Un tema imposible

Sus ojos oscuros observaban el infinito espacio, buscaba en los puntos de luz formas imaginarias que tuvieran algún significado, pero fue en vano.

-No hay nada allí arriba –sentenció.

-¿Nada? –preguntó Adam a su lado, levantando la vista del libro en el que tenia puesta su atención.

-Bueno, me refiero a nada trascendental. Por supuesto habrá astros ardientes, planetas, cometas, asteroides y muchos otros cuerpos celestes. De seguro debe de existir vida más allá, en algún lugar. Pero mi nada se refiere a una nada trascendental.

-A Dios –Sugirió Adam.

Su interlocutor se encogió de hombros.

-Llámalo como quieras.

-¿Y cómo estás seguro de que no existe nada?

Por un momento el silencio se mantuvo entre ellos, un silencio contemplativo en que los dos tenían la cabeza puesta de tal forma que miraban el cielo tranquilo, que parecía inmutable.

-¿Tú qué piensas? –preguntó su interlocutor en lugar de responder.

-Bueno, es una respuesta difícil, amigo mío.

-¿Pero…?

-Creo que algo tiene que existir.

-¿Un dios?

-No.

-Uhm… –murmuró.

-¿Qué ocurre?

-Eres evasivo.

Adam suspiró, conocía muy bien el carácter de su amigo, pero muchas veces olvidaba que no sabía mantener una conversación difusa, para él todo debía de ser analizado, descifrado, comprendido y aprendido.

-Creo que es un tema muy difícil, que a los terráqueos nos ha llevado mucho tiempo, que nosotros mismos hemos complicado buscando en esa negrura brillante que tu miras algo que explique todo –Hizo una pausa, su amigo le observaba con seria curiosidad-. Es decir, hemos creado tantos dioses, tantas mitologías, tantos imaginarios que uno ya no puede saber a ciencia cierta si hubo algún fundante real para pensar en la existencia de un ser superior.

-Pero has dicho que hay algo.

-Sí, pero muy por encima de todo eso. No creo en un ser inteligente, superior, preocupado por el destino del mundo o del universo. No creo en un ser creador ni guardián ni nada similar. Todo eso sabemos que ha sido manipulado una y otra vez por poderes y personas muy mortales. Pienso que algo existe, pero algo como una fuerza primigenia, una X ecuacional que es imposible de despejar con nuestro conocimiento e intelecto limitados.

El amigo miró a Adam asintiendo, gesto que significaba que había comprendido. Luego volvió su vista hacia las estrellas.

-Sigo pensando que no existe nada.

Adam suspiró buscando paciencia.

-¿Por qué? –preguntó dócilmente.

-Demasiado tiempo sin dar signo de actividad.

-¿No es reducirlo todo a una respuesta mi sencilla?

Su interlocutor observó largamente a Adam.

-Has sido tu el que ha indicado que los “terráqueos” os complicáis demasiado.

El aludido sonrió ampliamente:

-Es cierto… ¿pero “os”? mi buen amigo…

-Yo no me complico, no entro dentro de esa calificación –dijo cortandole.

Los dos hombres sonrieron.

-Entonces -añadió Adam- ¿cómo explicarías tú todo eso que contemplamos?

El interlocutor volvió su mirada oscura hacia el universo. En la noche, dicen, somos más creativos, nuestro cerebro es capaz de concentrarse mejor. Quizá por eso a una persona con una inteligencia tan amplia como la de aquel hombre se le ocurrió responder de la manera en que lo hizo. Adam, que casi le igualaba en capacidades cognitivas, le escuchó con paciencia, entendiendo sus palabras, preguntando en el momento en que era necesario aclarar algún termino. Cuando ambos terminaron de hablar permanecieron con la satisfacción de haber compartido una grata conversación en buena compañía, pero ninguno movió un ápice su idea sobre lo trascendental, sobre el universo. “Incomunicación” espetó el interlocutor en un momento dado, pero Adam negó con paciencia y le corrigió. “prepotencia”, dijo, “pues nos pensamos capaces de encontrar la respuesta”.

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Conversación unilateral atemporal

A veces ella te ha visto hurgar entre las macetas del jardín de Laura. Lo sabes, pero no te importa porque tienes quince años y para ti los colores de las flores son el sentido de tu vida. Eres una niña un poco traviesa, muy callada, que mira con curiosidad, con inteligencia, no como el palurdo de tu primo que sólo sabe dar patadas a un balón. Te cae mal, pero tienes que aguantarle porque tiene doce años y tú ya te piensas muy mayor.

