Habladles de batallas, de reyes y elefantes

habladles

Título original: Parle-leur de batailles, de rois et d’éléphants
Autor: Mathias Énard
Traducción: Robert Juan Cantavella
Editorial: Random House Mondadori

No imagino difícil de suponer qué es lo que me llamó la atención del libro. El título es muy sugerente. Me acerqué al volumen, leí la sinopsis, eché una ojeada a sus páginas e inmediatamente fui a pagar. Incluso estas navidades he adquirido otro para regalar a un buen amigo. Se trata de una de esas joyas de papel, que me encantaría tener siempre conmigo para revisar cuando sienta le necesidad.

La sinopsis es sencilla y jugosa: Miguel-Ángel diseñó un puente en Constantinopla para atravesar el cuerno de oro. Hasta ahí la parte verídica, el resto es ficción. Énard saca al florentino de Italia para mostrárnoslo. En este what if, Miguel Ángel deja los trabajos de la tumba de Julio II, Papa de gran carácter, (ha pasado a la historia como el Papa guerrero, además fue enemigo acérrimo de los Borgia, incluso se ha especulado su papel en la muerte de éstos) y huye para instalarse en una pequeña casa de la capital de oriente.

En sus páginas, Énard cuenta la historia de la estancia del genio. De su inquietud por el Papa abandonado, de su ambición de grandeza y gloria, y de la lucha perpetua con su sexualidad, nunca bien resulta. Asimismo la atracción gravitatoria de su figura nos acerca otros personajes reales y ficticios, o a medio cambio entre ambos. Es una bella historia sobre Miguel-Ángel, un encuentro entre occidente y oriente, dos mundos distintos relacionados gracias a uno de los grandes hombres del momento.

Apenas hay documentación sobre este encargo, Enard puede sentirse cómodo describiendo. Pinta un retrato del florentino con gran detalle en su fondo. Un estilo con frases cortas, un ritmo lento, fácil de leer. Una delicia turca deshaciéndose en la boca. Es casi poesía. De hecho algunos críticos lo han calificado de un “poema en prosa”.

Como contrapartida, el autor quizá peque de cierto preciosismo innecesario o forzado en algunos momentos, es el único pero que yo le encuentro.

El libro ha sido muy bien considerado por la crítica, quedando en los finalistas de los grandes premios literarios de Francia. Consiguiendo finalmente el Prix Goncourt des lycéens.

“La noche no conduce al día. Arde en él. Al alba la llevan a la hoguera. Y con ella a sus gentes, los bebedores, los poetas, los amantes. Somos un pueblo de relegados, de condenados a muerte. No te conozco. Conozco a tu amigo turco, es uno de los nuestros. Poco a poco desaparece del mundo, engullido por la sombra y sus espejismos; somos hermanos. No sé qué dolor o qué placer lo ha empujado hacia nosotros, hacia el polvo de estrellas, puede que el opio, puede que el vino, puede que el amor; puede que alguna oscura herida del alma, bien oculta entre los pliegues de la memoria.”

Nota: Un servidor ha leído la versión francesa, publicado por la editorial Babel. Por tanto no puedo comentar nada sobre la traducción española. Pero siendo Mondadori quien edita, no creo que me equivoque mucho si me aventuro a imaginar como de buena calidad.

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Anamorfosis

Los sagrados objetos volvieron sus ojos, y coronada de torres la Madre en la estigia onda a los pecadores duda si sumergir.[…] Ira su rostro tiene, en vez de palabras murmullos hacen.” – Ovidio, Las Metamorfosis

De la materia que forma la cosa habrá alguna ensoñación en el hombre que la admira: el tacto de los pechos de una mujer, del sexo del hombre, del músculo tornado del joven, de las carnes débiles de la anciana. ¿Cruzará el umbral de la decisión? Si la cifra que forma su nombre aún no ha sido pronunciada, si aún no se han encontrado las metafísicas que creen el esbozo de la sombra, si la teología no se ha contemplado aún, lo que es cosa no pasará la frontera de la materia bruta. Para lo contrario está él, ese hombre que observa el mármol, el cadáver tendido, la arcilla deshecha. Él, sin saber nada, ya piensa en un cuerpo que sólo es idea.

