Funambulismo y ecos de Babilonia

¿Cómo enfrentarse a la vida? Tomarla por algo horrible sería fácil. Abrir las ventanas al ritmo de la séptima de Beethoven, sentir el viento agitar las cortinas con saña, mirar abajo, buscar los charcos, igual que lagos en medio del asfalto, observar el cielo, las nubes plomizas, ese techo imperturbable sobre el que Dios se ríe a carcajadas desde hace miles de años. Luego respirar, notar el frío calar en nuestras ropas, desnudarnos, repasar con las manos la propia anatomía buscando las rutas igual que lo haríamos sobre un mapa. Llegar a la cara, la boca y bajar deslizando los dedos hasta el sexo. Sacar un pie al alfeizar, después el otro y saltar cuando el allegretto esté en su punto álgido. Caer con la música, caer desembarazándose de la insoportable vida, ceder al fin a ese deseo de destrucción que la terca voluntad nos impedía.

No, cierras la ventana, dejas pasar el momento y tomas una larga ducha caliente hasta que la sinfonía se termina. Cambias radicalmente de banda sonora, es necesario, como si en la séptima hubieras buscado el valor para dar el paso en el vacío, ahora prefirieres evitar tentaciones. El juego de funámbulo no se ha celebrado y la música clásica parece no ajustarse al silencio, a la siguiente etapa después del fallido fin. La pantomima te lleva a Queen. Escuchas la letra quieto, atento para no perderte una sola palabra, identificándote con la historia y preguntándote por qué “the show must go on.” Se te ocurre que es la inercia la que te empuja hacia delante y te frena justo antes del salto. La canción termina. Después, como si hubiera sido convocada, te golpea la oración de Edith Piaf, también en inglés, pero esta vez dudas de sus palabras y, mirando el cielo, piensas en ese Dios carcajeante, en si será capaz de sentir piedad.

Sabes que estás condenado a la violenta expectación de tu propia vida. Es la consecuencia derivada de la historia: un día los hombres buscaron formas de llenar el vacío. No se dieron cuenta de que en el silencio estaba la respuesta. Quizá la culpa la tuvo un rayo, su trueno quebró una noche quieta, y a partir de entonces los hombres tuvieron miedo y buscaron protección, cuevas, armas y pieles con las que cubrirse. También observaron al cielo y pensaron en alguien enfadado y poderoso. El resto ha sido el desarrollo natural de un sentimiento. Las sociedades descienden de algo tan primario como el miedo, pero si alguien hubiese tenido el valor de infundir tranquilidad en el resto, si hubiera señalado las nubes como causa, entonces quizá los hombres aún disfrutarían de las tardes sobre las colinas o del mar en las playas. Si el silencio hubiera sido la primera piedra la evolución habría sido más dulce, sosegada, formada alrededor de sentimientos que dejarían la razón a un lado.

Pero ha sucedido otra cosa, y nuestra técnica se ha refinado, ahora levantamos grandes bloques de edificios donde adquirimos unas cuantas habitaciones mediante procesos cómicos, carentes de sentido. También hemos logrado comprender los truenos y ya no los tememos. Ahora existen trabajos intrascendentes de supuesta gran importancia, divisas para mover el destino de millones de personas por caprichos y juegos de sombras chinescas; hay envidia del exceso y un horror vacui extendido como una enfermedad. El amor se ha equiparado a contratos y se le ha cargado de preguntas, de tópicos, de miedos, de complicaciones. Ya no existe la simpleza, tú te mueves por la prudencia en vez de por el deseo. Evitas el daño pensando en las consecuencias, sin pararte a imaginar que quizá merecería la pena ser imprudente, quizá el premio fuese mayor. Pese al pensamiento no eres capaces de cambiar, y la duda te corroe empujándote hacia la seguridad de lo conocido, hacia el no apostar cuando se corre peligro.

Sabes que estás reglado, condenado. Has cedido a las metafísicas porque el mundo terrenal se ha transformado en un infierno sin solución. Lo sabes, por eso es paradójico que no te atrevas a dar el salto, y seas capaz de vivir pese a saberte culpable de la destrucción. Perteneces a una raza de heraldos de la muerte. El silencio se venga a través de ti. Eres una criatura ruidosa que parpadeará con su molesto cri-cri antes de desaparecer y dar paso al reinado del silencio y el vacío. El miedo desaparecerá contigo, por eso lo has intentado.

La siguiente canción que salta del reproductor ya te encuentra demasiado cansado para buscar metafísicas en ella. Te dejas mecer por la música, por la letra que no quieres entender. Ya no soportas más la excesiva exposición de tu desnudez, te aterra espiar tu cuerpo en los reflejos de la casa. Te pones ropa que huele a suavizante barato y te echas en la cama pensando en cómo pasar otro domingo igual que el anterior, exacto al próximo, invariable siempre, vacío incluso de la costumbre obligada del trabajo, hábito que te disgusta, pero que puedes resolver de manera casi mecánica. Se ha convertido en una forma de llenar los silencios, igual que lo intentas hacer con la música.

