Jorge y el dragón

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Julio de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Se colocó el yelmo para proteger su cabeza y avanzó con los chirridos propios de los caballeros armados. Cruzó el pueblo de manera solemne, con el viento agitando su capa, nadie salió a despedirle con fiestas o vítores porque no era el primero ni sería el último; pasó por las plazas y las calles observado por los aldeanos con el suficiente respeto para dejar la burla en la comisura de sus labios.

También el conde y su chambelán espiaron el recorrido del caballero. Ni siquiera sabían su nombre, lo había proclamado al llegar pero ninguno de ellos podía recordarlo. Tampoco parecía grave, el conde juzgaba absurdo ese pequeño detalle, nadie vendría a visitar su tumba, el nombre cincelado era lo de menos. Fue el tercer guerrero del año, el decimoctavo desde que el conde tenía memoria.

Aquel soldado se subió a su caballo y dejó pronto el pueblo muy atrás. Conocía los pensamientos del noble y su sirviente, sabía cómo pensaban los aldeanos; le producía cierto regusto amargo en el paladar saberse solo cuando luchaba por ellos. Quizá alguna vieja rezaría por él en la iglesia, pero no podía esperar mucho más. No importaba, sus actos le llevarían a la gloria. Luchaba por la gloria, no por ellos.

Cruzó la vaguada, salvó el río y dejó a un lado el camino internándose en los pastos que cruzaban el monte y se dirigían a la montaña. Avanzada la tarde divisó las ruinas del antiguo castillo condal, ruinoso recuerdo del encanto pasado. El musgo había invadido las piedras, desmoronadas creando fantásticas arquitecturas mordidas por el tiempo.

El caballo se puso nervioso al divisar aquel esqueleto de piedra, el guerrero palmeó su cuello para infundir ánimo en el animal, luego observó en derredor, sin encontrar rastro del dragón. Avanzó hacia el castillo, algunos en el pueblo decían que se guarecía allí, pero el caballero no lo creía; al fin y al cabo, los dragones solían atacar a cielo abierto, donde maniobraban con mayor facilidad.

Pasó muy cerca de la puerta del castillo, cuyo rastrillo destrozado parecía la boca abierta y desdentada de un pobre moribundo. Incluso el hedor que surgía del interior se asemejaba al de los cadáveres descomponiéndose. Dejó el castillo y avanzó al trote por los montes bajos, donde los arbustos eran mucho más numerosos y apenas sí nacían árboles.

Escuchó un siseo de advertencia. El caballero, preparado, colocó la lanza en ristre e hizo que su montura corriera en derredor. Estaba cerca, le estaba observando, agazapado para atacar, lo sabía pero podía verle.

El golpe vino de improviso, algo le sacó con violencia de la montura, arrojándole contra las rocas aparatosamente. La lanza salió disparada, el caballo relinchó fuera de sí mismo y corrió al galope unos metros, pero una forma enorme apareció frente al animal de la nada. El hombre vio por primera vez en su vida un dragón, medía más de veinte pies de la cabeza a la cola y sus alas tenían una envergadura sin igual, su cuerpo, recubierto de escamas esmeralda, refulgía con la luz del atardecer. La criatura lanzó varias dentelladas al aire y el caballo se encabritó antes de ser aplastado fácilmente bajo la enorme zarpa del reptil. El espectáculo de vísceras y sangre a punto estuvo de hacer vomitar al caballero.

El dragón levantó la pata y buscó con sus ojos rojos al hombre, cada vez más aterrado. La idea de aquella boca repleta de dientes sonriendo le pareció espantosa, pero era sí, el dragón sonreía: abrió la boca, chascó otra vez los dientes, se irguió para demostrar toda su estatura y por último, para aún mayor asombro del guerrero, habló.

–¿No sois capaces de aceptar la derrota?

El hombre parpadeó asombrado, había escuchado historias acerca de los prodigios de aquellos seres, además se había enfrentado a dos pequeñas sierpes, unos enemigos feroces que se defendieron bien y le dejaron cicatrices considerables, pero nunca habían articulado nada más coherente que un silbido o rugido.

–Vaya, un caballero lento –añadió la bestia, que parecía divertirse– En vez de tanta espada y violencia deberían poneros algo de inteligencia ¿No?

El hombre no tuvo ya ninguna duda, el dragón hablaba.

–¡Por la sangre de Cristo! –juró, levantándose y sacando el enorme mandoble con empuñadura en forma de cruz– ¡Ríndete, monstruo! ¡Abandona estas tierras!

Un sonido gutural surgió de la garganta del dragón, eran carcajadas:

–Pequeño humano… Decidme ¿Qué mal hago con mi modo de vida? Devoro alguna oveja o vaca cuando aprieta el hambre, pero poco más…

–¡Aterras a los honorables ciudadanos!

–He de reconocer que eso me divierte, sí –dijo recogiendo sus alas sobre el cuerpo, no parecía dispuesto a atacar.

–¡Abandona estas tierras! –repitió algo confuso el hombre.

–Sois plomizo, verdaderamente. Iros u os mataré como a vuestro caballo.

–¡Me acompaña la gracia de Dios! No os temo, bestia.

En ese momento la zarpa del dragón señaló pesadamente una pila de yelmos abollados con costras de sangre seca.

–A ellos también les acompañaba.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral del soldado. Se planteó huir por un momento, pero su honor se lo impedía, sus principios, su juramento, la esperanza de encontrar la gloria obrando un imposible. Aferró la empuñadura del arma con fuerza, calibrando su peso, y dispuso los pies para el ataque. Nada de eso pasó desapercibido para los ojos del dragón, que enseñó los dientes, grandes como puñales y chascó la lengua con desprecio.

