Miércoles fragmentado: Pequeño vals vienés, Federico García Lorca

“En Viena hay cuatro espejos
donde juegan tu boca y los ecos.
Hay una muerte para piano
que pinta de azul a los muchachos.
Hay mendigos por los tejados.
Hay frescas guirnaldas de llanto.
¡Ay, ay, ay, ay!
Toma este vals que se muere en mis brazos.”

Se ha perdido en un viaje de campos y ventanas, cerca del agua. A veces habla con sus amigos para evitar el silencio de su cabeza, la inquietud. Si Federico le hubiera escrito, habría un broche de metal en su boca, afilado como un cuchillo, para cuando la lengua se suelte en palabras de amor o suspiros de tristeza. Quizá los besos que le posen sobre los labios le sepan a metal.
No tiene sentido imaginarle por las calles, mirando hacia arriba las cúpulas y las cornisas de los palacios, pero allí sigue, sonriendo ante el frío, buscando otras miradas como quien necesita excusas para proseguir el paseo. Hay poco consuelo hoy en los hombres y él, como todos, guarda muy dentro los pedazos de cristal, se guarda de su filo mientras sigue danzando en su particular vals sin ritmo.
La música no suena en sus oídos, pero está ahí, a su alrededor, siente las hondas lejanas, atraerle hacia el epicentro, por eso salta de calle en calle, tropezando con los espejos. Federico debe tenderle sus brazos aquí y allá, él se deja caer, se besan un momento y el metal pica salado otra vez.
En Viena las estatuas se giran a su paso, le espían con curiosidad para saber su camino, pero él no se deja seguir y las confunde errando de una a otra, sin parar nunca. Quizá no está perdido, cerca del parlamento Atenea lo comprende, puede que el chico sólo busque otro color distinto.

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Azul

Los peces, las aves y muchos tipos de insecto se desplazan en bandadas, juntos. Uno puede quedarse embobado mirando ese movimiento que varía en ritmos y del rápido se inclina al lento. Todo tiene la coherencia de una coreografía ensayada, pero cada uno de los seres son individuales por lo que todo es un misterio. Por supuesto hay explicaciones de estos comportamientos, pero eso no importa. Lo que sí importa es esa belleza casi indescriptible de creación. Sí, de creación, pues podemos imaginarnos sin dificultad que esos enjambres, esos seres que tan a menudo podemos ver en documentales a través de nuestras pantallas o en los parques mirando hacia arriba en un día de verano, todos ellos tienen en común lo maravilloso del milagro de la naturaleza. Todos esos animales se desplazan en el océano azul o en el cielo cerúleo y a los poetas siempre se les han ocurrido miles de metáforas que hicieran de eso tan natural y común algo infinitamente bello, raro y asombroso. Quizá porque lo es o puede que en realidad todo sea más prosaico y nos hemos salido demasiado del tiesto, nos hemos perdido y ahora todo lo que esté fuera de nuestros bosques de cemento y ladrillo nos parece extraño y nos fascina.

Este un viaje por un mapa, un mapa azul, un esquema azul, imagínense al redactor de estas líneas sentado en una habitación casi a oscuras, sólo con un foco celeste sobre su cabeza, delante de la moderna pantalla de ordenador que le devuelve e ilumina su rostro con otro mortecino y cibernético azul. Imaginen el claro de luna de Beethoven sonando. ¿Por qué no? Está muy gastado, muy viejo, tanto que lo llamamos clásico, y sin embargo su belleza, su tenebrismo y fragilidad, su oscuridad en fin, nos sobrecoge. Con el primer movimiento podemos adueñarnos de cualquier titulo de artista, de creador: podemos hacerlo y pensarnos pintor o poeta o quizá, precisamente, músico; nos vemos en pleno proceso creativo contra toda marea; contra el viento que se levanta a lo lejos; contra el resto de seres que viven en la casa, sean amigos o enemigos; contra nosotros mismos; contra el hambre o el sueño; incluso contra la muerte. Escuchemos a Beethoven y podremos imaginarnos envueltos en llamas sin cesar de escribir, pintar o tocar un piano de larga cola con el pelo lacio sobre el teclado. ¿Demasiados lugares comunes?