¿Quién es ese hombre de mirada perdida? Uno y múltiple a un tiempo. La soledad le rodea, los arcanos volúmenes llenan las paredes de su cuarto. Medita, le vemos especular, le sentimos pensar en el Cratilo, en los poemas modernos, en la moral de los medios… Quizá esté sentado en una silla sin hacer nada, o puede que camine por las calles mojadas, entre la peste arremolinada en las esquinas; también cabría la posibilidad de encontrarle sumido en el rezo, con El Nombre apuntándose en sus labios, sin pronunciarlo por miedo a la blasfemia; no, no lo pronuncia pero su boca lo dibuja sin sonido. Quizá es ese el empujón necesario, el último impulso hacia la condena. Está perdido, su propio nombre no aparece porque no tiene significado, se siente indefinido y busca lo más físico que pueda existir, busca un cuerpo que él no posee, un sustituto de sí mismo.

¿Qué canto triste inspiró a ese hombre taciturno a ocuparse de la tarea? Si la inacción fuese, en verdad, la forma de la razón, si la prudencia hubiera inspirado sus pasos, no habría puesto la mente en el cuerpo y el nombre en los labios. Nunca se sabrá cuál fue la idea que le llevó a dibujar al hombre, la que le hizo pensar en la anatomía del ser-hombre. Quizá haya sido el temor a los propios cuidados, el temor a la intimidad absoluta que devuelven los espejos. El cuerpo propio ya no es cuerpo sino una cosa distinta d incomprensible.

Todo comienza. Sus largos dedos moldean la forma sin presionar con las yemas, como si temiesen dejar demasiado de sí mismos en el rastro de la materia. El creador no toca, acaricia la obra. Poco a poco surge un cuerpo, se anuncia una forma que es posible diferenciar, se cose el tendón al tendón, se une hueso al hueso, se resquebraja lo sobrante y cae junto a la escoria. ¿Qué suerte ha tenido ese despojo para no ser parte de la cosa? No hay respuesta. Si alguien mirase por una ventana vería al doctor, al forjador de hombres y le pensaría como un Prometeo nuevo, como un genio soberbio que no aprendió de la historia.

Lo creado va tomando forma: primero no es nada, no tiene conciencia alguna, ni siquiera es una idea; únicamente se trata de un montón de material amorfo y sin sentido. Pero el cincel trabaja, la aguja cose, las manos moldean y poco a poco aquí nace un vientre, allí se dibuja un brazo, el pie se cose a un tobillo huérfano. El monstruo se va creando. Comienza a existir cierta coherencia, y algo cree ver ese loco que lo forma: un calor quizá, dentro del cuerpo frío. Cree en el latido imaginario y continúa trabajando como quien trabaja en sí mismo. La forma finalmente sale del molde imaginado. Exhausto, el creador lo observa con cierto temor, con un amor infinito y con la ignorancia de lo que ha de hacer después de aquello.

Se abandona el martillo, deja la aguja y también esa quintaesencia que no es más que barro mundano. Se aleja, duerme o reza, y en sus sueños le persigue eso que tiene ante él, lo que le espera observando desde un pedestal. La estatua vigila su sueño, el cadáver de cadáveres espera en la cama, sumido en una alucinación igual que él. Despierta el creador, eleva los ojos del libro donde busca la palabra de su dios. No ha encontrado descanso, pero sí resolución.

Recuerda el numen y no se lo explica. La forma le espera paciente en su incapacidad para ser otra cosa; de pronto, los objetos serán algo más que hermanos en esencia. El rabí escribe las letras, el doctor acciona las palancas, el rey reza entre lágrimas. El conjuro se cumple como si fuera un trámite necesario, si Dios está mirando ya ha firmado la sentencia. ¿Quién habrá que sepa si su aprobación se debe a la ira o a la curiosidad sobre lo monstruoso?

Un murmullo recorre la sala, se queja la piedra, la garganta seca. El gato del rabí huye de terror y los sirvientes del rey gritan asustados. El creador observa tan espantado como admirado. Lo inerte abre los ojos y el mundo se hace, toma forma: ¿cómo verá esa cosa artificial que murmura? Sus ojos tallados se mueven, los óculos vítreos giran espantados. ¿Será capaz de tener recuerdo ese cuerpo moldeado desde la nada? ¿Tendrá conciencia de las manos cálidas, del dolor de la aguja, de la agresividad del cincel?

