Miércoles fragmentado: Thomas el oscuro, Maurice Blanchot

“Dans toutes les âmes qui l’environnaient comme autant de clairières et qu’elle pouvait approcher aussi intimement que sa propre âme, il y avait, seule carté qui permît de les percevoir, une conscience silenciseuse, fermée et désolée, et c’est la solitude qui créait autour d’elle le doux champ des relations humaines où, entre d’infinis rapports pleins d’hamonie et de tendresse, elle voyait venir à sa rencontre son chagrin mortel.”

“En todas las almas que la rodeaban, como si fuesen claros a los que ella podía aproximarse tan íntimamente como a su propia alma, había una única claridad que permitía percibirlas, una conciencia silenciosa, cerrada y desolada, y era esa soledad la que creaba a su alrededor el dulce campo de las relaciones humanas donde, entre infinitas relaciones llenas de armonía y ternura, ella veía venir a su encuentro una mortal melancolía.” * 

A menudo le costaba distinguir las horas del día. Despertaba y el sol era extraño, la luz gris. Después hacía pocas cosas, sólo lo obligatorio: cogía el metro, limpiaba la casa de turno y volvía rápidamente a su pequeña habitación en la pensión donde se alojaba. Allí se dormía pronto con la puerta y la ventana bien cerradas para no pensar en el exterior. Las sábanas sucias, sin cambiar desde hacía un par de meses, tenían cierto encanto para la chica, le gustaba arroparse con ellas y olvidarse de todo. Al día siguiente emprendía la misma rutina y los fines de semana no sabía qué hacer. Muchos domingos los pasó en la cama escuchando el ruido de la casa, los cuchicheos de sus vecinos de cuarto preguntando por ella. ¿Estaría enferma? No, simplemente era rara. Los sábados, sin embargo, procuraba asearse un poco y bajar al puerto a comer un helado. A su alrededor la gente parecía feliz y ella se sentía como una paloma posada en la plaza mirando la vida pasar, esperando algo, quizá migas de pan.

A veces recordaba a su madre, la había dejado en el pueblo con sus hermanos. El día dos de cada mes la chica le enviaba casi todo lo que ganaba, junto con una nota corta diciendo siempre lo mismo en apenas un par de líneas. La madre escribía de vuelta con muchas faltas de ortografía y letras grandes y redondas, le contaba lo que pasaba en el pueblo y la vida de sus hermanos. Parecían felices, siempre le agradecieron el dinero y querían saber más de su vida en la ciudad. Ella continuaba escribiendo lo mismo y cuando pasó el primer año su madre dejó de preguntar.

Tenía dos compañeras de trabajo con quienes a veces coincidía, le invitaban a café e intentaban animarla a hacer cosas distintas y salir más. Nunca tuvieron éxito, pero ella les agradecía de corazón sus preocupados consejos. Sencillamente no era capaz de aceptar sus palabras, nunca tuvo la suficiente imaginación para creerse capaz de salir de esa cama de sábanas viejas y grises, ya algo raídas. Su mundo era la superficie horizontal donde podía recordar un tiempo triste y penoso, lo único que había conocido, lo único que había deseado y ahora añoraba. Nunca se le pasó por la cabeza viajar o intentar ser feliz, se vio obligada a aceptar aquel trabajo por la necesidad de su familia. ¿Qué podía hacer ahora con su vida, sino dejarse llevar por las olas de su cama?

*Traducción propia.

Anuncios

Entrada Nº10: El lugar donde vivimos

Hace unos días vi una exposición del fotógrafo Robert Adams, este texto toma prestado el título de una parte de su obra expuesta. La serie de imágenes en blanco y negro retrataba un ejemplo del paisaje urbano que conforman el centro de los Estados Unidos. Nada de grandes arquitecturas, sino los barrios clónicos de césped a altura perfecta, y las casas de esa gran clase media americana. La vida estable que representa(ba) el gran sueño americano. Eran los años cincuenta, aún había esperanza.

mayoConcretamente despertó mi curiosidad la fotografía de una feria nocturna, con sus neones iluminados, fulgurantemente blancos entre el negro profundo de la tierra y la oscuridad del cielo. Era una de esas ferias ambulantes que se plantan algunas pocas semanas en cada lugar, el tiempo justo para despertar la curiosidad de los ciudadanos, pero dejándoles con ganas de un poco más. Es esta una muestra de cómo se maneja el tiempo y el espacio, en esta ocasión para crear el embrujo de permanente inestabilidad, porque en la excitación de lo inconstante es donde reside el encanto de la feria. Traen lo ajeno a nuestro mundo de todos los días, y lo hacen con la promesa de irse pronto, de no interferir más allá de un corto periodo. Sí, es una gran fotografía, ha perpetuado lo común y lo extraño, el movimiento y la quietud, lo natural y lo artificial. Refleja el cambio apacible y casi desapercibido de la vida cotidiana.

