Madrid, la milla del arte y la monarquía

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

En enero hablamos de Barcelona y su reciente designación cono ciudad literaria, hoy nos fijamos en Madrid por aquello de las dualidades. Si la ciudad condal ha recibido tan prestigiosa denominación, Madrid, por comparar, podríamos considerarla como ciudad museística.

Uno de los grandes problemas de la capital española siempre ha sido la ausencia de un icono que la represente y atraiga interés turístico. No existe un monumento o edificio “incontournable” (imprescindible) capaz de atraer como lo hace Gaudí y la sagrada familia en Barcelona o el museo Guggenheim en Bilbao o incluso la ciudad de las artes y las ciencias en Valencia (no entremos en lo idóneo del proyecto o de la arquitectura) Madrid no cuenta con algo así, pero dispone de un atractivo que ha sabido implementar en las últimas décadas: su potencial museístico.

La pretensión de la ‘milla del arte’ de la capital es similar a la de Berlín, con su isla de los museos y pretende aglutinar en un mismo espacio urbano varios equipamientos dedicados, sobre todo, al arte plástico y visual. De esta milla destacan el museo del Prado, el museo Thyssen-Bornemisza, el museo Reina Sofía y el recientemente renovado museo Arqueológico Nacional. Junto a estos, otros muchos equipamientos públicos y privados, tanto expositivos como galerías de arte, han ido creciendo con ese fin difuso de ofrecer un recorrido cultural de amplio interés.

Durante los últimos años han existido varios proyectos polémicos, como la fundación que Norman Foster nunca se decidió por establecer o el extraño caso del museo de las Artes de la Arquitectura, Diseño y Urbanismo, empeño personal del arquitecto Emilio Ambasz, cuyo estado actual ignoramos.

Sin embargo, existen dos proyectos de gran importancia que sí han madurado, el primero es la ampliación del museo del Prado al Salón de los Reinos (antiguo museo del Ejército y resto del palacio del Buen Retiro) cuya fecha de inauguración se estima para 2019, si bien todavía se encuentra en fase de concurso para elegir el proyecto de rehabilitación más adecuado; eso sí, dentro de unos márgenes presupuestarios bastante reducidos (menos de 90 millones de euros, según las últimas estimaciones) El Salón de los Reinos completaría de este modo el ‘campus’ del museo del Prado, algo que no puede sino revertir en mayor interés para la gran pinacoteca española.

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Pero el gran proyecto (por faraónico), que se inaugurará este mismo año, es el museo de la Monarquía, un espacio de 40.000 metros cuadrados que pretende acoger las colecciones reales. El proyecto ha resultado muy polémico debido al coste desorbitado (160 millones de euros) que ha consumido en un contexto de fuerte crisis económica. Para mayor escándalo, dentro de las colecciones reales se encuentran cuadros tan extraordinarios como ‘El jardín de las delicias’, del Bosco, o ‘El descendimiento de la cruz’ de Van der Weyden, que el nuevo museo reclamó al Prado. El grado de absurdo es enorme, pues la fuerza museística de Madrid tiene su clave en el mismo museo del Prado, arrebatarle alguna de sus obras maestras es una locura absoluta, a nadie se le ocurriría pedir al museo del Louvre que enviase ‘La Gioconda’ a otro lugar. Afortunadamente las negociaciones entre ambos equipamientos llegaron a una solución lógica y las obras citadas, junto a otras de enorme valor, seguirán donde deben estar, en los salones del museo del Prado. En contrapartida, el museo de la Monarquía recibirá otras, que podrá exponer en calidad de préstamo. Todavía cabe cuestionarse sobre la idoneidad de este museo, más allá de su carácter publicitario de cara a la institución, pues como equipamiento cultural no parece a priori muy lógico. Habrá que ver si el tiempo le dota de coherencia.

Madrid sigue promoviendo el desarrollo de su sector museístico y la estrategia es sin duda acertada, pero sigue enfrentándose a un problema bastante grave de valoración con el público patrio. Además de la inversión en nuevos espacios, Madrid necesita establecer un plan de educación y fomento de su riqueza artística, pues de otro modo los madrileños no dejarán de mirar esos suntuosos edificios con desconfianza. Como suele ser habitual, este ejemplo concreto de la capital española es fácilmente extrapolable a todo el país.

