145

Quizá sea sólo un número, algo sin significado; para mí, para mí guarda casi un año de mi vida. cuando por alguna de esas casualidades de la vida aparece dicha cifra ante mí, se enciende mi cerebro con el conocido calor, con el recuerdo que asalta sin contemplación, exiliando cualquier otro pensamiento baladí que revolotee por mi cabeza, gobernando con supremacía sobre lo demás.

Por aquel entonces yo tenía veinticuatro años, acaba de “renacer”. Me había mudado y conocí a una de esas mujeres misteriosas en cuya contemplación silenciosa gasté las horas más exquisitas de mi juventud. Fue en invierno, hacía frío y ambos éramos vecinos anónimos, extraños paralelos en una pensión céntrica donde la calefacción estaba más tiempo apagada que caliente. Creo que esa fue la excusa, darnos calor. Ella era mayor que yo, posiblemente me doblase en edad, pero disimulaba las imperfecciones con ese bendito maquillaje que atonta a los hombres y nos hace creer que Venus ha renacido y la tenemos entre nuestro brazos. La quise, la quise con todo mi hambre y nos dedicábamos al ejercicio sagrado de los hombres y las mujeres con deleite, con pasión, continuadamente.

Se llamaba Cristina, tenía el pelo oscuro como ala de cuervo, la mirada baja y la nariz perfecta, la boca era pequeña pero me devoraba con la pericia de la madre de todas las putas. No lo era o si alguna lo fue yo lo ignoré. Sé que su lado izquierdo estaba ligeramente desfigurado, nunca me dijo por qué. Yo hacía hipótesis absurdas sobre novios crueles o accidentes dramáticos, pero quizá, como suele suceder, la realidad fuera más prosaica. Ahora puedo imaginarme perfectamente a un chulo o un cliente demasiado sádico que le dedicó aquel ligero destrozo. Era como un desconchón, una rugosidad de su mejilla que le cubría desde la comisura del labio hasta el rabillo del ojo; quizá por ello fuera tan callada. Con Cristina aprendí esa magia de las mujeres, aprendí a amarlas de verdad, a entender los silencios en los que todo pasa sin que nada se inmute. Supe que hay un lenguaje de miradas, de gestos, de hechos y de ausencias, supe que yo hablaba sin hablar y que ella también lo hacía. Aprendí a comprender aquella lengua extraña con la torpeza de un niño que no sabe aún hablar.

Mi juventud me dio la fuerza que ella bebió, de la que gozábamos los dos; yo apretaba sus carnes rosadas contra la cama o jugaba con mis manos bajo sus faldas. Son mis mejores recuerdos de aquellos años, los que siempre me acompañan. Si cierro los ojos aún puedo ver su cuerpo desnudo, pequeño como una niña entre las sábanas de la cama, tímido en esa humildad que no sé si le daba la cicatriz de su rostro, la edad ya madura o la soledad sostenida. Yo era lo contrario, estaba alegre de mi desnudez enorme, de mi cuerpo duro y recuerdo estar siempre lleno de energía de un lado a otro del cuarto, agarrándola a veces o alejándome siempre sin vergüenza de no llevar nada encima. Para mí fue ella quien me mostró que en el sexo no hay frontera ni bajeza, es sólo instinto animal que se libera a través del sudor y de las demás excreciones que surgen llegada la cumbre caliente, la liberación final del cuerpo, la exhalación

En primavera ella me dejó. Llegué a la pensión por la tarde, dispuesto a correr a su habitación para festejar que estábamos vivos un día más. No fui en su búsqueda, el conserje me esperaba con una nota corta y una llave con el “145″ marcado en el metal. Salí corriendo, lleno de ira, exasperado en la ausencia a la que se me iba a condenar a partir de ese momento. Salí a la calle, aún no llovía pero lo haría en la noche, el cielo estaba plomizo, quise gritar pero me contuve, las lágrimas llegaron a mis ojos cuando llegaba un taxi, lo tomé. Gemí la dirección, la estación de tren, llegué una hora después de que ella hubiera pisado el andén, aspiré profundamente buscando el rastro de su perfume y no lo encontré. Miré en las dos direcciones por las que corrían las vías de acero como el caballo desorientado antes de emprender la carrera. Era un huérfano abandonado aquella tarde que se convertía en noche. No supe qué hacer y recordé la llave. En las taquillas encontré la 145 y la cerradura giró. Dentro, el espacio vacío me dejó cegado hasta que percibí, pegado contra el fondo, un pequeño frasco que rápidamente distinguí como el de su perfume. Había un trozo de papel pegado que tenía escrito dos palabra: “te quise”.