Algunas personas son como las ferias, prefieren el movimiento continuo, quizá porque les imprime energía, quizá por miedo a la quietud, a despertar sus monstruos si encuentran la tranquilidad de la introspección. Otros prefieren anclarse en el terruño, amantes de la estabilidad, comúnmente perezosos o intolerantes ante el cambio y lo ajeno, ellos temen descubrirse equivocados, encontrar algo mejor fuera de sí mismos. Un tercer grupo lo componen quienes entienden los cambios como un reto y la estabilidad como una oportunidad, aquellos capaces de comprender y moverse entre las fuerzas ejercidas por tiempo y espacio. Y por último, entre estos sectores de la población, hay algunos errabundos, despistados hombrecillos con dudas, incapaces de defender ninguna postura, o quizá valientes antisistema. Y todos ellos son/somos paridos por vientres semejantes, arrojados a un mundo parecido, que nos acogerá a cada uno de distinta manera.

Mis primeros dieciocho años fueron entre la meseta y la montaña, pasé tres años en Madrid, y pronto se cumplirán otros tres años desde que estoy en París. Antes de eso, cuando la primera mudanza ya estaba próxima, alguien me aconsejó evitar pasar simplemente por la ciudad, y dejar que Madrid pasase por mí. Sí, los lugares donde vivimos también nos conforman, de la misma manera que lo hacen las personas. Nos cambian. Pero quien me aconsejó olvidó una pista sobre el tiempo necesario. Si uno se abandona, si inhala el aire de la ciudad, si se abre a ella… ¿Cuánto ha de transcurrir hasta ser parte de ese nuevo espacio? ¿Cuándo el lugar donde vivimos se transforma en algo más que un lugar? No es fácil ese “dejar pasar a la ciudad por uno mismo”, significa empaparse realmente de ella, conocerla, sufrirla.

Mi respuesta personal: tres años. Ese es el periodo que yo necesito para “hacerme” a una ciudad, a su carácter, su urbanismo, sus gustos. Tres años para empezar a conocer sus virtudes y sus miserias. Sólo los meses antes de dejar Madrid me sentí allí como en casa, y sólo ahora París parece un lugar habitable, como si todo este tiempo hubiera tenido la impresión de ser un intruso. En parte lo era.

Ahora algo ha cambiado: las falsas promesas que toda ciudad dedica a sus nuevos huéspedes han perdido su encanto; el contraste gris y aburrido, retrato de una ciudad desapacible, también ha sido medido y asimilado; sus habitante ya me han decepcionado tanto como me han atraído. Todavía hay muchas cosas que ignoro o no comprendo, pero ya empiezo a hacerlo, a sentirme con el conocimiento suficiente para resistir, para aprovechar lo posible, para continuar. Quizá sea hora de otro cambio.

Un hombre desarmado

Arrastra los pies por caminos de grava, entre campos pobres de belleza, cuadros de verde desteñido dónde nacen, línea tras línea, marañas negras, árboles y arbustos de apariencia seca por el frío, duros, afilados como garras protectoras sobre quienes se detienen para saborear su triste influencia. Todo bajo el signo de un sol pálido, color de luna, incapaz de ejercer su gobierno con fuerza por encima de las nubes, contagiadas de su debilidad, contaminadas por un gris perla suave y homogéneo.