–Has elegido la muerte –gruñó el reptil, abriendo las alas de tal manera que levantó una ráfaga de viento e hizo trastabillar a su enemigo. El monstruo se lanzó sobre él y, sorprendido por su velocidad, el caballero apenas tuvo tiempo de echarse a tierra y rodar. Lanzó un corte a ciegas segando el aire, pero no acertó. Una pata del dragón le arrancó el yelmo y lo lanzó contra las rocas, donde quedó incrustado. La bestia trotó, se alejó en la campiña y el guerrero, ya recuperado, le siguió con la espada preparada; entonces el dragón se volvió y deshizo el camino andado con las garras por delante. El hombre adelantó el arma y en el último momento fintó y cortó al dragón en un muslo, superando la protección de escamas. El reptil aulló y lanzó la enorme boca hacia quien le había herido, el golpe empujó al humano entre las rocas y aquella caída le salvó de ser partido en dos por la poderosa mandíbula. El dragón corrió de nuevo, se alejó, se alzó en el aire y aulló hacia el sol del ocaso. Luego, con toda su furia se precipitó contra el enemigo, sus zarpas fueron rechazadas por el mandoble, y el caballero pudo responder con sorprendente habilidad, pero la fuerza del dragón le agotaba rápidamente. El guerrero sabía aprovechar su velocidad y aprovechó un descuido para colarse hasta quedar bajo la bestia. Quiso clavar el arma en el abdomen, pero falló. De pronto perdió el equilibrio, la cola del dragón le tiró al suelo y no pudo sujetar su espada. Una pata enorme le aprisionó contra el suelo con fuerza y esta vez tuvo la enorme cabeza de la bestia a un par de palmos de la suya, los rasgos del reptil estaban fruncidos en una expresión de asco.

–Sois una raza presuntuosa y débil –dijo con su voz abismal. Entonces agarró al caballero y le alzó hacia el cielo como un juguete. El hombre sintió su estómago encogerse, alcanzó la altura de una torre de homenaje y cayó por efecto de la gravedad, estrellándose contra los pastos, rodó y quedó boca arriba consciente, vivo, pero dolorido. Se mantuvo un momento así y al erguirse pudo notar un dolor agudo y penetrante en el torso, tenía al menos un par de costillas rotas. La armadura se había aboyado en el abdomen y le impedía respirar. Se la quitó sin otro remedio posible, deshaciendo las cintas de cuero con torpes gestos. También había perdido las protecciones de las piernas y tan solo le quedaba metal en el brazo del arma y en el hombro izquierdo. Sangraba por una pequeña herida en la cabeza.

El dragón se elevó como un ave inmensa y majestuosa. El caballero sabía que aquellos eran sus últimos momentos con vida, corrió al ver el brillo rojizo del sol sobre el arma cercana mientras el dragón le perseguía desde el aire, lanzándose como un cometa sobre él, un halcón cazando una liebre. Abrió las fauces, dispuso las garras, ya tenía al caballero a punto, pero este se echó al suelo sin protegerse de la caída, recogió aparatosamente su arma en el último momento y se deslizó de nuevo bajo el dragón, cortándole en el pecho. El reptil se revolvió, golpeó al hombre con las alas, le desgarró la pierna de un zarpazo y le lanzó hacia arriba con otro golpe. Esta vez el soldado cayó sobre el lomo del dragón. Había sujetado el arma por una casualidad del destino y se mantuvo como pudo sobre la bestia mientras ésta se movía nerviosa para quitarse aquella molestia. Inspirado por el afán de supervivencia el caballero se aferró al nacimiento del ala, intentó incorporarse lo justo y falló varias veces. Cuando vio la oportunidad agarró el arma con ambas manos en un último gesto posible, y en la ondulante superficie del dragón clavó con todas sus fuerzas la espada hasta la cruz.

El alarido del monstruo fue brutal y reverberó en la montaña, quebrando la superficie del lago, llegando incluso a los oídos del conde, del chambelán y de todos los aldeanos, erizando el vello de sus nucas, despertando el llanto de los niños.

La bestia rodó, herida de muerte, se arrastró por el campo intentando escapar, pero las fuerzas le abandonaban con prisa mientras la sangre brotaba de la espada como si fuese una fuente. Su asesino había caído junto a él, exhausto, destrozado por la batalla, sin conocimiento. El dragón le miró con tristeza, con debilidad, finalmente se tumbó, mareado, y observó el cielo azul oscuro.

–Seremos olvidados –musitó jadeando, abriendo y cerrando los ojos una y otra vez– todos nos olvidarán, todo se perderá… como si las estrellas se apagaran una a una hasta dejar el cielo vacío y negro…

Chascó los dientes, tragó saliva y exhaló todo el aire de sus pulmones. No volvió a respirar.

Al día siguiente las gentes del pueblo, dirigidas por el conde, encontraron al dragón muerto junto al cadáver del caballero. En su último intento por encontrar un apoyo para levantarse, la mano del hombre había quedado atrapada entre las espinas de un rosal, cuajado de flores tan rojas como la sangre de los dos combatientes, derramada en gran cantidad, mezclada en la tierra en una sola sustancia rubí.

sanjorgefin

Ilustración de Adrián A. Astorgano

Miércoles fragmentado: Las ruinas circulares, Jorge Luis Borges

 “El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder.”

De repente, en un paraje inhóspito, vacío de creyentes y certidumbres, sucede la lucha. El que yerra, el errante, se encuentra consigo mismo en esa nada que es el mundo para él, para ellos ahora. Las ciudades, los árboles y los prados se difuminan y únicamente queda él, dividido, reflejado en el aire. Ambos se arrojan al suelo como entidades distintas, gimiendo por el viento que sopla fuerte, cargados de cadenas. Los dos pueden verse a sí mismos como una patética imitación de ese héroe vagabundo de ropas raídas, de mirada triste.

Ellos son un mismo caballero errante e ignoran dónde han de ir. Su destino terminó cuando la sangre caliente del dragón bañó sus manos, esa sustancia roja fue la causa de su perdición, la ruptura que ha terminado creando dos sujetos. Cumplido su objetivo, muerta la bestia, el pobre honor ganado a cambio no les ha valido para nada. Ya no saben quiénes son o quién es, se mantiene(n) siempre a la espera de ser rescatado(s), arrastrando el arma mellada y oxidada por el tiempo. Es o son un loco (o varios) con la barba blanca por las horas perdidas, aullando en la noche como un perro enfermo.

