Funambulismo y ecos de Babilonia

¿Cómo enfrentarse a la vida? Tomarla por algo horrible sería fácil. Abrir las ventanas al ritmo de la séptima de Beethoven, sentir el viento agitar las cortinas con saña, mirar abajo, buscar los charcos, igual que lagos en medio del asfalto, observar el cielo, las nubes plomizas, ese techo imperturbable sobre el que Dios se ríe a carcajadas desde hace miles de años. Luego respirar, notar el frío calar en nuestras ropas, desnudarnos, repasar con las manos la propia anatomía buscando las rutas igual que lo haríamos sobre un mapa. Llegar a la cara, la boca y bajar deslizando los dedos hasta el sexo. Sacar un pie al alfeizar, después el otro y saltar cuando el allegretto esté en su punto álgido. Caer con la música, caer desembarazándose de la insoportable vida, ceder al fin a ese deseo de destrucción que la terca voluntad nos impedía.

No, cierras la ventana, dejas pasar el momento y tomas una larga ducha caliente hasta que la sinfonía se termina. Cambias radicalmente de banda sonora, es necesario, como si en la séptima hubieras buscado el valor para dar el paso en el vacío, ahora prefirieres evitar tentaciones. El juego de funámbulo no se ha celebrado y la música clásica parece no ajustarse al silencio, a la siguiente etapa después del fallido fin. La pantomima te lleva a Queen. Escuchas la letra quieto, atento para no perderte una sola palabra, identificándote con la historia y preguntándote por qué “the show must go on.” Se te ocurre que es la inercia la que te empuja hacia delante y te frena justo antes del salto. La canción termina. Después, como si hubiera sido convocada, te golpea la oración de Edith Piaf, también en inglés, pero esta vez dudas de sus palabras y, mirando el cielo, piensas en ese Dios carcajeante, en si será capaz de sentir piedad.

Sabes que estás condenado a la violenta expectación de tu propia vida. Es la consecuencia derivada de la historia: un día los hombres buscaron formas de llenar el vacío. No se dieron cuenta de que en el silencio estaba la respuesta. Quizá la culpa la tuvo un rayo, su trueno quebró una noche quieta, y a partir de entonces los hombres tuvieron miedo y buscaron protección, cuevas, armas y pieles con las que cubrirse. También observaron al cielo y pensaron en alguien enfadado y poderoso. El resto ha sido el desarrollo natural de un sentimiento. Las sociedades descienden de algo tan primario como el miedo, pero si alguien hubiese tenido el valor de infundir tranquilidad en el resto, si hubiera señalado las nubes como causa, entonces quizá los hombres aún disfrutarían de las tardes sobre las colinas o del mar en las playas. Si el silencio hubiera sido la primera piedra la evolución habría sido más dulce, sosegada, formada alrededor de sentimientos que dejarían la razón a un lado.

Pero ha sucedido otra cosa, y nuestra técnica se ha refinado, ahora levantamos grandes bloques de edificios donde adquirimos unas cuantas habitaciones mediante procesos cómicos, carentes de sentido. También hemos logrado comprender los truenos y ya no los tememos. Ahora existen trabajos intrascendentes de supuesta gran importancia, divisas para mover el destino de millones de personas por caprichos y juegos de sombras chinescas; hay envidia del exceso y un horror vacui extendido como una enfermedad. El amor se ha equiparado a contratos y se le ha cargado de preguntas, de tópicos, de miedos, de complicaciones. Ya no existe la simpleza, tú te mueves por la prudencia en vez de por el deseo. Evitas el daño pensando en las consecuencias, sin pararte a imaginar que quizá merecería la pena ser imprudente, quizá el premio fuese mayor. Pese al pensamiento no eres capaces de cambiar, y la duda te corroe empujándote hacia la seguridad de lo conocido, hacia el no apostar cuando se corre peligro.

Sabes que estás reglado, condenado. Has cedido a las metafísicas porque el mundo terrenal se ha transformado en un infierno sin solución. Lo sabes, por eso es paradójico que no te atrevas a dar el salto, y seas capaz de vivir pese a saberte culpable de la destrucción. Perteneces a una raza de heraldos de la muerte. El silencio se venga a través de ti. Eres una criatura ruidosa que parpadeará con su molesto cri-cri antes de desaparecer y dar paso al reinado del silencio y el vacío. El miedo desaparecerá contigo, por eso lo has intentado.