El pálpito que el creador creyó encontrar en lo muerto ahora se hace evidente: el calor aparece, lo monstruoso se ha hecho, al fin, hombre. Un hombre corrupto, una parodia, un algo patético que llamaría a su creador padre si supiese asociar palabras en su cabeza, si supiese entender qué es lo que ha de hacer. Pero no puede.

El creador cae de rodillas, tiritando, se lamenta en alto, grita. ¿Qué ha hecho? ¿Qué aberración le ha llevado a semejante acto contra Dios? El rabí abre la boca, articula el nombre y su creación le mira, aludido, entendiendo lo único que puede entender: el arquetipo de sí mismo. El cuerpo se acerca, un ente con la suficiente conciencia para emitir un quejido constante, pero no es un hombre. Las manos del rey se alzan quizá pidiendo piedad, quizá con miedo, pero la verdad es que terminan sobre el mármol que ahora es caliente, que cede a su contacto. Sus dedos, si antes rechazaron la materia primitiva ahora sí adoran esa piel blanca. Lo creado le mira, ¿sentirá? Sí, se enternece con el contacto. La voz de su padre ensaya una pregunta que no entiende, pero cierra los ojos ante lo nuevo del sonido. Eso que es responde sólo con el sentimiento, el mundo es algo violento.

De repente se encuentra rodeado y siente confusión. La paz, que en un instante había hecho sentir la esperanza en el rabí, desaparece; el cadáver arrancado a Dios aparta al hombre y huye. Se interna en las nieves, escapa del mundo, camina sin descanso porque su forma se lo permite, porque no conoce el agotamiento ni los límites. Allí donde va se topa con todo a su alrededor y no lo entiende, incapaz de hablar, incapaz de la coherencia. Su boca nunca fue pensada para proferir sonidos, pero algo va formándose en su interior: un sentimiento de venganza, de violencia. Todo sobre él duele porque no ha habido alguien capaz de enseñar a una forma tan primaria.

¿Qué es lo creado? Una conciencia absurda, un intento de afirmación, la cosa misma, objeto incapaz de pensarse. Casi humano, casi realidad. Ese golem es solo piedra, esa carne es solo carne. Es una anatomía arrancada con violencia de la roca viva, cortada con saña entre despojos de cementerio, elevada con la arcilla ilusoria que la ha condenado. El ser ha sido traído a la vida en un terror distinto al del vientre de la madre, artificial, soberbio. Está condenado a una existencia parcial que no ha de comprender, a percibir todo sin saber el código capaz de descifrar la realidad, la violencia del mundo que ni entiende ni le puede entender.

¿Qué esperanza ha de encontrar en un mundo sin paz, sin caricias, avocado al grito eterno que hace encoger el estómago, que destroza con su poderosa violencia? La respuesta es la de siempre, pues son todas: siempre se encontrará en el hombre la mortalidad, la maldición, la caída hasta el ahorcamiento. La luz, la lluvia, la muerte más patética, la sangre derramada sobre el otro; cualquiera de entre esas cosas será la que firme su locura. La locura de un cuerpo que ve el mundo como un hombre no puede hacerlo, como el sacerdote ignora, igual que el doctor ignora, igual que el rey ignora. ¿Qué entiende? El cuchillo sobre el cuello, la virilidad sobre la feminidad, el sexo terrible de los ahogados, la restitución del acero ante la trémula carne dorada por el sol.

La humedad sustituirá la pétrea superficie de la cosa, el cuerpo parodia de lo humano terminará demostrando lo blando que puede ser, la pasión que puede ofrecer. El canto oscuro del príncipe vengador bendecirá la huida del cadáver que camina buscando un guía del alma humana; no sabe que carece de algo similar. La tormentosa figura paterna se revelará como la causa de todo mal, de la desesperanza última. Saltará al abismo, comenzará la caza de su cuna, de su nacimiento, sus ojos lastimeros encontrarán en la muerte del creador la venganza ante la violencia. El cuerpo se hará vencedor sobre las metafísicas, las poseerá y, una vez lo haga, una vez venza sobre todo, se consumirá en el temor y en la duda. Se hará humano, con rasgos marcados, con la sombra rodeando sus ojos azules. Carecerá de piedad pues eso no será capaz de aprenderlo. Llevará siempre un clavel rojo en la solapa como recuerdo por lo vertido, por su herencia última. Cargará con la columna del pasado y conocerá el mito del hombre hasta que comprenda que en su desnudez se encuentra realmente la violencia que le confiere humanidad.