Balada de un día de octubre

El caballo lleva una barda con tres abedules blancos. El jinete hace trotar a la montura sin forzarla en exceso. Está perdido en sus pensamientos, silba alguna tonadilla de cuando en cuando y se distrae girando la cabeza de un lado al otro. No conoce ese bosque, pero pretende dominarlo pronto. Por otra parte la luz le recuerda a su hogar, el bosque le recuerda a su infancia. Está relajado, no espera encontrar allí batalla, cuando reconozca el terreno se adentrará en la ciudad, buscará dónde hospedarse, encontrará aquellos con quienes tiene intención de entablar largas conversaciones y luchará sin saña cuando sea necesario.

Sin previo aviso el caballero enmudece y obliga al animal a detenerse. Un niño yace cerca de un estanque, no muy lejos de donde él se encuentra. Se fija bien en la pequeña figura: es una aparición. ¿Duerme? Tiene los cabellos dorados desparramados sobre el verde del campo. La camisa blanca está abierta y expone su pecho pálido. El rostro está limpio de toda maldad, de toda experiencia. No puede distinguir sus rasgos por la distancia pero le parece la encarnación de una flor, algo bello sobre el que hubieran exhalado una respiración fresca.

El caballero baja de su caballo. Deja a los pies la espada y el escudo, luego se quita el yelmo y los guanteletes de acero. Avanza. Sus pies aplastan las margaritas sin darse cuenta del hecho. El niño despierta con el chillido del metal y el crujido de las correas. El caballero tiene ya ensayada una sonrisa para apaciguarle, pero no hay miedo en quien le observa, no hay siquiera sorpresa. Eso le perturba, duda y termina por detenerse.
-¿Quién eres? –pregunta con curiosidad el niño.

El caballero parece maravillado, lleva las manos a su pecho, al peto con el emblema grabado y mellado, luego responde. El niño asiente muy serio:
-Aquí no crecen abedules blancos, caballero.
-¿Y tú quién eres, niño de nieve?
-Soy el príncipe de las espinas, hijo de un rey de mirada ausente. Vivo en la ciudad, sobre las arcadas y bajo las formas puras de la mañana.

El caballero está confundido. No entiende una respuesta tan críptica. Observa el bosque a su alrededor, se siente algo incómodo, pero la curiosidad le vence. El rostro iluminado del príncipe le atrae. Pregunta por el lugar, el niño no se mueve, se toma un instante antes de parpadear y responder:
-Este es reino de olivos y baladas amarillas. Al regresar del campo los bueyes hacen sonar sus esquilones de plata y las doncellitas los escuchan desde barandas de color verde esmeralda, ellas esperan a soldados que no regresarán nunca. Los gitanos, por la noche, destrozan esqueletos en busca de dientes de oro que llevarse a la boca. El rey ha abandonado toneles llenos de sal en las aceras más pobres y algunos hombres han probado el mineral quemándose para siempre sus lenguas. Aquí la gente celebra las bodas a la luz de la luna llena y los entierros son siempre anónimos. En este mismo bosque una viudita busca a su marido sin saber que está muerto cerca de las fuentes. Es reino de luna, de sombra y aire.

El jinete se ha ido acercando con el relato, pero la última frase le resulta extraña; más extraña aún que todo lo demás. Tiene el gesto fruncido, se pregunta si el príncipito no estará burlándose de él. Comprende, de pronto, que la cara que creyó ver infantil no lo es tanto, ahora puede vislumbrar el vello que aparece en el pecho descubierto. Sus labios también son demasiado serios. Le asusta algo en él que no es capaz de entender, pero la belleza es más fuerte y se acerca con otro paso y otro más.
-¿Qué haces aquí? –pregunta.
-Espero –responde al punto- ¿Y tú, caballero?
-Avanzo –explica en el que cree que es el mismo juego.

El niño asiente, por primera vez se mueve él, camina hacia el otro. Se aproxima cuidando cada pisada, sus pies están descalzos. Hace otra pregunta que no encuentra respuesta.

El hombre está a dos pasos del joven, ahora ve que es de su misma altura, sólo le gana por las grandes botas. Con la armadura también parece mucho mayor que el príncipe que creyó niño, pero hay algo de barba en su cara y unos ojos que le obligan a atragantarse con palabras que no dice. En un primer impulso acaricia sus hombros con torpeza.
-¿Qué ojos son esos, pequeño príncipe? Parecen de piedra…

El niño que no es tal baja los párpados para pensar, coge la mano del caballero y la lleva hasta su cara. El tacto del pelo no es sedoso y la piel es dura. Los labios están resecos. En un arrebato de ternura el jinete le abraza, por alguna razón le cree sufrir, lo sabe. El príncipe se deja y responde de la misma manera. Ambos se aprietan en un mutuo comprenderse, con necesidad, con hambre. Sin saber por qué se besan tiernamente durante un instante que trae el anochecer. Su sabor es de naranja amarga y huelen a rosas y azucenas.

Cuando el caballero separa su cara de él, los ojos extraños son más profundos y siente vértigo al mirarse en ellos, el rostro bello se le antoja ahora algo monstruoso. Siente una punzada de miedo, no comprende la transmutación. El príncipe tiene la frente manchada de sombra. Esta vez sonríe, y la sonrisa, aunque llena de dulzura, le espanta por hallarla antinatural. Se acongoja. Esta vez sí da un paso atrás, luego otro. El joven no dice nada, le tiende la mano en espera de que él la coja. El caballero contempla la pequeña mano desnuda, luego consulta aquellos ojos y duda dejando que el dudar tenga la máxima duración posible. No puede evitar ojear lo que ha dejado atrás: el caballo ajeno a toda la escena. No vuelve a mirar al príncipe, ordena a su cuerpo que se aleje. Paso a paso, con cierta prisa, se coloca los guanteletes y el casco, la espada y el escudo. Clava los talones en el caballo y la montura obedece, se aleja. Cuando se siente seguro el caballero mira atrás: el príncipe vuelve a parecer un niño, en ese momento lanza un clavel a los sapos del estanque y desaparece tras los árboles sin hacer ruido.

La venganza del hechicero III

La salva de cañones iluminó la colina con sus fogonazos. El ruido resonó y las balas se estrellaron sobre los demonios, que corrían como sabuesos hacia sus victimas. Los cráteres reventaron muchas criaturas, que se deshacían en cenizas como si su solidez sólo dependiera de un capricho. Aún así, la mayoría de aquella hueste siguió corriendo sin parar. Eran figuras negras en la sombra, apenas apreciables a la luz de la luna llena.