La siguiente canción que salta del reproductor ya te encuentra demasiado cansado para buscar metafísicas en ella. Te dejas mecer por la música, por la letra que no quieres entender. Ya no soportas más la excesiva exposición de tu desnudez, te aterra espiar tu cuerpo en los reflejos de la casa. Te pones ropa que huele a suavizante barato y te echas en la cama pensando en cómo pasar otro domingo igual que el anterior, exacto al próximo, invariable siempre, vacío incluso de la costumbre obligada del trabajo, hábito que te disgusta, pero que puedes resolver de manera casi mecánica. Se ha convertido en una forma de llenar los silencios, igual que lo intentas hacer con la música.

Frank Sinatra sorprende, suena anacrónico, no entiendes tanto romanticismo del tipo “vintage.” Acabas de superar la impresión. El mundo, no sabes por qué, vuelve a ser soportable. Entiendes que la primera pregunta que te hiciste es irresoluble. Se te ocurre considerar la vida como un salmo que se repite siempre de la misma manera, eternamente, quizá por eso ha perdido todo su significado y tus labios pronuncian palabras huecas sin lograr invocan nada, ecos inaudibles llegados desde Babilonia.

Te adormeces en la cama con Leonard Cohen y te encuentras en un sueño desprovisto de adornos, donde tú y aquel al que te gustaría poseer, estáis unidos como figuras en una caja de música. El baile es infinito, la mirada es infinita, pero el disfrute de la belleza única del otro os lleva al pánico. Bailareis hasta el fundido en negro de ese beso que tarda en llegar y suplicas.

Te hundes en la oscuridad donde desaparece la incógnita. Te sumerges en el sueño líquido donde el oxígeno no te quema por darte vida, donde el agua te recibe imponiéndose contra tu cuerpo, incorporándote en sí misma, rebelándose como el molde original del que provienes. En algún momento abrirás inevitablemente la boca y el líquido recorrerá ansioso los huecos vacíos de tu cuerpo. Así, suspendido como un pez muerto en medio de dos superficies, ya no sentirás la necesidad de afrontar la vida y podrás descansar en ese apacible éxtasis amniótico y denso.

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Perder

Existe una ciudad, escondida entre las lomas que crecen en la estepa amarilla, bajo un cielo de color puro donde las nubes se arrastran y dejan huellas nebulosas. La ciudad está en ruinas, cubierta de maleza y árboles que abren muros y techos en busca de la luz. Los adoquines son resbaladizos, se han convertido en una superficie levantada por las raíces de los árboles y carente de sentido. El camino se confunde con los restos de la iglesia desmoronada. Todavía allí resiste la imagen de una virgen, rota, con la cara salpicada de un rojo inexplicable, expuesta a la lluvia y al sol, sin corona y con ratas recorriendo los restos del altar, colándose entre sus pies desnudos. La imagen observa la calle arruinada, desde la cual un único espectador le devuelve la mirada, fascinado por su permanencia entre los débiles muros. No hay arquitecturas verticales en esta ciudad vencida a la naturaleza.

El lugar es necesario, lo habita un hombre, una sombra. Una voz que entabla conversaciones con lo perdido en las salas pintadas por personas que ya no existen, buscando el eco de sus palabras como respuesta que ocupe el lugar dejado por aquel que falta.

Tiene la costumbre de dormir en las calles de la ciudad; se tumba para observar las ramas de los árboles que prenden un paisaje celeste cada vez distinto. Piensa en esos olmos vigilantes de la calle, alternados con farolas apagadas, derrumbadas como si ellas mismas fuesen árboles vencidos ante el tiempo.

Se pregunta qué produce una obsesión. Podría ser la evolución natural de los deseos, pero si estos se desarrollasen no se enquistarían de tal manera; tampoco si lo anhelado se olvidase, pues así se diluiría en el tiempo sin dejar rastro. La represión produce esa ofuscación, alojada en lo profundo para hacer nacer una planta trepadora, difícil de eliminar.

