La Barcelona literaria, Vila-Matas mexicano y Juego de Tronos

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

El pasado diciembre la UNESCO nombro Barcelona ciudad literaria, uniéndose así al selecto grupo que forman otras grandes urbes, como Praga, Dublín o Granada. Sin duda no faltan argumentos, Cataluña es la región donde se aglutina el grueso de la producción editorial del país, el 48.3%. De forma tradicional Barcelona acoge las sedes de las grandes casas de edición, fomentando con el paso de las décadas un vivero de escritores y fundaciones o asociaciones en torno al mundo del libro. El nombramiento, muy buscado por distintas instituciones de la capital catalana, ha sido celebrado con una declaración de intenciones de cara al próximo tiempo, entre otras cosas se pretende fomentar la lectura infantil, obtener fondos para actualizar bibliotecas y crear un congreso internacional de editores. Es una distinción importante para la ciudad, pero sobre todo para los ciudadanos y el conjunto de españoles.

Decir que la realidad editorial de España es compleja seria quedarse muy corto: en los últimos años dos grandes grupos, Penguin Random House y Planeta, han fagotizado la mayor parte de las editoriales españolas, pero con todo sigue existiendo un gran número de pequeñas empresas independientes que procuran un trabajo muy cuidado, ganándose así un espacio en el mercado. El modelo de negocio de las librerías también ha cambiado a consecuencia de las crisis (la económica y la propia del sector), las cadenas imitan ahora el trato personalizado del cliente de la librería de barrio, formando profesionales especializados. Pero la riqueza editorial de España contrasta con cierto desdén institucional hacia creadores y publico. Un sector tan importante y desarrollado no es lo suficientemente aprovechado por la población, cuya relación con los libros sigue siendo distante. Esto se refleja en múltiples aspectos, desde los resultados de distintos barómetros del CIS, los estudios del Observatorio de la lectura y el Libro y sus conclusiones demasiado autocomplacientes, hasta las políticas inexistentes de fomento de la lectura de la última legislatura. Tanto las evaluaciones como las aplicaciones son insuficientes. Por otro lado, las medidas que acaparan la atención de empresas e instituciones públicas son la piratería y el libro digital, dos aspectos a tener muy en cuenta en el futuro del sector, pero cuya importancia dentro del conjunto es mucho menor de la que se le da. Si se continua con esta tendencia, atendiendo a la estructura del sector y olvidándose de creadores y publico, el mundo del libro en España continuara su declive hasta que todo sean lamentaciones.

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Ilustración de Gonzo Brain a.k.a. Jorge Fernandez Ruiz

Curiosamente el nombramiento por parte de la UNESCO pilló a uno de sus escritores mas célebres en México, donde a Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) se le ha concedido el premio Feria del Libro de Guadalajara, uno de los mayores de las letras hispánicas, o directamente el mayor, como él mismo afirmaba al compararlo con el Cervantes y encontrar este ultimo “anquilosado”. A Vila-Matas no le falta razón ni tampoco es el primero en hacer una declaración parecida, los premios literarios españoles (con honrosas excepciones) tienden a premiar más la celebridad de los nombres, las canas del escritor o la estimación de ventas antes que la calidad literaria. Mientras, el futuro de las letras hispánicas sigue engordando con su importancia en el continente americano, los próximos años España se juega el papel que tendrá en ese futuro, esperemos que desde las instituciones tomen las medidas correctas, porque el honroso nombramiento de la UNESCO no será suficiente para garantizar nada.

Vista las tendencias de lectura y visualización actual, en esta ocasión parece oportuno finalizar con una doble cita: en su periplo por México Vila-Matas ha sido invitado a multitud de conferencias y encuentros a raíz del premio, en uno de estos eventos el escritor afirmó que “la inteligencia sirve para escapar de todo aquello nos tiene atrapados. Para crearse una vida propia, personal y atractiva” Cualquiera podría desear ese tipo de vida, pero la inteligencia es una capacidad que debe trabajarse. A este respecto todos deberíamos tener presente la frase de Tyrion Lannister, personaje de la serie Juego de Tronos y de los libros en que se basan: “mi hermano tiene su espada, el rey Robert tiene su maza, y yo tengo mi mente. Pero una mente  necesita de los libros igual que una espada de una piedra de amolar, para conservar el filo”