Durante la hora que permanece sentado en el banco ve llover varios minutos sin que la superficie del río se altere, sin que los ojos de las parejas perciban más allá de los charcos, intentan esquivarlos. Empieza a tener frío y se levanta con los muslos entumecidos, recorre la ciudad calle a calle sin prisa, sin objetivo, disperso en sus pensamientos. Termina otro capítulo de su vida: una persona queda atrás, se ha detenido hace unos instantes, pero él ya no sabe contar, e ignora si es la número cien o la doce. Se produjo una elección de por medio, unas palabras formando una sentencia, así lo creyó él. Ella no volverá a cruzarse en su futuro, es un vaticinio sencillo, de encontrarse casualmente ambos evitarían hacer largo el contacto, cerrarían los ojos como si cerrasen toda la cara, el corazón y la cabeza. Ignora si esta idea la produce el resentimiento o el dolor, el rencor o la vergüenza; camina para no averiguarlo, para no volver a casa y hacer evidente la soledad, que le espera en el sonido de las agujas de reloj.

Cena rápido, y se refugia sin pensarlo en un bar donde paladea whisky sin intención de emborracharse, vigilado por un camarero que desconfía o siente lástima de su lentitud, su vista perdida, su apatía evidente, y su silencio cubierto por el murmullo de los grupos de amigos, de la estridente risa de una mujer gorda, y de la música que procura no molestar en las conversaciones.

A las tres de la madrugada cierra el bar. Él deja que los últimos clientes sean una pareja enredada en un largo abrazo, quizá sin otro lugar donde permanecer tranquilos y juntos. Encuentra la avenida desierta, se pregunta dónde ir, gira como una brújula desorientada hasta recuperar el recuerdo de sus pasos, se dirige al mismo parque donde vio caer la lluvia. La ciudad también está cerrada, las farolas iluminan fachadas iguales a murallas sin huecos, donde las ventanas han sido cegadas por pesadas persianas, guardianes de la intimidad de vidas comunes, familiares, ocultas con el máximo celo. Llega a los jardines para resguardarse del mundo deshabitado. Se imagina a los ciudadanos, recluidos, tensos, a la espera de un ataque que no llegará.

Cuando los rusos entraron en Berlín, o cuando Napoleón llegó a Moscú, nadie salió a recibirles; los soldados se pasearon como conquistadores sin nadie a quien explicar que había sido conquistado, como salvadores entre edificios construidos sobre tumbas de héroes idénticos a ellos, pero que les aventajaban por el hecho de estar muertos y haber pasado ya a la memoria colectiva. La semejanza fue, precisamente, el motivo de la diferencia. Luego Berlín fue ocupada por multitud de lenguas extranjeras, ordenadoras del cosmos urbano, entonces los ciudadanos sí salieron de sus habitaciones transformadas en fortalezas, pero ya era tarde. Moscú, por su parte, se hizo pasar por Troya para vengarse con más justicia; los atónitos ojos del general francés comprendieron la materia real de un imperio, invisible.  Fue consciente de su mortalidad ante el color de las llamas.

Pero él no tiene un ejército a sus espaldas, ni tampoco se cree héroe o elegido, camina internándose en una noche que a nadie le importa. Abandona el parque lleno de árboles desnudos y se aleja de la ciudad. Está agotado, pero no vuelve a casa, ha decidido no dormir en su cama, en ella tendría que esperar la llegada de otro día más, igual al anterior; aunque esta vez la ausencia evidente, inalterable en su cabeza -pues ya es una imagen clavada con un alfiler en su cerebro- le procura cierto grado de novedad, pero no se deja convencer. Se decide a continuar, sigue la carretera y cruza el río, luego también abandona las trazas de arena o de asfalto, se interna en el campo con incómodos zapatos de ciudad, tropieza, pero la luna termina por aparecer, y bajo su guia puede alcanzar el lugar que busca. Se tumba en una parte especialmente frondosa, sobre las vías del tren; puede ver estrellas en el cielo, las nubes de la tarde han desaparecido. Respira el aire húmedo y suspira una y otra vez hasta cerrar los ojos, exhausto por el paseo. Se duerme con el murmullo de la hierba y el crujido de las ramas. Un tren aparece sin explicaciones, pero pasa y no llega a despertarle.

Perder

Existe una ciudad, escondida entre las lomas que crecen en la estepa amarilla, bajo un cielo de color puro donde las nubes se arrastran y dejan huellas nebulosas. La ciudad está en ruinas, cubierta de maleza y árboles que abren muros y techos en busca de la luz. Los adoquines son resbaladizos, se han convertido en una superficie levantada por las raíces de los árboles y carente de sentido. El camino se confunde con los restos de la iglesia desmoronada. Todavía allí resiste la imagen de una virgen, rota, con la cara salpicada de un rojo inexplicable, expuesta a la lluvia y al sol, sin corona y con ratas recorriendo los restos del altar, colándose entre sus pies desnudos. La imagen observa la calle arruinada, desde la cual un único espectador le devuelve la mirada, fascinado por su permanencia entre los débiles muros. No hay arquitecturas verticales en esta ciudad vencida a la naturaleza.

