Hemos perdido el mar

Ahogados por la primera frase de una conversación cualquiera, con los ojos como alfileres, los tuyos clavados en los míos, los míos hundidos en los tuyos. El dolor de tentar la frontera de esa mirada y luego la necesidad del parpadeo, ese cuchillo que te deja en mí con estrellitas de sangre brillando en la oscuridad.

Esta ciudad supura calor para vengarse de nuestro veneno. Huyes y yo también busco una ruta de escape, una lengua agobiante para salir de estas calles, para ganar la costa, el infinito del mar con sus promesas. Los peces de metal se arrastran en un río de brea y humo. Alguien habla a mi lado, pero no eres tú.

Llegamos. Unos extraños suben nuestras maletas en el ascensor de un edificio desconocido a cambio de algunas monedas. Desparramamos el contenido sobre la cama y luego nos preparamos otra vez: toallas, sombrilla, revistas de verano, crema solar, refrescos y algo para picar, quizá también vienen los niños colgando de nuestras manos.

El aire arrastra una sal rancia, reconocible. La arena está caliente, nos abrasa los dedos de los pies, pero ya estamos aquí. Plantamos las toallas, clavamos la sombrilla, repartimos la crema, las revistas y los refrescos, luego callamos. No es una ley, pero todos guardan silencio en la playa.

Más allá está el mar, un mar ausente, de color fangoso, que desciende abruptamente hacia el abismo y nos regala el hedor de peces muertos, de algas en descomposición; un mar que es desierto, desaparecido, sumido por alguna alcantarilla que Poseidón abrió el día de su suicidio.

Hay niños jugando en el linde del abismo, junto a ellos se parapetan algunos hombres con catalejo y ambición de descubridores, excitados con cada esqueleto de barco antiguo o con las grandes naves modernas, varadas e intactas en el fondo.

Esperamos la noche. A nuestras espaldas se enciende la ciudad y el horizonte se vuelve más y más negro. En algún momento alguien lanza un grito anunciando lo extraño. Hay murmullos y otra voz desconocida ordena silencio. Y sí, sí.

Sí.

Escucho el rumor de las olas rompiendo cerca de mis pies, no me atrevo a comprobarlo, nadie se atreve a comprobarlo. La luna se ha escondido y no existen otras luces para irisar la cresta de olas fantasma. Levanto la cara. El cielo parece una enorme extensión de densa tela oscura, capaz de ahogar nuestras lágrimas, nuestros suspiros. Entre las pálidas constelaciones hay estrellitas de sangre dibujando tu nombre.

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Fotografía de Jorge Fernandez Ruiz a.k.a. GonzoBrain

Las flores no lloran

Hemos acabado con el verano, lo hemos destrozado entre jarrones de porcelana blanca y marcos de madera. Arrancamos todas sus piezas, la corteza satinada, su eje, sus patas. La tormenta lo ha desgarrado. Queda un despojo húmedo, quedan las ausencias, las iniciales de nombres no pronunciados en voz alta durante los meses de calor.

El plural mayestático sirve para camuflar el deseo. En realidad, tiemblo por las horas que no han llegado ni llegarán nunca contigo. Los amores de otoño están perfumados con hojas muertas, están destinados a la melancolía, perduran tras los años junto a esqueletos de ratón y cáscaras de mariposa. Sigo hundido hasta las rodillas en los restos del naufragio, mientras crepitan las horas de esta noche extraña. Las flores no lloran y los pájaros ya no vuelan despacio.

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Fotografía de Miriam L. Valiente

Una mujer sin pintalabios

Desde junio soñaba cada noche con una chica de pelo largo, esperaba en la carretera con la mano tendida hacia el mar. No tenía rasgos, el viento los velaba con su pelo. Era una imagen tan hermosa como triste. Finalmente olvidó el sueño, y nunca adivinó quién era la mujer. Pero un día dio plantón a una chica en el último minuto, porque llevaban un mes saliendo, besándose y follando. Tuvo miedo de continuar, o simplemente fue un cabrón egoísta. No importa. No vio por el retrovisor que ella ya le había distinguido desde la plaza, llevaba un vestido nuevo y tenía la mano delicadamente levantada hacia él. Entonces una ráfaga de aire le revolvió el peinado, y ella se detuvo mientras la moto se dirigía hacia donde indicaban sus dedos extendidos, hacia el mar. El chico se perdió ese instante, nunca la reconoció.

