El precio de la inocencia

Giovanni Stassi le había llevado hasta Adèle Lambert, una francesa bella pero tan frágil como una figurilla de cristal, apenas se mencionó el nombre de Kraus ella lo vomito todo. Prorrumpió en datos, en fechas, en nombres y su verborrea convirtió la, hasta entonces más bien escasa pero bien ordenada información, en una sarta de incoherencias y recuerdos superfluos que poco ayudaban. El juez Kohner, ahora ministro, tuvo que dejar que pasaran unas semanas para que la mujer se tranquilizara y tras un mes de interrogatorios en los que habían cambiado las frías salas del ministerio de moral y ley por un lujoso café de la plaza del segundo milenio, por fin ella dio un dato valioso: la ubicación de la hermana de Kraus. Encontraron a Violeta y a su hija Emma en un pueblecito cercano a Hannover, el “encuentro” como se denominaba en la jerga del nuevo derecho, fue complicado. Algo salió mal en la coordinación de las fuerzas y la incursión en la casa familiar se hizo sin el acostumbrado previo aviso de intenciones, el marido de Violeta murió al atacar a un policía inquisitorial y Emma perdió los nervios. Su traslado hacia Ciudad Capital fue difícil y la pequeña se encerró en un mutismo de la que los psicólogos consideraban difícil de sacar. Violeta, por su parte, se mostró amable, resuelta y absolutamente impenetrable. Durante dos meses Kohner no sacó nada de ella sobre Richard Kraus así que hizo lo que tenía que hacer, llevó a las dos mujeres al ministerio, se encerró con ellas en una de las salas de interrogatorio y cargó su pistola.

-Violeta –dijo el ahora ministro sentándose frente a ellas y poniendo el arma encima de la mesa metálica- hemos pasado juntos casi ochenta días… hemos hablado de muchas cosas. Confieso que me has sorprendido, por tu entereza, por tu impasibilidad, por la inquebrantable fe en tu hermano. Pero ahora necesito que me digas algo, algo que me sirva para llegar a Richard, cualquier cosa que impida que haga lo que tengo que hacer.
Emma comenzó a gimotear como una niña pese a superar con creces la veintena. Su madre, echándose atrás un mechón plateado negó lentamente mientras miraba a Kohner con aquellos ojos pequeños y preñados de las finas arrugas que le daban aquel aspecto hermético.

Kohner asintió, miró a Emma con dureza y esta, por fin, se derrumbó.
-¡Dile algo, mamá! –gritó cayendo de la silla y agarrándose a su camisa- ¡Algo! ¡Nos matarán a las dos! ¡Papá ha muerto! ¡Dile donde está Richard! ¡Joder! ¡Si lo supiera lo diría yo! ¡Díselo!

Ella se arrodilló al lado de su hija y la abrazó sin decir una sola palabra hasta que terminó por calmarse. La dos ocuparon sus asientos y Emma quedó mirando al infinito sollozando aún de cuando en cuando. Roger tendió un pañuelo a la hija que tomó con un inaudible “gracias”.
-No diré nada. Es mi hermano –Dijo Violeta.

Kohner asintió, sacó su red del bolsillo y accionó un botón, de pronto todas las luces se apagaron. Emma dio un gritito de temor y sorpresa, al punto una luz roja auxiliar inundó la sala. Bajo esa luminosidad los gestos de aquellas tres personas se mostraron premonitoriamente sanguinolentos, alargados por sombras oscuras que anegaban cualquier otro color o pensamiento
-He desactivado la electricidad del edificio –dijo el ministro hablando con rapidez- a todos los efectos parece un fallo sencillo que arreglaran en menos de dos minutos. Soy Roger Heinrich Köhner, ministro de moral y ley, juez inquisitorial. Con diez años me sacaron de casa de mis padres muertos en la tercera gran guerra. Quiero a tu hermano, Violeta, porque él tiene la clave que puede desmoronar toda esta dictadura de mierda que nos tiene oprimidos.

La luz volvió en aquel momento, haciendo desaparecer el tinte rojo que aún no había desaparecido de las retinas. Por un momento ellas creyeron que había sido un sueño.
-Violeta. –continuó Köhner como si no hubiera dicho nada de lo anterior- dime algo.

La mujer parecía haberse quedado sin agua, tomó el vaso y bebió para aclararse la boca. Su hija había dejado de sollozar y miraba a los otros dos con asombro.
-Viaja constantemente–dijo por fin-, el año pasado estuvo en Cabo Verde. No sé nada más.

El juez se reclinó en la silla, sin apartar la vista de la mujer. Negó y suspiró exasperado.
-¿Nada más?

Violeta negó.
-Mientes. –Dijo Roger levantándose del asiento y recogiendo su pistola- ¿Acaso no te he tratado bien? ¿No te he acogido sin violencia y con privilegios que apenas algún otro detenido tiene? ¿te hemos maltratado? No, nada de eso. Te niegas a ayudarme.
-Matasteis a mi marido. –dijo mirándole a los ojos.

