¿La televisión es cultura? (Segunda parte)

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Junio de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

En el artículo de mayo hablamos sobre la decrepitud de los distintos sectores dentro de la televisión española, la decadencia tanto en la ficción como en la no-ficción patria. Hoy las dinámicas de la programación televisiva centran su atención en despertar el morbo del espectador, una circunstancia que se ha respondido tradicionalmente alegando la oferta como consecuencia de la demanda. Si bien es indudable la existencia de una audiencia respaldando dichos programas, el “amarillismo” se ha ido propagando hacia otros, el caso más flagrante es el de los informativos.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

En este 2015, sin embargo, hemos asistido a un ligero cambio en el panorama televisivo español. Si bien esa “señora de Cuenca” ha sido el tótem sobre el que ha girado la ficción de nuestro país durante casi veinte años, parece que ahora producciones más audaces como Vis a vis, (Globomedia, 2015) o El ministerio del tiempo (Onza Partners y Cliffhanger, 2015) trazan un camino para salir de la mediocridad. Esta nueva hornada de series de televisión se fija en ejemplos extranjeros para crear un producto diferente y comprensible dentro de nuestra sociedad. Si bien no son ejemplos perfectos sí dignifican algo la muy maltrecha ficción española.

No sólo las series son síntoma de esta mejoría, La 2 de TVE cuenta con varios programas de divulgación cultural (científica y humanística) En esta cadena El escarabajo verde lleva muchos años produciendo reportajes y documentales de gran calidad sobre medio ambiente; Pagina 2 es el único monográfico literario de la televisión y saben aprovechar excelentemente la media hora de que disponen; Órbita Laika se ha transformado en un magazín científico serio y entretenido; ¡Atención, obras! muestra el panorama de la actualidad de las distintas artes, tanto dentro de nuestras fronteras como fuera de ellas; para finalizar This is Opera ha cosechando un éxito imprevisto durante los últimos meses gracias a un programa muy dinámico sobre el gran espectáculo de la música. TVE junto con Radio 3 también ha demostrado saber cómo aprovechar su magnífico fondo audiovisual con Cachitos de hierro y cromo. Todas estas propuestas mantienen una calidad extraordinaria con un presupuesto ajustado, demostrando así que otra televisión es posible. Pese a ello, sorprende no sólo el poco interés del público hacia esta cadena, sino lo mal que la propia TVE (siempre zarandeada por los cambios políticos) gestiona los programas de La 1, su canal insignia y donde debería mostrar lo mejor de sí misma. El colmo se lo llevan series como Los misterios de Laura, que mientras es comprada y valorada en el extranjero, aquí tras un lago periplo parece que no volverá a emitirse. Si bien la comedia nunca fue perfecta, sí era una serie bien hecha y alejada de los tópicos imperantes en otras del mismo género. Otro ejemplo sobre este tipo de maltrato se lo ha llevado Alaska y Segura, este 2015, TVE se atrevió a pasar el Late-night cultural de La 2, donde llevaba dos temporadas cosechando mucho éxito, a La 1. La apuesta fue muy bien recibida, pero inexplicablemente la cadena comenzó a maltratar el programa con cambios de horario y cancelaciones absurdas de último minuto.

Si bien TVE poco a poco apuesta, pese a sí misma, (ha quedado claro que ella es su peor enemigo) por un camino diferente, Atresmedia (Antena 3 y La Sexta) procura hacer algo parecido. Quizá ha comprendido la importancia de cambiar para no hundirse, tiene la oportunidad de convertirse en la gran hacedora de series en nuestro país, pero está por ver si sus decisiones le llevan por el buen camino. El caso de Mediaset (Telecinco y Cuatro) es bien distinto. La cadena dirigida por Paolo Vasile ha rechazado presentarse a los Premios Iris otorgados por la Academia de la Televisión, dónde en entregas anteriores crearon nuevos galardones para que la empresa no se fuera de vacío, tampoco se presentaron el fesTVal de Vitoria. La premisa de Mediaset es basar toda su trayectoria en la audiencia. Pero es en esa tiranía del público donde nacen los problemas y germina la homogeneización de la programación televisiva. Pero no sólo Mediaset ha sido la abanderada de este sistema, también Atresmedia e incluso TVE (sin lógica ninguna pues no entra dentro de la competitividad económica por la publicidad) han caído en esa trampa, está por ver si alguna de ellas es capaz de salir de su obsesión, pero aunque hay tímidos pasos hacia otro modelo, el cambio no es fácil.

