Hoy no llegará la nieve

Al despertar había un cuervo en mi ventana. No hay nada especial en un pájaro descansando las alas o protegiéndose del frío, pero éste miraba hacia el interior, me espiaba. Nos quedamos mirando el uno al otro apenas a un palmo de distancia, con el cristal entre ambos. Fue un largo minuto, luego graznó y salió volando.

Hace años, cuando paseabas por esta ciudad en diciembre, la nieve te congelaba los pies. No era una sustancia pura tipo cuento de Disney, pero sí abundaba. En ciertas horas del día las calles tenían un encanto especial, los niños chillaban jugando a la guerra y los conductores se lamentaban por los retrasos sin mucho alboroto, encendiendo la radio para entretenerse. Ahora no, ahora no hay nieve. El viento aún es glacial y te corta las mejillas, pero hemos olvidado el crujido blanco bajo las botas. La ciudad sigue sucia y vulgar, inalterable sea primavera, verano, otoño o invierno.

Las luces de navidad parpadean lánguidamente, no evocan ninguna felicidad, cuelgan de las farolas o entre edificios viejos para hacer aún más sórdido lo sórdido, atrayendo la atención sobre los desconchones, las grietas, los socavones, los carteles de ‘Se vende’, las meadas congeladas mágicamente por el hada del invierno, etcétera. Los niños ya no chillan, los conductores la pagan con el claxon.

Al volver a casa he dejado pan seco en el alfeizar de la ventana. Hace frío. No puedo distinguir ningún pájaro en el cielo, tampoco hay estrellas, sólo nubes impotentes, teñidas de amarillo aquí y allá con ese brillo enfermo de contaminación lumínica. Abajo, en la calle recorrida por luces de navidad las familias salen del supermercado, un viejo vomita en la esquina y un adolescente lo graba con el móvil; no muy lejos hay un papá Noel con traje dos tallas más grande, agita desesperadamente una hucha de lata ante los transeúntes y les grita «feliz navidad» al borde de las lágrimas.

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Fotografía de Elena Tejerina Ferreras

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Acuerdo periférico

Este es el trato: aceptar el juego de sonrisas caducadas y las butacas de gallinero a cambio de un boleto para participar. La paradoja es conocida. ¿Qué es más “real”, la cara maquillada del actor en escena o tras la función, “libre” y en sociedad?

Tic tac. Tic tac. Tic tac. Error. Responda otra vez. No, conviene reformular la pregunta hasta despojarla de todos sus adornos, hasta revelar ese fondo limpito, huesudo y desagradable, ese “¿Por qué?” primero que subyace a toda cuestión.

¿Por qué?

Este es el trato: continuaremos la farsa un poco más, seguiremos de fiesta en la barriga del behemoth, entre farolillos de papel y copas de champagne, fingiendo ignorar la evidencia del olor y la carne podrida.

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Fotografía de Borja Rivero

Las flores no lloran

Hemos acabado con el verano, lo hemos destrozado entre jarrones de porcelana blanca y marcos de madera. Arrancamos todas sus piezas, la corteza satinada, su eje, sus patas. La tormenta lo ha desgarrado. Queda un despojo húmedo, quedan las ausencias, las iniciales de nombres no pronunciados en voz alta durante los meses de calor.

El plural mayestático sirve para camuflar el deseo. En realidad, tiemblo por las horas que no han llegado ni llegarán nunca contigo. Los amores de otoño están perfumados con hojas muertas, están destinados a la melancolía, perduran tras los años junto a esqueletos de ratón y cáscaras de mariposa. Sigo hundido hasta las rodillas en los restos del naufragio, mientras crepitan las horas de esta noche extraña. Las flores no lloran y los pájaros ya no vuelan despacio.

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Fotografía de Miriam L. Valiente

Op. 288, Icaro, Lento ma non troppo

Lento. Abres los ojos y eres consciente de tus alas, estiras esos nuevos miembros nacidos como ramas de un árbol dormido. Extiendes las plumas perezosas, unos dedos nuevos, torpes aún. Preparas la musculatura y realizas el movimiento más evidente, el más instintivo. Ganas en agilidad, sientes esa nueva fuerza transformarte en algo más. Tu pecho se enciende con una rabia y un ansia incomprensibles minutos antes, entonces tus pies se despegan del suelo, la sensación te encoge el estómago, pero sonríes con tus dientes de fiera. Un poco más, dejas atrás las miradas embobadas de quienes te odian, temen o envidian. Los cuervos graznan su bienvenida en los tejados, pero también les abandonas, continúas tu ascenso y ya no buscas la tierra, sino las estrellas.