Cuando la mujer se recogió el pelo se dio cuenta de la huida. La kawasaki bajó La Rambla petardeando. Adiós, chico con pecas. Ni siquiera intentó llamarle por teléfono, lo sacó del bolso, pero se quedó mirando la pantalla. ¿Para qué? Todo estaba claro. En lugar de buscar su nombre apagó el aparato. Miró a su alrededor, dudando qué hacer. Se sentía demasiado estúpida allí quieta, comenzó a caminar hacia el paseo marítimo simulando tener un plan. Se le escapó una hora hasta llegar a la playa, los guiris se cocían al sol, mezclados con familias venidas del interior del país. Todas las vidas parecen más felices desde fuera –pensó–, pero sólo es maquillaje ocultando la putrefacción interna.

Quiso quitarse los zapatos y entrar en la arena, pero aquellas personas le asqueaban. No tenía motivos, no había ni un solo gesto que le invitara a pensar lo peor de ellas, y, sin embargo, su imaginación se volvió hacia el lado más oscuro de la naturaleza humana. En una pareja vio un marido engañando a su mujer para sentirse así más hombre; una gorda rodeada de niños se transformó en una infeliz, harta de peticiones y lloros, consolándose gracias a la botella y la bollería industrial; en otra familia numerosa adivinó la huida del primogénito debida a las palizas del padre, el suicidio de la segunda hija, y el ensordecedor silencio de la madre y de los dos hijos pequeños. Se paró a considerar que en la playa, por fuerza de estadística, habría ladrones, violadores, e incluso algún asesino. Cierto porcentaje moriría en menos de un año, y alguna de las allí tumbadas daría a luz en nueve meses. Miles de historias entretejidas como el dorso de un tapiz, caótico y feo.

La chica se sentó para mirar el mar, los turistas se iban marchando mientras el sol se ponía. A ella le llegó la inseguridad del abandono. ¿Acaso fue por sus tetas? Quizá con la dejadez del verano no le parecía tan guapa, o se aburría en la cama o el resto del tiempo. Imposible saberlo, la respuesta no le llegaría de forma esclarecedora, pero tampoco hubiera sido mejor si lo hiciera.

Recuerda los buenos momentos, las cenas difíciles por la lucha constante contra el deseo animal. Recuerda las tardes en la playa, solos o con amigos comunes, los bares después, y el primer sorbo de cerveza con un deje salado. Por último recuerda el plantón de horas atrás.

Siendo niña quería ser médico, no por curar a los demás como se podría esperar, sino por curiosidad sobre el funcionamiento de los cuerpos. En aquel tiempo más inocente, su abuela se escandalizaba al encontrarla desnuda frente al espejo, reconociendo su anatomía infantil. La gran pregunta que quería contestar era sobre la materia que separa los órganos, no sabía decir si entre los pulmones y el estómago, o entre el corazón y todos los demás había algo, si simplemente colgaban en el vacío, y por tanto el cuerpo estaba relleno de aire, o si era agua o carne o espuma. Fue un misterio, por más que preguntó a sus padres ninguno supo contestar. Pasaron los años y obtuvo su respuesta, pero tampoco le agradó. Llevó la pregunta de lo corporal a lo metafísico, y ese día, sentada en un banco, imaginando las sórdidas vidas de quienes pasaban a su alrededor, recién despechada, se dijo que los seres humanos estaban rellenos de miseria. La afirmación, íntima y jamás enunciada en voz alta, la mantuvo hasta el final de su vida.

Como quien besa el agua sin beber

Ella le mira a él levantarse desnudo, sudado, se está limpiando con una camiseta usada, luego sonríe encantador, algo somnoliento. El sexo ha estado bien, y ahora ella siente su entrepierna dolorida, pero es un dolor bien recibido, está satisfecha. Conforme se enfría su cuerpo va recuperando la vergüenza, se arregla el pelo sobre la almohada y coloca la sábana de cierta forma para evitar la mirada en las zonas que ella no quiere hacer demasiado evidentes. Lo hace todo de manera casi instintiva, sin pararse a pensar en lo ridículo que es ocultar lo mostrado y entregado instantes antes. Le arde la boca por la barba que le ha rozado en demasiadas ocasiones, ya comienza a examinar defectos. De pronto se pregunta si ese cuerpo bien formado, que ahora busca algo de comer sin avergonzarse de su desnudez, volverá a interesarse por el propio una vez desvelado el secreto de la carne.