El lugar es necesario, lo habita un hombre, una sombra. Una voz que entabla conversaciones con lo perdido en las salas pintadas por personas que ya no existen, buscando el eco de sus palabras como respuesta que ocupe el lugar dejado por aquel que falta.

Tiene la costumbre de dormir en las calles de la ciudad; se tumba para observar las ramas de los árboles que prenden un paisaje celeste cada vez distinto. Piensa en esos olmos vigilantes de la calle, alternados con farolas apagadas, derrumbadas como si ellas mismas fuesen árboles vencidos ante el tiempo.

Se pregunta qué produce una obsesión. Podría ser la evolución natural de los deseos, pero si estos se desarrollasen no se enquistarían de tal manera; tampoco si lo anhelado se olvidase, pues así se diluiría en el tiempo sin dejar rastro. La represión produce esa ofuscación, alojada en lo profundo para hacer nacer una planta trepadora, difícil de eliminar.

Las obsesiones se propagan por el cuerpo, lo envenenan para darle un cariz distinto a su sangre. Se inocula de forma tan natural que termina por conquistar al desdichado pese a la voluntad de lo contrario, pese a conocer en todo momento la dirección a la que se quiere llegar. No importa lo mucho que se quiera evitar, al final el hombre gira la cabeza, la eleva hacia una ventana conocida. Busca en ella la luz que revele que al otro lado hay alguien, una persona distinta a cualquier otra, el objetivo de su obsesión; agua, oxígeno y luz de la planta que germinó desde su deseo refrenado. No existe antídoto, la racionalidad sirve de poco. No importa que la ventana ahora enmarque una parcela de azul y nubes, él seguirá mirando, ocupado en observar el pasado una y otra vez.

Su obsesión le impide abandonar esa ciudad. Se abre paso entre los restos de momentos que una vez tuvieron lugar, recuerda con calidez lo que ahora le produce frío. Se divierte contando las pulgadas que gana una grieta cada día, hace cálculos para saber cuánto tiempo se necesita para que todo se convierta en polvo. Las estructuras se vendrán abajo, terminarán por aplastar la virgen manchada, entronizada en la miseria.

Pero un vagabundo se debe a los lugares conocidos donde sabe encontrar un refugio. Quiere volver al pasado, repetir las escenas que le hicieron feliz, continuar el camino prometido. Todos los días son un fantasma que se anuncia expirando desde sus sueños cuando despierta, acompañándole con el viento que se cuela por las ruinas y le sorprende con quejidos futuros ya imposibles. Como si el mañana ya hubiera ocurrido en esa ciudad a la que se agarra, desmoronada por la inconsistencia de los deseos y cuyas ruinas permanecen porque no han sido contadas, por la obsesión de un hombre que fue feliz hasta que perdió a alguien.

De regreso a la perdición

No podía quitarse las voces de la cabeza. Estaba tumbado a oscuras en la cama de su apartamento, estaba dormido. En el sueño se le aparecían cabezas de humo seguidas de largas estelas, cabezas brillantes, demoníacas, retorcidas, cuyas sonrisas se abrían sangrando más y más humo. Susurraban, gritaban. Cada vez le gritaban más y él no podía entender, Jaime sólo entendía una voz, el eco de todas ellas, el discurso reunido por todas las voces. No podía comprender, pero lo hacía: le hablaban del error, de la caída, de la derrota, le insultaban y le describían. Decían que había perdido y tenían razón.

Despertó súbitamente, con un grito, dando manotazos a las sábanas. Golpeó los muros, se quitó la camiseta sucia que tenía y la lanzó contra la ventana, algo sonó a roto, un vaso que había tirado. En la penumbra el espejo le devolvió su figura. ¿Quién era él? Era enorme, torpe, lleno de un pelo espeso y negro, con una mandíbula cuajada de colmillos y unas grandes zarpas que todo podían destruir. Arrojó algo contra el cristal con un estruendo terrible y volvió a la cama aún aterrado, dispuesto a arrancarse la cara con sus uñas. Pero cuando los dedos tocaron la piel, notó bajo las yemas una textura suave y recordó que era un hombre, un hombre pequeño que dormía en un apartamento. Abrió los ojos, miró la habitación y volvió a cerrarlos. Se encogió sobre la cama llevando las rodillas hacia el pecho y sollozó porque había perdido.

