Como quien besa el agua sin beber

Ella le mira a él levantarse desnudo, sudado, se está limpiando con una camiseta usada, luego sonríe encantador, algo somnoliento. El sexo ha estado bien, y ahora ella siente su entrepierna dolorida, pero es un dolor bien recibido, está satisfecha. Conforme se enfría su cuerpo va recuperando la vergüenza, se arregla el pelo sobre la almohada y coloca la sábana de cierta forma para evitar la mirada en las zonas que ella no quiere hacer demasiado evidentes. Lo hace todo de manera casi instintiva, sin pararse a pensar en lo ridículo que es ocultar lo mostrado y entregado instantes antes. Le arde la boca por la barba que le ha rozado en demasiadas ocasiones, ya comienza a examinar defectos. De pronto se pregunta si ese cuerpo bien formado, que ahora busca algo de comer sin avergonzarse de su desnudez, volverá a interesarse por el propio una vez desvelado el secreto de la carne.

Le observa y se pregunta por sus pensamientos hasta que no puede evitar la curiosidad y pronuncia las palabras. Él sonríe. «Quiero comer algo», responde, «vamos al bar». Ella se levanta complaciente, se encierra cinco minutos en el baño y vuelve con su encanto recompuesto, sintiéndose ahora más segura. Él, sin embargo, parece menos él y eso desconcierta a la chica, desnudo era más “auténtico.” Con la camiseta puesta de cualquier manera y los pantalones demasiado usados ha perdido parte de su encanto. No obstante, tiene muy fresco en la memoria su estado anterior y no le da demasiada importancia.

Una vez en el bar él pide cerveza y algo para picar. Comen casi en silencio, él sonríe mucho y se distrae con la televisión, ella no puede evitar seguir preguntándose si todo lo que le rodea no es una pose forzada, si él no ha dejado de ser un caballero cuando ha pasado todo. Se pregunta qué preferiría ella misma y se siente estúpida al darse cuenta de que no sabría decirlo. Le gustaría poner reglas a su comportamiento, pero se le escapa cuáles. Él se da cuenta, le pregunta qué ocurre, ella sonríe haciéndose la distraída. «Es sólo cansancio», miente. Él no se cree nada, pero deja que la mentira parezca verdad. No sabe qué hacer por arreglarlo, para él las cosas van bien tal y como están. Finalmente evita darle más importancia, sigue comiendo y mira un resumen del partido que se ha perdido por estar con ella.

La mujer se da cuenta del programa que él mira con interés y esta vez el ridículo se transforma en un cierto enfado. Él lo ignora todo, prefiere un estúpido partido a estar con ella, a prestarle atención. No, no es un caballero, la pantalla se lo ha confirmado. Sin que ella sea especialmente consciente su postura se transforma, cambia su disposición corporal, está más rígida, más altiva, más distante. Mira indiferente hacia cualquier lugar para evidenciar que está molesta. Él lo nota de nuevo, vuelve a hacer la misma pregunta y esta vez la respuesta tiene un tono distinto. El momento feliz pasó, él lo puede percibir. Ella vuelve a encerrarse en su burbuja de rabia infantil, incapaz de explicar qué pasa por su cabeza hasta que explote en una queja y lo diga todo con gritos. Él decide callarse, evitar la discusión por el momento, seguir observando el partido. Su interés por el cuerpo ajeno ha desaparecido.

Otros ojos observan con lascivia las caderas de la mujer, que se entrega ignorante a los brazos de un hombre que no la mira a ella, y prefiere un programa verde en la televisión. Él está tenso, ella lo nota, se levanta cuando él está a punto de saltar ante algo que ha visto y le ha sorprendido, le ha enfadado. La chica se da cuenta de que para él, ella no existe durante esos segundos de absoluta concentración, así que baja los ojos con tristeza y se siente sola.

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La voluntad insalvable

“no te salves ahora / ni nunca / no te salves” – M. Benedetti

Un hombre sueña: su hermana pequeña corre por una pradera con un conjunto blanco, la madre de ambos grita porque ya imagina las manchas verdes en su vestido, él arrastra una gran canasta de mimbre. Parece posible, pero nunca ha pasado.