Las obsesiones se propagan por el cuerpo, lo envenenan para darle un cariz distinto a su sangre. Se inocula de forma tan natural que termina por conquistar al desdichado pese a la voluntad de lo contrario, pese a conocer en todo momento la dirección a la que se quiere llegar. No importa lo mucho que se quiera evitar, al final el hombre gira la cabeza, la eleva hacia una ventana conocida. Busca en ella la luz que revele que al otro lado hay alguien, una persona distinta a cualquier otra, el objetivo de su obsesión; agua, oxígeno y luz de la planta que germinó desde su deseo refrenado. No existe antídoto, la racionalidad sirve de poco. No importa que la ventana ahora enmarque una parcela de azul y nubes, él seguirá mirando, ocupado en observar el pasado una y otra vez.

Su obsesión le impide abandonar esa ciudad. Se abre paso entre los restos de momentos que una vez tuvieron lugar, recuerda con calidez lo que ahora le produce frío. Se divierte contando las pulgadas que gana una grieta cada día, hace cálculos para saber cuánto tiempo se necesita para que todo se convierta en polvo. Las estructuras se vendrán abajo, terminarán por aplastar la virgen manchada, entronizada en la miseria.

Pero un vagabundo se debe a los lugares conocidos donde sabe encontrar un refugio. Quiere volver al pasado, repetir las escenas que le hicieron feliz, continuar el camino prometido. Todos los días son un fantasma que se anuncia expirando desde sus sueños cuando despierta, acompañándole con el viento que se cuela por las ruinas y le sorprende con quejidos futuros ya imposibles. Como si el mañana ya hubiera ocurrido en esa ciudad a la que se agarra, desmoronada por la inconsistencia de los deseos y cuyas ruinas permanecen porque no han sido contadas, por la obsesión de un hombre que fue feliz hasta que perdió a alguien.

Caer

La pupila es una mota de vacío. Parece extraordinario que en el rostro, en esa parte de la anatomía a través de la cual se dice que asoma el alma, haya un punto oscuro, un hueco, un abismo rodeado de una irisación asombrosa. ¿Es en esa oquedad? ¿Está ahí el alma a la espera de que alguien se acerque? ¿Es su lugar? Quién sabe… Mi pupila es ordinaria, no puedo adivinarme en ella. Quizá me equivoco y el espejo sea erróneo para buscar una distinción. Es posible que sólo otro ser humano tenga el poder de atisbar más allá de lo que es un simple órgano. Sí, puede que tal circunstancia pertenezca a una ley que ordene la metafísica de lo corporal.

Pero hay peligro, abismarse siempre conlleva peligro, incluso aunque el hueco sea tan ínfimo como el de una pupila. Se corre el riesgo de caer, de perderse en la caída. Yo he caído, hubo unos ojos que contenían un encantamiento y me asomé a ellos absorto por el color de su iris. Caí. Caigo. No pude evitarlo, la atracción era excesiva para mí.

Ya no sé salir, el tiempo me ha acostumbrado al vértigo, a la oscuridad, a la ingravidez. Estoy atrapado. Los ojos ya no me miran, no me sienten en ellos; ahora buscan a otros, se posan en distintos cuerpos, descubren nuevas anatomías, se cierran ante un placer del que yo no participo, me ignoran. ¿Cómo salir? He sucumbido en una nada que no me acoge, en la que soy intrascendente, en la que nadie me verá al asomarse a esas pupilas. Hubiera preferido ser devorado, destrozado entre dentelladas de rabia o de intimidad engañosa. No tuve suerte y mi recuerdo no es siquiera alimento para el vacío. No he sido asimilado, no he pasado a formar parte de nada. Soy un mero objeto que se hunde.

Me pregunto si esta oscuridad tendrá la característica de la tinta, si ya seré de la misma tonalidad que ella. Me pregunto si me desharé algún día, si terminaré estallando en llamas incoloras, consumiéndome. Me pregunto por el fin, por el fondo de este abismo, de estas pupilas, por el golpe contra una superficie que quizá me refleje una última vez en forma de recuerdo. Dejo de preguntarme. Sigo cayendo.

Ecos de sadismo

Dejadles caer, dejadles, dejad que su guerra dure otros mil años más. Yo restaré aquí, yo seguiré observando y permitiré que todo cambie para que todo siga igual. Llevo escuchando el ritmo seco y monótono de sus pasos desde que nacieron, desde que abrieron sus alas en la sombra y rompieron a volar contra la luz.

