Miércoles fragmentado: Pequeño vals vienés, Federico García Lorca

“En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.”

Se ha perdido en un viaje de campos y ventanas, cerca del agua. A veces habla con sus amigos para evitar el silencio de su cabeza, la inquietud. Si Federico le hubiera escrito, habría un broche de metal en su boca, afilado como un cuchillo, para cuando la lengua se suelte en palabras de amor o suspiros de tristeza. Quizá los besos que le posen sobre los labios le sepan a metal.
No tiene sentido imaginarle por las calles, mirando hacia arriba las cúpulas y las cornisas de los palacios, pero allí sigue, sonriendo ante el frío, buscando otras miradas como quien necesita excusas para proseguir el paseo. Hay poco consuelo hoy en los hombres y él, como todos, guarda muy dentro los pedazos de cristal, se guarda de su filo mientras sigue danzando en su particular vals sin ritmo.
La música no suena en sus oídos, pero está ahí, a su alrededor, siente las hondas lejanas, atraerle hacia el epicentro, por eso salta de calle en calle, tropezando con los espejos. Federico debe tenderle sus brazos aquí y allá, él se deja caer, se besan un momento y el metal pica salado otra vez.
En Viena las estatuas se giran a su paso, le espían con curiosidad para saber su camino, pero él no se deja seguir y las confunde errando de una a otra, sin parar nunca. Quizá no está perdido, cerca del parlamento Atenea lo comprende, puede que el chico sólo busque otro color distinto.

Amarillo

En ocasiones destilamos una sustancia acre, amarga, amarilla. ¿Es el miedo? Hay una relación interesante entre la historia de ese color y la verdad, pero para descubrirla habría que pensar en esa verdad y encontrarla, diferenciarla, entenderla… ¿es eso posible? ¿No es una simple ilusión? ¿Un poema enorme sobre la ruta? América está llena de esos poemas que persiguen a Eliot como perros y que ladran a ese viejo “Whitman” barbudo y con los ojos perdidos. Es una manada, una jauría que cambió el oxígeno por el humo de la marihuana y el pan por la preciada mescalina. Uno se pregunta dónde quedó la sangre verde de Europa, pero aquí parece no tener cabida y se cita más esa extraña África que la vejez y la pureza pútrida de la matriarca. No, no es dar el paso más allá para encontrarnos con la verdad, eso sencillamente es agotador.

Por eso cuando la noche cae débil sobre nosotros, mientras paseamos con el cigarrillo en la boca en una especie de homenaje cobrizo, nos damos cuenta de nuestra herencia. La sonrisa aparece sin que la tengamos que forzar, es un gesto de rabia, de rebeldía que se apodera de nuestros músculos y recorre todos los tendones conscientes de la juventud, del deseo y de la necesidad de saber. Si somos fuertes tiraremos la colilla, el cigarro entero, esa preciada mota de suciedad que aspiramos con lujuria, y lo aplastaremos contra la carretera odiando a Eliot y al viejo hombre blanco. No servirá de nada, lo sabemos, pero hemos tenido la necesidad y la preferimos porque es menos brusca que estrellar un vaso lleno de whisky en el bar. La destrucción nos calma un instante y el cigarro esparcido es el que nos da un momento de libertad, de verdadera respiración. El gesto es una pregunta: ¿quién soy? Cuando exhalamos el aire envenenado la respuesta aparece. ¿Aparece?

Es verano, el sol llena de un oro mortal la pesada meseta, moribunda y lenta por la falta de brisa. El calor niega la lluvia, América se soslaya en la búsqueda de sí misma. Los jóvenes de sudor frío le preguntan al polvo por su destino; a veces obtienen respuesta. Todo es amarillo: la fiebre de los ancianos curtidos que nunca supieron sumar, lo que encallece a los jinetes mientras levantan la polvareda en el interior del país, la luz de los ascensores cuando termina el día un hombre encorbatado, y la orina que nace en las calzadas como una sierpe olorosa, enroscándose en las farolas.

Al final todo se reduce a lo mismo. Se busca el olvido de los nombres que nos hicieron aprender en la escuela, necesitamos de la nueva experiencia, de la otra persona que nos han anunciado que saciará nuestra sed de calor. Es por ello que más tarde o más temprano llegamos a las preguntas incómodas acerca de aquello que no se ha cumplido en nuestra vida, pero que nos habían prometido que tendríamos. No encontraremos a nadie que nos dé una respuesta adecuada, todas las hallaremos insuficientes. Entonces golpearemos el pecho de otros, lanzaremos acusaciones y finalmente nos recogeremos contra nosotros mismos hasta encontrarnos desnudos y hechos un ovillo sobre la cama. Quizá alguien saque una foto.