Le observa y se pregunta por sus pensamientos hasta que no puede evitar la curiosidad y pronuncia las palabras. Él sonríe. «Quiero comer algo», responde, «vamos al bar». Ella se levanta complaciente, se encierra cinco minutos en el baño y vuelve con su encanto recompuesto, sintiéndose ahora más segura. Él, sin embargo, parece menos él y eso desconcierta a la chica, desnudo era más “auténtico.” Con la camiseta puesta de cualquier manera y los pantalones demasiado usados ha perdido parte de su encanto. No obstante, tiene muy fresco en la memoria su estado anterior y no le da demasiada importancia.

Una vez en el bar él pide cerveza y algo para picar. Comen casi en silencio, él sonríe mucho y se distrae con la televisión, ella no puede evitar seguir preguntándose si todo lo que le rodea no es una pose forzada, si él no ha dejado de ser un caballero cuando ha pasado todo. Se pregunta qué preferiría ella misma y se siente estúpida al darse cuenta de que no sabría decirlo. Le gustaría poner reglas a su comportamiento, pero se le escapa cuáles. Él se da cuenta, le pregunta qué ocurre, ella sonríe haciéndose la distraída. «Es sólo cansancio», miente. Él no se cree nada, pero deja que la mentira parezca verdad. No sabe qué hacer por arreglarlo, para él las cosas van bien tal y como están. Finalmente evita darle más importancia, sigue comiendo y mira un resumen del partido que se ha perdido por estar con ella.

La mujer se da cuenta del programa que él mira con interés y esta vez el ridículo se transforma en un cierto enfado. Él lo ignora todo, prefiere un estúpido partido a estar con ella, a prestarle atención. No, no es un caballero, la pantalla se lo ha confirmado. Sin que ella sea especialmente consciente su postura se transforma, cambia su disposición corporal, está más rígida, más altiva, más distante. Mira indiferente hacia cualquier lugar para evidenciar que está molesta. Él lo nota de nuevo, vuelve a hacer la misma pregunta y esta vez la respuesta tiene un tono distinto. El momento feliz pasó, él lo puede percibir. Ella vuelve a encerrarse en su burbuja de rabia infantil, incapaz de explicar qué pasa por su cabeza hasta que explote en una queja y lo diga todo con gritos. Él decide callarse, evitar la discusión por el momento, seguir observando el partido. Su interés por el cuerpo ajeno ha desaparecido.

Otros ojos observan con lascivia las caderas de la mujer, que se entrega ignorante a los brazos de un hombre que no la mira a ella, y prefiere un programa verde en la televisión. Él está tenso, ella lo nota, se levanta cuando él está a punto de saltar ante algo que ha visto y le ha sorprendido, le ha enfadado. La chica se da cuenta de que para él, ella no existe durante esos segundos de absoluta concentración, así que baja los ojos con tristeza y se siente sola.

La voluntad insalvable

“no te salves ahora / ni nunca / no te salves” – M. Benedetti

Un hombre sueña: su hermana pequeña corre por una pradera con un conjunto blanco, la madre de ambos grita porque ya imagina las manchas verdes en su vestido, él arrastra una gran canasta de mimbre. Parece posible, pero nunca ha pasado.

Cae en una nebulosa gigantesca durante eones y no se consume. Hay formas estallando en la oscuridad, son afiladas, cambiantes, está en el fondo de un caleidoscopio Siente tristeza. ¿Por qué? Hay una herida abierta en el universo, una brecha. No cae hacia ella, pero se encuentra a un paso de precipitase si lo diera, si quisiera suicidarse. Sí, guarda conciencia de la muerte aun sumido en ese campo de ilusiones.

El abismo es inmenso, infinito, un acantilado cortado a pico en medio de ninguna parte, ambos lados son parecidos, la hierba crece sana, hay árboles frondosos, mariposas, pájaros, otros animalillos, ciudades, continentes, personas. En ambos lados de la brecha se han ido juntando millones, muchos de ellos sólo miran el otro lado con curiosidad o pereza, luego se vuelven sin más atención, pensando en sus muchos quehaceres.

Él también está ahí, observa a una persona que le devuelve la mirada. En los límites hacia la caída han clavado algunas ramas e instrumentos como si fuera el inicio de un pequeño puente. Otros les imitan, a lo largo de miles de kilómetros varias personas han conseguido terminar el puente, su número es trágicamente pequeño.

