Acuerdo periférico

Este es el trato: aceptar el juego de sonrisas caducadas y las butacas de gallinero a cambio de un boleto para participar. La paradoja es conocida. ¿Qué es más “real”, la cara maquillada del actor en escena o tras la función, “libre” y en sociedad?

Tic tac. Tic tac. Tic tac. Error. Responda otra vez. No, conviene reformular la pregunta hasta despojarla de todos sus adornos, hasta revelar ese fondo limpito, huesudo y desagradable, ese “¿Por qué?” primero que subyace a toda cuestión.

¿Por qué?

Este es el trato: continuaremos la farsa un poco más, seguiremos de fiesta en la barriga del behemoth, entre farolillos de papel y copas de champagne, fingiendo ignorar la evidencia del olor y la carne podrida.

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Fotografía de Borja Rivero

Por si se va la luz

  • por-si-se-va-la-luz-9788426422354Autor: Lara Moreno
  • Editorial: Lumen

Entre los grandes descubrimientos de 2013 estaba Lara Moreno. Por si se va la luz es su primera novela. La premisa es sencilla y atrayente: el mundo está en decadencia, y a los recortes le han sucedido las restricciones. La muerte del mundo es lenta e imprecisa. En este clima tan hostil, una pareja se esconde en una aldea perdida donde viven otro hombre y dos ancianos. ¿Pero la huida es posible? Dejan la ciudad, las premisas de una vida normal con una esperanza, quizá (y digo quizá porque nunca se nombra en la novela) de que allí puedan salvarse. El drástico cambio es la puerta de la historia, la adaptación a la naturaleza y a los otros personajes en ese pequeño microcosmos forman el resto de la novela.

Lumen, la editorial que publica el libro, ha hecho una apuesta arriesgada, y le ha salido bien. Lara Moreno es una escritora cuyos pasos merece la pena seguir, y Por si se va la luz no es una mala novela, pero tampoco es inolvidable.

Se trata de una novela río, donde el cambio de perspectiva entre los personajes y un narrador ajeno es llevado de forma muy correcta, aunque a más de uno puede desorientar. No obstante, hay que matizar, pues se vuelve algo fatigoso de la mitad en adelante. Los elementos introducidos para realzar la atención del lector no son todo lo interesantes que deberían. La evolución de los personajes sí lo es, y su interacción es lo mejor del libro. Moreno muestra toda una gradación de perspectivas y percepciones entre ellos, abre sus historias, les dota de un carácter singular, sin embargo se va cansando conforme las páginas avanzan. Quizá sea una estrategia intencionada, una manera de llevar al lector por los mismos sentimientos de los personajes: la vida avanza, como la narración, y el fin se acerca inevitablemente, pero no hay catarsis y hundimiento, hay hartazgo, una apatía, aceptación del punto final, del necesariamente lento final de la trama. Quizá es eso, pero se trata de un sentimiento demasiado pesado para ser gestionado por los lectores, más de uno posiblemente abandone el libro.

Con todo es una buena novela sobre la perdición, sobre el desarrollo de la vida en sus líneas más simples, sobre la modernidad excesiva revelada como un constructo no tan difícilmente abandonable, sobre las paradojas y peligros del mundo que estamos construyendo, no sólo en el ámbito medioambiental, sino social. Lara Moreno tiene mucho que decir, y un servidor sin duda leerá su próximo libro.

“El día que soñé con los flamencos ya está olvidado. Después he tenido otras pesadillas y todas han acabado del mismo modo: estoy a expensas de mi propio cuerpo y a la vez mi propio cuerpo nada tiene que ver conmigo ya, me lavan, llegan unas manos rudas y me zarandean a un lado de la cama para cambiar las sábanas, otras suaves y rápidas trastean en la tela que cubre mi entrepierna y que guarda mis meados y mi mierda, hay otras manos frías y muy delgadas que apenas me tocan, trajinan con los vasos, levantan un poco mi cabeza y me acercan líquidos insípidos y unas papillas que me cuesta trabajo tragar, pero son las mismas manos que abren un libro a mi lado y pasan las páginas con un ruido que me conmociona, a mí que nunca me gustó leer ahora me gusta que me lean, las manos más importantes son unas muy pequeñas y ásperas que buscan el propio hueco de mis manos (una cuerva desierta) y allí se quedan, escondidas un rato, a veces sus dedos de uñas rotas me pellizcan (una cueva desierta con una alimaña arañando las paredes). Ninguna de ellas son tus manos y ninguna se parece a tus manos. Crees que las he olvidado pero no, tus manos eran como la arena caliente. Distraídas como la lumbre y efectivas. Nunca tuviste dedos lacios de colegiala, desde muy pronto se te formaron callos, redondas durezas que me hacía cosquillas en la nuca. No son tus manos estas que me tratan como paño húmedo. Reconozco cada dueño y tú no reconocerías a ninguno.”