Ese miedo nos empuja fuera del tablero, nos provoca para que tomemos las fotografías en sepia, para que busquemos el efecto de luz que capte exactamente la manera en que nos sentimos. La realidad es que no sabemos expresarnos y damos la batalla por perdida. Buscamos la distracción; otros buscan la huida pero son más infelices aún. Seguimos caminando bajo luces doradas, sobre hierba rubia por la que arrastramos los pies. Caminamos juntos; el sonido de nuestros pasos lo corean con un bastón que mide cada palabra innecesaria, cada término esencial.

Hoy el horizonte se ha quemado mientras lo mirábamos sin saber qué había más allá.

 

 

 

La venganza del hechicero III

La salva de cañones iluminó la colina con sus fogonazos. El ruido resonó y las balas se estrellaron sobre los demonios, que corrían como sabuesos hacia sus victimas. Los cráteres reventaron muchas criaturas, que se deshacían en cenizas como si su solidez sólo dependiera de un capricho. Aún así, la mayoría de aquella hueste siguió corriendo sin parar. Eran figuras negras en la sombra, apenas apreciables a la luz de la luna llena.

El general estaba aterrado, corrió hacia el puesto de mano con el catalejo aún en la mano. El hechicero lo recibió con la túnica azul y roja, el largo pelo y barba gris y la vara retorcida en su mano.
-¿Y el comandante?

Zavok frunció el ceño, el viento alborotó todo su pelo.
-¡Me pide un imposible! -gruñó.

El general estaba cada vez más asustado, esta vez bajó la voz:
-Zavok… ¿qué ocurre? ¿qué hacemos?

El mago gruñó y golpeó el suelo con la punta de su vara.
-Huir sería lo más cuerdo, amigo mío. Pero tu comandante tiene mucho miedo de Nael…
-¿Entonces?

El anciano pasó sus dedos entre la espesa barba mirando el campo de batalla nocturno. En aquel preciso momento, los “sabuesos” que hasta ahora eran diablos negros como la misma noche, se encendieron como si sus cuerpos ardieran. El campo se iluminó y se echaron sobre las sorprendidas y aterradas primeras filas de soldados.
-Cañones –recordó el mago.

El general dejó salir un chillido, lo había olvidado por completo.
-¡Fuego! –grito.
-¡Fuego! –repitió alguien y la docena de cañones retumbaron en la colina otra vez.
-¡Qué vas a hacer! –gritó histérico el general agarrando por las ropas al mago.
-Combatir fuego con fuego.

El mago se apartó un poco hasta un saliente de la roca. Allí clavó firmemente el bastón al suelo y extendió la otra mano hacia el valle encendido de demonios. Durante un instante no ocurrió nada, pero pronto las llamas que envolvían el cuerpo de los demonios estallaron y se alargaron formando algo indefinido, un torbellino que poco a poco ganó potencia y se inmiscuyó entre las filas de demonios. Ahora la noche tenía una gran columna de fuego que lo iluminaba todo y unía el cielo con la tierra.
Alarmado por el resplandor, el comandante salió de la tienda para unirse a su estupefacto general.
-¡Dios misericordioso! –exclamó el comandante.

El torbellino consumía verdaderamente a los demonios, y lanzaba por delante a alguno más alejado. Por un momento parecía que podían ganar terreno a aquellas criaturas, pero no duró mucho. El gesto de Zavok era frenético, le costaba demasiado mantener ese hechizo, su cara estaba retorcida igual que su mano ante la tensión del momento y el viento, que llegaba hasta él caliente como el de un horno, le revolvía el pelo y las barbas. Sudaba y, sin que él lo pretendiera, el torbellino se dividió en dos que tomaron direcciones opuestas y luego desaparecieron.

Dos grandes demonios aparecieron en la lejanía, quizá midieran tres metros cada uno, su envergadura era enorme y su fuego parecía encontrarse en el interior, como si fueran monstruos de magma. La luminosidad fue suficiente para adivinar a una figura humana, la única de aquel lado del campo de batalla, que se mantenía entre ambos demonios.
-Nael –susurró Zavok, fatigado. Jadeó vencido, apoyándose en la vara para descansar.
-¿Y ahora qué? –preguntó el comandante.