Una mujer sin pintalabios

Desde junio soñaba cada noche con una chica de pelo largo, esperaba en la carretera con la mano tendida hacia el mar. No tenía rasgos, el viento los velaba con su pelo. Era una imagen tan hermosa como triste. Finalmente olvidó el sueño, y nunca adivinó quién era la mujer. Pero un día dio plantón a una chica en el último minuto, porque llevaban un mes saliendo, besándose y follando. Tuvo miedo de continuar, o simplemente fue un cabrón egoísta. No importa. No vio por el retrovisor que ella ya le había distinguido desde la plaza, llevaba un vestido nuevo y tenía la mano delicadamente levantada hacia él. Entonces una ráfaga de aire le revolvió el peinado, y ella se detuvo mientras la moto se dirigía hacia donde indicaban sus dedos extendidos, hacia el mar. El chico se perdió ese instante, nunca la reconoció.

Cuando la mujer se recogió el pelo se dio cuenta de la huida. La kawasaki bajó La Rambla petardeando. Adiós, chico con pecas. Ni siquiera intentó llamarle por teléfono, lo sacó del bolso, pero se quedó mirando la pantalla. ¿Para qué? Todo estaba claro. En lugar de buscar su nombre apagó el aparato. Miró a su alrededor, dudando qué hacer. Se sentía demasiado estúpida allí quieta, comenzó a caminar hacia el paseo marítimo simulando tener un plan. Se le escapó una hora hasta llegar a la playa, los guiris se cocían al sol, mezclados con familias venidas del interior del país. Todas las vidas parecen más felices desde fuera –pensó–, pero sólo es maquillaje ocultando la putrefacción interna.

Quiso quitarse los zapatos y entrar en la arena, pero aquellas personas le asqueaban. No tenía motivos, no había ni un solo gesto que le invitara a pensar lo peor de ellas, y, sin embargo, su imaginación se volvió hacia el lado más oscuro de la naturaleza humana. En una pareja vio un marido engañando a su mujer para sentirse así más hombre; una gorda rodeada de niños se transformó en una infeliz, harta de peticiones y lloros, consolándose gracias a la botella y la bollería industrial; en otra familia numerosa adivinó la huida del primogénito debida a las palizas del padre, el suicidio de la segunda hija, y el ensordecedor silencio de la madre y de los dos hijos pequeños. Se paró a considerar que en la playa, por fuerza de estadística, habría ladrones, violadores, e incluso algún asesino. Cierto porcentaje moriría en menos de un año, y alguna de las allí tumbadas daría a luz en nueve meses. Miles de historias entretejidas como el dorso de un tapiz, caótico y feo.

La chica se sentó para mirar el mar, los turistas se iban marchando mientras el sol se ponía. A ella le llegó la inseguridad del abandono. ¿Acaso fue por sus tetas? Quizá con la dejadez del verano no le parecía tan guapa, o se aburría en la cama o el resto del tiempo. Imposible saberlo, la respuesta no le llegaría de forma esclarecedora, pero tampoco hubiera sido mejor si lo hiciera.

Recuerda los buenos momentos, las cenas difíciles por la lucha constante contra el deseo animal. Recuerda las tardes en la playa, solos o con amigos comunes, los bares después, y el primer sorbo de cerveza con un deje salado. Por último recuerda el plantón de horas atrás.

Siendo niña quería ser médico, no por curar a los demás como se podría esperar, sino por curiosidad sobre el funcionamiento de los cuerpos. En aquel tiempo más inocente, su abuela se escandalizaba al encontrarla desnuda frente al espejo, reconociendo su anatomía infantil. La gran pregunta que quería contestar era sobre la materia que separa los órganos, no sabía decir si entre los pulmones y el estómago, o entre el corazón y todos los demás había algo, si simplemente colgaban en el vacío, y por tanto el cuerpo estaba relleno de aire, o si era agua o carne o espuma. Fue un misterio, por más que preguntó a sus padres ninguno supo contestar. Pasaron los años y obtuvo su respuesta, pero tampoco le agradó. Llevó la pregunta de lo corporal a lo metafísico, y ese día, sentada en un banco, imaginando las sórdidas vidas de quienes pasaban a su alrededor, recién despechada, se dijo que los seres humanos estaban rellenos de miseria. La afirmación, íntima y jamás enunciada en voz alta, la mantuvo hasta el final de su vida.