¡Ah! ¡La asfixia del cielo! El delicioso dolor en el ascenso excita tus lacrimales, las gotas calientes cruzan tu cara y se escurren por tu cuerpo, arrastrando tu sabor y dejándolo caer hacia la tierra que has abandonado, desde donde te observan con su boca abierta cientos de niños sedientos. Te impulsas más arriba, más arriba.

Tu cabeza empieza a llenarse de sonidos, de voces que te alertan del peligro, de demonios que se ríen por tu osadía, de arcángeles que te insultan bajo la aterrada mirada de algún dios impotente. El ruido se hace ensordecedor, gritas, gritas con alegría y desesperación, pero no puedes escucharte, tu cabeza está poblada por toda la genealogía de mitos y tu voz es una más en el coro, no es posible distinguirla.

Llega el momento decisivo: ya no puedes más, el crescendo ha alcanzado su fin y tus pulmones llevan ya varios minutos estrujados en un intento por aprovechar unas migajas de oxígeno, entonces se hace el silencio.

Uno.

Dos.

Tres segundos.

El último suspiro sale de tu garganta, una exhalación prolongada donde se escapa el quejido apaciguado de tus demonios, el gemido que anuncia la eyaculación de los arcángeles, el descanso de los mitos, la muerte de dios. Tu cuerpo cae con la velocidad de la carne y sientes al viento abrazarte y jugar contigo, animarte a recuperar el sentido, a luchar, a batir las alas que ya se deshojan por la violencia de tu caída.

Lento. El golpe detiene el mundo, te quiebra con la precisión de la cerámica, tu carne se separa en diez mil direcciones, ya con intención de ser vestigio, pero cuando el efecto de velocidad aún no ha desaparecido de tu materia, antes de dejar de parecer algo casi humano, estallas en infinitas motas de éter, preñando a los hombres con la obsesión por alcanzar las estrellas.

Da capo.

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Lamento por la muerte de Ícaro – Herbert James Draper

Entrada Nº15: Los Idus de Luz de Mercurio

Lo sé. No estoy.

Lo siento.

Mi cabeza se la lleva el día a día, el torrente cotidiano, se la lleva la necesidad, se inunda con las obligaciones y se obsesiona con la tinta y los monstruos de siempre, mis oráculos. Aspiro a los espejismos sobre la arena… buscando el dolor. No. El eco de un sentimiento áspero, incómodo. Eso sí. De la sangre también brotan flores, estoy abrevando mis plantas para aromar los pies de esta tumba.

Colaboro en tres proyectos literarios. Escribo la novela. Estudio un master. Trabajo. Hago malabarismos con mi vida social. Leo. Cumplo los deberes que me asignan los monstruos para apaciguarlos, para que bajen el volumen con el Numen. Intento hacer algo con las redes sociales y el blog… sin éxito. Todos tenemos un límite, hasta los caminantes en el desierto.

Estoy satisfecho. No, no lo estoy, quisiera llegar a más pero no soy dueño del tiempo. Es suficiente y me conformo con esa sensación de hacer lo posible. No, no me conformo, me hiede la boca por no gritar las palabras y mis demonios se revuelven inquietos. Pero uno debe aceptar cuánto puede sobrepasar sus limitaciones, hasta dónde tensar el hilo brillante de lo posible. Un poco más y se rompe.

Luz de Mercurio no cierra ni se va, pero está en obras. La actividad seguirá siendo tan descuidada como en los últimos meses. Esta entrada es un anuncio de peligro: atentos a los agujeros en el suelo y la pintura fresca, no os vayáis a ensuciar la camisa; cuidado con las cajas, estamos ordenando, trayendo nuevos proyectos. Vendrán sorpresas. Quizá pronto. Pero quiero ser prudente para que el trabajo valga la pena. Seis meses, medio año, es un lapso digno. Mucho trabajo (que no podréis ver inmediatamente) para asegurar un futuro a este viejo blog que pronto cumplirá 7 años, un futuro corto, pero futuro. ¿Durará? Algunas cosas caen por su propio peso, otras se quedan enganchadas al árbol y en su rama maduran y en ella se pudren.

Es hora de sentarse a meditar, limpiar el polvo y cambiar los muebles. Podéis hurgar entre los trastos viejos del timeline para entreteneros. Siempre es bonito rescatar los juguetes de esa niñez azul.

