Amanece otro día

N.d.A: “Amanece otro día” se publicó el día 16/08/2011 en Literatura Nova. Existe la posibilidad de descargar el archivo en formato pdf en dicha página.

Amanece otro día y se suma a la correlación que conforman mis semanas, meses, años y décadas. Hace tiempo que dejé de llevar la cuenta, cada vez me resulta más extraño quitarle hojas al calendario o suspirar sobre una fecha futura habiendo dejado tantas y tantas atrás.

Amanece, sí, pero es un hecho vulgar que ocurre sin ningún tipo de problema. El sol destierra lentamente esa oscuridad falseada de las ciudades, el azul pálido se anuncia pronto y apaga las farolas como un mandato. Es el mejor momento de la noche, su declive, cuando ya podríamos decir que no es tal sino que es de día. La diferencia se muestra sutil; el mundo negro se ha diluido pero todavía no estalla el astro sobre nuestras cabezas. Ahora, en la azulada atmósfera, fresca, recién nacida, nuestros músculos se relajan de los sudores de la cálida noche y podemos respirar. El verano, por un momento, nos deja soñar con un día apacible, pero ya sabemos que no será así.

¿Luego qué? Ha amanecido y estoy despierto, he sido consciente de mí mismo tras un tiempo, me he dado cuenta de que aguzaba mi oído como un acto reflejo, buscando esos sonidos de la monotonía que dan forma a la realidad y dan coherencia a un mundo que, quizá, podamos detestar.

Se me hace imposible levantarme, la sola idea me harta, me aplasta contra las sábanas y me siento pesado, denso. El sueño ha sido apacible pero acuoso, opresivo. El calor del verano me produce un embotamiento del que no soy capaz de salir, es una prisión donde los sueños no están permitidos, donde las pesadillas nadan como esos monstruosos peces abisales. No me han dañado las bestias pero estoy turbado, la imagen de ese pez ha aparecido en mi cabeza y me obliga a darme la vuelta, a retirar a patadas la sábana que me cubre, a encogerme como un niño que juega, pero yo no juego. Estoy agotado pese a que he dormido varias horas.

Me levanto finalmente cual mártir en su último día. Quizá este sea el mío después de todo; no me importaría mucho. ¿Cómo preocuparse por la muerte cuando no apreciamos la vida? Ese problema, esa crisis de nuestro ser, me parece la más importante en esta sociedad, algo de lo que no podemos escapar. Desde hace años me siento atado al mundo y me pesa, me pesa como el plomo líquido donde nadan los abisales.

El “baile” es el mismo de todas las mañanas, no le pongo ni un ápice de atención, arrastro los pies por el pasillo, me quito la ropa interior y alivio mi vejiga. Si me he levantado ha sido más que nada por esa imperante necesidad. El espejo me mira con poco agrado, mi reflejo se palpa la barba sin afeitar, pero con un ligero esfuerzo mental recuerdo que hoy es domingo y que no es necesaria la tortura de la cuchilla y la espuma. La ducha es fría. Me visto con pulcritud, herencia de los años de ejemplo que me mostró la estatua de mi padre. La imagen de esa artificialidad, de esa magnificencia impuesta, de la inalterabilidad de su rostro, me recuerda que él era la gran efigie, el indiscutible señor de nuestro pequeño mundo. Mi madre hacía las veces de sumiso pedestal donde él se elevaba; casi se puede hacer uno a la idea de ella agachada, con su pelo rubio y el traje ceñido que usaba una de cada dos veces en la ópera, con la espalda dispuesta y mi padre encima, pisándola con los brillantes zapatos, vestido con el traje tres piezas de rayas, el reloj en el bolsillo del chaleco, el blanco pelo corto culminando su rostro pálido con las gafas de pasta negra y el gesto serio. No recuerdo haber visto sonreír a mi padre, los días que lo traigo a mi memoria delante del espejo me asusto de mí mismo y de mi propia boca, inclinada en esa contra-sonrisa que la genética repitió en mi padre y en mí. Quizá él fue consciente de lo que yo soy ahora, es posible que él viese el mundo tal y como lo veo yo. Se me ocurre pensar que existe la posibilidad de que no fuéramos tan distintos en el interior, de que todas las discusiones con él se debieran a que nuestros puntos eran similares y no divergentes.