En últimas declaraciones, la CNMC (Comisión Nacional de Mercados y Competencia) afirmó su descontento con el duopolio Atresmedia / Mediaset. Su análisis se basaba en el reparto de ingresos gracias a la publicad (copan el 90% del total) La CNMC decía estar más cómoda con tres o cuatro jugadores compitiendo por los porcentajes y la audiencia pues dinamizaría el reparto de dinero. Esto, volviendo al tema que nos ocupa, también sería beneficioso para la diversidad y calidad de la parrilla, pues una mayor competitividad fomenta la creatividad, y esta es el factor más importante para construir un medio culturalmente digno.

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¿La televisión es cultura? (Primera parte)

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Mayo de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

El debate no es nuevo, pero siempre está de actualidad. Aunque ha dejado de ser la reina debido a internet, la televisión sigue siendo el medio de comunicación más presente en nuestra sociedad, todavía goza de un código comprendido por el mayor número de personas (la adaptación de la tercera edad a las nuevas tecnologías no va más de lo anecdótico) La respuesta a la pregunta debería ser un “Sí” rápido y seguro, pero la dificultad de responder afirmativamente se debe a la gran cantidad de programas de baja calidad o de naturaleza vergonzosa.

Si hoy dudamos o si directamente nos inclinamos hacia la respuesta negativa es por el hartazgo como espectadores ante una programación que no sólo infravalora nuestra capacidad, sino que ha ido homogeneizando los contenidos hasta dirigirse a un único tipo de espectador. Salvo contadas excepciones, en la última década la televisión de España apenas ha cambiado. Se ha “evolucionado” pasando de la señal analógica a la digital y ofreciendo una lista de canales más amplia, pero todo esto sólo se refiere al contexto de la televisión como plataforma cultural, no a la forma y mucho menos al fondo.

Sobre la ficción televisiva, el “gran mal” fue Médico de familia (Globomedia 1995 – 1999) no por la serie en sí misma, sino por la herencia que dejó. Su éxito como “serie familiar” se debió a presentar un plantel de actores representantes más o menos diversos de la sociedad junto a tramas cotidianas completamente blancas. La serie no podía ser criticada porque no molestaba a nadie y a partir de entonces las distintas productoras quisieron imitar esa receta magistral. Se pretendía tener contenta a la “señora de Cuenca” una expresión que se ha usado mucho para hablar de televisión en los últimos años y que ilustra el poco coraje de las empresas y los creadores del medio. A esta tendencia de tramas blancas se fue añadiendo en la última década el progresivo asentamiento de una nueva “raza” de actores de televisión, cuya capacidad interpretativa ha sido mucho menos importante que su atractivo físico. Como resultado, la lista de productos de ficción española durante veinte años no ha sido sorprendente ni innovadora, pero además ha ido deteriorándose progresivamente con guiones toscos y personajes tan masticados que al espectador le resultaría difícil distinguirlos entre una serie y otra.