Cae en una nebulosa gigantesca durante eones y no se consume. Hay formas estallando en la oscuridad, son afiladas, cambiantes, está en el fondo de un caleidoscopio Siente tristeza. ¿Por qué? Hay una herida abierta en el universo, una brecha. No cae hacia ella, pero se encuentra a un paso de precipitase si lo diera, si quisiera suicidarse. Sí, guarda conciencia de la muerte aun sumido en ese campo de ilusiones.

El abismo es inmenso, infinito, un acantilado cortado a pico en medio de ninguna parte, ambos lados son parecidos, la hierba crece sana, hay árboles frondosos, mariposas, pájaros, otros animalillos, ciudades, continentes, personas. En ambos lados de la brecha se han ido juntando millones, muchos de ellos sólo miran el otro lado con curiosidad o pereza, luego se vuelven sin más atención, pensando en sus muchos quehaceres.

Él también está ahí, observa a una persona que le devuelve la mirada. En los límites hacia la caída han clavado algunas ramas e instrumentos como si fuera el inicio de un pequeño puente. Otros les imitan, a lo largo de miles de kilómetros varias personas han conseguido terminar el puente, su número es trágicamente pequeño.

Pasa el tiempo, no importa cuánto. En su imaginación se intentan colar otras imágenes, otros sueños. Los caballos corren desbocados destrozando un lienzo rosa. Viaja hasta una ciudad gris llena de chimeneas, hollín y abandono, tiene frío en las manos y en los pies, se ha refugiado en el último piso de una fábrica en ruinas. Va a morir. Bucea en las aguas opacas de un océano lleno de peces brillantes, busca un barco hundido y maneja un arpón. Su madre en la mecedora donde pasó los últimos días de su vida viendo la telenovela. Su hermana otra vez. Un momento… nunca ha tenido una hermana. No importa, los sueños no tienen el mismo sentido de lo lógico y lo real. De hecho, su madre está viva. Le arrastra la gravedad de esa herida universal. Shakespeare grita «una vez más en la brecha, queridos amigos» y ríe a carcajadas como Papá Noel.

Retoma el sueño donde lo dejó, o casi. El puente ha crecido, ambas partes lo han hecho, es un puente fabricado con restos, parece una planta extendiendo sus ramas ávidas de alimento hacia el otro lado. No obstante, no puede evitar notar que su parte del puente ha crecido más que la de su contrario. Al principio no importa, sigue alejándose en busca de ramas, cuerdas, y pequeños objetos. Utiliza su chaqueta para dejar el “tablón” bien prieto. Da un paso más, se encarama a su maltrecha construcción para añadirlo. No se atreve a mirar abajo, pero busca el otro lado. Su contrario no le mira, tampoco trabaja, está quieto y presta su atención a varias personas cercanas, a quienes se alejan y le invitan a tomar un café en una lejana ciudad. Ese otro duda, no sabe si decir que sí, y el hombre encaramado en su parte del puente siente algo quebrándose dentro, clavándose en sus pulmones. De pronto respirar se hace difícil, así que baja del puente y se sienta en la hierba a esperar que su contrario vuelva y quiera reanudar la obra. Mira a su alrededor, también le invitan a alejarse del abismo, pero él les muestra su pecho ensangrentado, lleno de cristales, y dice que no le interesa salvarse.

Llega la noche, es curioso porque hasta ahora nunca había diferenciado la noche y el día. El otro no vuelve, tarda demasiado, ha perdido el interés en la construcción, en alcanzar a quien quería llegar hasta su orilla. Demasiadas dificultades. ¿Por qué perder más tiempo? ¿Por qué arriesgarse a la caída?

Ya no hay nadie en la brecha, nunca han existido, únicamente la parte de su puente se mantiene elevada como una patética hoja seca, a punto de perder esa casi inexistente fuerza que la conserva aún en su lugar. Él no puede más, cierra los ojos, su respiración se hace pesada, se hunde en el aire rojo de sus pulmones. Moisés abre las aguas. ¿Por qué no? Entonces pierde el equilibrio pese a estar ya tumbado, la tierra se inclina y cae al abismo rodeado por tablas, ramas, ladrillos, hilo de seda, y otros objetos.