Cuando termino de abrochar la camisa me doy cuenta de que estoy equivocado, de que en nada me parezco a él. Detesto su tiranía, no comparto los ideales conservadores ni me creo un personaje con derecho a estar por encima de los demás. No tengo familia, pero si la tuviera sé que no sería el líder indiscutible, el dios a los que los otros tuvieran que adorar, jamás sería capaz de pisar a mi mujer considerándola menor a mí, asignándole un papel y un lugar que a mí siempre me repugnó.

Mi padre está muerto, al igual que mi madre. Fue hace pocos años, él cayó primero victima de un corazón que no quiso mantener vivo por más tiempo a alguien así. Ella se dejó caer desde entonces, perdida sin el peso a sus espaldas, libre de pronto tras treinta años de matrimonio. No pudo soportar ese nuevo estado y se consumió. A mis hermanas y a mí nos ha ido bien, su muerte no nos causó una gran impresión como cabría esperar. Llevo un año sin verlas y no me siento mal por ello, sé que ellas tampoco. Nunca estuvimos unidos entre nosotros, somos planetas con nuestras propias órbitas que por casualidad fueron engendrados en el mismo sistema solar.

El desayuno es rápido: café, tostadas y una manzana.

Soy hijo de mis padres, es algo obvio, todos somos hijos de nuestros padres; afirmarlo es hilar un poco más, es estar diciendo que ellos realmente calaron en mí, que su tutela produjo, en parte, mi carácter. Mis padres lo consiguieron. El beatísimo del que intento despegarme, las “virtudes” católicas que me pesan como cadenas, pues lo son, siempre han estado ahí, están y estarán. Si creyera en Dios sería el perfecto cristiano. No creo, pero soy un ateo poco convencido, que mira los crucifijo con desdén, casi con asco, pero que al entrar en una iglesia suele estar tentado de rezar aunque sólo sea por conveniencia. Es cierto, en nada me parezco a mi padre, pero sus cuidados me forjaron en parte como él quería, en otra parte como no.

Termino el desayuno, recojo, me levanto y bajo a la calle para dar un paseo, buscando ímpetu en un domingo que ahora que nace ya amenaza con ser estéril, con morir sin dejar rastro.

En la calle ya hay varias personas, el vecino del quinto me saluda con una mano entre los sudores de su carrera matutina. Abren la floristería, su fragancia me hace detenerme ante el escaparate y observar las plantas. La dueña me sonríe mientras coloca un ramo de violetas, le devuelvo el gesto y camino, lentamente, con las manos en los bolsillos. Huyo de mis pensamientos, me concentro en la contemplación de la gente.

La prensa casi choca conmigo en un punto, el quiosquero me saluda con un gruñido y observo la prensa generalista, que no me atrevo ni a tocar, luego me fijo en las revistas. Mi inglés es lo suficientemente bueno como para observar la internacional, pero no me convence; mis ojos vagan por publicaciones de política, economía, historia, arte y curiosidades varias. “Es todo lo mismo”-me digo. Finalmente sonrío y me despido sin comprar nada, azorado ligeramente por mi contemplación gratuita.

Llego ante la panadería, aprovecho para comprar el pan y doy la vuelta, regreso a casa con prisa, casi asustado del mundo. Nada hay fuera para mí.

El apartamento me recibe con su quietud conocida, dejo el pan y suspiro en el sillón, observando el silencio que envuelve la casa. No sé qué hacer. El espacio se me antoja grande porque yo, vida minúscula, apenas ocupo un trocito de mi piso. Sentado miro las estanterías con algún libro y adornos varios. La mini-cadena permanece muda, la televisión está muerta, negra. ¿Podría encender algo? ¿Y de qué serviría? Ese es el problema, esto es lo que me inquieta, me enerva, me ahoga y me hace escupir. No sé qué hacer con el tiempo que conforma mi vida, casi parece que lo agoto por cansancio, porque no puedo hacer otra cosa. ¿Morir?