Jamás la volví a ver. Hoy recuerdo que la última noche, cuando apretábamos en la cama nuestros cuerpos gozosos y exhaustos la miré con la débil luz de la lámpara de noche y vi que estaba triste en silencio – no pregunté entonces – creo que lo hice a con toda la conciencia. Creo que el beso que me regaló por la mañana supo verdaderamente a despedida y lo saboreé sin atreverme a pedir una réplica. Mi prisa por volver después del trabajo era distinta a otras, era impaciencia real y ahora sé que aquella sensación había sido correcta. Ella se había ido, había arrancado su olor de mi cuerpo y ya no volvería a pegarse a mis sábanas en el ardor nocturno.

La añoré como un colegial, aferrado a aquel frasquito que me prometía ese pretérito de su última nota. Dos meses después abandoné la pensión y la ciudad, cambié de rumbo, cumplí otro año más y conocí a otra mujer más común que me hizo olvidar el frasquito, perdido en algún rincón con el que no he vuelto a tropezar. Su nota desapareció mucho antes, pero en mi recuerdo permaneció ese número que me hace recordar las noches frías que ella transformó en cálidas.

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De la física

En una de esas noches que invitan al olvido, que el ambiente mismo parece prometer cierta gracia a la hora de exaltarse, cierto perdón hacia los pecados (capitales) que aún están por cometerse… Una de esas noches en que lo ético sería levantarse en cama ajena, ajena y desconocida; uno al final se ve obligado a adquirir el titulo de un Ulises mendaz. Hoy vuelvo a casa sin querer, con el sexo no probado royéndome la cabeza, con el alcoholismo no saciado en la cúspide del deseo, con la fuerza de la juventud de mi carne rebelándose contra el camino. Espero el tren, vuelvo a casa y lo triste es que hay tren que me lleve y no me veo obligado a la incomodidad del sueño de madrugada, de las esperas interminables junto a amigos somnolientos que han terminado su danza báquica de la semana, que han sido derrotados y huyen a la cama redentora de las noches perversas. Hoy no es el caso, hoy podría pasar por católico, por santo, aunque no por mártir, pues esos mártires sexuados que, como San Esteban, felaban la misma arma de su muerte, serían más en consonancia con la noche que esperaba que con esta de la que me retiro.

Camino bajo la luz, amarilla de pasada medianoche, por un barrio que duerme; no hay estrellas, no hay noche siquiera, la erótica que podría haber sido me vuelve a la mente varias veces. Tengo hambre de piel cálida y sed de sudor, quisiera agotarme en ese esfuerzo exagerado del sexo de mis años. Pero no. La noche es decadente, yo lo soy; decadente alcoholismo no contentado, decadente sexo no cometido, decadente luz que no padezco, y el insomnio y la vaguedad en el ánimo del borracho y ese despedazar y ser hecho pedazos que hoy no llegó…

Abro la cerradura, me escabullo en el silencio temprano del pasillo y avanzo mientras la rabia me obliga a rumiar como un caballo que muerde la brida. Hoy, esta noche, hubiera sido salvaje, alcohólico hasta sus consecuencias halagadoras, Don Juan mientras me lo permitiera mi estado, voraz si la presa me hubiera permitido adentrarme en el terreno de sus sábanas. Los leones mientras consienten ser enjaulados son gatitos blandos, cuando se liberan de los barrotes y se ven libres de sus inhibiciones son más feroces de lo acostumbrado, exaltados por ese animalismo primigenio que les provoca una excitación inmensa. Liberar a las bestias en la noches es peligroso, nunca se sabe qué camino tomarán, pero a veces el animal araña la puerta y no dejarle salir es condenarle a hortelano, humillarle, coartar su propia naturaleza. Hoy, afirmo, hubiera preferido lanzarme a la estepa, devorar cuando pudiera, correr como un gamo o un lobo cazador, pues me embarga la sensación pura de la vida, el ansia por morder, por apartar la metafísica de hombre y entregarme a los bajos instintos ancestrales.

