Miércoles fragmentado: Mrs Dalloway, Virginia Woolf

“In people’s eyes, in the swing, tramp and trudge; in the bellow and the uproar; the carriages, motor cars, omnibuses, vans, sandwich men shuffling and swinging; brass bands; barrel organs; in the triumph and the jingle and the strange high singing of some aeroplane overhead was what she loved; life; London; this moment of June.”

“En los ojos de la gente, en el ir y venir y el ajetreo; en el griterío y el zumbido; los carruajes, los automóviles, los autobuses, los camiones, los hombres-anuncio que arrastran los pies y se balancean; las bandas de viento; los organillos; en el triunfo, en el campanilleo y en el alto y extraño canto de un avión en lo alto, estaba lo que ella amaba: la vida, Londres, este instante de junio.”

Esta mañana condujo hasta Madrid. Hay allí una de esas cafeterías que le gusta frecuentar y donde llevaría a alguien querido de tenerlo. Siempre toma asiento frente al gran ventanal y allí observa a la gente, la lentitud de sus movimientos, como si fueran insectos bajo su microscopio, como retazos de película que se mantienen ahí mientras uno continúa mirando. Espera encontrar algo de paz durante esos momentos, también algo de verdad en esas cosas tan comunes que componen el lento discurrir de la vida. En ocasiones ha conseguido esa deseada tranquilidad, pero lo verdadero, si es que existe, aún se le escapa.

Ha vuelto hace unas horas, condujo los trescientos kilómetros hasta su casa del tirón. Al cerrar la puerta de esa jaula, en donde se siente a salvo, se queda mirando las llaves del coche. Nadie conoce su pequeña huida y se para a pensar en lo fácil que sería desaparecer para siempre. Deshecha pronto la idea, no hay nadie a quien decir adiós.

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Las delicias turcas

La caja era de plata. Pertenecía a un juego de café comprado en Turquía por su abuelo. Algunos de sus mejores recuerdos de infancia están unidos a esa caja. Las tardes de verano se acercaba al porche de la casa después de su siesta. Allí estaban ya todos los mayores: su madre, su tía y su abuela sentadas en un gran sofá de mimbre, abanicándose cuando el calor era tan pesado como de costumbre; su padre algo alejado junto a su cuñado, casi siempre discutiendo con un periódico en la mano; y el abuelo cómodamente instalado en su sillón, ajeno a las conversaciones de los demás. Desfrutando, aparentemente, del momento.

Andrew pasaba de la agradable penumbra del salón a la luminosidad del mundo. Se acercaba al grupo sin ver, cegado por el sol y frotándose los ojos, su abuelo le rescataba alargando su brazo y subiéndole sobre sus rodillas.

Ahora ya podemos tomar el café –decía. Entonces George hacía su aparición dirigentemente con aquel juego de plata. Siete superficies metálicas, brillantes, abrazaban vasos de porcelana. Las cucharillas tenían una piedra también blanca incrustada en su mango. La cafetera era un recipiente abombado con el mango de marfil. Pero la joya era la caja de delicias. Su madre la llamaba “la bombonera” porque así siempre conseguía irritar al abuelo. El hombre se atusaba los bigotes, y dejaba claro al instante que mientras viviera la caja no se llenaría de chocolates, ni tampoco quedaría vacía de los dulces turcos. Cumplió perfectamente aquella peculiar promesa, Andrew nunca pudo encontrar la caja vacía, parecía imposible. Las golosinas se multiplicaban por arte de magia.

El abuelo compraba el café en Colombia, encargaba dos sacos al año. Era el único en tomarlo solo, el resto añadía azúcar, crema o canela. A Andrew le sirvieron leche manchada hasta los trece años. Entonces pudo unirse al resto en el porche, mientras sus primos dormían la siesta. Ahora era a los pequeños a quienes el abuelo subía en sus rodillas. Su llegada anunciaba el café. El mundo veraniego de la familia no cambió durante muchos años.