Miro la tentadora ventana. ¿Morir? No. Quizá en la muerte encontrase el alivio que espero, que ansío, la paz de ese dormir eternamente. Quizá llegue con la muerte un sueño acogedor, pero me preocupan las pesadillas. No, yo no soy Hamlet, yo no miro los espejos con inquietud, buscando en mi reflejo la imperfección que revele mi alma. No, nunca me han gustado las tragedias sádicas con lo obsceno a plena luz, palpitante y evidente.

Y de pronto, con una extrañeza tremenda, igual que si una jirafa u otra suerte de animal exótico hubiese entrado en la habitación, el teléfono suena. Es una rara ave cantora que me confunde y lo observo como si no lo conociera antes de alargar el brazo, tomarlo con la mano, descolgar y preguntar lo inevitable, lo aprehendido:
-¿Sí?

Es Teresa, amiga de toda la vida, hermana de batallas, audaz confesor de todos los pecados de mi vida y compañera de más de uno que hemos cometido juntos. Pregunta qué tal y respondo sinceramente; no se hace el silencio esperado, simplemente me invita a comer, concretamos el lugar, la hora y cuelgo el teléfono con una sonrisa que antes no estaba en mi cara. Ella me alegra lo justo para seguir un poco más, para sentir el impulso necesario que evita mi hundimiento. Si Soy es gracias a ella.

Me fascina la perfección sencilla de esa llamada de teléfono que ha evitado lo que muchas mujeres, amantes más intimas de mi sudor, se afanaron por conseguir o, en su dejadez, aquello que me levantaron, como enfermedad o salpullido. Recuerdo en un instante la sensación de ansiedad que tantas de esas conversaciones me dejaron, el disgusto palpitante, el insulto al borde de los labios tras colgar el teléfono. ¿Cómo puede cualquiera amar y dejar esa sensación en la otra persona? Es obvio, no había amor.

Me levanto pensando en lo que no hay que pensar, pienso en mi destino, en el punto y seguido de la narración. Pienso en el trabajo que mañana me esperará, fiel guardián que no se cansa; luego recorro el intrincado valle de lágrimas (por ser dramático en tal tema) que ha sido para mí el mundo de las mujeres, del amor hacia ellas. Confieso que las adoro, que son para mí seres extraordinarios, entes inigualables que no soy capaz de comprender del todo con mi mala disposición de hombre que no sabe oír ni ver. Las amé con fuerza y también me amaron, aunque ninguna por mucho tiempo. La única mujer que se ha quedado en mi vida ha sido ella, Teresa, siempre Teresa. Curiosamente nunca hemos sido nada más que amigos muy íntimos, que hermanos por elección. Sé, y me agrada tener esa seguridad, que ella estará conmigo en cualquier momento, transcurriendo cualquier trance. Hoy en día sería la única persona que de verdad sentiría mi desaparición de la escena, mi huida de este mundo. Lo sé porque no quiero ni imaginarme el mundo sin ella.

Y así llega el mediodía, pensando en nada, en mi vida, haciendo lo que todos hacemos tantas veces. El espejo me recibe con consideración esta vez, amablemente, mostrándome a mí mismo o una parte que yo reconozco de mí. ¿A qué se debe este cambio? ¿A Teresa? Quizás, quizás ahí esté la clave, el fondo; puede que finalmente haya que vivir por otros, en realidad es lo que hacemos cada día: vivir por otros, porque otros nos dan sentido. Los demás, ese Otro gigantesco, nos dota de coherencia. Las personas que he ido dejando atrás, las que conforman mi presente cercano o mi presente lejano, todas ellas han dejado poso; también la muerte. Sí, la muerte también ha dejado su huella. Ha sido, junto con el resto de circunstancias, una tutora como lo fueron mis padres, exactamente en el mismo modo y sentido.

Me han forjado con golpes extraños; millares de martillos que han chocado contra mi materia y me han otorgado este yo que el espejo me devuelve. Soy obra de muchos igual que soy artífice de los demás: de Teresa, del diablo de mi padre, de mis hermanas sin hermano, de las mujeres que he amado y me amaron… Es un pensamiento alegre, es una gota del licor que da sentido a nuestra existencia. La soledad no es una opción alegre, la soledad es la que hace contar mis días como placas de plomo que he de descolgar del muro blanco de mi habitación, la que me aplasta con su calor contra las sábanas.