Desterremos entonces esa imagen, simplifiquémosla hasta sus líneas más simples, hasta las aristas del dibujo, ahí está el esquema en blanco sobre azul y ahora borremos, eliminemos, destruyamos dejando de nuevo la pantalla monocroma. Trasladémoslo a otra tonalidad, quizá la Klein, siempre dispuesta a lo moderno, al grito, a lo cercano a lo púrpura. Ahora que lo hemos conseguido neguémonos a admitir mayores referencias a ese artista y tengamos en cuenta que es un hombre, un ser humano incapaz de ser mayor que cualquier otro hombre o humano.

En realidad, en un mundo de creación son bastante raros los testigos fieles que hayan podido ver a un autentico creador realizar su trabajo. La mayoría de estos demiurgos de media planta son consabidos intelectuales de los de la academia, de la nueva academia: esa que plantea una tipología ordenada por ellos mismos. No tienen sentido ni tampoco lo necesitan, no lo buscan, no les es necesario porque son La academia. Aunque su institución se organice en teatros secretos, en café señalados en un mapa imaginario de susurros y de humo, o al menos de alcohol cuando el humo falte. Iguales a estos son esos otros, organizaciones, grupúsculos que se desarrollan autonombrándose transgresores, antiacademicistas, que se esconden en otros bares y tugurios, más ruinosos o, simplemente, más discretos. ¿No?

Somos custodios de algo inútil. Lo sabemos, en el fondo lo sabemos, y aún en la superficie, pero lo queremos disimular maquilando ese tumor húmedo para disimular el repugnante latido que no cesa. Pero la mascara creada se cuartea invariablemente y la verdad desagradable brota poco a poco como un manantial entre las lascas de tierra. La verdad surge cristalina mientras nos ahogamos en un mundo pálido que huele a ozono, estamos solos en medio de las bandadas y los clanes.

 

 

 

Amarillo

En ocasiones destilamos una sustancia acre, amarga, amarilla. ¿Es el miedo? Hay una relación interesante entre la historia de ese color y la verdad, pero para descubrirla habría que pensar en esa verdad y encontrarla, diferenciarla, entenderla… ¿es eso posible? ¿No es una simple ilusión? ¿Un poema enorme sobre la ruta? América está llena de esos poemas que persiguen a Eliot como perros y que ladran a ese viejo “Whitman” barbudo y con los ojos perdidos. Es una manada, una jauría que cambió el oxígeno por el humo de la marihuana y el pan por la preciada mescalina. Uno se pregunta dónde quedó la sangre verde de Europa, pero aquí parece no tener cabida y se cita más esa extraña África que la vejez y la pureza pútrida de la matriarca. No, no es dar el paso más allá para encontrarnos con la verdad, eso sencillamente es agotador.

Por eso cuando la noche cae débil sobre nosotros, mientras paseamos con el cigarrillo en la boca en una especie de homenaje cobrizo, nos damos cuenta de nuestra herencia. La sonrisa aparece sin que la tengamos que forzar, es un gesto de rabia, de rebeldía que se apodera de nuestros músculos y recorre todos los tendones conscientes de la juventud, del deseo y de la necesidad de saber. Si somos fuertes tiraremos la colilla, el cigarro entero, esa preciada mota de suciedad que aspiramos con lujuria, y lo aplastaremos contra la carretera odiando a Eliot y al viejo hombre blanco. No servirá de nada, lo sabemos, pero hemos tenido la necesidad y la preferimos porque es menos brusca que estrellar un vaso lleno de whisky en el bar. La destrucción nos calma un instante y el cigarro esparcido es el que nos da un momento de libertad, de verdadera respiración. El gesto es una pregunta: ¿quién soy? Cuando exhalamos el aire envenenado la respuesta aparece. ¿Aparece?

Es verano, el sol llena de un oro mortal la pesada meseta, moribunda y lenta por la falta de brisa. El calor niega la lluvia, América se soslaya en la búsqueda de sí misma. Los jóvenes de sudor frío le preguntan al polvo por su destino; a veces obtienen respuesta. Todo es amarillo: la fiebre de los ancianos curtidos que nunca supieron sumar, lo que encallece a los jinetes mientras levantan la polvareda en el interior del país, la luz de los ascensores cuando termina el día un hombre encorbatado, y la orina que nace en las calzadas como una sierpe olorosa, enroscándose en las farolas.