Entonces, como en muchos sueños terribles, la sensación de ahogo traspasa la fantasía onírica y el cuerpo se estremece nervioso, en un movimiento exagerado se incorpora con el grito en la boca. Respira, mira a su alrededor, la habitación no ha cambiado, el reloj sigue con su monótono ruido. Cae rendido sobre la almohada, entonces descubre el sudor frío de su piel y se pregunta si ha gritado realmente. Piensa con dificultad, sus reflexiones avanzan raptando en una sustancia fangosa. Sí, ha gritado.

Esta vez baja de la cama ligeramente mareado, avanza tocando la pared, el marco de la puerta, el pasillo. Las baldosas de la cocina le devuelven a la realidad. Abre el grifo, deja el agua correr y llena un vaso. Bebe de un trago todo el contenido, luego se queda mirando su reflejo en el espejo. Los detalles del sueño ya se han borrado, sí recuerda el abismo, el puente inacabado, la persona al otro lado. Sabe quién es porque lleva dando vueltas a su nombre casi un año. Demasiado tiempo de incógnitas, de no saber, de un tira-y-afloja agotador. Mañana hará una llamada, un ultimátum. No pueden seguir así, sin estar juntos ni separados, es insano. Sí, comprende el sueño, y precisamente por eso no quiere dormir y verse trasladado a ese no saber cuándo volverá el otro o si querrá recomenzar la construcción del puente. Enciende la televisión y pasa los canales

Tren al interior

Lo había pospuesto desde hacía algún tiempo. Tenía sus excusas, claro: los exámenes, el curro de becaria, las clases de inglés, la visita de una amiga que conoció en el erasmus… El verano avanzaba y su abuelo seguía esperando, así que ese fin de semana se decidió tras mirar durante cinco minutos seguidos el teléfono, esperando una llamada.

De pronto el cuerpo de Clara habría cobrado una energía desconocida, se levantó presa de una urgencia inexplicable y comenzó a trastear en la cocina, lavando los platos y recogiendo el desastre de una semana descuidada. Luego volvió al cuarto, el teléfono seguía en su lugar, descaradamente mudo. Enfada abrió una maleta pequeña y metió algo de ropa, un par de libros y tantos botes como recogió de un rápido saqueo a su baño. Luego se fue a Sants, compró el billete y se tomó un café allí mismo esperando el tren, no sabía qué hacer con el tiempo sobrante. La bebida era horrible, así que mareaba el líquido con la cucharilla mientras se fijaba en los otros clientes, viajeros como ella casi todos, con prisas, mirando el reloj cada pocos segundos. Luego miró más allá del local, había un mendigo, siempre hay uno en las estaciones, éste deambulaba no muy lejos de sus pertenencias. A Clara le habría gustado invitarle a algo que le reconfortara. Desde luego no un café, pero cualquier cosa. Comprobó el mostrador del bar, no pudo evitar fijarse en la camisa de color desvaído del camarero y se preguntó por qué son tan malos y mugrientos ese tipo de bares.

La megafonía distorsionó el destino de su tren, pero Clara comprendió, se acabó el café con un desagradable trago y salió guardando la calderilla en su mano cerrada. Al llegar al mendigo éste no sonrió, ni expuso su palma hacia la limosna, simplemente se quedó mirándola con cierto disgusto. Así que ella se puso nerviosa, soltó un “buenos días” absurdo y salió escopetada hacia el anden, fingiendo que tenía más prisa de la real.

Tuvo las mejillas encendidas todavía un rato. Si Nicolás estuviera allí se habría reído de su torpeza, habría hecho algo para hacerla reír también a ella. Pero él no estaba. Buscó su asiento y esperó. Eran cuatro horas de viaje. Sólo había una pareja de ancianos con ella en al vagón, como si ir hacia el interior del país fuese hacerlo contrasentido.

