El bastón de Indra

En 1850, pocos años antes del fin de la Compañía Británica de las Indias Orientales, un tal Mr. Redford, perteneciente a dicha organización, fletó un barco desde Bhavnagar, al oeste de la India, con dirección Londres. Según el documento portuario, en el cargamento se incluían cincuenta y siete troncos de cedro centenario, provenientes de la ladera del Himalaya. Sin embargo, a la capital del Imperio Británico sólo llegaron cincuenta y seis.

Mr. Nelson, la persona autorizada para recoger los troncos, fue quien inmediatamente notificó el error tras el recuento aduanero. Puesto que la madera había sido encargada por cierto Lord, el asunto tomó un cariz importante y la Compañía se puso en contacto con Mr. Redford para aclarar el asunto. Al parecer la misteriosa desaparición del árbol cincuenta y siete se debía a una confusión de última hora.

El lote fue la estimación de un ebanista para construir los muebles que vestirían la nueva vivienda del mencionado Lord. Por suerte para todos los implicados, el asunto se resolvió rápidamente cuando el hombre confesó haber sido precavido encargando dos más de los necesarios. La Compañía dio carpetazo al asunto y nunca más se volvió a pensar en aquel pequeño incidente.

Mr. Redford, en cambio, dejó bien anotado en su diario todo lo ocurrido en la India. Los árboles habían sido talados a pocas millas de Almora, al norte del país, bajo su propia supervisión. El ebanista había sido específico con la talla de los árboles y eso requería buscar cedros de al menos doscientos años. Para hallarlos, Mr. Redford contrató un guía de la región que les hizo el camino mucho más fácil, encontrando en cuestión de semanas los árboles necesarios. Sin embargo, ya en Bhavnagar, en el momento de cargar la mercancía en la goleta, el secretario personal de Mr. Redford se sorprendió «con gran pavor» según el diario, al comprobar que uno de los troncos estaba marcado por la inconfundible cicatriz de un rayo, que había abierto una brecha larga y rojiza en la corteza. Tanto insistió el hindú sobre el tronco, que su jefe terminó por dejarlo en tierra. El secretario le explicó que si un árbol recibía el impacto de un rayo (vashra) no debía tocarse, pues había sido reclamado por Indra, el dios supremo antes de ser superado por Brahmá, Vishnú y Shivá. El cuerpo de Indra estaba cubierto por cientos de ojos, permitiéndole verlo todo, seguía con especial perversión a quienes contrariaban su voluntad. Mr. Redford, tras dos décadas de viajes por la India, había aprendido a respetar la extraña mitología. La imagen del dios lleno de ojos consiguió inquietarle y encargó que se deshicieran del tronco.

El secretario mandó llevar la madera a su aldea natal, en algún punto del centro de la India. Allí el tronco sirvió para tallar diversos objetos de uso sagrado, adornos, cuencos y tallas de los dioses. Del centro del árbol también se sacó una pieza entera, usada en la confección del bastón.

Como ustedes mismos pueden observar, la empuñadura simple en forma redondeada destaca sobre el fuste, completamente grabado hasta su punta con los diez avatares de Vishnú. En la parte inferior podrán apreciar a Indra, representado sobre su elefante de tres cabezas; de este modo se quiso reflejar la evolución del poder celestial del hinduismo: comenzando con el dios de los mil ojos y continuando con Vishnu elevándose hasta su décima reencarnación, montado sobre el caballo y blandiendo una espada. La pieza resultante es una magnífica obra de arte, tratada posteriormente con cera de abeja.

El resto de la historia es más misterioso. La aldea lo regaló al secretario de Mr. Redford para agradecerle la donación. Finalmente fue el inglés quien se quedó con el cayado, lo llevaba el día en que un elefante le pasó por encima. Después el bastón se perdió y de algún modo llegó a Munich, donde se encontró en 1945 en casa de Heinrich Himmler. Cómo consiguió el comandante nazi el bastón aún es un misterio.

Debido a estas dos coincidencias se ha formado una pequeña leyenda alrededor de este objeto, según la cual todo el que lo empuñe perecerá de una manera horrible, pues se trata del castigo que Indra ha impuesto a la humanidad por haber talado su árbol. Es otra razón más para no tocar las piezas del museo, nunca se sabe cuales estarán encantadas. ¿Verdad? Si me acompañan ahora les mostraré otra pieza muy interesante.

Madrid, la milla del arte y la monarquía

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

En enero hablamos de Barcelona y su reciente designación cono ciudad literaria, hoy nos fijamos en Madrid por aquello de las dualidades. Si la ciudad condal ha recibido tan prestigiosa denominación, Madrid, por comparar, podríamos considerarla como ciudad museística.

Uno de los grandes problemas de la capital española siempre ha sido la ausencia de un icono que la represente y atraiga interés turístico. No existe un monumento o edificio “incontournable” (imprescindible) capaz de atraer como lo hace Gaudí y la sagrada familia en Barcelona o el museo Guggenheim en Bilbao o incluso la ciudad de las artes y las ciencias en Valencia (no entremos en lo idóneo del proyecto o de la arquitectura) Madrid no cuenta con algo así, pero dispone de un atractivo que ha sabido implementar en las últimas décadas: su potencial museístico.

La pretensión de la ‘milla del arte’ de la capital es similar a la de Berlín, con su isla de los museos y pretende aglutinar en un mismo espacio urbano varios equipamientos dedicados, sobre todo, al arte plástico y visual. De esta milla destacan el museo del Prado, el museo Thyssen-Bornemisza, el museo Reina Sofía y el recientemente renovado museo Arqueológico Nacional. Junto a estos, otros muchos equipamientos públicos y privados, tanto expositivos como galerías de arte, han ido creciendo con ese fin difuso de ofrecer un recorrido cultural de amplio interés.