Sin saber por qué, recuerdo a María, nuevo nombre en esta mañana, viejo recuerdo de unas semanas. En un relámpago se me aparece la luz de su cara ante ese espejo borroso. Me rendí con ella por miedo a arriesgarme, a ser feliz, a repetir errores mil veces cometidos, Ella, entristecida pero comprensiva, aceptó, sonrió como pudo y me regaló un último beso en los labios. Quizá pueda volver a intentarlo, quizá me atreva, aunque sea tímidamente, a amarla y dejar que me ame.

No lo sé, ha sido un pensamiento fugaz que me ha animado sin quererlo. Ahora, sin embargo, salgo a la calle, cojo el metro, estoy cerca del lugar marcado y Teresa me saluda a varios metros con su gran sonrisa, con su amor gratuito. María saldrá en la conversación, estoy seguro, Teresa me animará a coger el teléfono y marcar su número. ¿Lo haré? Me tienta mucho, cada vez más. La mañana gris de pronto se diluye, los abisales desaparecen con terror por la luz de verano y no hay acuosidad en mi mente ahora. Faltan muchas horas pero ya empiezo a entender que la cama hoy me recibirá de forma muy distinta; quiero creer que el sueño será más amable y me permitirá enfrentarme al guardián de los lunes terribles, al espejo que, dormido y ajado por el abotargamiento, me muestre el examen fatal de mi fondo, la monstruosidad de mi herencia.

Deposito mi fe en que mañana todo mejorará porque hoy está comenzando a cambiar para bien. Es imposible saberlo pero confío en mañana, siempre en mañana…

Hermes Castilla

Conocí a Hermes una tarde calurosa en que había bajado al río. Su nombre se lo había adjudicado uno de esos padres cuyos ojos se vuelven de cristal al mirar a sus hijos. Él esperaba grandes cosas de su vástago y un Manolo o un Pedro, como quería su madre, no parecían nombres adecuados para grandes logros. Hermes, sin embargo, a su padre le había parecido perfecto para acompañar a ese apellido familiar que él no había conseguido encumbrar pero que su hijo sí lo haría.

Hermes Castilla, sufrió en el colegio las burlas de los Manolos y los Pedros por su nombre tanto como por su físico delgado, sin apenas fuerza. Tardó en crecer, aunque lo hizo bien y, como si su nombre le hubiera curado de la brutalidad de sus congéneres rurales, él se mantuvo bastante culto para lo acostumbrado entre aquellas gentes, más aplicado y más inteligente que otros, aunque sí le acompañó el peor defecto: la pereza, la cual su padre se obstinaba en dominar como un hierro torcido es dominado por el herrero. Los martillazos del progenitor no dieron resultado, sólo hicieron del adolescente una persona más retraída y con un cariño hacia su padre puramente debido a la sangre.

Hermes no era muy alto, tenía el rostro limpio, sin ningún tipo de marcas, con la piel de ese color ligeramente moreno que tan bien le quedan a las personas de mar, también era barbilampiño; su boca no era grande peros sus labios estaban bien definidos y parecían ser lo más suave que nadie hubiera probado, cuando sonreía era con cierta timidez y formaba una curva propia por la que muchas ya habrían suspirado; la nariz era pequeña y agradable, los pómulos ni muy marcados ni rellenos, la frente no era excesivamente grande y bajo ella, trazadas dos bonitas cejas, Hermes miraba al mundo con ojos ligeramente hundidos en una sombra, lo cual hacía destacar más la luz en que estaban prendidas sus pupilas, de un verde claro que casi llegaba al amarillo. Era desgarbado, caminaba con la cabeza algo baja, buscando esos simples detalles que a él tanto le gustaban.

Le conocí, como decía, en el río, él, con los botones de la camisa más desabrochados que lo contrario, se inclinaba sobre el agua fría donde los peces de cuando en cuando pasaban. Se asustó al verme ya que le sorprendí. Luego, echas las presentaciones, hablamos del lugar de donde vivía, del pueblo en el que estábamos, que era el mío y en el que se encontraba esperando que su abuelo materno muriese. A Hermes aquel ambiente oscuro de la casa donde había crecido su madre, cubierta la fachada de endrederas hostiles, le acongojaba tanto como los gemidos sordos de ese moribundo que se deleitaba en el placer de su hedor. No, a ese joven que era todo vida no le gustaba la muerte y tampoco se veía unido a un pronto cadaver que no había conocido en vida.