Roger negó con pesar.
-El se abalanzó con un rifle sobre un policía. ¿se iba a dejar matar mi hombre? –Köhner hizo una pausa como si esperase respuesta, luego levantó la pistola y apuntó a Emma, que chilló de nuevo, apartándose contra la pared.- ¿Sólo reaccionas a la muerte, Violeta? Puedo arreglarlo.

-¡NO! –gritó la mujer- ¡Karen! Su esposa se hace llamar Karen McAdam… vive cerca de Barrock, en Reino Unido.

Köhner apartó la pistola, en aquel momento madre e hija ya se abrazaban en el suelo. Las miró durante un minuto en silencio, luego asintió.
-Gracias y… lo siento, de veras, no quería asustaros.

Köhner hizo una mueca y salió de la sala. Le esperaban dos personas en la sala de control, Charles y la juez Agathe Mercier, que abrazó a Köhner con afecto.
-Lo siento, Roger… –Dijo- hay que hacerlo…

El ministro asintió observando a través de las pantallas a las mujeres que se intentaban tranquilizar la una a la otra.
-Lo sé, querida, pero no me gusta nada… Charles, llévalas a su hotel, que coman lo que prefieran e invítales al teatro si les apetece. Luego no sé, algo en unas copas o una inyección por la noche… lo que sea más apropiado y más indoloro.

El secretario asintió, al salir de la sala apretó el hombro del ministro en un gesto de afecto que no era propio de él.
Agathe se quedó con Roger hasta que las mujeres salieron de la sala, despareciendo del registro de las cámaras.
-Había que hacerlo, dijiste demasiado y no podemos permitirnos ningún desliz. Lo sabes…

Köhner asintió, dejándose coger del brazo por la regordeta Agathe que lo llevó a través del pasillo.
-¿Comemos algo? Han abierto un nuevo restaurante que lleva mi nombre, no creo que me nieguen una mesa ¿verdad?

Köhner sonrió levemente y asintió sin convencimiento. Observó con desprecio la fibra azulada que recorría las cornisas de la habitación y registraba todos sus movimientos y palabras. Aquel “hilo del gran hermano” le hizo recobrar un poco de ánimo, convencerse de había algo real detrás de todo lo que hacía.
-Esta es la parte mala, Agathe, cuando uno hace lo que tiene hacer contra sí mismo.

Ministro

Roger Köhner entró en la sala mientras se desabrochaba la gabardina mostrando un frac sencillo con enseñas militares: la estrella de honor, la cruz del mérito y el águila de plata.

-Viene muy elegante hoy, juez –dijo la voz pastosa de Giovanni tras la mesa de metal.

Köhner sonrió sentándose frente al hombre de pelo grasiento y moratones en la cara.
-Tengo luego un asunto…
-Ministro de moral y ley –sentenció Giovanni Stassi-. Hasta en vuestros calabozos blancos ha llegado la noticia… mi enhorabuena, ministro.

El juez asintió mientras abría la carpeta roja y buscaba un documento en concreto. Tardó un minuto en el que se mantuvieron en silencio.
-Gracias por tus felicitaciones -respondió por fin levantando la vista con tranquilidad- confío en que los guardias no te hayan agredido más.

El labio inferior del preso tembló, pero luego negó con firmeza:
-A usted todos le hacen caso.
-Soy el ministro ¿no? –dijo sonriendo con cierta afabilidad aunque sin perder su gesto duro- Por eso si te digo que puedes salir de aquí sin cargos me vas a creer ¿verdad?

Stassi asintió con todo su corazón.
-Bien -continuó-. ¿Dónde lo habíamos dejado? Ah, el verano de 25. Fue entonces cuando viste por última vez a tu viejo amigo Richard Kraus. Según nuestras anteriores reuniones sólo recibiste un mensaje de él hace dos años, en las navidades del 28 a causa de la muerte de su madre. Te pedía que retransmitieras a su familia su dolor y que les apoyaras con dinero si estaban necesitados. Fuiste al velatorio y, aunque no necesitaban dinero, sí que compartisteis unos días juntos. Según tu relato comiste con la hermana de Kraus, Violeta, en una casita cerca de Carcassonne. Pero eso fue antes del levantamiento de Narbonne, cuando la ciudad y todas sus inmediaciones fueron arrasadas. Bien, era un callejón sin salida. Luego mencionaste en nuestra última sesión a un tal Lambert. ¿Me podrías hablar de él?

Giovanni dudó, sus manos vendadas temblaron sobre la superficie de metal, sin saber bien dónde meterlas. Tomó el vaso de agua y bebió con dificultad. Köhner le observaba con paciencia. En la mente de Stassi se llevaba a cabo una batalla interna entre sus principios, el dolor que le habían causado, la posibilidad de la libertad y la amenaza de la muerte o del encarcelamiento. El juez leyó en los ojos del italiano una resolución que le daba a él la victoria.
-Lambert, Adéle Lambert. Es una mujer.

Roger revisó la lista de nombres que tenía ante sí y que había apuntado él mismo a lápiz.
-¿Quién es? –preguntó con voz suave.