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

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¡Arte! ¿Arte? Arte… “Arte”

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Noviembre de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

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Ilustración de GonzoBrain a.k.a. Jorge Fernández Ruiz

Todos los años artreview, una de las revistas de arte contemporáneo más importantes, publica la lista de las 100 personalidades con mayor poder dentro del mundo del arte. Como toda lista, siempre encuentra polémica, y el microcosmos del sector devora con avidez los nombres, y produce todo tipo de respuestas en forma de artículos para diversas publicaciones (extranjeras). Galeristas, directores de museo, artistas, curadores y coleccionistas se mezclan en los distintos escaños hacia la gloria. ¿El ganador este año? Iwan y Manuela Wirth, la pareja de galeristas cuya empresa tiene sedes en Zurich, London, New York, Somerset, y pronto Los Ángeles.

Al mismo tiempo, Fleur Pellerin, ministra francesa de Cultura y Comunicación, firmó un decreto cuyo objetivo es limitar la duración de los mandatos de dirección para los principales equipamientos culturales nacionales (museos, teatros etc) algo hasta ahora no regulado.

En Bolzano (Italia) una limpiadora barrió literalmente la obra de las artistas Sara Goldschmied y Eleonora Chiari, expuesta en una de sus salas, incluso tuvo el buen atino de reciclarla. Gracias a su conciencia medioambiental, Dónde podríamos ir a bailar esta noche, que así se titula la obra, pudo ser recuperada.

La casa de subastas Christie’s vendió a principios de mes ‘Nu couché’, del pintor italiano Amedeo Modigliani, por 170 millones de dólares, convirtiéndose en la segunda pintura más cara de la historia, por debajo de un Gauguin adquirido por 300 millones en febrero de este mismo año.

Supongo que el lector se preguntará dónde quiero ir a parar con esta enumeración de noticias, que individualmente merecerían por sí solas un largo comentario. El arte es la expresión de la naturaleza humana, de sus inquietudes, ideas, sentimientos, de la belleza y la fealdad, de lo terrible, el horror, el éxtasis, lo divino… El acento de la prensa generalista, y el ojo del público (reconvertido en crítico gracias a las redes sociales) ignora qué es el arte.

Los artículos dedicados a la pintura de Modigliani no comentan la exquisita sensualidad del retrato, no se molestan en el porqué de ese cuello o de esos ojos huecos, en la deliciosa disposición de la anatomía y toda la historia del arte tras ella. Cada comentario sobre el asunto de Bolzano enuncia los disparates del arte contemporáneo, se ríe a carcajadas de algo que, en realidad, invita a un debate concienzudo sobre la materia de la obra de arte, y que debería mostrar los porqués a los que responde: materiales, situación, imaginario. Los reportajes (pocos) sobre la decisión francesa parecen estar más interesados en los privilegios de estos dirigentes que en la guía de buenas prácticas, donde la medida se instala pretendiendo evitar abusos, dando carpetazo a una tendencia que no sólo ha concebido errores, sino también interesantes aciertos. El público general no conoce Artreview y ni se preocupa de las razones que lleva a esos nombres extranjeros a copar el top100. Todo ello demuestra una triste verdad: la esfera del arte es incapaz de llegar al público mayoritario, que se desentiende no sólo de sus movimientos internos o de su administración, sino también de su esencia. El público no es capaz de identificar la obra de arte y mucho menos de reflexionar sobre ella, es incapaz incluso de sentir. Esto supone un rotundo fracaso educativo y social, revela un desinterés profundo del Estado por educar el gusto, por enseñar a mirar a unos ciudadanos cada vez más ansiosos por la información inmediata o el titular morboso.

La anunciada retirada de la asignatura de filosofía de las aulas es una palada más sobre el futuro del país. El desprestigio de las humanidades y de la investigación científica (la ciencia también es cultura, no lo olvidemos), así como la hegemonía de las ciencias tecnológicas o prácticas está abocado a educar generaciones de individuos incapaces de crítica, reflexión, imaginación e incluso de ciertos sentimientos. La industrialización de la educación está convirtiendo España en un país ignorante de su cultura e incapaz de su disfrute. Además de ser una triste pérdida para el individuo, también es terrible socialmente. Sin la capacidad de detenerse a admirar algo, sin la curiosidad por saber y reflexionar, los individuos egoístas y ávidos de inmediatez, conformarán una sociedad inviable democráticamente. El arte no sólo enseña el disfrute estético, también otorga herramientas para la comprensión de la realidad.