El abuelo murió a mediados de Agosto pero la familia se quedó casi hasta septiembre. Hermes y yo compartimos todo un verano. La mayor parte del tiempo lo pasábamos tirados en el cesped de mi casa, bajo un inmenso sauce, atentidos por mi tía, una mujer robusta que nos procuraba zumos fríos, bocadillos y algún que otro dulce; a veces en aquellas tardes leía en voz alta y él se tumbaba a mi lado y escuchaba sin preguntar nunca de tan absorto como se encontraba en la hsitoria. Leimos algo de Dumas, no recuerdo qué libro pero quizá fuera el famoso Montecristo. Otros días nos bañábamos en el río hasta que terminabamos tiritando de frío y nos echábamos al sol desnudos para calentarnos como lagartos.

Fue un verano perezoso que se pasó muy rápidamente, nos convertimos en grandes amigos en unos mess en que ninguno de los dos tenía a nadie más. El día del entierro le acompañé y, aunque no le había unido a aquel feretro ningún lazo, esa predisposición de la sangre le hacía sentirse, si no triste, al menos turbado. Fui el único que se dio cuenta de aquello y en mi papel de amigo apreté su mano en un gesto que se encontró con su propio apretón. No quiso soltarme la mano hasta el último Amén y sólo entonces lo hizo, agradeciéndome con una de esas sonrisas suyas que pagaban el mundo. Aquel día supimos que el tiempo que nos quedase juntos sería una cuenta atras y lo vivimos con felicidad: hicimos reir a mi tía con ocurrencias locas acerca de las gentes del pueblo, cabalgamos en las yeguas de Don Luis, dimos fin al destino de Edmond Dantés y el día antes de despedirnos para siempre hubo un beso fugaz que no supimos de donde surgió, pero que nos mantuvo unidos varios minutos.

Conversación unilateral atemporal

A veces ella te ha visto hurgar entre las macetas del jardín de Laura. Lo sabes, pero no te importa porque tienes quince años y para ti los colores de las flores son el sentido de tu vida. Eres una niña un poco traviesa, muy callada, que mira con curiosidad, con inteligencia, no como el palurdo de tu primo que sólo sabe dar patadas a un balón. Te cae mal, pero tienes que aguantarle porque tiene doce años y tú ya te piensas muy mayor.

Pero pasan los años, creces, maduras. Ya no juegas con la tierra de las macetas, pero te sigue embriagando la fragancia de la tierra húmeda y de los colores floridos. El amarillo es tu favorito. Vives cerca de un río, en un pueblo no muy grande. Habitualmente en primavera y otoño te sientas sobre las piedras grandes cerca del puente y miras el agua con tus ojos verdes. Un día te pregunté qué hacías y me respondiste que buscabas el plateado viscoso de los peces grandes que saltan de cuando en cuando de las frías aguas. Nunca me extrañó que tu fascinación por el color te llevase a pintar, pero apenas lo hacías. Eras muy modesta y también muy practica (culpa de tu padre). “Perder el tiempo está mal”, era lo que él te solía decir. Tu agachabas la cabeza con tu nariz respingona de diecisiete años y la volvías hacia la ventana, buscando más allá a los chicos guapos que te miraban en el colegio. El día de tu dieciocho cumpleaños Juan te besó, muy tiernamente, sabía a fruta, eso fue lo que pensaste.

Y Juan pasó, junto con otros que vinieron después. Creciste y se te borró la inocencia del rostro. Pero la mirada de color se quedó, ese furtivo cazador que guardaban tus pupilas hechizó a muchos que cayeron a tus pies. Con veinte años te fuiste a la ciudad, te metiste en una academia de arte y pintabas durante todo el día. Aquel cuarto tuyo, viejo y destartalado, se convirtió en una paleta de colores. Te encerrabas cada día, apilando lienzos, llenando cuadernos. Cuando terminabas un cuadro salías a la calle a buscar inspiración o quedabas con algunos amigos para relajarte, para buscar nuevas sensaciones.