Durante los últimos años han existido varios proyectos polémicos, como la fundación que Norman Foster nunca se decidió por establecer o el extraño caso del museo de las Artes de la Arquitectura, Diseño y Urbanismo, empeño personal del arquitecto Emilio Ambasz, cuyo estado actual ignoramos.

Sin embargo, existen dos proyectos de gran importancia que sí han madurado, el primero es la ampliación del museo del Prado al Salón de los Reinos (antiguo museo del Ejército y resto del palacio del Buen Retiro) cuya fecha de inauguración se estima para 2019, si bien todavía se encuentra en fase de concurso para elegir el proyecto de rehabilitación más adecuado; eso sí, dentro de unos márgenes presupuestarios bastante reducidos (menos de 90 millones de euros, según las últimas estimaciones) El Salón de los Reinos completaría de este modo el ‘campus’ del museo del Prado, algo que no puede sino revertir en mayor interés para la gran pinacoteca española.

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez nos vigila, por Jorge Fernández Ruiz

Pero el gran proyecto (por faraónico), que se inaugurará este mismo año, es el museo de la Monarquía, un espacio de 40.000 metros cuadrados que pretende acoger las colecciones reales. El proyecto ha resultado muy polémico debido al coste desorbitado (160 millones de euros) que ha consumido en un contexto de fuerte crisis económica. Para mayor escándalo, dentro de las colecciones reales se encuentran cuadros tan extraordinarios como ‘El jardín de las delicias’, del Bosco, o ‘El descendimiento de la cruz’ de Van der Weyden, que el nuevo museo reclamó al Prado. El grado de absurdo es enorme, pues la fuerza museística de Madrid tiene su clave en el mismo museo del Prado, arrebatarle alguna de sus obras maestras es una locura absoluta, a nadie se le ocurriría pedir al museo del Louvre que enviase ‘La Gioconda’ a otro lugar. Afortunadamente las negociaciones entre ambos equipamientos llegaron a una solución lógica y las obras citadas, junto a otras de enorme valor, seguirán donde deben estar, en los salones del museo del Prado. En contrapartida, el museo de la Monarquía recibirá otras, que podrá exponer en calidad de préstamo. Todavía cabe cuestionarse sobre la idoneidad de este museo, más allá de su carácter publicitario de cara a la institución, pues como equipamiento cultural no parece a priori muy lógico. Habrá que ver si el tiempo le dota de coherencia.

Madrid sigue promoviendo el desarrollo de su sector museístico y la estrategia es sin duda acertada, pero sigue enfrentándose a un problema bastante grave de valoración con el público patrio. Además de la inversión en nuevos espacios, Madrid necesita establecer un plan de educación y fomento de su riqueza artística, pues de otro modo los madrileños no dejarán de mirar esos suntuosos edificios con desconfianza. Como suele ser habitual, este ejemplo concreto de la capital española es fácilmente extrapolable a todo el país.

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

Velázquez y Goya, por Jorge Fernández Ruiz

La Barcelona literaria, Vila-Matas mexicano y Juego de Tronos

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2016. También publicado en su versión digital aquí.

El pasado diciembre la UNESCO nombro Barcelona ciudad literaria, uniéndose así al selecto grupo que forman otras grandes urbes, como Praga, Dublín o Granada. Sin duda no faltan argumentos, Cataluña es la región donde se aglutina el grueso de la producción editorial del país, el 48.3%. De forma tradicional Barcelona acoge las sedes de las grandes casas de edición, fomentando con el paso de las décadas un vivero de escritores y fundaciones o asociaciones en torno al mundo del libro. El nombramiento, muy buscado por distintas instituciones de la capital catalana, ha sido celebrado con una declaración de intenciones de cara al próximo tiempo, entre otras cosas se pretende fomentar la lectura infantil, obtener fondos para actualizar bibliotecas y crear un congreso internacional de editores. Es una distinción importante para la ciudad, pero sobre todo para los ciudadanos y el conjunto de españoles.

Decir que la realidad editorial de España es compleja seria quedarse muy corto: en los últimos años dos grandes grupos, Penguin Random House y Planeta, han fagotizado la mayor parte de las editoriales españolas, pero con todo sigue existiendo un gran número de pequeñas empresas independientes que procuran un trabajo muy cuidado, ganándose así un espacio en el mercado. El modelo de negocio de las librerías también ha cambiado a consecuencia de las crisis (la económica y la propia del sector), las cadenas imitan ahora el trato personalizado del cliente de la librería de barrio, formando profesionales especializados. Pero la riqueza editorial de España contrasta con cierto desdén institucional hacia creadores y publico. Un sector tan importante y desarrollado no es lo suficientemente aprovechado por la población, cuya relación con los libros sigue siendo distante. Esto se refleja en múltiples aspectos, desde los resultados de distintos barómetros del CIS, los estudios del Observatorio de la lectura y el Libro y sus conclusiones demasiado autocomplacientes, hasta las políticas inexistentes de fomento de la lectura de la última legislatura. Tanto las evaluaciones como las aplicaciones son insuficientes. Por otro lado, las medidas que acaparan la atención de empresas e instituciones públicas son la piratería y el libro digital, dos aspectos a tener muy en cuenta en el futuro del sector, pero cuya importancia dentro del conjunto es mucho menor de la que se le da. Si se continua con esta tendencia, atendiendo a la estructura del sector y olvidándose de creadores y publico, el mundo del libro en España continuara su declive hasta que todo sean lamentaciones.

