¡Arte! ¿Arte? Arte… “Arte”

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Noviembre de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

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Ilustración de GonzoBrain a.k.a. Jorge Fernández Ruiz

Todos los años artreview, una de las revistas de arte contemporáneo más importantes, publica la lista de las 100 personalidades con mayor poder dentro del mundo del arte. Como toda lista, siempre encuentra polémica, y el microcosmos del sector devora con avidez los nombres, y produce todo tipo de respuestas en forma de artículos para diversas publicaciones (extranjeras). Galeristas, directores de museo, artistas, curadores y coleccionistas se mezclan en los distintos escaños hacia la gloria. ¿El ganador este año? Iwan y Manuela Wirth, la pareja de galeristas cuya empresa tiene sedes en Zurich, London, New York, Somerset, y pronto Los Ángeles.

Al mismo tiempo, Fleur Pellerin, ministra francesa de Cultura y Comunicación, firmó un decreto cuyo objetivo es limitar la duración de los mandatos de dirección para los principales equipamientos culturales nacionales (museos, teatros etc) algo hasta ahora no regulado.

En Bolzano (Italia) una limpiadora barrió literalmente la obra de las artistas Sara Goldschmied y Eleonora Chiari, expuesta en una de sus salas, incluso tuvo el buen atino de reciclarla. Gracias a su conciencia medioambiental, Dónde podríamos ir a bailar esta noche, que así se titula la obra, pudo ser recuperada.

La casa de subastas Christie’s vendió a principios de mes ‘Nu couché’, del pintor italiano Amedeo Modigliani, por 170 millones de dólares, convirtiéndose en la segunda pintura más cara de la historia, por debajo de un Gauguin adquirido por 300 millones en febrero de este mismo año.

Supongo que el lector se preguntará dónde quiero ir a parar con esta enumeración de noticias, que individualmente merecerían por sí solas un largo comentario. El arte es la expresión de la naturaleza humana, de sus inquietudes, ideas, sentimientos, de la belleza y la fealdad, de lo terrible, el horror, el éxtasis, lo divino… El acento de la prensa generalista, y el ojo del público (reconvertido en crítico gracias a las redes sociales) ignora qué es el arte.

Los artículos dedicados a la pintura de Modigliani no comentan la exquisita sensualidad del retrato, no se molestan en el porqué de ese cuello o de esos ojos huecos, en la deliciosa disposición de la anatomía y toda la historia del arte tras ella. Cada comentario sobre el asunto de Bolzano enuncia los disparates del arte contemporáneo, se ríe a carcajadas de algo que, en realidad, invita a un debate concienzudo sobre la materia de la obra de arte, y que debería mostrar los porqués a los que responde: materiales, situación, imaginario. Los reportajes (pocos) sobre la decisión francesa parecen estar más interesados en los privilegios de estos dirigentes que en la guía de buenas prácticas, donde la medida se instala pretendiendo evitar abusos, dando carpetazo a una tendencia que no sólo ha concebido errores, sino también interesantes aciertos. El público general no conoce Artreview y ni se preocupa de las razones que lleva a esos nombres extranjeros a copar el top100. Todo ello demuestra una triste verdad: la esfera del arte es incapaz de llegar al público mayoritario, que se desentiende no sólo de sus movimientos internos o de su administración, sino también de su esencia. El público no es capaz de identificar la obra de arte y mucho menos de reflexionar sobre ella, es incapaz incluso de sentir. Esto supone un rotundo fracaso educativo y social, revela un desinterés profundo del Estado por educar el gusto, por enseñar a mirar a unos ciudadanos cada vez más ansiosos por la información inmediata o el titular morboso.

La anunciada retirada de la asignatura de filosofía de las aulas es una palada más sobre el futuro del país. El desprestigio de las humanidades y de la investigación científica (la ciencia también es cultura, no lo olvidemos), así como la hegemonía de las ciencias tecnológicas o prácticas está abocado a educar generaciones de individuos incapaces de crítica, reflexión, imaginación e incluso de ciertos sentimientos. La industrialización de la educación está convirtiendo España en un país ignorante de su cultura e incapaz de su disfrute. Además de ser una triste pérdida para el individuo, también es terrible socialmente. Sin la capacidad de detenerse a admirar algo, sin la curiosidad por saber y reflexionar, los individuos egoístas y ávidos de inmediatez, conformarán una sociedad inviable democráticamente. El arte no sólo enseña el disfrute estético, también otorga herramientas para la comprensión de la realidad.