Tras una hora perdida en sus pensamientos se encontró a sí misma observando el asiento contiguo y vacío, igual que en su casa había mirado el teléfono. Deseó que Nicolás estuviera allí, devolviéndole una sonrisa. No, ni siquiera eso sería necesario, bastaría con tenerle a su lado para poder notar su calor o verle bostezar tan ostentosamente como siempre. Clara volvió a sentir su garganta cerrada, su corazón indignado. Bajó la cabeza e intentó concentrarse en la revista. Dos páginas después no había entendido nada. Pensaba en él. ¿Dónde estaría? En la cama, aburrido, pasando el tiempo con el ordenador; con sus amigos en la playa, bebiendo algo y jugando a las cartas; en la cama, pero junto al cuerpo desnudo de otra… Eso explicaría su silencio: aburrimiento, sexo, quizá incluso amor, o al menos el inicio de algo. ¿Por qué no podía evitar pensar en todo eso?

En el amor hay cierto grado de obsesión, de deseo enfermo por disponer del tiempo del otro. Es la fascinación del descubrimiento, el temor de no ser correspondido o de serlo pero ir perdiendo poco a poco el interés de ese otro.

En realidad ni las clases de inglés ni el trabajo ni los exámenes finales eran la causa del aplazamiento de su viaje. La única razón era Nicolás, esperaba su llamada, su mensaje en facebook. Esperaba una explicación al silencio, unas palabras mágicas para entender por qué le había prometido todo cuando no pretendía darle nada. Así se habían pasado las semanas, finalmente aceptó la respuesta fácil que tanto se había esforzado por ignorar. Él había perdido el interés, ni más ni menos. Y si no dijo nada, si dejó morir el contacto fue, o bien porque no quería hacerle un daño inútil, o porque no le importaba lo más mínimo. Clara decidió finalmente hacer aquel viaje porque ya no tenía esperanza. Un amor de verano, nada más.

En Barcelona Nicolás investigaba con su lengua una boca ajena, sin ninguna preocupación más allá de quitarse pronto toda la ropa.

La soledad de los vasos comunicantes

“Cómo poder dormir, mientras que tú tiritas
en el rincón más triste de mi cuarto?” 
J. Gil de Biedma

–Estamos solos, ya lo sabes –dijo ella
–Sí, pero la vida…
–¡No! –le interrumpió – No, por favor. No empieces a filosofar. Lo siento, me hiciste una pregunta y te respondo.

Entonces le dio el anillo. Él sintió la mano pesada, como si el milagro de los alquimistas se hubiera obrado a la inversa, y el oro fuese simple plomo. En realidad le pesaba la verdad, pero no la sencilla negativa de ella, sino otra más compleja. Porque él ya sabia la respuesta cuando vio su cara mientras se arrodillaba, la supo incluso antes, cuando compró la joya, cuando estaba eligiéndola, cuando pensaba en ir a la tienda, cuando tomó la decisión de pedirle matrimonio. Quizá por eso se molestó tanto en prepararlo todo, era el escenario para una buena despedida, una de guión dramático.

¿La excusa de su subconsciente-consciente? La soledad. Las personas son como vasos comunicantes, están unidos por un estrecho segmento y comparten muy poco a la vez, sencillamente no pueden hacerlo de otra manera. Ella pensaba lo mismo, y se enamoraron, por eso ahora debía terminarse, ambos necesitaban encontrar a otros que no estuvieran de acuerdo con su teoría, que les engañaran durante el máximo tiempo posible.

–La vida es absurda, –había dicho él – por eso debemos casarnos. Ella también pareció de acuerdo con aquello. Todos acumulamos remordimientos por alguna decisión de nuestra vida, nos llevara por el camino de cometerlo o por el de evitarlo. Habitualmente dejamos en último lugar a las personas, en la idea, nunca pronunciada, de que si una desaparece otra ocupará su lugar tarde o temprano, al fin y al cabo el mundo es muy grande y nuestro acceso a él cada vez mayor. El esfuerzo del amor, de cualquier amor, cuesta demasiado, e invertir en él casi siempre tendrá un resultado imperfecto. ¿Por qué conformarse entonces, si aspiramos a la perfección?

–Algunos lo hacen por miedo a la soledad, –añadió ella – pero da igual, nunca dejan de estar solos, igual que tú y yo.

No era cierto, no del todo, la teoría lo niega: a veces es suficiente lo compartido, pero hace falta entenderlo, y la comprensión en ambas direcciones se da en muy pocos casos. ¿Cómo encontrar esa perspicacia? Es imposible, el azar. A veces aparece como lo hacen las aves fénix en las chimeneas, pero no existe una brújula ni un buscador por Internet.