Enero162

Ilustración de Gonzo Brain a.k.a. Jorge Fernandez Ruiz

Curiosamente el nombramiento por parte de la UNESCO pilló a uno de sus escritores mas célebres en México, donde a Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) se le ha concedido el premio Feria del Libro de Guadalajara, uno de los mayores de las letras hispánicas, o directamente el mayor, como él mismo afirmaba al compararlo con el Cervantes y encontrar este ultimo “anquilosado”. A Vila-Matas no le falta razón ni tampoco es el primero en hacer una declaración parecida, los premios literarios españoles (con honrosas excepciones) tienden a premiar más la celebridad de los nombres, las canas del escritor o la estimación de ventas antes que la calidad literaria. Mientras, el futuro de las letras hispánicas sigue engordando con su importancia en el continente americano, los próximos años España se juega el papel que tendrá en ese futuro, esperemos que desde las instituciones tomen las medidas correctas, porque el honroso nombramiento de la UNESCO no será suficiente para garantizar nada.

Vista las tendencias de lectura y visualización actual, en esta ocasión parece oportuno finalizar con una doble cita: en su periplo por México Vila-Matas ha sido invitado a multitud de conferencias y encuentros a raíz del premio, en uno de estos eventos el escritor afirmó que “la inteligencia sirve para escapar de todo aquello nos tiene atrapados. Para crearse una vida propia, personal y atractiva” Cualquiera podría desear ese tipo de vida, pero la inteligencia es una capacidad que debe trabajarse. A este respecto todos deberíamos tener presente la frase de Tyrion Lannister, personaje de la serie Juego de Tronos y de los libros en que se basan: “mi hermano tiene su espada, el rey Robert tiene su maza, y yo tengo mi mente. Pero una mente  necesita de los libros igual que una espada de una piedra de amolar, para conservar el filo”

¡Arte! ¿Arte? Arte… “Arte”

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Noviembre de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

noviembrebierzo7

Ilustración de GonzoBrain a.k.a. Jorge Fernández Ruiz

Todos los años artreview, una de las revistas de arte contemporáneo más importantes, publica la lista de las 100 personalidades con mayor poder dentro del mundo del arte. Como toda lista, siempre encuentra polémica, y el microcosmos del sector devora con avidez los nombres, y produce todo tipo de respuestas en forma de artículos para diversas publicaciones (extranjeras). Galeristas, directores de museo, artistas, curadores y coleccionistas se mezclan en los distintos escaños hacia la gloria. ¿El ganador este año? Iwan y Manuela Wirth, la pareja de galeristas cuya empresa tiene sedes en Zurich, London, New York, Somerset, y pronto Los Ángeles.

Al mismo tiempo, Fleur Pellerin, ministra francesa de Cultura y Comunicación, firmó un decreto cuyo objetivo es limitar la duración de los mandatos de dirección para los principales equipamientos culturales nacionales (museos, teatros etc) algo hasta ahora no regulado.

En Bolzano (Italia) una limpiadora barrió literalmente la obra de las artistas Sara Goldschmied y Eleonora Chiari, expuesta en una de sus salas, incluso tuvo el buen atino de reciclarla. Gracias a su conciencia medioambiental, Dónde podríamos ir a bailar esta noche, que así se titula la obra, pudo ser recuperada.

La casa de subastas Christie’s vendió a principios de mes ‘Nu couché’, del pintor italiano Amedeo Modigliani, por 170 millones de dólares, convirtiéndose en la segunda pintura más cara de la historia, por debajo de un Gauguin adquirido por 300 millones en febrero de este mismo año.

Supongo que el lector se preguntará dónde quiero ir a parar con esta enumeración de noticias, que individualmente merecerían por sí solas un largo comentario. El arte es la expresión de la naturaleza humana, de sus inquietudes, ideas, sentimientos, de la belleza y la fealdad, de lo terrible, el horror, el éxtasis, lo divino… El acento de la prensa generalista, y el ojo del público (reconvertido en crítico gracias a las redes sociales) ignora qué es el arte.

Los artículos dedicados a la pintura de Modigliani no comentan la exquisita sensualidad del retrato, no se molestan en el porqué de ese cuello o de esos ojos huecos, en la deliciosa disposición de la anatomía y toda la historia del arte tras ella. Cada comentario sobre el asunto de Bolzano enuncia los disparates del arte contemporáneo, se ríe a carcajadas de algo que, en realidad, invita a un debate concienzudo sobre la materia de la obra de arte, y que debería mostrar los porqués a los que responde: materiales, situación, imaginario. Los reportajes (pocos) sobre la decisión francesa parecen estar más interesados en los privilegios de estos dirigentes que en la guía de buenas prácticas, donde la medida se instala pretendiendo evitar abusos, dando carpetazo a una tendencia que no sólo ha concebido errores, sino también interesantes aciertos. El público general no conoce Artreview y ni se preocupa de las razones que lleva a esos nombres extranjeros a copar el top100. Todo ello demuestra una triste verdad: la esfera del arte es incapaz de llegar al público mayoritario, que se desentiende no sólo de sus movimientos internos o de su administración, sino también de su esencia. El público no es capaz de identificar la obra de arte y mucho menos de reflexionar sobre ella, es incapaz incluso de sentir. Esto supone un rotundo fracaso educativo y social, revela un desinterés profundo del Estado por educar el gusto, por enseñar a mirar a unos ciudadanos cada vez más ansiosos por la información inmediata o el titular morboso.