Pero no sólo la ficción ha resultado decepcionante, en los distintos programas de actualidad (informativos o tertulias) se ha ido abandonando el interés por la veracidad o la crítica profunda, favoreciendo el comentario personal y seleccionando las distintas noticias por criterios casi en exclusiva morbosos. En consonancia con esta tendencia, los programas del corazón (periodismo rosa/amarillo) han ido creciendo en popularidad y traspasando distintas barreras de pertinencia y estilo, hasta presentarse como tertulias pseudo-improvisadas que han llevado el lenguaje y la temática de la televisión hasta unos niveles de zafiedad únicos. A todo ello se le suma la escasez de programas dedicados a la divulgación cultural y científica, atrincherados casi en su totalidad en La 2 de TVE, donde resisten con una calidad muchas veces sorprendente para el poco presupuesto disponible y la poca atención de los niveles de audiencia. Quizá la excepción que confirma la regla la encontremos en los concursos, shows y reality shows televisivos, donde se han ido probando tipos distintos (que funcionan por ciclos) Sin embargo, entre los reality shows se encuentran también los ejemplos más sonrojantes de programas televisivos, su decadencia hasta la decrepitud sobrepasa lo obsceno.

Todo este mal endémico se debe a la obsesión de las cadenas por la audiencia. Esto, si bien comprensible en una lógica mercantil, se conjuga con la conservadora gestión de las empresas, que apuestan poco por lo innovador. Pierre Bourdieu (Francia, 1930 – 2002) en Sur la télévision (Curso del Collège de France, 1996) ya apuntaba esto como causa de la tendencia homogeneizadora de la programación televisiva, que además puede tener consecuencias políticas. En España a la enfermedad de la televisión también ha contribuido el duopolio de Atresmedia y Mediaset, establecido sobre todo tras la adquisición de La Sexta y Cuatro respectivamente. Si bien existe la creencia establecida de que hay una rivalidad entre ambos grupos (y la hay, no nos engañemos) lo cierto es que sus ingresos provienen de la publicidad, la cual se gestiona con relación al horario y las audiencias; al final ambos grupos se reparten las ganancias con bastante ecuanimidad. Estas dos empresas se han colocado como antagonistas, ofreciendo una programación en distintas direcciones y quedándose cada cual con su parte de espectadores. Los bandazos políticos de TVE tampoco han ayudado para crear una televisión pública de calidad, convirtiéndose en una compañía completamente desorientada que apenas sabe hacia donde dirigirse.

Como consecuencia de todas las circunstancias relatadas, responder “Sí” a la pregunta situada en el título de este artículo nos ha causado vergüenza durante muchos años. Más que cultura, la televisión en España ha sido muestra de la parte más vulgar de nuestro país. Sin embargo, en los últimos meses hemos acudido a un leve cambio, un viento fresco que podría significar una transformación sustancial a la larga. Quizá este sea el germen para una televisión de calidad, sobre ello hablaremos más ampliamente en el artículo del próximo mes.

Jorge Fernandez Ruiz, mayo

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

El valor de la cultura

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Marzo de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

¿Qué está ocurriendo? La sociedad actual es una de las consumidoras más voraces de cultura, internet ha facilitado el acceso a las distintas manifestaciones de todas las artes, tanto en su versión de simple entretenimiento como aquellas más profundas. Sin embargo, esta difusión masiva no camina a la par que la puesta en valor del arte consumido, al contrario. Hoy en día resulta cada vez más difícil encontrar quienes quieran pagar por un producto de buena calidad si está relacionado con las artes. Esa creencia de la cultura como algo sin valor, un mero hobby de los creadores, que no requiere esfuerzo, es, además de completamente falsa, muy dañina no sólo para las empresas dependientes de ello, sino también para el consumidor. Asimismo, si a la tendencia le sumamos medidas como el IVA al 21% de España, el más alto de Europa durante estos años (todos sabemos que la oportuna bajada al 10% únicamente se debe a intereses electorales) la buena salud del medio está condenada.

