sobre el cuello, la virilidad sobre la feminidad, el sexo terrible de los ahogados, la restitución del acero ante la trémula carne dorada por el sol.

La humedad sustituirá la pétrea superficie de la cosa, el cuerpo parodia de lo humano terminará demostrando lo blando que puede ser, la pasión que puede ofrecer. El canto oscuro del príncipe vengador bendecirá la huida del cadáver que camina buscando un guía del alma humana; no sabe que carece de algo similar. La tormentosa figura paterna se revelará como la causa de todo mal, de la desesperanza última. Saltará al abismo, comenzará la caza de su cuna, de su nacimiento, sus ojos lastimeros encontrarán en la muerte del creador la venganza ante la violencia. El cuerpo se hará vencedor sobre las metafísicas, las poseerá y, una vez lo haga, una vez venza sobre todo, se consumirá en el temor y en la duda. Se hará humano, con rasgos marcados, con la sombra rodeando sus ojos azules. Carecerá de piedad pues eso no será capaz de aprenderlo. Llevará siempre un clavel rojo en la solapa como recuerdo por lo vertido, por su herencia última. Cargará con la columna del pasado y conocerá el mito del hombre hasta que comprenda que en su desnudez se encuentra realmente la violencia que le confiere humanidad.

Balada de un día de octubre

El caballo lleva una barda con tres abedules blancos. El jinete hace trotar a la montura sin forzarla en exceso. Está perdido en sus pensamientos, silba alguna tonadilla de cuando en cuando y se distrae girando la cabeza de un lado al otro. No conoce ese bosque, pero pretende dominarlo pronto. Por otra parte la luz le recuerda a su hogar, el bosque le recuerda a su infancia. Está relajado, no espera encontrar allí batalla, cuando reconozca el terreno se adentrará en la ciudad, buscará dónde hospedarse, encontrará aquellos con quienes tiene intención de entablar largas conversaciones y luchará sin saña cuando sea necesario.

Sin previo aviso el caballero enmudece y obliga al animal a detenerse. Un niño yace cerca de un estanque, no muy lejos de donde él se encuentra. Se fija bien en la pequeña figura: es una aparición. ¿Duerme? Tiene los cabellos dorados desparramados sobre el verde del campo. La camisa blanca está abierta y expone su pecho pálido. El rostro está limpio de toda maldad, de toda experiencia. No puede distinguir sus rasgos por la distancia pero le parece la encarnación de una flor, algo bello sobre el que hubieran exhalado una respiración fresca.

El caballero baja de su caballo. Deja a los pies la espada y el escudo, luego se quita el yelmo y los guanteletes de acero. Avanza. Sus pies aplastan las margaritas sin darse cuenta del hecho. El niño despierta con el chillido del metal y el crujido de las correas. El caballero tiene ya ensayada una sonrisa para apaciguarle, pero no hay miedo en quien le observa, no hay siquiera sorpresa. Eso le perturba, duda y termina por detenerse.
-¿Quién eres? –pregunta con curiosidad el niño.

El caballero parece maravillado, lleva las manos a su pecho, al peto con el emblema grabado y mellado, luego responde. El niño asiente muy serio:
-Aquí no crecen abedules blancos, caballero.
-¿Y tú quién eres, niño de nieve?
-Soy el príncipe de las espinas, hijo de un rey de mirada ausente. Vivo en la ciudad, sobre las arcadas y bajo las formas puras de la mañana.