Última confesión: me gusta mucho el número 15, me recuerda a los idus del pobre Cesar, la mitad de algo y a la vez cierto punto de no retorno, de decisión. Bien, ya hemos escuchado al oráculo y nos sabemos la lección. Mejor hagamos algo antes de enfrentar la siguiente escena del drama.

Damas, caballeros, estas aguas templadas que bañan nuestros muslos llevan el nombre de Rubicón. No se entretengan con su brillo mercuriano, es hora de cruzar. Si pasamos a la otra orilla con la espada en la mano será la guerra, yo lo acepto, empuño el alma de Coriolano. Quien quiera, que me siga.

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Portada de la película Coriolanus, dirigida por Ralph Fiennes (2012)

Muere Tomaz Pandur, rey oscuro de la escena

«Moriré valerosamente como recién casado en su boda. ¡Vaya! quiero ser jovial ¡venid ¡soy rey! ¿no lo sabíais, señores míos?» – El rey Lear, William Shakespeare

Tomaz Pandur murió el doce de abril a los 53 años de un paro cardiaco en Macedonia, donde realizaba los ensayos de su última obra, el ‘Rey Lear’. Desaparece con él una manera única de hacer teatro, siempre mirando a través de la sonrisa sardónica de quien conoce un oscuro secreto.

Su carrera estuvo llena de éxitos, desarrollándose de manera internacional desde Eslovenia y pasando por, entre otros, Grecia, Croacia, Macedonia, Italia, Alemania, o recientemente Colombia. Residía en España desde hace pocos años, dónde pudo disfrutar de un gran reconocimiento tanto por parte de la crítica como del público. Aquí el director de escena estrenó ‘Sherezade’, ‘Infierno’, ‘Alas’, ‘100 minutos’, ‘Barroco’, ‘Hamlet’, ‘Medea’, ‘La caída de los dioses’, y por último ‘Fausto’ a finales de 2014. Sin duda a Pandur le atraían los condenados, los oscuros descubrimientos, los descensos al abismo.

La iconografía del director, así como la elección de libretos, respondían a un pronunciado interés por las grandes obras del pasado, sin las cuales no sería comprensible su particular universo. Pandur volvía a los clásicos, pero lo hacía transformándolos en otra cosa, revelando su contemporaneidad al mismo tiempo que dejaba en ellos su particular marca. Sus puestas en escena querían revelar un paisaje íntimo y oscuro, ayudado inteligentemente por soluciones técnicas que sobrepasaban el simple atrezo para convertirse en elementos dialogantes.

La exigencia de Pandur a sus actores no estuvo exenta de crítica, o incluso cierta controversia debida a un punto de vista tan cercano y personal. Sabía, no obstante, convocar lo más visceral en ellos, logrando unas actuaciones íntimas y desesperadas, capaces de atraer el espectador a su universo. Destacan de entre sus trabajos el ‘Hamlet’ más oscuro y visceral jamás representado en España; una ‘Medea’ coronada de espanto (ambos con Blanca Portillo como gran dama); su homenaje a Visconti, esa resurrección de ‘La caída de los dioses’ en las salas del Matadero; y un magnífico ‘Fausto’ con Roberto Enriquez en el papel protagonista.

El universo del esloveno ha sido y seguirá siendo único. Fácilmente reconocible gracias a un marcado estilo noir, Tomaz Pandur ha llevado sus producciones a las profundidades más tenebrosas del hombre, exaltando los instintos ocultos. Pandur insertaba los personajes en una atmósfera oscura y hacía partícipe al público de ese viaje en busca de lo perdido. Su marca personal ha sido una mezcla de inquietud metafísica y atmósfera lúbrica y violenta, que acercaba los libretos a la belleza de lo terrible. Hay algo antiguo, perverso y seductor en todo lo que hizo. Le debemos, no sólo la inquietud, los escalofríos en nuestra espalda o la falta de aliento, sino también la excitación por esos cuerpos entregados al dolor. Pandur jugó siempre a provocarnos con la perversión deseada, haciendo surgir la verdad instintiva y primigenia del hombre en un clima melancólico, donde no llegaba la luz y por tanto todo era permitido. Su particular cosmos estaba al otro lado del espejo, (elemento habitualmente presente en sus producciones) donde el pudor no tenía validez y podíamos intuir la verdadera cara del hombre.

Tomaz Pandur no volverá para tentarnos con lo que no nos atrevemos a desear, ni para mostrarnos el reflejo más oscuro de nosotros mismos o hacernos anhelar la caída sin redención, la sumisión total, y al mismo tiempo esa gloria imposible, esa victoria que nunca llegará. El rey ha muerto y la pregunta se impone: ¿Hay alguien capaz de reclamar la corona negra?