-Una amiga de Richard… fueron amantes hace años.
-¿Qué tiene que ver con toda la historia del entierro de la madre de Kraus?

Giovanni dudó de nuevo, sonrojándose un tanto:
-Estaba allí y…
-Entiendo, os acostasteis.

Stassi afirmó:
-Es muy bonita, con el pelo rubio y los ojos verdes…
-Muy comprensible, sí –añadió el juez apuntando la descripción- ¿Dónde la puedo encontrar? –preguntó sin rodeos, mirando directamente a los ojos al italiano.

Él desconfiaba, se miró las manos, rotas en varias ocasiones. Köhner comprendió a la perfección.
-Te doy mi palabra de que la trataremos como a una dama. –dijo.
-Ella… es… trabaja en el gobierno de Aquitania IV… departamento de estado. Se dedica a resolver problemas de transporte…

Köhner ya había sacado su “red”, una placa de cristal de color esmeralda sobre la que tecleaba. Cuando terminó una mujer apareció en holograma sobre el dispositivo. En efecto era rubia y con los ojos verdes. La información de la ficha estaba perfectamente cumplimentada y su nombre completo era Adèle Marie Lambert. Aquello era un gran descubrimiento. El juez estaba eufórico, guardó el aparato y cerró apresuradamente la carpeta. Tendió la mano al italiano, que la tomó sorprendido. El apretón fue suave para no dañar la mano del herido.
-Muchas gracias Giovanni. Tu ayuda es inestimable. Perdona que me vaya tan rápido pero tengo ese asunto del que te hablaba. Ordenaré que te declaren libre hoy en unas horas. Gracias de nuevo, ha sido un placer.

El asombrado Stassi no pudo contestar, el juez salió veloz, cerrando tras de si la puerta. Un joven rubio, alto y de aspecto aniñado le recibió recogiendo la carpeta que el otro le tendía. Ambos se encaminaron por el pasillo y entraron en el ascensor donde el juez pulsó el último botón. Suspiró.
-Magnifico, Charles, ha sido magnifico.

-Llega tarde a su nombramiento, señoría.
-No importa, no importa –dijo Köhner apoyando la cabeza sobre la pared-. Estamos más cerca. Apunta… –dijo mientras el joven sacaba su placa vítrea- Que liberen a Stassi. Sí, no me mires así, nos vale más libre. Si intenta contactar con Kraus lo sabremos. Que le vigile alguien de los nuestros… Luego prepara todo para que nos traigan a Adèle Marie Lambert es funcionaria en Aquitania IV.
-Numero 05.876.932GY-3 –dijo el rubio.
-Será, yo que sé, compruébalo en mi red… Que la engañen, monta un congreso de lo suyo si hace falta, no quiero ninguna sospecha. Llama luego a Agathe…
-¿La juez Mercier?
-Claro… ¿quién si no?
-Estará en el nombramiento.
-Cierto, lo olvidaba. Bien, déjalo, ya se lo diré yo. ¿Algo de nuevo?
-Tenemos un problema con el ministro Dubois… ha estado haciendo muchas preguntas.
El rostro del juez se ensombreció por un instante.

-Pero no se inquiete, señor; no sabe nada. Sus preguntas se deben a la cantidad de hombres de su ministerio que usted solicita. No le gusta que le toquen a su ejercito de gabanes negros.

El ascensor llegó a su destino, un gran pasillo alfombrado conducía a unas puertas acristaladas por las que se vislumbraba un enorme salón con muros de vidrio donde se aglomeraba la flor y nata del Reich.

Köhner salió del ascensor pero se giró antes de encaminarse hacia la fiesta.
-Escúchame bien –dijo en voz baja- quiero que redactes una ley para la creación de una policía inquisitorial para la ejecución de los asuntos del ministerio de moral y ley.
-¿Con qué razón?
-Alega la necesidad de una mayor maniobrabilidad. Yo diré algo en mi discurso de agradecimiento por la investidura y todo estará atado. Dubois ya no podrá meter las narices.
-Sí, señor ministro. –respondió Charles con una sonrisa. Roger le contestó de igual manera y se giró encaminándose con paso recio hacia el salón.

La carpeta roja

-¡Köhner! –Gritó una voz desde el fondo del pasillo, levantando las miradas de todos los funcionarios que se ajetreaban de un lugar a otro.

El juez se volvió extrañado por semejante volumen hacía sí mismo, algo verdaderamente extraño. Lo entendió justo en el momento en que se dio cuenta de que aquella autoritaria voz provenía de Gustav Massen. Se cuadró tan pronto ocurrió esto, alzando la mano con el saludo habitual hacia el Führer. Éste se acercó, estaba nervioso, le miró de arriba abajo y le indicó que le siguiese. Juntos se internaron en el despacho del juez y el líder de la nación ordenó que cerrase la puerta, lo que Roger Köhner hizo al punto.
-¿Qué ocurre, mein Führer? –preguntó asombrado.

-¿Piensas que el fin justifica los medios?