¿La televisión es cultura? (Segunda parte)

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Junio de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

En el artículo de mayo hablamos sobre la decrepitud de los distintos sectores dentro de la televisión española, la decadencia tanto en la ficción como en la no-ficción patria. Hoy las dinámicas de la programación televisiva centran su atención en despertar el morbo del espectador, una circunstancia que se ha respondido tradicionalmente alegando la oferta como consecuencia de la demanda. Si bien es indudable la existencia de una audiencia respaldando dichos programas, el “amarillismo” se ha ido propagando hacia otros, el caso más flagrante es el de los informativos.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

En este 2015, sin embargo, hemos asistido a un ligero cambio en el panorama televisivo español. Si bien esa “señora de Cuenca” ha sido el tótem sobre el que ha girado la ficción de nuestro país durante casi veinte años, parece que ahora producciones más audaces como Vis a vis, (Globomedia, 2015) o El ministerio del tiempo (Onza Partners y Cliffhanger, 2015) trazan un camino para salir de la mediocridad. Esta nueva hornada de series de televisión se fija en ejemplos extranjeros para crear un producto diferente y comprensible dentro de nuestra sociedad. Si bien no son ejemplos perfectos sí dignifican algo la muy maltrecha ficción española.

No sólo las series son síntoma de esta mejoría, La 2 de TVE cuenta con varios programas de divulgación cultural (científica y humanística) En esta cadena El escarabajo verde lleva muchos años produciendo reportajes y documentales de gran calidad sobre medio ambiente; Pagina 2 es el único monográfico literario de la televisión y saben aprovechar excelentemente la media hora de que disponen; Órbita Laika se ha transformado en un magazín científico serio y entretenido; ¡Atención, obras! muestra el panorama de la actualidad de las distintas artes, tanto dentro de nuestras fronteras como fuera de ellas; para finalizar This is Opera ha cosechando un éxito imprevisto durante los últimos meses gracias a un programa muy dinámico sobre el gran espectáculo de la música. TVE junto con Radio 3 también ha demostrado saber cómo aprovechar su magnífico fondo audiovisual con Cachitos de hierro y cromo. Todas estas propuestas mantienen una calidad extraordinaria con un presupuesto ajustado, demostrando así que otra televisión es posible. Pese a ello, sorprende no sólo el poco interés del público hacia esta cadena, sino lo mal que la propia TVE (siempre zarandeada por los cambios políticos) gestiona los programas de La 1, su canal insignia y donde debería mostrar lo mejor de sí misma. El colmo se lo llevan series como Los misterios de Laura, que mientras es comprada y valorada en el extranjero, aquí tras un lago periplo parece que no volverá a emitirse. Si bien la comedia nunca fue perfecta, sí era una serie bien hecha y alejada de los tópicos imperantes en otras del mismo género. Otro ejemplo sobre este tipo de maltrato se lo ha llevado Alaska y Segura, este 2015, TVE se atrevió a pasar el Late-night cultural de La 2, donde llevaba dos temporadas cosechando mucho éxito, a La 1. La apuesta fue muy bien recibida, pero inexplicablemente la cadena comenzó a maltratar el programa con cambios de horario y cancelaciones absurdas de último minuto.

Si bien TVE poco a poco apuesta, pese a sí misma, (ha quedado claro que ella es su peor enemigo) por un camino diferente, Atresmedia (Antena 3 y La Sexta) procura hacer algo parecido. Quizá ha comprendido la importancia de cambiar para no hundirse, tiene la oportunidad de convertirse en la gran hacedora de series en nuestro país, pero está por ver si sus decisiones le llevan por el buen camino. El caso de Mediaset (Telecinco y Cuatro) es bien distinto. La cadena dirigida por Paolo Vasile ha rechazado presentarse a los Premios Iris otorgados por la Academia de la Televisión, dónde en entregas anteriores crearon nuevos galardones para que la empresa no se fuera de vacío, tampoco se presentaron el fesTVal de Vitoria. La premisa de Mediaset es basar toda su trayectoria en la audiencia. Pero es en esa tiranía del público donde nacen los problemas y germina la homogeneización de la programación televisiva. Pero no sólo Mediaset ha sido la abanderada de este sistema, también Atresmedia e incluso TVE (sin lógica ninguna pues no entra dentro de la competitividad económica por la publicidad) han caído en esa trampa, está por ver si alguna de ellas es capaz de salir de su obsesión, pero aunque hay tímidos pasos hacia otro modelo, el cambio no es fácil.

En últimas declaraciones, la CNMC (Comisión Nacional de Mercados y Competencia) afirmó su descontento con el duopolio Atresmedia / Mediaset. Su análisis se basaba en el reparto de ingresos gracias a la publicad (copan el 90% del total) La CNMC decía estar más cómoda con tres o cuatro jugadores compitiendo por los porcentajes y la audiencia pues dinamizaría el reparto de dinero. Esto, volviendo al tema que nos ocupa, también sería beneficioso para la diversidad y calidad de la parrilla, pues una mayor competitividad fomenta la creatividad, y esta es el factor más importante para construir un medio culturalmente digno.