Tren al interior

Lo había pospuesto desde hacía algún tiempo. Tenía sus excusas, claro: los exámenes, el curro de becaria, las clases de inglés, la visita de una amiga que conoció en el erasmus… El verano avanzaba y su abuelo seguía esperando, así que ese fin de semana se decidió tras mirar durante cinco minutos seguidos el teléfono, esperando una llamada.

De pronto el cuerpo de Clara habría cobrado una energía desconocida, se levantó presa de una urgencia inexplicable y comenzó a trastear en la cocina, lavando los platos y recogiendo el desastre de una semana descuidada. Luego volvió al cuarto, el teléfono seguía en su lugar, descaradamente mudo. Enfada abrió una maleta pequeña y metió algo de ropa, un par de libros y tantos botes como recogió de un rápido saqueo a su baño. Luego se fue a Sants, compró el billete y se tomó un café allí mismo esperando el tren, no sabía qué hacer con el tiempo sobrante. La bebida era horrible, así que mareaba el líquido con la cucharilla mientras se fijaba en los otros clientes, viajeros como ella casi todos, con prisas, mirando el reloj cada pocos segundos. Luego miró más allá del local, había un mendigo, siempre hay uno en las estaciones, éste deambulaba no muy lejos de sus pertenencias. A Clara le habría gustado invitarle a algo que le reconfortara. Desde luego no un café, pero cualquier cosa. Comprobó el mostrador del bar, no pudo evitar fijarse en la camisa de color desvaído del camarero y se preguntó por qué son tan malos y mugrientos ese tipo de bares.

La megafonía distorsionó el destino de su tren, pero Clara comprendió, se acabó el café con un desagradable trago y salió guardando la calderilla en su mano cerrada. Al llegar al mendigo éste no sonrió, ni expuso su palma hacia la limosna, simplemente se quedó mirándola con cierto disgusto. Así que ella se puso nerviosa, soltó un “buenos días” absurdo y salió escopetada hacia el anden, fingiendo que tenía más prisa de la real.

Tuvo las mejillas encendidas todavía un rato. Si Nicolás estuviera allí se habría reído de su torpeza, habría hecho algo para hacerla reír también a ella. Pero él no estaba. Buscó su asiento y esperó. Eran cuatro horas de viaje. Sólo había una pareja de ancianos con ella en al vagón, como si ir hacia el interior del país fuese hacerlo contrasentido.

Tras una hora perdida en sus pensamientos se encontró a sí misma observando el asiento contiguo y vacío, igual que en su casa había mirado el teléfono. Deseó que Nicolás estuviera allí, devolviéndole una sonrisa. No, ni siquiera eso sería necesario, bastaría con tenerle a su lado para poder notar su calor o verle bostezar tan ostentosamente como siempre. Clara volvió a sentir su garganta cerrada, su corazón indignado. Bajó la cabeza e intentó concentrarse en la revista. Dos páginas después no había entendido nada. Pensaba en él. ¿Dónde estaría? En la cama, aburrido, pasando el tiempo con el ordenador; con sus amigos en la playa, bebiendo algo y jugando a las cartas; en la cama, pero junto al cuerpo desnudo de otra… Eso explicaría su silencio: aburrimiento, sexo, quizá incluso amor, o al menos el inicio de algo. ¿Por qué no podía evitar pensar en todo eso?

En el amor hay cierto grado de obsesión, de deseo enfermo por disponer del tiempo del otro. Es la fascinación del descubrimiento, el temor de no ser correspondido o de serlo pero ir perdiendo poco a poco el interés de ese otro.

En realidad ni las clases de inglés ni el trabajo ni los exámenes finales eran la causa del aplazamiento de su viaje. La única razón era Nicolás, esperaba su llamada, su mensaje en facebook. Esperaba una explicación al silencio, unas palabras mágicas para entender por qué le había prometido todo cuando no pretendía darle nada. Así se habían pasado las semanas, finalmente aceptó la respuesta fácil que tanto se había esforzado por ignorar. Él había perdido el interés, ni más ni menos. Y si no dijo nada, si dejó morir el contacto fue, o bien porque no quería hacerle un daño inútil, o porque no le importaba lo más mínimo. Clara decidió finalmente hacer aquel viaje porque ya no tenía esperanza. Un amor de verano, nada más.

En Barcelona Nicolás investigaba con su lengua una boca ajena, sin ninguna preocupación más allá de quitarse pronto toda la ropa.