A inicios de este mes el CEGAL, la Confederación Española de Gremio y Asociaciones de Libreros, cifra en 912 las librerías cerradas durante 2014, junto con un descenso del 18% en su recaudación. Números nada despreciables que ponen en manifiesto la caída del sector. Una realidad muy triste que se conjuga con los datos de venta de libros electrónicos, pues mientras que en los EEUU el mercado se ha estancado, en España sigue aumentado, el 23% de los publicados ya son electrónicos. El problema de este formato, sin caer en melancolías, radica en el fomento de la autoedición, que favorece la inexistencia de filtros entre el escritor y el lector. Pese a las apariencias, en esa facilidad también radica un vicio muy peligroso, pues sin una corrección y selección la calidad de lo ofertado será muy deficiente.

También en los primeros días de marzo nos llegó la noticia del cierre de ‘Frank music company’, la última de las tiendas de partituras de Nueva York ha visto reducida drásticamente la clientela hasta hacer imposible su supervivencia. Puesto que el número de músicos sigue siendo grande, es lógico preguntarse dónde consiguen las partituras necesarias hoy en día; la respuesta, por supuesto, todos la tenemos en la cabeza. Habrá quien, sirviéndose de las nuevas tecnologías, adquiera esas partituras legalmente, pero no nos engañemos, un gran porcentaje se debe a la piratería. Si los propios compositores e intérpretes no valoran lo suficiente su arte para pagar por las herramientas necesarias, hacer cambiar la perspectiva del público desde luego será imposible.

En la edición de este año, la feria de arte contemporáneo ARCO saltó a los periódicos con una nueva polémica, en esta ocasión fue un vaso mediado de agua firmado por el artista Wilfredo Prieto (Colombia, 1978) y valorado en 20.000 € La indignación corrió rápido, pero lo cierto es que dentro de la obra del artista Vaso medio lleno tiene toda su lógica. El mundo del arte funciona por distintos parámetros, quizá oscuros para los foráneos, pero bien definidos según tendencias y otros factores. Si bien el asunto es mucho más profundo e incluso aunque un servidor no esté de acuerdo con el aspecto “fenoménico” que hoy entraña cierto tipo de arte, lo que aquí destaca es la manera en que el público expresa su desconocimiento, lo hace mediante el desprecio, bajo la creencia de que es fácil y no merece respeto.

Este vicio del público no hace sino redundar la victoria del capitalismo desaforado, se nos ha convencido de que sólo lo tangible y práctico merece valor, el resto no es nada, algo que debe ser fácil, como si escribir un libro, componer una obra o hacer una película fuese algo para la tarde de los domingos. De este modo estamos perdiendo a los verdaderos creadores, aquellos que tienen cosas muy interesantes que decir, esos son, no nos olvidemos, quienes saben abrirnos los ojos ante lo que no vemos. Sin ellos somos un mundo de ciegos donde el que se dice tuerto es rey.

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

El principio de Hanlon

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Enero de 2015. También publicado en su versión digital aquí.

«Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez» La sentencia es muy conocida y casi ha pasado a ser un dicho más en nuestra larga lista de frases comunes. El principio de Hanlon es el mismo que nos invita a pensar que nuestros políticos (piense el lector en su favorito) no son malvados, o que las teorías de la conspiración no tienen grado alguno de verdad (o al menos es un grado ínfimo), sencillamente son estúpidos o productos de la estupidez. Por alguna razón esto nos ayuda a sobrellevar las “torpezas” de quienes nos gobiernan, e incluso se juzgaría como imprudente, alarmista o paranoico a quien se le pasara por la cabeza que, por ejemplo, el actual gobierno además de inútil fuera un bastión del mal con un plan oculto tras todas esas leyes de apariencia torpe. En España los últimos tres años han dado para teorizar largamente sobre la inteligencia y la moral de nuestros gobernantes, y un nuevo caso digno de reflexión es la nueva Ley de Propiedad Intelectual.