Cambio de Perspectiva

Si nos remontamos al siglo XVIII encontraremos “Le grand tour”, si aún queremos viajar en el tiempo hacia atrás podemos encontrar fácilmente a los griegos en el siglo V a.C. viajando a Egipto, cuna de la civilización (y cuadrilátero de los doctores humanistas en los siglos XIX y XX) o a los Romanos visitando la península balcánica buscando precisamente a los griegos. Egipcios y Babilónicos escudriñaron el cielo y la tierra y se miraron entre sí para hallar lo que hoy también obtenemos.

Podemos buscar la civilización que queramos a lo largo de la historia, todas (las más exitosas sobre todo) han viajado en busca de la sabiduría, ese “arca perdida” que contiene el saber de Dios, es decir, el conocimiento de todo. ¿Qué ocurre con esto? Que desde Solón y sus leyes (que miticamente se relacionan con un viaje a Egipto) los viajes a otros países, otras culturas, otros modos de vivir, han provocado en las sociedades y en los individuos el cambio. En este blog he mencionado varias veces a Hegel y su teoría del extrañamiento, por medio de la cual una persona evoluciona y se enriquece. La realidad es que extrañarse está intrínsicamente ligado al viaje, por eso el “grand tour” se suponía como la mejor manera de que aquellos caballeros del dieciocho volvieran a su Inglaterra o su Francia o su Alemania con una mente dilatada por la experiencia de lo ajeno. Algo ajeno que, además, tenía el aliciente de mostrar al viajante la civilización antigua, la cual se consideraba cuna de virtudes y madre de sus respectivos países.

Hoy en día esto no ha cambiado. Extrañarse es una manera de avanzar, de evolucionar, algo que es cultural pero que también podemos encontrar en el desarrollo biológico. El niño cuando nace no se comprende ni a sí mismo, después entiende aquello que ve, sus padres; luego puede darse cuenta de que es algo y experimenta consigo mismo, más adelante explorará la casa, tendrá relación con otros familiares “secundarios”, y luego vendrá la escuela, el parque, los compañeros, el colegio, el barrio, la ciudad… y así su mundo se expande. No obstante en nuestra sociedad, la inmovilidad pasada la juventud parece algo obvio e incluso deseable. Pensamos que establecerse y fijar unas fronteras en nuestro mundo con una serie de personas y de lugares es lo mejor para nosotros. Sin embargo esto sería también limitar nuestra evolución; si dejamos de extrañarnos, de abrir nuestro mundo para imponernos nuevos retos también nuestra percepción se establecerá y más fácil será caer en dogmas y por tanto en creernos el error.

El cambio de perspectiva debe ser continuo para que una persona pueda formarse de la mejor manera. Evidentemente todos caemos en cierto estatismo, pero es importante saber salir de él para seguir adelante.

Al respecto de un servidor, hace unos días Madrid y España han quedado atrás para ser sustituidos por París y Francia. Se trata de una sociedad distinta pese a lo cercano, que ya me ha hecho elucubrar en ciertas cosas que no habían pasado por mi mente, o pensarlas de distinto modo. Debido a lo poco de mi experiencia aún no puedo juzgar de qué manera esto me repercutirá en lo profundo. En la superficie ya ha habido cambio, si antes me “alimentaba” de la cultura disponible en Madrid y estaba atento y podía hablar y mi pensamiento se ceñía a la capital española, ahora eso ha permutado por fuerza. Es decir, este blog sufrirá un cambio, cambio que ni yo mismo sé cómo sucederá, pero lo hará, ya que mi entorno, de lo que puedo hablar sea o no ficción, ha cambiado.

Por el momento no puedo decir más, os invito a observar el cambio quizá como una suerte de experimento antropológico, psicológico si nos ceñimos a un individualismo más acuciante, o filosófico si consideramos que estas letras no son nada más que el hilo que se enhebra en mi mente. Sea como sea habrá cambio y eso se hará notar.