El periplo del extranjero

La prudencia tiene la virtud de ser útil, paciente, de resultar verosímil e incluso de ser una buena filosofía de vida. Ser prudente es ser conservador, pero conservador no en ese sentido político, sino en uno más físico (o quizá en algún otro más allá de lo físico) El prudente tiene el buen sentido de no hacer nada que no debiera, de considerar cada detalle y sus posibles consecuencias tomando siempre la opción más acertada, la más obvia. Al menos será la más acertada de acuerdo a las normas sociales. El prudente se conforma con lo que tiene, con lo que entiende y no se aventurará en lo desconocido.

Pedro se hacía llamar Pierre, no por algún gusto extraño ni por snobismo, se hacía llamar Pierre porque sus padres eran franceses, porque se crió en el país galo y en su infancia sólo respondió a aquel nombre. La suerte cambió siendo él ya adolescente, cuando sus padres se mudaron a España como directivos de la recién estrenada filial de su compañía. El cambio fue espectacular para él, pasó a sentirse desplazado, a no ver a sus padres, a ser atendido por una asistenta que, si bien era simpática, nunca pudo procurarle una sustitución del amor que esperaba obtener de sus padres. Como la edad era la adecuada, a las quejas y actos de rebeldía sus padres no le dieron gran importancia, se limitaron a castigarle severamente. Pero para Pierre el colmo había sido el cambio de nombre, en el instituto todos le llamaban Pedro, incluso los profesores. Al principio con su desconocimiento del idioma no pudo defenderse, pero luego, envalentonado por el desprecio y el tiempo transcurrido, lo dejó claro. Él era Pierre y no contestaría a otro nombre. Le ignoraron. Los profesores sí que procuraban llamarle por su versión francesa, aunque a veces se equivocaban, entonces lo corregían con rapidez y cierto malestar al darse cuenta de que el chico, terco, no respondía. De sus compañeros sólo obtuvo burlas. Se quedó sólo y como tampoco tenía a sus padres hizo lo que hicieron muchos antes: huir.

Su abuela, Noelle, murió unos años antes de la ida a España de la familia. La mujer quería mucho a Pierre, ahora Pedro, y siempre intentaba defenderlo cuando quería hacer algo que sus padres no le permitían. La frase de la abuela siempre había sido la misma: “déjale, mujer, nunca he visto un niño tan prudente.” El día en que Pedro metió en una mochila algo de ropa, bastante dinero y un bar de bocadillos, se acordó de su abuela y recordó aquella misma frase. La prudencia, pensó Pedro, es para gilipoyas.

Salió de casa como cada día en dirección al instituto, pero nunca llegó a él; desapareció sin que nadie supiera nada. Cuando sus padres llegaron a casa a la hora de la cena, naturalmente se preguntaron dónde estaría pero no se inquietaron demasiado; las abundantes discusiones hacían que Pedro se quedase habitualmente en casa de su tío a pasar la noche. Quiso una casualidad que cuando ya estaban en la cama sin pensar en Pedro, sonase el teléfono. Cogió ella al ver que se trataba del número de su hermano y la conversación derivó, como no podía ser de otra forma, en el chico. El tío de Pedro no sabía nada de él. En esta ocasión sí se pusieron nerviosos, llamaron al móvil de su hijo, pero sonó en la habitación contigua y allí, encima de la cama, se encontraron una nota con dos palabras. “Au revoir”. Firmaba Pedro, no Pierre.

La policía tuvo claro que se trataba de una fuga y tranquilizaron a los padres diciéndoles que era habitual y que el chico volvería en cuando empezase a tener hambre o le faltase el dinero, dos días como mucho, quizá cuatro si el chaval era orgulloso. Dos semanas después Pierre no había aparecido y la policía no tenía nuevas noticias. Siguieron su rastro hasta la estación de bus, donde Pedro había comprado cuatro billetes a la misma hora y cada uno con un destino distinto. Los conductores no recordaban al chico en especial y ahí se terminó la búsqueda.

La depresión acosó a aquellos padres que no comprendían nada. Se culparon de la huida que no habían visto llegar y lloraron y se entristecieron. Pero pasaron los años y el dolor se fue convirtiendo en costumbre hasta hacerse llevadero. Ninguno de ellos pronunció jamás la palabra “muerte” pero ambos la tenían en su cabeza y les oprimía la garganta. Por respeto al otro nunca se dijeron nada, con miedo de hacerlo real al pronunciarlo. Mantuvieron la creencia en la huida, quizá algún día su hijo regresase.