El general estaba aterrado, corrió hacia el puesto de mano con el catalejo aún en la mano. El hechicero lo recibió con la túnica azul y roja, el largo pelo y barba gris y la vara retorcida en su mano.
-¿Y el comandante?

Zavok frunció el ceño, el viento alborotó todo su pelo.
-¡Me pide un imposible! -gruñó.

El general estaba cada vez más asustado, esta vez bajó la voz:
-Zavok… ¿qué ocurre? ¿qué hacemos?

El mago gruñó y golpeó el suelo con la punta de su vara.
-Huir sería lo más cuerdo, amigo mío. Pero tu comandante tiene mucho miedo de Nael…
-¿Entonces?

El anciano pasó sus dedos entre la espesa barba mirando el campo de batalla nocturno. En aquel preciso momento, los “sabuesos” que hasta ahora eran diablos negros como la misma noche, se encendieron como si sus cuerpos ardieran. El campo se iluminó y se echaron sobre las sorprendidas y aterradas primeras filas de soldados.
-Cañones –recordó el mago.

El general dejó salir un chillido, lo había olvidado por completo.
-¡Fuego! –grito.
-¡Fuego! –repitió alguien y la docena de cañones retumbaron en la colina otra vez.
-¡Qué vas a hacer! –gritó histérico el general agarrando por las ropas al mago.
-Combatir fuego con fuego.

El mago se apartó un poco hasta un saliente de la roca. Allí clavó firmemente el bastón al suelo y extendió la otra mano hacia el valle encendido de demonios. Durante un instante no ocurrió nada, pero pronto las llamas que envolvían el cuerpo de los demonios estallaron y se alargaron formando algo indefinido, un torbellino que poco a poco ganó potencia y se inmiscuyó entre las filas de demonios. Ahora la noche tenía una gran columna de fuego que lo iluminaba todo y unía el cielo con la tierra.
Alarmado por el resplandor, el comandante salió de la tienda para unirse a su estupefacto general.
-¡Dios misericordioso! –exclamó el comandante.

El torbellino consumía verdaderamente a los demonios, y lanzaba por delante a alguno más alejado. Por un momento parecía que podían ganar terreno a aquellas criaturas, pero no duró mucho. El gesto de Zavok era frenético, le costaba demasiado mantener ese hechizo, su cara estaba retorcida igual que su mano ante la tensión del momento y el viento, que llegaba hasta él caliente como el de un horno, le revolvía el pelo y las barbas. Sudaba y, sin que él lo pretendiera, el torbellino se dividió en dos que tomaron direcciones opuestas y luego desaparecieron.

Dos grandes demonios aparecieron en la lejanía, quizá midieran tres metros cada uno, su envergadura era enorme y su fuego parecía encontrarse en el interior, como si fueran monstruos de magma. La luminosidad fue suficiente para adivinar a una figura humana, la única de aquel lado del campo de batalla, que se mantenía entre ambos demonios.
-Nael –susurró Zavok, fatigado. Jadeó vencido, apoyándose en la vara para descansar.
-¿Y ahora qué? –preguntó el comandante.

El ejército demoníaco volvía a atacar a los humanos, pudieron saberlo por los gritos de desesperación. El anciano mago volvió la mirada agotada hacia él.
-¿Qué quiere Nael de ti, Marius? Dímelo ahora.

El comandante titubeó, dio varios pasos atrás pero las manos del general le agarraron por los hombros.
-Mi señor, responda al mago, por favor.

El comandante tragó con dificultad:
-Yo… yo… me quedé con algo suyo…

Los ojos Zavok resplandecieron con el brillo de la luna. Se acercó al hombre con el gesto lleno de ira.
-Miserable codicioso. ¿Qué era? ¡Habla!
-Un… un… collar, pequeñito… yo… tiene una esmeralda incrustada y…

El mago abrió la mano; del cuello del comandante salió disparada hacia ella un adorno de oro con la esmeralda engastada y pequeñas runas dibujadas.
-Todos esos soldados han muerto por una irrisoria ambición, comandante Rapoza. Espero que se haga cargo –dijo el hechicero.

El general se acercó al mago desesperado:
-¡No puedo dejarlos morir! ¡Son mis soldados! ¡Démosle el colgante!
-No –negó tajantemente el mago guardando la joya en sus ropas. Tráeme doce balas de cañón. ¡Ahora! ¡Corre!

El general desapareció.
-Marius, has sido un imprudente. No obstante es un alivio que esto no haya caído en manos de Nael.
-Es muy valioso ¿verdad?
-Es muy peligroso –corrigió el anciano.

Un soldado apareció con una carretilla llena de los proyectiles.

El mago le dio la vara al general y se inclinó sobre las esferas. Una a una las pintó todas utilizando un pincel y la tintura de un frasco de algo desconocido. Finalmente susurró unas palabras y todos los proyectiles brillaron con luz tenue.

Zavok soltó un quejido, agotado después de aquello, se recuperó como pudo, apoyándose discretamente en la vara que le devolvía el general:
-Poned una bala en cada cañón, encended la mecha y corred… Abandonad los cañones.
-¿Y los guerreros? –preguntó el general.
-Toca retirada cuando prenda la mecha. Huid a la fortaleza. Nael no os perseguirá.
-¿Por qué estás tan seguro, Zavok?
El rostro del hechicero se ensombreció.
-Me seguirá a mí.

Se siguieron las indicaciones del mago al pie de la letra. Las trompetas tocaron retirada poco antes de ser calladas por el trueno conjunto de los doce cañones. Pero esta vez las máquinas se resquebrajaron con una explosión interna El asombro llegó poco después, cuando aquellas balas impactaron, levantando una honda expansiva enorme, cargada de electricidad que fulminó todo cuando tenía alrededor. Hubo una masacre, la batalla se detuvo y los guerreros emprendieron la retirada.