¿La televisión es cultura? (Primera parte)

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Mayo de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

El debate no es nuevo, pero siempre está de actualidad. Aunque ha dejado de ser la reina debido a internet, la televisión sigue siendo el medio de comunicación más presente en nuestra sociedad, todavía goza de un código comprendido por el mayor número de personas (la adaptación de la tercera edad a las nuevas tecnologías no va más de lo anecdótico) La respuesta a la pregunta debería ser un “Sí” rápido y seguro, pero la dificultad de responder afirmativamente se debe a la gran cantidad de programas de baja calidad o de naturaleza vergonzosa.

Si hoy dudamos o si directamente nos inclinamos hacia la respuesta negativa es por el hartazgo como espectadores ante una programación que no sólo infravalora nuestra capacidad, sino que ha ido homogeneizando los contenidos hasta dirigirse a un único tipo de espectador. Salvo contadas excepciones, en la última década la televisión de España apenas ha cambiado. Se ha “evolucionado” pasando de la señal analógica a la digital y ofreciendo una lista de canales más amplia, pero todo esto sólo se refiere al contexto de la televisión como plataforma cultural, no a la forma y mucho menos al fondo.

Sobre la ficción televisiva, el “gran mal” fue Médico de familia (Globomedia 1995 – 1999) no por la serie en sí misma, sino por la herencia que dejó. Su éxito como “serie familiar” se debió a presentar un plantel de actores representantes más o menos diversos de la sociedad junto a tramas cotidianas completamente blancas. La serie no podía ser criticada porque no molestaba a nadie y a partir de entonces las distintas productoras quisieron imitar esa receta magistral. Se pretendía tener contenta a la “señora de Cuenca” una expresión que se ha usado mucho para hablar de televisión en los últimos años y que ilustra el poco coraje de las empresas y los creadores del medio. A esta tendencia de tramas blancas se fue añadiendo en la última década el progresivo asentamiento de una nueva “raza” de actores de televisión, cuya capacidad interpretativa ha sido mucho menos importante que su atractivo físico. Como resultado, la lista de productos de ficción española durante veinte años no ha sido sorprendente ni innovadora, pero además ha ido deteriorándose progresivamente con guiones toscos y personajes tan masticados que al espectador le resultaría difícil distinguirlos entre una serie y otra.

Pero no sólo la ficción ha resultado decepcionante, en los distintos programas de actualidad (informativos o tertulias) se ha ido abandonando el interés por la veracidad o la crítica profunda, favoreciendo el comentario personal y seleccionando las distintas noticias por criterios casi en exclusiva morbosos. En consonancia con esta tendencia, los programas del corazón (periodismo rosa/amarillo) han ido creciendo en popularidad y traspasando distintas barreras de pertinencia y estilo, hasta presentarse como tertulias pseudo-improvisadas que han llevado el lenguaje y la temática de la televisión hasta unos niveles de zafiedad únicos. A todo ello se le suma la escasez de programas dedicados a la divulgación cultural y científica, atrincherados casi en su totalidad en La 2 de TVE, donde resisten con una calidad muchas veces sorprendente para el poco presupuesto disponible y la poca atención de los niveles de audiencia. Quizá la excepción que confirma la regla la encontremos en los concursos, shows y reality shows televisivos, donde se han ido probando tipos distintos (que funcionan por ciclos) Sin embargo, entre los reality shows se encuentran también los ejemplos más sonrojantes de programas televisivos, su decadencia hasta la decrepitud sobrepasa lo obsceno.

Todo este mal endémico se debe a la obsesión de las cadenas por la audiencia. Esto, si bien comprensible en una lógica mercantil, se conjuga con la conservadora gestión de las empresas, que apuestan poco por lo innovador. Pierre Bourdieu (Francia, 1930 – 2002) en Sur la télévision (Curso del Collège de France, 1996) ya apuntaba esto como causa de la tendencia homogeneizadora de la programación televisiva, que además puede tener consecuencias políticas. En España a la enfermedad de la televisión también ha contribuido el duopolio de Atresmedia y Mediaset, establecido sobre todo tras la adquisición de La Sexta y Cuatro respectivamente. Si bien existe la creencia establecida de que hay una rivalidad entre ambos grupos (y la hay, no nos engañemos) lo cierto es que sus ingresos provienen de la publicidad, la cual se gestiona con relación al horario y las audiencias; al final ambos grupos se reparten las ganancias con bastante ecuanimidad. Estas dos empresas se han colocado como antagonistas, ofreciendo una programación en distintas direcciones y quedándose cada cual con su parte de espectadores. Los bandazos políticos de TVE tampoco han ayudado para crear una televisión pública de calidad, convirtiéndose en una compañía completamente desorientada que apenas sabe hacia donde dirigirse.