Al final todo se reduce a lo mismo. Se busca el olvido de los nombres que nos hicieron aprender en la escuela, necesitamos de la nueva experiencia, de la otra persona que nos han anunciado que saciará nuestra sed de calor. Es por ello que más tarde o más temprano llegamos a las preguntas incómodas acerca de aquello que no se ha cumplido en nuestra vida, pero que nos habían prometido que tendríamos. No encontraremos a nadie que nos dé una respuesta adecuada, todas las hallaremos insuficientes. Entonces golpearemos el pecho de otros, lanzaremos acusaciones y finalmente nos recogeremos contra nosotros mismos hasta encontrarnos desnudos y hechos un ovillo sobre la cama. Quizá alguien saque una foto.

Ese miedo nos empuja fuera del tablero, nos provoca para que tomemos las fotografías en sepia, para que busquemos el efecto de luz que capte exactamente la manera en que nos sentimos. La realidad es que no sabemos expresarnos y damos la batalla por perdida. Buscamos la distracción; otros buscan la huida pero son más infelices aún. Seguimos caminando bajo luces doradas, sobre hierba rubia por la que arrastramos los pies. Caminamos juntos; el sonido de nuestros pasos lo corean con un bastón que mide cada palabra innecesaria, cada término esencial.

Hoy el horizonte se ha quemado mientras lo mirábamos sin saber qué había más allá.

 

 

 

Rojo

Esta es la prueba, este cuadro ante mí está lleno de fuerza, de palabras, de historia y también de religión. Uno podría pensar que un lienzo colosal producirá ante el espectador una impresión mucho mayor. Rothko lo sabía, él deseaba abrazar al espectador, engullirlo en ese vientre tenebroso de reflexión. Sin embargo mi cuadro es pequeño, una tela que podría ser adquirida por cualquiera para colgar en cualquier casa. Su tamaño es ideal para ese movimiento, ese intercambio de mundos que provocamos las personas en cada mudanza. Sí, el formato importa, igual que importa lo representado y la forma de hacerlo. Mi cuadro es una caída, el movimiento llevado al exceso, una titanomaquia donde Cronos ya ha sido vencido; es Cristo porque ha de estar ahí, en el color azul y blanco del cielo, en la iluminación más allá de la primera impresión. Sí, la tríada está representada y sin embargo son sólo color. El resto es violencia, rojos, negros y desnudez. La crueldad nos recuerda a Apolo, ese dios de belleza tan terrible como su ánimo. Él es el dios del sadismo y nosotros, espectadores mortales y humildes, hemos de preguntarnos cómo hemos de escapar de su influjo, cómo si somos herederos directos de él, si ante la caída, ante el cuadro, nos plantamos con la sonrisa torcida, cínica, o el gesto indiferente de un Commendatore resucitado. Hemos de elegir una de las dos vía, la que derroca a Dios, la de Don Juan, o la otra, la que lo venera, la que se declara heredero y continuador.

Ese es nuestro mundo y todo por un cuadro, un cuadro de caída donde leemos el bien, donde leemos el mal y donde se nos habla del mito, de la imagen, del hombre, de la mortalidad, de la lucha y de la derrota. Sí, porque esa desnudez de eternidad, a la vez tan expuesta, es una imagen de futuro, una promesa y una amenaza desde Dios, desde el commendatore que retorna para hablarnos del futuro, para condenarnos en caso de que seamos tan osados como para dar la espalda al Padre. No podemos matar a la divinidad pero podemos intentarlo y esa es la lucha que se representa, la consecuencia de la batalla, la inevitable derrota: fracasarás -dice Dios. ¿Cómo no temblar?