El hechicero buscó entre la nube de ceniza levantada la sutil estela de los grandes demonios y de Nael en su centro, pero no pudo distinguir nada. Se volvió para desaparecer y en ese momento allí, ante él, Nael le observaba con seriedad. No era realmente Nael, sino una imagen proyectada, pero aquella imagen habló:
-Han pasado muchos años, Zavok.

El hombre barbudo asintió, aún presa de la sorpresa. Por un momento había creído que era el “mago oscuro” en persona, como comenzaban a llamarle.
-Dame lo que es mío y te dejaré en paz –continuó la imagen translucida del mago calvo.
-No.

Nael asintió:
-Tu destino será peor que la muerte, lo sabes.
-Todo esto son fuegos de artificio, Nael. Tú conoces tu debilidad y sabes que la verdadera batalla será mucho más sutil.
-Sé dónde vas –musitó.
-Pero allí tú no puedes llegar.
La imagen dudó un momento, Nael apretó los labios y luego él por entero se retorció y desapareció con un estallido.

Zavok se tomó un momento para respirar. Luego subió a su caballo y siguió un camino hacia el este, espoleando al animal tanto como podía, tenía prisa por alejarse de aquel lugar.

Lejos, rodeado por una hueste de demonios que le observaban ya sólo con fuego en sus ojos, Nael pensaba, observaba el entorno, el silencio que se había producido tras la huida del ejército. No había mandado avanzar ni perseguir al hechicero o a Malus en su desbandada. Se arrebujó en la capa e hizo un gesto a uno de aquellas criaturas que parecían echas de magma solidificado. El monstruo avanzó y al hacerlo su propia materia se agrietó y un fulgor rojo iluminó todo alrededor acompañado de la oleada de calor que envolvió al hechicero desde su espalda. El calor le agradó.
-Ha sido un error venir aquí… –musitó- pero me he dado cuenta de algo…

Nael pasó sus dedos por la cabeza desprovista de pelo y recorrió la sombra de la cicatriz que tanto le obsesionaba.
-Desapareced. –ordenó.

Por última vez aquella noche, el valle se iluminó con centenares de fuegos que consumieron, esta vez sí, los cuerpos demoníacos, dejando tan sólo un rastro de cenizas. Únicamente quedó uno de ellos, el mismo que había acudido por primera vez tras matar a su hermano. Quizá sería imposible distinguir una de aquellas criaturas de las demás, pero Nael sí podía.
-No puedo hacerles frente yo sólo… –le dijo a la criatura- He de buscar un aliado… o mejor un amigo…

Nael dudó durante un momento y observó al demonio, que mantenía sus ojos, ascuas en medio de la noche, fijos en él. Una sonrisa se curvó en el rostro del hechicero:
-¿Sería muy ambicioso? Sólo he tenido un verdadero amigo en mi vida… pero cómo encontrarle… Hace veinticinco años que no sé nada de él… ¿Dónde puedes estar, Gerard?

El demonio encendió su cuerpo, iluminando el lugar y dando calor al propio mago.
-Sí, es hora de partir. Empezaremos a buscar en el último lugar en el que nos vimos. Nos vamos al santuario de Anoa, pequeño mío.

Como si hubiera sido una orden, la criatura aumentó su luminosidad hasta que el fuego envolvió al hechicero, que dejó que las llamas le recorrieran sin llegar a quemarle. Hubo un pequeño estallido y después ya no hubo nadie en el valle, habían desaparecido.

La lucha final

Es el final, el punto decisivo que concluirá todas las crónicas que se escriban. Víctor levanta la espada con ira, con pasión, con el deseo de ganar, de firmar lo que su corona ya le debería de haber conseguido pero que aún no ha hecho. Es tirano, viste el negro, ha ganado con sangre el trono, la corona y el cetro; un príncipe cayó bajo su veneno, un rey fue lanzado desde las altas almenas de la torre más vertical, a la reina se la sugirió un suicidio elegante y aceptó con mano de cadáver. Un día, poco antes, miles de personas hincaron sus rodillas afirmando su gobierno, los nobles juraron lealtad y los aliados fueron recompensados.

Pero ahora se enfrenta a Fernán, su hijo, su propio hijo que no admite la rica herencia que él le ofrece, que se ofende contra el sentido lógico de todo y le llama monstruo y se asquea de la sangre que corre por sus venas. Después de mil avatares, de tentativas de acercamiento, de ensayos por corromper su corazón con ese poder que Víctor ansía y paladea como el más sabroso de todos los dulces; sin haber conseguido nada Fernán le traiciona, se hace con el poder de la facción insultada, de los restos penosos del linaje marchito y los enfrenta a él, su padre. Víctor no se amedrenta, la sangre no le causa demasiada impresión y termina por aceptar que Fernán ha de caer muerto. Es la única manera de que todo se restablezca, de jugar por fin en la paz de un reinado que le ha costado muchos años y esfuerzos conseguir. Dicen que él es un diablo sólo por conseguir lo que otros ya consiguieron por las mismas maneras antaño. Quizás lo sea, ahora no le importa.

Fernán fínta, esquiva a su padre, le golpea con el puño de la espada en el omóplato que sobresale, intenta segar la cabeza de su enemigo y no lo consigue. El viejo es rápido, se gira con mucha destreza y choca su acero contra el de su sangre. Hay un pulso que chirría entre los dos; en la incómoda posición de las espadas se observan con los filos separando sus caras semejantes.
-Desiste, hijo mío. –Dice Víctor con toda su seriedad.
-¡Jamás! –Responde el otro con rabia, con sed de sangre.
-Sea.

El nuevo rey, nombrado tirano, es el que ejerce un empujón mayor, sin avisar, con agresividad. Fernán es lanzado con torpeza, por un momento siente la muerte caer sobre él, la guadaña de la parca es la espada de su padre. Lo sabe, Víctor también lo sabe y busca el corazón de su hijo. Fernán interpone la espada, aparta el acero y desvía el filo, que termina clavándose en su muslo varias pulgadas. Grita, como es natural. Cae al suelo sangrando. Su padre saca el arma de la herida y observa desde arriba al hijo derrotado. ¿Ha vencido? El golpe decisivo es necesario, tiene que llegar, Fernán nunca se rendirá mientras siga con vida y llenarle de cadenas le parece peor que la muerte. Ahora, sin embargo, Víctor no puede atravesar a su hijo, asesinarle como un animal. No puede pero tiene que hacerlo.
-Ríndete, por favor.