La anunciada retirada de la asignatura de filosofía de las aulas es una palada más sobre el futuro del país. El desprestigio de las humanidades y de la investigación científica (la ciencia también es cultura, no lo olvidemos), así como la hegemonía de las ciencias tecnológicas o prácticas está abocado a educar generaciones de individuos incapaces de crítica, reflexión, imaginación e incluso de ciertos sentimientos. La industrialización de la educación está convirtiendo España en un país ignorante de su cultura e incapaz de su disfrute. Además de ser una triste pérdida para el individuo, también es terrible socialmente. Sin la capacidad de detenerse a admirar algo, sin la curiosidad por saber y reflexionar, los individuos egoístas y ávidos de inmediatez, conformarán una sociedad inviable democráticamente. El arte no sólo enseña el disfrute estético, también otorga herramientas para la comprensión de la realidad.

Cultura berciana 1.0

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Septiembre de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

«Yo os hablo de un poeta al que no conocéis, de un hombre sin más suerte que la memoria y los libros, dócilmente entregado al arte de la muerte» El fragmento pertenece al poema El viejo poeta, de Juan Carlos Mestre

Tras el “descanso veraniego” (echen mano de hemeroteca para leer los cuentos estivales) volvemos al formato de no-ficción, a Cultura Crítica. Parece lo más lógico echar un ojo a lo ocurrido durante este periodo y es inevitable fijarse en los festivales culturales. El teatro y la música siguen siendo las artes más representadas. Festivales como el de Almagro, Olmedo o Mérida siguen zigzagueando entre lo clásico y lo contemporáneo para ir encandilando al público de cara a futuros proyectos. También en ellos se ponen a prueba obras que luego veremos en la cartelera de las grandes ciudades, o sirven como premio final para aquellas que ya hemos visto. A destacar, entre las muchas propuestas, La Tempestad, texto de Shakespeare y puesta en escena de la compañía gallega A voadora; El príncipe, obra basada en el texto homónimo de Maquiavelo y a quien da vida Fernando Cayo, producida por Talycual; un extraño Socrates de Mario Gas y Alberto Iglesias; y dos Medea, una tras la cual se encuentra Vicente Molina Foix y otra con Aitana Sánchez Gijón de protagonista y el teatro La Abadía produciendo. Esto en lo mejor o más interesante, de lo peor es preferible hablar, al fin al cabo ya pasó y de nada sirve meter el dedo en la llaga.

Donde sí conviene ser más creativamente intransigente es en el terruño. El festival Corteza de Encina al principio fue una iniciativa interesante que confería valor a unos espacios infrautilizados, y se descubría como un brote nuevo en medio del erial cultural del Bierzo veraniego. Sin embargo, edición tras edición el festival no consigue renovarse y sigue apostando por conjuntos musicales regionales, cuya experiencia en conciertos no siempre es profesional. Corteza de Encina carece completamente de una cabeza pensante en su dirección, la figura de un profesional a cargo brilla por su ausencia, tanto que semejante fulgor terminará por cegarnos a todos hasta que Corteza de Encina pase desapercibida. La fundación Pedro Álvarez de Osorio (Quien a la sazón firma los cheques) bien haría en formar un equipo que conciba una edición más interesante para el año que viene, pues si bien un festival provincial (o comarcal) no es malo por serlo, uno provinciano sí lo es, y además aburrido.

Por poner un ejemplo de todo lo contrario (Si bien fue sólo un espectáculo y siempre es más fácil de gestionar) en julio Amancio Prada y Juan Carlos Mestre colaboraron nuevamente con un recital dentro del “Año romántico” de Enrique Gil y Carrasco, en el cual palabra y música se mezclaron junto a los versos del autor berciano, Gustavo Adolfo Becquer y Rosalía de Castro. Tanto Prada como Mestre tienen muchos años a las espaldas y saben cómo alcanzar una buena calidad en sus actuaciones.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Para finalizar me gustaría compartir una experiencia personal. Impulsado por ese espíritu romántico, que supuestamente ahora impregna la comarca, tuve la descabellada idea de adquirir un poemario precisamente de Juan Carlos Mestre. Pensé que sería un recado sencillo puesto que el autor nació en la región y en 2009 se le otorgó el Premio nacional de literatura, no es precisamente un jovencito en sus inicios. ¡Iluso de mí! Más de media docena de establecimientos recorrí (grandes y pequeños) para quedarme como estaba. Además de la decepción quedé algo sorprendido por la parte dedicada a merchandising, juguetes y papelería; prácticamente en todas las librerías las estanterías ocupadas por libros estaban en minoría respecto al resto. Esto no ilustra la tendencia general del sector (al fin y al cabo son negocios y tiene que adaptarse a la demanda), pero es muy significativo respecto al interés y nivel cultural del Bierzo.

Si en otras ciudades ya llevan casi una década en un nivel muy distinto (llamémoslo 2.0) e incluso en varias empiezan a ir hacia una nueva actualización de cara al cambiante mercado (llamémoslo 2.5) en Ponferrada y alrededores la cultura ha quedado estancada en el 1.0, una simple y desapasionada cultura provinciana, carente de curiosidad y con menor juicio. Este es el camino de la decadencia, que llega al colmo cuando ni siquiera se sabe valorar los autores vivos de la región y sólo se glorifica a ese escritor muerto con más nombre que obra.