El caballero está confundido. No entiende una respuesta tan críptica. Observa el bosque a su alrededor, se siente algo incómodo, pero la curiosidad le vence. El rostro iluminado del príncipe le atrae. Pregunta por el lugar, el niño no se mueve, se toma un instante antes de parpadear y responder:
-Este es reino de olivos y baladas amarillas. Al regresar del campo los bueyes hacen sonar sus esquilones de plata y las doncellitas los escuchan desde barandas de color verde esmeralda, ellas esperan a soldados que no regresarán nunca. Los gitanos, por la noche, destrozan esqueletos en busca de dientes de oro que llevarse a la boca. El rey ha abandonado toneles llenos de sal en las aceras más pobres y algunos hombres han probado el mineral quemándose para siempre sus lenguas. Aquí la gente celebra las bodas a la luz de la luna llena y los entierros son siempre anónimos. En este mismo bosque una viudita busca a su marido sin saber que está muerto cerca de las fuentes. Es reino de luna, de sombra y aire.

El jinete se ha ido acercando con el relato, pero la última frase le resulta extraña; más extraña aún que todo lo demás. Tiene el gesto fruncido, se pregunta si el príncipito no estará burlándose de él. Comprende, de pronto, que la cara que creyó ver infantil no lo es tanto, ahora puede vislumbrar el vello que aparece en el pecho descubierto. Sus labios también son demasiado serios. Le asusta algo en él que no es capaz de entender, pero la belleza es más fuerte y se acerca con otro paso y otro más.
-¿Qué haces aquí? –pregunta.
-Espero –responde al punto- ¿Y tú, caballero?
-Avanzo –explica en el que cree que es el mismo juego.

El niño asiente, por primera vez se mueve él, camina hacia el otro. Se aproxima cuidando cada pisada, sus pies están descalzos. Hace otra pregunta que no encuentra respuesta.

El hombre está a dos pasos del joven, ahora ve que es de su misma altura, sólo le gana por las grandes botas. Con la armadura también parece mucho mayor que el príncipe que creyó niño, pero hay algo de barba en su cara y unos ojos que le obligan a atragantarse con palabras que no dice. En un primer impulso acaricia sus hombros con torpeza.
-¿Qué ojos son esos, pequeño príncipe? Parecen de piedra…

El niño que no es tal baja los párpados para pensar, coge la mano del caballero y la lleva hasta su cara. El tacto del pelo no es sedoso y la piel es dura. Los labios están resecos. En un arrebato de ternura el jinete le abraza, por alguna razón le cree sufrir, lo sabe. El príncipe se deja y responde de la misma manera. Ambos se aprietan en un mutuo comprenderse, con necesidad, con hambre. Sin saber por qué se besan tiernamente durante un instante que trae el anochecer. Su sabor es de naranja amarga y huelen a rosas y azucenas.

Cuando el caballero separa su cara de él, los ojos extraños son más profundos y siente vértigo al mirarse en ellos, el rostro bello se le antoja ahora algo monstruoso. Siente una punzada de miedo, no comprende la transmutación. El príncipe tiene la frente manchada de sombra. Esta vez sonríe, y la sonrisa, aunque llena de dulzura, le espanta por hallarla antinatural. Se acongoja. Esta vez sí da un paso atrás, luego otro. El joven no dice nada, le tiende la mano en espera de que él la coja. El caballero contempla la pequeña mano desnuda, luego consulta aquellos ojos y duda dejando que el dudar tenga la máxima duración posible. No puede evitar ojear lo que ha dejado atrás: el caballo ajeno a toda la escena. No vuelve a mirar al príncipe, ordena a su cuerpo que se aleje. Paso a paso, con cierta prisa, se coloca los guanteletes y el casco, la espada y el escudo. Clava los talones en el caballo y la montura obedece, se aleja. Cuando se siente seguro el caballero mira atrás: el príncipe vuelve a parecer un niño, en ese momento lanza un clavel a los sapos del estanque y desaparece tras los árboles sin hacer ruido.

Histeria

El hombre de sonrisa enorme, de mil dientes que se aparecen cuando la boca habla, de camisa amplia, de botas inmensas, de pantalones negros y ceñidos; ese hombre aferra la pared de espaldas, la toca, la acaricia suavemente. Lleva unas flores en la otra mano, pero las ignora. Está quieto, muy quieto, con la mirada cerrada, con los ojos escondidos. A su espalda está ella: la muerte, la vida, la mujer; no habrá otra en su vida por mucho que todo cambie, no podrá haberla porque ella es todo, es la cánula que escribe sobre la hoja que es su espalda.