–Es curioso, –dijo él un día mirando la televisión – somos una sociedad de estadísticas, pero no existe una sobre qué porcentaje de la población encuentra alguien adecuado a su lado.
Ella torció el gesto:
–Sería imposible, muchos mentirían. Nadie quiere admitir que eligió al equivocado o dejó escapar al correcto.
–Porque estamos solos.
–Porque estamos solos –repitió ella.

Así que él renunció a teorizar sobre el amor cuando ella dijo no. Nunca habían estado juntos, no realmente, la mayoría se deja llevar por el impulso de la atracción primera, ellos también lo hicieron, y luego incluso hubo cierta comprensión racional, fría, y continuaron juntos un tiempo. Se querían, aunque querer es fácil, las semanas, los meses y años ayudan. Pero sentados en el sofá eran dos extraños abrazados por convención social, incapaces de sentir el deseo de prolongar para siempre ese momento, simplemente viviéndolo sin detenerse, por separado. Y es que el amor no es ciego ni estupido ni perfecto ni siempre placentero o doloroso. El amor es geográfico, porque cuando dos verdaderos amantes están juntos sólo existe un lugar, y no importa el tiempo o las obligaciones u otros deseos porque ese será el único espacio donde ellos deseen estar, donde estarían siempre si el mundo dejase de girar. Juntos, comunicándose gracias a esa constreñida unión, ese vínculo que pese a ser exiguo también es suficiente.

La espada y la rosa

Su mujer le dijo que tendrían otro bebé. Él estaba feliz, pero decidió apresurarse con la mudanza. Todo retraso iría siendo un problema mayor con el paso de los meses. Se dieron prisa y embalaron el apartamento en una semana. Y mientras ella colocaba los viejos trastos en nuevos espacios, él se encargó de la última habitación del piso, su propio estudio. No lo había hecho antes por razones de trabajo. Era la única habitación llena en aquella vivienda ahora anónima, una rareza, un santuario. Le costó comenzar, tardó más tiempo del necesario en disponer las cajas, pero aquel fin de semana tenía tiempo de sobra para clasificar y guardar; además, nunca es fácil enfrentarse a una biblioteca, muchos volúmenes acaban dentro de las cajas rápidamente, pero otros son seductores, y atraen a sus dueños obligándoles a dedicar unos minutos a sus páginas.

El cuarentón avanzaba bastante rápido con los libros técnicos, echaba un ojo a los más antiguos, para recordar qué idea aprendió en qué capítulo, pero nada más. La ficción fue más difícil. Había muchos recuerdos, muchas historias importantes en su vida. Encontró un pequeño volumen al fondo de la estantería, delgado, de tapas blancas y ya sucias. Era Las flores del mal, de Baudelaire, pero no tenía recuerdos de ese libro. ¿De dónde había salido? Abrió sus páginas y encontró un dibujo hecho a mano con bolígrafo azul: era una espada atravesando una rosa, con una dedicatoria al lado “Ayer llegamos de París, mañana iremos a Macondo. Sant Jordi 1994”

Desde el principio ella le llamó Atreyu, porque era obstinado en sus discusiones, porque quería entenderlo todo, llegar hasta el fin de lo que no tiene fin, vencer a la nada, es decir, a la ignorancia.. Esa era su historia interminable recién cumplidos los veinte. Ella era Momo antes incluso de él ser Atreyu. Sacaba la lengua a los hombres grises dondequiera que los encontrara, sin pensar en las consecuencias, igual que una niña pequeña.

Se enamoraron como sólo se enamora uno a los veinte años, se fueron a vivir juntos sin importarles las goteras o la opinión de sus padres. La beca era suficiente para subsistir, incluso para sus caprichos. No podían pedir más. Los viernes iban al teatro, vieron varias repeticiones de Romeo y Julieta, porque se creían invencibles como los dos amantes. A veces, después de hacer el amor, improvisaban pequeñas escenas. Aunque era ella quien dirigía la función, quería ser escritora.

Por las mañanas Momo se sentaba a medio vestir, y garabateaba en sus cuadernos sorbiendo café, imponiendo silencio absoluto. Él se quedaba mirándola un rato, se duchaba y leía. Tras un rato ella bufaba, frustrada por no encontrar las palabras adecuadas.