Pedro apareció en el porche del chalet una mañana de sábado del mes de Marzo siete años después de su huida. Estaba serio, había crecido y llevaba una barba corta. En los primeros minutos los padres aliviados lloraron con él, le abrazaron y besaron como si fuese la efigie de un dios. Realmente le querían, pensó Pedro, pero aquello no le ablandó lo más mínimo, el no lloró, aunque sí se emocionó por el reencuentro.

Sin embargo no pasó mucho tiempo hasta que surgió la pregunta: ¿por qué? Y Pedro sonrió enigmático. Era una pregunta que se había esperado, que había planeado mil veces responder, pero que finalmente no quería ceder al dominio del amor. No se dejó emocionar. Les observó y habló en español, ya sin apenas acento. Les dijo que por aquel entonces no estaba cómodo en su casa ni en su instituto, que Pierre había muerto de inanición en España, que se había convertido en un extranjero absoluto, un paria, un ajeno que no poseía un lugar para sí mismo. Les dijo que pensó en el suicidio y aquello inquietó a sus padres, que temblaron. Luego recordó a la abuela, porque ella había sido muy importante en su decisión. La abuela que siempre había dicho que él era prudente tenía razón. Pierre era prudente y la prudencia le hubiera llevado a la muerte. Si él se hubiera quedado en la casa y hubiera seguido viviendo aquel infierno que tenía por monotonía porque era lo prudente hacer, porque esa era la decisión cautelosa: siempre esperar que todo mejore, siempre tener la esperanza y pensar que es cosa de uno y que uno cambiará; si hubiera decidido eso, estaría muerto. Decidió lo contrario, decidió romper con todo, salir de la comodidad de una vida sin penurias, decidió obviar a unos padres que no le entendían y buscar su vida fuera porque la que tenía dentro se había extinguido.

Aquellos padres, con el pelo encanecido por la duda y la pena de aquellos siete años, con las arrugas tempranas en su rostro, entrelazaron los dedos y miraron a su hijo. Se dieron un apoyo mutuo y silencioso, observando a aquel que habían creado ellos dos y que ya no reconocían. Estaban ante un monstruo o quizá ante un semidios, no lo entendían, ambas posibilidades eran reales pero algo, quizá el amor incondicional de la sangre o un entendimiento más íntimo, le llevó a uno de ellos a aclararse la garganta y preguntar lo que tenía que preguntar: ¿encontraste lo que buscabas?

Pedro asintió y volvió a sonreír, esta vez porque el contenido de su relato sería distinto a lo habitual, lleno de palabras que se consideran tabú o que al menos son difíciles de hablar en esa intimidad algo artificial que se da entre padres e hijos. Para él, que había renunciado a sus padres, ya apenas tenía vigencia la ley silenciosa sobre lo permitido.

Sí, respondió, he viajado mucho. He trabajado de camarero en Madrid, de azafato en Barcelona, he vivido en Málaga de la caridad de una mujer con quien me acostaba, en Cádiz conocí a un italiano que me llevó consigo a Nápoles y que me dio trabajo en su restaurante. He hecho de chico de correos en Milán, y allí también conocí la pobreza absoluta y me prostituí por dinero. No os asustéis, todo fue bien, nunca me he arrepentido ni tengo ninguna enfermedad, se trató de un trabajo más que no duró demasiado y que me permitió vivir. Estudié un par de cursos y me mude a Roma donde trabajé de barrendero, no dure mucho, volví a Rouen, papá, y dejé flores en la tumba de la abuela y del abuelo. Luego trabajé en París en una floristería. Allí me enamoré de una chica catalana y volvimos juntos a España. Vivo en Barcelona. No trabajo, pero quiero abrir una cafetería en el Rabal, ahora mismo ese es mi sueño. He caminado mucho, he hecho cosas terribles, he robado, mendigado, he leído mucho y he aprendido. Descubrí a las personas, descubrí el calor humano y el sexo y el valor del dinero. Me han hecho daño en todos los sentidos que uno puede imaginar pero aquí estoy, de una sola pieza, con dos cicatrices que no me causan desazón, con muchos recuerdos y sin remordimientos. Sólo tenía uno y era hacer esta visita que siempre me ha pesado. Sí, encontré lo que buscaba, me encontré a mí mismo. ¿Y sabéis? Además de todo eso, además de lo importante y de ser feliz, resulta que ella me llama Pierre.