Frank Sinatra sorprende, suena anacrónico, no entiendes tanto romanticismo del tipo “vintage.” Acabas de superar la impresión. El mundo, no sabes por qué, vuelve a ser soportable. Entiendes que la primera pregunta que te hiciste es irresoluble. Se te ocurre considerar la vida como un salmo que se repite siempre de la misma manera, eternamente, quizá por eso ha perdido todo su significado y tus labios pronuncian palabras huecas sin lograr invocan nada, ecos inaudibles llegados desde Babilonia.

Te adormeces en la cama con Leonard Cohen y te encuentras en un sueño desprovisto de adornos, donde tú y aquel al que te gustaría poseer, estáis unidos como figuras en una caja de música. El baile es infinito, la mirada es infinita, pero el disfrute de la belleza única del otro os lleva al pánico. Bailareis hasta el fundido en negro de ese beso que tarda en llegar y suplicas.

Te hundes en la oscuridad donde desaparece la incógnita. Te sumerges en el sueño líquido donde el oxígeno no te quema por darte vida, donde el agua te recibe imponiéndose contra tu cuerpo, incorporándote en sí misma, rebelándose como el molde original del que provienes. En algún momento abrirás inevitablemente la boca y el líquido recorrerá ansioso los huecos vacíos de tu cuerpo. Así, suspendido como un pez muerto en medio de dos superficies, ya no sentirás la necesidad de afrontar la vida y podrás descansar en ese apacible éxtasis amniótico y denso.

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De regreso a la perdición

No podía quitarse las voces de la cabeza. Estaba tumbado a oscuras en la cama de su apartamento, estaba dormido. En el sueño se le aparecían cabezas de humo seguidas de largas estelas, cabezas brillantes, demoníacas, retorcidas, cuyas sonrisas se abrían sangrando más y más humo. Susurraban, gritaban. Cada vez le gritaban más y él no podía entender, Jaime sólo entendía una voz, el eco de todas ellas, el discurso reunido por todas las voces. No podía comprender, pero lo hacía: le hablaban del error, de la caída, de la derrota, le insultaban y le describían. Decían que había perdido y tenían razón.

Despertó súbitamente, con un grito, dando manotazos a las sábanas. Golpeó los muros, se quitó la camiseta sucia que tenía y la lanzó contra la ventana, algo sonó a roto, un vaso que había tirado. En la penumbra el espejo le devolvió su figura. ¿Quién era él? Era enorme, torpe, lleno de un pelo espeso y negro, con una mandíbula cuajada de colmillos y unas grandes zarpas que todo podían destruir. Arrojó algo contra el cristal con un estruendo terrible y volvió a la cama aún aterrado, dispuesto a arrancarse la cara con sus uñas. Pero cuando los dedos tocaron la piel, notó bajo las yemas una textura suave y recordó que era un hombre, un hombre pequeño que dormía en un apartamento. Abrió los ojos, miró la habitación y volvió a cerrarlos. Se encogió sobre la cama llevando las rodillas hacia el pecho y sollozó porque había perdido.

El día apareció y Jaime tuvo que levantarse, recoger los objetos rotos, lavarse y salir a la calle. Su figura pasaba desapercibida bajo el abrigo negro. El tráfico le parecía odioso, la gente le parecía odiosa. Compró tabaco para desayunar y se sentó en el parque. Fumó hasta hartarse y en el móvil no había ningún mensaje.

Sin saber qué hacer su mirada se perdió en el cajón de arena donde ahora no jugaba ningún niño, era demasiado pronto para ellos. Pensó en el desierto y en el camino, pensó en el fin y en el umbral; se entretuvo así unos minutos, en silencio, sin apartarse del mismo sitio. Hasta que se desesperó. Quiso gritar, pero todas aquellas personas que se dirigían a algún lugar le mirarían extrañados, quizá alguno llamase a la policía; le tomarían por loco. ¿Lo estaba? ¿Cómo podía afirmarlo o negarlo? No, no había respuesta. Jaime era muy consciente de que la cordura era un bien preciado que había que luchar por conservar. Se contuvo y no gritó.

En su lugar rascó su cabeza con ambas manos, apretando los dientes. Odiaba aquel banco, aquel parque, aquella ciudad, odiaba su apartamento, sus muebles, su cama, se odiaba a sí mismo. ¿Por qué se había rendido? Recordó la pesadilla de su noche, las caras que lamían sus labios en una parodia de los besos que un día dio. Recordó el torrente de voces, recordó el estallido de su propia persona, su transformación transitoria en bestia, en demonio a la busca de redención o de una corrupción mayor. Sí, las voces, todas ellas se ponían de acuerdo en una única cosa; entre una serie infinita de reproches, de verdades y mentiras, durante una fracción de segundo las cabezas se ponían de acuerdo y en el caos incomprensible resonaba el eco silbante de una rápida acusación: “eres débil.” –decían.

Sí, era débil. En el banco del parque se sintió hundido al recordarlo y de repente aquella ciudad era opresiva y las personas que se dirigían a algún lugar le asustaban, las sentía como violentas. Tartamudeó al levantarse y luego corrió hacia su casa, sin mirar, agotando su cuerpo cuanto podía. Una carrera en la que tropezó sin caerse, en la que perdió el libro que llevaba siempre consigo y en la que golpeó a alguien que le insultó sin conseguir que se diera la vuelta. Cuando llegó a la habitación se desnudó, cerró las cortinas y se enterró bajo las sábanas, sólo en aquel momento se dio cuenta de que estaba llorando.