Así transcurrieron cinco años y expusiste, con no mucho éxito de critica, pero sí de ventas. Eras demasiado clásica, decían, pero te admitían un dominio del color magnifico. Te mudaste y empezaste a trabajar en una galería al tiempo que seguías pintando. Eras feliz, sencillamente feliz.

Y llegó Elena. Jamás habías conocido a una persona así, llena de energía, de espontaneidad, de genio. Era toda una intelectual, sabía de todas las materias, de todas las artes y era una conversadora mordaz, que no te dejaba escapar indemne de una charla sobre cualquier tipo de tema relacionado con sus conocimientos. Te atrapó y tú también produjiste un interés enorme en ella. ¿Cuanto estuvisteis juntos? Seis años, sí seis años en los que viviste radiante, bellísima, con tu trabajo mejor que nunca, vendiendo mucho, encantando incluso a los pedantes de las revistas y museos. Te hiciste un nombre en el mundillo. Pero ella se fue, se marchó más allá del océano porque necesitaba un cambio, porque su naturaleza temperamental y salvaje no podía estar mucho tiempo encerrada en la jaula de una relación seria. Lloraste, mucho, y entonces tu pintura cambió. Tu paleta se hizo oscura, pero te aplaudían aún más y tú no lo comprendías, pero les dejabas aplaudir y sonreías falsamente esperando el cheque que pagase la factura de la luz.

¿Pero qué te ha pasado, amiga mía? ¿Qué te ha pasado? Hace ya muchos meses desde que terminaste tu último cuadro y ya no pintas. ¿Qué ha ocurrido? Te veo y apenas te reconozco, sin arreglar, descuidada, siempre enfundada en los mismos jerséis grandes, como buscando un calor que no tienes. Me entristece tanto verte así… Y no puedo hacer nada… Ya no encuentro ese color en tu mirada, no está el buscador de matices que tanto nos fascinaba a todos. ¿Donde ha ido el cazador? No lo sé, supongo que hubo una tarde en que te cansaste, en que tu animo tocó fondo, cuando ya solamente pintabas con negro… ¿volverá el color? Espero… Espero que sí, me encantaría, me harías feliz con ello.

Hoy la hija de Laura te ha visitado y te ha alegrado el día, lo sé porque me lo has dicho. Habéis tomado café en ese sitio que tanto te gusta. ¿sonríes? Ves… no todo es tan malo. Sé que ella te ha recordado cuando tenías quince años y te pasabas las tardes en aquel jardín soñando con colores, hundiendo los dedos en la tierra húmeda de las macetas.