Ella goza de muchos años, de muchos trajes ajados por las sombras, por los sollozos que empujaron sus uñas contra la tela, que rasgaron la seda. Ahora no le mira porque está triste, porque no comprende sus palabras y aún espera que le entregue las rosas marchitas que sujeta.

Él no sabe qué hacer, sus movimientos son muy lentos, casi parece que se suceden en el espacio distante de muchas horas, su posición cambia radicalmente de un rato al siguiente y parece algo inexplicable. Ahora es sólo una sombra imprecisa que mira a un lado. De pronto deja caer las flores como si fuera la ofrenda a un dios, luego se mueve, adopta otra posición: esta vez está inclinado, sin separar todavía la mano del muro, observando el suelo que no dice nada.

Por fin el se da la vuelta y enciende un cigarrillo, recupera su humanidad. Dos hombres aparecen desde rincones obscenos y le desnudan, acarician sus músculos, le dan una copa para que beba y el se deja y bebe. Ella le mira aunque no le entiende, se levanta de su sitio y pasea un rato acariciando su vestido, tocándose los senos apretados debido al corsé que los ciñe. Le mira desde la distancia y no puede más, se vuelve contra él, corre desesperada y él la recibe en sus brazos dejando caer la copa de vino, que se estrella contra el suelo y pierde todo su líquido. El vestido de ella se mancha, pero aún no lo sabe, ahora sólo devora la boca de su amante como si pudiera surtirle de la sangre que alimenta su corazón.

¿De qué trata todo esto? Es sobre la religión de la pérdida, sobre la locura de la voracidad, sobre el maquillaje de los cuerpos perfectos y el vuelo de los vestidos de mujer. La mano sobre la pared de él es lo más real de toda la escena. Esa es su vida pero ninguno de los dos sabe qué significa: está codificada.

La mujer recuerda a su amante sobre sí misma, sudando, entrando en ella con fuerza. La fricción provoca gemidos que resuenan en las paredes mientras vecinos ignorantes callan y se miran de reojo. Hay violencia, ella se agarra al hombre con toda su fuerza y le araña la espalda mientras levanta los ojos y ve aquel cuadro que preside el salón. Es el lienzo de una mujer desnuda, con los pechos destacados y un puñal con su punta ya clavada en la piel. La sangre resbala por su carne en una sola gota larga y gruesa, rubí como el vino antiguo. Ella no puede soportarlo, se levanta sobre él, le gira en el suelo en el que están tendidos y ve su sonrisa blanca, sus ojos que la espían con picardía. Él lo ignora todo y ella no puede contenerse: le golpea, le abofetea sin cuidado y él, él se defiende, sale de ella y provoca que la mujer se sienta vacía de todo y se encoja aún desnuda, llorando como una niña.
-¡Ya basta! –suplica- ¡Basta!

Pero es sólo un recuerdo, ahora ella está vestida y él no, están besándose con lágrimas resbalando por sus mejillas. “Este es el perdón” –se dice la mujer y luego frota la espalda de él con delicadeza, ungiéndole con perfumes. Sus hombros anchos le cautivan y su vientre marcado le llena de deseo. No se detiene ahí, le acaricia todo el cuerpo hasta que se cumple la última hora y él se marcha quedándose ella sola en su casa.

Ninguno de los dos comprende la necesidad del otro porque no pueden, porque su individualidad les lleva a otro lugar y les señala como irremediablemente solitarios. Son lobos que no conocen su destino y que se buscan incansablemente por instinto social. ¿Qué van a hacer si no es luchar cada día como lo acaban de hacer?