Es un pequeño cuadro lleno de ángeles fulminados por la mano izquierda de Dios. ¿Quién lo colgaría en su casa? Acaso el dormitorio sería un buen lugar, repitiendo el hábito del rey oscuro de España. Es sabido que Felipe amanecía en la soledad de su cama y que lo primero que veía ante la luz del amanecer era el tríptico de El Bosco. Felipe pensaba en el pecado, en Dios, en la mortalidad. Amanecía con ese pensamiento mítico porque debía dirigir un país, firmar decisiones prosaicas, vivir de, en, para y por la tierra y la sangre. Por eso el cuadro estaba en su cuarto, para recordar que había trascendencia, que más allá de las manchas de tinta en los puños de su camisa habría un Dios, o al menos una creencia, quizá sus ojos buscasen la gracia.

De repente la idea de un traslado del cuadro parece impensable. Pensamos en los museos como una suerte de templos modernos donde se adoran ciertas obras, ciertos autores. Sobre el altar está el arte mismo, lo que el arte significa. Allí está bien el cuadro, encerrado, dispuesto sobre el muro blanco y disponible a la mirada de cualquier paseante que desee, pueda y se atreva a colocarse delante de la pequeña caída, que es enorme. Resguardar la tela en la casa, en el dormitorio, es monstruoso, un acto de sadismo para con nosotros mismos. No, yo no podría mantenerlo mucho tiempo bajo mi mismo techo, su color, el sanguíneo rojo, terminaría por volverme loco, por desatar lo más primitivo que hay en mí, por convocar a la lucha.

Ya es demasiado para mí, me aparto, salgo de la sala y me siento ante un lienzo muy diferente que no me molesto en escudriñar, en vez de eso observo la gente vagar de un lado a otro mientras el rojo desaparece poco a poco de mi retina, como una impresión de color que se deshace ante el mundo real, la tierra de Felipe.

 

 

 

El color amarillo

¿Cuál es tu color favorito? ¿De qué tono está pintada tu habitación? ¿Qué gama utilizas al vestir? Parece que todas esas preguntas, ese mundo en technicolor, dice mucho de nosotros mismos. Si vistes de gris o de negro quieres pasar desapercibido, si tu habitación es de algún color cálido significa que eres una persona nerviosa y enérgica, si tu color favorito es el blanco has de ser alguien frío o alguien espiritual.

¿Paparruchas? Sí, evidentemente no es una ciencia exacta pero todos sabemos que a diversos colores y tonos les damos un significado distinto. Algunas son lugares comunes: el negro siempre se asocia a lo malo, lo oscuro y también lo reflexivo. ¿Podríamos distinguir a las personas por el conjunto de colores con los que se rodean en su vida? Sí, claro. Otros rasgos son los hobbys, las miradas, los silencios, el modo de hablar, las preferencias…

Pablo suele clavar la mirada en el otro, se cree observador y busca datos. Pablo es inteligente, viste con ropas oscuras, aunque ha desarrollado un gusto extraño por el marrón, que al fin y al cabo es el otro color neutro. Lleva gafas, sencillas y con la montura negra. Pablo lee mucho, sobre todo tragedias o literatura “difícil” ensayos y grandes novelas de esas que al común de los mortales no nos acercamos. Pablo no se destaca por sus silencios pero siempre habla con cinismo o ironía, llegando un punto en que sus allegados intuyen que él juega con las palabras y dice sin decir, pero lo dice. Pablo sólo tiene hobbys solitarios. Su habitación, por cierto, es de color gris azulado y se vuelve loco por lo azul. Quizá porque se enamoró de unos ojos azules cuando sólo tenía ocho años. Es mentira, claro, a los ocho años simplemente se dio cuenta de que los ojos azules le atraían y eso, entrelazado por algún que otro suceso que yo ignoro, le marcó.

Pablo trabaja desde casa casi siempre, es parte de “una empresa de entretenimiento” una editorial grande que le encarga leer una cantidad ingente de novelas para corregirlas antes de su publicación. Es un corrector, en resumidas cuentas y es muy bueno, en parte porque domina el inglés y el alemán, por lo que además de corregir obras españolas corrige traducciones que otras personas han hecho a otros autores extranjeros. A Pablo le gustaría ser él mismo el traductor, pero no ha podido ser, no le dejan. Extrañamente Pablo no peca del vicio que parece que toda persona cerca de libros termina por cometer: no escribe. Nunca se le ha pasado por la cabeza el hacerlo y cuando su madre se lo comenta delante de la familia en las cenas de navidad, él sonríe y dice que simplemente “no vale” No tiene una frustración por ello, sus aspiraciones artísticas se limitan a los crucigramas del domingo que siempre, no sabe de donde le viene esa manía, adorna con dibujos de diversa índole.