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Miércoles fragmentado: Color y cultura, John Gage

“The requirement of Venetian colore was this colour not in the sense of bright hues and sharp contrasts but rather a particularly rich and resonant handling of the brush. Pino argued that the skilful painter should be able to substitute one colour for another and still archieve the required effect. But this was also a matching function to be achieved by mixture, and the mixtures of the Venetian oil-painters of the sixteenth century -Titian chied among them- were unprecedentedly complex.”

“El concepto veneciano de colore no hacía referencia al color en el sentido de tonalidad brillante y acusados contrastes sino a un exquisito manejo del pincel que tuvo amplias repercusiones. [Paolo] Pino afirmaba que un pintor habilidoso debería ser capaz de sustituir un color por otro sin dejar de obtener el efecto requerido. Esa capacidad dependía de la entonación que se lograba en la mezcla, y las mezclas de los pintores al óleo venecianos del siglo XVI -Tiziano entre ellos- eran extraordinariamente complejas.”

La subasta comenzó en ciento treinta mil dólares. El juez (a Natalia le gustaba llamarlo así) explicó las bondades del cuadro, la exquisita factura a imitación de los grandes pintores del XVI. No, no era un Tiziano auténtico, su autor permanecía desconocido. El cuadro había sido hallado en la colección privada de un empresario con demasiado dinero en paraísos fiscales. La noticia fue muy sonada: cuando la policía entró en la vivienda debido a una investigación sobre evasión fiscal y banqueo de dinero, el hombre se pegó un tiro en la cabeza y los trozos de cerebro impregnaron toda la tela.

Al principio se creyó que era un verdadero Tiziano, los especialistas se volvieron locos, la prensa estuvo tres días rellenando su sección de cultura con el asunto. Luego llegó la decepción cuando Soterby’s presentó su último informe. No obstante la tela era valiosa.

Natalia fue la cuarta persona en hacer una puja, pero la suma siguió aumentando y decidió esperar. Pronto superaron el millón de dólares y poco después los dos millones. La mujer se preguntó si alguien más tenía la misma información que ella, quizá Mr. Oldman se la había jugado. Pujó por tres millones quinientos mil dólares y resultó la última oferta.

Cuando sonó el martillo se levantó discretamente y acudió al mostrador de la sala contigua, no le interesaba ningún otro producto. Dejó sus datos bancarios, un chico encantador los comprobó con lentitud y ella casi sintió remordimientos. Le dejó una tarjeta y salió del edificio.

Al día siguiente Soterby’s cobró la suma del cuadro e hizo el envío a la dirección indicada, una casa magnífica y vacía donde esperaba la compradora con su elegancia habitual. Descargaron la mercancía y ella insistió en dejar el cuadro dentro de la caja. Una semana después el FBI halló pruebas que desechaban la teoría del suicidio del empresario, había sido asesinado. También encontraron una última cuenta oculta con irregularidades en su extracto, pero para entonces ya no había rastro de la mujer o del cuadro. Un año después Soterby’s anunció un nuevo informe, según el cual la tela sí había sido pintada por Tiziano. Su director, Mr. Oldman, presentó sus excusas personalmente al FBI.

El valor de la cultura

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Marzo de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

¿Qué está ocurriendo? La sociedad actual es una de las consumidoras más voraces de cultura, internet ha facilitado el acceso a las distintas manifestaciones de todas las artes, tanto en su versión de simple entretenimiento como aquellas más profundas. Sin embargo, esta difusión masiva no camina a la par que la puesta en valor del arte consumido, al contrario. Hoy en día resulta cada vez más difícil encontrar quienes quieran pagar por un producto de buena calidad si está relacionado con las artes. Esa creencia de la cultura como algo sin valor, un mero hobby de los creadores, que no requiere esfuerzo, es, además de completamente falsa, muy dañina no sólo para las empresas dependientes de ello, sino también para el consumidor. Asimismo, si a la tendencia le sumamos medidas como el IVA al 21% de España, el más alto de Europa durante estos años (todos sabemos que la oportuna bajada al 10% únicamente se debe a intereses electorales) la buena salud del medio está condenada.