El ejército demoníaco volvía a atacar a los humanos, pudieron saberlo por los gritos de desesperación. El anciano mago volvió la mirada agotada hacia él.
-¿Qué quiere Nael de ti, Marius? Dímelo ahora.

El comandante titubeó, dio varios pasos atrás pero las manos del general le agarraron por los hombros.
-Mi señor, responda al mago, por favor.

El comandante tragó con dificultad:
-Yo… yo… me quedé con algo suyo…

Los ojos Zavok resplandecieron con el brillo de la luna. Se acercó al hombre con el gesto lleno de ira.
-Miserable codicioso. ¿Qué era? ¡Habla!
-Un… un… collar, pequeñito… yo… tiene una esmeralda incrustada y…

El mago abrió la mano; del cuello del comandante salió disparada hacia ella un adorno de oro con la esmeralda engastada y pequeñas runas dibujadas.
-Todos esos soldados han muerto por una irrisoria ambición, comandante Rapoza. Espero que se haga cargo –dijo el hechicero.

El general se acercó al mago desesperado:
-¡No puedo dejarlos morir! ¡Son mis soldados! ¡Démosle el colgante!
-No –negó tajantemente el mago guardando la joya en sus ropas. Tráeme doce balas de cañón. ¡Ahora! ¡Corre!

El general desapareció.
-Marius, has sido un imprudente. No obstante es un alivio que esto no haya caído en manos de Nael.
-Es muy valioso ¿verdad?
-Es muy peligroso –corrigió el anciano.

Un soldado apareció con una carretilla llena de los proyectiles.

El mago le dio la vara al general y se inclinó sobre las esferas. Una a una las pintó todas utilizando un pincel y la tintura de un frasco de algo desconocido. Finalmente susurró unas palabras y todos los proyectiles brillaron con luz tenue.

Zavok soltó un quejido, agotado después de aquello, se recuperó como pudo, apoyándose discretamente en la vara que le devolvía el general:
-Poned una bala en cada cañón, encended la mecha y corred… Abandonad los cañones.
-¿Y los guerreros? –preguntó el general.
-Toca retirada cuando prenda la mecha. Huid a la fortaleza. Nael no os perseguirá.
-¿Por qué estás tan seguro, Zavok?
El rostro del hechicero se ensombreció.
-Me seguirá a mí.

Se siguieron las indicaciones del mago al pie de la letra. Las trompetas tocaron retirada poco antes de ser calladas por el trueno conjunto de los doce cañones. Pero esta vez las máquinas se resquebrajaron con una explosión interna El asombro llegó poco después, cuando aquellas balas impactaron, levantando una honda expansiva enorme, cargada de electricidad que fulminó todo cuando tenía alrededor. Hubo una masacre, la batalla se detuvo y los guerreros emprendieron la retirada.

El hechicero buscó entre la nube de ceniza levantada la sutil estela de los grandes demonios y de Nael en su centro, pero no pudo distinguir nada. Se volvió para desaparecer y en ese momento allí, ante él, Nael le observaba con seriedad. No era realmente Nael, sino una imagen proyectada, pero aquella imagen habló:
-Han pasado muchos años, Zavok.

El hombre barbudo asintió, aún presa de la sorpresa. Por un momento había creído que era el “mago oscuro” en persona, como comenzaban a llamarle.
-Dame lo que es mío y te dejaré en paz –continuó la imagen translucida del mago calvo.
-No.

Nael asintió:
-Tu destino será peor que la muerte, lo sabes.
-Todo esto son fuegos de artificio, Nael. Tú conoces tu debilidad y sabes que la verdadera batalla será mucho más sutil.
-Sé dónde vas –musitó.
-Pero allí tú no puedes llegar.
La imagen dudó un momento, Nael apretó los labios y luego él por entero se retorció y desapareció con un estallido.

Zavok se tomó un momento para respirar. Luego subió a su caballo y siguió un camino hacia el este, espoleando al animal tanto como podía, tenía prisa por alejarse de aquel lugar.