Como consecuencia de todas las circunstancias relatadas, responder “Sí” a la pregunta situada en el título de este artículo nos ha causado vergüenza durante muchos años. Más que cultura, la televisión en España ha sido muestra de la parte más vulgar de nuestro país. Sin embargo, en los últimos meses hemos acudido a un leve cambio, un viento fresco que podría significar una transformación sustancial a la larga. Quizá este sea el germen para una televisión de calidad, sobre ello hablaremos más ampliamente en el artículo del próximo mes.

Jorge Fernandez Ruiz, mayo

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

El valor de la cultura

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Marzo de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

¿Qué está ocurriendo? La sociedad actual es una de las consumidoras más voraces de cultura, internet ha facilitado el acceso a las distintas manifestaciones de todas las artes, tanto en su versión de simple entretenimiento como aquellas más profundas. Sin embargo, esta difusión masiva no camina a la par que la puesta en valor del arte consumido, al contrario. Hoy en día resulta cada vez más difícil encontrar quienes quieran pagar por un producto de buena calidad si está relacionado con las artes. Esa creencia de la cultura como algo sin valor, un mero hobby de los creadores, que no requiere esfuerzo, es, además de completamente falsa, muy dañina no sólo para las empresas dependientes de ello, sino también para el consumidor. Asimismo, si a la tendencia le sumamos medidas como el IVA al 21% de España, el más alto de Europa durante estos años (todos sabemos que la oportuna bajada al 10% únicamente se debe a intereses electorales) la buena salud del medio está condenada.

A inicios de este mes el CEGAL, la Confederación Española de Gremio y Asociaciones de Libreros, cifra en 912 las librerías cerradas durante 2014, junto con un descenso del 18% en su recaudación. Números nada despreciables que ponen en manifiesto la caída del sector. Una realidad muy triste que se conjuga con los datos de venta de libros electrónicos, pues mientras que en los EEUU el mercado se ha estancado, en España sigue aumentado, el 23% de los publicados ya son electrónicos. El problema de este formato, sin caer en melancolías, radica en el fomento de la autoedición, que favorece la inexistencia de filtros entre el escritor y el lector. Pese a las apariencias, en esa facilidad también radica un vicio muy peligroso, pues sin una corrección y selección la calidad de lo ofertado será muy deficiente.

También en los primeros días de marzo nos llegó la noticia del cierre de ‘Frank music company’, la última de las tiendas de partituras de Nueva York ha visto reducida drásticamente la clientela hasta hacer imposible su supervivencia. Puesto que el número de músicos sigue siendo grande, es lógico preguntarse dónde consiguen las partituras necesarias hoy en día; la respuesta, por supuesto, todos la tenemos en la cabeza. Habrá quien, sirviéndose de las nuevas tecnologías, adquiera esas partituras legalmente, pero no nos engañemos, un gran porcentaje se debe a la piratería. Si los propios compositores e intérpretes no valoran lo suficiente su arte para pagar por las herramientas necesarias, hacer cambiar la perspectiva del público desde luego será imposible.

En la edición de este año, la feria de arte contemporáneo ARCO saltó a los periódicos con una nueva polémica, en esta ocasión fue un vaso mediado de agua firmado por el artista Wilfredo Prieto (Colombia, 1978) y valorado en 20.000 € La indignación corrió rápido, pero lo cierto es que dentro de la obra del artista Vaso medio lleno tiene toda su lógica. El mundo del arte funciona por distintos parámetros, quizá oscuros para los foráneos, pero bien definidos según tendencias y otros factores. Si bien el asunto es mucho más profundo e incluso aunque un servidor no esté de acuerdo con el aspecto “fenoménico” que hoy entraña cierto tipo de arte, lo que aquí destaca es la manera en que el público expresa su desconocimiento, lo hace mediante el desprecio, bajo la creencia de que es fácil y no merece respeto.

Este vicio del público no hace sino redundar la victoria del capitalismo desaforado, se nos ha convencido de que sólo lo tangible y práctico merece valor, el resto no es nada, algo que debe ser fácil, como si escribir un libro, componer una obra o hacer una película fuese algo para la tarde de los domingos. De este modo estamos perdiendo a los verdaderos creadores, aquellos que tienen cosas muy interesantes que decir, esos son, no nos olvidemos, quienes saben abrirnos los ojos ante lo que no vemos. Sin ellos somos un mundo de ciegos donde el que se dice tuerto es rey.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Los ‘idus’ de febrero

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Febrero de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Durante el Imperio romano febrero era el último mes del calendario y algo todavía arrastramos de aquello, quizá porque enero ya ha pasado y es un buen momento para mirar atrás. Al fin y al cabo, en este mes se concentra buena parte de los galardones culturales concedidos durante el año. El oso de oro, Los Goya, los BAFTA, Los Cesar, Los oscar… son sólo el ejemplo de una de las artes que concede sus premios durante este mes. Pero también se otorgan los Grammys en música y muchas editoriales aprovechan para resolver sus concursos. Es toda una explosión, una celebración que además está adornada por los carnavales y San Valentín, el día de los enamorados.