Pero Fernán, joven, lleno de energía y de dolor, no entiende la rendición. En la duda de su padre no ve la debilidad que causa el amor, ve desdén, ve desprecio. Víctor lo lee en sus ojos, ya sabe la respuesta y esta nunca llega.

Fernán grita con la espada en la mano, se lanza como un perro rabioso a su presa, herido, absurdo en un gesto torpe y brutal. Víctor golpea el arma de su hijo y se la arranca de la mano, su rodilla golpea el estómago de Fernán y le quita la respiración. La empuñadura de su espada le golpea en la espalda y luego lo aparta con violencia. Víctor le deja en el suelo gimoteando, lleno de sangre, sin aire para poder insultar. La muerte se acerca más y Fernán teme, la recibe con lloros, sin dignidad porque ante ese punto final no hay valentía que pueda importar. Siente el desprecio de su padre que no es tal, pero que él confunde con la piedad.
-¡Mátame! –grita babeando, con odio, con los ojos tensos en el asco que dirige a su padre hiriéndole como una saeta certera.

Víctor le mira un poco más, esta vez es él quien no dice nada. “Ha de hacerse” –le dice una voz en su cabeza. Es cierto, ha de hacerse. Espera, paciente. Fernán termina por levantarse, por desenfundar el largo cuchillo que Víctor ya conoce, en último lugar el joven se lanza contra él como un matón de los arrabales, cruzando el aire con su cuchillo, buscando ganar terreno hasta la espada deseada. En el fondo sabe que es inútil. Víctor le deja coger el arma, le espera cuando reanuda la lucha en un gesto triunfal que su cojera disminuye. Está perdiendo mucha sangre, comienza a cansarse.

Víctor golpea, entabla el duelo con diligencia, con la mirada más triste que jamás ha tenido, pero con la mandíbula apretada por la tensión que le provoca su resolución. Las espadas chocan, se separan, buscan estocar a sus contrarios, se juntan, tintinean mientras uno u otro se separa y baila alrededor del otro. Finalmente Víctor incrementa el ritmo pero es un error que no ha calculado, Fernán atrapa su espada con la capa bien dispuesta, se la quita casi por arte de magia y, sin haberlo previsto, con los brazos abiertos, recibe el acero que se le raja en el estómago. La sangre se derrama pero Víctor no cae, no siente el terror de la muerte, se lanza sin armas contra su hijo, le aplasta y ambos se estrellan contra el muro de piedra, luchan, gritan para liberar el dolor, la pena y la rabia. La espada de Fernán cae y Víctor saca del cinto de su hijo el cuchillo de caza.

Finalmente la guadaña cae, el cuchillo se introduce en la carne de Fernán hasta la misma empuñadura y luego sale con facilidad y cae al suelo, tintineando, brillante como si el acero fuera rubí. La sorpresa está en sus ojos, en su boca, en todo su cuerpo. Víctor observa su obra de carne, hueso y sangre a la que llamaba hijo, esa obra que resbala pero que él no le permite caer con el patetismo de los asesinados. Él le recibe con un abrazo, se deja deslizar hasta el suelo por el peso del moribundo, sintiendo el calor de la sangre que se derrama sobre él.
-Te quiero –musita por último. Se siente ridículo con tal confesión pero es la verdad y quiere que él lo sepa.

No hay respuesta, sólo un gemido inarticulado. La tensión cesa, los ojos abiertos se entornan, la boca queda abierta y Víctor puede dejar el peso de Fernán sobre el suelo. Luego se levanta chorreando sangre y no llora porque no sabe llorar, porque ha comprendido que aquello era inevitable, porque aún lleva la corona y a partir de ahora eso será lo único que importe.

Peñón de San Miguel

El peñón de bahía, más conocido como peñón de San Miguel es una isla pequeña o islote bastante grande, enclavado cerca de la desembocadura de una de las rías de la costa gallega, a tres kilómetros de un lado y apenas dos del otro.

En su inicio estuvo cubierto de arboles. Según la leyenda, un discípulo del apóstol Santiago, se convirtió allí en eremita hasta el final de su vida. El por qué del primer emplazamiento marinero no se sabe, lo mas probable es que se debiera a cuestiones prácticas. Lo que sí se conoce es que un día, Alfonso XI tuvo el capricho de crear un fuerte que vigilara la ría y aquel lugar era el idóneo. Esta vez la leyenda dice que el rey tuvo un sueño en el que se le apareció San Miguel, que fue el que le señaló aquel peñón como lugar idóneo para dar pábulo a la gracia de Dios al mismo tiempo en que se le rendía homenaje al eremita muerto siglos atrás.

Fuera como fuese, lo cierto es que quinientos hombres fueron contratados para talar todos los arboles del peñón, con la excepción de un gran pino que se calculaba como centenario y que se secó en el siglo XIX. La madera sustraída fue utilizada para vigas, barcas y el artesonado de la fortaleza. Los sillares se trajeron de las costas vecinas, granito en su mayoría, y la fortaleza se levantó en el mismísimo centro del islote, en el lugar más elevado. Sobre un gran montículo de rocas se encuentra la torre de San Miguel, cuya fachada principal se encara al noroeste en una verticalidad de casi veinte metros. La edificación por lo demás es bastante menos espectacular, con otras seis torres que cierran un recinto donde predomina las grandes alturas por la falta de espacio. Pese a la posibilidad de unir la isla a tierra se prefirió construir un puerto y cercarla con un muro imponente que incluso resistió el choque de St Elisabeth en la batalla de San Miguel de 1645, también llamada batalla perdida.