Pero pasan los años, creces, maduras. Ya no juegas con la tierra de las macetas, pero te sigue embriagando la fragancia de la tierra húmeda y de los colores floridos. El amarillo es tu favorito. Vives cerca de un río, en un pueblo no muy grande. Habitualmente en primavera y otoño te sientas sobre las piedras grandes cerca del puente y miras el agua con tus ojos verdes. Un día te pregunté qué hacías y me respondiste que buscabas el plateado viscoso de los peces grandes que saltan de cuando en cuando de las frías aguas. Nunca me extrañó que tu fascinación por el color te llevase a pintar, pero apenas lo hacías. Eras muy modesta y también muy practica (culpa de tu padre). “Perder el tiempo está mal”, era lo que él te solía decir. Tu agachabas la cabeza con tu nariz respingona de diecisiete años y la volvías hacia la ventana, buscando más allá a los chicos guapos que te miraban en el colegio. El día de tu dieciocho cumpleaños Juan te besó, muy tiernamente, sabía a fruta, eso fue lo que pensaste.

Y Juan pasó, junto con otros que vinieron después. Creciste y se te borró la inocencia del rostro. Pero la mirada de color se quedó, ese furtivo cazador que guardaban tus pupilas hechizó a muchos que cayeron a tus pies. Con veinte años te fuiste a la ciudad, te metiste en una academia de arte y pintabas durante todo el día. Aquel cuarto tuyo, viejo y destartalado, se convirtió en una paleta de colores. Te encerrabas cada día, apilando lienzos, llenando cuadernos. Cuando terminabas un cuadro salías a la calle a buscar inspiración o quedabas con algunos amigos para relajarte, para buscar nuevas sensaciones.

Así transcurrieron cinco años y expusiste, con no mucho éxito de critica, pero sí de ventas. Eras demasiado clásica, decían, pero te admitían un dominio del color magnifico. Te mudaste y empezaste a trabajar en una galería al tiempo que seguías pintando. Eras feliz, sencillamente feliz.

Y llegó Elena. Jamás habías conocido a una persona así, llena de energía, de espontaneidad, de genio. Era toda una intelectual, sabía de todas las materias, de todas las artes y era una conversadora mordaz, que no te dejaba escapar indemne de una charla sobre cualquier tipo de tema relacionado con sus conocimientos. Te atrapó y tú también produjiste un interés enorme en ella. ¿Cuanto estuvisteis juntos? Seis años, sí seis años en los que viviste radiante, bellísima, con tu trabajo mejor que nunca, vendiendo mucho, encantando incluso a los pedantes de las revistas y museos. Te hiciste un nombre en el mundillo. Pero ella se fue, se marchó más allá del océano porque necesitaba un cambio, porque su naturaleza temperamental y salvaje no podía estar mucho tiempo encerrada en la jaula de una relación seria. Lloraste, mucho, y entonces tu pintura cambió. Tu paleta se hizo oscura, pero te aplaudían aún más y tú no lo comprendías, pero les dejabas aplaudir y sonreías falsamente esperando el cheque que pagase la factura de la luz.

¿Pero qué te ha pasado, amiga mía? ¿Qué te ha pasado? Hace ya muchos meses desde que terminaste tu último cuadro y ya no pintas. ¿Qué ha ocurrido? Te veo y apenas te reconozco, sin arreglar, descuidada, siempre enfundada en los mismos jerséis grandes, como buscando un calor que no tienes. Me entristece tanto verte así… Y no puedo hacer nada… Ya no encuentro ese color en tu mirada, no está el buscador de matices que tanto nos fascinaba a todos. ¿Donde ha ido el cazador? No lo sé, supongo que hubo una tarde en que te cansaste, en que tu animo tocó fondo, cuando ya solamente pintabas con negro… ¿volverá el color? Espero… Espero que sí, me encantaría, me harías feliz con ello.

Hoy la hija de Laura te ha visitado y te ha alegrado el día, lo sé porque me lo has dicho. Habéis tomado café en ese sitio que tanto te gusta. ¿sonríes? Ves… no todo es tan malo. Sé que ella te ha recordado cuando tenías quince años y te pasabas las tardes en aquel jardín soñando con colores, hundiendo los dedos en la tierra húmeda de las macetas.