El juez se quedó lívido, incluso se le cayó el monóculo del ojo. Se mantuvo un momento en silencio, pensando en todas las alternativas, pasó la mano por su pelo mientras buscaba saliva, pues se le había quedado la boca seca.
-Mein Führer… –comenzó.

Gustav Massen no le dejó terminar, abrió un maletín y sacó la gruesa carpeta que tan bien conocía Köhner, era la carpeta del caso Kraus.
-Marcel Blanchemon se ha suicidado ayer –dijo con seriedad Massen, pasando, igual que el juez, la mano por su calva cabeza-. Eso ya lo sabes… Pero mientras decidimos quién será el nuevo ministro tú te harás cargo de sus papeles.

-Es un honor –Añadió Köhner recuperado del sobresalto.
-Sé de tus pesquisas sobre Richard Kraus, sé que Marcel te había quitado la investigación.
-El ministro Blanchemon pensaba que habíamos gastado demasiado tiempo y esfuerzo para conseguir unos resultados tan penosos –explicó el juez observando con avidez la carpeta.

El Führer sonrió con cinismo, clavando sus ojos pequeños en el magistrado:
-¿Crees que soy idiota? ¿O piensas que creo que eres idiota? No estamos de cara al publico, Köhner… Aquí estamos tú y yo, vamos a ser claros ¿vale? –Hizo una pausa en la que el juez asintió. Gustav se quitó el gabán blanco que llevaba, dejándolo sobre una mesa cercana. Luego sustrajo otra carpeta del maletín, esta de color rojo y desconocida para el juez- Si Marcel te quitó la investigación fue por los documentos que descubriste había robado ese hijo de puta de Kraus.

Roger enarcó una ceja, no estaba nada acostumbrado a escuchar al lider del Reich hablar con aquel vocabulario.

-E hizo bien en quitarte la investigación –continuó Massen-, pero las cosas han cambiado. Lo que te voy a contar tiene restricción alfa, es el más alto secreto. Tenemos información de la AU, al parecer el gobierno de los amarillos ha contactado con Kraus y le han ofrecido una gran suma por estos documentos –Dijo colocando sus dedos huesudos sobre la carpeta roja. Hizo una pausa en la que no dejó de mirar al juez, luego le tendió los papeles. Roger disimulaba con dificultad su interés y se dedicó a mirarlos por encima en cuanto los tuvo en su mano-. Como ves se trata de todo el asunto de la reubicación de nuestros ciudadanos, localizaciones de las fortalezas aéreas y de algunos puntos clave. No es demasiado. Lo peor es el último documento, Kraus era ingeniero y se trata de un código encriptado que da acceso a nuestra red de telecomunicaciones, red en cuya creación él participó. Si la AU se hace con esto tendremos una guerra muy desventajosa para nosotros. Podría ser nuestro fin…

Köhner estaba asombrado con tanta afirmación y de tal calibre. Observó con detalle algunos párrafos y luego volvió su vista hacia el Führer, con la mirada extrañada.
-¿Qué quiere que haga?

-Kraus nunca ha vendido esta información porque sabe que asegura su invulnerabilidad, no creo que ahora lo haga. Aunque el gobierno de la AU le ofrezca asilo y protección tiene aquí familia y no se arriesgará a que sufran daños. Sin embargo estamos en una posición de debilidad y no podemos permitirlo… Haz lo que querías, encuéntrale, trae a ese cabrón, júzgale y sácale todo lo que ha hecho en estos años fuera del Reich.

Köhner asintió, obediente:
-Sí, mein Führer.

-Te dejo, Köhner –Gustav Massen cogió su abrigo y meditó si decir a continuación lo que finalmente dijo-. Quizá seas el nuevo ministro, ve haciéndote a la idea por si acaso.
El Fuhrer saludó y salió del despacho dejando al juez con sus pensamientos. Cuando se recuperó de la impresión que todo aquel asunto le había causado, se sentó en su sillón y se dedicó a leer con minuciosidad aquellos documentos. Si Kraus había sido uno de los ingenieros creadores de la Red de telecomunicaciones del Reich, su conocimiento era valiosísimo. En una época como aquella en la que todo dependía de la información y de la seguridad de esta, Kraus era más importante aún de lo que él mismo se había imaginado.

Cuando terminó de leer volvió hacia su conocida carpeta, buscando unos folios que él mismo había redactado. Los encontró rápidamente: eran las líneas que relacionaban a Kraus con sus familiares y amigos. Sólo habían logrado localizar a uno de ellos: Giovanni Stassi, un mayorista afincado en el sector Roma II, dentro de la Italia del Reich. Rápidamente cogió el teléfono, su secretario respondió al otro lado y Köhner suspiró un momento ordenando sus ideas:
-Van a ser muchas cosas, Charles. Lo primero: cancela la comida que tenía con mi hermana y tráeme algo aquí… lo que sea. Después quiero que asignes mis casos de esta semana a la juez Mercier, dile que tengo a Kraus, ella comprenderá. Luego llama a Louis Dubois, del ministerio de paz. Necesito veinte hombre y un avión privado para mañana con rumbo a Roma II. Si alguien pide explicaciones di que tengo permiso del Führer. ¿Me has comprendido? … Bien. Van a ser semanas muy movidas, Charles. Quiero que les llames, ya sabes… Bien… Sí, exacto… No, hazlo cuando termines… Bien… Oh, se me acaba de antojar Pastrani para comer… Gracias.