Extraordinariamente común

Hay algo extraño en un día corriente, en una mañana corriente mejor dicho. Busquemos un día cualquiera, un Jueves, por poner un ejemplo. Sobre las siete de la mañana las calles van despertando lentamente y en las horas siguientes el sol se alzará, perezoso y la luz inundará todo, dejando el mundo real sometido a su claridad. Pero sigamos un poco más y lleguemos hasta una hora más prudente: pongamos que son ya las diez de la mañana, nos hemos levantado, hemos desayunado y nos hemos duchado y vestido. Luego, tras suspirar y coger coraje o bien rápidamente y sin pensar en lo que hacemos, salimos de nuestra casa o del lugar que fuera donde hemos pernoctado. Nos encaminamos en un paseo corto, pero esta vez debemos fijarnos en los detalles. Estamos ociosos y no tenemos casi nada que hacer, así que lo primero de lo que nos damos cuenta es de la luz. Es una luz brillante, intensa, de un día de otoño temprano, muy pura, casi con color, amarilla, naranja a veces pero con rayos irisados azules o verdes allá donde están los árboles, o rojos cuando pasa ese coche. Así nos damos cuenta de que esos colores están más vivos hoy.
Continuamos en nuestro paseo y tomamos un bus que nos lleve a una distancia más o menos grande, quizás un trayecto por la castellana en Madrid sea perfecto, o por la gran vía de les corts catalanes en Barcelona. ¿Qué vemos? Podríamos no fijarnos si tuviéramos que acudir a algún lugar en concreto, si tuviéramos prisa, si estuviésemos pendientes del ritmo del latir de nuestro reloj. No es necesario estarlo, no tenemos por qué mirar la esfera terrible de ese parásito que llevamos atado a nuestra muñeca y al que pertenecemos aunque creamos lo contrario. Esclavista y esclavo no parecen ser ya quienes deberían. Pero no, no es tiempo de tales observaciones, no hoy que somos libres, que vamos en bus sin un lugar muy concreto al que llegar, sin una hora fija e inamovible que cuelgue sobre nosotros como una suerte de espada de Damocles.
Pagamos el billete, nos sentamos junto a la ventana y observamos las calles, observamos el discurrir del trafico, que a estas horas ya fluye con facilidad. No entran demasiadas personas en todo el recorrido, no hemos de sentirnos presionados por una gran masa de humanidad, así todo es fácil. Mientras el vehículo avanza en su ruta prefijada nosotros vemos en la calle a cientos de personas que vamos dejando atrás, todas ocupadas, todas con algo importante que hacer, con el tiempo justo para desayunar un bollo mientras hablan por teléfono, caminando con rapidez hacia un bloque de oficinas. Se mueven, han de trabajar, van a estudiar o al cole. Algunas mujeres van de compras vestidas para dejarse mimar mientras esperan que le traigan una prenda de talla menor a la que en un principio ellas había, escogido; o traen bolsas de supermercado, enormes, que cargan con esfuerzo. El mundo se mueve, el progreso poco a poco se va produciendo en esas fabricas que son ahora las oficinas, las enormes torres llenas de cubículos, de mesas y de otros objetos, personas, que forman parte, a esta hora, del mundo del negocio. El país progresa o se hunde en función de todos ellos y podríamos preguntarnos qué ocurriría si todas esas personas, esos afanados trabajadores encorbatados dejasen de trabajar a un mismo tiempo, si dejasen de hacer lo que hacen sin concesiones ni piedad al país o a sus jefes o clientes. ¿Se detendría el progreso? ¿Se tendría la crisis o la recesión? ¿Nos perpetuaríamos en un estado neutral en que, si quisiéramos, podríamos ser felices en la inactividad? Pero no podemos preguntarnos esto, no podemos porque las cuestiones no tienen respuesta, es una hipótesis demasiado exagerada y nos debemos de reprender por ello.
Llegamos a nuestro destino, los minutos han pasado casi demasiado rápido, o no han pasado, quizás solo ha transcurrido el tiempo imaginariamente para nosotros. No nos hemos dado cuenta de nada y ese vil enemigo aprieta en nuestra muñeca y se hace pesado, reclamando una atención que no le daremos. Nos bajamos del autobús y respiramos ese aire de ciudad que vive y se mueve, que trabaja. Podemos buscar un buen punto, un banco o un lugar algo apartado para sentarnos y comprender desde allí, oteando, lo que ocurre en esta ciudad; para observar a todos esos trabajadores que van de un lugar a otro, a esas personas que van a hacer la compra, a los pocos niños que no están en el colegio por ser demasiado pequeños para ir todavía, con sus madres metiéndoles prisa o dedicándoles mimos tiernos. También nos daremos cuenta de los viejos, aunque esta palabra haya pasado a ser casi considerada un insulto, las personas mayores, los ancianos, que se han convertido en otros observadores ajenos al mundo, al igual que nosotros, y que observan las distintas personas ir de aquí para allá sin detenerse, sin fijarse en nada, como alguna vez ellos mismos hicieron, hace años. Quizá estos abuelos caminaron cuando eran jóvenes por aquella precisa calle, sin darse cuenta de donde pisaban o cerca de quien pasaban. Ahora son como figuras pensantes que realmente discurren poco, que sólo observan, cascarones entretenidos en dejar pasar un tiempo que para ellos discurre lastimero, como minutos enfermos que avanzan costosamente.
Ahora, en este momento, aquí, en mitad de la ciudad, el mundo gira, es un mundo lleno de movimiento, de acción, de palabras, de hechos. Gira alrededor nuestro, pues somos un eje clavado en el mundo, un punto quieto ahora que todo está tan ocupado, afanado con seguir, con no detenerse. Aquí, en medio de lo más común, de lo diario, de lo inmutable de todos los días, hay algo extraño que nos asombra, una artificialidad o magia en este rito que todos cometemos cada día cuando nos levantamos, abrimos la puerta y salimos a un mundo en el que nada nos parecerá extraño ¿será porque no nos fijamos?