El perdón

-Pues es así. -Terminó, dejando caer los brazos, inertes, sin fuerza.
Lloraba aunque de una forma suave y sin hacer ruido.
-No -Respondió-, no lo acepto.
Amanda avanzó paso a paso hacia Miguel, alejandose de Clara. Él la recibió con un abrazo, mientras permanecía mudo, consolando a Amanda, observando a Clara con seriedad.
-Lo siento mucho -dijo de nuevo Clara-. Sucedió, pero vine aquí para decirte que se ha terminado, que se ha acabado. Tu amistad es más importante para mí que él.
-¡Eso no te detuvo para follartelo! -Gritó por primera vez, sin separarse de Miguel.
-A veces los sentimientos, como las hormigas, trepan -dijo ella, con los ojos humedecidos-. No sabemos qué hacer, no queremos matarlas, su cosquilleo incluso es agradable… Intenta comprender que me refrené, no hice nada hasta que me sentí ahogada. Yo también le amaba, Amanda. Le amaba más de lo que he querido a nadie nunca. Mis depresiones, mis tristezas, todo lo aceptaba porque yo era tu amiga, pero no pude frenar siempre este torbellino que se había creado en mí.
Se hizo un breve silencio donde Amanda lloraba sorbiendo ruidosamente su nariz, donde Clara aprovechó para limpiar su propio rostro de aquellas gotas saladas que manaban de sus ojos. Se colocó bien su jersey, porque tenía frío, y caminó hasta la ventana, viendo a los niños jugar en la calle.
-Le ame durante años, viendolo cuando estaba contigo, feliz. Hasta el día en que ya no lo era, hasta el día en que dejó de quererte. Es un cobarde, no se atrevió jamás a decirtelo… Es cierto, he caído, te he engañado. Pero no pude volver a hacerlo, me he sentido sucia y me costaba contestar tus llamadas, me dolía verte sufrir sabiendo que era yo la causa de tu angustia. Pero no lo sabías… Ha sido mi secreto todo este tiempo. Un secreto que me ha dolido tanto, tanto…
Clara enmudeció, arrastrandose por la pared hasta quedar sentada en el suelo, perdiendo el control sobre sí misma durante un momento. Lloró y gimió, ocultando la cara en sus temblorosas manos.
Miguel tuvo el impulso de acudir hacia ella, pero no pudo, Amanda le necesitaba más ahora. Ella, que estaba prendida de su ropa a punto de desfallecer si le faltaba su apoyo.
Amanda llevaba grandes pendientes y un vestido de sirena verde, estaba incómoda, con la tela arrugada y demasiado ceñida. Tuvo el impulso de quitarselo, de arrancarlo de su cuerpo rasgando las costuras con sus propias uñas, pero se detuvo. Hundió la cara en el pecho de Miguel y sollozó de pura impotencia
-Ha sido mi secreto -repitió Clara calmandose un poco-, pero se ha terminado, se ha acabado, se ha consumido… Jorge se ha marchado y nos ha dejado a las dos solas, no volverá, nos hemos liberado de él. Tú y yo que le amábamos, pero él no a nosotras. Nos utilizó… yo me he dado cuenta, me lo he tenido que arrancar… me ha dolido… como matar las hormigas trepando por mi cuerpo, enrojeciendo mi carne…
Fuera comenzó a llover. Los niños gritaron al verse sorprendidos, corriendo cada uno en una dirección, buscando a sus madres. Las gotas se estrellaban contra la ventana.
Amanda se acordó de todas las noches que pasaron juntas, cuando Jorge y ella habían discutido y corría buscando un taxi en aquella ciudad insensible a sus lágrimas. Corría a refugiarse en los brazos de Clara. Ella siempre le abría la puerta, fuera la hora que fuera, y le calmaba entre sus brazos, acariciando su pelo hasta que, vencido el susto, agotada, se dormía ya más tranquila. ¿Perdonarle? No, a Jorge no, Jorge no tenía perdón, pero ella sí. Clara se mostraba arrepentida, no huía de su casa, permitiendo que se desahogase con ella, que la maltratase. Estaba allí, débil, triste, expuesta, llorando al igual que ella, destrozada, sola. ¿Cuánto debía de haber sufrido? ¿Cuánto? Quizá más que ella misma. Ella que ahora había corrido a los brazos de Miguel, su eterno enamorado, su siempre amigo fiel. Ella estaba en sus brazos, pero Clara no, Clara estaba sentada en el suelo, sin nadie que le limpiara las lágrimas.
Poco a poco se separó de Miguel, quien se mostró algo reticente a permitirle aquel esfuerzo. Amanda le calmó con una leve sonrisa y se limpió la cara. Se volteó y avanzó hacia Clara, quitándose los zapatos de tacón, sentandose junto a ella. Se miraron un instante con los ojos rojos e irritados, luego se abrazaron.