Ella baila en su soledad, mueve la cola de su vestido contra las paredes, las golpea y arranca con aquellos gestos de vuelo los adornos que permanecían todavía en pie. Pero entonces aparece él otra vez, sin mediar palabra. Crea una sensación de hartazgo con su entrada y ella se siente morir, queda paralizada en un gesto violento y pierde la fuerza de sus músculos. Él extiende los brazos y le da un pañuelo negro que ella sujeta a un lado, con la mano laxa. Luego él la agarra con fuerza del cuello y gira su cara sin importarle el daño que puede causar. Ella se queja, pero él besa su rostro con delicadeza.
-Vete –dice la mujer.

El hombre abre mucho los ojos, sorprendido. Se aparta, vuelve a la pared donde todo había comenzado y se apoya esta vez con las dos manos extendidas, muy quieto, muy recto. Apenas hay luz que le ilumine y permanece en silencio. Ella no sabe qué hacer, pero al final se decide y cae en un rincón agarrándose de las rodillas, temblando hasta recobrar su valor. Por fin logra ahogar los gritos y coge la pluma de su escritorio, se arrodilla ante él con las manos manchadas de tinta y graba en su espalda una línea más que se une al resto que ya le recorre la piel. Lo hace con cautela, introduciendo la punta en la carne. Las gotas de sangre ella las limpia con un estallido de sus labios y él, que no se inmuta, espía el otro lado del muro, donde hay una historia distinta que no está viviendo.

Amanece otro día

N.d.A: “Amanece otro día” se publicó el día 16/08/2011 en Literatura Nova. Existe la posibilidad de descargar el archivo en formato pdf en dicha página.

Amanece otro día y se suma a la correlación que conforman mis semanas, meses, años y décadas. Hace tiempo que dejé de llevar la cuenta, cada vez me resulta más extraño quitarle hojas al calendario o suspirar sobre una fecha futura habiendo dejado tantas y tantas atrás.

Amanece, sí, pero es un hecho vulgar que ocurre sin ningún tipo de problema. El sol destierra lentamente esa oscuridad falseada de las ciudades, el azul pálido se anuncia pronto y apaga las farolas como un mandato. Es el mejor momento de la noche, su declive, cuando ya podríamos decir que no es tal sino que es de día. La diferencia se muestra sutil; el mundo negro se ha diluido pero todavía no estalla el astro sobre nuestras cabezas. Ahora, en la azulada atmósfera, fresca, recién nacida, nuestros músculos se relajan de los sudores de la cálida noche y podemos respirar. El verano, por un momento, nos deja soñar con un día apacible, pero ya sabemos que no será así.

¿Luego qué? Ha amanecido y estoy despierto, he sido consciente de mí mismo tras un tiempo, me he dado cuenta de que aguzaba mi oído como un acto reflejo, buscando esos sonidos de la monotonía que dan forma a la realidad y dan coherencia a un mundo que, quizá, podamos detestar.

Se me hace imposible levantarme, la sola idea me harta, me aplasta contra las sábanas y me siento pesado, denso. El sueño ha sido apacible pero acuoso, opresivo. El calor del verano me produce un embotamiento del que no soy capaz de salir, es una prisión donde los sueños no están permitidos, donde las pesadillas nadan como esos monstruosos peces abisales. No me han dañado las bestias pero estoy turbado, la imagen de ese pez ha aparecido en mi cabeza y me obliga a darme la vuelta, a retirar a patadas la sábana que me cubre, a encogerme como un niño que juega, pero yo no juego. Estoy agotado pese a que he dormido varias horas.

Me levanto finalmente cual mártir en su último día. Quizá este sea el mío después de todo; no me importaría mucho. ¿Cómo preocuparse por la muerte cuando no apreciamos la vida? Ese problema, esa crisis de nuestro ser, me parece la más importante en esta sociedad, algo de lo que no podemos escapar. Desde hace años me siento atado al mundo y me pesa, me pesa como el plomo líquido donde nadan los abisales.