Esa contienda es la que mayor renombre le da al pobre peñón en su historia. Don Marcial, personaje famoso en España gracias a aquella lid, era el señor de la fortaleza desde 1640, tenía a su cargo a setecientos soldados. No se conoce por qué Arthur Tic, un conde irlandés caído en desgracia tras un asesinato y reconvertido en pirata, fijó su atención en el peñón. Se contaba por entonces que algunos barcos procedentes de América habían dejado cofres llenos de oro en la fortaleza, una estratagema del rey Felipe IV para aliviar la deuda española en el momento de mayor necesidad. Se ignora si es cierta esta historia pero Arthur Tic así lo creyó y envió sus cuatro grandes barcos, cargados con setenta cañones cada uno a la isla. El golpe les parecía fácil y quizá lo hubiera sido. La defensa naval que se preparó fue masacrada en su totalidad y Tic ordenó rodear el peñón y reventarlo a cañonazos hasta que alzasen desde el fuerte la bandera blanca. Todo parecía fácil, en el anochecer de un veintitrés de agosto Arthur Tic rodeaba la isla de San Miguel y, al ser ignoradas sus demandas, ciento cuarenta cañones bombardearon la muralla al unísono. Howard Calvin, insigne historiador especializado en la piratería de los XV, XVI y XVII considera que el conde Tic hubiera ganado la batalla de no haber escatimado en balas. La triste realidad, sin embargo, es que Arthur Tic cesó el bombardeo muy pronto pensando que tal despliegue habría apabullado a los españoles. Nada más lejos de la realidad, Don Marcial disponía de veinte cañones reales en la fortaleza y mientras los piratas esperaban ellos los prepararon y hundieron tres de las cuatro naves, incluido el St Elisabeth que se estrelló contra las rocas y la muralla, prendido en un incendio que lo acabó consumiendo. Arthur Tic fue hecho preso y subido a al torre de San Miguel donde hizo recordar su linaje, lo que Don Marcial ignoró, embadurnaron al conde en aceite y le prendieron fuego antes de lanzarle torre abajo. Ese hecho ha provocado que todos los 23 de Agosto, el día de fiesta local, se lance un muñeco de paja incendiado desde de la torre de la fortaleza, como conmemoración de la batalla ganada.

La historia de San Miguel deja de tener más importancia en ese momento. A partir de entonces se restauró la muralla y la superficie se llenó de pequeñas casas de piedra que hasta el siglo pasado pertenecían a los pescadores y que, cada vez más, se van convirtiendo en segundas residencias o se dedican al turismo.

Jorge y el dragón

Observó en el espejo su reflejo acerado. Estaba serio, sabía perfectamente las posibles consecuencias de aquella ultima aventura. Se colocó el yelmo para proteger su cabeza y avanzó con los chirríos propios de los caballeros armados. Cruzó el pueblo con el viento agitando su capa, nadie salió a despedirle con fiestas o lágrimas, pasó por plazas y calles siendo observado por los aldeanos con curiosidad, con reverencia, con miedo y con piedad.
-Fracasará –había murmurado el conde al ver pasar al caballero frente al palacio.

Su segundo lo miró con una mezcla de miedo y lástima.
-¿No hay nada que podamos hacer?

El conde negó con lentitud:
-¿Qué nombre tendrá el caballero en su tumba?
-Dicen que se llama Jorge, George, o algo así.

El noble volvió a negar mientras veía como el valiente se subía a su caballo de guerra y se ponía en marcha hacia el monte.
-Ya van diecisiete… –dijo sombrío.

El caballero dejó pronto el pueblo y las conversaciones que el conde mantenía con su chambelán. Nadie creía en él, aunque había llegado allí por su propio pie, sin esperar nada más que la gloria. Pero la gloria es algo muy difícil de definir y tanto más de conseguir. La empresa no sólo era arriesgada, era imposible.

Sumido en sus amargos pensamientos cruzó la vaguada, salvó el río y dejó a un lado el camino, internándose en los pastos que cruzaban el monte y se dirigían a la montaña. En la tarde divisó las ruinas de un antiguo castillo, ruinoso recuerdo del encanto pasado. El musgo había invadido las piedras, que se desmoronaban creando fantásticas arquitecturas que el tiempo parecía haber mordido con furia.

El caballo se puso nervioso al divisar aquel esqueleto de piedra y Jorge palmeó el cuello del animal para darle ánimo. Observó en derredor, pero no había rastro del dragón. Avanzó hacia el castillo, algunos en el pueblo decían que se guarnecía allí pero el caballero pensaba que no. Al fin y al cabo los dragones siempre preferían atacar a cielo abierto, donde maniobraban con mayor facilidad. Meterse entre los muros de un edificio solo le entorpecería por su enorme envergadura.

Pasó muy cerca de la puerta del castillo, cuyo rastrillo destrozado parecía la boca abierta y desdentada de un pobre moribundo. Incluso el hedor que surgía del interior se asemejaba al de los cadáveres descomponiéndose. Dejó el castillo y avanzó al trote por los monte bajos, donde los arbustos eran mucho más numerosos que los verdaderos árboles.

Sin venir a cuento escuchó un siseo. Jorge, presto, colocó la lanza en ristre e hizo que su montura corriera en derredor. No había rastro del reptil aunque el caballo bufaba nervioso. Estaba cerca, le estaba observando, agazapado para atacar.

El golpe le vino de improviso, algo le sacó con violencia de la montura y le lanzó contra las rocas donde cayó aparatosamente. La lanza salió disparada, el caballo relinchó completamente fuera de sí mismo, corrió al galope unos metros pero una forma enorme apareció en el horizonte, frente al animal. Jorge vio como el dragón llegaba a los veinte pies de altura y sus alas correaceas tenían una envergadura sin igual. El color esmeralda de sus escamas refulgió con la luz del sol, sus colmillos chascaron y el caballo se encabritó antes de que una enorme zarpa con grandes garras le aplastó contra las rocas. Jorge sintió una repugnancia tremenda. La montura había muerto como si hubiera sido una mosca.

El dragón levantó la pata y buscó con sus ojos rojos al caballero, al que le invadía el miedo. La idea de que aquella boca colmada de dientes podía sonreír le pareció espantosa al hombre, pero era así; el reptil sonreía. Abrió la boca, chascó los dientes, se irguió para demostrar toda su enorme estatura y por último, para aún mayor asombro del guerrero, habló:
-¿No sois capaces de aceptar la derrota?