A inicios de este mes el CEGAL, la Confederación Española de Gremio y Asociaciones de Libreros, cifra en 912 las librerías cerradas durante 2014, junto con un descenso del 18% en su recaudación. Números nada despreciables que ponen en manifiesto la caída del sector. Una realidad muy triste que se conjuga con los datos de venta de libros electrónicos, pues mientras que en los EEUU el mercado se ha estancado, en España sigue aumentado, el 23% de los publicados ya son electrónicos. El problema de este formato, sin caer en melancolías, radica en el fomento de la autoedición, que favorece la inexistencia de filtros entre el escritor y el lector. Pese a las apariencias, en esa facilidad también radica un vicio muy peligroso, pues sin una corrección y selección la calidad de lo ofertado será muy deficiente.

También en los primeros días de marzo nos llegó la noticia del cierre de ‘Frank music company’, la última de las tiendas de partituras de Nueva York ha visto reducida drásticamente la clientela hasta hacer imposible su supervivencia. Puesto que el número de músicos sigue siendo grande, es lógico preguntarse dónde consiguen las partituras necesarias hoy en día; la respuesta, por supuesto, todos la tenemos en la cabeza. Habrá quien, sirviéndose de las nuevas tecnologías, adquiera esas partituras legalmente, pero no nos engañemos, un gran porcentaje se debe a la piratería. Si los propios compositores e intérpretes no valoran lo suficiente su arte para pagar por las herramientas necesarias, hacer cambiar la perspectiva del público desde luego será imposible.

En la edición de este año, la feria de arte contemporáneo ARCO saltó a los periódicos con una nueva polémica, en esta ocasión fue un vaso mediado de agua firmado por el artista Wilfredo Prieto (Colombia, 1978) y valorado en 20.000 € La indignación corrió rápido, pero lo cierto es que dentro de la obra del artista Vaso medio lleno tiene toda su lógica. El mundo del arte funciona por distintos parámetros, quizá oscuros para los foráneos, pero bien definidos según tendencias y otros factores. Si bien el asunto es mucho más profundo e incluso aunque un servidor no esté de acuerdo con el aspecto “fenoménico” que hoy entraña cierto tipo de arte, lo que aquí destaca es la manera en que el público expresa su desconocimiento, lo hace mediante el desprecio, bajo la creencia de que es fácil y no merece respeto.

Este vicio del público no hace sino redundar la victoria del capitalismo desaforado, se nos ha convencido de que sólo lo tangible y práctico merece valor, el resto no es nada, algo que debe ser fácil, como si escribir un libro, componer una obra o hacer una película fuese algo para la tarde de los domingos. De este modo estamos perdiendo a los verdaderos creadores, aquellos que tienen cosas muy interesantes que decir, esos son, no nos olvidemos, quienes saben abrirnos los ojos ante lo que no vemos. Sin ellos somos un mundo de ciegos donde el que se dice tuerto es rey.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

La soledad de las estatuas

El taller está vacío. Sobre el suelo hay lascas de piedra, la piel muerta de las estatuas. Si alguien deambulase por aquella estancia tendría que apartar con sus pies los restos desmenuzados o pisarlos y sufrir el crujido bajo los zapatos. Quizá el sonido recordase a un merodeador sus propias ilusiones, pisoteadas, rotas, abandonadas en algún lugar que ya ha dejado atrás. El escultor también abandonó esa estancia mucho tiempo atrás, la dejó vacía de sí mismo, pero permaneció todo lo demás a la espera del retorno de la fuerza humana.