También viajaron a París. Ella se creía La maga corriendo de calle en calle, arrastrándole de un lugar a otro. Le gustaba besarle en los puentes y cerrarle los ojos con los dedos. “Juguemos a Cortazar”-decía. Entonces él tenía que encontrarla. Durante una semana se creyeron dos bohemios perdidos, pero el penúltimo día él no dio con ella, y el juego se volvió amargo. Regresaron a Barcelona, ella estaba insatisfecha, ya no le gustaba que le llamara Momo, y su Atreyu no encontraba un nuevo nombre adecuado. Entonces fueron a ver Macbeth, ella tomó las manos de él, las observó de cerca por primera vez, (o eso pensó) y las encontró feas, vulgares. De pronto quería escapar y que él no la encontrara. Comenzó a interesarse por la literatura inglesa, y recibió el otoño con Mrs Dalloway bajo el brazo, dando largos paseos cada mañana.

En invierno, con la amenaza de los exámenes a la vuelta de vacaciones, él dejó de esperar. Le recriminó creerse Beatrice, y hacerle pasar por nueve infiernos por su orgullo y tozudez. Ella gritó, se rió de él, de su ambición de saber, le llamó Fausto, porque estaba dispuesto a entregar su alma por conocimiento, porque le encontraba despreciable.

El fin de la relación fue brutal. Cada uno siguió su camino, y estuvieron mucho tiempo lamiéndose las heridas, echándose de menos sin confesarlo. Ella se subía a los trenes para escribir, para poner en negro sobre blanco su dolor, decepción, amor, y soledad. Él se pasaba los días en la biblioteca, salía a última hora, cuando había pocos buses y se veía obligado a caminar una hora pensando en ella. Pero pasó el tiempo, ambos se olvidaron del otro, aparecieron nuevos amantes en sus vidas, nuevas decepciones, algunos éxitos. Nunca volvieron a coincidir.

El hombre guarda Las flores del mal en una caja de cartón. Mientras continúa su tarea piensa en ella, en el tiempo que compartieron, en su amor entre libros. Se pregunta dónde estará, qué habrá sido de su vida. Pero no quiere saberlo, no tiene sentido buscar un epílogo cuando la historia fue tan buena. Al final, cuando la habitación está tan desnuda como el resto del apartamento, se fuma un último cigarrillo con la luz apagada, sin pensar en el pasado, sintiéndose bien en el límite de un capítulo de su vida, a punto de comenzar el siguiente.

Gritar

Entre el campo de cadáveres uno se levanta y aúlla con el dedo acusador, los ojos tensos y el cuerpo dispuesto con cada fibra para el ataque más violento. La situación sólo se mantiene un instante, luego el cuerpo del muerto cae sin fuerza, más objeto que nunca. Los ojos del general señalado vuelven a enfocar con naturalidad, aún no aparta la vista de la desnudez que exhibe la muerte. Tiene grandes sombras bajo los ojos que parecen desteñir su mirada. La sorpresa se desvanece, su frente vuelve a ser recta, saca la mano del abrigo y limpia el sudor que ha aparecido. Viste con una gran casaca negra, no hay en la prenda un sólo adorno que le dignifique, sin embargo es el general y sus soldados se inclinan si él pasa cerca.

Continúa su paseo, revisa los muertos, los enemigos y los que cayeron bajo su voz. Una idea le tienta. Elevar un grito tan alto y tan claro que los pájaros vuelen asustados, que la voz misma se vuelva parda y acuda a la boca un sabor sangriento. De niño pudo hacerlo, corría por los campos, se alejaba de sus padres, del pueblo, de la casa llena de obligaciones y pobreza, se alejaba de sí mismo, de su cobardía para no enfrentarse a las cosas tal y como quería hacer. Llegaba jadeando a un punto en medio de ninguna parte. Gritaba. A veces eran palabras enteras, insultos, otras un simple sonido suspendido con el que esperaba desgarrarse la garganta. Nunca lo consiguió. Volvía a casa despacio, a veces ronco, aunque nunca llegó a sangrar. Le gustaría gritar ahora, pero le acusarían de loco, sería una vergüenza para su ejercito, e incluso podría perder su posición, su nombre. Así aparece ante él otra vez el temor. En lugar de gritar traga saliva para deshacer el nudo que se ha creado en medio de la garganta.