El “baile” es el mismo de todas las mañanas, no le pongo ni un ápice de atención, arrastro los pies por el pasillo, me quito la ropa interior y alivio mi vejiga. Si me he levantado ha sido más que nada por esa imperante necesidad. El espejo me mira con poco agrado, mi reflejo se palpa la barba sin afeitar, pero con un ligero esfuerzo mental recuerdo que hoy es domingo y que no es necesaria la tortura de la cuchilla y la espuma. La ducha es fría. Me visto con pulcritud, herencia de los años de ejemplo que me mostró la estatua de mi padre. La imagen de esa artificialidad, de esa magnificencia impuesta, de la inalterabilidad de su rostro, me recuerda que él era la gran efigie, el indiscutible señor de nuestro pequeño mundo. Mi madre hacía las veces de sumiso pedestal donde él se elevaba; casi se puede hacer uno a la idea de ella agachada, con su pelo rubio y el traje ceñido que usaba una de cada dos veces en la ópera, con la espalda dispuesta y mi padre encima, pisándola con los brillantes zapatos, vestido con el traje tres piezas de rayas, el reloj en el bolsillo del chaleco, el blanco pelo corto culminando su rostro pálido con las gafas de pasta negra y el gesto serio. No recuerdo haber visto sonreír a mi padre, los días que lo traigo a mi memoria delante del espejo me asusto de mí mismo y de mi propia boca, inclinada en esa contra-sonrisa que la genética repitió en mi padre y en mí. Quizá él fue consciente de lo que yo soy ahora, es posible que él viese el mundo tal y como lo veo yo. Se me ocurre pensar que existe la posibilidad de que no fuéramos tan distintos en el interior, de que todas las discusiones con él se debieran a que nuestros puntos eran similares y no divergentes.

Cuando termino de abrochar la camisa me doy cuenta de que estoy equivocado, de que en nada me parezco a él. Detesto su tiranía, no comparto los ideales conservadores ni me creo un personaje con derecho a estar por encima de los demás. No tengo familia, pero si la tuviera sé que no sería el líder indiscutible, el dios a los que los otros tuvieran que adorar, jamás sería capaz de pisar a mi mujer considerándola menor a mí, asignándole un papel y un lugar que a mí siempre me repugnó.

Mi padre está muerto, al igual que mi madre. Fue hace pocos años, él cayó primero victima de un corazón que no quiso mantener vivo por más tiempo a alguien así. Ella se dejó caer desde entonces, perdida sin el peso a sus espaldas, libre de pronto tras treinta años de matrimonio. No pudo soportar ese nuevo estado y se consumió. A mis hermanas y a mí nos ha ido bien, su muerte no nos causó una gran impresión como cabría esperar. Llevo un año sin verlas y no me siento mal por ello, sé que ellas tampoco. Nunca estuvimos unidos entre nosotros, somos planetas con nuestras propias órbitas que por casualidad fueron engendrados en el mismo sistema solar.

El desayuno es rápido: café, tostadas y una manzana.

Soy hijo de mis padres, es algo obvio, todos somos hijos de nuestros padres; afirmarlo es hilar un poco más, es estar diciendo que ellos realmente calaron en mí, que su tutela produjo, en parte, mi carácter. Mis padres lo consiguieron. El beatísimo del que intento despegarme, las “virtudes” católicas que me pesan como cadenas, pues lo son, siempre han estado ahí, están y estarán. Si creyera en Dios sería el perfecto cristiano. No creo, pero soy un ateo poco convencido, que mira los crucifijo con desdén, casi con asco, pero que al entrar en una iglesia suele estar tentado de rezar aunque sólo sea por conveniencia. Es cierto, en nada me parezco a mi padre, pero sus cuidados me forjaron en parte como él quería, en otra parte como no.

Termino el desayuno, recojo, me levanto y bajo a la calle para dar un paseo, buscando ímpetu en un domingo que ahora que nace ya amenaza con ser estéril, con morir sin dejar rastro.