El ciervo blanco

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Agosto de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Uno de sus primeros recuerdos era de una mañana durante el solsticio de verano: su madre le despertó apresuradamente y le negó el cuenco de leche recién ordeñada, las cerezas negras y dulcísimas y el pan amarillento untado con manteca. Empezó a llorar cuando ella lo llevaba por los pasillos a escondidas, pero la mujer no hizo nada, ni siquiera le regañó, siguió arrastrándole hasta una salida discreta, donde pagó una moneda al soldado que ya estaba advertido. Para entonces el secretismo había calmado los sollozos del pequeño y la curiosidad silenció su hambre infantil. Salieron a la villa, apenas había nadie en las calles, quienes debían madrugar lo habían hecho un rato antes, el resto preparaba los mendrugos de pan en sus casas o estaban a punto de salir para buscar leche o agua fresca. Llegaron a las cuadras reales, allí su madre le colocó sobre una yegua imponente y ella misma subió tras él, montando como un hombre.

Tomaron el camino principal y luego se desviaron hacia el norte, pronto dejaron atrás las sendas y se internaron en el campo abierto, cruzando al trote un par de millas. Ella acalló las preguntas del niño con frases fáciles y él pronto comprendió, o al menos percibió, la resolución en la cara tensa de la mujer. El resto del viaje transcurrió en silencio.

Se detuvieron a los pies de una colina cerca de las montañas, no había nada allí, la zona estaba despejada y los árboles no se adentraban en el montículo. Su madre le ayudó a bajar de la yegua y le llevó de la mano hacia la parte más alta, allí descubrieron una pequeña construcción de piedra gris, más vertical que ancha, de muros gruesos y vanos pequeños, sin cristales ni contraventanas. Era un edificio austero, sólido, bien cimentado. Años más tarde el niño adivinaría (su madre nunca se lo dijo) la edad de su construcción, una época no demasiado distante, gobernada por otras gentes con una historia y una fe distintas. Posiblemente entonces ya tendría doscientos años y era muy probable que siguiera en el mismo lugar mucho después de su muerte.

Aquella primera vez su madre le conminó a no tener miedo, sin necesidad, pues el niño no estaba asustado, al contrario, deseaba entrar en el extraño lugar y descubrir por qué su madre le había llevado allí. No llamaron ni anunciaron su llegada, tampoco existía una puerta, se limitaron a cruzar el umbral subiendo un escalón, luego cruzaron en tres pasos una mínima antesala hasta la nave principal, larga y estrecha, donde las altas ventanas dejaban entrar la luz de la mañana y el canto de los pájaros. El niño observó con la boca abierta el techo abovedado, una estructura difícil de conseguir, su padre siempre le señalaba la bóveda de la capilla familiar, al parecer una obra maestra construida justo antes de su nacimiento. Si bien la del castillo era mayor y más espectacular, aquel niño quedó impresionado por la sencillez del lugar donde se encontraba y su absurda ubicación. Le divertía estar dentro de un edificio abovedado rodeado de campo bajo el cielo abierto. La sala guardaba todavía el fresco de la noche y la madre le colocó sobre los hombros su propio manto, una prenda blanca de textura dulcísima, la más querida de su ajuar y sin embargo afeada años atrás por una brasa caprichosa. Tras unos instantes se acercaron a la parte más alejada de la puerta, allí les esperaba un altar sencillo, sin símbolos. Sobre él había un cuenco de madera y un cuchillo largo de siega con empuñadura de plata.

La mujer se arrodilló, bajando la cabeza y apoyando las palmas en el suelo. Musitó unas palabras, unos nombres desconocidos para su hijo, exóticos; él quiso preguntar pero la atmósfera inspiraba silencio, tranquilidad. Su madre no tardó en terminar las oraciones, luego miró al pequeño, le besó las mejillas llamándole “tesoro” y “regalo”. Le preguntó si la quería, el niño empezaba a estar nervioso por la situación, pero respondió lo obvio, ella sonrió, le agarró con fuerza del antebrazo y cogió el cuchillo sin dudarlo. El niño vio con horror cómo su madre acercaba el utensilio a su pequeña mano, le pinchó la yema del dedo corazón y una solitaria perla de sangre brotó al instante. El niño lloraba e intentaba liberarse, pero ella estuvo concentrada en la gota escarlata hasta que cayó sobre el cuenco, lleno ya a la mitad de leche. Entonces la madre soltó a su hijo, tomó el recipiente, lo elevó hacia las dos ventanas abiertas al frente y murmuró un brindis extraño. Bebió el contenido de una sola vez y luego dejó sobre el altar la escudilla vacía. El pequeño chupaba con fruición el dedo herido, pero no se había movido de su sitio. Ella volvió a coger el cuchillo y le pidió al niño un mechón de su cabello. Tardó un poco en ceder, pero al final inclinó la cabeza hacia su madre y ella le cortó dos de sus rizos, los dejó sobre el cuenco y luego, sin más ceremonias, ambos salieron del edificio.

A su regreso el rey se encontraba al borde del pánico. De la rabia acumulada durante todo el día cruzó la cara de su mujer con un sonoro golpe. Ella cayó al suelo sin hacer ningún sonido, pero el niño empezó a llorar y el monarca hizo llevar a su familia hasta las alcobas; allí, a gritos él y ella en susurros, se increparon lo ocurrido. Por primera vez en su vida el príncipe entendió el origen de su madre, porque su padre hablaba de secuestro y ella le reprochó la tradición del reino, pues había sido raptada con dieciséis años sin preguntas ni permisos, el rey tomó lo deseado y la familia de la mujer nada pudo decir. El hombre volvió a golpearla cuando sus explicaciones no le satisficieron. Ya había cumplido su deber al darle un heredero, dijo ella, y mucho más. La frase dio por finalizada la discusión.