Jorge parpadeó, asombrado, había escuchado historias acerca de los prodigios de aquellos seres míticos y se había enfrentado a dos pequeñas sierpes que habían sido enemigos feroces, de las que guardaba el recuerdo de cicatrices en su carne, pero que nunca habían articulado nada más coherente que un silbido o rugido.

-Vaya, un caballero lento. –Añadió la bestia que parecía divertirse- en vez de tanta espada y violencia deberían poneros algo de inteligencia ¿eh?

Jorge no tuvo ya ninguna duda, el dragón hablaba.
-¡Por la sangre de Cristo! –Juró, levantándose y sacando el enorme mandoble con empuñadura en forma de cruz- ¡Ríndete monstruo! ¡Abandona estas tierras!

Un sonido gutural surgió de la garganta del dragón, se estaba riendo.
-Pequeño humano… Dime ¿Qué mal hago con mi modo de vida? Devoro alguna oveja o vaca cuando aprieta el hambre, pero poco más…

-¡Aterras a los honorables ciudadanos!
-He de reconocer que eso me divierte, sí. –Añadió recogiendo sus alas sobre el cuerpo enteco. No parecía nada dispuesto a atacar, lo que confundió al caballero.
-¡Abandona estas tierras! –repitió Jorge.
-Sois un pesado. Iros u os mataré como a vuestro caballo.
-¡Me acompaña la gracia de Dios! No os temo, bestia.

La zarpa del dragón se irguió, señalando una pila de yelmos abollados y con costras de sangre seca.
-A ellos también les acompañaba.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral del caballero. Se planteó huir por un momento, pero su honor se lo impedía, sus principios, su juramento, la esperanza de encontrar la gloria o la muerte. Aferró la empuñadura del arma con fuerza, notaba su peso y dispuso los pies para el ataque, lo que al dragón no le pasó desapercibido. Enseñó los dientes grandes como puñales y chascó la lengua.

-Has elegido la muerte –Gruñó el dragón abriendo las alas de tal manera que levantó una oleada de viento que hizo trastabillar al hombre. El reptil se lanzó sobre él y Jorge, sorprendido por su velocidad, apenas tuvo tiempo de lanzarse sobre la tierra y rodar. Lanzó un corte que sesgó el aire y nada más, la pata del dragón le arrancó el yelmo, que salió disparado contra las rocas quedando incrustado. Trotó, se alejó en la campiña y Jorge, recuperado se lanzó con la espada por detrás, el dragón corrió hacia él con la garra por delante. Jorge adelantó la espada saltando a otro lado en una finta que cortó al dragón en la pata. El reptil aulló y lanzó la enorme boca hacia Jorge, el golpe le empujó entre las rocas y aquella caída le salvó de ser partido en dos por la poderosa mandíbula. Se levantó, el dragón trotó, se alejó, se alzó y aulló hacia el sol del ocaso. Luego con toda su furia se lanzó contra el caballero, sus zarpas fueron rechazadas por el mandoble, que levantó chispas en las duras escamas y corrió hasta quedar debajo de la bestia. Buscó clavar el arma en el abdomen pero su piel se lo impidió. De pronto perdió el equilibrio y la cola del dragón le tiró por tierra, perdió la espada, se encontró perdido, veía pronta la muerte y la pata enorme se apoyo contra él. La bestia le aplastaba, su cabeza enorme frunció los rasgos con desprecio.

-Sois una raza presuntuosa y débil. –dijo con su voz gutural. Aferró al caballero, lo alzó por los aires y lo lanzo hacia el cielo. Jorge sintió encogerse su estómago, alcanzó la altura de una torre de homenaje y cayó por efecto de la gravedad en un instante que se le pareció eterno, se golpeó contra los pastos, rodó y quedó boca arriba consciente, vivo, pero dolorido. Se mantuvo un momento así y al erguirse pudo notar un dolor en el torso agudo y penetrante, sin duda tenía un par de costillas rotas. La armadura se había aboyado en el abdomen y le impedía respirar. Se la quitó, sin más remedio. Había perdido también las protecciones de las piernas y tan solo le quedaba metal en el brazo del arma y en el hombro izquierdo. Sangraba por una pequeña herida en la cabeza. El dragón se elevó en el cielo de pronto, como un ave inmensa y majestuosa. Jorge sabía que aquellos eran sus últimos momentos con vida, corrió al ver el brillo del sol sobre el arma cercana mientras el dragón le perseguía desde el aire, lanzándose como un cometa sobre él, como un halcón que cazaba una liebre. Abrió las fauces, dispuso las garras, ya tenía al caballero a punto cuando este se lanzó al cielo, recogió su arma y se deslizó debajo de él cortándole en el pecho. El reptil se revolvió, golpeó al hombre con las alas, le hirió con la garra en la pierna y le lanzó hacia arriba con otro golpe. El caballero cayó esta vez sobre el propio lomo del dragón, había sujetado el arma por una casualidad del destino, se mantuvo como pudo sobre el animal, que sin previo aviso comenzó a moverse para quitarse a aquel molesto ser de encima. Jorge se aferró al ala se acercó al cuello y en la ondulante superficie del dragón clavó con todas sus fuerzas la espada hasta la cruz.

El alarido de la bestia fue brutal y reverberó en la montaña, quebrando la superficie del lago cercano, llegando incluso a los oídos del conde, al que se le erizó el vello de la nuca. La bestia rodó, herida de muerte, se arrastró por el campo intentando escapar, pero las fuerzas le abandonaban con prisa, la sangre brotaba de la espada. Jorge había caído junto a él, exhausto, sangrante, destrozado. El dragón le miró con tristeza, con debilidad, se tumbó finalmente y observó el cielo.
-Todos seremos olvidados –dijo el dragón jadeando, cerrando los ojos- todos nos olvidarán, todo se perderá… como si las estrellas se apagaran una a una hasta dejar el cielo vacío y negro…

Chascó los dientes, tragó saliva, y exhaló todo el aire de sus pulmones. No volvió a respirar.

Al día siguiente el conde, junto con las gentes del pueblo, encontraron al dragón muerto y frío junto al cadáver del caballero que en su último intento había aferrado una rosa cercana que crecía tan roja como la sangre de los dos combatientes, mezclada en la tierra en una sola sustancia rubí.