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El bastón de Indra

En 1850, pocos años antes del fin de la Compañía Británica de las Indias Orientales, un tal Mr. Redford, perteneciente a dicha organización, fletó un barco desde Bhavnagar, al oeste de la India, con dirección Londres. Según el documento portuario, en el cargamento se incluían cincuenta y siete troncos de cedro centenario, provenientes de la ladera del Himalaya. Sin embargo, a la capital del Imperio Británico sólo llegaron cincuenta y seis.

Mr. Nelson, la persona autorizada para recoger los troncos, fue quien inmediatamente notificó el error tras el recuento aduanero. Puesto que la madera había sido encargada por cierto Lord, el asunto tomó un cariz importante y la Compañía se puso en contacto con Mr. Redford para aclarar el asunto. Al parecer la misteriosa desaparición del árbol cincuenta y siete se debía a una confusión de última hora.

El lote fue la estimación de un ebanista para construir los muebles que vestirían la nueva vivienda del mencionado Lord. Por suerte para todos los implicados, el asunto se resolvió rápidamente cuando el hombre confesó haber sido precavido encargando dos más de los necesarios. La Compañía dio carpetazo al asunto y nunca más se volvió a pensar en aquel pequeño incidente.

Mr. Redford, en cambio, dejó bien anotado en su diario todo lo ocurrido en la India. Los árboles habían sido talados a pocas millas de Almora, al norte del país, bajo su propia supervisión. El ebanista había sido específico con la talla de los árboles y eso requería buscar cedros de al menos doscientos años. Para hallarlos, Mr. Redford contrató un guía de la región que les hizo el camino mucho más fácil, encontrando en cuestión de semanas los árboles necesarios. Sin embargo, ya en Bhavnagar, en el momento de cargar la mercancía en la goleta, el secretario personal de Mr. Redford se sorprendió «con gran pavor» según el diario, al comprobar que uno de los troncos estaba marcado por la inconfundible cicatriz de un rayo, que había abierto una brecha larga y rojiza en la corteza. Tanto insistió el hindú sobre el tronco, que su jefe terminó por dejarlo en tierra. El secretario le explicó que si un árbol recibía el impacto de un rayo (vashra) no debía tocarse, pues había sido reclamado por Indra, el dios supremo antes de ser superado por Brahmá, Vishnú y Shivá. El cuerpo de Indra estaba cubierto por cientos de ojos, permitiéndole verlo todo, seguía con especial perversión a quienes contrariaban su voluntad. Mr. Redford, tras dos décadas de viajes por la India, había aprendido a respetar la extraña mitología. La imagen del dios lleno de ojos consiguió inquietarle y encargó que se deshicieran del tronco.

El secretario mandó llevar la madera a su aldea natal, en algún punto del centro de la India. Allí el tronco sirvió para tallar diversos objetos de uso sagrado, adornos, cuencos y tallas de los dioses. Del centro del árbol también se sacó una pieza entera, usada en la confección del bastón.

Como ustedes mismos pueden observar, la empuñadura simple en forma redondeada destaca sobre el fuste, completamente grabado hasta su punta con los diez avatares de Vishnú. En la parte inferior podrán apreciar a Indra, representado sobre su elefante de tres cabezas; de este modo se quiso reflejar la evolución del poder celestial del hinduismo: comenzando con el dios de los mil ojos y continuando con Vishnu elevándose hasta su décima reencarnación, montado sobre el caballo y blandiendo una espada. La pieza resultante es una magnífica obra de arte, tratada posteriormente con cera de abeja.

El resto de la historia es más misterioso. La aldea lo regaló al secretario de Mr. Redford para agradecerle la donación. Finalmente fue el inglés quien se quedó con el cayado, lo llevaba el día en que un elefante le pasó por encima. Después el bastón se perdió y de algún modo llegó a Munich, donde se encontró en 1945 en casa de Heinrich Himmler. Cómo consiguió el comandante nazi el bastón aún es un misterio.

Debido a estas dos coincidencias se ha formado una pequeña leyenda alrededor de este objeto, según la cual todo el que lo empuñe perecerá de una manera horrible, pues se trata del castigo que Indra ha impuesto a la humanidad por haber talado su árbol. Es otra razón más para no tocar las piezas del museo, nunca se sabe cuales estarán encantadas. ¿Verdad? Si me acompañan ahora les mostraré otra pieza muy interesante.