El frío le acosa, cala los guantes, las botas y el abrigo. El hombre sube las solapas para protegerse el cuello y sigue caminando. Recuerda otra situación, sentado en un gran salón, con su mirada oscura perdida en los ojos de alguien que le devolvía la curiosidad. Una persona que adivinaba sus pensamientos y musitaba una respuesta corta, tajante, y que el general no supo si prometía un futuro o cerraba un pasado.

La batalla ha obligado la separación, el abandono de los besos sobre el cuerpo y la cama caliente. El hombre se dice que hubiera querido gritar cuando sintió aquellos labios sobre su piel una y otra vez. No lo hizo. ¿Volvería a sentir algo así? El campo de cadáveres corea la negación, pero él se resiste a creer que tras el lugar, la sangre, la pólvora y el pus de las heridas, no haya nada.

Se da la vuelta después de un largo rodeo, regresa al campamento con las manos a la espalda. “Esto es el fin”, se dice, “no hay nada más allá”. Existen ciertos momentos en los que uno puede sentir esa seguridad. La encontró el día que abandonó el odiado pueblo, la madre sobreprotectora; también la tarde en que enterró al padre y la lluvia le recorrió la cara en un remedo de lágrimas; durante una batalla su segundo recibió una bala en la cabeza, le destrozó pocos metros a su derecha, las gotas escarlata mancharon su pechera como si fueran diminutas gemas brillantes; también despidió la cama amante sabiendo que se dirigía a una guerra en inferioridad, no creyó lo peor, pero la duda le acongojaba en lo profundo. Quiso gritar en todas y cada una de aquellas circunstancias, levantar la cara a Dios y culparle de la muerte, de la sangre, del calor perdido y de la propia debilidad. No lo hizo, siempre calló. Por esa razón sus ojos se empozan cada vez más y más.

Cuando llega al campamento, sus hombres no quieren fijarse en su cara, se dirigen a él evitando el frío de las pupilas y la oscuridad que emanan porque no ha sabido gritar. Dicen de él que se ha transformado en dragón, que tiene alas. Él se pregunta si los dragones son mudos y si es posible que al poder le acompañe el silencio y el miedo. Cuando exclaman por el general, por su vida, él quisiera desaparecer, volver a la sencillez de la cama y los besos. Quiere gritar que le dejen solo, pero calla.

Transcripción cognitiva

Observar cómo nacen los desiertos desde el vientre mismo de todo lo necesitado.

Aborrezco la monotonía del acorde malsano, la respiración del titán.

¿Dónde hemos nacido? Recuerdo mis pies enterrarse en la arena fría y húmeda de la playa en invierno, cuando las partículas tostadas conforman un desierto real y las olas son despreciadas como si su espuma fuera la de todos nuestros residuos. La paradoja del verano transformará esa misma espuma en deseable como la cerveza lo es para cualquiera. Esos paseos con los pantalones subidos graciosamente hasta las rodillas y las risas surgiendo de nuestras bocas es lo más cerca que tengo de mi nacimiento. ¿Nacimos allí? Se me ocurre pensar que esa mar excesivamente salada y yerma en la apariencia fue el líquido amniótico. ¿Podría ser posible? Quizá aparecimos en la playa expulsados como un Adán y una Eva desorientados. Pero es cierto que más allá los viejos nos juzgaban y tú les sacabas la lengua mientras yo te señalaba los grandes edificios tras nuestros enemígos. ¿Por qué nos juzgaban? Quizá pisábamos un terreno sagrado, pero no tiene sentido ya que estaría lleno de hombres santos de manos superiores; entonces posiblemente fuese lo contrario y nos expusiéramos tú y yo en un terreno pagano, fuera de su religión y por tanto ajeno a ellos.

Irrealidad, recuerdos inventados, mecánica mental. Desprecio. Ardor. Términos mudos… Juicio.

Estoy empapado de tinta y sólo hay una marca limpia, que es la tuya.

La muerte siempre al lado.
Escucho su decir.
Solo me oigo.

Alejandra Pizarnik