Cuando sus garras ennegrecidas rasgaron la tela blanca y aparecieron los guardianes también fui yo quien reía. Sí, soy el demente de dientes temblorosos, de chasquidos de hueso, de carne hinchada… Soy un monstruo, lo declaro, pero también yo soy el hacedor y en mi posición lo corpóreo tiene poca importancia. Lo masivo en este mundo que yo dirijo proviene de lo creado: es el hilo viscoso de los pensamientos que resbalan desde los babeantes, es el bronce sin pulir de los pensadores, es el mármol lacado de los que comedian. Yo soy.

Me muestro como un buen secreto, sólo dejando que mi silueta aparezca, sólo proyectando esta voz que os hace gemir. Sí, ya sabéis quién soy, lo tenéis en vuestra cabeza, mi nombre recorre el camino de lo posible pero no os atrevéis, no os decidís ni siquiera a susurrarlo porque hacerlo lo confirmaría. Mirad la noche desde el interior de una habitación, observad a dos pasos de la ventana. ¿Qué veis? No podéis rehuirme.

Dejadles entonces, yo sigo divirtiéndome, sigo dirigiendo todo sin cansarme porque destruir es tan divertido como crear engendros. Soy fértil y pródigo en hijos, los creo sin permitir que se sepa si es o no a mi semejanza. Mi ejército de niños crece delante de mí, protegiendo al padre; luego siembro en ellos la envidia, el odio, la ira, la discrepancia, el sentido de la justicia, distintas morales, distintas certezas y la duda. Por último, ya adultos, les hago entrega de espadas y arcos, de viejas hachas, de cañones y dejo que comiencen la guerra. Dejadles, sí, porque ellos son mis hijos.

Y yo y mis hijos, mis ojos y mis manos, lo masivo de mi aliento, lo leve de mi cuerpo oculto, la sangre que ellos derraman, la propia luna, las estrellas, las noches opacas, los días bien nublados, la lluvia de cenizas, las ojeras manchadas de amarillo, las heridas donde meto mis dedos para decir que sí creo, los sexos de donde bebo para saciar lo que no sacio, todo ello se une y se sincretiza y el conjunto que surge de mí a mí se refiere. Todo es uno, el círculo se cierra: mis carcajadas desencajarán la mandíbula de mi calavera, el dolor volverá ocres mis huesos y quebradizas mis palabras.

Ahí agazapada, aún con el cordón umbilical uniéndola a mí, yace una bestia que me observa con violencia. Atacará porque yo lo quiero y se enfrentará con sus colmillos a mi cuerpo de sombras. ¿Me desgarrará? Yo solo deseo asistir a la caída, a la guerra, quiero que el dolor que produzca sea tan agudo que me arranque la declaración que tanta sangre requiere. Entonces podré decir yo mismo mi propio nombre, y adivino el momento tan exquisito, tan insufrible, que querré morir de hartazgo ante la razón. 

Dejadles caer y comenzará todo.

Balada de un día de octubre

El caballo lleva una barda con tres abedules blancos. El jinete hace trotar a la montura sin forzarla en exceso. Está perdido en sus pensamientos, silba alguna tonadilla de cuando en cuando y se distrae girando la cabeza de un lado al otro. No conoce ese bosque, pero pretende dominarlo pronto. Por otra parte la luz le recuerda a su hogar, el bosque le recuerda a su infancia. Está relajado, no espera encontrar allí batalla, cuando reconozca el terreno se adentrará en la ciudad, buscará dónde hospedarse, encontrará aquellos con quienes tiene intención de entablar largas conversaciones y luchará sin saña cuando sea necesario.

Sin previo aviso el caballero enmudece y obliga al animal a detenerse. Un niño yace cerca de un estanque, no muy lejos de donde él se encuentra. Se fija bien en la pequeña figura: es una aparición. ¿Duerme? Tiene los cabellos dorados desparramados sobre el verde del campo. La camisa blanca está abierta y expone su pecho pálido. El rostro está limpio de toda maldad, de toda experiencia. No puede distinguir sus rasgos por la distancia pero le parece la encarnación de una flor, algo bello sobre el que hubieran exhalado una respiración fresca.

El caballero baja de su caballo. Deja a los pies la espada y el escudo, luego se quita el yelmo y los guanteletes de acero. Avanza. Sus pies aplastan las margaritas sin darse cuenta del hecho. El niño despierta con el chillido del metal y el crujido de las correas. El caballero tiene ya ensayada una sonrisa para apaciguarle, pero no hay miedo en quien le observa, no hay siquiera sorpresa. Eso le perturba, duda y termina por detenerse.
-¿Quién eres? –pregunta con curiosidad el niño.