Los cinceles descansan aún en sus lugares, primorosamente colocados, gastados, rallados; algunas herramientas presentan el óxido del abandono, pero la mayoría permanecen fieles a la mano que algún día volverá a utilizarlas. ¿Volverá? El taller quizá espera, quizá no lo hace. La quietud de los años bien podría mostrar otra cosa, un silencio prolongado de cementerio que no va a ser roto, que sólo se interrumpirá cuando un heredero decida vender esas propiedades y aparezca por la puerta sin pretender mancharse los zapatos. Una mirada bastará entonces para juzgar insignificante el valor que sacaría por vender alguno de estos objetos. El dinero de la venta del lugar posiblemente le baste. Quizá el mismo día la puerta se vuelva a abrir y aparezcan otros hombres con las mazas para trabajar, para echar abajo las paredes, para reducir a escombros el pequeño taller. Pero todo eso aún no ha pasado. El tiempo sigue suspendido, el polvo se acumula entre las piedras, sobre las mesas de madera.

Sin embargo no está desprovista de formas humanas la sala, un bloque de mármol permanece en un rincón, lleno de lápiz, es un esbozo de formas que surgen tímidamente, fantasmales. Una rodilla está ya completamente libre, la pierna se ha trazado y ya estaría fuera de no ser por el pie hundido en la piedra tosca, así la extremidad termina en la espinilla de forma tan gradual que no parece raro, que al ojo del espectador no le extrañaría que cobrase movimiento y sacase el pie como si fuera de entre la arena. El cuerpo se anuncia, hay un vientre, un cuerpo pequeño de mujer con los pechos acorralados por la roca bruta, un brazo no existe, el otro alarga la delicada mano invitando a tomarla, a colaborar en la creación. Una simple ayuda y la mujer saldrá liberada; lo sabemos, pero no podemos hacer nada. La cabeza apenas es una forma abocetada, un cuello ligero, una barbilla dulce y unos labios de Venus enamorada.

Sobre una mesa hay otro hombre, otro recuerdo de hombre, este cuenta con una gran brecha en la cabeza. El busto tiene la cara retorcida por la edad, la mirada grave bajo el ceño fruncido y sobre la boca crispada. Parece una expresión demoníaca con la calva abierta por una grieta en el mármol. La figura ha caído de lado y así, en su posición patética, pierde el poder de su mirada.

En medio de la estancia queda una estatua decapitada y ya verdecida, cuya cabeza espera con sus ojos huecos. Espera unas manos que la eleven, la imposición, la coronación, el fin de la obra, el gesto que habrá de darse para que lo incompleto sea completo, para que haya coherencia, un final, un objetivo, un pensamiento. El cuerpo permanece en su andar petrificado, muerto sin cabeza, desnudo en su verde azulado, moteado por desconchones dorados. Sus labios todavía conservan el color originario del bronce bajo una gran nariz, entre dos pómulos corroídos por el tiempo y la lluvia que cae por el techo abandonado. Quizá esta fue la última obra. Está orientada hacia la puerta, como si pretendiese andar hacia ella y salir por fin como ya lo hizo antes Galatea. Su cabeza, no obstante, permanece echada de perfil sobre la mesa y parece tan triste como meditabundo sería su gesto de completar ese cuerpo lejano.

No hay más figuras. Queda algún pequeño muñeco de yeso, trozos de piedra virgen que parecen contenedores de lo posible y ante los que uno quisiera poder descorrer ese velo primero y sacar de él la figura de su interior. Cerca de la puerta se esconde un gran escritorio con bocetos, papeles y cartas amarillentas roídas por las ratas. Una calavera humana hace de pisapapeles sobre un libro cuarteado, en cuya portada se lee Alighieri. También un rosario deja ver su cruz y sus cuentas emergiendo de la capa de polvo. En el centro, frente a la silla, permanece un abrecartas antiguo que bien pudo ser el puñal de Bruto o Casio. Quizá al asirlo el escultor se inspirara en la sangre y el cuerpo del cadáver. Quizá así fuera mejor en su labor.

Sobre el dintel de la puerta, como broma u homenaje, han colocado un pequeño busto de Palas, tras la que se ha creado inquietantemente una gran sombra negra, humedad del tiempo que parece abrir grandes alas.