Köhner colgó, suspiró aflojándose la camisa y desabrochando las mangas para tener más libertad. Encendió el ordenador y abrió la carpeta de Kraus. Escribió en un documento fantasma lo siguiente: Paso octavo: Stassi.

Extralimitado

Marcel Blanchemon dejó caer la pesada carpeta sobre su enorme escritorio, prácticamente vacío. Observó largamente al hombre que tenía ante si mismo y negó levantándose de la silla.
-¿Bourbon? –preguntó.

-Mejor ginebra, señor ministro –respondió el juez Köhner.

El ministro de moral y ley cabeceó sirviendo ambas copas y pasándole el vaso a su subordinado.
-Te estás extralimitando, Roger –añadió Marcel colocando su gordo dedo sobre la carpeta que acababa de arrojar contra la mesa-. Estás obsesionado con este hombre y después de todo ¿por qué? Richard Kraus tan sólo es un funcionario menor del ministerio interior.

Köhner bebió un trago de su vaso paladeando el líquido aceitoso. Se mantuvo firme, con su gesto duro como era costumbre en él, luego miró directamente a aquel gordo francés a los ojos y negó con levedad:
-No tan menor… está imputado por robar documentos al estado, documentos muy importantes que ni siquiera se citan en esa carpeta, por lo que entiendo que son de un secretismo tal que un magistrado inquisidor de primer orden no puede saber qué guardan.

Marcel frunció el ceño, revolviéndose incómodo en su sillón.
-Desde luego no será porque no lo has intentado. Llevas dos años con esta investigación, Roger. La carpeta es exageradamente gruesa, me ha llevado casi una semana ponerme al día –Blanchemón hizo una pausa en la que sus pequeños ojos recorrieron la sala-. ¿Quieres saber qué ponen esos documentos? Olvídalo, Roger. Muy bien has adivinado que los de arriba no quieren que se sepa. Ni siquiera yo sé bien lo que ponen y no ambiciono saberlo. La ignorancia es un don.

Köhner tuvo que colocarse el monóculo de tan nervioso como se había puesto, temblaba de rabia, pero se controló para no hacerlo tan evidente. Blanchemon le observó un momento, luego tragó el contenido de su vaso y carraspeó con bastantes pocos modales para ser un ministro.
-Lo siento, Roger –continuó-. Me han pedido que de por finalizado tu investigación. Kraus ha huido y el Reich no quiere gastar más de sus recursos en esta búsqueda infructuosa que ya lleva años. Esta carpeta se queda en mi despacho.

Marcel colocó su manaza sobre el desgastado portafolio y afirmó varias veces dejando que el juez asimilara la noticia. Esperaba una reacción violenta, le había visto en accesos de ira con sus subordinados y aquel extraño personaje lleno de tics, manías y costumbres extravagantes tenía un genio de perros. Sin embargo ahora se mostraba muy tranquilo, con la cabeza baja. Al ministro de moral y ley se le pasó por la cabeza que quizá estuviera abatido y sintió un poco de compasión por él, al fin y al cabo era el mejor en su trabajo.
-C’est la vie –dijo con su pastoso francés.

Köhner levantó la vista en aquel momento, luego apartó el asiento, saludó a la manera militar y salió del despacho dejando al ministro desorientado.

Los pasillos del ministerio se le hacían extremadamente largos y espantosamente iluminados por luz artificial. Los oficiales, jueces y magistrados le saludaban y estaba obligado a contestar aunque fuese con un gesto de cabeza, pero estaba extremadamente nervioso y estrujaba sus guantes tanto como podía. Llegó a su despacho y se encerró en él, se quitó el monóculo y observó la efigie del Führer que le miraba atentamente desde la pared.

Köhner respiró hondo varias veces. Se sentó en su silla y sacó un móvil del cajón cerrado con llave. Marcó un número y espero.
-Soy Köhner –dijo inmediatamente cuando descolgaron-. Todo ha ido como esperaba. Sí… ¿La hija de Blanchemon está entre los que apoyan secretamente a los disidentes, verdad? Bien, haz que se sepa, que sea juzgada. Todos sabemos que será ejecutada, luego ponle al gordo una pistola en la mano… Tampoco a mí me gusta, pero es la única manera de seguir el camino hasta Kraus… –Hubo una larga pausa en la que el juez sólo escuchó- Te dije que estaría dispuesto a todo. Hazlo. Pronto habrá un nuevo ministro.

¿Criminal?

El juez Köhner se colocó bien el monóculo mientras revisaba por encima los papeles de su escritorio. Luego volvió la vista a la sala.

-¿De qué se le acusa al criminal? -Preguntó. Criminal, desde que el nuevo orden había sido instaurado, era cualquier persona que no se sometiera totalmente a las normas del gobierno. Incluso se les retiraba el titulo de persona. La presunción de culpabilidad estaba en el nuevo derecho.