Desde una torre de marfil

Borges fue el arquitecto de la biblioteca. El argentino era heredero directo del gran creador de laberintos, era Dédalo mismo, reencarnado. Borges vivía en una torre de marfil, una inmensa, que tomó mayor definición a la llegada de su ceguera. La negrura trajo consigo el infinito espacio donde se sentía acogido. La lectura pasó a ser rememoración y escucha, la escritura palabra, y lo único inalterable fue su pensamiento.

Las torres de marfil siguen elevándose hoy. Si alguien pudiera verlas, mostrarían un mapa mundial lleno de finas agujas blancas, elevadas al nivel de los rascacielos. Edificios sin ventanas, llenos de posibilidades, rectos y verticales algunos, otros largos y curvos como los tallos de una planta. Y arriba, en la cúspide de la torre, a modo de una flor abierta, un mirador con un escritorio desde donde pueda verse el horizonte. Torres de marfil que nacen en pequeñas habitaciones de residencias universitarias, donde el escritor se enajena del mundo ante su papel y su ordenador. Torres de marfil cuyos pilares se asientan en la casa paterna, donde el compositor intenta ordenar las notas en el orden adecuado para fabricar una melodía, un ritmo, un sonido o también un silencio. Torres de marfil con troncos surgidos de las bibliotecas públicas, de casas ancestrales ocupadas por una soledad dolorosa, y sin embargo buscada. Escaleras de nácar ascendiendo hacia ese vacío deseado desde los parques donde uno mira la nada durante horas, desde los cafés donde la tristeza enfría la taza.

Pero también hay torres desmoronadas, con grandes pilares hundidos en la tierra, raíces de piedra retorcida y mezclada con la hiedra. Torres sin mirador, sin escritorio entre las nubes, cortadas a media altura con un tajo torpe. Son edificios más subterráneos y cerrados, como si fueran una broma de arquitecto. Borges nada supo de estas torres que no figuran en el ajedrez. Como habitantes de las ruinas hay algún poeta desconsolado, sin amor, sin amigos, perdido en su mundo lírico y lleno de ideas; también hay filósofos incapaces de dejar un libro sin tener otro en la mano; hay pintores con sus habitaciones cubiertas, capa sobre capa, de escenas mil veces soñadas; hay escultores deshechos en lágrimas, entre fragmentos de rostros pétreos, por no ser Pigmalión y no haber hallado a Galatea. Pero los escritores son los peores, criaturas sentadas ante una mesa desvencijada, abriendo sus alas descomunales en la oscuridad, igual que lo hacía Holan con su poesía; son ángeles caídos, criaturas transformadas en demonios. Clavan sus dedos en la madera mientras se acercan y se acercan al papel, hasta acariciar la superficie con la mejilla. Mantienen los ojos abiertos cuando la pluma rasga la página, pero siempre escriben aquello incomprensiblemente alejado de su mundo, de su historia. Quisieran –más de uno ya lo ha hecho, presa de la frustración– clavar la pluma, esa aguda y decepcionante punta, en sus propios ojos, en medio de la pupila o del blanco virgen que se anegaría rápidamente de tinta negra y sangre. Hundir así, a picotazos, el instrumento de la creación, hasta destruir esos órganos capaces de espiar en los espejos. Después entran en la oscuridad sin lavarse, con las córneas despellejadas y las retinas deshechas, abandonándose entre las ruinas de su torre para esperar el silencio sin capacidad de escritura. Solos en medio de nada, conscientes de su monstruosidad, de la degradación con la que llamarán en un grito a la muerte. Algunos se lanzan a las chimeneas, se dejan consumir en un dolor sin descripción, inspirador de gestos tan violentos que sus patadas y manotazos terminan por mover alguna piedra de la torre, de la ruina; esa minúscula desviación es suficiente para dejar sin equilibrio todo el edificio, derrumbándolo sobre el cadáver ennegrecido. Otros encuentran nuevamente la pluma y saben utilizarla como puñal directo al corazón o tal vez en la garganta. Los menos ven, en lo alto del edificio, una manera de jugar a ser Ícaro, hijo del arquitecto. Violencia de la desesperación, sadismo amargo.