La ausencia del hombre, del artífice, del amo de todas aquellas cosas que podrían convertirse en imágenes de seres, sólo puede explicarse ya por la muerte. Sí, murió un día mucho tiempo atrás. Antes de que le llegase el dolor insufrible, en el instante que tuvo conciencia de su fin, pensó en su taller, en sus trabajos, en qué dirían de él los libros a partir de su muerte, en si alguien le recordará o será sólo un hombre más que lo intentó. Ahora los restos de su cuerpo, sobre los que nadie posa las manos, duermen bajo una lápida simple, sin esculturas, sin figuras. Un cincel ha grabado los datos a los que nos reduciremos todos: un nombre y dos fechas, un paréntesis. Si tuvo descendencia quizá alguien se apiade de él en sus pensamientos y le recuerde y se atreva a pensar que merece una escultura como homenaje, simplemente porque a él le hubiera gustado.

Por ese pequeño milagro la puerta ahora condenada podría forzarse y abrirse, dejar paso a alguien más amable que escuchase crujir la piedra bajos los zapatos, que se dejase envolver por ese lugar encantado lleno de polvo. Quizá, sólo quizá, esa persona se atreviese a levantar la cabeza de la figura paciente, a encajarla en el cuello ansioso e imponer así la razón como quien origina al fin un nombre o coloca una corona. Se apartará el hombre y la última obra quedará completa.

Habladles de batallas, de reyes y elefantes

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Título original: Parle-leur de batailles, de rois et d’éléphants
Autor: Mathias Énard
Traducción: Robert Juan Cantavella
Editorial: Random House Mondadori

No imagino difícil de suponer qué es lo que me llamó la atención del libro. El título es muy sugerente. Me acerqué al volumen, leí la sinopsis, eché una ojeada a sus páginas e inmediatamente fui a pagar. Incluso estas navidades he adquirido otro para regalar a un buen amigo. Se trata de una de esas joyas de papel, que me encantaría tener siempre conmigo para revisar cuando sienta le necesidad.

La sinopsis es sencilla y jugosa: Miguel-Ángel diseñó un puente en Constantinopla para atravesar el cuerno de oro. Hasta ahí la parte verídica, el resto es ficción. Énard saca al florentino de Italia para mostrárnoslo. En este what if, Miguel Ángel deja los trabajos de la tumba de Julio II, Papa de gran carácter, (ha pasado a la historia como el Papa guerrero, además fue enemigo acérrimo de los Borgia, incluso se ha especulado su papel en la muerte de éstos) y huye para instalarse en una pequeña casa de la capital de oriente.

En sus páginas, Énard cuenta la historia de la estancia del genio. De su inquietud por el Papa abandonado, de su ambición de grandeza y gloria, y de la lucha perpetua con su sexualidad, nunca bien resulta. Asimismo la atracción gravitatoria de su figura nos acerca otros personajes reales y ficticios, o a medio cambio entre ambos. Es una bella historia sobre Miguel-Ángel, un encuentro entre occidente y oriente, dos mundos distintos relacionados gracias a uno de los grandes hombres del momento.

Apenas hay documentación sobre este encargo, Enard puede sentirse cómodo describiendo. Pinta un retrato del florentino con gran detalle en su fondo. Un estilo con frases cortas, un ritmo lento, fácil de leer. Una delicia turca deshaciéndose en la boca. Es casi poesía. De hecho algunos críticos lo han calificado de un “poema en prosa”.

Como contrapartida, el autor quizá peque de cierto preciosismo innecesario o forzado en algunos momentos, es el único pero que yo le encuentro.

El libro ha sido muy bien considerado por la crítica, quedando en los finalistas de los grandes premios literarios de Francia. Consiguiendo finalmente el Prix Goncourt des lycéens.

“La noche no conduce al día. Arde en él. Al alba la llevan a la hoguera. Y con ella a sus gentes, los bebedores, los poetas, los amantes. Somos un pueblo de relegados, de condenados a muerte. No te conozco. Conozco a tu amigo turco, es uno de los nuestros. Poco a poco desaparece del mundo, engullido por la sombra y sus espejismos; somos hermanos. No sé qué dolor o qué placer lo ha empujado hacia nosotros, hacia el polvo de estrellas, puede que el opio, puede que el vino, puede que el amor; puede que alguna oscura herida del alma, bien oculta entre los pliegues de la memoria.”

Nota: Un servidor ha leído la versión francesa, publicado por la editorial Babel. Por tanto no puedo comentar nada sobre la traducción española. Pero siendo Mondadori quien edita, no creo que me equivoque mucho si me aventuro a imaginar como de buena calidad.