Cuando la hora del café terminaba, cada quien decidía qué hacer durante la tarde. Habitualmente los hombres se encerraban en la biblioteca con el teléfono, y las mujeres paseaban o visitaban a los vecinos. George lavaba el juego de café y lo devolvía al despacho del abuelo, donde se guardaba en una vitrina. La caja, sin embargo, la colocaba siempre sobre el escritorio. A veces el abuelo dejaba a sus yernos ocuparse del negocio, y pasaba las horas en el despacho para leer o escuchar un vinilo. También escribía, pero Andrew nunca supo qué. El anciano le dejaba quedarse en la habitación. Cuando era niño llevaba sus juguetes y jugaba sobre la alfombra, con los años cambió los soldados de plomo por los libros. No obstante, la mayor parte del tiempo lo pasaba espiando a aquel hombre tras su escritorio. Conocía todos sus gestos: la manía de acariciar la tapa de la caja de delicias mientras pensaba en algo, recorriendo las marcas de la tapa con los dedos, las flores, las palabras árabes; cuando releía lo escrito en el papel dejaba la pluma sobre la mesa, y se atusaba el bigote retorciéndose los pelos; también chascaba la lengua si se apagaba su pipa, o giraba su alianza distraídamente al pensar en la familia (eso creía Andrew).

Por las noches, antes de irse a la cama, el abuelo llevaba la caja al salón, donde se reunían todos tras la cena. Entonces cada uno podía elegir la última golosina del día. Él mismo escogía una de pistacho, su favorita. Andrew prefería las de naranja amarga. De nuevo aquella caja era el punto sobre el cual giraba la vida familiar. Una monotonía feliz, rota no mucho después.

Con diecisiete años Andrew leyó en la prensa una acusación contra su abuelo. Según el artículo había estafado más de diez millones de dólares en negocios con los turcos. Lo hizo con la firma de los Estados Unidos. El escándalo fue enorme. Cerraron la empresa familiar, y los abogados y los federales inundaron la biblioteca, el salón, e incluso el porche de la casa. Se llevaron todos los papeles, todos los libros.

La hija pequeña se mudó con su familia a la otra punta del país, se llevaron a la abuela con ellos. Andrew se quedó, pero su padre no volvió a hablar con el suegro que tanto veneró un día. Sólo su primogénita y su nieto le visitaban alguna vez. Siempre durante no más de media hora. Todavía tomaban café, pero ya no en aquellas tazas de plata. La vajilla parecía reservada para los momentos felices, y durante dos años no hubo ninguno.

George encontró al abuelo muerto en diciembre, sobre la alfombra de su despacho. Según el médico fue un ataque al corazón. Llevaba en las manos la caja de delicias, y los dulces se habían desparramado por el suelo, creando una constelación multicolor. Hicieron el velatorio en el salón. Únicamente acudió la familia, aún así, ninguno de ellos se atrevió a decir una palabra en su honor. Se quedaron en silencio, de pie o sentados frente al ataúd abierto, con los ojos fijos en el cadáver pálido de un hombre bueno o desconocido, cada uno pensaba una cosa. Por la noche, en un momento de soledad, Andrew entró en la habitación con la caja de plata, eligió una delicia de pistacho. Luego la introdujo en la boca del anciano, se la cerró de nuevo y acarició aquel pelo prácticamente blanco, aquella piel fría, consumida por los años de enfrentamientos. Le enterraron en el panteón familiar.

Según se demostró, el fraude sí se había cometido. La familia se vio obligada a vender la casa y todos los objetos posibles. Andrew pudo esconder la preciada caja. Como tenía cierto valor, su falta no pasó desapercibida, pero nunca reapareció. Veinte años después un periodista visitó la casa de Andrew para hacerle una entrevista. Éste tenía el hábito de ofrecer una delicia turca a sus invitados. El hombre quedó fascinado con la caja, le preguntó su origen, y Andrew le contó toda la historia.

Fue el último trabajo de un reputado orfebre de Estambul. Las obras finales de toda una vida dedicada a la artesanía o al arte son siempre las más valiosas, guardan detrás de sí mismas el cuidado y la evolución de un oficio de décadas. Su abuelo había participado en varias reuniones secretas con el gobierno de Turquía. Los estados unidos querían instalar misiles apuntando a la URSS. Entre otras cosas, eso significaba tener a los soviéticos apuntando al país vecino. El acuerdo debía ser muy generoso con los turcos. Por eso él participó, llevaba años comerciando allí y les conocía. Pero la instalación también acercaría el inicio de otra guerra, esta vez con los la bomba atómica como mayor amenaza.

