Las flores no lloran

Hemos acabado con el verano, lo hemos destrozado entre jarrones de porcelana blanca y marcos de madera. Arrancamos todas sus piezas, la corteza satinada, su eje, sus patas. La tormenta lo ha desgarrado. Queda un despojo húmedo, quedan las ausencias, las iniciales de nombres no pronunciados en voz alta durante los meses de calor.

El plural mayestático sirve para camuflar el deseo. En realidad, tiemblo por las horas que no han llegado ni llegarán nunca contigo. Los amores de otoño están perfumados con hojas muertas, están destinados a la melancolía, perduran tras los años junto a esqueletos de ratón y cáscaras de mariposa. Sigo hundido hasta las rodillas en los restos del naufragio, mientras crepitan las horas de esta noche extraña. Las flores no lloran y los pájaros ya no vuelan despacio.

14383366_10207330210641118_428101235_n

Fotografía de Miriam L. Valiente

Bestiario nocturno

De monstruos se trata cuando uno quiere imaginarse a esos animales que en la noche tratan de asaltar, por curiosidad instintiva, las fortalezas que erigimos para guardar nuestras cálidas camas. Nosotros, suerte de inteligencia limitada, seres blandos sin garras ni fauces, nos aferramos a las mantas como si fuera el acero protector de las viejas corazas que yacen sobre maniquís en museos acristalados.

¿Qué quijote nos va a defender? El anacronismo está penado con el sanatorio y sólo nos queda dormir con pastillas para que, si el ataque se produce, no nos enteremos de cómo nos devoran las entrañas. Monstruos bicéfalos o monocéfalos, que la imaginación nos engaña, que las pesadillas crean, que los artistas inmortalizan; todos ellos reptan en la larga noche, a la espera de que nuestro miedo se active y puedan oler el sudor que guía hasta la sangre.

Pero esos no son los peores. Los más terribles, los que de verdad debemos de temer con pavor autentico, esos son los que surgen de nosotros mismos, desde muy dentro. Esos monstruos nacen en alguna parte de nuestro cerebro, en una idea perdida que vuelve. La mortalidad nos acosa, los sentimientos, las personas a nuestro alrededor, todo eso se transforma en la noche, como si la luz de luna de verdad obrara el milagro del licántropo. Todo nuestro mundo se transmuta y ojalá sus nuevos habitantes tuvieran forma de lobo, pero no. Lo que nace en el útero infernal no tiene forma fija porque va mutando poco a poco, es como una niebla que cambia de silueta según avanzan los minutos en la noche; de esta manera se mezcla con nuestra propia sangre. Esos monstruos se apoderan de nuestro cuerpo, les pertenecemos durante la noche y mueven nuestra carcasa como si fuera de verdad la suya, nos relegan al papel de marionetas. No podemos hacer nada, somos completamente inconscientes y a la vez creemos ver y no vemos, pensamos que es azul una pared cuando en realidad es roja y así el cristal del espejo se destruye y Alicia surge tras el agujero y nos mira y sonríe con su rostro angelical que se cuartea, se rasga por las mismas arrugas que formaban su bella sonrisa. Ahora Alicia sangra y es nuestro monstruo; gritamos, corremos en un mundo que es el tablero de Ajedrez en el que siempre jugamos la perpetua partida, hasta que el caballero alza la espada y nos derriba con un golpe que atraviesa de parte a parte nuestro corazón.

Nosotros somos los peores monstruos. Mantenemos siempre a esas bestias bien calientes en el interior de nuestro cuerpo, les damos cobijo, somos igualmente responsables de todo ese mal que va surgiendo en nuestro interior. En la noche, mientras dormimos, surgirán y nos atormentarán, poblarán los armarios o respiraran bajo nuestras camas y como niños sollozaremos esperando que llegue el día, pero no llegará, porque en los sueños siempre es de noche, nunca hay sol en lo alto.

¿Entonces? ¿Cómo mantenemos a raya a esos monstruos? No podemos, esa es la respuesta, porque la noche es suya, suya completamente. Pero no el día, el día, con el albor, con toda su actividad, con un mundo en el que no caben huecos donde se puedan esconder los monstruos, en tal lugar nosotros estamos victoriosos. ¿O no? Hay una excepción: ciertos monstruos, los más sanguinarios, los más peligrosos y terribles. Esas criaturas nacen, como todas, en nuestro interior, quizá cuando somos niños, pero, en vez de conformarse con el reino de la noche, poco a poco se van apoderando de la mañana y medrando en nuestro inconsciente. Esos parásitos se adueñan progresivamente de nuestros ojos, de nuestra voz y nuestros oídos, hasta que sólo podamos sentir y pensar el mundo a través de ellos. Algunos llamarán a eso locura, y sí, quizá sea el termino más adecuado porque estos monstruos nos terminan transformando en dementes y nos impiden ver el mundo como es. Unos lograrán prevalecer sobre el individuo y ocuparan su lugar, mataran a otras personas y harán las más terribles cosas que el ser humano es capaz de concebir en pesadillas. Otros de estos monstruos permanecerán agazapados, mostrándonos su mundo, alterándolo en ese sádico placer por convertir lo que es en lo que no es, por decorar con falsedades la realidad. Esos monstruos nos llevarán a la verdadera demencia, a gritar en la noche y en el día, a ser esclavos de la mentira y a la extinción de nosotros mismos, pues quién puede vivir en un mundo que no existe.