Célula 101

-Hay algo dentro de mí que no funciona, que está mal. Algo oscuro, tenebroso… No sé cómo empezó, pero no me deja vivir. Apenas soy capaz de hacer nada porque me atenaza el miedo a algo, sin embargo no es nada concreto. No tiene sentido porque el miedo en general no existe, sólo existe el temor a cosas singulares. Pero tengo miedo de nada y ello me preocupa. ¿Qué será de mi doctor? No puedo vivir, no puedo trabajar, no tengo esperanzas ni deseos, lo único que quiero hacer es dormir, descansar, quedarme en posición horizontal acurrucado en la cama y mirar a ningún lado, a la nada. Dejar que pase el tiempo…

El doctor le miró muy serio. Sentía un escalofrío al escucharle hablar, lo sentía porque se veía identificado, porque él también se encontraba así. Pero eran casos muy distintos, completamente distintos. Desde que el paciente había comenzado a hablar sabía lo que tenía, pero le dejó explicárselo, como si buscase un remedio para sí mismo. Una cura para esa tristeza crónica, para esa desesperanza.

-Vivo maquinalmente, doctor, por impulso, por no suicidarme, porque no entiendo el suicidio. Pero vivir así no es vivir, vivir así es un tormento y no sirve, no sirve para nada.

El médico tosió aclarándose la garganta para que su turbación no fuera demasiado evidente.
-¿Cuándo empezó? –preguntó.

El paciente parpadeó varias veces, recordando.
-Hace meses. Creo, doctor, que se debe a mi desencanto por la vida. No le encuentro nada bueno y eso es muy triste. ¿no cree?

-Sí, tienes razón, es muy triste… –respondió en un suspiro.
Se levantó acercándose al paciente, pasó la mano por sus ojos y este los cerró. Le desabrochó los botones rápidamente, pues se habían diseñado para que fuese fácil quitarlos. Cuando el pecho del paciente estuvo al descubierto palpó la superficie de piel caliente, el contacto le turbó. Sentía latir un corazón allí. Por un momento dudó pero luego sacó de su bata el destornillador y accionó el resorte que habría el pecho. El mecanismo funcionó bien, abriéndose y revelando el interior mecánico de aquel hombre que no era tal. El doctor buscó con ojo de experto la célula 101 y, como suponía, la encontró quemada. La quitó y la cambió por otra, luego cerró el cuerpo, abrochó los botones y pasó su mano ante los ojos cerrados de aquel ser, que al punto los abrió.
-¿cómo te encuentras? –preguntó.

El robot asintió, parpadeando varias veces.
-He de regresar a mi puesto de trabajo, doctor. –dijo maquinalmente.

-Claro, ve.

El paciente se fue, perfectamente reparado, pero dejó al médico sumido en sus pensamientos. ¡Qué fácil era arreglar a una maquina! Pero a sí mismo no podía cambiarse una célula y conseguir que todo fuera bien. Le espantaba el lenguaje de los androides cuando la 101 fallaba, parecían casi reales, completamente humanos, como si presentaran una depresión terrible de la que no fueran capaces de salir. A veces se pensaba que la 101 era la célula que les dotaba de humanidad, pero sabía que no era así porque cuando esta estaba bien se volvían tan fríos como siempre. Lo peor para el doctor era que ponían voz a sus propios pensamientos. Así se sentía ese hombre real: terriblemente sólo, sumido en la oscuridad, espantado por nada en concreto, sin ninguna ilusión que le impulsase a levantarse por la mañana. Vivía maquinalmente, como un robot, pero no sabía qué hacer para salir de aquel estado, era incapaz. Por un momento el doctor se imagino algo dentro de si mismo roto, quemado, astillado y ennegrecido, algo que no se podía cambiar, que le condenaba a aquel estado perpetuo.

El médico suspiró, desolado. Apretó un botón para llamar al próximo paciente y esperó con la vista perdida en ningún lugar.

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Conversación unilateral atemporal

A veces ella te ha visto hurgar entre las macetas del jardín de Laura. Lo sabes, pero no te importa porque tienes quince años y para ti los colores de las flores son el sentido de tu vida. Eres una niña un poco traviesa, muy callada, que mira con curiosidad, con inteligencia, no como el palurdo de tu primo que sólo sabe dar patadas a un balón. Te cae mal, pero tienes que aguantarle porque tiene doce años y tú ya te piensas muy mayor.