Lo que el gobierno veía como una medida de prevención, su abuelo lo juzgó una provocación innecesaria. Lo organizó todo para hacer desaparecer varios millones del acuerdo, camuflado como negocios bursátiles. Quería enfadar a los turcos para provocar la retirada de los misiles. Pero no funcionó, nadie se dio cuenta. Tardarían veinte años en hacerlo, para entonces su fraude ya no haría bien a nadie. Pero aquel día no podía adivinar su futuro. Acababa de arreglarlo todo y pensaba en las consecuencias para sí mismo. En el mejor de los casos le tomarían por un estafador, en el peor por traidor. Posiblemente no volviese a ver a su mujer o a sus hijas. No vería nacer el niño de la mayor, embarazada por entonces. Nadie entendería nada, le despreciarían. Pero no hacer nada era la peor opción para él. Si la guerra estallase, él sabría que pudo hacer algo y no lo hizo. Sería imposible vivir con ello. ¿Qué importaba? Ya estaba hecho. Ahora únicamente quedaba esperar.

Decidió pasar por el zoco. Estaba tan absorto en sus pensamientos que chocó contra un comerciante, tirándole al suelo junto a varios de sus sacos. Se excusó y le compró uno de ellos para compensarle. Estaba repleto de lokum, delicias turcas. Fue un feliz accidente. Compró la caja de plata para guardarlas. La llevaría a los EEUU como un recuerdo de su fraude, de su intento. Quizá algún día podría ofrecer una golosina a sus hijas o sus nietos, podría contarles la verdad. Con eso le bastaría. Si alguien creía sus palabras y le comprendía, entonces las consecuencias de su estafa serían menos importantes. Alguien sabría la verdad. Nunca fue un hombre ambicioso, sólo quiso vivir en un mundo más tranquilo.

Escena con hombre, mujer, tazas sobre la mesa, y globo azul al fondo

Se conocieron en 1985. Él había leído la novela de Orwell en su adolescencia, y todavía era suspicaz a los cambios políticos. Ella estaba obsesionada con la lluvia de bombas sobre Teherán. Tenían veinte años, quizá algunos más. Un amigo les presentó en un concierto, aquella noche sólo se contemplaron manteniendo la distancia, ella no estaba interesada, él era tímido. Su conocido común murió tras una mezcla indeterminada de drogas; se habían separado con la música y las mareas humanas, por lo que el shock no fue tan grande como podía haber sido. Tres días después volvieron a coincidir vestidos con traje, esta vez en el cementerio. Luego tomaron un café, recordaron a su amigo, fueron al cine, cenaron, él la acompañó a casa, ella le invitó a subir, y los dos encontraron perfecto el sexo. No pudieron desayunar juntos, él cogía un vuelo temprano.

Retomaron su historia de amor tres semanas después, pero el café ya estaba frío. Lo intentaron, sin éxito en la cama o en sus caracteres.

Doce años más tarde ella había abandonado los jeans y los tops ajustados, ahora vestía trajes, pañuelos al cuello, y gafas de cristal redondo. La estudiante de periodismo se había reconvertido en abogada, papá tenía un bufete, las oportunidades de una vida razonable y estable no se pueden desaprovechar. Él era profesor de literatura en la universidad, milagrosamente conservaba un buen físico, aunque lo ocultaba con éxito bajo su horrible ropa. Hubo una conferencia sobre utopías, eutopías y distopías en la literatura anglosajona. Ella vio su nombre en el cartel del evento. Acudió por curiosidad. De nuevo entablaron conversación en una cafetería. A ambos les gustó comprender que, pese a haberse vuelto más aburridos, no habían cambiado demasiado; esa era la impresión que daban. Se separaron pronto, ella tenía una cena de negocios. Esta vez dejaron pasar poco tiempo, comieron juntos un miércoles y recordaron viejos tiempos en la cama el sábado. Un año después ya vivían juntos, y terminaron comprándose una casa a las afueras, cerca de un lago.