El caballero parece maravillado, lleva las manos a su pecho, al peto con el emblema grabado y mellado, luego responde. El niño asiente muy serio:
-Aquí no crecen abedules blancos, caballero.
-¿Y tú quién eres, niño de nieve?
-Soy el príncipe de las espinas, hijo de un rey de mirada ausente. Vivo en la ciudad, sobre las arcadas y bajo las formas puras de la mañana.

El caballero está confundido. No entiende una respuesta tan críptica. Observa el bosque a su alrededor, se siente algo incómodo, pero la curiosidad le vence. El rostro iluminado del príncipe le atrae. Pregunta por el lugar, el niño no se mueve, se toma un instante antes de parpadear y responder:
-Este es reino de olivos y baladas amarillas. Al regresar del campo los bueyes hacen sonar sus esquilones de plata y las doncellitas los escuchan desde barandas de color verde esmeralda, ellas esperan a soldados que no regresarán nunca. Los gitanos, por la noche, destrozan esqueletos en busca de dientes de oro que llevarse a la boca. El rey ha abandonado toneles llenos de sal en las aceras más pobres y algunos hombres han probado el mineral quemándose para siempre sus lenguas. Aquí la gente celebra las bodas a la luz de la luna llena y los entierros son siempre anónimos. En este mismo bosque una viudita busca a su marido sin saber que está muerto cerca de las fuentes. Es reino de luna, de sombra y aire.

El jinete se ha ido acercando con el relato, pero la última frase le resulta extraña; más extraña aún que todo lo demás. Tiene el gesto fruncido, se pregunta si el príncipito no estará burlándose de él. Comprende, de pronto, que la cara que creyó ver infantil no lo es tanto, ahora puede vislumbrar el vello que aparece en el pecho descubierto. Sus labios también son demasiado serios. Le asusta algo en él que no es capaz de entender, pero la belleza es más fuerte y se acerca con otro paso y otro más.
-¿Qué haces aquí? –pregunta.
-Espero –responde al punto- ¿Y tú, caballero?
-Avanzo –explica en el que cree que es el mismo juego.

El niño asiente, por primera vez se mueve él, camina hacia el otro. Se aproxima cuidando cada pisada, sus pies están descalzos. Hace otra pregunta que no encuentra respuesta.

El hombre está a dos pasos del joven, ahora ve que es de su misma altura, sólo le gana por las grandes botas. Con la armadura también parece mucho mayor que el príncipe que creyó niño, pero hay algo de barba en su cara y unos ojos que le obligan a atragantarse con palabras que no dice. En un primer impulso acaricia sus hombros con torpeza.
-¿Qué ojos son esos, pequeño príncipe? Parecen de piedra…

El niño que no es tal baja los párpados para pensar, coge la mano del caballero y la lleva hasta su cara. El tacto del pelo no es sedoso y la piel es dura. Los labios están resecos. En un arrebato de ternura el jinete le abraza, por alguna razón le cree sufrir, lo sabe. El príncipe se deja y responde de la misma manera. Ambos se aprietan en un mutuo comprenderse, con necesidad, con hambre. Sin saber por qué se besan tiernamente durante un instante que trae el anochecer. Su sabor es de naranja amarga y huelen a rosas y azucenas.

Cuando el caballero separa su cara de él, los ojos extraños son más profundos y siente vértigo al mirarse en ellos, el rostro bello se le antoja ahora algo monstruoso. Siente una punzada de miedo, no comprende la transmutación. El príncipe tiene la frente manchada de sombra. Esta vez sonríe, y la sonrisa, aunque llena de dulzura, le espanta por hallarla antinatural. Se acongoja. Esta vez sí da un paso atrás, luego otro. El joven no dice nada, le tiende la mano en espera de que él la coja. El caballero contempla la pequeña mano desnuda, luego consulta aquellos ojos y duda dejando que el dudar tenga la máxima duración posible. No puede evitar ojear lo que ha dejado atrás: el caballo ajeno a toda la escena. No vuelve a mirar al príncipe, ordena a su cuerpo que se aleje. Paso a paso, con cierta prisa, se coloca los guanteletes y el casco, la espada y el escudo. Clava los talones en el caballo y la montura obedece, se aleja. Cuando se siente seguro el caballero mira atrás: el príncipe vuelve a parecer un niño, en ese momento lanza un clavel a los sapos del estanque y desaparece tras los árboles sin hacer ruido.