En la calle ya hay varias personas, el vecino del quinto me saluda con una mano entre los sudores de su carrera matutina. Abren la floristería, su fragancia me hace detenerme ante el escaparate y observar las plantas. La dueña me sonríe mientras coloca un ramo de violetas, le devuelvo el gesto y camino, lentamente, con las manos en los bolsillos. Huyo de mis pensamientos, me concentro en la contemplación de la gente.

La prensa casi choca conmigo en un punto, el quiosquero me saluda con un gruñido y observo la prensa generalista, que no me atrevo ni a tocar, luego me fijo en las revistas. Mi inglés es lo suficientemente bueno como para observar la internacional, pero no me convence; mis ojos vagan por publicaciones de política, economía, historia, arte y curiosidades varias. “Es todo lo mismo”-me digo. Finalmente sonrío y me despido sin comprar nada, azorado ligeramente por mi contemplación gratuita.

Llego ante la panadería, aprovecho para comprar el pan y doy la vuelta, regreso a casa con prisa, casi asustado del mundo. Nada hay fuera para mí.

El apartamento me recibe con su quietud conocida, dejo el pan y suspiro en el sillón, observando el silencio que envuelve la casa. No sé qué hacer. El espacio se me antoja grande porque yo, vida minúscula, apenas ocupo un trocito de mi piso. Sentado miro las estanterías con algún libro y adornos varios. La mini-cadena permanece muda, la televisión está muerta, negra. ¿Podría encender algo? ¿Y de qué serviría? Ese es el problema, esto es lo que me inquieta, me enerva, me ahoga y me hace escupir. No sé qué hacer con el tiempo que conforma mi vida, casi parece que lo agoto por cansancio, porque no puedo hacer otra cosa. ¿Morir?

Miro la tentadora ventana. ¿Morir? No. Quizá en la muerte encontrase el alivio que espero, que ansío, la paz de ese dormir eternamente. Quizá llegue con la muerte un sueño acogedor, pero me preocupan las pesadillas. No, yo no soy Hamlet, yo no miro los espejos con inquietud, buscando en mi reflejo la imperfección que revele mi alma. No, nunca me han gustado las tragedias sádicas con lo obsceno a plena luz, palpitante y evidente.

Y de pronto, con una extrañeza tremenda, igual que si una jirafa u otra suerte de animal exótico hubiese entrado en la habitación, el teléfono suena. Es una rara ave cantora que me confunde y lo observo como si no lo conociera antes de alargar el brazo, tomarlo con la mano, descolgar y preguntar lo inevitable, lo aprehendido:
-¿Sí?

Es Teresa, amiga de toda la vida, hermana de batallas, audaz confesor de todos los pecados de mi vida y compañera de más de uno que hemos cometido juntos. Pregunta qué tal y respondo sinceramente; no se hace el silencio esperado, simplemente me invita a comer, concretamos el lugar, la hora y cuelgo el teléfono con una sonrisa que antes no estaba en mi cara. Ella me alegra lo justo para seguir un poco más, para sentir el impulso necesario que evita mi hundimiento. Si Soy es gracias a ella.

Me fascina la perfección sencilla de esa llamada de teléfono que ha evitado lo que muchas mujeres, amantes más intimas de mi sudor, se afanaron por conseguir o, en su dejadez, aquello que me levantaron, como enfermedad o salpullido. Recuerdo en un instante la sensación de ansiedad que tantas de esas conversaciones me dejaron, el disgusto palpitante, el insulto al borde de los labios tras colgar el teléfono. ¿Cómo puede cualquiera amar y dejar esa sensación en la otra persona? Es obvio, no había amor.