Pasa el tiempo, no importa cuánto. En su imaginación se intentan colar otras imágenes, otros sueños. Los caballos corren desbocados destrozando un lienzo rosa. Viaja hasta una ciudad gris llena de chimeneas, hollín y abandono, tiene frío en las manos y en los pies, se ha refugiado en el último piso de una fábrica en ruinas. Va a morir. Bucea en las aguas opacas de un océano lleno de peces brillantes, busca un barco hundido y maneja un arpón. Su madre en la mecedora donde pasó los últimos días de su vida viendo la telenovela. Su hermana otra vez. Un momento… nunca ha tenido una hermana. No importa, los sueños no tienen el mismo sentido de lo lógico y lo real. De hecho, su madre está viva. Le arrastra la gravedad de esa herida universal. Shakespeare grita «una vez más en la brecha, queridos amigos» y ríe a carcajadas como Papá Noel.

Retoma el sueño donde lo dejó, o casi. El puente ha crecido, ambas partes lo han hecho, es un puente fabricado con restos, parece una planta extendiendo sus ramas ávidas de alimento hacia el otro lado. No obstante, no puede evitar notar que su parte del puente ha crecido más que la de su contrario. Al principio no importa, sigue alejándose en busca de ramas, cuerdas, y pequeños objetos. Utiliza su chaqueta para dejar el “tablón” bien prieto. Da un paso más, se encarama a su maltrecha construcción para añadirlo. No se atreve a mirar abajo, pero busca el otro lado. Su contrario no le mira, tampoco trabaja, está quieto y presta su atención a varias personas cercanas, a quienes se alejan y le invitan a tomar un café en una lejana ciudad. Ese otro duda, no sabe si decir que sí, y el hombre encaramado en su parte del puente siente algo quebrándose dentro, clavándose en sus pulmones. De pronto respirar se hace difícil, así que baja del puente y se sienta en la hierba a esperar que su contrario vuelva y quiera reanudar la obra. Mira a su alrededor, también le invitan a alejarse del abismo, pero él les muestra su pecho ensangrentado, lleno de cristales, y dice que no le interesa salvarse.

Llega la noche, es curioso porque hasta ahora nunca había diferenciado la noche y el día. El otro no vuelve, tarda demasiado, ha perdido el interés en la construcción, en alcanzar a quien quería llegar hasta su orilla. Demasiadas dificultades. ¿Por qué perder más tiempo? ¿Por qué arriesgarse a la caída?

Ya no hay nadie en la brecha, nunca han existido, únicamente la parte de su puente se mantiene elevada como una patética hoja seca, a punto de perder esa casi inexistente fuerza que la conserva aún en su lugar. Él no puede más, cierra los ojos, su respiración se hace pesada, se hunde en el aire rojo de sus pulmones. Moisés abre las aguas. ¿Por qué no? Entonces pierde el equilibrio pese a estar ya tumbado, la tierra se inclina y cae al abismo rodeado por tablas, ramas, ladrillos, hilo de seda, y otros objetos.

Entonces, como en muchos sueños terribles, la sensación de ahogo traspasa la fantasía onírica y el cuerpo se estremece nervioso, en un movimiento exagerado se incorpora con el grito en la boca. Respira, mira a su alrededor, la habitación no ha cambiado, el reloj sigue con su monótono ruido. Cae rendido sobre la almohada, entonces descubre el sudor frío de su piel y se pregunta si ha gritado realmente. Piensa con dificultad, sus reflexiones avanzan raptando en una sustancia fangosa. Sí, ha gritado.

Esta vez baja de la cama ligeramente mareado, avanza tocando la pared, el marco de la puerta, el pasillo. Las baldosas de la cocina le devuelven a la realidad. Abre el grifo, deja el agua correr y llena un vaso. Bebe de un trago todo el contenido, luego se queda mirando su reflejo en el espejo. Los detalles del sueño ya se han borrado, sí recuerda el abismo, el puente inacabado, la persona al otro lado. Sabe quién es porque lleva dando vueltas a su nombre casi un año. Demasiado tiempo de incógnitas, de no saber, de un tira-y-afloja agotador. Mañana hará una llamada, un ultimátum. No pueden seguir así, sin estar juntos ni separados, es insano. Sí, comprende el sueño, y precisamente por eso no quiere dormir y verse trasladado a ese no saber cuándo volverá el otro o si querrá recomenzar la construcción del puente. Enciende la televisión y pasa los canales

Tren al interior

Lo había pospuesto desde hacía algún tiempo. Tenía sus excusas, claro: los exámenes, el curro de becaria, las clases de inglés, la visita de una amiga que conoció en el erasmus… El verano avanzaba y su abuelo seguía esperando, así que ese fin de semana se decidió tras mirar durante cinco minutos seguidos el teléfono, esperando una llamada.