Son lugares difíciles esas torres de marfil. Lo que para unos parece un santuario, para otros puede transformarse en su tumba. Sus salas laberínticas, llenas de libros y espejos, llenas de recuerdos y de pasarelas que a veces conectan con el mundo, son espacios donde las monstruosidades de cada uno surgen, pues son convocadas por el silencio y la reflexión. Pero hay poetas y pintores y compositores y escritores, que ganan la batalla contra los espejos y pueden asomarse a la cúspide de su torre desde habitaciones de residencia, desde casas alquiladas. Algunos son débiles y mueren o se pierden a sí mismos, otros tienen la fuerza necesaria para resistir, continuar y ver desde su mirador las constelaciones arriba y abajo el mundo del cual son parte, sobre el cual escriben o pintan o componen.

Ecos de sadismo

Dejadles caer, dejadles, dejad que su guerra dure otros mil años más. Yo restaré aquí, yo seguiré observando y permitiré que todo cambie para que todo siga igual. Llevo escuchando el ritmo seco y monótono de sus pasos desde que nacieron, desde que abrieron sus alas en la sombra y rompieron a volar contra la luz.

Cuando sus garras ennegrecidas rasgaron la tela blanca y aparecieron los guardianes también fui yo quien reía. Sí, soy el demente de dientes temblorosos, de chasquidos de hueso, de carne hinchada… Soy un monstruo, lo declaro, pero también yo soy el hacedor y en mi posición lo corpóreo tiene poca importancia. Lo masivo en este mundo que yo dirijo proviene de lo creado: es el hilo viscoso de los pensamientos que resbalan desde los babeantes, es el bronce sin pulir de los pensadores, es el mármol lacado de los que comedian. Yo soy.

Me muestro como un buen secreto, sólo dejando que mi silueta aparezca, sólo proyectando esta voz que os hace gemir. Sí, ya sabéis quién soy, lo tenéis en vuestra cabeza, mi nombre recorre el camino de lo posible pero no os atrevéis, no os decidís ni siquiera a susurrarlo porque hacerlo lo confirmaría. Mirad la noche desde el interior de una habitación, observad a dos pasos de la ventana. ¿Qué veis? No podéis rehuirme.

Dejadles entonces, yo sigo divirtiéndome, sigo dirigiendo todo sin cansarme porque destruir es tan divertido como crear engendros. Soy fértil y pródigo en hijos, los creo sin permitir que se sepa si es o no a mi semejanza. Mi ejército de niños crece delante de mí, protegiendo al padre; luego siembro en ellos la envidia, el odio, la ira, la discrepancia, el sentido de la justicia, distintas morales, distintas certezas y la duda. Por último, ya adultos, les hago entrega de espadas y arcos, de viejas hachas, de cañones y dejo que comiencen la guerra. Dejadles, sí, porque ellos son mis hijos.

Y yo y mis hijos, mis ojos y mis manos, lo masivo de mi aliento, lo leve de mi cuerpo oculto, la sangre que ellos derraman, la propia luna, las estrellas, las noches opacas, los días bien nublados, la lluvia de cenizas, las ojeras manchadas de amarillo, las heridas donde meto mis dedos para decir que sí creo, los sexos de donde bebo para saciar lo que no sacio, todo ello se une y se sincretiza y el conjunto que surge de mí a mí se refiere. Todo es uno, el círculo se cierra: mis carcajadas desencajarán la mandíbula de mi calavera, el dolor volverá ocres mis huesos y quebradizas mis palabras.

Ahí agazapada, aún con el cordón umbilical uniéndola a mí, yace una bestia que me observa con violencia. Atacará porque yo lo quiero y se enfrentará con sus colmillos a mi cuerpo de sombras. ¿Me desgarrará? Yo solo deseo asistir a la caída, a la guerra, quiero que el dolor que produzca sea tan agudo que me arranque la declaración que tanta sangre requiere. Entonces podré decir yo mismo mi propio nombre, y adivino el momento tan exquisito, tan insufrible, que querré morir de hartazgo ante la razón. 

Dejadles caer y comenzará todo.