Pero pasan los años, creces, maduras. Ya no juegas con la tierra de las macetas, pero te sigue embriagando la fragancia de la tierra húmeda y de los colores floridos. El amarillo es tu favorito. Vives cerca de un río, en un pueblo no muy grande. Habitualmente en primavera y otoño te sientas sobre las piedras grandes cerca del puente y miras el agua con tus ojos verdes. Un día te pregunté qué hacías y me respondiste que buscabas el plateado viscoso de los peces grandes que saltan de cuando en cuando de las frías aguas. Nunca me extrañó que tu fascinación por el color te llevase a pintar, pero apenas lo hacías. Eras muy modesta y también muy practica (culpa de tu padre). “Perder el tiempo está mal”, era lo que él te solía decir. Tu agachabas la cabeza con tu nariz respingona de diecisiete años y la volvías hacia la ventana, buscando más allá a los chicos guapos que te miraban en el colegio. El día de tu dieciocho cumpleaños Juan te besó, muy tiernamente, sabía a fruta, eso fue lo que pensaste.

Y Juan pasó, junto con otros que vinieron después. Creciste y se te borró la inocencia del rostro. Pero la mirada de color se quedó, ese furtivo cazador que guardaban tus pupilas hechizó a muchos que cayeron a tus pies. Con veinte años te fuiste a la ciudad, te metiste en una academia de arte y pintabas durante todo el día. Aquel cuarto tuyo, viejo y destartalado, se convirtió en una paleta de colores. Te encerrabas cada día, apilando lienzos, llenando cuadernos. Cuando terminabas un cuadro salías a la calle a buscar inspiración o quedabas con algunos amigos para relajarte, para buscar nuevas sensaciones.

Así transcurrieron cinco años y expusiste, con no mucho éxito de critica, pero sí de ventas. Eras demasiado clásica, decían, pero te admitían un dominio del color magnifico. Te mudaste y empezaste a trabajar en una galería al tiempo que seguías pintando. Eras feliz, sencillamente feliz.

Y llegó Elena. Jamás habías conocido a una persona así, llena de energía, de espontaneidad, de genio. Era toda una intelectual, sabía de todas las materias, de todas las artes y era una conversadora mordaz, que no te dejaba escapar indemne de una charla sobre cualquier tipo de tema relacionado con sus conocimientos. Te atrapó y tú también produjiste un interés enorme en ella. ¿Cuanto estuvisteis juntos? Seis años, sí seis años en los que viviste radiante, bellísima, con tu trabajo mejor que nunca, vendiendo mucho, encantando incluso a los pedantes de las revistas y museos. Te hiciste un nombre en el mundillo. Pero ella se fue, se marchó más allá del océano porque necesitaba un cambio, porque su naturaleza temperamental y salvaje no podía estar mucho tiempo encerrada en la jaula de una relación seria. Lloraste, mucho, y entonces tu pintura cambió. Tu paleta se hizo oscura, pero te aplaudían aún más y tú no lo comprendías, pero les dejabas aplaudir y sonreías falsamente esperando el cheque que pagase la factura de la luz.

¿Pero qué te ha pasado, amiga mía? ¿Qué te ha pasado? Hace ya muchos meses desde que terminaste tu último cuadro y ya no pintas. ¿Qué ha ocurrido? Te veo y apenas te reconozco, sin arreglar, descuidada, siempre enfundada en los mismos jerséis grandes, como buscando un calor que no tienes. Me entristece tanto verte así… Y no puedo hacer nada… Ya no encuentro ese color en tu mirada, no está el buscador de matices que tanto nos fascinaba a todos. ¿Donde ha ido el cazador? No lo sé, supongo que hubo una tarde en que te cansaste, en que tu animo tocó fondo, cuando ya solamente pintabas con negro… ¿volverá el color? Espero… Espero que sí, me encantaría, me harías feliz con ello.

Hoy la hija de Laura te ha visitado y te ha alegrado el día, lo sé porque me lo has dicho. Habéis tomado café en ese sitio que tanto te gusta. ¿sonríes? Ves… no todo es tan malo. Sé que ella te ha recordado cuando tenías quince años y te pasabas las tardes en aquel jardín soñando con colores, hundiendo los dedos en la tierra húmeda de las macetas.