Hoy termino en mi propia cama, con mis sentidos en perfectas condiciones, con la sensación de languidez por la derrota de una batalla no librada. Me duermo, me voy meciendo en las olas de los sueños y me hundo mientras las imágenes me acorralan y la erección se anuncia bajo la tela. Hoy el desgarrar, el grito póstumo dentro del otro, sólo llegará en los sueños, ese lugar donde la noche perversa que no fue, sí ha sido.

La “maldición” de España

De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza.

Jaime Gil de Biedma

Que del comienzo estamos librados de toda culpa, no es, en realidad, una certeza, sino una suposición. En todos los devenires del tiempo y en todas las consideraciones de esa línea tan difícil que transcurre con lo que llamamos “minutos, horas y siglos”, en todo cabe la difícil cuestión de ser o no herederos de lo pasado. Serlo, parece fácil la deducción, lo somos. El peso de la historia es tal que ninguno de nosotros somos capaces de subirla a hombros o de ignorarla. Más nos valdría aceptarla en vez de luchar con ella y con esa “maldición” que nuestra España ya hace mucho que le cayó; también a tal cabría aceptarla, entenderla y buscar por superarla. Superar que no cambiar o mentirla. Sí, del comienzo somos todos culpables y todos estábamos ahí en la negra fama de Felipe II y también con la rosada. Cuando matábamos árabes y cuando matábamos cristianos éramos nosotros quienes blandíamos las espadas. También cuando alzábamos el brazo derecho, bien por un fanático impulso bien por compromiso, o quizá cuando no lo levantábamos y nos echaban a los perros y metían en nuestro cuerpo pequeñas piezas de metal con la violencia de un disparo, ahí también éramos nosotros. A Lorca lo mataste tú y tú eras ese ruiseñor que terminó tan verde como pensaba. Tú afinaste los bigotes de Dalí, tú has apoyado dos repúblicas, dos casas reales, tantos y tantos reyes, tantos políticos y también a un dictador de voz aflautada, tú eres tan culpable como yo, España, que dejaste morir a tu amo en la cama como una suerte de juego sadomaso.

Así es nuestra España, siempre empecinada por esa maldición que Gil de Biedma ya veía con claridad, siempre quieta y orgullosa de su propio carácter. Personalidad en la que caben adjetivos bastante malsonantes y un olor amargo, algo putrefacto, procedente de ese impostar una imagen hecha de humo y vagas alusiones.

Pero España, encarnecida patria, que no aprendes a sumar de una vez, que te hiciste mayor muy pronto y tratas desde entonces de parecer una niña; España que pareces decadente en todas tus extremidades, que te gobiernan buenos ejemplos de un pueblo aburrido, vulgar y templado en sus tripas. España, que todos te queremos dar la opción de la redención y que buscamos en ti la esperanza que ese gran poeta ya tenía puesta: los demonios que te gobiernan son hombres a los que hemos puesto alas y ellos solos han caído viendo la oportunidad de oro en un infierno que Dante y Virgilio no supusieron. ¿España, cuándo te levantarás? ¿cuando lo diga el altar? Si vuestro dios fuera coherente portaríais las túnicas rojas por tanta sangre vertida, la de los inocentes y la de los pecadores, porque hasta donde yo sé es igual de roja en unos y en otros. Y no me vengáis ahora con el perdón y las equivocaciones del pasado, pues otra sangre se vierte hoy y ya que a la espada no podéis ateneros buscáis el filo de una justicia que aún os tiene demasiado respeto, una consideración que debería de estar muerta en este Hoy que se dice imparcial y laico.

¿Y cómo hemos llegado a esa hipocresía horrorosa de la apariencia? Y a ese vulgarismo reinante e impuesto como la norma exacta, donde si te sales de él eres un paría, una especia de hereje culto, de necio y pedante magíster. La sabiduría hoy está en la cúspide de la pirámide truncada y la mayoría orgasma en ese circo donde los leones han desaparecido y los gladiadores se mantienen, donde la sangre ya está mal vista pero no el comportamiento bestial, el sudor, esa quintaesencia de primitivismo que embota cabezas y llena un tiempo que en otros lugares se utiliza para cosas más provechosas.