De pronto el cuerpo de Clara habría cobrado una energía desconocida, se levantó presa de una urgencia inexplicable y comenzó a trastear en la cocina, lavando los platos y recogiendo el desastre de una semana descuidada. Luego volvió al cuarto, el teléfono seguía en su lugar, descaradamente mudo. Enfada abrió una maleta pequeña y metió algo de ropa, un par de libros y tantos botes como recogió de un rápido saqueo a su baño. Luego se fue a Sants, compró el billete y se tomó un café allí mismo esperando el tren, no sabía qué hacer con el tiempo sobrante. La bebida era horrible, así que mareaba el líquido con la cucharilla mientras se fijaba en los otros clientes, viajeros como ella casi todos, con prisas, mirando el reloj cada pocos segundos. Luego miró más allá del local, había un mendigo, siempre hay uno en las estaciones, éste deambulaba no muy lejos de sus pertenencias. A Clara le habría gustado invitarle a algo que le reconfortara. Desde luego no un café, pero cualquier cosa. Comprobó el mostrador del bar, no pudo evitar fijarse en la camisa de color desvaído del camarero y se preguntó por qué son tan malos y mugrientos ese tipo de bares.

La megafonía distorsionó el destino de su tren, pero Clara comprendió, se acabó el café con un desagradable trago y salió guardando la calderilla en su mano cerrada. Al llegar al mendigo éste no sonrió, ni expuso su palma hacia la limosna, simplemente se quedó mirándola con cierto disgusto. Así que ella se puso nerviosa, soltó un “buenos días” absurdo y salió escopetada hacia el anden, fingiendo que tenía más prisa de la real.

Tuvo las mejillas encendidas todavía un rato. Si Nicolás estuviera allí se habría reído de su torpeza, habría hecho algo para hacerla reír también a ella. Pero él no estaba. Buscó su asiento y esperó. Eran cuatro horas de viaje. Sólo había una pareja de ancianos con ella en al vagón, como si ir hacia el interior del país fuese hacerlo contrasentido.

Tras una hora perdida en sus pensamientos se encontró a sí misma observando el asiento contiguo y vacío, igual que en su casa había mirado el teléfono. Deseó que Nicolás estuviera allí, devolviéndole una sonrisa. No, ni siquiera eso sería necesario, bastaría con tenerle a su lado para poder notar su calor o verle bostezar tan ostentosamente como siempre. Clara volvió a sentir su garganta cerrada, su corazón indignado. Bajó la cabeza e intentó concentrarse en la revista. Dos páginas después no había entendido nada. Pensaba en él. ¿Dónde estaría? En la cama, aburrido, pasando el tiempo con el ordenador; con sus amigos en la playa, bebiendo algo y jugando a las cartas; en la cama, pero junto al cuerpo desnudo de otra… Eso explicaría su silencio: aburrimiento, sexo, quizá incluso amor, o al menos el inicio de algo. ¿Por qué no podía evitar pensar en todo eso?

En el amor hay cierto grado de obsesión, de deseo enfermo por disponer del tiempo del otro. Es la fascinación del descubrimiento, el temor de no ser correspondido o de serlo pero ir perdiendo poco a poco el interés de ese otro.

En realidad ni las clases de inglés ni el trabajo ni los exámenes finales eran la causa del aplazamiento de su viaje. La única razón era Nicolás, esperaba su llamada, su mensaje en facebook. Esperaba una explicación al silencio, unas palabras mágicas para entender por qué le había prometido todo cuando no pretendía darle nada. Así se habían pasado las semanas, finalmente aceptó la respuesta fácil que tanto se había esforzado por ignorar. Él había perdido el interés, ni más ni menos. Y si no dijo nada, si dejó morir el contacto fue, o bien porque no quería hacerle un daño inútil, o porque no le importaba lo más mínimo. Clara decidió finalmente hacer aquel viaje porque ya no tenía esperanza. Un amor de verano, nada más.