Tras la lectura de la nueva ley el impulso es obvio. ¿Cómo no pensar que, como mínimo, los redactores son estúpidos? No ya por ignorar el funcionamiento del complejo entramado de Internet, tampoco por parchear el problema sin aportar soluciones, no, sencillamente por lo absurdo de enfrentarse a quien tiene más poder que el estado español y además con objetivos más bien turbios. Sí, la mayoría ya se habrá enterado, gracias a la ley creada ex professo para proteger los periódicos españoles, Google news ya ha dejado de indexar los contenidos de todo el país, evitando así pagar una tasa hecha a medida de este buscador. El affaire fue como sigue: el gobierno creó una ley aceptando la “histórica” reclamación de AEDE (Asociación de Editores de Diarios Españoles) por una compensación ante el daño sufrido a causa de la implantación de Internet y su descenso de ventas. La ley produjo la ya mencionada respuesta del buscador, (que era lo esperable) pero esto significa que la corriente de visitas hacia estas publicaciones pierde su principal manantial. Es decir, la ley se ha vuelto contra quienes debía proteger. Ahora AEDE demanda al gobierno más protección, pero viendo el resultado de sus medidas, casi sería mejor guardarse de su ayuda. De este modo, uno sólo podría calificar a todos los implicados como estúpidos, cumpliendo así el principio de Hanlon; pero si se quiere existe otra versión, una en que el gobierno acepta la petición de AEDE para tener a los medios bien controlados fracasase o no la ley (eso sería lo de menos) En este planteamiento los estúpidos fueron los de AEDE, mientras que en el gobierno están los villanos (o al menos los taimados)

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Ilustración de Jorge Fernandez Ruiz

Pero además de esta polémica, la nueva ley propone sanciones de hasta 600.000 euros para páginas web con contenido “pirata”, es decir, que no cumplan los derechos de propiedad intelectual. No será este servidor quien anuncie que la cultura no merece pago alguno, al contrario, existen creadores que se esfuerzan en fabricar dicha cultura lo mismo que cualquier otro trabajador realiza con su empleo, y merecen ser compensados por ello. Sin embargo, lo sangrante es la respuesta gubernamental, que sigue rechazando el buscar soluciones e implantar nuevos modelos, centrándose en la persecución y el castigo. Por supuesto entre los sancionados estarán los buscadores, y la ley empieza a oler demasiado a fines recaudatorios.

Como broche final, los campus virtuales de las universidades deberán pagar por disponer de sus propios materiales online, ha de ser así incluso si el autor hubiera cedido gratuitamente sus derechos, le pese a quien le pese.

En definitiva, la Ley de Propiedad Intelectual en su conjunto pone a prueba el principio de Hanlon, porque si bien no queremos creer en la villanía de nuestros gobernantes, tanta estupidez empieza a ser sospechosa.

Enhorabuena a los premiados

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Noviembre de 2014.

Llevamos años moviditos con los Premios Nacionales, a este paso la gente va a advertir de su existencia, porque, en realidad ¿alguien se entera de su convocatoria? Acaso hay quien lee los ganadores de pasada por el periódico, pero uno no vuelve a recordar que existen dichos premios hasta el año siguiente en su ojeada matinal del diario de turno. Los premios Nacionales son casi desconocidos para la población ajena a los distintos gremios, cosa curiosa, pues deberían tener una importancia mucho mayor para nuestro país, al fin y al cabo reconocen la labor de los artistas patrios como ningún otro hace. Últimamente, sin embargo, ganan algún otro titular.