Rojo

Esta es la prueba, este cuadro ante mí está lleno de fuerza, de palabras, de historia y también de religión. Uno podría pensar que un lienzo colosal producirá ante el espectador una impresión mucho mayor. Rothko lo sabía, él deseaba abrazar al espectador, engullirlo en ese vientre tenebroso de reflexión. Sin embargo mi cuadro es pequeño, una tela que podría ser adquirida por cualquiera para colgar en cualquier casa. Su tamaño es ideal para ese movimiento, ese intercambio de mundos que provocamos las personas en cada mudanza. Sí, el formato importa, igual que importa lo representado y la forma de hacerlo. Mi cuadro es una caída, el movimiento llevado al exceso, una titanomaquia donde Cronos ya ha sido vencido; es Cristo porque ha de estar ahí, en el color azul y blanco del cielo, en la iluminación más allá de la primera impresión. Sí, la tríada está representada y sin embargo son sólo color. El resto es violencia, rojos, negros y desnudez. La crueldad nos recuerda a Apolo, ese dios de belleza tan terrible como su ánimo. Él es el dios del sadismo y nosotros, espectadores mortales y humildes, hemos de preguntarnos cómo hemos de escapar de su influjo, cómo si somos herederos directos de él, si ante la caída, ante el cuadro, nos plantamos con la sonrisa torcida, cínica, o el gesto indiferente de un Commendatore resucitado. Hemos de elegir una de las dos vía, la que derroca a Dios, la de Don Juan, o la otra, la que lo venera, la que se declara heredero y continuador.

Ese es nuestro mundo y todo por un cuadro, un cuadro de caída donde leemos el bien, donde leemos el mal y donde se nos habla del mito, de la imagen, del hombre, de la mortalidad, de la lucha y de la derrota. Sí, porque esa desnudez de eternidad, a la vez tan expuesta, es una imagen de futuro, una promesa y una amenaza desde Dios, desde el commendatore que retorna para hablarnos del futuro, para condenarnos en caso de que seamos tan osados como para dar la espalda al Padre. No podemos matar a la divinidad pero podemos intentarlo y esa es la lucha que se representa, la consecuencia de la batalla, la inevitable derrota: fracasarás -dice Dios. ¿Cómo no temblar?

Es un pequeño cuadro lleno de ángeles fulminados por la mano izquierda de Dios. ¿Quién lo colgaría en su casa? Acaso el dormitorio sería un buen lugar, repitiendo el hábito del rey oscuro de España. Es sabido que Felipe amanecía en la soledad de su cama y que lo primero que veía ante la luz del amanecer era el tríptico de El Bosco. Felipe pensaba en el pecado, en Dios, en la mortalidad. Amanecía con ese pensamiento mítico porque debía dirigir un país, firmar decisiones prosaicas, vivir de, en, para y por la tierra y la sangre. Por eso el cuadro estaba en su cuarto, para recordar que había trascendencia, que más allá de las manchas de tinta en los puños de su camisa habría un Dios, o al menos una creencia, quizá sus ojos buscasen la gracia.

De repente la idea de un traslado del cuadro parece impensable. Pensamos en los museos como una suerte de templos modernos donde se adoran ciertas obras, ciertos autores. Sobre el altar está el arte mismo, lo que el arte significa. Allí está bien el cuadro, encerrado, dispuesto sobre el muro blanco y disponible a la mirada de cualquier paseante que desee, pueda y se atreva a colocarse delante de la pequeña caída, que es enorme. Resguardar la tela en la casa, en el dormitorio, es monstruoso, un acto de sadismo para con nosotros mismos. No, yo no podría mantenerlo mucho tiempo bajo mi mismo techo, su color, el sanguíneo rojo, terminaría por volverme loco, por desatar lo más primitivo que hay en mí, por convocar a la lucha.

Ya es demasiado para mí, me aparto, salgo de la sala y me siento ante un lienzo muy diferente que no me molesto en escudriñar, en vez de eso observo la gente vagar de un lado a otro mientras el rojo desaparece poco a poco de mi retina, como una impresión de color que se deshace ante el mundo real, la tierra de Felipe.