En Barcelona Nicolás investigaba con su lengua una boca ajena, sin ninguna preocupación más allá de quitarse pronto toda la ropa.

La soledad de los vasos comunicantes

“Cómo poder dormir, mientras que tú tiritas
en el rincón más triste de mi cuarto?” 
J. Gil de Biedma

–Estamos solos, ya lo sabes –dijo ella
–Sí, pero la vida…
–¡No! –le interrumpió – No, por favor. No empieces a filosofar. Lo siento, me hiciste una pregunta y te respondo.

Entonces le dio el anillo. Él sintió la mano pesada, como si el milagro de los alquimistas se hubiera obrado a la inversa, y el oro fuese simple plomo. En realidad le pesaba la verdad, pero no la sencilla negativa de ella, sino otra más compleja. Porque él ya sabia la respuesta cuando vio su cara mientras se arrodillaba, la supo incluso antes, cuando compró la joya, cuando estaba eligiéndola, cuando pensaba en ir a la tienda, cuando tomó la decisión de pedirle matrimonio. Quizá por eso se molestó tanto en prepararlo todo, era el escenario para una buena despedida, una de guión dramático.

¿La excusa de su subconsciente-consciente? La soledad. Las personas son como vasos comunicantes, están unidos por un estrecho segmento y comparten muy poco a la vez, sencillamente no pueden hacerlo de otra manera. Ella pensaba lo mismo, y se enamoraron, por eso ahora debía terminarse, ambos necesitaban encontrar a otros que no estuvieran de acuerdo con su teoría, que les engañaran durante el máximo tiempo posible.

–La vida es absurda, –había dicho él – por eso debemos casarnos. Ella también pareció de acuerdo con aquello. Todos acumulamos remordimientos por alguna decisión de nuestra vida, nos llevara por el camino de cometerlo o por el de evitarlo. Habitualmente dejamos en último lugar a las personas, en la idea, nunca pronunciada, de que si una desaparece otra ocupará su lugar tarde o temprano, al fin y al cabo el mundo es muy grande y nuestro acceso a él cada vez mayor. El esfuerzo del amor, de cualquier amor, cuesta demasiado, e invertir en él casi siempre tendrá un resultado imperfecto. ¿Por qué conformarse entonces, si aspiramos a la perfección?

–Algunos lo hacen por miedo a la soledad, –añadió ella – pero da igual, nunca dejan de estar solos, igual que tú y yo.

No era cierto, no del todo, la teoría lo niega: a veces es suficiente lo compartido, pero hace falta entenderlo, y la comprensión en ambas direcciones se da en muy pocos casos. ¿Cómo encontrar esa perspicacia? Es imposible, el azar. A veces aparece como lo hacen las aves fénix en las chimeneas, pero no existe una brújula ni un buscador por Internet.

–Es curioso, –dijo él un día mirando la televisión – somos una sociedad de estadísticas, pero no existe una sobre qué porcentaje de la población encuentra alguien adecuado a su lado.
Ella torció el gesto:
–Sería imposible, muchos mentirían. Nadie quiere admitir que eligió al equivocado o dejó escapar al correcto.
–Porque estamos solos.
–Porque estamos solos –repitió ella.

Así que él renunció a teorizar sobre el amor cuando ella dijo no. Nunca habían estado juntos, no realmente, la mayoría se deja llevar por el impulso de la atracción primera, ellos también lo hicieron, y luego incluso hubo cierta comprensión racional, fría, y continuaron juntos un tiempo. Se querían, aunque querer es fácil, las semanas, los meses y años ayudan. Pero sentados en el sofá eran dos extraños abrazados por convención social, incapaces de sentir el deseo de prolongar para siempre ese momento, simplemente viviéndolo sin detenerse, por separado. Y es que el amor no es ciego ni estupido ni perfecto ni siempre placentero o doloroso. El amor es geográfico, porque cuando dos verdaderos amantes están juntos sólo existe un lugar, y no importa el tiempo o las obligaciones u otros deseos porque ese será el único espacio donde ellos deseen estar, donde estarían siempre si el mundo dejase de girar. Juntos, comunicándose gracias a esa constreñida unión, ese vínculo que pese a ser exiguo también es suficiente.