El día apareció y Jaime tuvo que levantarse, recoger los objetos rotos, lavarse y salir a la calle. Su figura pasaba desapercibida bajo el abrigo negro. El tráfico le parecía odioso, la gente le parecía odiosa. Compró tabaco para desayunar y se sentó en el parque. Fumó hasta hartarse y en el móvil no había ningún mensaje.

Sin saber qué hacer su mirada se perdió en el cajón de arena donde ahora no jugaba ningún niño, era demasiado pronto para ellos. Pensó en el desierto y en el camino, pensó en el fin y en el umbral; se entretuvo así unos minutos, en silencio, sin apartarse del mismo sitio. Hasta que se desesperó. Quiso gritar, pero todas aquellas personas que se dirigían a algún lugar le mirarían extrañados, quizá alguno llamase a la policía; le tomarían por loco. ¿Lo estaba? ¿Cómo podía afirmarlo o negarlo? No, no había respuesta. Jaime era muy consciente de que la cordura era un bien preciado que había que luchar por conservar. Se contuvo y no gritó.

En su lugar rascó su cabeza con ambas manos, apretando los dientes. Odiaba aquel banco, aquel parque, aquella ciudad, odiaba su apartamento, sus muebles, su cama, se odiaba a sí mismo. ¿Por qué se había rendido? Recordó la pesadilla de su noche, las caras que lamían sus labios en una parodia de los besos que un día dio. Recordó el torrente de voces, recordó el estallido de su propia persona, su transformación transitoria en bestia, en demonio a la busca de redención o de una corrupción mayor. Sí, las voces, todas ellas se ponían de acuerdo en una única cosa; entre una serie infinita de reproches, de verdades y mentiras, durante una fracción de segundo las cabezas se ponían de acuerdo y en el caos incomprensible resonaba el eco silbante de una rápida acusación: “eres débil.” –decían.

Sí, era débil. En el banco del parque se sintió hundido al recordarlo y de repente aquella ciudad era opresiva y las personas que se dirigían a algún lugar le asustaban, las sentía como violentas. Tartamudeó al levantarse y luego corrió hacia su casa, sin mirar, agotando su cuerpo cuanto podía. Una carrera en la que tropezó sin caerse, en la que perdió el libro que llevaba siempre consigo y en la que golpeó a alguien que le insultó sin conseguir que se diera la vuelta. Cuando llegó a la habitación se desnudó, cerró las cortinas y se enterró bajo las sábanas, sólo en aquel momento se dio cuenta de que estaba llorando.

La ciudad hostil

Volví a casa temprano, no podía más, estaba harto de todo. Las farolas me siguieron alumbrando penosamente y los coches me ignoraban como si fueran animales. Nadie me habló, ni siquiera para pedirme dinero. En casa el teléfono no sonará, eso lo sé antes de entes de entrar por la puerta.

¿Por qué no me vengo de esta ridícula situación? La verdad es que me gustaría mucho poder salir de ella, pero no puedo y me siento triste. Ayer paseaba solo por un parque y tuve que irme porque me sentía ahogado al ver la felicidad en otros ojos, no podía soportarlo y estaba a punto de llorar. Volví a casa, igual que ahora, y me refugié en esta pequeña caja que es mi apartamento, mirando al mundo desde la ventana como si necesitase de verdad unos centímetros de algo sólido que me separe de la realidad; creo que es así, necesito ese material entre el mundo y yo aunque sea transparente y quebradizo; así, quizá, no me impresione todo tanto, y me evite sufrir.

Estoy cansado de la vida. Lo pienso siempre que me siento en el sofá y levanto las piernas, las recojo contra mi cuerpo, dejándolas cerca, ocupando el mínimo espacio posible. ¿Por qué? Es una buena pregunta, hago esto porque me siento solo, tan solo que intento con mi propio cuerpo darme algo de compañía. La televisión no me emociona, la verdad es que entiendo a las personas que se quedan en sus casas todo el día mirando programas absurdos, al menos dan compañía. ¿Es eso lo que explica la mala televisión? ¿La soledad? Puede que sí, o quizá el vacío interno, la ignorancia. No lo sé y me importa bien poco porque yo no soporto la televisión. Siempre que la enciendo termino apagándola al poco tiempo, cansado, más triste aún.