En el porche, algo más de un lustro después, hablaron sobre tener un hijo, le pondrían el nombre de su amigo muerto si fuese un niño. La idea duró un día, a la mañana siguiente el hombre se levantó antes, como siempre, hizo footing, compró dos periódicos, -el de corte conservador para ella, el de izquierdas [pero no escandalosamente] para sí mismo- se tomó una ducha, y preparó el desayuno. Ella hizo su aparición con el olor del café, ya estaba vestida y peinada. En la cara no estaba su habitual sonrisa, tampoco le besó, era su costumbre pero por alguna razón hoy la evitaba. Tras beber media taza encontró el valor, le miró, y se negó a tener un hijo. ¿Por qué? Al principio pensó en los problemas de su carrera, pero después de nadar en el lago, cuando se vestía en casa y tenía aún la piel tirante por el agua fría, cayó en la cuenta de la pose de mujer hecha a sí misma, profesional y valiente. ¿Dónde se habían quedado sus antiguos miedos? No habían sido ingenuos, se negaba a considerarlos así. Mucho tiempo atrás ella tenía el deseo de viajar, de convertirse en corresponsal de guerra, quería evitar que esa peor cara del ser humano fuese maquillada. Tenía miedo a la manipulación desde los grandes a los pequeños. Creía en la igualdad como en una religión. Su marido también fue distinto, cuando se conocieron temía la vigilancia descontrolada, al gran hermano ordenador del mundo. Su sueño habría sido ser escritor, no por denunciar ningún peligro, simplemente por contribuir al entretenimiento de las personas, por crear algo bello. Pese a esos miedos antiguos, ahora comían en vajillas de diseño, conducían dos coches de gama alta, se gastaban enormes cantidades en compras innecesarias o en vacaciones de lujo. Mientras, en oriente próximo seguían cayendo bombas, Internet se expandía, ya entonces amenazaba con apoderarse de todos los procesos bajo la razonable idea de hacerlos más sencillos. EEUU estaba en su apogeo. Ella se preguntó si les afectaba un mínimo todo eso, al menos más allá de la exclamación indignada. ¿Cómo habían cambiado tanto? Aquella bofetada le mostró el tipo de vida elegido, su sentido. No le gustó, quería cambiarlo, por eso no podía tener un hijo, aún necesitaba dedicarse más tiempo a sí misma, todavía no había llegado a sentirse plena. No era quien quería ser.

Él escuchó todo sin interrumpir ni una sola vez. Ella, al final, le preguntó si seguiría a su lado, si estaba de acuerdo, si se atrevía a reinventarse, a renunciar a la comodidad de una vida bien resuelta.

Antes de dar una respuesta, él bebió un desagradable sorbo de su café, se había enfriado de nuevo.

Tarde de verano

Su mujer leía en voz alta, a él siempre le había gustado el timbre silbante que arrastraba con delicadeza. No le molestaba en absoluto, al contrario, disfrutaba escuchando con los ojos cerrados, realmente le importaba poco la trama, se limitaba a oír como se hace con la música a la hora de la siesta, atendía a la melodía, se dejaba mecer por ella.

El verano ya estaba avanzado, hacía mucho calor y después de la comida, en aquel momento en que salían a tomar café al porche de la casa de sus suegros, se conseguía relajar con el olor de la bebida caliente y la voz de su mujer. Era el mejor momento del día para él. Disfrutaba de no hacer nada como si fuera el placer más exquisito del mundo.

Aquel verano su esposa tenía un gastado volumen de Anna Karenina en las manos. Se sentaba en una silla después de haber servido el café y comenzaba a leer. Él se acomodaba en una mecedora y si percibía alguna brisa caprichosa entonces ya todo era perfecto. Apenas abría los ojos de no ser para tomar un sorbo de café, en esos momentos espiaba con fascinación los labios de ella mientras pronunciaba las palabras. La mujer seguía atenta con la lectura, por lo que él se reclinaba otra vez y dejaba caer lánguidamente los párpados. Aquellas últimas tardes se había descubierto a sí mismo acariciándose la barba, en una especie de imitación catalana de Tolstoi, le divertía la idea y a su mujer también. Además, el matrimonio Tolstoi era conocido por el intenso amor que se profesaron el uno al otro. También en eso se parecían, pero había otras cosas, como el hecho de que, al igual que Sofía Behrs hacía con su marido, también su mujer corregía sus torpes intentos de escritor.