Zigzag

-¿Sabes? Tú tienes razón, la vida es muy extraña y dura, si pensamos en ello mucho… eso nos partirá el corazón. No pienses, haz como yo, cruza la vida en zigzag, así es mucho más divertido.
Jaime estalló en carcajadas al oír aquellas palabras. Margot, por su parte, estiró sus labios, brillantes de carmín rojo, y dio una calada más al cigarrillo antes de aplastarlo contra el cenicero.
-¿Tanta gracia te hace? –Continuó ella, cruzando las piernas -. No hay que tomarse todo tan en serio.
-Tu forma de ver la vida es maravillosa –Concedió James pidiendo por señas otra copa para cada uno.
-Por supuesto, soy francesa. Je vois la vie en rose.
-También es muy fantasiosa, Margot. Al final siempre hay más problemas. Seamos serios… el trabajo, la familia, el amor.
Ella negó con aquel gesto que tanto le caracterizaba, moviendo la cabeza con lentitud y los ojos cerrados. Se mantuvo en silencio cuando el camarero recogió los vasos vacíos de sus anteriores consumiciones y los sustituyó por nuevas y apetitosas copas, que Margot recibió con una sonrisa encantadora dejando enseñar los dientes. Mientras, siempre tan practica y seductora en todos sus movimientos, abrió el pequeño bolso, sacó de allí su pitillera y de ella un cigarro que cogió con sus labios. No buscó el mechero, siempre había algún hombre cerca que se ofrecía para darle fuego. En esta ocasión ni siquiera fue necesario la habitual caída de pestañas, el camarero, presuroso, buscó un encendedor con el que Margot pudo encender ese pequeño placer que consumía con vicio. En el proceso en que la llama prendió el tabaco, los ojos verdes de ella se mantuvieron fijos en los del pobre camarero, que se marchó bastante más nervioso de lo que había llegado. Jaime se reía discretamente.
-Eres una femme fatale.
Margot sonrió lacónica, elevando una ceja.
-¿He dicho ya que soy francesa? Deja de afirmar lo obvio, cariño.
-Hablábamos…
-Dela vida, sí –Le interrumpió ella-. Cariño, de verdad me esfuerzo por entender tu obstinación en esos dramas en los que te eternizas, pero soy tu amiga y he de decirte que exageras.
-¿Nunca te puede el peso del mundo?
Ella tomó su amaretto sour, bebiendo un suave trago, relamiéndose con esa discreción y sexualidad que tantos hombres (y también mujeres) atraían hacia ella. Dio una calada al cigarro y exhaló el aire con tranquilidad, recostándose tranquilamente en el asiento y con las piernas aún cruzadas. Cualquiera que no estuviera acostumbrado a su compañía pensaría que era una actriz sobreactuada. Jaime lo soportaba, sabía que ella vivía para esos gestos llenos afectación. Era una mujer que llamaba la atención en todos sus aspectos, por su pelo, ondulado, semioculto bajo un pañuelo ligero, negro; con sus labios siempre pintados de aquel rojo sensual y encendido; sus cigarros siempre a mano; sus vestidos provocativos; y su voz, sensual y cargada de un timbre singular. Todo en ella era destacable, sus gestos no iban a ser menos.
-No –Respondió al fin -.Cariño, yo me esfuerzo por recrearme en el mundo como si estuviera en el sueño de otro, paseando entre aquellas cosas que nadie ama. Haciendo que los problemas dancen como el humo y duren tanto como este antes de desaparecer. Prefiero tomármelo todo como un juego de niños donde a veces hay que saltar más o hacer un bucle en el aire para evitar perder.
Jaime terminó con la mitad de su gin-tonic de una vez, negando repetidamente y suspirando varias veces bajo la atenta mirada verde de Margot, quien dejaba escapar el humo hacia un lado.
-La vie en rose. –pronunció él, amargamente, con su mal acento francés.
-Mais oui. Tu problema, amor mío, es que piensas demasiado. Relájate, disfruta de la vida en vez de analizarla. Ser tan cerebral acabará por quemar esa bonita cabeza tuya.
-Oh Margot, no todos podemos ser como tú.
Ella frunció el ceño, rara vez cometía aquel gesto que le afeaba demasiado, al menos según ella. Negó y le dijo:
-Todos podemos ver la vie en rose… sólo hay que querer hacerlo. Tú parece que lo ves todo negro.
-No soy tan pesimista… Siempre guardo la esperanza de que las cosas mejoren…
-¡Oh! Increíble, la esperanza es un sentimiento triste, Jaime. Significa que el ahora va mal y que esperas que mejore en el futuro, sigue siendo resignación –Ella hizo una pausa, buscando en su imaginación, por fin sonrió, apagando el cigarrillo que apenas se había consumido-. Mira, hagamos una cosa, no pienses. Cierra los ojos –Hizo otra pausa para cerciorarse de que él tenía los ojos cerrados-. Todo está bien, todo va bien, estas aquí y está bien, estás a salvo. Deja de pensar en problemas que ahora no vienen al caso. Abre los ojos. ¿Fácil verdad?
Él abrió los ojos y no pudo reprimir unas carcajadas, acompañado por la propia Margot.
-La vida en zigzag ¿eh? –Dijo finalmente él.
-Oui, la vie en zigzagant. –Tradujo sonriendo ella.