Rehuyo los libros, sé que me ayudarían, que me harían olvidar la tristeza de este día a día, pero también sé que llegará el momento en que tenga que dejar la novela y entonces volveré a ser yo y el mundo no habrá cambiado. ¿Cómo podría soportarlo? Soy tan débil que me sorprende.

Cuando me encamino al trabajo y cojo el metro o el autobús me siento como una presa indefensa, como el más débil de todos los animales de este gran zoológico que llamamos ciudad. Estoy en el peldaño inferior de la cadena alimenticia. El resto, personas que están obstinadas en su monotonía, me miran con ojos que yo entiendo acusadores, hambrientos. La voracidad de sus bocas cuando se besan me da pavor; en mi cabeza se cruza la posibilidad de que se giren, incómodos con mi mirada, y decidan súbitamente cambiar de objetivo. Pienso en la posibilidad de que se lancen a mi boca y me aniquilen mordiendo mis labios, mi cara y luego mi cuerpo. He de controlarme para no chillar. Si encuentro un sitio apropiado suelo cerrar los ojos y dejar transcurrir las estaciones hasta mi destino, prefiero la negra ignorancia a la luz de saber. Pero sé que todo esto es exagerado y, a veces cuando logro sobreponerme salgo por la noche y recorro los bares y las discotecas. En realidad es peor, siempre termino con demasiado alcohol en mi sangre, confuso por su culpa y torpe. Sin saber cómo pierdo la vergüenza, la moral, la inteligencia y hasta mi propio nombre. Yo me convierto en otro y me envalentono hasta que, por algún juego de cámara confuso, mi conciencia vuelve en la cama de alguna mujer y no sé cómo he llegado allí. Ella, tal y como temía, intenta devorarme cual insecto. En esas ocasiones sólo me queda fingir, continuar como si el que yo era antes no se hubiera ido. Suelo conseguirlo pero termino lleno de fiebre, sudor frío y temblor en mis piernas. Nunca me he quedado a dormir en la guarida de esos animales.

Esas son mis aventuras. En la recuperación de mí mismo regreso a casa y me encierro con tantas llaves como puedo echar. A veces, si mi miedo no es muy grande, observo por la ventana a todas esas personas que no parecen darse cuenta de lo terrible que es el mundo en el que viven. Cuando no tengo valor para nada me acuesto en el rincón más oscuro de mi cama, bajo las mantas que todo lo pueden evitar. Es ahí donde ahora me encuentro, buscando ser ajeno a esta ciudad terrible que en cualquier momento puede acabar conmigo.

Esta es mi tumba, sí, porque aquí puedo encontrar la paz del sueño y el silencio no roto por los aullidos de lobos que van de cacería, cuyos ojos en las discotecas brillan como si la luna se hubiera colado tras sus pupilas.

Belleza compulsiva

-¿Sabes? Tú siempre me has recordado a la muerte.

Ella sonríe con esos labios rojos y no contesta, rodea un cigarrillo y lo mancha de carmín, expulsa el aire abriendo un poco la boca, enseñando esos dientes que parecen inofensivos.
-¿Por qué? –me pregunta al final y lo hace con un contoneo de cabeza, flirteando incluso en algo tan sencillo. Equilibra su gesto inclinando de nuevo la cara, buscando el cigarrillo pegado a sus divinos dedos.
-Eres todo exceso, morirás joven, dejarás un cadáver bonito…

Ella se ríe, sincera pero discreta; por eso la amo, es capaz de no llamar la atención nunca más de lo que ya la llama debido a sus ojos enormes y su cuerpo de mujer.
-Eres muy típico, cariño. –me dice sin malicia.- ¿y tú? ¿Llegarás a viejo y beberás whisky durante días sin afeitarte nunca?
-¿Crees que me pega eso?

Esta vez ella sonríe con los ojos, fumando, no quiere responder. Yo sé que soy un miserable, un hijo de puta que no se merece una flor como ella, pero está conmigo. Es mía todas las noches y casi todos los días; con eso me vale.