No, a mí no me vengáis con plegarias o implorando piedad, que no la tendréis. De mí sólo podéis esperar la verdad que yo veo y que no queréis ver, la decadencia que os asola y que medra por todas las heridas, prorrumpiéndose en verde que se extiende y le da tumba triste a Federico. La verdad es que los demonios entronizados son la ignorancia, el pan barato, el mal gobierno y una pereza crónica enraizada en lo antiguo de nuestra sangre. Sólo al golpe de estado contra nosotros mismos le veo una posibilidad de éxito, un golpe que requiere tiempo, mentes dispuestas y algún que otro personaje honesto que le importe de verdad un futuro menos cegado por doradas evacuaciones y más preparado para afrontar la terrible competitividad del mundo, no a nivel económico, sino a ese otro nivel que tiene que ver con la calidad de las personas que habitan en unas delimitadas fronteras. Nada tiene que ver ese “golpe” contra el trono o la bandera, sino contra la mentalidad de aquellos que aun se arrodillan sumisos ante un altar, ante un banco o ante la moral disoluta de los ególatras.

El cambio en el orden que rige es necesario y sólo una vez que haya muestra de alguien que pretenda de verdad mejorar por mejorar y no por mejorarse, sólo entonces empezaré a hacer caso al optimismo y a la esperanza de que esa maldición concluya. Y es que la historia de España aún sigue terminando mal.

Disertación del pensar

¿No parece monstruoso? y es injusto, mucho, y peligroso, tanto como patético. ¡Oh! Pero no recuerdo haber hablado sobre esto… me he precipitado. De lo que quería hablar era del sistema. Si, simplemente del sistema, de uno cualquiera, imaginen ustedes el que prefieran, ese del que están ya hartos, ese que les incomoda a diario, que les parece injusto o que simplemente odian por principio o por manía. A ese sistema en el que todos están pensando ahora adjudiquen los adjetivos anteriores. ¿Cuadra no? ¡Es maravilloso lo fácil que todos nos podemos poner de acuerdo en esto! Lo difícil vendrá cuando cada uno de nosotros especifique a qué sistema se refiere.

Una vez traspasada la frontera de lo teórico todo se vuelve agresividad y opiniones encontradas; opiniones que, además, nos creeremos como verdad única e indiscutible. Así somos los humanos, unas máquinas egoístas, ególatras y egocéntricas, incapaces, en la mayor parte de las circunstancias y de los sujetos, de juzgar sin prejuicios. Alguien me dirá que se trata de algo imposible. Bueno, bien, pero siempre cabe dudar ¿o no? Pero dudar no gusta, no vende bien, no encaja dentro de nuestra seguridad.

Es difícil el papel del pensador, porque el pensador debe de dudar en el gran sentido de la palabra. Dudar con mayúsculas, es decir, someterlo todo a esa razón tiránica, lo que supone ser kantiano. Pero ser kantiano es imposible, moralmente hablando ¿Sería intelectualmente posible entonces? Pongamos que sí, o al menos pongamos que aspirar a serlo sea suficiente, ese ser que lo intente será un pensador con todas sus letras. ¿Y al pensador qué? Con su aire pasivo, su gesto fruncido, su mirada perdida, sus libros acumulados, su tiempo corriendo sin misericordia y sin preocupación… ¿A él qué papel hemos de darle? Hablo dentro del sistema, dentro de cualquier sistema. Parece que un puesto directivo sería imposible, puesto que este sujeto se caracteriza por la inacción. ¿Entonces un puesto consultivo? Pero todos sabemos que si es consultivo quien ejerza la acción hará, al final, lo que él en su peor disposición juzgue como mejor. ¿Entonces cuál es la solución? Vean, en este mundo no hay solución, aquí queremos resultados, acción y efectos de la acción. Efectos buenos, se entiende, monetarios o del tipo que sea, pero fundamentalmente serán monetarios, al fin y al cabo el chiringuito lo montamos así.