La fiscal, una mujer de unos treinta años con el pelo recogido en un moño apretado y el traje-uniforme gris de su cargo se levantó son sobriedad, inclinó la cabeza ante el juez y tomó un papel de su mesa:
-El criminal está acusado de desobediencia civil, posesión ilícita de material prohibido, calumnias contra el estado y perpetuación sin licencia.

El juez disimuló con éxito un suspiro. Según el informe detallado que tenía delante y tras interpretar el difícil vocabulario que no aportaba nada y ocultaba ciertas partes, se podía entender que todas esas acusaciones se referían a hechos bastante distintos de lo que parecían en un primer momento. Desobediencia civil era cualquier cosa que uno hiciera contra lo establecido, defenderse ante el arresto con violencia por parte de la policía ciudadana, por ejemplo; la posesión ilícita de material prohibido se refería a libros, corrientes y molientes, ediciones antiguas que hacía mucho tiempo que ya no se imprimían y que, además habían pasado a engrosar la lista de libros prohibidos. Shakespeare, Orwell o Montesquieu eran autores que habían desaparecido del estado a golpe de sello oficial. Las calumnias contra el estado y la perpetuación sin licencia tenían que ver con que, en casa del criminal, habían sido encontrados varios cuadernos escritos, libros de novela de los que no tenía licencia, pues en la época se necesitaba la aprobación del partido para cualquier tipo de creación. Sobra decir que tal aprobación era raramente emitida.

El juez observó al hombre en el asiento de los culpables, una silla de madera fijada al suelo con correas de cuero que le inmovilizaban. Era alto, de gran constitución aunque enflaquecido como todos en aquella época de penuria. Tenía el pelo ceniciento y dos ojos saltones que parecían asustados. Llevaba un buen traje, algo raído por la paliza de su arresto y las miserias del calabozo.

Nadie habló en los minutos en los que el juez se mantuvo inspeccionando los papeles o escrutando al pobre hombre en la silla, estaba aterrado, lo veía claramente, y con razón. La pena por escribir sin permiso y poseer libros prohibidos era la purificación, o en otras palabras, la cremación. Además semejante castigo se hacía previa inyección de un paralizante que no permitía mover un solo músculo, pero sí sentirlo todo. Se introducía al individuo en una cámara donde sólo se aplicaba un calor asfixiante y tras varios minutos se incendiaba al criminal hasta que no quedaba nada de sus restos.
-Fiscal, puede empezar.

La mujer, como siempre, entrelazó los dedos de sus manos y recitó el texto que se había aprendido antes del juicio.
-El criminal -comenzó- fue sorprendido por uno de nuestros agentes cuando ponía de manifiesto un conocimiento prohibido sobre literatura antigua, pervirtiendo se este modo a un inocente ciudadano que resultó traumatizado. Ese hecho despertó las sospechas de nuestro agente que inmediatamente informó al ministerio de inquisición. El veinticuatro del mes pasado se llevó acabo una operación de justa búsqueda en la que se halló una colección de seiscientos volúmenes sobre las más variadas ramas ilegales. Además de esto, encontramos novecientos folios de papel escrito para los que el criminal no tenía licencia. Todo esto se hallaba escondido en el sótano de la casa de este.

La fiscal sonrió satisfecha y se sentó de nuevo. Köhner asintió y revisó otra vez los papeles, dio con un dato que podía salvar al escritor ilegal.
-¿De que clase es el criminal? -preguntó para que luego la fiscal entendiese su veredicto.
La mujer, que comprendió al instante, frunció el ceño con hosquedad y observó al infeliz de la silla.

-Es de clase alfa, señor juez.

Köhner asintió con toda su teatralidad, mirando los papeles con cautela por si había algo más en su ficha. Nada, estaba limpia.
-El criminal tiene derecho a hablar. ¿Quiere decir algo Sr. Mycroft?

El hombre pareció sorprendido con aquello, sin duda no tenía idea de que podría hacerlo durante el juicio. En las nuevas vistas la teoría decía que las pruebas y la exposición de la fiscal eran suficientes para que el juez tomase una decisión, la defensa había sido eliminada como innecesaria y quedaba a disponibilidad de los jueces el permitir a los criminales el derecho de palabra.
-Pues… -comenzó.

-¡Hable alto y claro cuando se dirija al magistrado! -le increpó la fiscal autoritaria.

-No, sólo me gustaría dejar claro que… -pareció considerar un momento lo que iba a decir- que el hecho de pensar y…

No pudo acabar la frase ya que una descarga eléctrica le recorrió todo el cuerpo. En los juicios actuales todos los miembros de la sala tenían un botón para poder aplicar una descarga eléctrica al criminal y así calmarlo. Esta vez no fue ni el guardia ni la fiscal quien accionó el botón, sino el juez.
-Basta -dijo- le retiro al criminal el derecho de palabra. Demasiadas sandeces hemos escuchado ya.