Al año siguiente todo se repitió: la reina despertó al niño en el solsticio, le llevó a la misma capilla en lo alto de la colina y realizaron el ritual. A la vuelta el padre volvió a golpear a la mujer. En la quinta ocasión, cuando el niño debía cumplir diez, el rey encerró a su mujer en la alcoba y allí pasó el día, llorando y aporreando la puerta, implorando por su libertad. A medianoche finalizó el castigo preventivo, pero ella ya no lloraba, no suplicaba, tenía los ojos rojos de tristeza y resignación; madre e hijo durmieron juntos, acurrucados en la cama hasta el amanecer, cuando el niño despertó para descubrir que ella había desaparecido.

La desesperación del rey en su búsqueda, pues realmente amaba a su mujer, le llevó a descuidar el gobierno, durante años hubo jinetes recorriendo los distintos territorios, pero no hallaron rastro alguno ni persona que la hubiera visto. Se creó una pequeña leyenda acerca de la reina desaparecida, de su espíritu melancólico en torno al ala oeste de la fortaleza. Lo intentó muchas veces, pero el niño nunca pudo ver aquel supuesto fantasma.

Cuando tuvo la edad de montar el príncipe escapó para visitar el viejo templo, se perdió en el camino en varias ocasiones, pero al final su caballo fue más intuitivo y lo llevó hasta la colina. Entró en el edificio con cierta reverencia, casi esperaba encontrar a su madre arrodillada junto al altar, no fue así. Permaneció dentro unas horas, inspeccionando el lugar. Descubrió una talla al otro lado del altar, estaba muy desgastada, pero podían distinguirse varios leones, ciervos y aves, todos juntos, tranquilos, en torno a una mujer desnuda con el vientre abultado y actitud pacífica.

El chico volvió en el solsticio de aquel año, sobre el altar descubrió el mismo cuenco, esta vez vacío, y el mismo cuchillo. Asombrado (en su otra visita los objetos habían desaparecido) se cortó varios rizos de su cabeza y los dejó dentro del cuenco. Al salir del templo pudo ver a lo lejos un enorme león de montaña, echado al sol. Lo observó durante cierto tiempo y la bestia también permaneció vigilante mientras el príncipe toqueteaba su arco, no llegó a disparar.

Transcurrió una década tras aquel solsticio, cada año el príncipe acudía al templo y realizaba el ritual, al salir invariablemente se encontraba o bien un ciervo o bien un león o un ave rapaz, vigilándole desde la distancia.

En una primavera especialmente lluviosa su padre murió en el bosque, envenenado por una serpiente mientras aliviaba sus necesidades. El príncipe se convirtió así en rey. Durante muchos solsticios olvidó el viejo templo y los animales, se hizo cargo del reino y tomó una joven esposa, saltándose la tradición del secuestro. Aquello le valió una revuelta y padeció la miseria de una guerra intestina durante muchos años, al final logró la paz con un tratado frágil, temporal.

Temeroso de su posición debilitada y de la posibilidad de otra revuelta, el rey envió emisarios en las cuatro direcciones del mundo para atraer a curanderos y magos, pues su reina no podía tener hijos. Ninguno satisfizo sus demandas, algunos proponían tratos nigrománticos y rituales extraños, imposibles de aceptar. Entonces las viejas matronas llegaron al castillo y le contaron el viejo cuento del bosque sagrado, de un rey obtuso que lo taló y construyó allí su castillo y su capital, de la maldición de la diosa Madre sobre quien gobernara el lugar. El rey entendió. Las matronas también le relataron la historia de su madre, quien únicamente había dado a luz pequeños cadáveres. Desapareció un día al amanecer y volvió con las manos manchadas de sangre. No reveló nada de lo ocurrido, pero esa misma noche quedó preñada y nueve meses después nació un niño fuerte y sano.

Al día siguiente el rey volvió al templo sobre la colina. No fue en solsticio, pero allí estaban el cuenco y el puñal esperándole. No supo qué hacer, observó con cuidado la talla del altar durante mucho rato y finalmente salió fuera en busca de alguna pista. Un pequeño ciervo blanco le esperaba a la entrada. Su cercanía asustó al rey, quien armó su arco con un acto reflejo. En lugar de correr espantado, el venado le miraba con tranquilidad, sin inmutarse. El hombre no tardó en sentirse seguro, se acercó y acarició su suave pelaje con una ternura redescubierta ahora tras años de guerra. El ciervo descendió la colina y se dirigió hacia el bosquecillo, volviéndose hacia el hombre cada vez que éste se detenía. Llegaron junto a distintos zarzales y de entre todas las frutillas el animal eligió las bayas venenosas. El rey quiso detenerle, espantar al venado, pero se mantuvo firme, rumiando los frutos sin prisa. La luz declinaba sobre el tejado del edificio, ahora el hombre sabía qué debía hacer. Volvió allí, recogió el cuenco y el puñal echando un último vistazo al relieve. Fuera el ciervo le esperaba acostado sobre la hierba, pero el hombre no quiso terminar lo necesario. Se sentó junto a la criatura y le acarició durante mucho tiempo, hasta que el veneno empezó a ponerle nervioso y provocarle movimientos involuntarios y violentos. Lo hizo rápido. Abrazó el ciervo, tan manso como un corderito, y cercenó su cuello de un tajo. La sangre caliente no tardó en llenar el cuenco y derramarse por todas partes. Poco después el cuerpo del animal dejó de temblar, se quedó muy quieto, con la mirada vacía.

El rey cargó el animal hasta el templo y lo dejó frente al altar. Luego tomó el recipiente e hizo el mismo brindis que viera hacer a su madre años atrás. Bebió el espeso líquido de un trago, sin respirar, y cuando terminó, ya manchado de sangre hasta el alma, descubrió en el lomo del ciervo una mancha negra, como si una brasa caprichosa hubiera caído sobre su piel.