Azul

Los peces, las aves y muchos tipos de insecto se desplazan en bandadas, juntos. Uno puede quedarse embobado mirando ese movimiento que varía en ritmos y del rápido se inclina al lento. Todo tiene la coherencia de una coreografía ensayada, pero cada uno de los seres son individuales por lo que todo es un misterio. Por supuesto hay explicaciones de estos comportamientos, pero eso no importa. Lo que sí importa es esa belleza casi indescriptible de creación. Sí, de creación, pues podemos imaginarnos sin dificultad que esos enjambres, esos seres que tan a menudo podemos ver en documentales a través de nuestras pantallas o en los parques mirando hacia arriba en un día de verano, todos ellos tienen en común lo maravilloso del milagro de la naturaleza. Todos esos animales se desplazan en el océano azul o en el cielo cerúleo y a los poetas siempre se les han ocurrido miles de metáforas que hicieran de eso tan natural y común algo infinitamente bello, raro y asombroso. Quizá porque lo es o puede que en realidad todo sea más prosaico y nos hemos salido demasiado del tiesto, nos hemos perdido y ahora todo lo que esté fuera de nuestros bosques de cemento y ladrillo nos parece extraño y nos fascina.

Este un viaje por un mapa, un mapa azul, un esquema azul, imagínense al redactor de estas líneas sentado en una habitación casi a oscuras, sólo con un foco celeste sobre su cabeza, delante de la moderna pantalla de ordenador que le devuelve e ilumina su rostro con otro mortecino y cibernético azul. Imaginen el claro de luna de Beethoven sonando. ¿Por qué no? Está muy gastado, muy viejo, tanto que lo llamamos clásico, y sin embargo su belleza, su tenebrismo y fragilidad, su oscuridad en fin, nos sobrecoge. Con el primer movimiento podemos adueñarnos de cualquier titulo de artista, de creador: podemos hacerlo y pensarnos pintor o poeta o quizá, precisamente, músico; nos vemos en pleno proceso creativo contra toda marea; contra el viento que se levanta a lo lejos; contra el resto de seres que viven en la casa, sean amigos o enemigos; contra nosotros mismos; contra el hambre o el sueño; incluso contra la muerte. Escuchemos a Beethoven y podremos imaginarnos envueltos en llamas sin cesar de escribir, pintar o tocar un piano de larga cola con el pelo lacio sobre el teclado. ¿Demasiados lugares comunes?

Desterremos entonces esa imagen, simplifiquémosla hasta sus líneas más simples, hasta las aristas del dibujo, ahí está el esquema en blanco sobre azul y ahora borremos, eliminemos, destruyamos dejando de nuevo la pantalla monocroma. Trasladémoslo a otra tonalidad, quizá la Klein, siempre dispuesta a lo moderno, al grito, a lo cercano a lo púrpura. Ahora que lo hemos conseguido neguémonos a admitir mayores referencias a ese artista y tengamos en cuenta que es un hombre, un ser humano incapaz de ser mayor que cualquier otro hombre o humano.

En realidad, en un mundo de creación son bastante raros los testigos fieles que hayan podido ver a un autentico creador realizar su trabajo. La mayoría de estos demiurgos de media planta son consabidos intelectuales de los de la academia, de la nueva academia: esa que plantea una tipología ordenada por ellos mismos. No tienen sentido ni tampoco lo necesitan, no lo buscan, no les es necesario porque son La academia. Aunque su institución se organice en teatros secretos, en café señalados en un mapa imaginario de susurros y de humo, o al menos de alcohol cuando el humo falte. Iguales a estos son esos otros, organizaciones, grupúsculos que se desarrollan autonombrándose transgresores, antiacademicistas, que se esconden en otros bares y tugurios, más ruinosos o, simplemente, más discretos. ¿No?

Somos custodios de algo inútil. Lo sabemos, en el fondo lo sabemos, y aún en la superficie, pero lo queremos disimular maquilando ese tumor húmedo para disimular el repugnante latido que no cesa. Pero la mascara creada se cuartea invariablemente y la verdad desagradable brota poco a poco como un manantial entre las lascas de tierra. La verdad surge cristalina mientras nos ahogamos en un mundo pálido que huele a ozono, estamos solos en medio de las bandadas y los clanes.