Azul

Los peces, las aves y muchos tipos de insecto se desplazan en bandadas, juntos. Uno puede quedarse embobado mirando ese movimiento que varía en ritmos y del rápido se inclina al lento. Todo tiene la coherencia de una coreografía ensayada, pero cada uno de los seres son individuales por lo que todo es un misterio. Por supuesto hay explicaciones de estos comportamientos, pero eso no importa. Lo que sí importa es esa belleza casi indescriptible de creación. Sí, de creación, pues podemos imaginarnos sin dificultad que esos enjambres, esos seres que tan a menudo podemos ver en documentales a través de nuestras pantallas o en los parques mirando hacia arriba en un día de verano, todos ellos tienen en común lo maravilloso del milagro de la naturaleza. Todos esos animales se desplazan en el océano azul o en el cielo cerúleo y a los poetas siempre se les han ocurrido miles de metáforas que hicieran de eso tan natural y común algo infinitamente bello, raro y asombroso. Quizá porque lo es o puede que en realidad todo sea más prosaico y nos hemos salido demasiado del tiesto, nos hemos perdido y ahora todo lo que esté fuera de nuestros bosques de cemento y ladrillo nos parece extraño y nos fascina.

Este un viaje por un mapa, un mapa azul, un esquema azul, imagínense al redactor de estas líneas sentado en una habitación casi a oscuras, sólo con un foco celeste sobre su cabeza, delante de la moderna pantalla de ordenador que le devuelve e ilumina su rostro con otro mortecino y cibernético azul. Imaginen el claro de luna de Beethoven sonando. ¿Por qué no? Está muy gastado, muy viejo, tanto que lo llamamos clásico, y sin embargo su belleza, su tenebrismo y fragilidad, su oscuridad en fin, nos sobrecoge. Con el primer movimiento podemos adueñarnos de cualquier titulo de artista, de creador: podemos hacerlo y pensarnos pintor o poeta o quizá, precisamente, músico; nos vemos en pleno proceso creativo contra toda marea; contra el viento que se levanta a lo lejos; contra el resto de seres que viven en la casa, sean amigos o enemigos; contra nosotros mismos; contra el hambre o el sueño; incluso contra la muerte. Escuchemos a Beethoven y podremos imaginarnos envueltos en llamas sin cesar de escribir, pintar o tocar un piano de larga cola con el pelo lacio sobre el teclado. ¿Demasiados lugares comunes?

Desterremos entonces esa imagen, simplifiquémosla hasta sus líneas más simples, hasta las aristas del dibujo, ahí está el esquema en blanco sobre azul y ahora borremos, eliminemos, destruyamos dejando de nuevo la pantalla monocroma. Trasladémoslo a otra tonalidad, quizá la Klein, siempre dispuesta a lo moderno, al grito, a lo cercano a lo púrpura. Ahora que lo hemos conseguido neguémonos a admitir mayores referencias a ese artista y tengamos en cuenta que es un hombre, un ser humano incapaz de ser mayor que cualquier otro hombre o humano.

En realidad, en un mundo de creación son bastante raros los testigos fieles que hayan podido ver a un autentico creador realizar su trabajo. La mayoría de estos demiurgos de media planta son consabidos intelectuales de los de la academia, de la nueva academia: esa que plantea una tipología ordenada por ellos mismos. No tienen sentido ni tampoco lo necesitan, no lo buscan, no les es necesario porque son La academia. Aunque su institución se organice en teatros secretos, en café señalados en un mapa imaginario de susurros y de humo, o al menos de alcohol cuando el humo falte. Iguales a estos son esos otros, organizaciones, grupúsculos que se desarrollan autonombrándose transgresores, antiacademicistas, que se esconden en otros bares y tugurios, más ruinosos o, simplemente, más discretos. ¿No?

Somos custodios de algo inútil. Lo sabemos, en el fondo lo sabemos, y aún en la superficie, pero lo queremos disimular maquilando ese tumor húmedo para disimular el repugnante latido que no cesa. Pero la mascara creada se cuartea invariablemente y la verdad desagradable brota poco a poco como un manantial entre las lascas de tierra. La verdad surge cristalina mientras nos ahogamos en un mundo pálido que huele a ozono, estamos solos en medio de las bandadas y los clanes.