Cérvido fin

Ilustración de Adrián A. Astorgano

Jorge y el dragón

Relato publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Julio de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

Se colocó el yelmo para proteger su cabeza y avanzó con los chirridos propios de los caballeros armados. Cruzó el pueblo de manera solemne, con el viento agitando su capa, nadie salió a despedirle con fiestas o vítores porque no era el primero ni sería el último; pasó por las plazas y las calles observado por los aldeanos con el suficiente respeto para dejar la burla en la comisura de sus labios.

También el conde y su chambelán espiaron el recorrido del caballero. Ni siquiera sabían su nombre, lo había proclamado al llegar pero ninguno de ellos podía recordarlo. Tampoco parecía grave, el conde juzgaba absurdo ese pequeño detalle, nadie vendría a visitar su tumba, el nombre cincelado era lo de menos. Fue el tercer guerrero del año, el decimoctavo desde que el conde tenía memoria.

Aquel soldado se subió a su caballo y dejó pronto el pueblo muy atrás. Conocía los pensamientos del noble y su sirviente, sabía cómo pensaban los aldeanos; le producía cierto regusto amargo en el paladar saberse solo cuando luchaba por ellos. Quizá alguna vieja rezaría por él en la iglesia, pero no podía esperar mucho más. No importaba, sus actos le llevarían a la gloria. Luchaba por la gloria, no por ellos.

Cruzó la vaguada, salvó el río y dejó a un lado el camino internándose en los pastos que cruzaban el monte y se dirigían a la montaña. Avanzada la tarde divisó las ruinas del antiguo castillo condal, ruinoso recuerdo del encanto pasado. El musgo había invadido las piedras, desmoronadas creando fantásticas arquitecturas mordidas por el tiempo.

El caballo se puso nervioso al divisar aquel esqueleto de piedra, el guerrero palmeó su cuello para infundir ánimo en el animal, luego observó en derredor, sin encontrar rastro del dragón. Avanzó hacia el castillo, algunos en el pueblo decían que se guarecía allí, pero el caballero no lo creía; al fin y al cabo, los dragones solían atacar a cielo abierto, donde maniobraban con mayor facilidad.

Pasó muy cerca de la puerta del castillo, cuyo rastrillo destrozado parecía la boca abierta y desdentada de un pobre moribundo. Incluso el hedor que surgía del interior se asemejaba al de los cadáveres descomponiéndose. Dejó el castillo y avanzó al trote por los montes bajos, donde los arbustos eran mucho más numerosos y apenas sí nacían árboles.

Escuchó un siseo de advertencia. El caballero, preparado, colocó la lanza en ristre e hizo que su montura corriera en derredor. Estaba cerca, le estaba observando, agazapado para atacar, lo sabía pero podía verle.

El golpe vino de improviso, algo le sacó con violencia de la montura, arrojándole contra las rocas aparatosamente. La lanza salió disparada, el caballo relinchó fuera de sí mismo y corrió al galope unos metros, pero una forma enorme apareció frente al animal de la nada. El hombre vio por primera vez en su vida un dragón, medía más de veinte pies de la cabeza a la cola y sus alas tenían una envergadura sin igual, su cuerpo, recubierto de escamas esmeralda, refulgía con la luz del atardecer. La criatura lanzó varias dentelladas al aire y el caballo se encabritó antes de ser aplastado fácilmente bajo la enorme zarpa del reptil. El espectáculo de vísceras y sangre a punto estuvo de hacer vomitar al caballero.

El dragón levantó la pata y buscó con sus ojos rojos al hombre, cada vez más aterrado. La idea de aquella boca repleta de dientes sonriendo le pareció espantosa, pero era sí, el dragón sonreía: abrió la boca, chascó otra vez los dientes, se irguió para demostrar toda su estatura y por último, para aún mayor asombro del guerrero, habló.

–¿No sois capaces de aceptar la derrota?

El hombre parpadeó asombrado, había escuchado historias acerca de los prodigios de aquellos seres, además se había enfrentado a dos pequeñas sierpes, unos enemigos feroces que se defendieron bien y le dejaron cicatrices considerables, pero nunca habían articulado nada más coherente que un silbido o rugido.

–Vaya, un caballero lento –añadió la bestia, que parecía divertirse– En vez de tanta espada y violencia deberían poneros algo de inteligencia ¿No?

El hombre no tuvo ya ninguna duda, el dragón hablaba.

–¡Por la sangre de Cristo! –juró, levantándose y sacando el enorme mandoble con empuñadura en forma de cruz– ¡Ríndete, monstruo! ¡Abandona estas tierras!

Un sonido gutural surgió de la garganta del dragón, eran carcajadas:

–Pequeño humano… Decidme ¿Qué mal hago con mi modo de vida? Devoro alguna oveja o vaca cuando aprieta el hambre, pero poco más…

–¡Aterras a los honorables ciudadanos!

–He de reconocer que eso me divierte, sí –dijo recogiendo sus alas sobre el cuerpo, no parecía dispuesto a atacar.

–¡Abandona estas tierras! –repitió algo confuso el hombre.

–Sois plomizo, verdaderamente. Iros u os mataré como a vuestro caballo.

–¡Me acompaña la gracia de Dios! No os temo, bestia.

En ese momento la zarpa del dragón señaló pesadamente una pila de yelmos abollados con costras de sangre seca.

–A ellos también les acompañaba.