Quizá entre ustedes haya quienes se han enterado del escándalo montado en torno a Jordi Savall, ganador del Premio Nacional de música en la modalidad de interpretación. El señor Savall, igual que Javier Marías hace ya dos años, rechazó el galardón. La diferencia entre uno y otro es que mientras Marías lo hizo en el mismo momento de recibir la llamada, Savall tardó un día en digerirlo. Esto no ha sentado muy bien en la profesión, que ha desarrollado las más diversas teorías. Se esgrime, por ejemplo, que Savall aceptó la medalla de oro del parlamento de Cataluña dos semanas antes, y al comparar ambas distinciones algunos ven perfilarse cierta idea nacionalista. Un golpe más para ir en ese camino, vaya. Savall lo niega, y en su carta dirigida a José Ignacio Wert argumenta su decisión debido a la falta de apoyo durante muchos años de distintos gobiernos, junto a las actuales políticas culturales del equipo liderado por Santamaría… perdón, por Rajoy. Estas declaraciones también han levantado sarpullidos, a ser Savall uno de los músicos que más subvenciones han recibido. Otros, por el contrario, aplauden con fervor sus argumentos y contemplan la renuncia como una manera de crítica, quizá la única, capaz de resonar lo suficiente para que nuestra muy aburrida sociedad se percate. ¿Pero lo hace?

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Ilustración de ORE (A.K.A. Jorge Fernandez Ruiz)

El interés de todo esto, a mi parecer, son los bostezos (como mucho) que despierta el asunto en la población. A la refriega se ha unido Manuel Pérez Calzada, Premio Nacional de Literatura Dramática de este mismo año, escribiendo otra carta muy políticamente correcta para pedir a Savall que se retracte y acepte el premio, pues según él no lo entrega simplemente la institución sino que representa el sentir común de los españoles y es, por tanto, concedido por todos nosotros. La carta del dramaturgo también ha levantado las más diversas conjeturas: que si lo hace por un poco de notoriedad, que si en realidad rompe una lanza por el premio debido a intereses velados, etcétera. Otros, claro, aplauden su idea. Y así seguimos. Semanas después la fotógrafa   Isabel Steva Hernández, alias Colita, rechazaba igualmente el premio.

Resulta como mínimo curioso todo el ruido que ha levantado este asunto, revela la ceguera exógena de los artistas, porque si nos ponemos un poco duros, la realidad es que a nadie le importa. El público está más allá de todo esto. Tras tanto recorte y tanta política errónea en educación, tras tanta incompetencia en cultura los últimos años, a la sociedad española no le llega la importancia del Premio Nacional, casi no le llega ni su existencia, como mencionábamos antes. Evidentemente eso no es culpa de los artistas, sino de las políticas acometidas, pero también lo es de todos nosotros, demasiado conformistas o resignados como para salir a la calle a protestar por las continuas barbaridades cometidas contra el interés de todos.

De todo este revuelto de dichos y desdichos sólo podemos sacar que el eco pretendido por unos y otros no se producirá. Lo más curioso es que si hoy preguntas a alguien en la calle por los galardonados de los premios nacionales, como mucho te podrán decir el nombre de quienes lo han rechazado.

Festivales bajo el sol

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Tribuna Cultura Crítica. Agosto de 2014

Además de playa, sol, y la invasión teutona habitual, el verano trae consigo una lista cada vez mayor de festivales. Este año el buen tiempo parece resistirse y quizá eso beneficie a la cultura; aunque, en honor a la verdad, no lo necesita. Normalmente estos festivales consiguen colgar el cartel de todo vendido, y eso es lo curioso, la paradoja, porque si bien no queda una sola butaca o espacio libre, el ambiente es de lo más distendido y relajado, como si por una vez la cultura dejase de ser esa cosa pedante y no muy bien considerada por la mayoría, y pasase a estar casi a la misma altura que un evento deportivo; no obstante, ese “casi” es de lo más dramático.

Con la idea de escribir sobre los festivales, un servidor ha estado recopilando información, y sin quererlo se ha encontrado con más de cien páginas. Evidentemente su lectura ha sido transversal, pero me ha parecido interesante comentarlo aquí como muestra de esa profusión de festivales y del interés que suscitan. El FIB, el Fringe, la semana negra de Gijón, el festival de Mérida, Almagro, Olmedo o Sagunto son sólo algunos de estos festivales. Ganan, por supuesto, las apuestas escénicas, seguidas de muy cerca por las musicales. El resto de artes están muy lejos de equiparárselas.