Además este 2015 contamos con una larga ristra de temas culturales sobre los que hablar, desde la libertad expresión y todos los quebraderos de cabeza que ha llevado su revisión tras los atentados de París en enero pasado, a la nueva reforma del sistema educativo universitario que el gobierno se ha propuesto lanzar con los últimos coletazos de su poder.

La acumulación es excesiva y precisamente por eso el tema de este mes es quizá más fácil de digerir, porque de vez en cuando hay que escapar de la realidad más agobiante. Esto mismo ha pensado el jurado del World Press Photo 2015, el galardón de fotoperiodismo más importante del mundo. Habitualmente los ganadores del premio suelen ser fotografías impactantes, además de formalmente perfectas. Por ejemplo, el World Press Photo de 2014 concedió su primer premio a una imagen de ruina tras el paso del tifón Haiyan por Filipinas, donde una comitiva portaba distintas figuras religiosas salvadas de la catástrofe. Algo impactante, eso es lo que busca nuestra sociedad, cada vez más desapegada de las catástrofes y lo grandioso, sea esto terrible o no. La “sobreinformación” nos hace menos sensibles a lo que no muchas décadas atrás haría llevarse las manos a la cabeza a nuestras abuelas. Sin embargo hay un fallo en esta percepción, si bien el horror pasa como algo común ciertos idearios morales aún son tabú. Por todo ello el fallo del World Press Photo de este año ha sorprendido. Se le concede el primer premio a Mads Nissen (Dinamarca, 1979) por una fotografía reposada, lejos de los estándares destacados habitualmente, pero que pone de manifiesto algo muy actual, la visibilidad de la homosexualidad.

La fotografía, titulada Jon and Alex muestra dos jóvenes hombres en actitud íntima, desnudos o semidesnudos, la sombra nos impide apreciarlo. Uno de ellos está echado con los ojos cerrados, el otro ligeramente inclinado sobre él, acariciándole el torso, mirándole. Una escena de cariño simple sobre un fondo neutro de cortinas cerradas y luz tenue, esta luminosidad recuerda a la tradición pictórica de la zona geográfica de donde previene el fotógrafo. Todo tiene un halo de estricta intimidad, que se vuelve clandestino cuando sabemos el lugar donde se tomó la fotografía, Rusia.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

La Ley contra la propaganda homosexual es uno de los pilares en que Rusia se enfrenta a la moral de occidente, la persecución del colectivo lleva desde la implantación de la norma en junio de 2013 creciendo a ritmos alarmantes. Comunidades internacionales condenan esta actuación, pero los medios para enfrentarse a ella son escasos. El Kremlin cierra filas en torno a discursos baratos emitidos con sonrisas cínicas. La realidad que Mads Nissen muestra en su portafolio sobre la homofobia en Rusia es de actos violentos contra personas de dicha preferencia sexual. Se descubren hombres heridos, actos de humillación, balas destinadas a homosexuales, pero también los actos cotidianos de estas personas: dos madres dando de comer a sus hijos, bodas sirviéndose de un vacío legal que el gobierno ya ha prometido subsanar para hacerlas imposibles, y chicos en actitud íntima.

Si el jurado del Word Press Photo estuviera interesado en lo impactante hubiera elegido otras de las fotografías del portafolio de Nissen, pero Jon and Alex además de mostrar la terrible realidad a la que se enfrentan los ciudadanos homosexuales rusos, tiene la delicadeza de mostrar el acto que allí se considera monstruoso como algo normal. Es una fotografía que refleja el amor entre dos personas, nada más. Dado que el fallo fue el día catorce de febrero, el mensaje que se intenta transmitir está muy claro. Por una vez podemos dejar el periódico lejos de tanto horror y crueldad para conectar con lo mejor de nosotros mismos, porque en la fotografía sí hay violencia, pero está fuera de la habitación.

La rentrée

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Septiembre de 2014. También publicado en su versión digital aquí.