Un escalofrío recorrió la columna vertebral del soldado. Se planteó huir por un momento, pero su honor se lo impedía, sus principios, su juramento, la esperanza de encontrar la gloria obrando un imposible. Aferró la empuñadura del arma con fuerza, calibrando su peso, y dispuso los pies para el ataque. Nada de eso pasó desapercibido para los ojos del dragón, que enseñó los dientes, grandes como puñales y chascó la lengua con desprecio.

–Has elegido la muerte –gruñó el reptil, abriendo las alas de tal manera que levantó una ráfaga de viento e hizo trastabillar a su enemigo. El monstruo se lanzó sobre él y, sorprendido por su velocidad, el caballero apenas tuvo tiempo de echarse a tierra y rodar. Lanzó un corte a ciegas segando el aire, pero no acertó. Una pata del dragón le arrancó el yelmo y lo lanzó contra las rocas, donde quedó incrustado. La bestia trotó, se alejó en la campiña y el guerrero, ya recuperado, le siguió con la espada preparada; entonces el dragón se volvió y deshizo el camino andado con las garras por delante. El hombre adelantó el arma y en el último momento fintó y cortó al dragón en un muslo, superando la protección de escamas. El reptil aulló y lanzó la enorme boca hacia quien le había herido, el golpe empujó al humano entre las rocas y aquella caída le salvó de ser partido en dos por la poderosa mandíbula. El dragón corrió de nuevo, se alejó, se alzó en el aire y aulló hacia el sol del ocaso. Luego, con toda su furia se precipitó contra el enemigo, sus zarpas fueron rechazadas por el mandoble, y el caballero pudo responder con sorprendente habilidad, pero la fuerza del dragón le agotaba rápidamente. El guerrero sabía aprovechar su velocidad y aprovechó un descuido para colarse hasta quedar bajo la bestia. Quiso clavar el arma en el abdomen, pero falló. De pronto perdió el equilibrio, la cola del dragón le tiró al suelo y no pudo sujetar su espada. Una pata enorme le aprisionó contra el suelo con fuerza y esta vez tuvo la enorme cabeza de la bestia a un par de palmos de la suya, los rasgos del reptil estaban fruncidos en una expresión de asco.

–Sois una raza presuntuosa y débil –dijo con su voz abismal. Entonces agarró al caballero y le alzó hacia el cielo como un juguete. El hombre sintió su estómago encogerse, alcanzó la altura de una torre de homenaje y cayó por efecto de la gravedad, estrellándose contra los pastos, rodó y quedó boca arriba consciente, vivo, pero dolorido. Se mantuvo un momento así y al erguirse pudo notar un dolor agudo y penetrante en el torso, tenía al menos un par de costillas rotas. La armadura se había aboyado en el abdomen y le impedía respirar. Se la quitó sin otro remedio posible, deshaciendo las cintas de cuero con torpes gestos. También había perdido las protecciones de las piernas y tan solo le quedaba metal en el brazo del arma y en el hombro izquierdo. Sangraba por una pequeña herida en la cabeza.

El dragón se elevó como un ave inmensa y majestuosa. El caballero sabía que aquellos eran sus últimos momentos con vida, corrió al ver el brillo rojizo del sol sobre el arma cercana mientras el dragón le perseguía desde el aire, lanzándose como un cometa sobre él, un halcón cazando una liebre. Abrió las fauces, dispuso las garras, ya tenía al caballero a punto, pero este se echó al suelo sin protegerse de la caída, recogió aparatosamente su arma en el último momento y se deslizó de nuevo bajo el dragón, cortándole en el pecho. El reptil se revolvió, golpeó al hombre con las alas, le desgarró la pierna de un zarpazo y le lanzó hacia arriba con otro golpe. Esta vez el soldado cayó sobre el lomo del dragón. Había sujetado el arma por una casualidad del destino y se mantuvo como pudo sobre la bestia mientras ésta se movía nerviosa para quitarse aquella molestia. Inspirado por el afán de supervivencia el caballero se aferró al nacimiento del ala, intentó incorporarse lo justo y falló varias veces. Cuando vio la oportunidad agarró el arma con ambas manos en un último gesto posible, y en la ondulante superficie del dragón clavó con todas sus fuerzas la espada hasta la cruz.

El alarido del monstruo fue brutal y reverberó en la montaña, quebrando la superficie del lago, llegando incluso a los oídos del conde, del chambelán y de todos los aldeanos, erizando el vello de sus nucas, despertando el llanto de los niños.

La bestia rodó, herida de muerte, se arrastró por el campo intentando escapar, pero las fuerzas le abandonaban con prisa mientras la sangre brotaba de la espada como si fuese una fuente. Su asesino había caído junto a él, exhausto, destrozado por la batalla, sin conocimiento. El dragón le miró con tristeza, con debilidad, finalmente se tumbó, mareado, y observó el cielo azul oscuro.

–Seremos olvidados –musitó jadeando, abriendo y cerrando los ojos una y otra vez– todos nos olvidarán, todo se perderá… como si las estrellas se apagaran una a una hasta dejar el cielo vacío y negro…

Chascó los dientes, tragó saliva y exhaló todo el aire de sus pulmones. No volvió a respirar.

Al día siguiente las gentes del pueblo, dirigidas por el conde, encontraron al dragón muerto junto al cadáver del caballero. En su último intento por encontrar un apoyo para levantarse, la mano del hombre había quedado atrapada entre las espinas de un rosal, cuajado de flores tan rojas como la sangre de los dos combatientes, derramada en gran cantidad, mezclada en la tierra en una sola sustancia rubí.

sanjorgefin

Ilustración de Adrián A. Astorgano