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Ilustación de FRUIZ, aka Jorge Fernandez Ruiz

La literatura aparece casi de forma anecdótica, si bien hay varias actividades de lecturas dramatizadas (o no dramatizadas), por ejemplo el Festival de Narradores orales en la Casa Museo Antonio Machado (Segovia) o en el propio Festival de Almagro, que apadrina la mismísima RAE. Los museos también han sabido aprovechar el verano con exposiciones concebidas para esta época, si bien no existe ningún festival importante en nuestro país.

No puedo hablar tanto como me gustaría sobre la amplia oferta de espectáculos, pero sí quiero destacar los cuatro grandes festivales de teatro clásico, (Mérida, Almagro, Olmedo y Sagunto) que han conseguido convertirse en una referencia no únicamente estacional, sino durante todo el año. Muchos de los espectáculos estrenados bajo sus alas comienzas su gira poco después, ya dentro de las temporadas normales de los teatros. Pero además han tenido el valor de evolucionar, apostando por un maridaje con perspectivas, elementos e incluso obras enteras completamente contemporáneas, lo cual enriquece con mucho la experiencia del espectador, además de descubrir un tipo de evento distinto a ese público de intereses más conservadores.

En el Bierzo también tenemos nuestra dosis estival de cultura. Destaca el festival Corteza de Encina, un ejemplo curioso, pues tuvo buena acogida en sus primeros años y ha sabido continuar con un notable éxito en todas sus ediciones. Se le podría acusar de cierto amateurismo, pero me atrevería a decir que precisamente esa característica ha favorecido su aceptación por los ciudadanos.

Con este abanico cada quién podrá encontrar el festival más afín a sus gustos si se interesa por ello, o simplemente elegir los espectáculos organizados por su localidad, (Muchos pueblos pequeños también se han apuntado a la tendencia con actividades para el verano) Este turismo cultural es una alternativa al sol y playa tradicionalmente ofrecido por nuestro país, y aunque incipiente e intranacional, parece extenderse con rapidez. Podría estar aquí el germen de un futuro más esperanzador, al fin y al cabo, en la presentación del festival de Almagro, su directora, Natalia Menéndez, hablaba de la excelencia, y aunque es una palabra demasiado prostituida hoy en día, en su discurso quedaba bien, era comprensible. La excelencia como una meta a alcanzar, un ideal que se debería seguir, y que si continúa teniendo tanto público como hasta ahora, tanta aceptación, quizá consiga que no sólo en verano la cultura deje de ser esa cosa pedante poco valorada por una mayoría, y que algunos incluso desprecian. Quizá, por qué no, déjenme ser positivo por una vez, nuestra sociedad empiece a darse cuenta del valor de la cultura, de su utilidad, del futuro. Y todo ello sería gracias al verano, a esta época más cálida, menos agobiante, en la cual nos relajamos y somos capaces hasta de dar una oportunidad a cosas que generalmente no prestamos atención.

Ponferrada no invita a la divergencia

Artículo publicado originalmente en La Tronera, suplemento cultural del semanario Bierzo 7. Abril de 2014

Quizá sea evidente para muchos, el título hace referencia a lo último de Vila-Matas, en su caso Kassel no invita a la lógica.

Ya no vivo en Ponferrada, pero sigue siendo mi ciudad natal, el lugar donde nací, crecí, y al que tiende mi cuerpo; aunque únicamente sea para tomar una referencia. Hace poco pasé unos días con el libro de Vila-Matas bajo el brazo. Al catalán le propusieron un absurdo sobre la reflexión del arte, que desencadenó su viaje a la localidad alemana y la creación del libro; a mí y a mi humilde artículo nos excusó algo mucho más terreno, mi madre.