Amaba a su mujer y no se lo decía muy a menudo, porque ese tipo de cosas son las importantes y sólo se han de usar en contadas ocasiones, cuando el sentimiento es más intenso. Algo así como joyas magnificas que uno luce en ciertas fiestas, porque hacerlo todos los días sería algo vulgar, ostentoso. Así que esa misma tarde, tras tomar un traguito de café, se quedó mirando el porche, el jardín donde su cuñado se entretenía escudriñando los rosales sin hacer ruido, luego contempló a su mujer.

-Te quiero -dijo sin preámbulos, a media voz.

Ella detuvo la lectura, le miró y sus ojos se encontraron. Sonreía, evidentemente le había gustado aquella declaración, algo que ya sabía y que, sin embargo, siempre le agradaba oír, a veces incluso lo necesitaba. Se sentía mejor, toda una princesa de cuento. Anna Karenina, de pronto, pareció una lectura obscena en aquella ocasión. Dejó el libro sobre la mesa, marcando la página con el cordón rojo. Seguían mirándose y ella se levantó, se acercó a él, se inclinó apoyándose en los reposabrazos de la mecedora y le besó tiernamente. No respondió después de aquel beso con sabor a café, no hacía ninguna falta. Se sentó en la mecedora sobre sus rodillas, no estaban muy cómodos pero les compensaba la cercanía. Se besaron de nuevo y permanecieron juntos, en silencio, escuchando el canto solitario del jilguero en su jaula del jardín. Así, con la tranquilidad de su cariño, ambos cerraron los ojos en aquella calurosa tarde de verano.

Satie

Me hace soñar, Satie es una pálida luz en la noche, una vela encendida sobre una mesa de caoba oscura o quizá una lámpara de papel que proyecta sus dibujos difuminándolos en el aire. Satie es la delicadeza y es la pintura ensombrecida de la pared, la sombra… Satie es un whisky de sabor añejo que deja un regusto a madera en la boca, es un beso suave y cálido que sella la promesa de algo más. Satie es tristeza. Satie es un quizás, lo es todo en posibilidades y no es nada realmente, algo efímero y bello.
Allá en la Barcelona de 1965 alguien me susurró que para tocar a Satie no se necesitaba cerebro ni dedos, sólo corazón. Luego recuerdo el vaso sudado que me pasó aquella mujer de jugosos labios y acento francés. Agradecí su generosidad y bebí un trago de aquella delicia color miel. Pregunté de donde era pero sonrió nuevamente, nunca había visto unos labios tan rojos, pensé; ella respondió: París, de dónde si no.
Paris, aquella ciudad significaba futuro, elegancia, la buena vida; era la capital de bohemios, club restringido al que yo apenas me atrevía a pensar que podía pertenecer.
Paris y Satie, todo tenía sentido de pronto. Aquellos labios rojos sonrieron de nuevo sin decir nada más, yo terminé la bebida y subí al piano por ella. Esta vez cerré los ojos y mis dedos buscaron una tecla y luego otra. Se formó poco a poco el Gnossienne nº4 y Satie invadió la habitación, el tiempo se detuvo en el ambiente cargado, el humo fragante de pipa y la esencia de los perfumes llegó a mi olfato como una dormidera y aquella melodía ya no la tocaba yo, manaba de las bocas de los allí reunidos, de su aliento. Nadie hablaba ya o no parecía hacerlo realmente. Las miradas se volvían, los gestos se tornaban lentos y dramáticos, la piel de la cara se estiraba en la sonrisa de una mujer joven que bajaba los párpados lánguidamente ante el esposo de alguna otra ignota mujer. Era mágico, Satie volvía aquellas pequeñas cosas diarias verdaderamente bellas, los hombres y mujeres que se reunían en nuestro café semisótano huían de los corsés de la España gris, porque sabían que la moral y el juicio de la sociedad los considerarían culpables. Ellos eran ahora protagonistas de una novela y sus vidas y malos actos eran la trama y eran importantes.
Aquella belleza francesa me lanzó un beso desde la entrada. Aún recuerdo la estela que dejaron sus labios rojos al volverse para salir de aquella escena de actores olvidados. Nunca la volví a ver pero aún hoy cuando toco a Satie se lo dedico a ella.