Köhner pudo ahogar otro suspiro, si el acusado hubiera hablado de más, haciendo un discurso sobre la libertad de pensamiento y lo malo que era el régimen, no podría haberle dejado otra opción que la “purificación”. El hombre le observaba con odio contenido, permanecía asustado y también dolido. El infeliz no sabía que le estaba salvando la vida.

El juez observó a la fiscal y luego al acusado.
-El caso está muy claro. Mi veredicto es el siguiente: Robert Mycroft, la condena normal para tales actos de vileza sería la “purificación”. Sin embargo, debido a que se trata usted de un ciudadano de clase alfa y que su ficha hasta la actualidad está intacta, su condena se reduce a la incautación de todos sus bienes y la humillación a clase de ciudadano delta. Desde ahora se le asignará un puesto de trabajo en el ministerio magno y deberá llevar durante un año una insignia que le señale como criminal. Si cometiera algún otro acto ilegal en este periodo será usted “purificado” sin la intercesión de un juicio. He dicho.

Köhner golpeó con el martillo la superficie de madera y observó un instante la sala. La fiscal estaba decepcionada, pero parecía conforme; Robert Mycroft, que de seguro pensaba ya en su muerte, estaba completamente sorprendido. El juez salió de la sala con el gesto serio y obligándose a disimular la sonrisa. Una vez llegó a su despacho cerró la puerta y por fin pudo suspirar.

“Odio esto” pensó. Podría haberlo dicho en voz alta, pero era un hombre cauto y tenía planes que no podría llevar a cabo si se le acusaba a él de “calumnias contra el estado”. Observó el retrato del gran canciller que había en la pared de aquella habitación. El gesto duro, el gran bigote y los ojos fijos que seguían a uno a cualquier parte le daban asco, un asco terrible que algún día estaba decidido a subsanar.

Köhner se sentó en su sillón y observó que su secretaria había dejado un nuevo informe sobre la mesa. El encabezamiento de la carpeta era un único nombre que, en aquel momento, el juez no sabía lo importante que iba a ser. El título era Kraus.

– Este vuelapluma tiene relación con: Roger Heinrich Köhner

Roger Heinrich Köhner

Roger Heinrich Köhner conocido con el sobrenombre Der Kein-Kraus por la obsesión que le llevó a la matanza sistemática de todos los miembros de la familia Kraus en 2234. Fue uno de esos personajes que la historia no se podía haber ahorrado, único en su tipo, ambicioso, fanático y furtivo. Köhner estudió leyes y doctrinas en la universidad de Utërmbrich, graduándose cum laude y doctorándose con un trabajo titulado “de la moralidad impuesta a la practica dispuesta”. Su obra fue acogida con muchos comentarios y levantó criticas y elogios por igual.

En 2221, con tan solo veintitrés años, habiendo aprobado las oposiciones de juez del estado, se le ascendió a magistrado inquisidor de tercer orden, pasando a ser una figura política de gran repercusión. Cinco años después Köhner era magistrado inquisidor de primer orden y en 2230 llegó a ocupar, tras el suicidio de Marcel Blanchemon, el cargo de ministro de moral y ley. Köhner comenzó entonces una serie de conspiraciones entre las que se encontraron el asesinato de los Kraus, familia del político huido Richard Kraus, que tras la ola de muerte sobre sus seres queridos apareció para ser juzgado. Sin embargo, Richard Kraus nunca llegó a la sala del tribunal, desapareció presuntamente secuestrado y se le creyó muerto durante tres años, hasta 2236, cuando se le encontró en un psiquiátrico de Munhelsem, en un estado mental atroz.

A partir de entonces, Köhner, disponiendo de información privilegiada conseguida en sus extraordinarias pesquisas, ayudado de su posición como ministro y sin que su gobierno ni partido lo supiese, se dedicó durante muchos años a elaborar un intricado plan plagado de asesinatos y secuestros que sumieron al Reich en un caos terrible que provocó varios incidentes: la revuelta del 1 de Febrero de 2035, el asalto de Maremburg por ciudadanos de clase D o el atentado civil contra el führer Gustav Massen en el que el propio Köhner fue herido; son sólo unos ejemplos. El ambiente político y social tan difícil le valió al ministro de moral y ley otro ministerio, el de paz. Con esta nueva potestad, Köhner disponía del mando de una buena parte del ejercito. Fue en esta época cuando comenzó a llevar la famosa gabardina roja con enseñas, que se hizo casi un símbolo de él mismo, junto con su inseparable monóculo.