¿Entonces al pensador dónde lo ponemos dentro del sistema? La respuesta parece clara. No le vamos a eliminar porque está feo y siempre queda bien sacarle a pasear cuando la cosa convenga y vistamos el edificio con sus mejores galas. Démosle entonces un despachito por ahí, donde no moleste mucho, donde hable y escriba con el puño o la pluma en alto. Un lugar donde dé la sombra y no se le tenga en cuenta. ¿Qué resultado cabe esperar entonces? Bueno, la respuesta es fácil, echen ustedes un vistazo a ese sistema que han elegido como ejemplo. ¿Se ha conmocionado por la marginalidad del pensador? ¿no? Pues eso, todo va bien, parece que no ha pasado nada porque el pensador haya desaparecido. Por tanto vamos a empezar a formar menos pensadores, a darles menos facilidades para que surjan estos molestos individuos, en otras palabras, vamos a joder esas ramas de la educación que creen a estos entes. ¿Ya? Bien, podría ser una hipótesis, pero no nos hace falta porque en este país está pasando. Ahora bien: un futurible ¿Qué pasará en un mundo sin pensadores? ¿Algo cambiará? ¿Se notará su ausencia? ¿Terminarán por surgir de nuevo a pesar de la represión? Podríamos hipostar que quizá se destruya parte de la libertad, que quienes tiene el poder podrán hacer lo que quieren con (aún) más impunidad, que el mundo, país o región perderá lo más valioso que tiene, es decir, la creación ;y no hay mayor creador que un pensador. Podríamos decir que el sistema se iría a la mierda (hablando en plata), pero por mucho que dijéramos no nos harían caso, porque estamos pensando, porque estamos hablando, porque todo esto incomoda o simplemente se tiene por inútil, porque esto no da ningún resultado, no ganamos nada tangible o beneficioso (en ese sentido monstruoso del que ultimamente estamos tan codiciosos) Podriamos decir tantas cosas que no nos dejan… ¿Nos callaremos por tristeza, sumiendonos en la depresión de la razón? Es dificil de responder, pero la realidad es que la inteligencia, el conocimiento, el razonar fuera de los limites establecidos, el crear, pensar, elucubrar y razonar no interesa, no gusta y se está abandonando. ¿No parece monstruoso? y es injusto, mucho, y peligroso, tanto como patetico.

La decadencia de la mentira


Titulo original: The Decay of Lying
Autor: Oscar Wilde
Editorial: Siruela
Traducción: Maria Luisa Balseiro

De nuevo la dualidad cromática y enfrentada de las portadas de La biblioteca de ensayo (serie menor) que la editorial Siruela nos tiene acostumbrado a ver, nos llama la atención sobre uno de sus pequeños libros. En esta ocasión la portada naranja y púrpura nos presenta La Decadencia de la mentira.

Que Oscar Wilde era un genio nadie puede dudarlo, su reedición del fausto en la piel de Dorian Gray fue el culmen de una carrera espléndida. Como escritor era inimaginablemente bueno, si como pensador era soberbio. Este breve ensayo, que el mismo subtitula “Una observación” es una magnifica ocasión de conocer al Wilde más critico y directo. Estamos ante un escrito de estética bellamente elaborado que uno lee con una sonrisa en la boca de pura satisfacción. Wilde nos elabora aquí la decadencia de la mentira, que ve como sintomático de la propia decadencia de la sociedad de su tiempo, de la sociedad moderna podríamos decir, ya que leyendo uno puede encuadrar esa Inglaterra que él nos describe con nuestra época actual. El arte es aquí el gran problema, de cómo se trata el arte, de cómo se busca y se alaba las actitudes más realistas sin entender las nuevas “modas” y las nuevas concepciones de un arte que estaba mutando. Hay que recordar que Wilde vive en el siglo XIX, periodo en el que nace el impresionismo, el movimiento artístico que rompe definitivamente con la representación de lo real. Wilde defiende la nueva concepción, y alaba la creación artística defendiendo su importancia a la vida, incluso nos llega a defender que no es el arte quien bebe la vida sino todo lo contrario, es la vida la que se inspira en el arte. Semejante dictamen es algo enrevesado y podríamos decir que no es cierto pero una vez leemos el texto las palabras de Wilde tienen completo sentido.
Cerrando esta reseña, aprovecharemos lo que Borges un día dijo y cuya frase está incluida en las solapas del ensayo: “Leyendo y releyendo, a lo largo de los años, a Wilde, noto un hecho que unos panegiristas no parecen haber sospechado siquiera: el hecho comprobable y elemental de que Wilde casi siempre tiene razón

Nota de la biblioteca: 9, un ensayo indispensable para aquellos que aprecian la estética.