 

 

 

Rojo

Esta es la prueba, este cuadro ante mí está lleno de fuerza, de palabras, de historia y también de religión. Uno podría pensar que un lienzo colosal producirá ante el espectador una impresión mucho mayor. Rothko lo sabía, él deseaba abrazar al espectador, engullirlo en ese vientre tenebroso de reflexión. Sin embargo mi cuadro es pequeño, una tela que podría ser adquirida por cualquiera para colgar en cualquier casa. Su tamaño es ideal para ese movimiento, ese intercambio de mundos que provocamos las personas en cada mudanza. Sí, el formato importa, igual que importa lo representado y la forma de hacerlo. Mi cuadro es una caída, el movimiento llevado al exceso, una titanomaquia donde Cronos ya ha sido vencido; es Cristo porque ha de estar ahí, en el color azul y blanco del cielo, en la iluminación más allá de la primera impresión. Sí, la tríada está representada y sin embargo son sólo color. El resto es violencia, rojos, negros y desnudez. La crueldad nos recuerda a Apolo, ese dios de belleza tan terrible como su ánimo. Él es el dios del sadismo y nosotros, espectadores mortales y humildes, hemos de preguntarnos cómo hemos de escapar de su influjo, cómo si somos herederos directos de él, si ante la caída, ante el cuadro, nos plantamos con la sonrisa torcida, cínica, o el gesto indiferente de un Commendatore resucitado. Hemos de elegir una de las dos vía, la que derroca a Dios, la de Don Juan, o la otra, la que lo venera, la que se declara heredero y continuador.

Ese es nuestro mundo y todo por un cuadro, un cuadro de caída donde leemos el bien, donde leemos el mal y donde se nos habla del mito, de la imagen, del hombre, de la mortalidad, de la lucha y de la derrota. Sí, porque esa desnudez de eternidad, a la vez tan expuesta, es una imagen de futuro, una promesa y una amenaza desde Dios, desde el commendatore que retorna para hablarnos del futuro, para condenarnos en caso de que seamos tan osados como para dar la espalda al Padre. No podemos matar a la divinidad pero podemos intentarlo y esa es la lucha que se representa, la consecuencia de la batalla, la inevitable derrota: fracasarás -dice Dios. ¿Cómo no temblar?

Es un pequeño cuadro lleno de ángeles fulminados por la mano izquierda de Dios. ¿Quién lo colgaría en su casa? Acaso el dormitorio sería un buen lugar, repitiendo el hábito del rey oscuro de España. Es sabido que Felipe amanecía en la soledad de su cama y que lo primero que veía ante la luz del amanecer era el tríptico de El Bosco. Felipe pensaba en el pecado, en Dios, en la mortalidad. Amanecía con ese pensamiento mítico porque debía dirigir un país, firmar decisiones prosaicas, vivir de, en, para y por la tierra y la sangre. Por eso el cuadro estaba en su cuarto, para recordar que había trascendencia, que más allá de las manchas de tinta en los puños de su camisa habría un Dios, o al menos una creencia, quizá sus ojos buscasen la gracia.

De repente la idea de un traslado del cuadro parece impensable. Pensamos en los museos como una suerte de templos modernos donde se adoran ciertas obras, ciertos autores. Sobre el altar está el arte mismo, lo que el arte significa. Allí está bien el cuadro, encerrado, dispuesto sobre el muro blanco y disponible a la mirada de cualquier paseante que desee, pueda y se atreva a colocarse delante de la pequeña caída, que es enorme. Resguardar la tela en la casa, en el dormitorio, es monstruoso, un acto de sadismo para con nosotros mismos. No, yo no podría mantenerlo mucho tiempo bajo mi mismo techo, su color, el sanguíneo rojo, terminaría por volverme loco, por desatar lo más primitivo que hay en mí, por convocar a la lucha.

Ya es demasiado para mí, me aparto, salgo de la sala y me siento ante un lienzo muy diferente que no me molesto en escudriñar, en vez de eso observo la gente vagar de un lado a otro mientras el rojo desaparece poco a poco de mi retina, como una impresión de color que se deshace ante el mundo real, la tierra de Felipe.