Septiembre es el mes de los comienzos. Todo se pone a cero, el curso escolar da su pistoletazo de salida, el gobierno vuelve al 100% (es una expresión) y museos, teatros, editoriales y auditorios empiezan sus temporadas. Septiembre da por sí solo para un artículo, y es que es el mes de la rentrée, término francés literalmente traducido por “reentrada”. Y no, no se trata de una elección pedante de este que suscribe, es un extranjerismo más asimilado por nuestro país, y si no me creen echen un ojo a la prensa.

En Francia la rentrée se asocia con más sonoridad al año académico, así como a las novedades editoriales. En otros países como el Reino Unido o Alemania también ocurre este fenómeno, pero es en el país de la repostería fina donde la tradición hace que los periódicos se llenen de especialistas comentando las novedades. La rentrée literaria es un acontecimiento, la marejada de libros inunda las librerías con fajas de vivos colores para llamar la atención, utilizan todos los superlativos imaginables o aprovechan para poner una foto del escritor si es conocido. Al fin y al cabo el mercado es así, hay que llamar la atención.

Lo mismo ocurre habitualmente con teatros, museos etcétera, su programación, además de tener sentido, debe llamar al público; sin embargo, el dinero no acompaña, septiembre también es el mes de las cuentas, y los organismos no están ni mucho menos en su mejor momento. Analizaremos tres aspectos de esta rentrée, los tres que cuentan con más público, a saber arte, teatro y literatura.

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Ilustación de FRUIZ, aka Jorge Fernandez Ruiz

Comencemos por los museos: en El Prado al Greco le queda hasta Octubre, después tendremos a Murillo y Goya hasta febrero, también una exposición bastante interesante sobre esculturas de Bernini para la corte española de noviembre a febrero, y finalmente más Goya, en esa ocasión sus famosos cartones de tapices. En resumen, exposiciones que salen baratas, muy baratas, pero también muy vistas. Quizá Bernini merezca la pena, veremos.

Sobre el Reina Sofía parece que merecen la pena dos, la de Mathias Goeritz estará de noviembre a abril, la de Janet Cardiff y George Bures Miller de noviembre a marzo. En esta ocasión el reina Sofía no tira de fondo artístico como El Prado, pero tampoco ofrece ninguna maravilla.

Una deliciosa excepción la conforma el Thyssen, que empieza con Hubert de Givenchy (octubre – enero) impresionismo americano (noviembre – febrero) Raoul Dufy (febrero – mayo) Zurbarán (junio – septiembre) y ya anuncia la que será su gran éxito, una exposición sobre Edvard Munch (octubre 2015 – enero 2016)

La fundación Mapfre continúa ofreciendo calidad. De septiembre a enero tendremos a Sorolla y su relación con los EEUU. De septiembre a noviembre también estarán colgados en sus muros las fotografías de Stephen Shore, un autor muy interesante, con un ojo sensible para captar lo extraordinario en lo común.

A grandes rasgos eso es todo, ni Valencia ni Sevilla ni Barcelona (esto parece incomprensible, pero es así) ni siquiera Bilbao cuenta con exposiciones de interés elevado. Cada quién tiene sus gustos, por supuesto, pero en la programación de este 2014/2015 se nota el paso de la crisis de forma brutal. Todos los museos han cerrado el curso con pérdidas, y eso explica el poco riesgo y el poco dinero invertido en lo que ha de venir. Tampoco hagamos leña del árbol caído, quizá El Prado y el Reina Sofía puedan cuadrar cuentas si salen rentables sus exposiciones. Al Thyssen y a la fundación Mapfre se les ve mejor, pero no olvidemos que son entidades privadas. Fuera de Madrid, sin embargo, nada interesante, al final vamos a ser más centralistas de lo que pensábamos.

Por acabar con el repaso a los museos, el caso curioso de Málaga, que dentro de poco contará con la primera sede del centro Pompidou fuera de Francia. Se unirá así al museo Carmen Thyssen y al museo Picasso. Málaga quiere ser la segunda cabeza de España en cuanto a arte se refiere, y quizá lo consiga si se invierte lo suficiente y sus responsables son competentes.

El teatro y la ópera gozan de mejor salud que los museos, el Teatro Real tiene una programación correcta: un poco de contemporánea y muchos clásicos. Destaca «El público», de Mauricio Sotelo sobre la obra de F. García Lorca (febrero y marzo) y Fidelio, de Ludwig van Beethoven, que no se representa demasiado (de mayo a junio) En el Liceo de Barcelona parecen haberse recuperado bastante bien de sus problemas, mucho Wagner, y a destacar Norma, de Bellini, una interesante producción americana (febrero) El CDN (centro dramático nacional) bien, muy bien, notable, mucho autor contemporáneo, también clásicos y adaptaciones, nada que objetar. El teatro Español bien a secas. La compañía nacional de teatro clásico sin obras estrella este año, una lástima. Podríamos seguir un poco, pero se nos van las páginas. Resumiendo rápido, el teatro es lo que mejor marcha en nuestro país.