Lejos, rodeado por una hueste de demonios que le observaban ya sólo con fuego en sus ojos, Nael pensaba, observaba el entorno, el silencio que se había producido tras la huida del ejército. No había mandado avanzar ni perseguir al hechicero o a Malus en su desbandada. Se arrebujó en la capa e hizo un gesto a uno de aquellas criaturas que parecían echas de magma solidificado. El monstruo avanzó y al hacerlo su propia materia se agrietó y un fulgor rojo iluminó todo alrededor acompañado de la oleada de calor que envolvió al hechicero desde su espalda. El calor le agradó.
-Ha sido un error venir aquí… –musitó- pero me he dado cuenta de algo…

Nael pasó sus dedos por la cabeza desprovista de pelo y recorrió la sombra de la cicatriz que tanto le obsesionaba.
-Desapareced. –ordenó.

Por última vez aquella noche, el valle se iluminó con centenares de fuegos que consumieron, esta vez sí, los cuerpos demoníacos, dejando tan sólo un rastro de cenizas. Únicamente quedó uno de ellos, el mismo que había acudido por primera vez tras matar a su hermano. Quizá sería imposible distinguir una de aquellas criaturas de las demás, pero Nael sí podía.
-No puedo hacerles frente yo sólo… –le dijo a la criatura- He de buscar un aliado… o mejor un amigo…

Nael dudó durante un momento y observó al demonio, que mantenía sus ojos, ascuas en medio de la noche, fijos en él. Una sonrisa se curvó en el rostro del hechicero:
-¿Sería muy ambicioso? Sólo he tenido un verdadero amigo en mi vida… pero cómo encontrarle… Hace veinticinco años que no sé nada de él… ¿Dónde puedes estar, Gerard?

El demonio encendió su cuerpo, iluminando el lugar y dando calor al propio mago.
-Sí, es hora de partir. Empezaremos a buscar en el último lugar en el que nos vimos. Nos vamos al santuario de Anoa, pequeño mío.

Como si hubiera sido una orden, la criatura aumentó su luminosidad hasta que el fuego envolvió al hechicero, que dejó que las llamas le recorrieran sin llegar a quemarle. Hubo un pequeño estallido y después ya no hubo nadie en el valle, habían desaparecido.

Ecos

Recordemos ese gemido, ese sonido ronco, eco tibetano que reverbera y surge más allá de nuestra garganta, de los posos del cuerpo. Suena esa “o” que se sostiene como acorde monótono sin pausa, obligándonos a la concentración sin pensar, meditar sin cuestionarnos, elucubrar con la mente en blanco. Pese a no notarlo, algo se libera, la fisicidad se rompe y a través de ese sonido seco tiembla el mismo esqueleto de nuestro espíritu.

¿No es eso lo indispensable? ¿No es lo que buscamos, acaso? Quizá esté en esos sonidos el secreto del conocimiento humano, no por llegar a él, sino por lo contrario. La ausencia de la necesidad de ese conocer, el apaciguar la sed y tomar el convencimiento de que la vida tiene bastante poca importancia y que somos nosotros los que elegimos la manera de vivir; parece ser que ese es el más precioso conocimiento, la armonía entre cuerpo y mente, pero sobre todo de la mente. El saber intenta insuflarnos una espiritualidad por creer no ya en algo más allá de la muerte sino que nos llama la atención sobre la vida en sus términos de juego.

El extranjero

Lejos, en algún horizonte ajeno a lo conocido, extremadamente lejos de su ventana y a tiro de avión, se encontraba aquel que jugaría un papel decisivo en el discurso de su vida, una piedra angular sobre la que construiría su futuro. Aquella persona, aunque él no lo sabía, aparecería tres años después, no muy lejos del punto que tan ciegamente miraba ahora, absorto en pensamiento de poca o ninguna importancia. En efecto, en aquella esquina se chocará con el extraño del que ahora no conoce su nombre. Se disculparán, recogerán los objetos caídos y sonreirán nerviosamente. El extraño tenderá la mano y se presentará, el otro la tomará musitando también su propio apellido y así ambas historias, ambas vidas se juntarán, pero lo harán de forma muy distinta. Mientras que el extranjero será decisivo para el oriundo, este pasará sin dejar rastro en el extranjero, de esa manera que las personas que no importan en nuestra vida pasan, es decir, sin hacer ruido, sin dejar grandes recuerdos. Para el oriundo será una desgracia cuando el extranjero desaparezca exactamente 853 días después del encuentro, es decir, casi dos años y medio más tarde. Será en Diciembre, lo que provocará que durante esas navidades y algunas más de las siguientes, el oriundo tenga un sentimiento muy desfavorable hacia las fiestas. Las detestará y se refugiará en su trabajo, quizá por ello sea tan decisivo el haber conocido al extranjero.