Pablo nunca se ha casado, de hecho no se le conoce parejas. Su madre está preocupada, su padre no porque murió años atrás. No tiene hermanos ni hermanas pero sí algún amigo. Exactamente tiene cuatro amigos: Laura, Juan, Roberto y Diego. Bueno, en realidad Diego cada vez pinta menos “en el grupo” ya que se ha casado y ha resultado ser de los que desaparecen cuando tal cosa ocurre. Con todo sí sigue quedando con los otros tres a menudo y los tres están preocupados por él. Laura y Juan comparten preocupación, les angustia que su amigo pueda pasar semanas sin salir de casa, que se recluya, su máxima aspiración es sacarle de casa siempre que pueden y le animan a realizar actividades fuera. Pablo sonríe, acepta las invitaciones y declina amablemente el asunto de las actividades al aire libre. Él sabe que lo intentan por su bien, pero también se da cuenta de que ellos no están en su cabeza y no pueden ver el mundo como él lo ve.

Roberto es el único que sí intuye ese punto de vista. Roberto es uno de esos cuyo color favorito es el azul, que mantiene largos silencios prefiriendo escuchar a los demás y cuya habitación es blanca y bastante vacía. No obstante, a Roberto le encanta viajar y es muy resulto con los desconocidos, siempre que se mantengan en la calificación, cuando comienza a haber confianza en las relaciones, su timidez le envuelve en un capullo casi impenetrable. Pablo cree que Roberto siempre estuvo enamorado de Juan, aunque en realidad Roberto siempre estuvo enamorado del padre de Juan, el cual, dicho sea de paso, ignoró hasta el día de su muerte los sentimientos del amigo de su hijo.

Roberto cree que Pablo ve la vida en blanco y negro, e incluso intuye que para él los personajes son mudos y que sólo suena una musiquita de fondo que a veces es agradable y otras algo estridente. Roberto es muy intuitito y es cierto que Pablo, en su vida entre libros, en su casa de la que no quiere salir, se siente triste, apagado y muy gris. Toda su vida fue enfocada desde el optimismo que le imprimó su madre al elegir el amarillo claro para pintar el cuarto de su infancia, pero ese optimismo, como el propio color, fue desapareciendo con el paso del tiempo. La pared fue repintada y la habitación se destinó a otro uso, pero Pablo cuando llegaba allí de visita aún creía notar el color tras el nuevo y desagradable rosa apagado. Como la habitación, su vida cambió, pero persistió el color, sudado, desvaído, ajado debido a las inclemencias de la vida que fue ensuciando los sueños, apagando las esperanzas y que le fue empujando, pese a que él se agarrase a todo cuanto pudo, hacia una vida banal que le había condenado a leer y leer hasta que perdiese el gusto por las palabras.

Roberto, que como decía es muy intuitivo, se dio cuenta pasados los treinta de que Pablo vivía por inercia, que la apatía le gobernaba y que él la aceptaba con una sonriente resignación. Al contrario que Laura y Juan, que ofrecían soluciones al problema que ellos veían, Roberto nunca dijo nada. Sí que intentó conversar con él muchas veces, pero se dio cuenta de que de nada servía ya. En realidad él mismo está de acuerdo con aquella visión sobre la vida. Al final las decisiones no conforman nuestra vida, sino que son las premisas, la ética, lo comprendido, los otros. Quizá vivir el deterioro del color amarillo influyó a Pablo tanto que ahora sólo puede sentir una punzada de excitación cuando unos ojos azules se posan en él detenidamente.

Roberto se preguntó muchas veces qué solución podía dar u ofrecer a su amigo. Él, que sentía como Pablo, lo solucionaba con sus viajes, con la excitación del descubrimiento de lo nuevo. Pablo no podía compartir esa afición y Roberto creyó que quizá fuera el amor lo que faltaba en él. No, Pablo debía de recorrer su propio camino y él estaría allí para ser su apoyo pasara lo que pasara.