 

 

 

De creationis

De todos los tópicos que se han ido formando alrededor del poeta, del compositor, del pintor o del artista en cualquiera de sus vertientes, quizá uno de los más persistentes, una de esas controvertidas convenciones que se aceptan inmediatamente, es el miedo a la página en blanco. Una especie de “horror vacui” que en el periodo románico se asociaba a la proliferación de figuras, lineas, colores y formas de cualquier tipo. Se hacía todo con tal de que no quedara espacio sin rellenar. Miedo al vacío entonces, a lo no conocido; el pavor que se siente no es por la falta de algo cognoscible sino por la pregunta incómoda que suscita el hueco sin rellenar. ¿Qué hay en ese espacio insoportablemente blanco? ¿Qué es? ¿Qué nombre tiene? No hay respuesta y por eso surge la inquietud. No conocemos lo que hay más allá y sabemos que “nada” es una respuesta demasiado rápida y que cae fácilmente en el equívoco. Antiguamente en la cartografía medieval se consideraba que los espacios vacíos del mapa debían de ser lugares oscuros y terribles, ya que de no ser así Dios habría iluminado a sus hijos predilectos hasta llegar allí. ¿Qué solución tomar en aquellas minuciosas obras de arte que pretendían guiar los ojos curiosos del monarca? Al cartógrafo le vino rápidamente una idea a la cabeza, hizo un bonito dibujo y grabó el lema“Hic sunt dracones”, es decir, “aquí hay dragones”. Es fácil suponer que los ojos reales de su alteza se deleitarían con aquellas serpientes que emergían del mapa, aceptando con reverencia la insignia del cartógrafo. “Sin duda debe de haber dragones” y la mención a Dios sería segura.

La historia del vacío es muy larga. Ese lugar común de que los artistas tienen horror a la página en blanco se entiende de la misma manera que en el caso del cartógrafo o del pintor medieval. ¿Qué hay en esa cuartilla iluminada, sin mancha alguna que perturbe su textura? “Nada” no es una respuesta y el poeta, el escritor, el pintor ante su lienzo, el compositor que traza los pentagramas pero que ve igual de virginal la superficie, todos ellos se preguntan por qué tienen miedo y bajan la pluma o el bolígrafo o los dedos sobre el teclado y dudan. Escribir “aquí hay dragones” ya no parece adecuado siglos después ni tampoco serviría comenzar a garabatear o dar pinceladas rellenando por rellenar. Queremos manchar el papel, pero queremos hacerlo bien y de la forma exacta, sin excesos, sin trucos. Esos instantes antes de que se prenda la mecha, halla o no inspiración de por medio, están llenos de miedo. Es el miedo al vacío que se ha de llenar, pero también miedo a la mediocridad, a escribir algo que no sea digno de ese papel blanco. Sí, algo tiene de sagrado el acto de la escritura. Es dotar de cierto cariz real, destapar toda duda de cómo debe ser eso que no existe hasta que le da forma la tinta o la pintura. “Escripta manent” y los artistas lo saben y temen su permanencia, su realidad. Es mejor, menos problemático, dejar esas ideas en el limbo, en el rincón oscuro donde apenas son un destello, una sombra de lo que podrían ser.

Y finalmente se escribe, con miedo al principio, pero luego la mano se acostumbra a hacer ese ejercicio y prosigue rellenando la página, anotando al margen lo necesario, tachando si ha de hacerse. Crea, en una palabra. La mente se confunde y termina por marginar lo que es real, se traslada a ese pequeño universo de sombras donde el papel es lo más brillante, toma nota de aquello que ve sin ver, pinta lo que su imaginación le exige y por fin, cansado, el mundo extraño se difumina y la realidad vuelve con su peso cotidiano. El papel aparece emborronado junto a otras páginas que le han seguido. El cuadro está terminado, o al menos ha finalizado la parte que le tocaba ahora. Quizá haya un ligero zumbido en la cabeza de ese artista ante su obra y quizá relea con angustia creyendo que lo escrito es apenas digno de ser visto por ojos ajenos. Puede romper el papel o lanzarlo al fuego, aniquilarlo hasta que desaparezca su existencia. Todo con tal de que se destruya eso que ha sido traído desde un mundo sombrío
hasta el nuestro. El trabajo de demiurgo siempre ha sido y será decepcionante, porque trasladar lo que queremos mostrar al plano de lo real vendrá con imperfecciones que nunca podremos pulir del todo. Aún cuando por fin el artista quede satisfecho se dará cuenta de que no puede escapar al temido juicio, a la crítica, a la crisis a la que se ha de enfrentar esa obra ante “el otro”. Ese otro posará su mirada en el cuadro, en la obra, pensará, tendrá una opinión y sus labios pronunciarán sentencias que de un modo u otro afectarán al artista y a su obra. Pues ese “horror vacui” que se había superado ahora muta por el miedo a la crisis, al juicio, miedo a la mediocridad, a que lo escrito sea mendaz.

El creador jamás podrá escapar al terror.