Pongamos que el oriundo es poeta, o mejor escritor, ya que los primeros son algo anacrónicos hoy en día, sea escritor pues. La repentina desaparición de una persona tan importante para él como el extranjero supondrá un aluvión de sentimientos y pensamientos que no será capaz de dejar salir de una mejor manera que con la escritura. Por ello, en esas vacaciones en que se sentirá sólo y marginado del resto de la sociedad, (e incluimos su familia) se dará a la escritura como algo purgativo y un tanto demencial, sin dormir, malcomiendo, viviendo como un autentico animal, lo que a sus veintitantos años será un algo desagradable y quizá demasiado extraño a ojos de la mayoría. Esa, esa será su opera prima, su primera gran obra, fruto amargo de un corazón roto por la perdida de una persona ajena a su mundo y tan importante como para nuestro planeta es ese satélite gris mate que gira alrededor de él.

¿Y si no fuera escritor? Pongamos que músico y entonces compondrá una pieza maestra, chirriante, diáfana o quizá extremadamente calmosa y llena de pequeños puntos de sonido como estrellas estallando, digna herencia de Varèse, Boulez o Grisey.

O quizá fuera escultor, o pintor y nazca así una obra digna de un neo-Rodin o un Rothko lleno de sentimiento y con una reflexión profunda y oscura como el final de Van Gogh.

¿Y si nada tuviera que ver con las artes este pobre oriundo de corazón desgajado? No quiero imaginarlo. Posiblemente, lo más probable es que cayese en una de esas espirales finitas, pero muy larga, oscura, nada iluminada; laberinto de soledad y tristeza del que saldrá difícilmente si el sentimiento fue verdadero o tendrá la suerte de pasar con pies ligeros si fueran mentira los 853 días en que el extranjero estuvo en su vida. Quizá esa sea la doble querencia que el oriundo le deba a su arte, una parte por saber sentir y la otra por saber salir de ese sentimiento.

¿Y al ajeno? A él sólo piedras y la vida tranquila.

Ik-Elgamar (II)