Sin embargo, en su casa, Pablo, que ya hace unos años que no se cuestiona por la felicidad y que suspira tanto al día que hubiera preocupado a quien viviese con él si alguien lo hiciera, está sentado con un libro en las manos y siguiendo con su existencia hasta que esta cambie por sí misma. Hace mucho tiempo que ha perdido la fe en que sus acciones sean las que construyeran el futuro. Para Pablo el futuro es algo caprichoso que nunca va a darle un premio aunque lo agite frente a él.

Marismas

Color, luz y color. Bashir, tumbado en la arena, con los ojos abiertos y el mar en los oídos. Un temblor cruza el cielo de escasas nubes, forzando a que los velos dorados se desprendan como tela que escurre por un cuerpo desnudo. Bashir distingue amarillos dulces, violetas maravillosos y azules pálidos, invisibles y resplandecientes. Los astros, como luminarias de cristal encendido tienen el grosor de una hoja de papel.
-No era yo -musita Bashir.

El cielo ya no es cielo más, se confunde y deja de ser algo tan concreto. Ahora es color, luz y color. Todo es tan efímero, tan fantástico como las mil y una noches, pero cruzado con el esplendor de los caballos andaluces que corren por la cercana estepa, levantando en el aire olor de prado fresco y hierba mañanera.

Allí está él, bajo ese cielo punteado, ignorando un mundo enorme, contemplando el horizonte ocre, donde vuela el fénix mitológico, donde se baña el largo cisne y un pez casi místico. Algo surge de uno de los lados sin definir, batiendo sus alas lentamente, con cansancio, apenas perceptiblemente, alargando entre uno y otro gesto el espacio de grandes millas, así cruza la mariposa, como si no fuese necesario el movimiento, como si lo hiciera por puro capricho. En su vuelo majestuoso Bashir la admira, va dejando un rastro de color que se mezcla con el azul impoluto, con el ocre, con los dorados y los rojos, también con los violetas. El paso de las alas de la mariposa lo cambia todo y los colores se revuelven en una paleta confusa, creando una extraña brisa por donde pasa que riza los colores con largos tirabuzones blancos.

Y Bashir suspira, amando aquella belleza. Bashir cierra los ojos por un momento y se deja llevar por todo eso que ve y que siente. Aferra la arena caliente con sus manos y, sin pretenderlo, se duerme.

Despierta ya de noche, cuando el negro absoluto ha difuminado el rastro de mariposas o de otras aves, cuando ya tan solo quedan allí arriba los astros de cristal, encendidos pálidamente.

La luna le mira, grande y blanca, lamiendo con su larga lengua plateada las crestas de las olas de fría agua que se retuerce antes de esparcirse sobre las orillas. La tentación que siente Bashir es grande y se deja vencer por ella, se desnuda, se quita incluso la última prenda y camina hundiendo sus pies en la arena fría de la noche. Se sumerge, poco a poco, hasta que cae enteramente en ese helado caldo embrional. Por un momento Bashir se sienta más vivo que nunca y se deja mecer por ese frío embriagador. El agua le lleva de un lado a otro, le maneja como quiere, con afecto, con rudeza, empujándole a veces hacia la playa y otras hacia su interior. “Parece que no se decide a llevarme o no con ella” piensa Bashir. Y la mar, mientras le lame la luna, decide dejarle salir, huir, vivir.

Bashir se aleja, sin buscar su ropa, evitando al mundo como tal, buscando las sensaciones. Camina y llega a las marismas, atravesando puentes de luces rápidas, admirando esa calma eterna de agua estigmatizada y un verdor impropio que se confunde con el ocre de la tierra y el azul de las aguas. A Bashir le engaña su mente porque no existen esos colores en la noche, tan sólo los recuerda de su paso anterior porque la noche todo lo domina a su tonalidad preferida.

Bashir se tiende en algún punto, agotado del mundo, agotado de la música de sus oídos, del mar, de la arena, del cielo; vencido por las mariposas que le rondan en la noche. Mariposas nocturnas que velarán su cuerpo hasta que amanezca el sol y despunten los colores, pero no para Bashir, Bashir duerme y dormirá, pero nadie sabe si en algún momento volverá a despertar.