Satie

Me hace soñar, Satie es una pálida luz en la noche, una vela encendida sobre una mesa de caoba oscura o quizá una lámpara de papel que proyecta sus dibujos difuminándolos en el aire. Satie es la delicadeza y es la pintura ensombrecida de la pared, la sombra… Satie es un whisky de sabor añejo que deja un regusto a madera en la boca, es un beso suave y cálido que sella la promesa de algo más. Satie es tristeza. Satie es un quizás, lo es todo en posibilidades y no es nada realmente, algo efímero y bello.
Allá en la Barcelona de 1965 alguien me susurró que para tocar a Satie no se necesitaba cerebro ni dedos, sólo corazón. Luego recuerdo el vaso sudado que me pasó aquella mujer de jugosos labios y acento francés. Agradecí su generosidad y bebí un trago de aquella delicia color miel. Pregunté de donde era pero sonrió nuevamente, nunca había visto unos labios tan rojos, pensé; ella respondió: París, de dónde si no.
Paris, aquella ciudad significaba futuro, elegancia, la buena vida; era la capital de bohemios, club restringido al que yo apenas me atrevía a pensar que podía pertenecer.
Paris y Satie, todo tenía sentido de pronto. Aquellos labios rojos sonrieron de nuevo sin decir nada más, yo terminé la bebida y subí al piano por ella. Esta vez cerré los ojos y mis dedos buscaron una tecla y luego otra. Se formó poco a poco el Gnossienne nº4 y Satie invadió la habitación, el tiempo se detuvo en el ambiente cargado, el humo fragante de pipa y la esencia de los perfumes llegó a mi olfato como una dormidera y aquella melodía ya no la tocaba yo, manaba de las bocas de los allí reunidos, de su aliento. Nadie hablaba ya o no parecía hacerlo realmente. Las miradas se volvían, los gestos se tornaban lentos y dramáticos, la piel de la cara se estiraba en la sonrisa de una mujer joven que bajaba los párpados lánguidamente ante el esposo de alguna otra ignota mujer. Era mágico, Satie volvía aquellas pequeñas cosas diarias verdaderamente bellas, los hombres y mujeres que se reunían en nuestro café semisótano huían de los corsés de la España gris, porque sabían que la moral y el juicio de la sociedad los considerarían culpables. Ellos eran ahora protagonistas de una novela y sus vidas y malos actos eran la trama y eran importantes.
Aquella belleza francesa me lanzó un beso desde la entrada. Aún recuerdo la estela que dejaron sus labios rojos al volverse para salir de aquella escena de actores olvidados. Nunca la volví a ver pero aún hoy cuando toco a Satie se lo dedico a ella.