Me levanto pensando en lo que no hay que pensar, pienso en mi destino, en el punto y seguido de la narración. Pienso en el trabajo que mañana me esperará, fiel guardián que no se cansa; luego recorro el intrincado valle de lágrimas (por ser dramático en tal tema) que ha sido para mí el mundo de las mujeres, del amor hacia ellas. Confieso que las adoro, que son para mí seres extraordinarios, entes inigualables que no soy capaz de comprender del todo con mi mala disposición de hombre que no sabe oír ni ver. Las amé con fuerza y también me amaron, aunque ninguna por mucho tiempo. La única mujer que se ha quedado en mi vida ha sido ella, Teresa, siempre Teresa. Curiosamente nunca hemos sido nada más que amigos muy íntimos, que hermanos por elección. Sé, y me agrada tener esa seguridad, que ella estará conmigo en cualquier momento, transcurriendo cualquier trance. Hoy en día sería la única persona que de verdad sentiría mi desaparición de la escena, mi huida de este mundo. Lo sé porque no quiero ni imaginarme el mundo sin ella.

Y así llega el mediodía, pensando en nada, en mi vida, haciendo lo que todos hacemos tantas veces. El espejo me recibe con consideración esta vez, amablemente, mostrándome a mí mismo o una parte que yo reconozco de mí. ¿A qué se debe este cambio? ¿A Teresa? Quizás, quizás ahí esté la clave, el fondo; puede que finalmente haya que vivir por otros, en realidad es lo que hacemos cada día: vivir por otros, porque otros nos dan sentido. Los demás, ese Otro gigantesco, nos dota de coherencia. Las personas que he ido dejando atrás, las que conforman mi presente cercano o mi presente lejano, todas ellas han dejado poso; también la muerte. Sí, la muerte también ha dejado su huella. Ha sido, junto con el resto de circunstancias, una tutora como lo fueron mis padres, exactamente en el mismo modo y sentido.

Me han forjado con golpes extraños; millares de martillos que han chocado contra mi materia y me han otorgado este yo que el espejo me devuelve. Soy obra de muchos igual que soy artífice de los demás: de Teresa, del diablo de mi padre, de mis hermanas sin hermano, de las mujeres que he amado y me amaron… Es un pensamiento alegre, es una gota del licor que da sentido a nuestra existencia. La soledad no es una opción alegre, la soledad es la que hace contar mis días como placas de plomo que he de descolgar del muro blanco de mi habitación, la que me aplasta con su calor contra las sábanas.

Sin saber por qué, recuerdo a María, nuevo nombre en esta mañana, viejo recuerdo de unas semanas. En un relámpago se me aparece la luz de su cara ante ese espejo borroso. Me rendí con ella por miedo a arriesgarme, a ser feliz, a repetir errores mil veces cometidos, Ella, entristecida pero comprensiva, aceptó, sonrió como pudo y me regaló un último beso en los labios. Quizá pueda volver a intentarlo, quizá me atreva, aunque sea tímidamente, a amarla y dejar que me ame.

No lo sé, ha sido un pensamiento fugaz que me ha animado sin quererlo. Ahora, sin embargo, salgo a la calle, cojo el metro, estoy cerca del lugar marcado y Teresa me saluda a varios metros con su gran sonrisa, con su amor gratuito. María saldrá en la conversación, estoy seguro, Teresa me animará a coger el teléfono y marcar su número. ¿Lo haré? Me tienta mucho, cada vez más. La mañana gris de pronto se diluye, los abisales desaparecen con terror por la luz de verano y no hay acuosidad en mi mente ahora. Faltan muchas horas pero ya empiezo a entender que la cama hoy me recibirá de forma muy distinta; quiero creer que el sueño será más amable y me permitirá enfrentarme al guardián de los lunes terribles, al espejo que, dormido y ajado por el abotargamiento, me muestre el examen fatal de mi fondo, la monstruosidad de mi herencia.

Deposito mi fe en que mañana todo mejorará porque hoy está comenzando a cambiar para bien. Es imposible saberlo pero confío en mañana, siempre en mañana…