La oración que elevó se cortó en sus labios. Jamás la logró terminar, el golpe sordo de las puertas al cerrarse tras él le sorprendió, ya que al mismo tiempo la luz que antes le cegaba se apagó. Se puso alerta, su cuerpo se tensó, las aletas de su nariz se inflaron, entrecerró los ojos escudriñando en la oscuridad y sacó su espada.
No ocurrió nada, pasados unos pocos minutos percibió una tenue luz al fondo de la sala. Avanzó a tientas, despacio, con cautela y esperando una trampa o una emboscada, pero sus pasos se limitaron a resonar en el piso de piedra. Cruzó una abertura en el muro y, sin pretenderlo, quedó embobado observando, con la boca semiabierta, más allá de la grieta donde se revelaba una gran sala hipóstila con incontables columnas de alabastro impoluto, de las que grandes braseros sacaban destellos y reflejos sinuosos. El suelo estaba construido con grandes losas de alguna piedra negra, y tan pulidas que Ik podía verse reflejado a la perfección sobre ellas. El efecto óptico era fabuloso y uno tenía la sensación de navegar por un mundo de aguas negras y tranquilas, envuelto en la oscuridad casi total que sólo las cavernas del infierno debían de igualar. Sin embargo, Ik-Elgamar no tuvo miedo, aquella tranquila negrura no parecía amenazante, simplemente era misteriosa, mágica, sobrenatural o quizá divina.
Jamás había visto nada parecido en su periplo por el mundo, y era mucho decir ese “jamás”. Recorrió un verano las estepas de Kalguin, galopando sin silla, aferrado a las crines de caballos indomables que le guiaban por escarpados senderos, permitiendole ver paisajes imposibles: grandes valles profundísimos, como abismos verdes llenos de luz y agua, cataratas de fuerza terrible que desbordaban de los grandes lagos donde se reflejaba la luna tan nítidamente que a un espectador le costaría distinguir cuál era la auténtica. Paseó vestido con trajes de batista, tafetán y lama, adornado con joyas cuajadas de diamantes, por los cien palacios del emperador Ferbró IV, en las lejanas tierras de Ismanen, la región de los lagos y el cristal. Vio allí estancias enteras construidas en medio del agua pura y fría de los glaciares, que se sostenían sobre la superficie tranquila, guardando mujeres de belleza indescriptible, tan hermosas que ningún hombre podía mirarlas a excepción del rey y sus elegidos. Visitó en Umán las tumbas de las cien reinas vírgenes, donde sus cuerpos reposaban incorruptos, flotando pálidos, siempre jóvenes y hermosos sobre las aguas perfumadas donde los nenúfares florecían y bebían agua los cisnes antes de emitir su postrer canto. Ik-Elgamar vio morir muchos hombres, vio nacer muchos niños y sujetó a su primer hijo con aquellas mismas manos, notando el calor de la vida que él, de alguna manera había logrado crear junto con su amada esposa, con la que muchas veces pasó las noches más calurosas y tiernas de su vida.
Pero aquel recogimiento que ahora sentía en la columnata era nuevo para él. Ni en las ermitas centenarias de Grancia, ni en los templos cronoistas de Zadún, donde los monjes rezan cantando graves tonos, ni en la ciudad santa de Hagar, ni siquiera en el lecho de muerte de su padre había percibido tal espiritualidad; era algo que le llegaba al alma, que le empapaba de una humedad sagrada e imposible de describir. Susurró una tímida oración de gratitud y se atrevió a recorrer la distancia, paso a paso, entre aquella entrada y el camino que parecía marcado por los braseros.
Unos minutos más adelante, Ik percibió un punto no muy lejano donde los braseros terminaban y más allá podía discernir un espacio oscuro colmado de puntos dorados, como estrellas en el firmamento, abrazadas por un gran y generoso negro que se esparcía por doquier.
Se encaminó en aquella dirección, internandose en la oscuridad, buscando, como en aquel cuento para niños, alcanzar con su mano las estrellas. Notaba su corazón golpeando fuertemente sus oídos con el latir, pues en el silencio total de aquel mundo extraño su corazón era lo único que podía escuchar.
A unos metros de su objetivo pudo descubrir que aquellas estrellas eran pequeños candiles de aceite que colgaban del techo en distintas alturas, creando aquel efecto de puntos de luz discordes y sin sentido del que él se había maravillado unos minutos atrás.
No terminó de observar las lámparas de plata colgantes cuando se dio cuenta del muro cercano. Dejó su escrutinio y apuró el paso, terminando su camino junto a la pared, donde, tras unos escalones se abría un pequeño hueco con una gran losa de marfil en su interior. Dos candiles iluminaban la superficie de la piedra, donde alguien había cincelado un mensaje. Ik miró en derredor, buscando algo más, pero no encontró nada en la inmediatez por lo que prestó atención a aquella losa, acercandose para leer mejor. Esto es lo que allí estaba escrito:

Bienvenido, valiente que has hollado mil caminos y enfrentado a todos tus enemigos
Bienvenido, sabio que has discernido sobre todos los acertijos y seguido las pruebas
Bienvenido, fuerte que has superado las duras dificultades y te has obstinado en llegar hasta aquí

¿Cómo tú, viajero valiente, sabio y fuerte, has sido tan obstinado que te has cegado, ignorando a la razón y a todas las demás verdades? ¿Cómo has llegado hasta este punto siguiendo lo que muy pocos te decían, lo que la historia no respaldaba, lo que la mayoría de tus amigos te pedían no emprender? ¿Cómo, es que no lo entiendes?

Bienvenido, iluso, tú has pensado que un oráculo existía, que alguien que ve el futuro estaría esperando tu pregunta.
Bienvenido, desgraciado, pues no hay Dios que te salve ahora y todo tu viaje ha sido en vano. Nada hay por encima del hombre, la búsqueda de lo superior está condenada a lo inútil y aún cuando el hombre llega más allá de lo posible. Aún cuando se traspasa la última puerta y se adentra en este templo de esperanza, no se haya nada. Este edificio fue construido con mentiras y afirmado como un engaño, pero no, vosotros que siempre habéis de creer en algo, vosotros habéis decidido ignorar lo que dijimos y que la mentira era cierta. Habéis creado de lo construido humanamente una religión divina. Pero más allá de la vida, no existe nada.


Bienvenido, viajero, a tu tumba.