Para terminar me centraré en la literatura, pues al fin y al cabo la rentrée sobre todo hace hincapié en eso. Comenzamos con el morbo: María Matute falleció a inicios de este verano y su editorial (Destino) ha sabido aprovechar el cuerpo aún templado de la premio Cervantes. Se publica «Demonios familiares», una novela ambientada en 1936 sobre una novicia que regresa a su hogar. Matute nos ofrece un último libro dentro de ese ambiente “real” en el que tan bien se sabía mover, esa España con la guerra siempre dentro del pecho. De seguro no decepcionará a sus fanáticos.

Seguimos con un grande, Milán Kundera, que publica «La fiesta de la insignificancia» (Tusquets). Previsible moderado éxito de ventas entre los seguidores del checo exiliado en Francia. No es su mejor libro y además sabe un poco a despedida. Aceptémoslo, está mayor y éste bien podría ser su testamento literario, de hecho al leerlo uno no puede evitar pensar que al lector le convendría conocer su obra anterior.

Mejores ventas tendrá sin duda el pseudo-historiador Ken Follet, que cierra su repaso al siglo XX con «El umbral de la eternidad» Stephen King saca otro libro más, no parece aportar nada nuevo, pero de seguro seguirá siendo entretenido. Yasmina Reza se une a la lista con «Felices los felices» (Anagrama), observando irónicamente las relaciones entre personajes, como viene siendo su tónica habitual. Una de las exquisitas damas de la literatura, Alice Munro, reciente premio Nóbel, vuelve de la mano de la editorial Lumen con «Todo queda en casa», otro libro de relatos. Así podríamos seguir un buen rato, pero lo más esperado de este septiembre es «Así empieza lo malo» (Alfaguara) de Javier Marías, su vuelta a la literatura tras la resaca de «Tu rostro mañana» Sí, es cierto, en medio queda «Los enamoramientos» (Alfaguara 2011), pero ni siquiera Marías estaba muy seguro de ese libro y fue un titubeo literario más que otra cosa. «Así empieza lo malo» promete más de la mirada clara, (quizá demasiado) del no-premio nacional.

Las comparaciones son odiosas, así que no echaremos un vistazo a Francia. Sería inútil fijarse en quién publica más, pero quizá en el país galo exageren un poco con la cantidad, todo hay que decirlo. Sí hablaré sobre los nombres de las portadas, pues si bien hay bastante español, son todos muy conocidos. Cierto, la crisis vuelve a las empresas prudentes, pero el problema de los platos conocidos es que si bien Matute, Reverte, Marías y demás están muy bien, no amplían en nada el paladar literario de los españoles, lo cual no sólo es triste sino peligroso para las casas editoriales; al fin y al cabo, de los tres autores que acabamos de citar, dos superan los sesenta y una ya descansa en paz. Lo mismo ocurre con los museos, la falta de dinero explica la prudencia de sus exposiciones, pero sigue siendo muy sorprendente que el museo del Prado, considerada una de las mejores pinacotecas del mundo, no haga un esfuerzo para traer al menos algo más espectacular. Lo hace mejor el Reina Sofía echándole imaginación con lo que tiene, habrá que agradecérselo a su director, Manuel Borja-Villel.

Las épocas de crisis desde luego son difíciles de gestionar, más para las empresas culturales, que si además son de carácter público suman una estricta vigilancia de sus presupuestos y están a merced de quienes no tienen porqué tener sensibilidad alguna. Es interesante que comience el curso académico junto con las temporadas artísticas y la salida de un buen número de libros, y digo interesante porque en el curso anterior España cerró con otro déficit, éste en sus estudios. Seguimos a la cola de Europa en casi todo, y quienes sobrepasan la mediocre media del país deben salir de él para ganarse la vida de forma digna. En este momento de comienzo del curso académico, con créditos cada vez más absurdamente caros en las universidades, y una permisión excesiva en los institutos para aligerar el sistema educativo, una oferta cultural actualizada a los nuevos tiempos en librerías y museos quizá fuese capaz de “salvar” parte de la generación que ahora se encuentra tras los distintos pupitres. Un servidor no es catastrofista, simplemente repite lo que algunos ya dicen, pues se habla ya no de una, sino de dos generaciones perdidas en España, y con semejante base el futuro no sólo es desesperanzador, sino que ralentizará el país durante todavía muchas décadas.