Mataría por ella. Ayer me leyó desnuda después de horas en la cama. No podíamos dormir, el calor del verano nos lanzaba con fieras el uno contra el otro y a las tres de la mañana decidimos hacer otra cosa. Yo preparaba gin tonics y ella leyó a Camus en alto, El extranjero apareció en nuestra habitación y lo llenó todo hasta que se acabó la bebida y llegó el sueño. He comprendido que yo soy ese protagonista, lo he sabido a los dos minutos de haber empezado a escuchar su voz. En el desayuno pregunté cómo acababa el texto y no pude comer más. Temo por lo que pasará. No quiero ser ese extranjero de todo, pero creo que lo soy.

Hoy tampoco podíamos dormir y hemos bajado aquí, a este bar con luces pequeñas que no iluminan nada, con mesas repletas de parejas o de grupos que hacen tiempo hasta que abran las discotecas. Nosotros estamos en la barra con algunos tipos solitarios que se parecerían a mí si yo no estuviera con ella. Me asombra lo mundana que resulta la vida por sí misma y la manera en la que cambiamos al tener a una persona a nuestro lado.

Ella es una estrella, sobrepasa cualquier ambición que yo hubiera podido tener con una mujer; creo que me dejará un día, harta de mi vulgaridad, pero no me preocupo igual que no me preocupé la tarde que entró en mi vida. Ya no creo en nada, ni en Dios ni en el destino y mucho menos en la suerte. Creo que todo es puro azar, trenes que chocan en la oscuridad. Yo me choqué con ella y fui afortunado.
-¿Qué ocurre? –pregunta frunciendo la frente- -Te has quedado muy callado.

Yo sonrío, no quiero preocuparla. Cojo su mano, la llevo a mis labios, la beso y ella recupera esos labios curvados que yo venero.
-Nada –digo-, pensaba en Camus.

Ella asiente:
-Hoy tengo un libro nuevo.
-¿Cuál? –pregunto y realmente siento cierta excitación hacia ese momento en que la tenga en mi cama como un animal libre y ella emita su sonido propio, ella leerá.
-Proust –pronuncia su boca-. ¿Lo conoces?

Lo conozco, sólo asiento, ella estrella la colilla sobre la superficie de cristal del cenicero y se mueve ligeramente, dando a entender que es humana y no una divinidad como yo ya empezaba a imaginar. Abre su bolso y saca un libro gastado, de páginas amarillentas.
-Es el tomo cuatro –me explica. Me tiende el libro pero no me atrevo a tocarlo, niego, lo cojo un momento, observo su cubierta y se lo devuelvo.
-Parece viejo.

Ella dice que sí, sus ojos no me miran, se prenden de la tapa monocroma con letras impresas.
-Era de mi abuelo. Él era librero ¿Nunca te lo he dicho? Amaba los libros.
-Como tú.

Ella suspira haciendo que suena como una risa leve.
-Léeme algo –le pido.
-¿Ahora?

Asiento, ella enarca una ceja, sonríe, bebe el último trago de su margarita y me deja a mí con la cerveza mientras abre el texto y pasa las páginas.
-Esta es mi parte favorita –dice, me mira y luego observa las letras y descifra y lee- “Desgraciadamente, los ojos fragmentados, mirando lejos y tristes, permitirán quizá medir las distancias, pero no indican las direcciones. Se extiende el campo infinito de los posibles, y si por casualidad la realidad se presentara ante nosotros, estaría tan fuera de los posibles que yendo a chocar, en un brusco aturdimiento, contra ese muro levantado, caeríamos de espaldas.

Levanta la mirada y me observa.
-¿Te gusta? –pregunta.
-Claro que me gusta: habla de mí.

Ella ríe, de nuevo discretamente. Esta vez se tapa la boca con el propio libro y su gesto me hace sonreír como un bobo.
-Ayer dijiste lo mismo.
-Sí –respondo-, pero todo parece hablar de mí cuando lo lees tú. Yo miraba triste y te chocaste contra mí, he caído de espalda y aún te miro desde el suelo.

Esta vez ella sonríe con algo de color en las mejillas. Sujeta mi mano, me roba la jarra de cerveza que deja sobre la barra del bar. Luego deposita un billete junto a nuestros vasos y me agarra del brazo arrastrándome fuera.
-¿Dónde vamos? –pregunto, aunque ya imagino la respuesta.
-Cariño, vamos a leer.