El 2240 la conjura de Köhner estalló y con él a la cabeza. El Reich se encontraba al borde de la guerra civil, los ejercito apenas daban abasto, los ciudadanos de clase A eran continuamente atacados por otros de categorías inferiores y el gobierno estaba inmerso en la mayor crisis política desde la tercera gran guerra. El 4 de Abril de 2240 la ciudad-estado amaneció ocupada por los “gabanes negros”, que era el nombre de la facción militar del ministerio de paz. Los diecinueve ministros fueron secuestrados en sus camas, juntos con sus familias, todo en el más absoluto secretismo. El gobierno fue convocado en pleno en la Sala del Reich y se cuidó de que toda la clase política acudiese a la sesión. Una vez dentro, por orden del propio Köhner, se cerraron las puertas por fuera y el ministro de moral, ley y paz pronunció su célebre discurso, televisado en directo a todas las televisiones del país. Ante la cámaras fueron ahorcados los diecinueve ministros y el edificio fue demolido con todos los miembros del partido dentro, incluido Köhner. No hubo supervivientes. Gustav Massen fue atado en la gran plaza para que los ciudadanos, liberados de los distintos sectores, hicieran con él lo que juzgasen. El führer fue quemado vivo.

Por las acciones de Köhner hoy se conoce el 4 de Abril como día de la liberación y se celebran en el país fiestas conmemorativas al “gran juez”, que se sacrificó para liberar a todos los ciudadanos. El coloso de la ciudad-estado fue erigido como gran efigie conmemorativa a su persona. En el podio de la estatua se puede leer la ultima frase de su célebre discurso: “Aunque muchos se afanen por encadenar la libertad, la justicia de los hombres siempre saldrá victoriosa.”

Célula 101

-Hay algo dentro de mí que no funciona, que está mal. Algo oscuro, tenebroso… No sé cómo empezó, pero no me deja vivir. Apenas soy capaz de hacer nada porque me atenaza el miedo a algo, sin embargo no es nada concreto. No tiene sentido porque el miedo en general no existe, sólo existe el temor a cosas singulares. Pero tengo miedo de nada y ello me preocupa. ¿Qué será de mi doctor? No puedo vivir, no puedo trabajar, no tengo esperanzas ni deseos, lo único que quiero hacer es dormir, descansar, quedarme en posición horizontal acurrucado en la cama y mirar a ningún lado, a la nada. Dejar que pase el tiempo…

El doctor le miró muy serio. Sentía un escalofrío al escucharle hablar, lo sentía porque se veía identificado, porque él también se encontraba así. Pero eran casos muy distintos, completamente distintos. Desde que el paciente había comenzado a hablar sabía lo que tenía, pero le dejó explicárselo, como si buscase un remedio para sí mismo. Una cura para esa tristeza crónica, para esa desesperanza.

-Vivo maquinalmente, doctor, por impulso, por no suicidarme, porque no entiendo el suicidio. Pero vivir así no es vivir, vivir así es un tormento y no sirve, no sirve para nada.

El médico tosió aclarándose la garganta para que su turbación no fuera demasiado evidente.
-¿Cuándo empezó? –preguntó.

El paciente parpadeó varias veces, recordando.
-Hace meses. Creo, doctor, que se debe a mi desencanto por la vida. No le encuentro nada bueno y eso es muy triste. ¿no cree?

-Sí, tienes razón, es muy triste… –respondió en un suspiro.
Se levantó acercándose al paciente, pasó la mano por sus ojos y este los cerró. Le desabrochó los botones rápidamente, pues se habían diseñado para que fuese fácil quitarlos. Cuando el pecho del paciente estuvo al descubierto palpó la superficie de piel caliente, el contacto le turbó. Sentía latir un corazón allí. Por un momento dudó pero luego sacó de su bata el destornillador y accionó el resorte que habría el pecho. El mecanismo funcionó bien, abriéndose y revelando el interior mecánico de aquel hombre que no era tal. El doctor buscó con ojo de experto la célula 101 y, como suponía, la encontró quemada. La quitó y la cambió por otra, luego cerró el cuerpo, abrochó los botones y pasó su mano ante los ojos cerrados de aquel ser, que al punto los abrió.
-¿cómo te encuentras? –preguntó.

El robot asintió, parpadeando varias veces.
-He de regresar a mi puesto de trabajo, doctor. –dijo maquinalmente.

-Claro, ve.

El paciente se fue, perfectamente reparado, pero dejó al médico sumido en sus pensamientos. ¡Qué fácil era arreglar a una maquina! Pero a sí mismo no podía cambiarse una célula y conseguir que todo fuera bien. Le espantaba el lenguaje de los androides cuando la 101 fallaba, parecían casi reales, completamente humanos, como si presentaran una depresión terrible de la que no fueran capaces de salir. A veces se pensaba que la 101 era la célula que les dotaba de humanidad, pero sabía que no era así porque cuando esta estaba bien se volvían tan fríos como siempre. Lo peor para el doctor era que ponían voz a sus propios pensamientos. Así se sentía ese hombre real: terriblemente sólo, sumido en la oscuridad, espantado por nada en concreto, sin ninguna ilusión que le impulsase a levantarse por la mañana. Vivía maquinalmente, como un robot, pero no sabía qué hacer para salir de aquel estado, era incapaz. Por un momento el doctor se imagino algo dentro de si mismo roto, quemado, astillado y ennegrecido, algo que no se podía cambiar, que le condenaba a aquel estado perpetuo.

El médico suspiró, desolado. Apretó un botón para llamar al próximo paciente y esperó con la vista perdida en ningún lugar.