Es decir, a mí me llamaba algo común, habitual, cómodo. Para el escritor catalán era todo lo contrario: desconocido, extraño, e incómodo. La disposición de ambos prometía una visita en cierto sentido, y, sin embargo, mientras que el desarrollo de su viaje fue dentro de lo que cabía esperar, el mío no.

Kassel cuenta con una gran exposición de arte contemporáneo cada cinco años, nada que ver con Ponferrada. Pero no nos engañemos, pretenderlo es ridículo; no, no van por ahí los tiros, van sobre la experiencia. Al fin y al cabo Vila-Matas relata eso mismo, su experiencia en la documenta 2012 en Kassel. El protagonista y narrador se introduce en un ambiente plástico, voluble, extraño, en ocasiones onírico. Los personajes superan la misma ficción en la que se inscriben. Yo, en mi última visita, he encontrado una ciudad pétrea, agotada después de la gran cirugía estética pre-crisis. Ahora nada cambia en la capital del Bierzo, nada se mueve. A la gente no le interesa nada más que el hoy, viven para el presente, y si acaso rememoran cualquier tiempo pasado por creerlo mejor.

Quizá por la influencia del libro que estaba leyendo me dio por preguntar aquí y allá sobre la vida cultural en la ciudad: nada, muerta, cero. El año pasado, la feria del libro (que se celebrará de nuevo entre mediados y finales de este mes) no recibió ningún apoyo público, sólo financiación privada. En 2014 no verá ayudas ni por un lado ni por otro. Lo que se les ofrece a las librerías que tratan de poner su puesto y organizar eventos son trabas. En 2015 quizá ya no haya feria. Es sólo un reflejo del interés que tiene la sociedad de Ponferrada hacia la cultura.

Eso sí, los bares llenos. Y a mí me alegra que la hostelería capee el temporal, pero me desconciertan las conversaciones de los tertulianos por la mañana, por la tarde y por la noche. Todas son casi idénticas, no salen de lo más cercano. Ni siquiera hay una reflexión interna o interés sobre por qué les afecta lo que les afecta, todo gira en torno a lo inmediato y evidente. Sólo se tienen en cuenta las preocupaciones pequeñas, para todo lo demás la respuesta es de simple expectación. Los problemas abocetados en el horizonte son únicamente contestados con pasividad, con la búsqueda de entretenimiento. Y así mientras los días pasan y acercan el problema anunciado. Demasiados estereotipos. Las personas que uno puede encontrarse son tan absolutamente reales que parecen exageraciones del carácter inmovilista español. ¿Por qué? Por el interés cultural de sus ciudadanos, por su casi inexistencia. Porque aunque no sea la panacea, la curiosidad fomenta el aprendizaje, ayuda a resolver problemas, sirve para abrir mentalidades, para evitar los quistes de la razón del terruño, para evolucionar, simplemente para examinar los porqués.

Años atrás se apostó por una apariencia de prosperidad, pero no se apuntaló nada, y ahora se viene abajo: quedan tres tristes carreras en su universidad (terminará también por desaparecer pronto), apenas hay trabajo, y casi todos los comercios resisten mal. Porque Ponferrada, a diferencia de Kassel, no tiene futuro, no es capaz ni de pensar en él. Éste ejemplo puede trasladarse a otras muchas ciudades pequeñas de España, con grandes aires cuando hubo dinero, sin interés por su futuro ni entonces ni en estos momentos. Toda la tendencia ha estado y está en la apariencia.

Creo que también es curioso el final de mi viaje, (no lo contrapondré al de Vila-Matas por evitar disgustos a quienes no lo hayan leído) pues de la decepción y de cierta tristeza me salvó un encuentro fortuito. Tuve la buena suerte de toparme con alguien de miras más abiertas y conversación interesante. No estaba simplemente de paso, pero sí venía de otro lugar y, desde luego, no se quedará en Ponferrada.